"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




8 de Agosto, 2012


MAXIMILIANO RENDO CARBALLAL

Publicado en Poemitas. el 8 de Agosto, 2012, 22:07 por MScalona

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Un botón

debe ser un botón

dijo Mario

¿Dónde se ha visto

una radiografía con camisa?

Mario, por favor

cuídate

¿De qué? ¿de un botón?

-Y de nuevo:

la mirada y la risa

de lo atroz-

Él no está

su hija atiende el quisco

(una ventana de la habitación de su madre)

A Mario le extirpan el botón maligno

en el quirófano

y ella confiesa:

De chica le tenía miedo a Baltasar

porque era negro

Era –dice-

(de mil flores

que no levantan nada

está hecha la vida)

Los reyes han muerto

Y los reyes son los padres.

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                                                           Maxi

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foto: Ezra Pound

ESTANISLAO PORTA

Publicado en relatos el 8 de Agosto, 2012, 20:39 por MScalona

UN SOMBRERO VIEJO Y MOJADO

 

 

-Cuando sea grande, voy a ser el mejor capitán de barcos del mundo-dijo Ulises, mirando el río de montaña que bajaba con la tranquilidad del final del verano.

-Y a mí qué me importan los barcos tuyos. ¡Yo voy a tener una granja entera! Vacas, patos, y un montón de caballos y el más lindo va a ser el mío, y va a ser blanco y se va a llamar...- dijo Ana y se callada, pensando en algún nombre.

-¿Va a ser hombre o mujer?-preguntó Ulises.

-Se dice macho o hembra, bestia- corrigió Huguito.

-Bueno, si es macho le podés poner Ulises-dijo Ulises.

Hugo rió socarronamente y se apoyó con los brazos cruzados sobre la rama con la que antes golpeaba el tronco de un árbol. Lo miró con la cabeza ladeada y dijo:

-Y si sos tan macho, ¿por qué no das una vuelta y nos mostrás a todos?

Ulises frunció el ceño, pero no dijo nada.

-Ahí está el bote de don Jacinto- dijo Hugo desafiante, señalando con la cabeza la pequeña y vieja canoa, acostada en la orilla, con la madera mohosa y ennegrecida, que ya era parte del paisaje. Luego miró a Ana, pero sin perder de vista la expresión de su hermano menor.

-¿Por qué no lo usás para traer algo?- sugirió con un tono exageradamente inocente.

-A esa porquería no la hace flotar nadie.

-Pero si el viejo la usa siempre.

De pronto, Hugo corrió hacia el lugar de las piedras, donde habían dejado la ropa y tomó la mochila de Ulises. Cuando Ulises adivinó las intenciones de Hugo, ya era demasiado tarde: su gorro volaba hasta caer en la mitad del río.

-Buscala con el bote, ¿o es que no te animás?

Ulises pensó en su gorro que ya estaba viejo, recordó las palabras de su madre diciéndole que cuando volvieran a la ciudad le compraría otro, pero sintió a Ana, que le tironeaba de la ropa.

-No vayas- dijo ella, asustada.

De pronto, se imaginó a sí mismo, detrás del timón de un barco enorme, capeando una tormenta en altamar. Dando indicaciones para que toda la tripulación llegase sana y salva a sus hogares. Y una vez en tierra firme, allí estaría Ana, esperándolo a él, al Capitán.

Se dio cuenta de lo que estaba haciendo recién cuando terminó de empujar el bote hasta el río y uno de sus pies, enfundado en el zapato, se hundió en el agua helada.

La madera envejecida hizo un ruido húmedo cuando Ulises saltó dentro del bote. Ana y Hugo observaban desde la orilla con fascinación a Ulises que lograba estabilizar el barquito y ya levantaba la vista en busca del sombrero. A medias hundido y arrastrado por la corriente, el gorro era una mancha oscura en el río salpicado de reflejos plateados; se alejaba con presteza, casi con ingenuidad.

