"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




24 de Agosto, 2012


Justo ayer, empezamos PARODIA con 1ª

Publicado en General el 24 de Agosto, 2012, 18:07 por MScalona

La "restauradora" más famosa

Por Gabriela Cabezón Cámara   www.clarin.com

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Intervino un Cristo en la iglesia de su pueblo.
La imagen quedó desfigurada y dio la vuelta al mundo.
Para muchos, es una obra nueva. Diez mil personas firmaron
para que la dejaran así. Y hay cola para sacarse fotos con el cuadro.

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El Cristo le quedó como si le hubiera dado un golpe con una sartén al rojo en la cara: bastante chato y un poco más tostado. Resulta que el Ecce Homo de la iglesia de Borja (Zaragoza, España) estaba descascarado, húmedo y salitroso. Y Cecilia Giménez, de 81 años y católica, encaró, pura fe y buenas intenciones, su restauración. Conmueve imaginarla tratando de corregir el error anterior con una nueva pincelada que, oh, horror, sólo agranda el error hasta que ya no se puede hablar de una restauración: lo que hizo doña Cecilia sólo puede verse como un desastre. O como una nueva obra .

Este trabajo la convirtió en la restauradora más famosa del mundo. Y la dejó en cama: tuvo un ataque de ansiedad. Es que hasta el martes pasado, cuando un diario de Zaragoza publicó las fotos de su trabajo, Cecilia no era famosa. Ni restauradora. Y al día siguiente era una de las noticias más leídas del mundo: en los medios españoles, en la BBC, en Clarín.com , en Le Monde (que tituló "HOLY SHIT – La restauration d"une peinture du Christ tourne au massacre" , algo así como "Mierda sagrada: la restauración de una pintura de Cristo se tornó una masacre"), llegó al New York Times y a Al Jazeera y es uno de los fenómenos de Facebook y Twitter.

La imagen de Cecilia tiene una propagación viral: hay un boom de versiones de su Cristo, al que muchos llaman "Ecce Mono": de la cara de Rajoy al Jesús de Laferrere de Peter Capusotto. Se creó una página en Facebook, "Club de Fans de Cecilia: La restauradora del Cristo de Borja", que ayer rozaba los 35 mil adherentes. Ahí, comparan la restauración de Cecilia con las obras que artistas consagradísimos hicieron sobre las de otros que más que consagrados son sagrados: Picasso sobre Veláquez, Botero sobre Da Vinci (ver foto). Un español, Javier Domingo, organizó una "Petición dirigida a: Ayuntamiento de Borja (Zaragoza). Mantenimiento de la nueva versión del Ecce Homo de Borja", que en menos de 24 horas reunió casi diez mil firmas.

Para muchos, el Cristo de Cecilia ya es un ícono pop. Eso opinan, entre otros, famosos españoles como el director de cine Alex de la Iglesia y el escritor Jesús Ferrero, quien dijo que "se ha atrevido a consumar lo que Picasso nunca consumó: modificar un "clásico" interviniendo directamente sobre la tela y convirtiendo una obra de arte en otra".

El que apoyaría a Cecilia sería Duchamp: el francés que cambió la historia del arte con un mingitorio dijo que "no son los pintores sino los espectadores quienes hacen los cuadros". Ninguna otra obra tuvo tantos espectadores en dos días.

¿Por qué Cecilia Giménez cosechó tanto apoyo en todo el planeta? ¿Será que hay mucha gente harta de la sacralidad del arte?

Más allá de las preguntas, ya hay colas en Borja para sacarse fotos con la obra de Cecilia Giménez.

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NOTA DE MARCE

Aprovecho a recordar la definición de PARODIA de Simeón Yánev,

integrante del Formalismo Ruso:  consideraremos como parodias todas aquellas obras literarias en las que subyace una actitud con respecto a una(s) obra(s) anterior(es), y que mediante la imitación primero, luego se la pone en crisis con una transformación de su contenido (significado) y/o de su forma (lenguaje) que puede abarcar una rica gama de matices, desde la imitación humorística o lúdica, la profanación y la degradación hasta la deformación o la sátira despiadada.

LA PARODIA es siempre dialéctica y crítica hacia los modelos nacidos en LA POÉTICA de Aristóteles, aquello de que el gran arte, el gran personaje o hecho, es el "serio", el "noble", el "idealista", etc...  La parodia comprende tanto el sentido cuanto los recursos del lenguaje. Es el modo de seguir escribiendo y dialogando con la tradición.

ALICIA GARCÍA CURUTCHET

Publicado en Nuestra Letra. el 24 de Agosto, 2012, 18:04 por MScalona

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Un taxi en la noche                                                                                      

 

La ciudad estaba envuelta  por una neblina que parecía abarcarlo todo. Un cielo semi caído, casas veladas, y un único taxi disponible con el vidrio empañado. Pura soledad.

Al subir, el pibe sonrió - hola dijo-. No hubo respuesta

No tenés apuro, agregó el taxista.

Jaja, qué gentil, gracias por preocuparse en que llegue a tiempo.

¿Sos tonto o te haces pibe? ¿Adónde te llevo?

Disculpe, es que estoy solo.

No sos el único, más que solo parecés sordo o bobo. Me vas a decir a dónde vamos o te bajo.

Me da un poco de vergüenza, jaja, voy al City Center.

