"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




VALENTÌN GILARDONI

Publicado en Cuentos el 10 de Agosto, 2012, 16:31 por MScalona

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                                        ROJO Y GRIS

 

“Todo esto puedo tener un sentido. Las revistas de moda complican un poco la cosa pero quizás dejen la ventana entreabierta para que este frío sureño dibuje alguna imagen posible”

 

 

 

-Vainer

-Si.

Se encontró dejando la revista rápidamente en su lugar como si ella misma hubiese tomado vida y silenciosamente se habría acomodado entre sus manos abriéndose así  a sus ojos. Negar nuevamente los intersticios. Luego el buenas tardes doctor, el mirar, como cada vez que entraba en el recoveco medico, los libros (que siempre eran los mismos), las fotos y la postura del doctor simulando una sonrisa, esperando que él se siente para decirle que los estudios estaban bien, nuevamente, que no se preocupe y que si quería los podría repetir en dos meses para sacarse todas las dudas.

Solo que esta vez la sonrisa no era tal, aunque eso no significó ninguna alarma para Vainer, que ceremonial como siempre, daba un par de vueltas antes de sentarse.

-Mire Ernesto, tengo que decirle algo importante, referido a los últimos estudios que se ha hecho.

Vainer iba buscando en progresión las posibilidades. Que haga más actividad física, que tenga una dieta más saludable, que deje de tomar un poco de vino. En definitiva que no es nada. Quizás debería ingerir algo de hierro. ¿Y si era una úlcera? Tendría que dejar de fumar o de tomar café. No puedo cambiar de vida ahora, pensó Vainer. Deme un tiempo más doctor,  hubiese querido decirle, antes de escuchar una voz que no sabia como empezar.

-Ernesto yo lo conozco bastante a usted así que trataré de serle lo mas directo y sincero posible. En los últimos estudios que le hicimos encontramos un cáncer. Un cáncer jodido porque parece que hace bastante que se estaba desarrollando- Pausa.

Ernesto Vainer miró el diploma de Pedro Castro, bien encima de la cabeza de aquel señor que hablaba y que parecía ser el mismo que aquella tarde de hace 20 años abrazaba a su novia contándole que ahora si lo podía llamar doctor. Miró el diploma queriendo leer las fechas o algo, pero solo vio su propio nombre y la tumba.

-Aja- se escuchó decir, pensando en que nunca sus palabras escapadas eran seleccionadas y expulsadas como las más aptas. El espermatozoide ideal de Vainer se guardaba siempre para otra ocasión.

-Yo entiendo Ernesto que esta es una noticia complicada. Muy complicada. Pero creo que tenemos que actuar rápidamente, lo más rápidamente posible. Quizás usted pudiera luego hacer algún tipo de tratamiento psicológico para ir acompañando este proceso pero el tratamiento medico tendría que empezar de urgencia, visto las condiciones de la enfermedad.

- ¿Con que derecho?- le respondió Vainer mirándolo crudamente a los ojos, creyéndose en un cierto automatismo ideo-verbal.

El doctor desvió la mirada hacia su derecha, enfocándose en un cigarrillo al que prendió cruzando las piernas y preparándose para enarbolar alguna gran verdad.

-Y, la vida es así Ernesto, dijo, mirando hacia arriba como hablándole a una altura que le daba la sensación de un algo superior, que nunca tuvo la capacidad de agacharse un poco para escuchar los gemidos de los mortales.  –Puede estar todo bien en la vida de uno, sin ninguna señal de algo malo en su cuerpo y de golpe aparecer esto-

-Por favor doctor, eso déjeselo para contárselo a sus hijos antes de que se vayan a dormir. ¿Con que derecho usted me viene a decir esto? ¿A mi? A mí que justo estaba por encontrar el sentido de todo. No, no se lo voy a permitir doctor. Usted no tiene derecho de andar jugando a las escondidas conmigo- Mientras hablaba Vainer iba pensando en como salir del consultorio sin recordar a que había ido y que había escuchado una vez dentro. Sintió la caricia de su primer novia, Ana, en el rostro. Le hubiese querido decir que se quede tocándolo así hasta la eternidad, que no habría otro lugar más que esa cama, esas frazadas y esos cuerpos que sentían. Que todo lo demás era mentir. Que todo lo demás era ir una vez por mes al médico esperando el momento en que este le diga que un cáncer lo empezaba a matar para por fin, ahí, en ese instante recordar esa caricia y la eternidad imaginaria donde la mentira nunca podría tocarlo.