Tenía que enderezar el bote: agarró el remo con fuerza y lo hundió en el río, buscando clavarlo entre las piedras, pero a pesar de la poca profundida, el agua era una masa sólida, espesa. Ulises intentó de nuevo, esta vez con más firmeza. El remo resonó contra la piedra, se quedó fijo y el bote hizo un giro abrupto. La reacción del golpe sacudió a Ulises, que estuvo a punto de perder el equilibrio. Ahora estaba tan sólo a algunos metros del sombrero; podía sentir el viento helado que le humedecía la cara, y también las miradas de lo chicos, desde la orilla, corriendo a su lado. Con el remo dio algunas paladas a cada lado y cuando estuvo lo suficientemente cerca, estiró el remo por encima de la proa y levantó el chambergo empapado.

Estiró el brazo: ¡era suyo!

Levantó el sombrero chorreando y miró triunfal a su hermano y a Ana que festejaban, lejanos allá en la orilla.

Escuchaba los gritos pero no entendía las palabras, distorsionadas por el ruido del agua correntosa entre las piedras y ahí recordó; aunque ya era tarde. Estaba llegando a la parte correntosa. No tuvo tiempo más que para un grito y salió despedido, luego de chocar de lleno contra una roca bastante grande.

Cayó de espaldas entre algunas piedras en una zona casi sin agua, fuera de peligro. Estuvo algunos segundos con los ojos apretados y sin moverse. Cuando los abrió vio la canoa dada vuelta sobre esa misma roca con la que había chocado y a Hugo y a Ana que corrían hacia él, saltando entre las piedras.

-¿¡Estás bien!? - preguntó ella, inclinándose sobre él- Estás pálido- dijo, apoyándole la mano sobre sus cabellos mojados.

-¡Hermanito! ¡Volaste!

-Estoy bien, estoy bien- dijo, incorporándose con algunos gestos de dolor -no se habrán preocupado por mí.

-¿Y?- preguntó Hugo, ansioso.

Ulises pensó un instante, sintió el gorro viejo y mojado apretado en su mano izquierda y sonrió.

 

Durante la cena la madre les preguntó qué habían hecho durante toda la tarde.

-Fuimos al rio, a despedirnos de la playa y de Ana- dijo Hugo.

La mujer los miró, esperando más, pero ninguno dijo nada. Luego repitió aquello que había que cambiar ese sombrero rotoso y todo mojado. Ulises nuevamente calló: todavía sentía una mano caliente acariciando su pelo.

 

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                                                                          Estanislao P.

Marcelo Scalona: escribir

Publicado en Ensayo el 8 de Agosto, 2012, 17:53 por MScalona

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ESCRIBIR

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Como rodear lo inasible,

traducir un silencio, balbucear…

poner la capa al fantasma.

Que alguien escriba “yo puedo recordar

la temperatura de tus labios en la primavera de 1983″

y el lector sienta el beso, un perfume, la módica epopeya.

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La foto es Carrer de Montcada y calle Princesa, (BCNA, el Born)

frwente al Palau Dalmaus y el Museo de Picasso,

amaneció con lluvia el domingo 28 de marzo de 2011 y yo rumbo

al Renfe, a Figueres.

GABRIELA GERVASONI

Publicado en relatos el 8 de Agosto, 2012, 11:59 por MScalona

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UÑAS ROJAS

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Nada fue igual desde el día aquel. La imagen que había visto por menos de cinco segundos era definitiva, infinita, perenne. Repitiéndose como en flashes de un canal de noticias lo sometía a la condición de silencioso espectador del derrumbe de su casa.

Sentado frente al monitor de su computadora mira sin ver. Piensa. Si tuviera dos o tres años más podría buscar soluciones. Cagar a trompadas a sus padres, comprar unas botellas de algo fuerte para emborracharse. Podría agarrar a las piñas al tipo ese, inclusive. Si el scanner de Ignacio pudiera recorrerlo por dentro y por fuera levantaría la imagen en blanco y negro de un payasito triste, con algunos centímetros de intestino de más (esto ya había salido en unos estudios, pero al payaso triste nadie lo había visto todavía). Piensa que antes de ese día las cosas no estaban bien, pero tampoco tan mal. Por lo menos le interesaban algunas cosas (su cumpleaños, el libro de Cortázar, la play y Sofía).

