"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




MA. VIRGINIA BACHMANN

Publicado en relatos el 24 de Agosto, 2012, 12:36 por MScalona

COMPASIÓN

 

 

Eugenia entró en la sala de espera y se sintió mirada. Andaba siempre apurada, como si sus minutos fueran más cortos que los del resto de la humanidad y la empujaran bruscamente por la vida.  El ocio, pensaba, era un mal consejero. El lugar estaba atestado de gente ansiosa por actuar sus males ante un público preparado para conmoverse. La cola en la recepción la había alterado bastante: la calma exasperante de las secretarias con caparazón y cuellos arrugados contra su ansiedad desbocada de liebre enloquecida por un disparo. Miró a su alrededor buscando un lugar vacío, completamente vacío. Playa desierta acotada a un rectángulo de cuerina de dudosa limpieza en la que colocaría su cartera y su abrigo. Y lo encontró. Medio alejado de la puerta del consultorio del que debían llamarla (¡Dios sabe cuánto esperaría!), pero vacío.

Ni bien se instaló, libro en mano, tuvo la desagradable sorpresa de ver entrar a la maestra de su nieta: coqueta, con una flor en el pelo, uñas y labios pintados, llevando de la mano a una muñequita menuda, réplica de sí misma. Maestra de grados chicos, propensa a hablar con diminutivos, voz aguda y demasiadas gesticulaciones. Pobre mujer, siempre metida entre párvulos inquietos y demandantes. Eugenia la saludó como quien ve a un conocido en el palco de enfrente, con un cabeceo atento que atravesó todo el teatro y volvió a reposarse en el libro.

Como la maestra y ella habían sido las últimas en ingresar a la sala, la gente esperaba cuchicheando alguna intervención de su parte: un comentario sobre la hora, el clima o el tiempo de espera. Algo que viniera a renovar el aire muerto y tenso de la espera. Pero nada. Eugenia recorría con descaro las líneas de la novela, absorta en medio de una muchedumbre que buscaba una ranura de mirada o de sonrisa para dejar salir sus penas. No, ella no lo haría. No abriría ninguna puerta de escape para nadie. Los ojos en las hojas.

La novela era interesante y los ruidos de portazos, taconeos y conversaciones absurdas a media voz no llegaban a desconcentrarla del todo. La espera sería soportable.

De repente, por el rabillo del ojo ve acercarse una mujer. Es muy gorda, y respira y camina con mucha dificultad, como si ese cuerpo le fuera ajeno y ella estuviera condenada a cargarlo de por vida como a un parásito. Agradeció en silencio a Dios por haberle dado una contextura pequeña.  Ya demasiado le costaba cargar con sus pensamientos: arrastrar un cuerpo de esas dimensiones le hubiera sido imposible. Se compadeció de la mujer y, de mala gana, sacó sus cosas del banco para que la otra se acomodara.

­- Gracias, querida­- resopló.

-Está bien- parpadeó Eugenia­ y volvió a meter la mirada en el libro.

Su compañera de butaca tenía un desagradable olor a orina, y le dio la impresión de que cada vez que respiraba, ruidosamente, pequeñas y volátiles gotas de saliva flotaban a su alrededor, envolviéndola en un halo repugnante.

-Me confundí de consultorio, ¿sabe? Pedí ver a un nefrólogo y me mandaron acá, del neurólogo. Yo no sé estas chicas de la recepción, si no prestan atención o si no tiene ganas de hacer bien las cosas.

- Aha…- exhaló Eugenia dando vuelta una hoja.

- Lo peor es que ahora tengo que ir al otro consultorio, que está en planta alta. Imaginesé, querida, lo que es para mí subir esa escalera, porque el ascensor está roto, ¿sabe?

- Imagino- dijo Eugenia sin tomar la posta. No tenía ganas de pararse y arriesgarse a que justo la llamaran cuando ella se levantara. Tampoco quería tocar a esa mujer. Húmeda y con olor a pis.

Había un par de chicos que correteaban y gritaban incesantemente, y una mujer, seguramente su madre,  seguía a uno de ellos arrastrando los pies y mirando a los demás con una sonrisa suficiente. A Eugenia le pareció un cuidado exagerado seguir a una criatura a medio metro en un lugar cerrado, y comprendió que lo que mujer deseaba era que los demás vieran su abnegación y secretamente la aplaudieran. Le dio lástima pensar  en que necesitaba del reconocimiento de los demás para sentirse madre.

- Hace ocho años que tengo problemas en los riñones, querida. ¿Sabe lo que es vivir con eso? Los medicamentos me hinchan, la diálisis es una tortura, me hacen tomar muchísimo líquido por día… diga que mi hijo me ayuda.