El doctor fumaba, intentando cepillar su profesionalidad con la naturalidad de soltar  despacio el humo y hacia el frente. Vainer sintió el humo y supo que eso era todo lo que estaba buscando desde hace tiempo. Que le tiren el humo de frente en la cara, naturalmente y que este se expanda por todo el espacio como ese cáncer que estaría tomando centímetro por centímetro de su cuerpo para dejarlo finalmente solo, oliendo flores podridas y pétalos de sal que nadie llenaría con una lagrima.

Vainer respiró el humo, tragó al doctor en una saliva fresca y familiar, se levantó (ya no ceremonialmente), se puso su campera y sin mirarlo creyó decirle:

-Gracias doctor pero yo no necesito de este cuerpo para vivir-.

Mientras abría la puerta para irse de ese mundo por última vez, sintió ganas de abrazar a Pedro Castro, mirarlo y con misericordia rogarle que ojalá se encuentre vivo cuando le toque su cáncer.

Casi sin pensar demasiado, más bien desviando a cada momento todos los asaltos del pasado y los finales del futuro, Vainer caminaba por las calles mirando y sintiendo hermanos a los demás.

“¿Porque mis hermanos no me reconocen? ¿Porque hacen como si nada, caminando a mis costados sin siquiera mirarme o decirme que lo sienten? ¿Por qué?, si ellos también van a morir. ¿Porque no me abrazan? ¿Porque ya estoy muerto?

Se sintió pensado por algún invasor a su mente. Nuevamente era invadido por células ajenas que se expandían poco a poco en el, tiñendo cada trozo de su ser en agentes extraños que, ni la rutina, ni la tradición, ni los escalones de la iglesia, ni el vino del mediodía podían reconocer. Se vio pidiendo un boleto para el cine.

-¿Para que película señor?

-Para la que mas dure por favor.

El dios cronos quiso que Vainer se encuentre sin saberlo de nuevo en el horror. Creyó no tener escapatoria en el choque de espadas recién iniciado.

Entró a la sala y se sentó al lado de dos jóvenes sonrientes. Vainer los creyó  amantes de las mentiras y de sus propios cuerpos.  Se tocaban y acariciaban mirando a cada rato a su alrededor. El  detestó pensar que el cine realmente existía. Faltaban 10 minutos para el inicio de la película y Vainer solo sostenía su cabeza mirando fijamente hacia al frente, como si todo ya hubiese empezado. Un cine repleto de murmullos, risas, abrazos, miradas, engaños, palmadas, besos pronosticados. Se sintió aturdido de palabras. Lo mismo de siempre, pensó. El frio, el transito, la inflación, la inseguridad, el futbol. La película clásica de la clase media. “Vienen a buscar una imagen en el frente que en vez de play ponga una pausa en la película que los grandes directores del hoy les han armado para que ellos, actores como ninguno, cumplan sus papeles a la perfección, o al menos, se desangren y mueran en el intento”.

¿Acaso todos estos trozos de carnes no saben que también van a morir? No se dan cuenta que en cada papel hay un cáncer por venir, o una ruta final, o una cama olvidada en algún hospital privado que sus familiares pagaran para saldar sus culpas del final.

 “¡Ustedes también van a morir! ¡Sus finales son incipientes! ¡Esta película es una farsa, quiero que me devuelvan el dinero!”  Los amantes lo miraron intentando decirle que la película no había empezado, aunque el miedo los silenció. “Puede guardar silencio señor, el show va a comenzar”.