-Hola Nacho – la voz de su madre lo incorpora a la escena: su casa, la habitación ambientada como si fuera una nave espacial (y que lo hace sentir bastante tonto) el calor del mediodía adormeciendo a la gata sobre la cama)- ¿Nacho? ¿Estás, mi amor?

Él contesta con un flemático acá estoy y su madre recorre el pasillo que va desde el living a los dormitorios. Entra. Lo besa en la cabeza mientras Ignacio, todavía frente al monitor, mira el reflejo de su madre. Se queda detrás de él acariciándole el pelo con las uñas pintadas de rojo. El no ve el color de las uñas porque el reflejo del monitor es en blanco y negro (como los sueños, como el payaso triste). El rojo lo recuerda de aquel día, brillando sobre la camisa blanca del tipo. Los dedos tensos, las uñas como garras subían y bajaban por la cintura, la espalda ancha, y se detenían en el pelo desprolijo y canoso del hombre. Qué horrible esas uñas, má, parecés una loca, le dijo.

-¿Cómo? –la madre de Ignacio cree que escuchó mal, su hijo jamás le diría loca. Son pocos los segundos que se toma para pensar, las ideas son desordenadas y vienen por inercia. ¿Usó loca por puta?, ¿quiso decir trastornada? Decide que no, Ignacio es un buen chico, le chocó ver que ahora ella se arregla un poco más, es chico y bla bla bla.

-Nada má, que estoy subiendo unas fotos al blog de la escuela.

-Bueno, en media hora comemos.

La madre va a la cocina, desde donde llegan ruidos que siempre le molestaron pero en ese momento le parecen hermosos. Se escucha claramente que ella abre la alacena (la de arriba del lavarropas, que está medio floja y hacer ruido), saca un frasco de vidrio (probablemente con fideos), prende la cocina; de la bacha saca la olla que usaron la noche anterior y la llena con agua. Después abre la heladera (o el freezer). Ignacio tiene la tentación de gritarle (como antes) má, con crema, no con salsa. Pero no, mejor no, no quiere hablarle.

Cierra los ojos, se pone los auriculares y la música apaga todos los sonidos de la casa y la voz que lo aturde desde hace días. Las pastillas del Abuelo le recuerdan su cumpleaños número 16 y decide que no. No va a hacer fiesta ni quiere el regalo que le ofreció Agustín (no se va a acostar con nadie por ahora, lo tiene decidido). Unos días antes su pensamiento estaba ocupado sólo en eso, en la fiesta, en la chica amiga de Agustín, en alquilar las luces y el sonido. Ya no. Salvo en ese momento, después de las ganas de comer fideos con crema y escuchar esa canción. Su madre lo tocó y él pudo leerle los labios A-CO-MM-ER. Sonreía.

Su papá estaba en Buenos Aires y volvía dentro de dos días. Era mucho tiempo. Qué imbécil, dejarla tanto tiempo sola.  Pero pensó que a lo mejor él también tenía a alguien en Buenos Aires y que al final el único afectado por lo que había visto fuera él. La casa se derrumbaba sólo encima de su cabeza.

En la mesa, Ignacio no deja de mirarle las manos a su madre. Tanto que mover cuándo no va mas, grita su auricular izquierdo. Su mamá le pide que se saque el auricular y él obedece. Sabe la letra de memoria y no necesita poner el MP3 para escuchar recuerdos lejanos, secretos que cuando me acerco desaparecen. Tantos tiene, tantos.

Lleva uno a uno los fideos que su madre puso en el plato (contó cuarenta) Están buenos. Con una servilleta de papel ella le limpia el borde inferior del labio, sonríe. Ignacio la mira a los ojos para no encontrarse con las unas rojas. También sonríe. Recuerda su cumpleaños número 16 y decide que sí, que lo va a festejar, pero sin el regalo de Agustín. Hay tanto que mover cuándo no va más.

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Gabi Gervasoni

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-