"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




19 de Agosto, 2012


MAXI RENDO CARBALLAL

Publicado en Cuentos el 19 de Agosto, 2012, 21:57 por MScalona

LA FIGURA BARTHIANA

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Extractos de declaración de la señorita María Degas, Jefatura de policía, Rosario, septiembre de 1976.

A Juan lo conocí hace algunos años, tres, cuatro quizás, no me acuerdo, él sí se acordaría, no importa en todo caso, ya no podemos preguntarle. No sabía nada de lo que tenía planeado. Sabía de sus amigos, de sus reuniones en La pipa de papá, pero mire, si habrían conocido a ese grupo les aseguro que no hubiesen sospechado jamás nada. Eran buena gente o eso intentaban, por eso lo hicieron quizás. No los estoy defendiendo pero les aseguro que sus intenciones fueron las mejores. A veces se mata con las mejores intenciones, al menos eso es lo que yo creo. No sé, lo único que me importa a mí en verdad es el ballet. De cualquier forma no tengo nada en contra de la violencia, la legítima violencia.

(En el primer acto de “El cascanueces”  Clara Stahlbaum sostiene la cola del Rey Ratón para que el Cascanueces pueda clavarle un puñal y matarlo. Es hermoso.)

Nunca me importó realmente qué pensaba. Lo conocí en la escuela de ballet, el repartía panfletos, qué esperaba realmente de ahí, no lo sé. Yo ensayaba para la pieza La muerte del cisne. Por eso es que me interesó Juan, creí que podía servirme de inspiración. Pobre, tenía el aspecto de una marioneta usada destinada a morir en escena.

Mi vida es el ballet. Ensayo mucho, no tengo tiempo para otras cosas. No me interesan otras cosas.

Sus padres: buena gente aunque humildes. Él trabajaba en el frigorífico de la calle Sarmiento; ella, era ama de casa. No me causaban ningún tipo de inspiración. Hablaban mucho de los rusos pero nunca habían escuchado hablar de Tchaikovsky ni de Barýshnikov, quién entiende las prioridades de alguna gente. Puedo llegar a perdonar no conocer a Tchaikovsky pero no conocer a Barýshnikov, el mejor bailarín del mundo, no, eso no lo perdono.

Me pasaba a buscar todas las tardes por la academia y me acompañaba a casa. No sé qué hacía durante el día, sé que cuando salía él estaba ahí esperándome con las piernas chuecas y los brazos en taza simulando una première position sin saberlo. Hubiese sido bueno bailando, pero claro, no le interesaba. Además tenía pie plano.

En el camino a casa lo dejaba hablar, quejarse. Ya las últimas veces parecía cansado. Lo escuchaba hasta que podía, a veces yo me cansaba en la primera o segunda cuadra y entonces le hablaba de la historia del ballet, de Vagánova, de Barýshnikov o del ballet cortesano del siglo XVI. Podía hablar las ocho cuadras que separa la academia de mi casa. Mi vida es el ballet. En cambio, Juan, y no porque yo me cansara, al margen, no podía mantener la coherencia de la conversación durante más de dos cuadras.

Su casa parecía un entrée de ballet, todo el tiempo entraba y salía gente de escena. Ahí conocí a todos, entre ellos a Pablo, a Javier, y a Raúl. ¡Ay, Raúl! Con él hice amistad, a veces venía a casa. Me inspiraba.

Podría haberlo imaginado, supongo. Salí de la academia y parecía nervioso, tenía los pies en troisième position. Cuando me acerqué me miró, siempre me miraba mucho, y me acompañó a mi casa. Creo que ninguno de los dos habló, y si lo hicimos no me acuerdo. Después dejé de verlo simplemente.

María y Luis en La pipa de papá, Rosario, enero de 1977.

—¿Luis, no?

—¿Quién pregunta?

—María, vengo de parte de Raúl.

—Vení, sentate, nena. Pensé que no ibas a venir.

—No tuve tiempo. Ensayo mucho.