El pibe estaba pálido con la vista pegada al vidrio donde dibujaba figuras que se confundían con las de afuera. Árboles frescos. Hojas enredadas. Humo pegado en los labios. Y él como queriendo recordar a cámara lenta aquellas hojas que le encantaba olerlas crujir cada vez que corría en medio de ese parque de ramas complacientes a las que tantas veces imaginó como el sendero por el que caminaba con su otro yo.

¿Tiene hora?

¿Ni reloj tenés pibe?

Jaja, tiene razón

Se lo dejé a mi abuela. ¿Sabe?  Ella se fue hace un mes y estoy solo.

El pibe le miró la nuca con ganas de que el taxista  lo escuchara, se imaginaba contándole todo. El rostro encendido. Un puntito en la noche. Le pidió fuego aunque no fumaba, sólo para sentir que alguien podía tocarlo. 

Sacó del bolsillo el pucho que compró suelto para un conocido del barrio. Quería sorprenderlo. El taxista con veinte años de calle le dijo-pibe vos no fumas-

Es que estoy solo.

No sos el único pibe. Llevo años arriba de éste taxi apretando el volante cada vez más sucio. El otro día subieron tres pibas. Una, gordita con unos ojos enormes y las otras dos borrachas. La gordita seria, les pedía que no contaran nada y las otras dos, empezaron a manosearse a punto tal que me dieron ganas.

¿Me estás escuchando pibe?

¿Eh? Si, si señor.

Che pibe me esperás un minuto que bajo así busco a la Moni y seguimos?

El pibe pálido, con vidrios en sus ojos como si salieran de  la puerta para entrar en él. Quieto. Como el taxi. Eran dos en el mismo lugar. Miró para afuera cuando de pronto sintió un ruido que parecía tocarle el hambre.

Era la Moni que subía. 

Vos te crees que sos el único le decía la Moni al taxista. Y agregó. Vino el Cholo. El taxista ponía cara de no me importa y la Moni parecía engordar la rabia. En un momento no pudo más y le gritó, estúpidooo.

Se siente bien señora le preguntó el pibe mientras la Moni se acomodaba los auriculares del celular y se conectaba a facebook.

El pibe se quedó quietito y con un  grito de la Moni le cambió el color. Está en el chat dijo la Moni  y el taxista giró el volante como para tirarla del auto. Ella contenta repetía, si, dale. 

Qué gracioso pensó el pibe y se tapó la boca con la mano mientras pensaba- me gustaría poder contarle que estoy solo, pero se calló y siguió pensando. Qué lindo, ella se ríe tanto que me da pena decirle que los del chat no existen.

El taxista la miraba a la Moni y de reojo por el espejo retrovisor al pibe. 

¿Por qué te tapas la boca boludo?

Jaja. Disculpe me vino tos y no quería salpicar a la señora. ¿Quiere que le cuente? Estoy solo.

Che Moni ese chat de facebook te va a volver más loca de lo que estás.

La Moni nada. El pibe menos. 

¿A qué vas al City Center pibe?

Es quee

Moni cortala. Dejá de reírte. Si chocamos la chapa vas a ser vos.

El pibe hizo un movimiento con la mano para calmar al taxista y la Moni pensó que lo quería robar. Se dio vuelta y le raspó la cara con la pintura de uñas. El pibe largó dos o tres gotas de sangre. Ella nada. Y él se disculpó por ensuciar el auto. Inclinó las pestañas para afuera envuelto en la neblina mientras se filtraba la chispa del encendedor con la que un flaco le daba fuego al pelado mientras se fumaban el último fasito.

Alargó el cuello como para tocarlos, bajó el vidrio y estiró la mano ofreciendo el puchito que había comprado.

Sos loco pibe, te van a dejar sin dedos.

Es que estoy solo.

Imagino que traerás bastante, con poca guita en el casino ni media hora, eh?

No vine a jugar. Fue muy lindo todo, gracias, el viaje me hizo sentir lleno de amigos.

Mientras pronunciaba  la palabra amigos por alguna extraña razón pensó en su abuela que en sus delirios decía que era la Muchacha  Punk  y la imaginó poseída por Fogwill  discutiendo con el taxista  diciéndole   que era “un piojoso sucio y mal oliente”. Pero el pibe  odiaba a Fogwill  porque las manos de su abuela parecían haberse fundido con el libro de la Muchacha Punk  y olvidarse de él. Tanto lo odiaba que la única manera de soportar sus pensamientos era volverse el otro. Ese otro que lo acompañaba cuando su abuela hacia el amor con Fogwill. Fue entonces cuando abrió la ventanilla y se imaginó que la neblina se volvía  nieve y dentro de ella estaban  Chejov con Yona  y  un caballo que le daba latigazos a Yona hasta dejarlo tendido en medio de algo parecido a un bosque. Caminaba  y murmuraba, hay que entrenarse para ver belleza por todas partes cuando de pronto y frente a él la imagen nítida de Abrámtsevo que comenzaba a perderse en un largo sendero serpenteante entre abedules y pinos, barrancas  y puentes tambaleantes que lo metían nuevamente en si mismo.

Pibe, te repito sin guita estás al horno.

Es que estoy solo.

Cortala con eso de que estás solo boludo! Llegamos, son 30 pesos. Ticket no tengo.

El pibe parpadeo, saludó pero nadie le respondió. Era como si siguiera en la Siberia, ese lugar al que todos te mandan cuando te pretenden expulsar del planeta.

