"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




Ma. ZULMA VILLALBA

Publicado en Cuentos el 24 de Agosto, 2012, 13:12 por MScalona

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ECOS

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Era como un eco,  no lo podía distinguir bien. Amo los pájaros perdidos, vuelan ciegos,  sobre el mar;   fragmentos de una canción, perfecta, para tres personas que desde una  mesa, frente a ese río que se pierde en el atardecer tratan de aprisionar lo inasible. En menos de una hora, las luces rescataban lo lejano y  devolvía a los sentidos  lo cotidiano, lo simple,  los deseos,  la risa.

¿Cordura o delirio?

Ser felices parecía un viaje fantástico. Era como lograr escapar de Zobeida y sus trampas, persiguiendo lo que ya está olvidado. Pedimos otra cerveza.  Cuando la moza se va con su delantal negro ajustado en las caderas, propongo que elijamos algunas de las ciudades  de los deseos como símbolo de ese viaje. Flor, al principio, parecía   no comprender y Carla  las recordó inmediatamente. Antes de que yo pudiera decir que deseaba mirar al interior de cada una de las esferas de Fedora, que quizá encontraba la ciudad de mis deseos o descubría porqué la había idealizado; Carla dijo que era mejor  Anastasia porque allí descubriríamos todos los deseos y todas las negaciones. No nos poníamos de acuerdo, Flor  solo sonrió levemente,  fue un silencio denso, metafórico. De todos modos, bromeábamos.

Primero dejé a Carla; luego llevé a Flor, que seguía callada y había mirado varias veces su celular silencioso;  era evidente que algo la había perturbado. Nos saludamos afectuosamente como siempre; te llamo en la semana, le dije y luego esperé que entrara en su casa. Aunque hace mucho que nos conocemos, debo confesar que algunas veces en estos años la he sentido como una extraña.  Guardé el auto en la cochera, estaba distraída. Entré a  casa, encedí algunas luces más, pensando en tomar algo caliente.  Veo que hay té rojo en la alacena, con sabor a vainilla; es rico y desconcertante, su nombre me deleita -el té de los emperardores- y aunque la magia se diluye en un pequeño sobre de papel,  la alquimia  de ese aroma dulzón inmerso en el color de la pasión, la vuelve terrenal, próxima. Dejé la taza blanca, lisa, sin adornos, en el borde de la mesa de noche. Los círculos que hacía el vapor iban a dar en la pared y se perdían en ella;  alguna vez ya he sentido esto. Algo no está bien. La memoria suele ser fecunda y  en ese jardín donde todos los días eran soleados hoy reconozco el aroma de la lluvia en la tierra y  espero los pequeños hoyitos que se dibujan.  Otras veces  fue menos generosa y con esfuerzo pude saber como era en realidad ese gran parque lleno de eualiptus y pinos en lugar de los aromitos y chañares originarios; esas extensiones que no tapaban al sol en su caída, día tras día, irrepetible, solo, imperturbable, donde la belleza  me hacía un nudo en la garganta cada vez; cómo era esa casa grande, llena de enredaderas, cuartos,  puertas e  historias que se perdían hasta que alguna voz pronunciara mi nombre y me rescatara de ese silencio. Y era la voz de Victoria, en la cocina, que reía mientras cocinaba; mi madre nunca la quiso pero yo sí.  Parecía que una nube gigantesca se había apoderado de la casa y mi madre se perdió dentro de ella sin encontrar nunca la salida.  Otra parte de la casa estaba habitada por los colores de los óleos y ese aroma persistente de los pigmentos mezclados con el aceite de lino, que siguen buscando un lugar en mi casa en cada cuadro que comienzo y no termino. Algo no estaba bien.

 

 

 

Los árboles de la entrada se agitaban con el viento y yo estaba como ellos, así que decidí regresar a mi casa; más tarde vería aquellas cuestiones que nos dieron problemas todo el día. Con tantas cosas en las manos,  voy dejando como puedo cada una de ellas en el auto sin perder de vista las llaves que se cayeron al lado del asiento. Había algo más, esa libreta. ¿Cómo estaba allí un cuaderno con notas manuscritas y recortes en papel impreso prolijamente pegados?  No veo fechas ni nombres, por ahora la dejo en el bolso, pero no puedo negar que me siento  sorprendida y tentada de dudar sobre la realidad. Me pregunto, ¿cuál? . La de este pequeño mundo de palabras vacías,  donde en lugar de paredes hay vidrios  inmensos, donde interior y exterior se definen por los opuestos; cálido en invierno y frío en verano, y aun así el latido de la vida se puede percibir. Sí, en esa enredadera que está enamorada del muro, inalcanzable tras el cristal, a mi derecha y en el cuadro de Frida, sanguíneo, con frutas y loros, delante de mí; en la calle cuando el aire frío y real me reconforta.  Necesito descansar y no pensar disparates.