—¿Te dedicás a la música, nena?

—No, bailo. Mi vida es el ballet. ¿Le gustan los rusos a usted?

—Prefiero no meterme en política, nena. Esto es un favor a un gran amigo, nada más.

—¿Raúl?

—No, Juan.

—Ah…

—Guido, preparale un café a la nena.

—Lágrima, por favor.

—Lágrima, Guido.

—Me dejó algo ¿no?

—No me vas a comprometer, nena ¿no?

—No. ¿Por qué?

—¿En qué país vivís vos, nena? Dejá, tomá la lágrima tranquila, pasá por el mostrador que te doy lo tuyo y listo, nena.

Extracto de entrevista realizada y cedida por Nicolás Foppiani.

“Apenas doblando la esquina, sobre los primeros metros de calle Rawson y con la culata orientada hacia el paredón de Junín, un Citröen 2CV celeste escondía en su baúl nueve kilos de trotyl y cinco de metralla compuesta por trozos de acero, bulones, tuercas y clavos.”

“Con un crucifijo de plástico azul colgando del espejito y la calcomanía de una rana ‘en ablande’ en la luneta, parecía el auto más inofensivo del mundo. Por su frágil carrocería de lata de conserva, los 2CV ofrecían una mínima contención a la onda expansiva del trotyl y resultaban ideales para montar una vietnamita. Así estaba explicado en el capítulo correspondiente a ‘explosivos’ del manual del combatiente. Además, los Citröen eras casi tan fáciles de robar como una bicicleta.”

Testigo de identidad reservada.

La chica terminó su lágrima, calculó en voz alta los pasos que habría entre su mesa y el mostrador, se levantó y caminó hacía Luis. Nueve pasos, tenía razón. Sus pasos eran delicados, se movía con la elegancia de las convicciones. No intentó pagar. Tomó el paquete que Luis había dejado sobre la barra, sonrío al mirarlo y se fue. [1]

Diálogo entre María Degas y Juan Sevil, periodista, Rosario, marzo de 2012.

Al tiempo encontré una carta. Estaba entre un libro[2] que Juan me regaló.

Leo la carta:

María, que no te sorprenda, es todo tan insignificante. Eso me decía Pablo la otra noche en el bar, estuvimos horas charlándolo, creo que tiene razón.

¿Vio la sensación de caerse? Bueno, eso era Pablo. La sensación de estar cayéndose todo el tiempo y el peligro de arrastrarnos a cada uno de su entorno. Así fue, supongo.

Después Javier me preguntó que de poder hacerlo qué día querría revivir, una pregunta absurda. Sin embargo no pude dejar de recordar el día que pescamos juntos debajo del puente. Ahí creí comprenderlo todo.

Javier era un romántico, uno al pedo, de esos que ven poesía donde no hay nada. Discutíamos mucho. No todo merece ser contado le decía, y él: ¿Y vos qué sabés, pelotuda? Tenía esos arranques, una intolerancia mezclada con violencia. Como toda intolerancia, supongo. Sea como sea no tenía nada que ver con la imagen que él quería dar.

Un pez cada uno, ese era el trato, teníamos una sola caña. Yo te miraba. Podríamos habernos quedado horas y aun así no hubiese sabido qué prefería (no lo sé ahora tampoco), si  tu cara enojada por la espera y la decepción anticipada, si tu concentración ridícula con media lengua asomada por el costado de  tu boca o tu felicidad auténtica e inmensa, parecías bailar, en el momento que el pez mordía el anzuelo.