Al bajar del taxi pensó que le hubiera gustado entrar al casino. Lo imaginaba lleno de gente, que lo tocaban  al pasar, pero sabía que eso era imposible.

Caminó lento con una sonrisa pálida y se arrodilló al lado del único perro que le movía la cola. Qué te pasó le preguntó el pibe al perro. Estás todo mojado, flaco y no parás de temblar.  Hace menos de una semana que no vengo y ya estás así. ¿Me extrañaste?¿Por qué no comiste? El perro levantó el hocico y le respondió dándole una larga lamida en la cara. Era un siberiano y se llamaba Savva Mámontov.

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                                                ALICIA  G.C.

GUILLERMO RÍOS

Publicado en Parodias el 24 de Agosto, 2012, 16:44 por MScalona

CALCOMANIAS

 

 

Basta con que yo escriba algo, lo altere cien veces y se lo pase a alguien (cualquiera) para que pierda todo gusto por esa pieza. Una vez expropiado de mi inmanencia, desnaturalizado, el relato se me hace tan interesante como el instructivo de una fotocopiadora. Y así ha de volar convertido en avión de papel, o hundirse como señuelo de plomo. Es que una vez que cae sobre su regazo la maquinaria estereofónica del perfil ajeno se pierde el control sobre todo lo escrito. Y la puntuación confunde, y los personajes se aglutinan, y es muy probable que no hayas visto el gajo de mandarina que se cayó junto al pie de la cama mientras ella le decía que el beso en la estación había sido una mentira. No lo viste, pero ahí estaba. Porque es responsabilidad tuya levantar el texto por sobre tu cabeza, asomarlo. Y porque sos el exclusivo dueño de tus propios pelos, y sólo si logras que cada una de las letras encaje como un lego con tus terminaciones nerviosas y tus niveles de serotonina, tal vez por un momento se te ericen.

Hay de todo. Poemas que pueden leerse en un viaje de ascensor. Cuentos dietéticos que hacen que uno se saltee las comidas. Y hasta novelas matemáticas que arremolinan la tensión y se te van en las dos últimas páginas con ese ruido grotesco que hace el agua al terminar de escaparse por el resumidero. Hay incluso algunos pasajes tan precisos que nos tuercen los brazos y obligan a dejar por un momento el libro sobre la cama o la mesa, y juntar las palmas en rezo meciendo las muñecas al tiempo en que se susurra una santa puteada en homenaje a su autor. Hay también de esos libros que uno lee a escondidas, porque algunas de sus tuercas no encajan en la maquinaria que elegimos ostentar. Porque hay goces que uno no se permite, no en público. Y entonces solapamos su lectura, mientras nos abandonamos a la culpa y la paranoia, que no es otra cosa que la clase de ficción más real que se puede consumir.

Hay gente que colecciona libros, gente que colecciona señaladores, incluso conocí un hombre en San Telmo que colecciona portadas, las pega en collage en la pared de su negocio. No se me hizo la idea de preguntarle si después de arrancarle las tapas a los libros los leía o los tiraba. No viene al caso.

Lo cierto es que termino de escribir esta diatriba, y si te llega es porque dejó de gustarme. Porque al igual que los juguetes, uno comparte sus relatos cuando ya se cansó de jugar con ellos.

En cualquier momento su fugaz efecto se desvanecerá, justo antes de que hierva el agua para el café. Vas a levantarte y tal vez lo revuelvas en silencio, y eso será todo, y pensarás en lo que viene, con la cara llena de aroma, mientras mis palabras se transforman en otra más de las calcomanías que llevas pegadas en las puertas del placard.    

 

 

GUILLERMO RÍOS

COMUNICADO INSURGENTE DE CICLOTIMIA

Publicado en Sugerencias. el 24 de Agosto, 2012, 15:15 por MScalona
ALERTA CAMARADAS:
¡Por lo tanto, para el martes 28 de agosto, las cuatro esciciones que componen
nuestra productora insurgente, resuelven:

Art.1 Créase el evento Ciclotimia F23 en Jekyll & Hyde, propondremos que el bar pase a llamarse Sacco y Vanzetti.
Art.2 Se designará a la Comandante originaria de Kiev SOFIA LENSKY y al Héroe de Base ALFREDO CHERARA (agrupación Rosario) para las actividades literarias.
Art.3 Munidos de las armas musicales necesarias, se designa a LA MONADA DEL PAÑOL (tendencia extremista de cumbia y ritmos tropicales de Rosario, que hará su debut oficial en BERLIN -oriental- el 21/9) para atacar a la burguesía oligarca donde más les duele: basta de música cheta, camaradas.
Art.4 Para entretener a las masas, veremos un cortometraje de NICOLAS VALENTINI denominado BESO CARACOLA (camaradas, se solicita refrenar el instinto burgués de realizar rimas chacoteras que en nada ayudan a esta revolución).
art.5 Se designa al Subcomandante del Chaco-rosarino ARIEL GOMEZ PARRA a realizar una pintura en vivo mientras se desarrollan los eventos precedentemente enumerados. Nos mostrará lo aprendido en estos últimos meses en la Siberia.
art.6 Como ejemplo de solidaridad, se procederá al sorteo de LIBROS, CIDÍS, PORRONES y la infaltable NARAMPOL (pomelo rosé), gentileza de MATAFUEGOS EXTINTEC.
art.7 Nada más. GANCIA O MUERTE
VENCEREMOS!!!                                 TRES CABEZAS


