"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




22 de Agosto, 2012


JOSEFINA ANTONI

Publicado en relatos el 22 de Agosto, 2012, 12:27 por MScalona

ME  PRESENTARé          

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Hola, lector! Voy a presentarme, de la misma manera que mi conocido Ernesto lo hace en su túnel. Aunque no creo que mi túnel, si existe, sea oscuro y solitario. ¡Para nada!  Soy Ema. El personaje central de esta novela que posiblemente escribirá mi amiga Sofía. En realidad no sé por qué, ni para qué. Porque mi vida es como otras. ¿Por qué tendría que escribir acerca de mi pasar por estos caminos comunes? Dice que es un homenaje que quiere hacerme. No estoy segura si la escribirá realmente. Ella es medio soñadora y quiere abarcar más de lo que la cuerda le da. Ni creo que le alcance el tiempo. Por si acaso la escribe, les adelanto que soy odontóloga de profesión.

De todos modos, me pregunto si mi vida, aún enmarcada dentro de una historia, pueda ser interesante para ser leída. Y vuelvo a recordar lo que dice Sábato en su túnel. Pareciera que lo que tiene que suceder, va a suceder, como por un tubo. Matar a la mujer amada. Aunque no sea del todo coherente. No sé si valdrá la pena embarcarse en la escritura de mi personaje y sus andanzas. O tendrá que ser así. Y nada más.

Pero yo creo que la vida no es un túnel. Discrepo con esta idea. Es más bien, un conjunto enmarañado de túneles, en todo caso. Una especie de gigantesca y polifacética esfera dentro de la que se entrecruzan los túneles de la vida de todos a través de los tiempos, dejando rastros de cada uno en todos los demás. Son líneas de azarosos recorridos, llenas de escuálidos ventanucos que dejan pasar las luces y las sombras de los otros recorridos y construyen únicos y particulares recorridos.

Con las evidentes diferencias del caso, se parece al Aleph borgiano, cuando en la parte inferior del escalón, vió una pequeña esfera tornasolada, de un fulgor intolerable. Al principio creí giratoria, pero eso era solamente una difusa ilusión, producida por los vertiginosos espectáculos que encerraba. Tenía un volumen cósmico que estaba ahí comprimido, pero sin disminución de tamaño. Cada cosa, por ejemplo el libraco diccionario de mi padre, el enorme espejo del toilette Luis quince de mi madre, todo eran infinitas cosas que yo podía ver claramente desde todos los puntos del universo. Ahí estaba el encrespado mar por el cual navegaba mi Cristóbal infantil, el sol atardecido  desapareciendo detrás de las montañas de mi provincia querida, la cara del hombre que siempre amé, los patios y jardines luminosos  de la casa de mi abuela Victoria, los grandes ventanales del comedor diario desde los que, en puntas de pie espiaba de pequeña,  las hojas de la gigantesca acacia del patio cuando la lluvia las tornaba negras. Vi un barco chico con el que cruzamos el Cuerno de Oro, viniendo de Estambul.  Estaban ahí mil palacios Topkapi mostrando la exuberante riqueza de los sultanes turcos. Vi un perro que me mordía la mano y una jeringa enorme inoculándome una antirrábica trucha. Vi las tapas encuadernadas en cuero rojo del enorme libro con el que aprendí la anatomía humana. Vi los enormes sillones tapizados de pana roja que yo había comprado en un lugar de antigüedades coloniales y mi perrita Deisy sentada muy oronda en el asiento. Vi el rostro bonachón y aguantador de mi suegra Margarita que se llamaba como mi perrita; que para dar de comer a sus hijos había trabajado de sirvienta en cualquier condición; ella era capaz de dar parte de su vida a cambio de solucionar el problema de alguno. Vi los círculos luminosos de las estrellitas mágicas  que encendíamos para el año nuevo, mientras corríamos con ellas en las manos, a través del patio oscurecido. También, interminables ojos que me escrutaban y me juzgaban. Estaba ahí mi amiga Sofía que quería demostrar la claridad del laberinto de la maldad de otros y que yo estaba pagando por muchos h de p que anduvieron antes y después que yo en ese laberinto. Luego sentí un traspapelante vértigo y lloré porque me había sido dado ver el inconmensurable universo.

