"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




18 de Agosto, 2012


MATÍAS MAGLIANO

Publicado en Cuentos el 18 de Agosto, 2012, 18:50 por MScalona

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La última vez que me encontré con Roberto Bolaño (no importa que haya sido también la primera) fue en el 2002 (28/04). Ese año viajé seguido a Buenos Aires. Trabajaba en una empresa de medicina prepaga que para cumplir con los sueldos (es decir, si también yo quería cobrar) al principio de mes me mandaba de viaje con una mochila llena pesos con la obligación de regresarla con Lecops, que también eran plata, pero una de otra clase, se sabe. Todos los meses llevaba diez mil y volvía con once, billete más, billete menos. Esa diferencia le alcanzaba a la empresa para pagar, además de los sueldos, las cuotas convenio por el despido reciente de otra empleada que trabajó con nosotros más o menos hasta que yo empecé a viajar a Buenos Aires. Cuando empezaron a ser más numerosos los convenios que había que pagar, esa diferencia ya no alcanzó para todos: por ejemplo a mí, en noviembre del 2002, no pudieron pagarme de esa manera, y no encontraron ninguna otra. Al menos durante un año me di el lujo de ir bastante seguido a Buenos Aires.

El viaje era todos los meses igual, me tomaba El Rosarino de las 02:15 y a primera hora de la mañana caminaba hasta a la mutual de socorros mutuos para cerrar la operación (eso gracias al contacto que tenía la prepaga, que si no, hubiera terminado en un banco haciendo colas por días enteros). Después, a eso de las 8:00 me sentaba en Los Angelitos y como un porteño cualquiera me desayunaba un café con leche con tostadas de pan casero con manteca, miel y un exprimido (creo innecesario agregar que era de naranja).

En esa época leía todo el tiempo (sería más exacto decir que fue la época en la que empecé a leer todo el tiempo): a la medianoche, en lugar de dormir, me tomaba el colectivo (el 116, ahí leía a Pizarnik) para ir hasta la terminal y sacar el boleto. Me sentaba en uno de esos bares a tomar un café (ahí leía Los detectives salvajes). Como el viaje duraba cuatro horas y a veces me cansaba de leer todo el tiempo lo mismo, también tenía La cámara lúcida, de Barthes para intercalar y no aburrirme. No, ahora que lo pienso mejor, era Fragmentos de un discurso amoroso, sí, porque recuerdo que se podía leer por tópicos y así uno leía dos o tres páginas y listo (listo de leer, porque te quedabas pensando en eso un buen rato aún después de cerrar el libro, y eso también diferencia la buena literatura de la otra). El que nunca llevé fue Vivir afuera, lo dejaba en casa porque prefería agarrarlo tranquilo los fines de semana, con más tiempo. Además, si me aburría en la terminal me compraba alguna otra cosa para no leer tanto: La capital o la Revista Barcelona. Ah, también me llevaba El eternauta, pero sólo por las dudas.

Nunca me alcanzaba el tiempo del viaje para leer todo lo que quería (en Retiro me consolaba pensando que tendría otras cuatro horas de regreso). Incluso de haber querido dormir ustedes saben bien que era imposible en el 2002 con diez mil pesos en una mochila. Leía con un ojo y vigilaba con el otro, aunque hubiera sido suficiente que alguien se acercara y me dijera pibe la mochila, (eso sí, con la voz un poco elevada, mi valentía tiene un límite) para que yo le pidiese que por favor me dejara sacar los libros, que no eran míos y le dijera que el resto de los papeles se los llevara, claro que eso lo sabía yo y nadie más.

En ese Rosarino-cama viajaba a Buenos Aires y también por México y Europa y África con Arturo Belano y Los detectives salvajes (en sentido figurativo, se entiende, ¿de qué otra forma sino hubiera viajado aquel año?). Ahí aprendí que si alguna vez quería ser escritor, o formar parte del real visceralismo o de cualquier otro realismo tendría que empezar por tomar varias veces al día tazas enormes de café con leche, y eso era lo que hacía.