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PRODUCE Y ORGANIZA: TRES CABEZAS PRODUCCIONES [ Fabricio Simeoni: poesia -- Erika Aristides: Audiovisual -- Pablo Castro L.: música y conducción ]

Entrada libre y gratuita -
Mitre 343 (esq Pasaje Zavala), 2000 Rosario

Ma. ZULMA VILLALBA

Publicado en Cuentos el 24 de Agosto, 2012, 13:12 por MScalona

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ECOS

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Era como un eco,  no lo podía distinguir bien. Amo los pájaros perdidos, vuelan ciegos,  sobre el mar;   fragmentos de una canción, perfecta, para tres personas que desde una  mesa, frente a ese río que se pierde en el atardecer tratan de aprisionar lo inasible. En menos de una hora, las luces rescataban lo lejano y  devolvía a los sentidos  lo cotidiano, lo simple,  los deseos,  la risa.

¿Cordura o delirio?

Ser felices parecía un viaje fantástico. Era como lograr escapar de Zobeida y sus trampas, persiguiendo lo que ya está olvidado. Pedimos otra cerveza.  Cuando la moza se va con su delantal negro ajustado en las caderas, propongo que elijamos algunas de las ciudades  de los deseos como símbolo de ese viaje. Flor, al principio, parecía   no comprender y Carla  las recordó inmediatamente. Antes de que yo pudiera decir que deseaba mirar al interior de cada una de las esferas de Fedora, que quizá encontraba la ciudad de mis deseos o descubría porqué la había idealizado; Carla dijo que era mejor  Anastasia porque allí descubriríamos todos los deseos y todas las negaciones. No nos poníamos de acuerdo, Flor  solo sonrió levemente,  fue un silencio denso, metafórico. De todos modos, bromeábamos.

Primero dejé a Carla; luego llevé a Flor, que seguía callada y había mirado varias veces su celular silencioso;  era evidente que algo la había perturbado. Nos saludamos afectuosamente como siempre; te llamo en la semana, le dije y luego esperé que entrara en su casa. Aunque hace mucho que nos conocemos, debo confesar que algunas veces en estos años la he sentido como una extraña.  Guardé el auto en la cochera, estaba distraída. Entré a  casa, encedí algunas luces más, pensando en tomar algo caliente.  Veo que hay té rojo en la alacena, con sabor a vainilla; es rico y desconcertante, su nombre me deleita -el té de los emperardores- y aunque la magia se diluye en un pequeño sobre de papel,  la alquimia  de ese aroma dulzón inmerso en el color de la pasión, la vuelve terrenal, próxima. Dejé la taza blanca, lisa, sin adornos, en el borde de la mesa de noche. Los círculos que hacía el vapor iban a dar en la pared y se perdían en ella;  alguna vez ya he sentido esto. Algo no está bien. La memoria suele ser fecunda y  en ese jardín donde todos los días eran soleados hoy reconozco el aroma de la lluvia en la tierra y  espero los pequeños hoyitos que se dibujan.  Otras veces  fue menos generosa y con esfuerzo pude saber como era en realidad ese gran parque lleno de eualiptus y pinos en lugar de los aromitos y chañares originarios; esas extensiones que no tapaban al sol en su caída, día tras día, irrepetible, solo, imperturbable, donde la belleza  me hacía un nudo en la garganta cada vez; cómo era esa casa grande, llena de enredaderas, cuartos,  puertas e  historias que se perdían hasta que alguna voz pronunciara mi nombre y me rescatara de ese silencio. Y era la voz de Victoria, en la cocina, que reía mientras cocinaba; mi madre nunca la quiso pero yo sí.  Parecía que una nube gigantesca se había apoderado de la casa y mi madre se perdió dentro de ella sin encontrar nunca la salida.  Otra parte de la casa estaba habitada por los colores de los óleos y ese aroma persistente de los pigmentos mezclados con el aceite de lino, que siguen buscando un lugar en mi casa en cada cuadro que comienzo y no termino. Algo no estaba bien.

 

 

 

Los árboles de la entrada se agitaban con el viento y yo estaba como ellos, así que decidí regresar a mi casa; más tarde vería aquellas cuestiones que nos dieron problemas todo el día. Con tantas cosas en las manos,  voy dejando como puedo cada una de ellas en el auto sin perder de vista las llaves que se cayeron al lado del asiento. Había algo más, esa libreta. ¿Cómo estaba allí un cuaderno con notas manuscritas y recortes en papel impreso prolijamente pegados?  No veo fechas ni nombres, por ahora la dejo en el bolso, pero no puedo negar que me siento  sorprendida y tentada de dudar sobre la realidad. Me pregunto, ¿cuál? . La de este pequeño mundo de palabras vacías,  donde en lugar de paredes hay vidrios  inmensos, donde interior y exterior se definen por los opuestos; cálido en invierno y frío en verano, y aun así el latido de la vida se puede percibir. Sí, en esa enredadera que está enamorada del muro, inalcanzable tras el cristal, a mi derecha y en el cuadro de Frida, sanguíneo, con frutas y loros, delante de mí; en la calle cuando el aire frío y real me reconforta.  Necesito descansar y no pensar disparates.