Evidentemente la mujer no necesitaba respuestas para seguir con su parlamento. De manera gratuita dejaba caer sus intimidades sin que nadie las recogiera. Y sus secretos quedaban allí, abandonados y solos en medio de la sala, despreciados por los espectadores que habían buscado otro entretenimiento para matar el tiempo: la voz de los médicos al llamar a sus pacientes, la gente que entraba, los cuadros, la lista con el plantel profesional, otras conversaciones.

- Menos mal- comentó la otra, más interesada en observar cómo el aire se le hacía espeso a esa mujer, produciendo un ruido ronco entre cada palabra que salía arañada de su garganta,  que por conocer los detalles de su existencia.

- Para eso son los hijos, ¿no? Uno los cría, les deja la vida, y bueno… ellos algo devuelven, a veces.

Eugenia desvió un momento la mirada hacia la madre que se arrastraba como autómata detrás del nene que corría y gritaba por la sala, y agradeció a la Providencia el no haber tenido hijos. Le pareció demasiado entregar la vida para que alguien la ayudara si probablemente quedara enferma.

-Mi hijo mayor está casado, en Mendoza vive. Dos nietitos tengo, de cuatro y seis años. Casi ni los veo, bueno, alguna foto que mi otro hijo me muestra en la computadora, pero verlos verlos, para Navidad nomás.

Una enfermera pasó arrastrando una silla de ruedas, en la que iba un adolescente con la pierna enyesada y los dedos incrustados en el celular. Pobre mujer, ni siquiera una palabra le cruzaba el chico. Qué ingrato trabajar ante tanta indiferencia.

-También tuve una hija, ¿sabe? Karina. A los veintisite años se me murió…

Acá la mujer hizo una pausa más ronca aún, pero Eugenia no quería saber la causa de la muerte. Debía ser difícil perder a alguien tan cercano. Ella había quedado viuda hacía unos años, pero su marido estaba tanto tiempo afuera, viajando por trabajo, que casi ni lo sintió, y pensó esa muerte como otro viaje más, quizá más largo.

-¡Qué pena!- fue todo lo que quiso decir.

-Pero tengo otro hijo, el más chiquito. Bah… yo le digo chiquito pero tiene veintiún años ya. Cuando mi marido murió nos quedamos solitos con el Leo. Si viera usted cómo lo zalamereo. Lo abrazo, le revuelvo el pelo, y él se ríe. Si viera cómo se ríe. Él me cuida, me ayuda a bañarme. A veces pienso que le debe dar vergüenza… ¡pero qué va a tener, si soy la madre! Con lo que se me hinchan las rodillas casi ni camino sola. Me prepara la comida, me hace compañía. No sé qué haría sin él. Dice que tiene una noviecita, pero yo no le creo. Todavía es un chiquilín.

Eugenia sintió surgir en ella un sentimiento de compasión para ese pobre muchacho, atado en sus mejores años a esa mujer enferma y parlanchina. Y a ese olor.

Le pareció que era mala educación seguir sin mirarla, ya que la otra le estaba contando su vida. Así que apoyó la novela en su regazo y puso sus ojos sobre la mujer, pero con la mirada ausente, tratando de perderse en mil sueños lejanos. Sin embargo no podía alejarse. Todos sus sentidos estaban allí, en ese escenario, escuchando, oliendo,  rozando el enorme cuerpo de la señora. Le parecía hasta sentir el sabor amargo de la orina. La aspereza de esa piel sucia. Eugenia sentía una conmiseración tan profunda por esa mujer, que casi llegaba al asco. Hubiera hecho cualquier cosa por cambiarle el aspecto, el olor, la conversación. O por correr el telón y no verla más.

-Eugenia Santángela- llamó su doctora, la dermatóloga que le aconsejaba excelentes cremas para sus demorar sus arrugas y mejorar las manchas de su piel.

Eugenia sintió un alivio profundo al escuchar su nombre y verse liberada de seguir asistiendo a esa puesta en escena de los males humanos.

El Sanatorio había sido otrora un antiguo hospital de monjas, y algunos rastros de la fe de sus antiguas mentoras quedaban por ahí. En una pequeña placa de bronce sobre la pared del consultorio Eugenia leyó: “Alégrense con los que están alegres, lloren con los que lloran.” (Rom 12, 15).

-Bueno- pensó-  me reconforta saber que hoy acompañé a esta mujer en sus pesares. Seguro Dios me recompensará.

-

                                                                                                                      Virginia B.

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-