 

 

Escucho las campanadas, anoche también las escuché. Su sonido siempre me resultó dulce. Mi abuela tenía una pequeña, que agitaba según el buen humor del día, aunque su especialidad siempre fue el a rebato. Cuando viví cerca de la calle Viamonte escuchaba las del convento de Santa Catalina, ahora las de esta iglesia, la del reloj, cada quince minutos. La libreta está sobre mi cama, no les pregunté a ninguna de las dos si se les había perdido, no reconozco la letra; pero de Carla no es, seguro. Me pregunto porqué tengo tanta inquietud por estar deslizándome entre las palabras, como si entrara sin permiso  a una casa; al fin y al cabo estaba en mi auto. La tapa es azul, el papel es de una textura fina, las primeras notas describen un viaje en otoño, un atardecer en las sierras; hay un pequeño doblez que cierra dos hojas, es una transcripción de mensajes y las fechas.  Mis latidos se aceleran – 6/8 18.22    “estoy viajando, cuando llego te llamo, besos, TH”...-8/8 13.02  Te busco por tu casa. Un beso TH”- 22/8 21.11 Arreglé para dormir en Rosario mañana a la noche, se nos va a hacer tarde para la vuelta.Un beso”- 3/9 18.21 “Ok, buenísimo TH” - 21/9 12.56  “Mañana.Un beso” -  22/9 19.28 “Te busco 21h” - 22/9  21.01 “Estoy.TH”.

 

 

No. Cierro los ojos. No puede ser. Avanzo las páginas como huyendo del frío, todo se transforma en una  banda en la que el derecho se reúne con el revés.

 

 

2/10 5.30“Muchas de las cosas que dijo anoche no las comprendo. Me resultan extrañas. Tampoco me animé a preguntarle porqué le hizo firmar la renuncia a sus derechos sobre los bienes. A veces lo desconozco. La semana pasada me sucedió lo mismo cuando habló de uno de sus socios. No lo entiendo, pero pienso que yo nunca lo hubiera hecho. No pertenezco a ese mundo, siento que no podría...F.”. En la hoja siguiente había un dibujo, una flor de jacarandá. En la casa de F hay uno enorme que cubre el jardín de un manto lila -  3/10 send: TH; to: Flor  M .

 

 

Tengo la sensación de  que el piso de mi cuarto gira de nuevo y no sé como detenerlo. Es mi cabeza la que no puedo detener, camino, respiro hondo, los recuerdos vuelven como personajes de un tren fantasma.  La mirada , el hielo, el fuego, la ternura, la culpa, el desconcierto, la locura, el dolor, la distancia,  su piel, su voz, sus manos, mis cabellos, los abrazos, la espera,  el cielo, el infierno, su perfume,  su silencio y el final: “Estoy en el norte, ven cuando vuelvo” “¿Cuándo volvés?” “Aún no lo tengo claro”.  Solo fue el punto final  de los tantos finales que no quise admitir, que  ya estaban aquel día en la plaza de la embajada. Fui muchas veces; pero esa vez,  los álamos estaban desnudos y en ellos trataba de encontrar aquel chopo, tan blanco, de mi infancia, que  tanto quería y sin embargo mi madre se empeñaba en secarlo y  tomé la decisión de  dejar  de buscarlo;   el que encuentro hoy ya no es tan blanco  y el reverso de sus hojas es verde, pero es igualmente bello.