Sintió que lo levantaban de los hombros y lo dirigían a la salida. Creyó reír, demoniacamente. “El horror, nuevamente”.

Vainer también había sido un protagonista intachable. Un actor que no se comió una coma de un guion que tan mecánicamente había heredado y repetido incansablemente sin nunca poder ver una letra que lo represente. Sin nunca adquirirlo.  Un autómata más que ahora caminaba por peatonal San Martin con un cáncer encima y unos billetes en su bolsillo que lo trasladaban directamente al final incipiente del guion programado.

Pensó en recurrir a alguien, que le abra las puertas de su casa, lo haga pasar, le invite un trago de wisky y así poder contarle las buenas nuevas que el doctor le había trasmitido hace unas horas. Estaba en eso cuando se dio cuenta que en su círculo no había demasiado integrantes para esta ocasión.

Vainer era un ser solitario. No solo porque le agradaba la soledad sino porque no conocía otra cosa. Nunca tuvo hijos, nunca llegó a casarse. Mantenía ciertas amistadas variables de acuerdo a las diferentes actividades laborales a las que se dedicaba. Pensaba que ya habría tiempo para disfrutar. A los 50 años lo único que pudo cobijar en su cuerpo y en su vida como propio era un tumor imborrable despojo del temor a cada intersticio posible de felicidad que apareció por los suburbios de su vida.

Él quiso poder arrepentirse de todo eso antes de que sea tarde y poder ser guionista de su propio guion, mucho mas simple, mucho mas suyo. Nunca se animó. Primero la carrera. Después el trabajo. Luego los padres ya viejos. Entre medio la crisis, que obligaba a cumplir letra por letra hasta el desarme. Y ahora, ahora es el cáncer. El punto final. Porque más allá de las  negaciones a las que sometía a sus pensamientos, Vainer había decidido desde el primer momento no tratarse y no contrariar desde ningún lado el punto final de su guion.

De esa manera iba sucediendo el desfile incesable de pensamientos en su ser, que lo remordían hasta sacarle la capacidad de seguir caminando. Llamó un taxi.

-Lléveme a mi casa señor- ordenó Vainer con voz de vencido.

-Con gusto, si me dice donde queda, respondió el taxista entre suspiros de lógica.

No lo se, pensó Vainer. No se cual es ni cual fue mi casa. ¿Donde ir cuando no hay origen sino solo final? Y ese aparato contándome los pasos que doy, acercándome, mostrándome los números simétricos, exactos y mentirosos de un porvenir vendido de antemano.

El taxi avanzaba ciegamente mientras él se pensaba llegando a su casa(o al menos adonde había dormido las ultimas noches de los últimos veinte años) sirviéndose un wisky, como todas sus noches, siendo tomado por un sillón rodeado de libros que se encargaban de tapar todas las paredes que solían enmarcar el espacio que le pertenecía.

¿Qué pueden decirme los libros esta noche? ¿De que me pueden servir? ¿De que me sirvió no jugar a la pelota para quedarme siendo pateado por el libro de turno? ¿De que valió no seguir amando a Ana para no desatender las preocupaciones filosóficas? Recordó a su director de tesis, un kantiano irredimible quien le demarcó su camino con una aseveración que supo atravesar los días excavando en cada suspiro; “Para hacer filosofía en serio uno no puede pretender lujos amorosos, ni una señora ni hijos, así solo se malgasta el tiempo necesario. Para ser filosofo hay que estar preparado para la soledad y los libros”. Vainer hubiese querido saber la dirección del kantiano para, ahora, preguntarle que hacia él con tantos libros y  soledad.

Seguían las calles transcurriendo indiferentemente. “De que me sirvió la soledad meticulosa, fría, gris y pacientemente documentada de los libros y la filosofía si hoy me muero reprochándome la vida misma. Tantos años pensando en prepararme para este momento y ahora que estoy en el, tocando las telarañas del abismo, solo pienso en lo mal que hice todo”.

-Lléveme a un bulo por favor.

-Como no señor. Conozco uno cerquita de primera calidad, medio carero pero con una carne increíble.