Qué persona triste. Insostenible por donde se lo vea. Una vez harta le dije: yo voy a estar siempre con vos (delirios de juventud) podés incendiar la sala de neonatología del Carrasco que yo voy a estar con vos. Voy a apoyarte, pero necesito que seas sincero conmigo, que me digas por qué hacés lo que hacés. En realidad y bien pensado no hacía nunca nada. Siempre inmóvil. Insostenible. Siempre lloraba, lo hacía como en las películas, no como en la vida que uno grita, patalea, se humilla y se le salen hasta los mocos. Él siempre tenía una lágrima sobre la mejilla, la misma que alguna gente ridícula se tatúa. Nada en su cara indicaba que estuviera llorando

Cuatro mojarritas sacamos. Se la dimos a un chico pobre. Para que juegue, creías. Va a comerlas te dije y sonreíste. En ese entonces te gustaba que me gustara esa inocencia tuya de no ser una inocente (Gotán. Juan Gelman).

El más grande lector de contratapas que conocí en mi vida. La primera vez que fui a su casa me sorprendieron sus libros, tenía cientos, quizá hayan sido mil libros. Todos estaban intactos, algunos hasta con el plástico protector. Eso sí, los conocía a todos. Con las contratapas deducía los libros y creo yo que lo hacía bien.

Después nos fuimos. En el camino te dije que debía de haber un modo de cambiar las cosas. Me estaba cansando, María. Y vos me miraste, no sé por qué te molestaba que te hablara de mis planes.

Nunca se le había ocurrido ni había hecho nada. Por el cariño que alguna vez sentí le adjudicaría alguna hazaña, algún mérito, pero no creo que a él le gustara. Nunca perseguí la gloria, repetía todo el tiempo. Creo que en realidad trataba de justificarse.

Prefiero serenarme pensando en las cosas que nunca me gustaron de vos. Para que sepas: siempre me molestó tu costumbre de morder el hielo, que dejaras las medias sucias en cualquier lugar (aun así me encantaba que andaras descalza por mi piso sucio), tus largas ausencias, tus enojos frecuentes, tu amistad con Raúl que nunca pude ni voy a entender.

¡Ay, Raúl! Vivía cerca de mi casa y no tenía agua caliente en la suya. La presión del agua fría, contaba, era similar a la del meo de un gato. Más de una vez venía a bañarse a mi casa. Una vez pasé por la puerta del baño y escuché que se decía en voz baja, aunque no tanto, qué buena pija que tengo, gracias Dios, porque por lo demás… y era verdad, en todo lo demás era un desastre. ¿No digo que no tenía ni agua? Pero al parecer tenía una buena pija y eso lo sostenía. No hablaba casi de otra cosa. Una vez me llegó una historia que no sé si es real, no importa en todo caso. Me contaron que salió de bañarse en su antigua casa (la de sus padres), se acercó a su hermana con la verga en la mano y simulando las hélices de un helicóptero le dijo mirá, mirá boluda, mirá lo que te perdés por ser mi hermana.

Nunca le vi la pija pero imagino que debía ser grande.

Más allá de eso voy a extrañarte, María.

Ahora que ha pasado tanto tiempo no niego la posibilidad de que todo haya sido una puesta en escena para mí como la única verdadera espectadora.

Hasta luego.

Esperá un tiempo hasta que las cosas se calmen un poco. Esperá octubre. Dejé algo para vos en el bar, preguntá por Luis, él es el dueño de La pipa de papá. Decile que vas de parte de Raúl.

Eso es todo. Nunca fui al bar a ver a Luis. Era tan tonta en esa época. No me daba cuenta de nada. Mi vida era el ballet.

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                                                                                   M A X I 



[1] N. del E.: El autor desconoce qué había en ese paquete.

[2]  N. del A.: Mi vida, Isadora Duncan (1938). La carta fue encontrada en la página 75. No es casual. En ella se encuentra el siguiente fragmento remarcado: “No había venido de ningún modo a bailar para distraer a los burgueses engreídos tras una buena cena” (Op. cit, p. 75)

FÉLIX DE AZÙA

Publicado en Aguafuerte el 19 de Agosto, 2012, 21:18 por MScalona

Tiempos de resistencia

Llegará un día en que los años de la ruina sean aquellos

en los que algunos vivieron lo mejor de sus existencias.

