"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




28 de Agosto, 2012


GABRIELA RIVERA

Publicado en Cuentos el 28 de Agosto, 2012, 20:03 por MScalona

LA TÍA CRISTINA

-

Primero el timbre y después el tintineo punzante de los tacos aguja sobre las baldosas del pasillo. La tía Cristina avanzó esquivando al charco que ocultaba un caño roto. A pesar de los años, seguía presumiendo a diez centímetros del piso, como quien nunca hubiera rozado la mugre.

La gallega en cambio era distinta. Su trabajo en el campo la había endurecido. Simple, capaz de dar vuelta una casa en dos horas casi sin sudar. La gallega no tenía anécdotas de shopping, ni escogidos regalos de aniversario, ni viajes por los mares de la plata “dulce”, pero había sacado a su primogénito de la cama y, con el crío en brazos dando bocanadas, había cruzado la zanja llenándose de barro hasta las orejas para alcanzar el dispensario.

La mujer, a quien todos conocían como Nelly, tenía un gato. Ni himalayo, ni persa de esos que cuestan tres lucas. Un gato y punto. El mismo que iba enredándose entre las cuidadas piernas de la visita, mientras esta hacia ademanes idiotas y fruncía los labios pintados para estampar ese beso, (el que moja los dos cachetes), al mejor estilo italiano. Jorge, su hermano, era el depositario de esa minuta de cariño.

–Falluta- pensó Nelly, después de aquella hijaputéz – ¿qué era lo que buscaba?-

Se sabe. En las casas de barrio mandan las patronas. Y más aún en esta, donde a la muerte del ferrocarril, una vía muerta de ciento treinta kilos, desmejoraba sus días abrazado a una pensión mínima, un par de cajas de “particulares”, y millones de anécdotas ferroviarias. Sobre todo eso.

Los ojos se le azulaban cuando recordaba sus días en control trenes, y aquella vida miserable y a la vez feliz que lo tenía por protagonista. El héroe de la historia, el proveedor frente a sus hijos, el de la libreta de anotaciones para no olvidarse un relevo. Algunos feriados sin pasta, ni siesta, ni asado, porque debía tomar la guardia. Otras veces solo a mate y pan, porque no había. Nunca una falta al trabajo, nunca. Como le había enseñado su padre, para tener algo que contar. ¡Qué lejos estaban aquellas noches de cambios de vías bajo la lluvia! El agua en sus botas, en los guantes, en el pelo; el agua corrigiéndole la cara, el agua poderosa como vagones arisqueando el enganche. Ahora la lluvia no era misterio. No era deseo. Solo agua alimentando el charco de su pasillo roto.

La tía tosió y apuntó con un dedo hacia la escalera que conducía a la terraza. Allí se levantaba una pieza devenida en cocina. -¿puedo?- dijo-, y sin esperar aprobación alguna comenzó a subir dando saltitos para eludir el febril cortejo del felino. Jorge la siguió.

Nelly nunca se había quejado. Además había un acuerdo tácito que por aquel entonces era una misa: aguantar, aguantar, aguantar. Aguantar a pesar de aquella tarde, en que sus hijos y los de la tía habían coincidido en lo de su suegra y la mujer había sacado el pan y el fiambre para convidar solo a los hijos de Cristina.

Los vástagos de Nelly se lo habían contado, así como al pasar, solo para confirmarle que estaban cumpliendo al pie de la letra con la misa.

–Mami, nosotros no le pedimos -. Nelly, con su pequeña cara enrojecida, había gritado algo en gallego, que hizo que la Corbatita desparramara el alpiste por toda la jaula.

Pero esa vez no se lo dijo a Jorge.

Ahora la risita de la tía mentía un carnaval, y mientras seguía lastimando al piso con sus taconazos llenaba de halagos al pobre gato.

Nelly los siguió en silencio, pero no entró. Se quedó en la terraza para ofrendar a sus plantas un poco de yerba vieja del mate mañanero. Inspiró hondo el aire fresco. A esa hora en que el sol empezaba su funeral ella regaba. Parecía que la tierra y las hojas la esperaban y torcían sus cuerpos voluptuosos al sentir la llovizna. Había plantas rodeando el lavarropas, en el cuartito del lavadero frente a una tabla de madera que usaba para fregar, junto al canario de Jorge, a los pies de la mesa que sostenía el revoque en un rincón, a lo largo de la galería cubierta por la media sombra, y en macetas individuales asistiendo a los escalones. Sin embargo, tenía que volver a la cocina. El vapor de las hojas y ese olor que limaba las asperezas del cemento la aquietaban. Agua que extrañaba el torbellino de pañales chorreando al sol. El agua: su confidente.