Salgo de Borges y me vuelvo a Sábato. Que el mundo es horrible no necesita demostración. Es cierto. Pero también es cierto que hay cosas verdaderamente bellas. Y en esto hay cierta coincidencia entre Borges y Sábato. En mi recortada experiencia hay almas verdaderamente buenas como la de mi padre, que nunca hizo mal a nadie y trató de enseñarnos esto para que las hijas también fuéramos buenas personas. Aunque creo que nos hizo un flaco favor. Porque muchos malos se han aprovechado de nosotros, pobres buenudas, incapaces de devolverles el mal con mal. ¡Pobre!, comentábamos, seguramente lo hizo sin darse cuenta, o estaba tan dolida que no previó las consecuencias. Siempre tratando de disculpar lo indisculpable. Sólo por ser buenas. Ahora que ya estoy bastante crecida, he aprendido a devolver algunos golpes. Pero no puedo dejar de sentirme culpable. A veces, algunos pacientes me tratan como si fuera su sirvienta, no su dentista y yo les devuelvo el fervor, privándolos de mi sonrisa. Sólo les doy lo que necesitan y listo. Hasta ahí llego. Tampoco se trata de comer vidrio, me digo, para aliviar mi conciencia.

Me había olvidado de contarles que casi nadie durante mi infancia y juventud, me llamó por mi nombre. Rusa, me decían, porque alguien dejó inmortalizada la idea que tenia cara de judía y a los judíos se les decía rusos. Hasta tuve una prima hermana que me llamaba  Sujodole, como para acentuar mi cercanía al judaísmo. Mucha gente no conoció mi nombre nunca. A mí jamás me importó demasiado. Por el contrario, ser diferente me proporcionaba la incomparable felicidad de mirar a los demás como desde un distante agujerito del techo. Los locos de abajo. Ellos eran los diferentes, en realidad. Esta azarosa y feliz  circunstancia me dejó bastante lejos de los clanes familiares. Podía tomar distancia en mis decisiones, de las decisiones esperadas de otros. Yo, la diferente. Y a esta altura del partido, creo que era verdaderamente diferente. Qué se le va hacer, decía mi padre, ella es así. Pero es buena en el fondo. Bueno, al menos había un reconocimiento de fondo.

Así las cosas, yo me acerqué siempre a los más pobres, por más que fueran negros o sucios. Los consideraba mis iguales. Nunca me gustó dar a entender que pertenecía a la clase alta, que era una señorita de clase alta. Los pacatos siempre me dieron una especie de repulsión. Porque se creían superiores. Cuando en realidad todos somos más o menos iguales. A cuento de esto, me viene a la memoria la imagen de mi abuela Victoria, que era una señora muy aseñorada, que caminaba siempre con la nariz parada para demostrar el orgullo de la raza, aunque la familia estuviera pasando hambre. Por esto de que si hay miseria que no se note. A esta altura no veo bien la diferencia entre la dignidad y el orgullo. De todos modos ella era una muy buena y sufrida persona, compasiva con los pobres, a los que ayudaba siempre que podía.

Llegada a este punto voy a parar de divagar. Espero que Sofía les llegue a regalar por fin la más bella historia novelada de mi vida, espectacularmente común, a la vez que diferente. Y les dejo la pelota picando.

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                                                                                  JOSEFINA

JULIA M. SÁNCHEZ

Publicado en Parodias el 22 de Agosto, 2012, 12:21 por MScalona

Los secretos de Woody

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     Shirley estaba conmigo cuando mi hermana Theresa llamó para anunciarme el problema. Shirley es mi favorita porque tiene unas uñas largas y violetas, perfectas para quitarme las espinillas de la espalda sin hacerme doler. A veces vamos a esos hoteles de paso con espejos en el techo y nos gusta mirarnos mientras ella aprieta mis granos después de tener sexo. Parecemos esos horribles monos llenos de amor y pulgas de Discovery Channel. Desnudos, peludos, uno trabajando arriba del otro.