Jamás imaginé que podría llegar a encontrármelo ahí, sentado en un café de Buenos Aires, y mucho menos que pudiésemos hablar mientras él estaba dedicado contra reloj a terminar esas cinco novelas con las que después, mucho después (2008 y parte del 2009), viajaría yo también de la mano de Arturo.

De todos modos, no dejaría pasar la oportunidad de sentarme a su mesa, o al menos de saludarlo, me dije. En ese momento pensé en acercarme pero no sabía bien qué decirle. Hola, soy un gran lector suyo. No, ¿gran lector? ¿suyo? ¿a quién se le ocurre?, me reproché. Hola Roberto, ¿qué anda haciendo por acá? Tampoco. Roberto, mi nombre es Matías, ¿le molestaría si lo acompaño unos segundos? Menos. Tendría que acercarme directamente, darle la mano, felicitarlo y pedirle que me firme una servilleta. No, pesadísimo. Tampoco tenía ganas de dejar enfriar mi café con leche, primero lo terminaría y al levantarme para salir, sólo para salir, pasaría a su lado, me sorprendería de que esté ahí sentado y entonces sí ¿Bolaño? espontáneamente y con tono sorprendido… no. Igual en esas situaciones a mí me agarraba (todavía me agarra) esa necesidad de no dejar lugar al silencio, una necesidad de mantener la conversación, y otros dicen boludo, o tipo, o cualquier otra cosa, pero en cambio a mí se me había pegado el ¿me entendés? y entonces pensaba que si me acercaba y llegaba a decirle ¿me entendés? tendría que vaciarme su café con leche hirviendo en la cabeza ahí mismo; y después esperar a salir en algún cuento suyo (jamás hubiera salido).

Recuerdo que en esa época me había prometido escribir una ficción sobre el encuentro: me sentaba en su mesa, lo miraba fijo a través de sus lentes y diciendo las palabras adecuadas (no pensaba revelarlas allí y ahora mucho menos lo haría; se sabe: pierden su magia) me metía en su cabeza y sin que se diera cuenta de absolutamente nada, saldría airoso robándole todos sus recuerdos; a cambio le dejaría los míos. Que se entienda, lo fantástico del relato no estaba ahí, en el robo (eso es real, puede hacerse, no tan así pero se puede y pasa todo el tiempo, si no me creen pregúntenle a cualquier escritor), sino que a partir de robarle los recuerdos empezaría a escribir como Roberto Bolaño, ¡cómo si fuera así de simple! Al menos uno se quedaba tranquilo porque si no escribía era por carecer de esa o alguna otra memoria.

Se trataba de una especie de planilla de cálculo (¿puede haber literatura en una planilla de cálculo?): la columna A traería las variables posibles para ser escritor (Casa frente al mar; Vivir de rentas; Tiempo para inspirarse; Tomar tazas enormes de café con leche; Tener las vivencias y recuerdos de Roberto Bolaño, por ejemplo) y entonces uno debería ingresar en la columna B su propia condición (empleado administrativo en una prepaga, pongo mi caso) y si coincidía esa condición con algunas de las opciones de A (mi condición no coincidía), uno podría relajarse porque sería escritor y sino uno también podría relajarse porque no sería escritor. Saber sobre el futuro siempre trae cierta tranquilidad.

En esa ficción, a Bolaño, pobre, la magia del relato lo volvía un ser administrativo apenas conocedor de medicina prepaga, planes médicos obligatorios y Lecops que con el tiempo se recibiría de abogado y sabría algo de impuestos, oficinas, tribunales y no pasaría mucho más de ahí (hay que ver cómo se las hubiera arreglado con eso y como yo igualmente hubiera tenido que correr por sus recuerdos si pretendía escribir en serio alguna vez).