El grito del viejo le hizo dar un salto -che Nelly- ¿quedó un poco de esa torta de limón que hiciste ayer?-

Ella entró. Aquel mediomundo se le antojaba desnudo. Miró hacia la heladera. Ojalá que Cristina no hubiera visto el formulario del consulado español donde tramitaba una ayuda económica. Se lamentó también por haber dejado a su suerte a la “Singer” y al “Winco”, ambos empeñados en quitar espacio alrededor de la mesa. Su cocina estaba igual que siempre sin las modernidades de las que, con seguridad, haría alarde su cuñada. Se paró frente a la mesada y se puso a ordenar cada porción de la torta con arbitraria paciencia, como si estuviera armando un ikebana. Su cabeza hervía mientras la pava se entretenía escupiendo al mechero. En la mesa, las conversaciones eran inútiles. Se lo había prometido a la virgencita pero… -¿qué era todo esto?, ¿Acaso Jorge no le había jurado que nunca iba a perdonar a su hermana?, ¿No había sacado la foto del marquito de plata donde los dos jugaban de chicos en la vereda, y después, colgado de la escalera, se había empecinado frente a aquel cuadro, regalo de casamiento de la infeliz?-

A nadie sorprendió lo de su suegra, el verano en que no limpiaban las zanjas y el olor hacía fila en los caños atropellando las rejillas. Algunos jubilados habían quemado un poco de pasto seco para ablandar con humo aquel mal olor. Mientras tanto, con los ecos del basural la tía Cristina había reunido a la familia en su domicilio. Y sin miramientos, al finalizar la lectura del testamento, le había alcanzado la birome a su hermano: –mejor cumplí con los deseos de mamá-, le había ordenado.

Jorge se había aferrado a la idea temblando, igual que en la primaria cuando una rara depresión le minaba la voluntad. Entonces había cerrado los ojos, para imaginarse que estaba frente al parte de asistencia en “Rosario Norte.” Una firma más, como la de cualquier día de su vida.

Nelly dispuso unos individuales todos bordados, que su hijo, el médico, le había traído de Suiza, y apoyó el plato en la mesa con las esponjosas porciones de torta. Mientras el café revolvía sus mezquindades, recordó aquella víspera de navidad donde Jorgito, su hijo mayor, los había reunido en la Facultad de Medicina para alzarse con el título. Después su hermano le seguiría los pasos. Esa vez la gallega lo disfrutó. El salto de sus vidas, aquello por lo que habían trasnochado con el viejo. Si una gitana hubiera pasado justo en el momento en que Cristina felicitaba a su hijo, ella tendría que haberse exilado. Por las dudas, esa vez no olvidó colgarse del cuello la cruz de Caravaca, que había traído de Ourense y una cinta roja que se cosió a la bombacha para asegurarse.

En su mesa, mientras tanto, las palabras cruzaban hacia ningún lado. Esperó una pausa oportuna para disparar: -¿Y qué es lo que te trae por acá?- dijo con ironía, a quien no dejaba en paz su peluda mascota.

-Bueno, bueno-, respondió ella, – es que pasa el tiempo y no nos vemos… y yo pensé que podría venir por una tacita de té, a charlar… como en los viejos tiempos. También, por supuesto, a comer algo rico porque aunque estoy a dieta, (siempre estoy a dieta), cuando salgo me doy mis licencias.

En eso sonó el timbre.

-¡Ah!, debe ser Jorgelina – dijo Cristina.

-Dejá, dejá, yo le abro-. Don Jorge se incorporó con bastante dificultad.

Nelly miró la hora y apuró la pastilla de la presión con un buen trago de agua. A estas alturas tendría que haberse tomado dos. De pronto, aquella figura que adornaba el vano de la puerta la inquietó. Todo lo virginal que le faltaba a su cuñada le sobraba a su sobrina. Llevaba el cabello muy rubio y cortito, como si ella y su madre anduvieran de amores con el mismo peluquero.