 

     Luego de escuchar a mi estúpida hermana gritarme que aquello era también mi problema, quise que Shirley me acompañara a solucionarlo. No es que hubiera una epidemia de granos en la espalda o algo así, pero todo es más soportable con un poco de Shirley.  Me dijo que ocuparla todo el día me saldría unos novecientos dólares. ¡Pero ni siquiera vamos a tener sexo! ¡Es sólo por tu compañía! respondí. ¿No va a haber sexo? Entonces serán mil doscientos, gritó mientras se ponía sus pequeñas pantaletas fucsia. Ya ven por qué Shirley es mi favorita.

 

     Mi hermana Theresa no es mala persona, simplemente es demasiado...Theresa. Insistió en que saliera cuanto antes y no me demorara con cosas estúpidas como mi trabajo. Le pregunté si estaba bien que llevara a los niños. No idiota, me respondió amablemente, es un problema de adultos. No sé si Shirley sea mayor de edad, pero se comporta como adulta, por lo que no veo ningún problema en que venga conmigo.

 

     Shirley compró dos cafés y nos subimos al auto. Tenía que manejar ciento veinte millas por la interestatal y luego treinta millas más por una espantosa carretera rural para llegar al pueblo adonde nací, fui criado y escapé exitosamente. El problema era que mis padres comenzaron una estúpida pelea acerca de cómo ambientar el salón para celebrar sus cincuenta y cinco años de casados, terminaron en una dura lucha con sus bastones y ahora quieren divorciarse.

 

     -Dime Shirley, ¿Crees que sea legal divorciarse a los ochenta años?

     -Probablemente. ¿Ustedes son judíos?

     -Probablemente, no lo sé, sólo puedo decirte que entre el Papa y el aire acondicionado, me quedo con el aire acondicionado. Pero, ¿a qué viene esa pregunta?

     -No lo sé Alvin. Quizás tengas razón, divorciarse a los ochenta debería ser tan ilegal como casarse a los dieciséis.

     -Ese es todo mi punto Shir, oh, eres tan inteligente, y con esas uñas, me casaría contigo en un minuto. Tu tienes más de dieciséis, ¿Verdad Shir?

     -Aquí tienes cambio para el peaje Alvin.

     -Oh Dios mío Shir, me siento el profesor Humbert Humbert, dime que tienes más de dieciséis.

     -¿Quién es Humbert qué?

    

     Shirley vestía de pieza a cabeza un ajustado traje de animal print. Con brillos. Y sus uñas violetas. Por un momento pensé que podría ser tomada por una niña en su disfraz de Halloween a la búsqueda de dulces, pero estamos en Mayo, nadie se disfraza con tanta anticipación, excepto tía Caroline, que cada dos o tres años se pone un vestido de novia aunque nunca ha logrado casarse.

 

     -Oye, creo que no eres judío.

     -¿Crees que no soy judío? ¿Por qué volvimos a lo de judío?

     -Te comportas como judío. Conozco muchos judíos. Pero tu tienes...tus partes enteras, ya sabes, tienes un prepucio entero.

     -¡Dios Shirley! no digas esas cosas, cielos, eres una niña, y aquí estamos hablando de los judíos y sus prepucios...

     -Soy una prostituta Alvin.

     -Hubiera preferido que digas “no soy una niña Alvin”, oh dios mío, Theresa va a enloquecer.

 

     Llegamos a la casa de mis padres. O a la de Theresa. Viven los unos enfrente de la otra. Pero aparcamos del lado de mis padres, por lo que técnicamente llegamos a su casa. Entramos. En una mesa ovalada con ventanal al jardín se sentaban mis padres, uno en cada punta y Teresa en el medio. Mis padres se miraban con odio y no parecieron darse cuenta de mi llegada. Me senté enfrente de mi hermana y la estúpida de Shirley quiso sentarse en mis faldas. Niña tonta, le dije, vete a ver la televisión. Se produjo un silencio y Teresa estalló:

 

     -Esta gente ha luchado entre sí con sus bastones. ¿Lo comprendes Alvin? ¡Con sus bastones! Como si estuvieran en la maldita Guerra de las Galaxias ¿comprendes? Mamá quería que la ambientación de la fiesta fuera de la Guerra Civil y papá quería que fuera estilo Viejo Oeste, como si fueran cosas distintas, como si hubiera una gran diferencia ¿comprendes? Y comenzaron a gritarse y luego a atacarse con sus bastones.