 

 

Escucho las campanadas, anoche también las escuché. Su sonido siempre me resultó dulce. Mi abuela tenía una pequeña, que agitaba según el buen humor del día, aunque su especialidad siempre fue el a rebato. Cuando viví cerca de la calle Viamonte escuchaba las del convento de Santa Catalina, ahora las de esta iglesia, la del reloj, cada quince minutos. La libreta está sobre mi cama, no les pregunté a ninguna de las dos si se les había perdido, no reconozco la letra; pero de Carla no es, seguro. Me pregunto porqué tengo tanta inquietud por estar deslizándome entre las palabras, como si entrara sin permiso  a una casa; al fin y al cabo estaba en mi auto. La tapa es azul, el papel es de una textura fina, las primeras notas describen un viaje en otoño, un atardecer en las sierras; hay un pequeño doblez que cierra dos hojas, es una transcripción de mensajes y las fechas.  Mis latidos se aceleran – 6/8 18.22    “estoy viajando, cuando llego te llamo, besos, TH”...-8/8 13.02  Te busco por tu casa. Un beso TH”- 22/8 21.11 Arreglé para dormir en Rosario mañana a la noche, se nos va a hacer tarde para la vuelta.Un beso”- 3/9 18.21 “Ok, buenísimo TH” - 21/9 12.56  “Mañana.Un beso” -  22/9 19.28 “Te busco 21h” - 22/9  21.01 “Estoy.TH”.

 

 

No. Cierro los ojos. No puede ser. Avanzo las páginas como huyendo del frío, todo se transforma en una  banda en la que el derecho se reúne con el revés.

 

 

2/10 5.30“Muchas de las cosas que dijo anoche no las comprendo. Me resultan extrañas. Tampoco me animé a preguntarle porqué le hizo firmar la renuncia a sus derechos sobre los bienes. A veces lo desconozco. La semana pasada me sucedió lo mismo cuando habló de uno de sus socios. No lo entiendo, pero pienso que yo nunca lo hubiera hecho. No pertenezco a ese mundo, siento que no podría...F.”. En la hoja siguiente había un dibujo, una flor de jacarandá. En la casa de F hay uno enorme que cubre el jardín de un manto lila -  3/10 send: TH; to: Flor  M .

 

 

Tengo la sensación de  que el piso de mi cuarto gira de nuevo y no sé como detenerlo. Es mi cabeza la que no puedo detener, camino, respiro hondo, los recuerdos vuelven como personajes de un tren fantasma.  La mirada , el hielo, el fuego, la ternura, la culpa, el desconcierto, la locura, el dolor, la distancia,  su piel, su voz, sus manos, mis cabellos, los abrazos, la espera,  el cielo, el infierno, su perfume,  su silencio y el final: “Estoy en el norte, ven cuando vuelvo” “¿Cuándo volvés?” “Aún no lo tengo claro”.  Solo fue el punto final  de los tantos finales que no quise admitir, que  ya estaban aquel día en la plaza de la embajada. Fui muchas veces; pero esa vez,  los álamos estaban desnudos y en ellos trataba de encontrar aquel chopo, tan blanco, de mi infancia, que  tanto quería y sin embargo mi madre se empeñaba en secarlo y  tomé la decisión de  dejar  de buscarlo;   el que encuentro hoy ya no es tan blanco  y el reverso de sus hojas es verde, pero es igualmente bello.

 

 

Fue un día largo y difícil, a la noche nos íbamos a reunir para despedir a Carla. Pensé que lo mejor era arreglar esto dialogando como personas adultas. Le avisé a Flor que iba a su casa, y nuevamente, esa sensación de que algo no funciona, por momentos tengo un nudo en la garganta, por momentos la rabia se apodera  de mis buenas intenciones. Doblo en la esquina de su casa buscando un lugar donde estacionar, cuando estoy próxima a hacerlo miro por el espejo, me miro y descubro “que los espejos tienen algo de monstruoso”. Nada les va a ser tan fácil a los dos. Regreso a casa, camino por el living, espero y pienso. Mi celular está sonando, es Flor. No la atiendo. Insiste y lo dejo sonar.  Envía un mensaje de texto. Dice que se está cambiando y viene hacia aquí. No respondo. Me pregunto muchas cosas . Me sirvo un vaso de agua y busco a Piazzolla en mi lista, Libertango, TH, ¿Qué me había seducido de él.?.  Desconocía muchas cosas de mí misma entonces, no me animaba a preguntarme y  tampoco hubiera tenido las respuestas. “Mi libertad comprende que yo me sienta presa  de los errores míos sin arrepentimiento...”.  En la portería reciben con sorpresa la indicación de no permitirle el ingreso a Flor y entregarle de mi parte un sobre cerrado.

 

 

- Por momentos pienso que quizá debí decirte que lo que no te animaste a preguntar  era lo que vos tampoco te atreverías a responderte; que somos  tan extrañas como lo eran aquellos pinos de mi infancia  y a la vez tan parecidas que parte de nuestra historia se ha quedado en los pasillos de  una casa o atrapada en la tela de un cuadro de tu madre. Seguir con esto  ya no vale la pena y además  no tengo mucho tiempo. El efecto del silencio y de la sorpresa siempre fueron  las cartas con que TH  ocultaba un  miedo indecible;  el mismo que hoy nos envuelve a los tres.  “Mi libertad me dice, de cuando en vez, por dentro, que somos tan felices como deseamos serlo...”

 

-      Hola Alejandro, sé que es tarde, pero por favor necesito que escuches.

-      ¿Qué sucede?