Les dieron la oportunidad de empuñar su vida con audacia

en lugar de obedecer consignas

www.elpais.com

Todos los recién nacidos crecen en un mundo que se acaba de crear para ellos, un abigarrado paraíso sin serpiente. En cuanto tienen un mínimo uso de razón descubren cosas, asuntos y personas que son tan nuevos como ellos mismos, descubren reflejos en los muros, figuras que se parecen como dos gotas de agua, secuencias de efectos, el día y la noche. El mundo es siempre un mundo de estreno para los recién llegados.

Cuando descubren que hay tal cosa como un pasado, que el mundo no ha sido siempre así sino que el mundo varía, cambia y se transforma, ya es demasiado tarde. En cuanto el adulto se percata de que hubo, años atrás, un tiempo pasado, inevitablemente le parece haber perdido algo porque descubrir el pasado es comenzar a ver el presente como un envejecimiento del mundo anterior. Aunque parezca paradójico, desde el punto de vista del adulto el hoy es más viejo que el ayer. De pronto el presente deja de ser fresco y vigoroso porque tiene ya los caracteres de lo que viene de muy atrás. No es que “cualquiera tiempo pasado fue mejor”, como escribía con tanta melancolía Jorge Manrique, es que en cuanto concebimos un mundo en tiempo pasado ya hemos cubierto de ceniza el tiempo presente, le hemos marcado arrugas y cicatrices.

Este proceso es fatal e incontrovertible. Vivir es ir produciendo pasado y sin él la vida sería imposible porque carecería de sentido, nos volveríamos locos. Es más, sólo los locos pueden vivir en el puro ahora. Gracias a la invención del pasado logramos hacer llevadero el dolor y la decadencia del presente de un modo continuado que comienza mucho más temprano de lo que parece. En compensación, el gozo, el deleite, la fruición suspenden el presente y el pasado, los reúnen en un instante único sin sucesión. El placer nos saca de nuestras casillas y nos permite vivir fuera del tiempo, de modo que al placer más democrático lo llaman “la pequeña muerte”. También el extremo dolor nos saca de quicio: el torturado vive en un instante que no tiene pasado ni futuro y se sostiene sobre una tensión mortal.

Los niños actuales ven a sus padres pasear por la casa hablando solos con un adminículo pegado a la oreja. Les ven por la noche sentados frente a un emisor de imágenes coloreadas. Oyen voces sin cuerpo y cuando se fijan comprenden que están saliendo de una cajita metálica con botones. Las calles son ríos tempestuosos de hierro y gases. Los alimentos, incluida el agua, llegan envasados y por lo tanto nunca más serán substancias. Para ellos una parte considerable de la experiencia se enciende y se apaga a voluntad con un gesto de la mano. Cuando descubran que todo eso fue en el pasado, será porque su mundo presente no tiene misterio. Habrá comenzado otro ciclo de costumbres y técnicas y las pasadas se habrán cubierto con un velo poético, como para nosotros las palomas mensajeras o el telégrafo.

Cada generación ha conocido un mundo más puro que el de la siguiente

Edmund Gosse recuerda que, en su infancia, lo más codiciado era la pastilla de acuarela color carmesí con la que su padre, biólogo marino que estudiaba e ilustraba los moluscos de Cornualles, adornaba sus acuarelas. Aquel carmesí estaba hecho de cochinillas parasitarias machacadas, como las que en la actualidad aún se cultivan en Lanzarote, y era tremendamente caro. Si el niño se portaba muy bien, su padre le dejaba dar una diminuta pincelada de carmesí en la lámina sobre la que trabajaba. Esto lo escribe Edmund Gosse en una biografía inmortal, cuando ya podía comprar carmesí a un precio normal en las tiendas de suministros para bellas artes de Bloomsbury.