     -No logro darme cuenta qué ambientación predominó en la pelea.

     -No me resulta gracioso Alvin, esta gente ahora quiere pedir un divorcio, ¿sabes lo que eso significa? ¿sabes lo que cuesta un divorcio? ¡Habrá una segunda hipoteca para cada uno!

     -Claro que lo sé, me he divorciado tres veces.

     -A propósito, no se qué traes con esa niña, pero dile que baje el volumen del televisor.

 

     Shirley estaba tirada en el sillón mirando la tele y tomando agua. Mis padres no se sacaban los ojos de encima. Los bastones habían sido trasladados a la casa de los vecinos y por lo tanto no podían levantarse y andar deambulando por ahí. En la tele estaba el tipo este que conduce siempre los premios Oscar. El tipo estaba callado, tocándose la barbilla y nos miraba a todos nosotros. Ante el silencio comenzó a hablar desde el televisor:

 

     -Oh, no se preocupen por mi, por favor, continúen, sólo que ¿Alvin? ¿Te molestaría que lleve a tu chica por un paseo? Parece aburrida.

     -No puedes llevarte a Shirley, la he ocupado por todo el día, serán mil doscientos dólares Crystal, en el nombre de Dios, ¿cuántas veces vas a robarme mujeres?

     -Oye, aquello era un guión, ¡yo no tenía más remedio! Y Shirley dice que aún no le has pagado.

     -¡Aún no me has pagado Alvin! ¿Crees que este tipo sea judío?

     -Oh Dios mío es una prostituta menor de edad y antisemita, llévatela de una vez Crystal.

    

     Shirley se levantó del sillón. Crystal sacó su mano por la pantalla y se la tendió, ayudándola a ingresar al televisor. Crystal miró a mis padres y dijo:

 

     -Creo que el tema del Viejo Oeste se vería estupendo, ¿qué tal si yo animara su fiesta? Mi cachet es más barato que un divorcio, pueden llamar a mi representante.

     -Cállate Crystal, vete de una vez o apagaré el televisor.

     -Como quieras, sólo recuerda que esto es como las Vegas, ganas, pierdes, pero al final la casa siempre se queda con todo. Lo cual no significa que no te hayas divertido ¿verdad?

     -Cállate Crystal, ¡adios Shir! ¡Apuesto a que él no tiene granos en su espalda!

    

     Le apunté con el control remoto y lo apagué. Dejó un leve olor a azufre en el comedor y se escuchaba “Sing, sing, sing” por Benny Goodman, las clásicas señales de que el diablo anda cerca, todo el mundo lo sabe. Mis padres seguían odiándose en silencio y todos sentimos como que nos habían robado cuando de pronto mi hermana dijo:

 

     -Oye, ¿qué les parece si ambientamos la fiesta estilo Las Vegas? Quizás traer un croupier, bailarinas, tragos largos.

     -Yo nunca he estado en Las Vegas- dijo mi madre fríamente.

     -Yo tampoco- dijo mi padre.

     -¡No mientas! Maldito viejo sucio y desvergonzado, tu hermano Clyde te llevó allí después de la Gran Guerra.

     -Oh, eres una anciana demente, Las Vegas no existía en ese entonces.

     -¡Claro que sí!

     -¡Que no! ¿Sabes lo que eres Esther? ¿Quieres saber lo que pienso?

     -Nadie quiere saber lo que piensas... yo te diré lo que aquí ocurre...

 

     Mis padres habían retornado a su diálogo, lo cual significaba para mi que el problema estaba resuelto. Le hice una señal a Theresa y los dos nos fuimos alejando hacia la puerta sin que ellos ni siquiera lo notaran. Una vez afuera nos despedimos y comencé a buscar la forma de rescatar a Shirley de las garras de ese infame de Crystal. Después de todo es más que probable que yo sea judío y no tengo por qué creer en un demonio. Al menos que sea un demonio de Hollywood, ¿no creen?