-      No tengo mucho tiempo, pero el pacto terminó, el lunes a las nueve conversamos.   Mi cargo  deja de ser nominal. La segunda cuestión y la más importante, llamá a TH. Llamalo ahora, decile solo que se cancela la reunión del martes y leéle el siguiente mensaje de mi parte; él va a entender: “Los dioses no estaban ya y Cristo no estaba todavía y de Cicerón a Marco Aurelio hubo un momento único en que el hombre estuvo solo”.

-      ¿Qué?

-       Él lo va a comprender. Si no responde ,entonces si, enviále por favor un mail con copia a su abogado con lo del martes y el mensaje.

-      Ok. Ahora lo hago.

-      Gracias, un beso.

 

 

 Añoro el ceibo  de Las Catalinas, el silencio de sus pasillos. ¿Por qué tendría que escucharte Casandra?  Preparo el baño para falsificar el tiempo, altero cada movimiento; mi cuerpo me está diciendo algo y me niego a escucharlo. El agua comienza a hacer remolinos, el sonido va cambiando. La temperatura también cambia, mi mano hace dibujos imaginarios en el agua, “mi libertad me insiste con lo que no me atrevo...”, el aroma a lavanda de las sales se confunde en cada gota,  en mi memoria;  las voy arrojando al agua, van tranformando su forma y su color y voy perdiendo esa ciudad azul con la que soñé, condenada a languidecer por más que quiera retenerla fingiendo olvidar. 

 

Olvidar lo que  estaba negando, negar que esperaba; que deseaba que él deseara venir, pero no era así. La batalla  ya había comenzado. ¿Qué es la eternidad? ¿Un minuto, una hora, un llamado, el sonido de unas llaves en la puerta?. No lo sé.  El mensaje de texto fue la respuesta, “estoy” y conocía el tiempo que él demoraría en subir y yo en abandonar  mi refugio ante una eventual derrota. Me miro en el espejo, mi cabello está mojado; estoy parada frente a la puerta, mientras escucho el ruido del ascensor en el pasillo, trato de encontrar algo que rime con ven o  con cuando,  con vuelvo;  si estuviera escribiendo un cuento  no les   encontraría un tiempo presente o   pasado a esas palabras .

 

-Mili, entre nosotros nunca hay nada que perdonarnos...

 

“mi libertad me quiere con lo que llevo puesto ”

Las gotas de agua  juegan entre mi bata y su piel...

 “mi libertad me absuelve si alguna vez la pierdo” .

 

¿Cordura o delirio?

 

Era como un eco, no lo podía distinguir bien; por momentos parecía el mío, a lo mejor era la voz de mi analista.

 

 

 

 

 

 

 

                                                            Ma.  Zulma  Villalba

 

 

 

 

 

 

 

* Las ciudades (Zobeida, Fedora, Anastasia y Zora-azul-) pertenecen a Las ciudades invisibles- Italo Calvino

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ALE RODENAS

Publicado en relatos el 24 de Agosto, 2012, 12:56 por MScalona

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MIENTRAS AGONIZA

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El primer síntoma fueron las cruces. Cruces sobre el mantel y  la tierra. En el tallo de la enredadera, como para quedarse. Helena no era una mujer de fe, apenas si prendía alguna vela al santo de su madre, a esa estampita borrosa que alguna vez ella le dio mientras la inundación se llevaba todo. Tal vez sea por eso que nunca creyó en nada. Si cuando venía el agua no existía oración posible. Sólo las bolsas de arena que traían los de la Comuna. Y tampoco alcanzaban.

Sin embargo las cruces estaban allí. Enhebradas entre las hojas, trazando un borde oscuro sobre la enamorada.

-Vos viste eso Helenita?

-No

-No viste las cruces?

-No

Helena, trabajo mal pago, comida barata, ropa de supermercado, chicos a la escuela, vacunas y dientes limpios. Lo demás, si es que había demás, llegaría sin depender de ella. Así se iba a dormir todas las noches. Y así se levantaba. Deshabitada.

-Dicen que en lo de la Helena apareció la Virgen.

- Y ella qué dice?

-Nada, qué va a decir.

Los vecinos de la cuadra le preguntaron a la dueña de la casa.

-Ah… yo no sé nada, yo le alquilo. Ella me paga todos los meses, es cumplidora…por qué me voy a meter? Vayan a preguntarle al cura de la Parroquia.

Dos tardes después, la gente empezó a arremolinarse en la vereda. Y fue la vecina lindera la que se animó: Helena, no lo tome a mal, pero dicen que en el patio de su casa se apareció la Virgen. Helena siguió caminando, empujó suavemente a la hija del carnicero, le pidió permiso a la señora de la tintorería para poder seguir y sin decir nada entró a su casa. Los chicos hacían la tarea y su madre miraba la TV desde la silla de ruedas. Cerró las persianas que daban a la calle.

-Sí, hay luz todavía Helenita. Mirá que después te quejás de la cuenta…

-Seguí mirando la novela mamá. Después me la contás. Yo tengo ropa para lavar.

El lavadero estaba en la terraza. Le gustaba el olor a jabón en polvo, el ruido del agua, la soledad de ese rato concentrada en manchas y fricciones. No le importaba que sus manos le ardieran, siempre había sido así.

-Vírgenes, no estoy para vírgenes, pensó.

Esa tardecita le sangraron los dedos. Bajó, se limpió con agua oxigenada y puso la olla para el puchero.

-Otra vez?