Un beso lavado animó el saludo y después puso a descansar sus larguísimas piernas en la silla contigua a la de Nelly. Llevaba un buzo azul, demasiado ancho, nada femenino, que no alcanzaba para disimular sus kilos de menos. Después, contó algo del trabajo, mencionando a su padre, ya que le llevaba los papeles de la empresa en los ratos en que dejaba su hija al cuidado de una “nanny”. En realidad, ahora era su hija, pero Jorgelina nunca había trabajado, ni siquiera había terminado las incontables carreras que alguna vez intentó. Tampoco su hermano había estudiado.

Fue en ese momento, justo cuando la Corbatita estiraba el cogote para soltar su melodía nocturna, que la tía habló buscando los ojos de su hermano.

-¡Ah!- No dejes que me olvide lo que vine a buscar…

Y acto seguido, mirando a su hija exclamó: -¡Que contenta se va a poner tu nena cuando vea la jaula!-

Nelly dio un respingo y el gato saltó del regazo de la tía para perderse entre los helechos. Ella buscó en su marido algún gesto que pudiera remediar tamaña insensatez.

-¡Pero si ese pájaro era como otro hijo!-, Es verdad que el bicho era de él, pero… -¿Es que acaso Jorge se había vuelto loco?- ¿No le bastó haberse quedado sin herencia, dando crédito al rumor que por años lo había vuelto un bastardo?

Entonces, en ese instante se oyeron los gritos desesperados de Carmela, la vecina.

-¡Ey!- Nelly, Jorge, afuera hay dos rateritos manoteando la puerta de un auto rojo. Me parece que es el de “la” Cristina…

Ella y su hija salieron disparadas. Robaban su vida aquellas cosas que un par de verdes podían comprar, (no en tiempos de “Kristina”), y no iban a dejar que unos pibes “chorros” se las llevaran.

-¡Después volvemos por el pájaro!, vomitó la tía antes de perderse por el largo pasillo.

De pronto el silencio besó la cocina. El viejo se escabulló a fumar un cigarrillo y dejó a Nelly con las migajas de aquella fiesta obligada. Ella se puso los guantes y mientras enjuagaba las tazas pensó en todas las cosas que le diría a Jorge. -¿Cómo podía ser que el hiciera una cosa así?- ¿Y qué dirían sus hijos cuando lo supieran?- Probablemente le darían la razón. La falta de trenes lo tenía perdido… Esa bruja estaba revolviendo el guiso con tenedor, pero esta vez ella tendría la cuchara por el mango. Y con la última taza, cerró los ojos para perderse en ese balcón de tronco y piedras, frente a las onduladas sierras de O Burgo, con su cielo de estrellas, horas antes de embarcar… y no aguantó.

Una vez abajo, en el pasillo que separaba las dos piezas, se sonó fuerte la nariz. Nadie entendía por qué, su llanto era siempre silencioso, y se sabía que alguna tristeza la había atrapado, cuando soplaba su pañuelo. Pero ni siquiera eso había conmovido a Jorge, que para ese entonces ya daba ronquidos desde uno de los dormitorios.

Ella entró al otro y al acostarse guardó sus manos entrelazadas debajo de las sábanas rezando: -Antes que se lo lleve, lo mato-.

En la mañana su cuerpo estaba fatigado, como si el reuma le hubiera contado las costillas. Un sonido oxidado venía a escarbar sus pensamientos desde algún lugar. Se puso las pantuflas y salió. El ruido era más intenso a medida que sus pies avanzaban hacia la terraza. En el rellano, un reguero de plumas negras le helaron las tripas. Mientras la puerta de la jaula reproducía aquel chirrido, alcanzó a ver la cola de su gato huyendo por los techos.

-

-                                                Gabriela R.

PATRICIO "Cartu" MAGNANO presenta

Publicado en Sugerencias. el 28 de Agosto, 2012, 12:23 por MScalona

SÁBADO  1° de septiembre 2012

19:00 horas en OH CAROL! España y San Lorenzo,

me acompañarán Marcelo Scalona y Tomás Boasso.

Historias caminadas- libro de relatos breves.

Los esperamos...