 

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                                                            Julia Mariana

 

MATÍAS SETTIMO

Publicado en Nuestra Letra. el 22 de Agosto, 2012, 12:17 por MScalona

LA PIEDRA DE LA LOCURA

 

*

Quiero escribir la novela titánica en la que trabajo hace meses, y de la que aún no tengo ni una página. Tengo que hacer yoga para relajarme, porque la cara se me llena de manchas rojas que -como me dijo el médico-, no tienen una causa física. Es stress por tu trabajo, sentenció mi psicóloga, y como si la hubiera oído, lo repitió mi mamá.

*

Él me pregunta qué es ésto que escribo, si es la novela. No quiero darle un nombre, ni entidad todavía, -no es que no lo quiera, es que él no la tiene- así que quedará reducido a un artículo: Él. No sé qué contestarle, no le puedo hablar de las voces y entonces invento: creo que soy médium. Me mira fijo y pestañea mucho. ¿Médium? Sí, médium, no te rías es terrible.

*

La vi entrando a un café, y casi me muero. De espaldas parecía un hombre, yo iba apurado y llevaba puesto un saco azul hasta las rodillas y una gorra negra que pretendía me tapara las manchas de la frente. Iba al médico. Mi gran desconcierto fue no saber qué decirle. ¿Nadie se daba cuenta quién era? Llegué al médico aterrado: las voces ahora venían acompañadas de la imagen.

*

Él pregunta por cada cosa que escribo acá, y a la vez jura que no me lee. Ya actúo de indignado, y lo dejo hablando solo. Cuando veo que se empieza a poner triste, le digo que lo quiero. ¡Qué sería de nosotros sin las mentiras! [Cambio los signos de admiración por los de pregunta.]

*

¿Qué es eso de las voces, Mati? Él tiene un nosequé que en este nosecómoniparaqué, me conmueve. La preocupación le tiñe la cara. Le pregunté si las escuchaba, e hizo un silencio largo, quería oírlas. Negó con el mentón. Entonces no te puedo contar qué son. ¿No la ves? ¿A quién? A ella, ¿no la ves acá? No, ¿de quién hablás? De Alejandra Pizarnik. Se rió. Será su fantasma, entonces. Sí, su fantasma.

*

Ojalá pudiera hacer lo que Silvina: tejerme una red aunque más no fuere imaginaria y sentirme contenida. No puedo. Naci con todo fuera del cuerpo: mis órganos, mis ganas. Lo único que llevo adentro del cuerpo es el deseo, que no se me quita. Todo lo demás está por fuera de mí.

*

Su fantasma es perturbador.

*

            Es mentira que existen dos Alejandras, es una metáfora estúpida que invento. Creo que ni siquiera hay una. No es por virtud, nada es por virtud en mí.

*

La tercera vez que la vi, fue al salir de una farmacia. Caminaba mirando el piso, con la cara contraída, asustada. Me miró fijo y sentí un escalofrío. Estaba viva. Me lo dijo mirándome a los ojos, creo que abrió la boca, pero no dijo nada, la cerró como si se hubiera arrepentido.  

Cuando llegué, le conté a Él. ¿Qué tiene que esté viva? Si ella está viva, el muerto soy yo.

*

No aprendí a pedir, sé que no voy a aprender nunca, que es una condición que me fue vedada. Me lo dijo mi madre, y como si la hubieran oído, lo repiten los médicos.

A veces lo intento: abro la boca, y espero que los labios y la lengua articulen el ruego. Es más frustrante que desistir: la boca adormecida se me llena de sal.

Mi cuerpo de mujer muta a bestia descomunal que me devora.

*

            Él dice que me quiere, aunque no pueda escuchar las voces, ni ver a Alejandra. Sonrío, le agarro la mano, lo beso, y no puedo dejar de preguntarme: ¿qué hago a su lado?   

*

            Siempre escribo sobre el silencio; el lenguaje es un interrogante sobre mi dolor. El lenguaje es mi dolor. El lenguaje es eso que a mí, no me sirve de nada.

*

Hablé con Belén. Tiene una explicación sobre las voces. Las voces que oís son un dolor que no expresás, dijo. Nadie entiende que las voces no son mías, que yo sólo las escucho.