Estábamos en el bar, el mozo se había acercado para rellenarme la taza con café y con leche, pero esta vez con más café. Me hubiera gustado que el bueno de Roberto pudiera ver eso, seguro que él haría lo mismo. Se notaba que el mozo además de rellenar la taza, trataba de decirme algo. Se me acercó y me dijo ¿viste quién está ahí? Pero no me señalaba a Bolaño, sino que miraba para el otro lado. Sigo sin creer que alguien pueda confundir a Fogwill con Charly García, una locura, ni de lejos. No, no es Charly, le dije, pero es bastante parecido (en definitiva era quien me servía el café y no me costaba nada decírselo). Lo que la confusión tenía de irreprochable era que los dos están entre esa poquísima gente que pueden llegar a los sesenta y seguir llevando a desayunar a Los Angelitos a una muchachita punk sin siquiera haber dormido un poco. Es un escritor, le dije. Terminó de servir el café y se fue.

En esa mesa me hubiera costado todavía más sentarme, los estuve mirando un rato, los dejaban fumar adentro del bar porque en esa época se podía, aún así, era demasiado temprano. Wolff le explicaba algo a la muchachita y a ésta parecía no importarle demasiado; hacía una seña con el brazo en el aire, lo subía y lo bajaba, para mí era algo así como la seña de serruchar, pero seguramente él hubiera dicho que esa seña tenía más que ver con arrancar el motor de alguna lancha. La chica se fue al baño y yo sabía que estaría acomodándose el forro con un poco de frula y secreciones, en cambio Wolff leía La Nación. Dejé de mirarlos y volví a la idea de ir a sentarme con Bolaño, ahora podría decirle, ¿viste quién está allá?, ¿lo conocés? Terminé el café, saqué Los detectives salvajes de la mochila (le hubiera regalado un Lecop pero no eran míos) y me acerqué hasta la mesa de Bolaño. ¿Molesto mucho con un autógrafo? Este encuentro es una de las mejores cosas que me pasaron en la vida. ¿Cuándo vas a aprender a callarte la boca?, me grité interiormente, era un autógrafo y basta, ahora seguro que el tipo piensa que realmente sos un boludo, bah un gillipollas pensará, un chingón, qué se yo, un huevón pero sin la ve, como dicen los chilenos. No, que va, venga, me dijo. Entonces recuerdo que le dije: Amo esta novela (¿se podrá realmente amar una novela?), y ni hablar de los cuentos, Putas asesinas, El gaucho insufrible (parecía querer demostrarle que sabía de lo que hablaba y cada vez me sentía más como un pinche cabrón, para que me entienda), no sabía que estaba en Argentina, le agregué. Me dijo: vine para una charla por la Feria del libro, y para cerrar unos temitas con unos editores. Le dije: no sabía y pensé: ahora va a pensar que soy uno de esos lectores desinformados. Me dijo: es que no está demasiado publicado, es para escritores, y para algunas editoriales. Le dije: ah, pero es una alegría para mí poder verlo y felicitarlo. Me dijo: gracias, ¿quieres que te lo firme? Le dije: por favor. Y agarró este libro que tengo entre mis manos, y en la primera página no puso su nombre y nada más, no, agarró su birome, ¡su bic!, y escribió.

Fue un 28 de abril, a esa hora hablé con Roberto Bolaño, después me arrepentí de no haberlo saludado por su cumpleaños, entonces no lo sabía y a él tampoco parecía importarle demasiado.

Cuando cuento esta anécdota (al principio la contaba cada dos o tres meses, ahora no la cuento casi nunca: las cosas importantes de la vida con un poco de tiempo son un simple recuerdo, y con mucho, con tiempo en serio, son nada), jamás hablo de la parte del otro escritor que también estaba ahí, mucha gente no me creería, si hasta yo a veces me pregunto si no lo habré soñado. Por suerte tengo el libro autografiado para los momentos de dudas.

Ese que está en mi libro es, para mí, su último cuento. Y lo tendré yo para siempre. Cuando me fui, en la otra mesa el viejo y la pendeja ya se habían ido, me imaginé que estarían en el hospital, pero no quise molestarlos, además a Vivir afuera lo había dejado en casa y Fogwill seguramente no me hubiese firmado nada.

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                                                                                  Matías M.-

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-