Estamos condenados a amar lo que ya ha sido, lo que fue, simplemente porque ya no es. Todo lo que ya no es tiene el carácter fijo, inalterable, profundo e inquietante de las obras de arte, porque las obras de arte, hasta hace pocas décadas, eran puro pasado cristalizado. Yo he visto llegar las barcas de pesca, al atardecer, a la playa de Vilasar, cargadas hasta la borda. Una vez encalladas en la rompiente, los marineros las empujaban arenas arriba sobre largas vigas engrasadas. Nunca podré arrancarme de la memoria el crepúsculo marino, los peces vivos saltando sobre las cestas de anea, los pescadores descalzos empujando las embarcaciones y cantando rítmicamente para ir todos a una. Esa escena no volverá a existir nunca jamás. Es la imagen detenida de un mundo que entonces era nuevo para quien lo vio y ahora es tan lejano que parece no haber existido jamás, como un paisaje de Poussin.

Estamos condenados a amar lo que ya ha sido, solo porque ya no es

Pero mi padre no acudía al desembarco de los pescadores porque para él carecía de novedad. Por el contrario, recordaba, y así nos lo contaba, cuando de niño se bañaba en esas mismas aguas y los peces que ahora había que ir a buscar en alta mar los tenía él al alcance de la mano en unas aguas transparentes habitadas por miles de seres plateados que ni siquiera huían del bañista. Nosotros (decía), los niños nuevos, ya no habíamos conocido el mar prístino y salvaje de cuando él era niño. Cada generación ha conocido un mundo más puro que el de la siguiente generación. Y sin embargo el mundo es siempre igualmente puro para el recién nacido, porque la pureza del mundo es el recuerdo.

Bien puede darse que una época sea objetiva o razonablemente nefasta. Da lo mismo. En cuanto se convierta en pasado se esfumarán los ácidos corrosivos, la maldad intrínseca de cada instante, y se adonizará. Así oía yo hablar a mis tíos y abuelos sobre la guerra civil. Un tiempo espantoso, años de muerte e insoportable necedad. Sin embargo, ellos recordaban aquellos días en el frente, con el frío gélido, el horizonte estepario y el rancho escaso, como años magníficos de su vida y se diría que estaban dispuestos a regresar. Incluso las mujeres que se habían quedado en la ciudad y luchaban todos los días por la supervivencia, recordaban entre carcajadas el conejo criado en el balcón que luego nadie quería sacrificar a pesar del hambre. El tiempo pasado sólo conserva su maldad para quienes lo cultivan en el presente y lo quieren mantener vivo y maligno. Los mercaderes de la venganza, por ejemplo.

Y no es imprescindible ser un niño. Yo he paseado por el Museo del Louvre cuando ya era adulto y aquellos tesoros comenzaban a llamar mi atención, completamente solo y oyendo el crujir de los tablones de madera del suelo como una música fantasmal. Y recuerdo deambular por aquellos museos vacíos, silenciosos, cargados de una vida poderosa, en los que cien miradas te escrutaban desde los muros, como los arqueólogos deben de recorrer las tumbas recién abiertas en Mesopotamia o Irak. El aire de esos lugares tiene un frío propio, un aroma de líquido encerrado en un pomo durante siglos y que al destaparse te devuelve lo que alguna vez respiraron los más antiguos, su aire, su aliento resucitado.

Debemos ser conscientes de que el pasado deseado en forma de futuro es una ficción, un poema, un arte

En un casi desconocido Hemingway recién publicado en España (Sobre París, Elba), el muy joven escritor muestra su faceta de artista a los veintitrés años, porque ya es capaz de recordar un lugar en el cual sólo el pasado tiene la belleza de lo inalterable, a pesar de haber vivido allí la destrucción y la muerte. Fue en Schio, durante la Primera Guerra, “uno de los lugares más hermosos de la tierra”. La pequeña aldea del Trentino, apoyada en los Alpes, formaba parte de su experiencia del dolor y la desesperación, pero no por eso dejaba de ser “un lugar maravilloso para ir a vivir cuando terminara la guerra”. Hemingway era demasiado artista como para no construir adecuadamente el recuerdo, de manera que regresó una vez concluidos los combates para encararse con el presente. Lo encontró todo reconstruido o a medio reconstruir.