Llegaron, pocas cuadras fueron necesarias. Vainer pagó, quiso decirle al taxista que se quede con el cambio pero no pudo siquiera entonar las palabras. Se bajó del auto y antes de cerrar la puerta escuchó;

-Hágame caso, pregunte  por la cubana, no se va a arrepentir.

El taxista siguió su camino, ya estaba por terminar su noche, pronto dormiría en su cama con su mujer. Vainer no tenía días por delante. Esta era su última noche. Era él buscando a la cubana que no lo haría arrepentir. El jadeo y la chimenea sin salida.

La cubana estaba ocupada. Vainer esperó tomando una cerveza, observando las miradas de los concurrentes. Vio deseos, ansiedad, miedos, alcohol, soledad. Toda mirada expresaba algo. Vainer pensó en su mirada. Se supo sin ojos, sin nada que mirar. Nada más que el horror, que nunca se mira, solo aparece. O quizás que se mira solo de costado. Estaba en eso cuando sintió la mano de una mujer tocar las suyas. Lo saludó tímidamente. El la miró a los ojos. Negros, ojos negros. Vio que sus ojos estaban llenos. No sintió que le pudiese faltar a ella esa noche. Daba igual, pensó.

-¿Usted es la cubana?

-Si señor, ¿me conoce?

-No, solo quiero que usted me conozca.

Tomaron una cerveza y marcharon hacia el cuarto. Vainer era llevado de la mano sin decir nada, solo aceptando lo que sucedería. Igual que con el kantiano, pensó, sin recordar cual era su nombre. Al entrar a la habitación la cubana que se llamaba Linda, o al menos eso decía, lo acostó en la cama, lo desvistió y le prendió un cigarrillo. Luego le preguntó si quería hablar. Vainer sintió que estaba siendo enjuiciado, pensó en un ángel. La miró nuevamente a los ojos. Supo que podría haber sido feliz con ella. La podría haber invitado a vivir lejos, quizás en las sierras. Con su sueldo podrían mantenerse los dos. La hubiese amado como nadie. O como el solo podría, que es lo mismo. La hubiese amado. Quizás hubiesen sido felices. Al menos por un tiempo. ¿Que más pedir que eso? No hubiese ido al médico cada quince días. No se hubiese enterado del cáncer. Hubiese vivido y después muerto sin reproches. La cicuta no seria propia. Vainer sintió que él era su propio cáncer. Besó a la cubana, comenzó a sentir una fuerza juvenil apoderarse de su cuerpo, de sus manos que la tocaban, de sus piernas que la encerraban, de su boca que se inmortalizaba en la piel de la cubana que sentía pena, pobre tipo, cuanto hace que no esta con alguien, con una piel, ¿conocerá la piel? ¿Conocerá el arder de la piel? Y Vainer que no miraba mas, solo sentía, sintió a su pija mas pesada que todos los libros juntos y la cubana que gemía como nadie jamás había gemido arriba de Vainer, sintió que era un joven, que tenia veinte años y que estaba en su departamento de Corrientes y Brown y que la cubana era una invitada a su vida, era la tercera meditación cartesiana, de dios que existe, la cubana existía, la cubana lo basaba mientras gemía como nunca nadie, ni su madre cuando lo parió, lo hacía vivir, lo hizo querer morir después de ese instante, después de la cubana encima diciéndole que estaba vivo, que no era una sombra, que tenia frente a cual besar, que su lengua le bese el cuello, el cuello cubano del cual Vainer quería pender para el resto de su vida y besarla por todos los años que se pasó sin besar a nadie, sin querer a nadie, huyendo de los matrimonios, pobre Ana, que mal que le hice, que hijo de puta fui, nunca me entenderá Ana, lo feliz que podría haber sido con vos Ana, y la cubana que lo terminaba y lo volvía así, de a poquito,  a la calle arrugada, a la cama que sonaba a quebrada, al humo de la chimenea, a la muerte de quien no vivió, al cáncer, a Vainer, a ese instante.