-Sí.

-Pero prometiste milanesas.

-El sábado. Después de comer, un poco de tele y a dormir.

-Quiero ser bailarina, mamá.

-Para qué?

-Para irme.

-Te vas a ir igual cuando sea la hora.

El baño estaba tapado. Meter mano, decía su tío –cuando vivía-. Meter mano y no pensar. Todo lo que los otros dejaban de sí, ella lo tenía que tocar. En el trabajo mal pago y en la casa.

-Llevate las sobras, Helena.

- Se agradece.

-Que te dieron hoy?

-Arroz con pollo.

-Con el pollo?

-No, con los huesos.

En el cuarto había mal olor. Abrió la ventana y todos seguían allí. Cerró la persiana y se cayó la cortina. Se vendó los dedos. Le acomodó a su madre la almohada bajo las piernas y se durmió pensando que al día siguiente le iba a pedir fiado unos guantes a la dueña del almacén.

No se despertó. Dicen que su madre la escuchó hablar en sueños y contar de luces, de reírse como nunca y de llorar sangre. Helena se murió de un derrame cerebral y sus venas nasales sangraron. Igual, la gente del Barrio armó un altar en la puerta de la casa. Llevan flores, velas, ofrendas y le piden a la Virgen de la enamorada que les cumpla los deseos. La dueña de la casa dice que no le conviene alquilarla. Que así como está es como lo quiso la Virgen.

Una vez por semana pasa a ver cuánto dinero juntó su hija, la que ordena la fila, llena los bidones con agua de la canilla del muro, riega la enamorada, y exhibe los restos de sangre  de la sábana de Helena. La de la muerte.

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                                                                    ALE  R. 

 

 

 

 

 

 

MA. VIRGINIA BACHMANN

Publicado en relatos el 24 de Agosto, 2012, 12:36 por MScalona

COMPASIÓN

 

 

Eugenia entró en la sala de espera y se sintió mirada. Andaba siempre apurada, como si sus minutos fueran más cortos que los del resto de la humanidad y la empujaran bruscamente por la vida.  El ocio, pensaba, era un mal consejero. El lugar estaba atestado de gente ansiosa por actuar sus males ante un público preparado para conmoverse. La cola en la recepción la había alterado bastante: la calma exasperante de las secretarias con caparazón y cuellos arrugados contra su ansiedad desbocada de liebre enloquecida por un disparo. Miró a su alrededor buscando un lugar vacío, completamente vacío. Playa desierta acotada a un rectángulo de cuerina de dudosa limpieza en la que colocaría su cartera y su abrigo. Y lo encontró. Medio alejado de la puerta del consultorio del que debían llamarla (¡Dios sabe cuánto esperaría!), pero vacío.

Ni bien se instaló, libro en mano, tuvo la desagradable sorpresa de ver entrar a la maestra de su nieta: coqueta, con una flor en el pelo, uñas y labios pintados, llevando de la mano a una muñequita menuda, réplica de sí misma. Maestra de grados chicos, propensa a hablar con diminutivos, voz aguda y demasiadas gesticulaciones. Pobre mujer, siempre metida entre párvulos inquietos y demandantes. Eugenia la saludó como quien ve a un conocido en el palco de enfrente, con un cabeceo atento que atravesó todo el teatro y volvió a reposarse en el libro.

Como la maestra y ella habían sido las últimas en ingresar a la sala, la gente esperaba cuchicheando alguna intervención de su parte: un comentario sobre la hora, el clima o el tiempo de espera. Algo que viniera a renovar el aire muerto y tenso de la espera. Pero nada. Eugenia recorría con descaro las líneas de la novela, absorta en medio de una muchedumbre que buscaba una ranura de mirada o de sonrisa para dejar salir sus penas. No, ella no lo haría. No abriría ninguna puerta de escape para nadie. Los ojos en las hojas.

La novela era interesante y los ruidos de portazos, taconeos y conversaciones absurdas a media voz no llegaban a desconcentrarla del todo. La espera sería soportable.

De repente, por el rabillo del ojo ve acercarse una mujer. Es muy gorda, y respira y camina con mucha dificultad, como si ese cuerpo le fuera ajeno y ella estuviera condenada a cargarlo de por vida como a un parásito. Agradeció en silencio a Dios por haberle dado una contextura pequeña.  Ya demasiado le costaba cargar con sus pensamientos: arrastrar un cuerpo de esas dimensiones le hubiera sido imposible. Se compadeció de la mujer y, de mala gana, sacó sus cosas del banco para que la otra se acomodara.

­- Gracias, querida­- resopló.

-Está bien- parpadeó Eugenia­ y volvió a meter la mirada en el libro.

Su compañera de butaca tenía un desagradable olor a orina, y le dio la impresión de que cada vez que respiraba, ruidosamente, pequeñas y volátiles gotas de saliva flotaban a su alrededor, envolviéndola en un halo repugnante.

-Me confundí de consultorio, ¿sabe? Pedí ver a un nefrólogo y me mandaron acá, del neurólogo. Yo no sé estas chicas de la recepción, si no prestan atención o si no tiene ganas de hacer bien las cosas.

- Aha…- exhaló Eugenia dando vuelta una hoja.

- Lo peor es que ahora tengo que ir al otro consultorio, que está en planta alta. Imaginesé, querida, lo que es para mí subir esa escalera, porque el ascensor está roto, ¿sabe?