“Una ciudad reconstruida es mucho más triste que una ciudad devastada”, escribe entonces, en el presente, cuando es ya forzoso que el pasado cristalice en una imagen bella e imborrable. “Un pueblo arrasado en tiempos de guerra siempre (tiene) dignidad, como si hubiera muerto por una buena causa (…) De todo ello ahora sólo quedaba una nueva y fea futilidad”. La tremenda injusticia de este juicio, desconsiderado hasta la crueldad con quienes precisan una nueva morada después de haberlo perdido todo, es la prueba perfecta de que para mantener un pasado es imprescindible cubrir de ceniza el presente. Y la memoria, la potencia creativa de la memoria, es por completo amoral y egoísta.

La construcción del pasado es una construcción del deseo y el deseo es egoísmo puro. Todo lo que para nosotros es significativo de nuestra infancia y juventud no es sino una proyección de los deseos que no pueden cumplirse en el presente, en la madurez o en la vejez. Como fruto del deseo, en efecto, “cualquiera tiempo pasado fue mejor”, y es imposible no creerlo así, porque entonces nos quedaríamos sin deseos, los cuales suele decirse que tienden al futuro cuando es todo lo contrario, siempre tienen la forma del pasado. Es importante, sin embargo, ser consciente de que ese pasado deseado en forma de futuro, es una ficción, es un poema, es un arte que conmueve nuestros más escondidos apetitos.

Todo lo que nos parece significativo de nuestra infancia no es sino proyección de los deseos que no pueden cumplirse en la madurez y en la vejez

Ahora que la turbulencia del tiempo ha tomado la forma metafísica del dinero en su estado más abstracto, me pregunto cómo será cuando se convierta en el pasado de alguien. Así, por ejemplo, ¿cómo recuerdan los homosexuales aquel tiempo en que parecía que iban a morir exterminados por el SIDA? Algunas novelas, como la magnífica The Hours, ya han comenzado a convertir en un pasado luminoso el tiempo de aquella muerte universal y monstruosa. Incluso aquel tiempo horrible puede comenzar a verse ahora como un pasado en el que tanto sufrimiento hizo posible el heroísmo, la entrega, la amistad absoluta, el rescate de tanta humillación, el manantial de una nueva dignidad. En aquel tiempo el destino había tomado la forma de una plaga asesina, ahora tiene la forma de la ruina. ¿Cómo lo verán aquellos que sean hoy tan jóvenes como para no percatarse de que ésta es una materia privilegiada para el recuerdo? Los años de la ruina llegará un día en que sean aquellos en los que algunos vivieron lo mejor de sus existencias.

Tiendo a creer que también entonces, dentro de veinte años, los que ahora son jóvenes recordarán los años de la ruina como aquellos que les obligaron a tomar decisiones, a emigrar, a descubrir otros países menos agónicos que el nuestro, los que les dieron la oportunidad de empuñar su vida con audacia y decidir por sí mismos en lugar de obedecer consignas, los que dieron nacimiento a tantas ideas e iniciativas que se pusieron en marcha gracias a la penuria, los que acabaron con la sumisión a las burocracias, las ideologías arcaicas y el gregarismo.

Eso será dentro de veinte años, cuando ya sea una forma de pasado. Mientras tanto, mientras sea un presente sin pasado, tiene la forma de la negación misma de la vida. Se trata, como siempre, de resistir hasta que podamos exponer esta penuria en la peana del recuerdo y transformarlo en deseo, por extraño que ahora nos parezca. Entonces nos habremos salvado, aunque muchos estaremos criando malvas.

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Félix de Azúa es escritor. Tiene dos ensayos maravillosos en Anagrama, que siempre recomiendo:

HISTORIA DE UN IDIOTA CONTADA POR SÍ MISMO  y

APRENDIZAJE DE LA DECEPCIÓN.

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-