Terminó. Vainer. No supo si la cubana. Terminó el show finalmente. Vainer era un resto que se llenaba con su ropa nuevamente para salir. Le pagó mirándola a los ojos por última vez. Le dio todo su dinero, que no era mucho pero que despertó mas pena en la cubana. Su mirada le pidió por favor. Le pidió clemencia a esa morocha que pensaría en el al terminar con el próximo cliente, que después tomaría una copa con las compañeras y se iría a dormir olvidándose que un trozo de carne llamado Vainer esa noche quiso ser su falta y que termino pidiéndole por favor con esos billetes y con esa mirada que pensó nunca olvidaría.

Salió Vainer a la calle. Un viento frio creyó revivirlo. El sintió que solo hay algo más absurdo que el nacimiento en esta vida y es preguntarse por qué. Llegó a su casa, destino imborrable del origen. Fue tomado por el sillón. Antes cargó su vaso de wisky y su alma de soledad. Puso Solitude en el equipo de música. La versión que aparece en “The popular”, de Duke Ellington. Ese disco que por mas que fuera rojo él siempre se encargo de ver como gris. Nunca pudo hacer de la sangre el motivo. Fue solo un gris sucedáneo instante de este mundo. Una vez en el sillón cerró los ojos, como lo hacía cada noche. Quiso dormirse pensando que estaba en otro lugar. Duke siempre le ahorraba el viaje, el precio y la movilidad. Solo entre fantasías supo caminar Vainer. Ahora se daba cuenta. Quiso dormirse así, con su cuerpo. Y luego soñar. Soñar que todo había sido un sueño. Que el doctor Castro no le había dicho nada de eso. Que el cáncer no existía, al menos para el. Que era hasta ilógico. Que como podrían haber encontrado un cáncer en su cuerpo así como si nada. Y ya avanzado. A él que desde hacia años se obligaba a revisarse una vez por mes por algún médico. Que solo había sido otro sueño de angustia más en su repertorio. Que se levantaría libre del tormento, nuevo, con otra posibilidad. Que ahora si podía ser. Que no perdería más tiempo. Que se iría del guion de una vez y se dejaría tomar por todos los intersticios de felicidad que podrían tomarlo. Que seria un rehén de ellos. Que llevaría a Duke en ese viaje pero ya no seria fantasía. Que por fin viviría. Quiso soñar que el cáncer era mentira para poder vivir realmente. Cerró los ojos con todas sus energías y con toda la voluntad a la que  tantas veces había leído. Durmió como nunca lo había hecho. Un trance digno de la mortalidad. Soñó con la mentira. El sueño dentro del sueño. Se creyó capaz ahora de manipular sus sueños nocturnos según quiera y así, hasta capaz que al levantarse dejaría de ser manipulado por el otro.

Lo levantó la tenue luz que atravesaba el velo de la ventana. Apenas perceptible. El aún en el sillón, acostado. El vaso de wisky a un costado. Creyó tanto que no recordó el vaso ni porque había dormido alli. Parecía haber nacido recién esa mañana entre esa porción de luz de un sol que parecía querer iluminarlo de una vez. Ni siquiera recordó, o eso creía, la pesadilla del cáncer. Estaba cansado de esos sueños tortuosos. Sonó el teléfono. No tuvo ningún miedo, ninguna precaución mental. Fue gustoso a atender, pensando que por fin, que ese sueño ahora si lo había salvado, que gracias a dios no tiene cáncer sino que solo lo soñó, que dios existe, que es tremendamente generoso con un alma despojada como la de él, que todo empezaría como esa mañana, con esa luz. Levantó el tubo del teléfono. Era el doctor que le decía; si, habría que empezar con la quimioterapia rápidamente. Que no se deje estar Ernesto. El fin Ernesto del sueño. El comienzo de la realidad, el gris. El horror, nuevamente.

Así despertó Ernesto, entre vacíos, acariciado por Ana que, envuelta en sábanas rojas le decía que se le hacia tarde para ir a trabajar.

 

 

Valentín.

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-