"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




14 de Agosto, 2012


EUGENIA ARPESELLA

Publicado en relatos el 14 de Agosto, 2012, 2:19 por MScalona

La vergüenza de la hija

 

Colita verde le brotó

                                  (a la Reina Batata,

                                    a la nena no)

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Esa tarde ni Julita ni yo teníamos malla. Habíamos coincidido de casualidad, ella porque no había previsto pasar el día entero en casa de los abuelos y yo porque ya sabía que la pileta no estaba armada. Pero los calores de la infancia no se sobreviven, se festejan, por eso agarramos la manguera y nos mojamos igual con la muda de ropa que teníamos.

Estuvimos un buen rato tirándonos agua y riéndonos la una de la otra, por los resbalones, los porrazos y los simulacros de patinaje sobre el piso rojo de ese patio amplio y verdoso hacia el fondo y que hoy se me derrumba en la memoria, menos la medianera que el nuevo vecino decidió levantar para quitarnos dos horas de la tarde y el cantero florido desde el que solíamos planear viajes a las estrellas con el abuelo.

De a poco fuimos sacándonos la ropa que se nos pegaba al cuerpo. La estrujamos y tendimos hasta que nos quedamos en bombacha. Cuando nos aburrimos del chapoteo, nos paramos como estatuas vivientes bajo el sol, el último sol quemante de la siesta.

 

Julia era la mayor, y yo, la segunda. A pesar de los rencores recíprocos, de ella porque le quité el privilegio de ser la única, y los mios, por tener que seguir su ejemplo, todo era mucho mejor cuando estábamos juntas. Las rivalidades entre nosotras dependían siempre de los humores y los entornos. Esa mañana habíamos escuchado la musiquita de Para Elisa con la que se anunciaba el heladero y corrimos eufóricas a avisarle a la abuela para agarrarlo a tiempo. La abuela salió a la calle en batón, escoltada por nosotras, y nos compró dos helados iguales, pero las cucharitas no. Una era rosa, la otra anaranjada y las dos queríamos la rosa.

-Bueno, bueno, me dan las cucharas y elijan una mano cada una. La abuela extendió los brazos hacia adelante con los puños cerrados, después de definir detrás de su cintura el orden de las cucharas. Y la rosa le tocó a ella. Intenté que no se me notara en el gesto oblicuo de la boca y los ojos vidriosos toda la impotencia. Odié el estúpido color de esa cuchara y también a mi prima por haber ganado, por comerse feliz la casata y a mi abuela, porque parecía satisfecha después de haberle otorgado el triunfo a la mayor. Como si el hecho de haber nacido antes le diera a ella una especie de prerrogativa: todo un acervo de expectativas puestas en la primogénita, y que los demás,  y era yo la que encabezaba la larga lista de “los demás”, se las arreglaran como pudiesen. A lo mejor Julita no se daba cuenta de nada y se contentaba, por ejemplo, con la cuchara color rosa. Pero para mi era previsible  que a la abuela, justa a su manera, le gustase que ganara Julita; se jactaba de su apuesta infalible. 

 

Los que estamos del otro lado, los que no tenemos lugares asignados a priori, incurrimos sin demasiadas alternativas, en la falta. Sino eran las rabietas, porque una desde siempre sabe donde esta la razón, pero todo berrinche es también una razón; era hacerse la zonza si se rompía algo, o protestar cuando había que hacer mandados, poner la mesa o limpiar la pileta. Pero a Julita no se le conocía ni un capricho, ni un pero. Ella acataba como natural todo designio y así, predicaba con su ejemplo la responsabilidad que le encomendaba el beneficio de haber llegado antes que cualquiera.  En cambio a los segundos, los que venimos detrás, nos cabe desde muy temprano habitar el poco glorioso lugar de la infracción. Hacer la diferencia en el error. Prematura elección que por otra parte, también sabe despertar simpatías reprimidas, por lo bajo, en un guiño, en sonrisas que se quieren disimular pero que se escapan ante el encanto del pequeño acto de sedición.  Lo cierto es que lo de las cucharitas pasó, como todas las disputas que nacen donde mueren otras y el azar hace también lo suyo para alternar vencedores y vencidos.

 

Cuando el sol se puso detrás del patio techado, nos envolvimos en toallas como monjes budistas  y fuimos al mueble donde había ropa de todos y de nadie al mismo tiempo. Prendas olvidadas en algunos casos, donadas en otros, formando un fondo común de ropa para usos múltiples en casos excepcionales.  Pero esa tarde en el trinchante había una sola bombacha. Como las nuestras estaban mojadas, colgadas en la soga del fondo, decidimos entre nosotras no usarla. Los abuelos dormían una siesta profunda y estábamos solas en el caserón y  en efecto, no era necesario que hubiese allí alguien más para definir la suerte de una a costa de la otra.  Es más, la idea espontánea de compartir la desnudez, aunque fuese incomodo, nos regocijaba. Un poder especial emanaba de ese pacto de igualdad que las dos habíamos conjurado en absoluta libertad.

 

Hasta la hora de la merienda, Julita y yo nos vestimos con otras ropas que encontramos en el trinchante: ella con un short y yo con una pollera. Y abajo, nada.

Mirabamos la tele cuando llegó papá con la feliz y ansiada propuesta de preparar la leche. Una vez que estuvo servida nos sentamos los tres a la mesa. Entre risas y miradas cómplices, provocativamente le dije a papá  -¿adiviná qué? Estamos sin bombacha.
Alzando la frente y torciendo la boca preguntó en seco ¿Y por qué?

-Porque no teníamos malla y nos mojamos igual.

Ahí me di cuenta de que había cometido un error. De repente, se erigió temible y temeroso al mismo tiempo. También se le notaba, en la contorsión mecánica del labio inferior, la incomodidad impostada, artificial. Nos quería acusar porque por debajo de las ropas estábamos desnudas.

-Pidanlé a las tías entonces que les de bombachas.

-No. las tías no están y no hay, porque hay una sola.

- ¡Marita! si hay una sola, entonces si hay.

¡Pero papá! Nada, no me dejó seguir y me ordenó, sí, a mi, que fuera a buscar esa bombacha. Y que me la pusiera.
Mientras me incorporaba de la silla para obedecerle, le pregunté entre perpleja e indignada, por qué, por qué a mi, por qué yo y no ella.

-Porque si tengo que elegir, vos sos mi hija y punto.
Cuando volví a la mesa sentí por primera vez vergüenza de llevar puesta una bombacha, ante la desnudez insultante de mi prima que, sentada junto a mi padre tomaba su merienda en silencio y en total soledad.

Si, porque ahora ella estaba sola y era mi culpa. Por eso esperé que él se levantara y entonces la busqué con la mirada e inclinando la cabeza contra la mesa, en voz bajita y suplicante le dije -Julita, ¿ Vos querés la bombacha?, Dale, decime, ¿eh? decime que yo me la saco y te la ponés vos...

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Euge Arpe

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-