- Imagino- dijo Eugenia sin tomar la posta. No tenía ganas de pararse y arriesgarse a que justo la llamaran cuando ella se levantara. Tampoco quería tocar a esa mujer. Húmeda y con olor a pis.

Había un par de chicos que correteaban y gritaban incesantemente, y una mujer, seguramente su madre,  seguía a uno de ellos arrastrando los pies y mirando a los demás con una sonrisa suficiente. A Eugenia le pareció un cuidado exagerado seguir a una criatura a medio metro en un lugar cerrado, y comprendió que lo que mujer deseaba era que los demás vieran su abnegación y secretamente la aplaudieran. Le dio lástima pensar  en que necesitaba del reconocimiento de los demás para sentirse madre.

- Hace ocho años que tengo problemas en los riñones, querida. ¿Sabe lo que es vivir con eso? Los medicamentos me hinchan, la diálisis es una tortura, me hacen tomar muchísimo líquido por día… diga que mi hijo me ayuda.

Evidentemente la mujer no necesitaba respuestas para seguir con su parlamento. De manera gratuita dejaba caer sus intimidades sin que nadie las recogiera. Y sus secretos quedaban allí, abandonados y solos en medio de la sala, despreciados por los espectadores que habían buscado otro entretenimiento para matar el tiempo: la voz de los médicos al llamar a sus pacientes, la gente que entraba, los cuadros, la lista con el plantel profesional, otras conversaciones.

- Menos mal- comentó la otra, más interesada en observar cómo el aire se le hacía espeso a esa mujer, produciendo un ruido ronco entre cada palabra que salía arañada de su garganta,  que por conocer los detalles de su existencia.

- Para eso son los hijos, ¿no? Uno los cría, les deja la vida, y bueno… ellos algo devuelven, a veces.

Eugenia desvió un momento la mirada hacia la madre que se arrastraba como autómata detrás del nene que corría y gritaba por la sala, y agradeció a la Providencia el no haber tenido hijos. Le pareció demasiado entregar la vida para que alguien la ayudara si probablemente quedara enferma.

-Mi hijo mayor está casado, en Mendoza vive. Dos nietitos tengo, de cuatro y seis años. Casi ni los veo, bueno, alguna foto que mi otro hijo me muestra en la computadora, pero verlos verlos, para Navidad nomás.

Una enfermera pasó arrastrando una silla de ruedas, en la que iba un adolescente con la pierna enyesada y los dedos incrustados en el celular. Pobre mujer, ni siquiera una palabra le cruzaba el chico. Qué ingrato trabajar ante tanta indiferencia.

-También tuve una hija, ¿sabe? Karina. A los veintisite años se me murió…

Acá la mujer hizo una pausa más ronca aún, pero Eugenia no quería saber la causa de la muerte. Debía ser difícil perder a alguien tan cercano. Ella había quedado viuda hacía unos años, pero su marido estaba tanto tiempo afuera, viajando por trabajo, que casi ni lo sintió, y pensó esa muerte como otro viaje más, quizá más largo.

-¡Qué pena!- fue todo lo que quiso decir.

-Pero tengo otro hijo, el más chiquito. Bah… yo le digo chiquito pero tiene veintiún años ya. Cuando mi marido murió nos quedamos solitos con el Leo. Si viera usted cómo lo zalamereo. Lo abrazo, le revuelvo el pelo, y él se ríe. Si viera cómo se ríe. Él me cuida, me ayuda a bañarme. A veces pienso que le debe dar vergüenza… ¡pero qué va a tener, si soy la madre! Con lo que se me hinchan las rodillas casi ni camino sola. Me prepara la comida, me hace compañía. No sé qué haría sin él. Dice que tiene una noviecita, pero yo no le creo. Todavía es un chiquilín.

Eugenia sintió surgir en ella un sentimiento de compasión para ese pobre muchacho, atado en sus mejores años a esa mujer enferma y parlanchina. Y a ese olor.

Le pareció que era mala educación seguir sin mirarla, ya que la otra le estaba contando su vida. Así que apoyó la novela en su regazo y puso sus ojos sobre la mujer, pero con la mirada ausente, tratando de perderse en mil sueños lejanos. Sin embargo no podía alejarse. Todos sus sentidos estaban allí, en ese escenario, escuchando, oliendo,  rozando el enorme cuerpo de la señora. Le parecía hasta sentir el sabor amargo de la orina. La aspereza de esa piel sucia. Eugenia sentía una conmiseración tan profunda por esa mujer, que casi llegaba al asco. Hubiera hecho cualquier cosa por cambiarle el aspecto, el olor, la conversación. O por correr el telón y no verla más.

-Eugenia Santángela- llamó su doctora, la dermatóloga que le aconsejaba excelentes cremas para sus demorar sus arrugas y mejorar las manchas de su piel.

Eugenia sintió un alivio profundo al escuchar su nombre y verse liberada de seguir asistiendo a esa puesta en escena de los males humanos.

El Sanatorio había sido otrora un antiguo hospital de monjas, y algunos rastros de la fe de sus antiguas mentoras quedaban por ahí. En una pequeña placa de bronce sobre la pared del consultorio Eugenia leyó: “Alégrense con los que están alegres, lloren con los que lloran.” (Rom 12, 15).

-Bueno- pensó-  me reconforta saber que hoy acompañé a esta mujer en sus pesares. Seguro Dios me recompensará.

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                                                                                                                      Virginia B.

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-