*

          Me encanta Silvina, ella siempre tiene razón. Tiene toda la razón del mundo. Tiene tanta razón que no sabe qué hacer con tanta razón, ni con ella misma, ni con Bioy.  

*

Él me pregunta por qué no escribo la novela, le digo que no sé, que me siento ahogado en la primera persona. ¿Del plural o del singular?, pregunta. Ambas, respondo. Sonríe, cambia a un tono susurrado, horrible, íntimo y agrega: ¿qué es lo que no me podés pedir, Matías?

*

         En un gesto de piedad, a veces me creo un bienestar de fármacos. Una sensación amarilla y con gusto a remedio. Y ahí el mundo es habitable: las voces se callan, los ojos que me espían se cierran, las bocas se ríen, pero yo no puedo decir el poema sin tragarme antes la sal. Peor el remedio: delata mi condición, mi incapacidad: soy Alejandra.

*

         Lo que me gusta de Belén es que me escucha y no me dice como los demás: va a pasar, va a estar todo bien. Ella me mira y dice: sí Mati, el mundo es, a veces, un lugar horrible.

*

         Debería escribir una novela larga, debería escribirla con brazos que me atajen, con alas que la alejen de mí, y con todo adentro del cuerpo, para que no tenga que pedirle nada a nadie. Pienso que si supiera pedir, decir o nombrar ya la hubiera escrito. La sal sólo me permite sacar algunos versos.

*

Lo que dijo Belén fue un latigazo en la cara, -ella no sabía que hablaba de mí-: si uno no puede pedir, amar se hace imposible.

*

         Hice el intento de entender qué me dicen las voces. Hasta les bordé un significado místico. Pero el lenguaje se hizo inteligible y pasaron de palabras a quejidos, risotadas, o gritos. Sólo Silvina me pudo entender, (o eso creo); dio una pitada larga y quedó en silencio -quería escucharlas ella también-. Me gustó. Me pareció genuino. Me gusta la gente que no me consuela, la gente que me dice: es así, ésto pasa y nada más. Odio los convencidos de que todo en mi vida va a estar bien. ¿Tendrán la misma convicción sobre sus propias vidas? Y si la tienen, ¿por qué no la tengo yo?

*

El fantasma de Alejandra Pizarnik perdió todo su encanto.

Lo mismo que me pasa con Él: con el tiempo se afantasma, se desencanta. Queda mustio, seco. Y si bien el fantasma aparece como y cuando quiere, lo único que sigue sin aparecer en mi vida es la novela, de la que no tengo ni rastros, ni un capítulo, ni una sola oración. 

*

A veces siento que entro a mi cuerpo despacio, para no despertarme, pero lo hago dormida, con los ojos cerrados, como guardando un extraño respeto por todo lo que habita en mí, por lo invisible. Alejandra, soy yo, Alejandra; la sombra que es a la vez sombra de todas las cosas.

*

Están todos locos.

Sí, Mati, están todos locos.

Yo estoy cansado de tener razón, Belén.

No, no es eso. No es que estemos cansados de tener razón, es que no sabemos qué hacer con toda la razón que tenemos. ¿De qué nos sirve tener razón?

Tenés razón, Belén.

*

Vi un fantasma. Sé que en mí el comentario pasa desapercibido, pero lo vi. Es un fantasma que ya tenía visto de una tarde en el bar, y de otros lugares. Es el fantasma de un hombre con un saco azul, la cara con manchas rojizas y una gorra oscura y grande, inentendible, que le tapaba media cara. Salía de una farmacia.

Nos miramos, estuve a punto de decirle algo, pero no supe qué.   

*

Él  pregunta por qué no escribo sobre el fantasma de Alejandra. Me reí, le dije que no, y ni bien se fue continué con ésto. Ya no dudo: no solo es el espectro de Pizarnik, sino que tengo la impresión de que me está escribiendo a mí.

Al volver, Él no me va a encontrar y por fin podrá abrazar lo inasible, oír las voces.    

*

¿Por qué a mí, Alejandra? -sonríe, no responde y ahí compruebo que una amiga tenía razón.  

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                                                              mAtías S.

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-