 

 

Fue un día largo y difícil, a la noche nos íbamos a reunir para despedir a Carla. Pensé que lo mejor era arreglar esto dialogando como personas adultas. Le avisé a Flor que iba a su casa, y nuevamente, esa sensación de que algo no funciona, por momentos tengo un nudo en la garganta, por momentos la rabia se apodera  de mis buenas intenciones. Doblo en la esquina de su casa buscando un lugar donde estacionar, cuando estoy próxima a hacerlo miro por el espejo, me miro y descubro “que los espejos tienen algo de monstruoso”. Nada les va a ser tan fácil a los dos. Regreso a casa, camino por el living, espero y pienso. Mi celular está sonando, es Flor. No la atiendo. Insiste y lo dejo sonar.  Envía un mensaje de texto. Dice que se está cambiando y viene hacia aquí. No respondo. Me pregunto muchas cosas . Me sirvo un vaso de agua y busco a Piazzolla en mi lista, Libertango, TH, ¿Qué me había seducido de él.?.  Desconocía muchas cosas de mí misma entonces, no me animaba a preguntarme y  tampoco hubiera tenido las respuestas. “Mi libertad comprende que yo me sienta presa  de los errores míos sin arrepentimiento...”.  En la portería reciben con sorpresa la indicación de no permitirle el ingreso a Flor y entregarle de mi parte un sobre cerrado.

 

 

- Por momentos pienso que quizá debí decirte que lo que no te animaste a preguntar  era lo que vos tampoco te atreverías a responderte; que somos  tan extrañas como lo eran aquellos pinos de mi infancia  y a la vez tan parecidas que parte de nuestra historia se ha quedado en los pasillos de  una casa o atrapada en la tela de un cuadro de tu madre. Seguir con esto  ya no vale la pena y además  no tengo mucho tiempo. El efecto del silencio y de la sorpresa siempre fueron  las cartas con que TH  ocultaba un  miedo indecible;  el mismo que hoy nos envuelve a los tres.  “Mi libertad me dice, de cuando en vez, por dentro, que somos tan felices como deseamos serlo...”

 

-      Hola Alejandro, sé que es tarde, pero por favor necesito que escuches.

-      ¿Qué sucede?

-      No tengo mucho tiempo, pero el pacto terminó, el lunes a las nueve conversamos.   Mi cargo  deja de ser nominal. La segunda cuestión y la más importante, llamá a TH. Llamalo ahora, decile solo que se cancela la reunión del martes y leéle el siguiente mensaje de mi parte; él va a entender: “Los dioses no estaban ya y Cristo no estaba todavía y de Cicerón a Marco Aurelio hubo un momento único en que el hombre estuvo solo”.

-      ¿Qué?

-       Él lo va a comprender. Si no responde ,entonces si, enviále por favor un mail con copia a su abogado con lo del martes y el mensaje.

-      Ok. Ahora lo hago.

-      Gracias, un beso.

 

 

 Añoro el ceibo  de Las Catalinas, el silencio de sus pasillos. ¿Por qué tendría que escucharte Casandra?  Preparo el baño para falsificar el tiempo, altero cada movimiento; mi cuerpo me está diciendo algo y me niego a escucharlo. El agua comienza a hacer remolinos, el sonido va cambiando. La temperatura también cambia, mi mano hace dibujos imaginarios en el agua, “mi libertad me insiste con lo que no me atrevo...”, el aroma a lavanda de las sales se confunde en cada gota,  en mi memoria;  las voy arrojando al agua, van tranformando su forma y su color y voy perdiendo esa ciudad azul con la que soñé, condenada a languidecer por más que quiera retenerla fingiendo olvidar. 

 

Olvidar lo que  estaba negando, negar que esperaba; que deseaba que él deseara venir, pero no era así. La batalla  ya había comenzado. ¿Qué es la eternidad? ¿Un minuto, una hora, un llamado, el sonido de unas llaves en la puerta?. No lo sé.  El mensaje de texto fue la respuesta, “estoy” y conocía el tiempo que él demoraría en subir y yo en abandonar  mi refugio ante una eventual derrota. Me miro en el espejo, mi cabello está mojado; estoy parada frente a la puerta, mientras escucho el ruido del ascensor en el pasillo, trato de encontrar algo que rime con ven o  con cuando,  con vuelvo;  si estuviera escribiendo un cuento  no les   encontraría un tiempo presente o   pasado a esas palabras .

 

-Mili, entre nosotros nunca hay nada que perdonarnos...

 

“mi libertad me quiere con lo que llevo puesto ”

Las gotas de agua  juegan entre mi bata y su piel...

 “mi libertad me absuelve si alguna vez la pierdo” .

 

¿Cordura o delirio?

 

Era como un eco, no lo podía distinguir bien; por momentos parecía el mío, a lo mejor era la voz de mi analista.

 

 

 

 

 

 

 

                                                            Ma.  Zulma  Villalba

 

 

 

 

 

 

 

* Las ciudades (Zobeida, Fedora, Anastasia y Zora-azul-) pertenecen a Las ciudades invisibles- Italo Calvino

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-