MANUEL VICENT

Publicado en De Otros. el 28 de Agosto, 2012, 11:02 por MScalona

-

 Julieta perdió la llave de casa

 

 

            Fue el primer verano, el de 1968, en que sus padres la dejaron ir sola en bicicleta a la playa. Llevaba un libro en el cestillo del manillar. Cumbres borrascosas. Era la única niña de dieciséis años que leía novelas tumbada en una toalla sobre la arena y ese hábito adquirido con cierta furia obsesiva la había separado del resto de la pandilla. Guardaba en secreto su deseo de ser escritora. O de vivir una gran pasión. Julieta maduró de repente de forma imprevista, como esas niñas que un verano todavía son inocentes, pero el verano siguiente ya traen una veladura de malicia instalada en los ojos que sorprende a sus compañeros de juegos o vuelven a clase en el nuevo curso y sin darse cuenta envuelven en sus redes al profesor. Es difícil saber en qué punto se ha producido la transformación, si en las formas del cuerpo o en el terror que sienten al descubrir el deseo impúdico que despiertan en los hombres jóvenes y viejos o en el peligro insinuante de su propia mirada, que no pueden controlar.

            Julieta se convirtió ese verano de 1968 en la presencia erótica de la playa, objeto de caza de algunos dorados cachorros que habitaban las villas centenarias cuyas labradas verjas dejaban ver blancos sillones de mimbre, poltronas y algunas ninfas de escayola del jardín. Ninguno de aquellos vástagos de la burguesía consiguió que aceptara la invitación a alguno de los guateques en la terraza de sus villas con la música de los Beatles y de los Beach Boys, de los Rollings. Fue Gonzalo, un chaval de la pandilla de otros veranos, de su misma edad, el que consiguió durante una excursión a pie a las ruinas de un monasterio aislarla del resto de la pandilla y rezagarla en el camino de regreso cuando ya oscurecía. Ella le hablaba de los libros que había leído y de sus héroes literarios; paralizado por una timidez congénita el chico sólo quería besarla, mientras la noche se cernía sobre ellos. Cuando el resto del grupo ya estaba lejos y acabó por perderse de vista los adolescentes quedaron a solas caminando en silencio y fue Julieta la que insinuó que le gustaría ir a la playa y tumbarse en la arena para ver las estrellas errantes. Ella tomó la iniciativa. Se tendieron vestidos en la arena muy cerca de la orilla, ya cerrada la noche. Puesto que no sabían de qué hablar comenzaron a descubrir y dar nombres a las constelaciones, Gonzalo pensó que era mucho más fácil subirse al carro de la Osa Mayor que alcanzar los labios de aquella niña que tenía a su lado. “El profesor de literatura me ha mandado que lea este verano los cuentos de Chéjov”, dijo Julieta. Sin atreverse siquiera a rozarla con la mano para acariciarla el chico le preguntó: “¿Vas a ser escritora?”. Ella contestó: “Me gustaría”. El mar también estaba muy tendido, pero una ola larga rompió de repente contra sus dos cuerpos hasta inundarlos. A partir de ese momento, sin palabras, comenzaron a abrazarse de forma convulsa con la ropa mojada como si el mar les hubiera dado el señal y antes de que su pasión los hubiera llevado más lejos Julieta se dio cuenta de que el golpe de una ola sobre su cuerpo excitado le había arrebatado la llave de casa que guardaba en un bolsillo. Pese a todo no se detuvo. Fue una noche muy feliz que no olvidaría nunca. Sin ser conciente de ello el mar con esa llave perdida había abierto por completo su cuerpo de 16 años.

            El verano siguiente Julieta no volvió a esa playa. De hecho Gonzalo no la reencontró hasta más de 30 años después, pero durante ese tiempo siempre recordaría aquella niña que quería ser escritora, la primera a la que besó una noche de verano después de una excursión. El chico, que hoy es un ingeniero informático, esperaba que algún día aquella Julieta aparecería en los periódicos como ganadora de algún premio literario. El reencuentro se produjo un primero de agosto durante la operación salida de vacaciones. En un área de descanso de la autopista del sur alrededor de una gasolinera y un restaurante había aparcados casi cien coches de marroquíes y de españoles sudados, de niños vomitando, de padres gritando a sus hijos, de basureros repletos de desechos bajo un calor de 40 grados. Gonzalo descubrió que una de aquellas madres cargadas de criaturas era Julieta. La reconoció porque su hija adolescente era la réplica exacta de aquella niña que él besó por primera vez una noche de verano. Se saludaron casi por compromiso, con cierto rubor, sin saber qué decirse, escrutándose en el rostro la devastación mutua que en ellos había realizado el tiempo. Ella le presentó a su marido. Un vendedor de coches usados. Después comenzó a gritar a uno de sus cinco hijos que pedía otro helado de chocolate.   

-

Manuel Vicent

www.elpais.com

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-