"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




7 de Agosto, 2012


CARLOS PICCIONI

Publicado en De Otros. el 7 de Agosto, 2012, 18:17 por MScalona

ALLÁ ABAJO

-                                                      a Pedro Bollea

-

Lo que deviene

perdurable y se hace trizas

por el fuego.

El perdón, el latido,

lo ignorado.

Lo que rige

la paciencia de Padeletti.

En el fondo del abismo,

lo gozado, lo incierto.

Sin importar quien lo escriba

es esto lo que amamos.

La humanidad y su rabiosa sombra,

permítase al poema.

-

-

-

ONTOLOGÍA DEL DOMINGO

-

-

Estos sorbos

de Callia, de San Juan,

Beethoven,

estas notas sobre una nueva derecha

y las ecuaciones del matemático

en Glosa,

y los amigos

y los recuerdos del amor

(no el amor),

y estos panes tostados

y crocantes e itálicos

(no bíblicos)

de nuestra panadería

(casi vallejiana),

crecen, en mí, ontología del domingo,

y este estampido

de soledad

y de desorden,

en que me acunan,

y me sueñan

unas mujeres altivas, ausentes, misteriosas.

-

-

                                                           CARLOS PICCIONI

-

de su último libro editado por CIUDAD GÓTICA (Rosario)

"El confín de los sonidos" poemas- 2000/2010.

Piccioni nació en Tostado, (SFe) en 1945. Desde 1967 reside en Rosario.

-

Lee JuLIaMariAna sÁnCHeZ

Publicado en Sugerencias. el 7 de Agosto, 2012, 13:14 por MScalona

en el marco de las

II Jornadas de Literatura de Rosario

-

JULIA MARIANA SÁNCHEZ,

 lee el miércoles 15 de agosto a las 22 hs. en

el bar LENNON, de Urquiza y Paraguay.-

Fecha: 10-08-12

Hora: 10:00hs

Lugar: Facultad de Humanidades y Artes

Dirección: Entre Ríos 758

Teléfonos

Sitio Web

http://rosarioensutinta.blogspot.com.ar

Email

letrasencambio@gmail.com

II Jornadas de Literatura de Rosario

 

Del 10 al 16 de agosto se realizarán las II Jornadas Académicas "La Literatura de Rosario", organizadas por la Secretaría Académica, la Secretaría de Relaciones Internacionales, la Secretaría Técnica y de Control de Gestión, la Escuela de Letras de la Facultad de Humanidades y Artes de nuestra universidad y Letras En Cambio.

Las actividades incluyen recorridas literarias, mesas temáticas, lecturas y proyecciones de películas, se desarrollarán en la Facultad de Humanidades y Artes, Entre Ríos 758, en la sala Arteón y en el bar Lennon.

Entre los invitados -escritores, poetas, críticos, docentes, directores de cine, historietistas, talleristas- que han confirmado su presencia, se encuentran: Jorge Riestra, Humberto Lobbosco, Juan Martini, Elvio Gandolfo, Patricia Suárez, Alberto Laiseca, Angélica Gorodischer, Graciela Aletta, Leandro Artega, Mario Piazza, Emilio Bellón, Osvaldo Aguirre, Rubén Chababo, Daniel García Helder, Roberto Retamoso, Marcelo Scalona, Andrea Ocampo, Fabricio Simeoni, Beatriz Vignoli, Nora Avaro, Mercedes Gomez de la Cruz, Diego Roldán, Max Cachimba, Esteban Tolj, Marcelo Frusin, Pablo Colaso, Rubén Plataneo y María Victoria Menis.

Al igual que en su edición anterior, en el año 2011, las II Jornadas Académicas "La Literatura de Rosario"abren las puertas de la Universidad a los escritores de Rosario y pretenden generar un espacio de reflexión y difusión de la producción literaria local, tanto dentro de la Facultad como en la comunidad en la que los escritores han nacido o trabajan y producen o produjeron sus obras. A su vez, con un criterio amplio, se busca rastrear los vínculos de la literatura con la realidad, al igual que con otros lenguajes como el del cine y de las historietas.

La participación está abierta a estudiantes, docentes, escritores y, en especial, a todas las personas que deseen acercarse en la literatura de nuestra ciudad.

Cronograma de actividades 

JULIA MARIANA SÁNCHEZ,

 lee el miércoles 15 de agosto a las 22 hs. en

el bar LENNON de Urquiza y Paraguay

LUCÍA BRIGUET

Publicado en Sugerencias. el 7 de Agosto, 2012, 12:44 por MScalona

Revival                                                                 

   -                                                                               

Tarareó durante dos días seguidos una canción de Fito, incesantemente. Cada hora reloj se encontraba cantando: "Yo podría haberlo hecho mejor, vos podrías acercarte a mi”. Se había hartado, quería grabarse en la cabeza un tema nuevo, más divertido, alguno que la trasportara a lugares recónditos. Pero no podía, le retornaba una y otra vez lo mismo: esas dos primeras oraciones de canción asociadas a una imagen difusa, parecida a una fotografía borroneada. Una especie de huella mnémica congelada a la que, sin decidirlo, le había puesto “Fue amor” de Fito Páez cual música ambient. Después del tarareo y la imagen mental solía embobecerse por un minuto con una fantasía: está con un hombre en un auto, ella lo llevó hasta su casa una madrugada de domingo, al momento de bajarse él le dice "bajate conmigo, por favor, una noche no más". Ella no dice nada pero baja. Entra a su casa por primera vez, sube a su pieza. Él prende la luz del velador, una luz tenue que iluminaba parte de las cuatro paredes, rojas, vacías, el piso tenia alfombra de color mostaza y la cama de dos plazas con sabanas blancas estaba en una de las esquinas, desarmada. Él se sentó en una silla con tapizado de cebra que su madre le había hecho hacer especialmente para cuando se fuera a vivir solo, ella en el borde de la cama desarmada.

- ¿querés tomar algo?

-no gracias.... o no se, ¿Fernet tenés?

- no tengo más Coca Cola, ¿querés que vaya a comprar? hay un minimarket cerca

-no, esta bien. Agua quisiera tomar, tengo la boca seca

-¿estas nerviosa?

-¿y a vos como te parece que puedo estar?

-bueno, no se, no te enojes, disculpame, es que yo también tengo la boca seca

-¿estas nervioso?, ¿podes sentarte más cerca mio?

Él se levanta de su silla acebrada y se sienta al lado de ella, la mira, le dice que hacia mucho tenia ganas de que estuviera en su casa. Que tuvo miedo, después de no verla por tanto tiempo, de que hubiese desaparecido. Ella le pregunta si puede poner algún disco. Él, experto en música, no sabe qué poner pero no dice nada y hace como si tuviera el tema indicado para la ocasión. Suena una música extrañísima, con timbales e instrumentos de viento. Ella no dice nada, piensa que no es momento para hablar de más. A los segundos de haber apretado play él se da cuenta que la melodía no está a la altura de la situación, pero como fingió saber qué estaba haciendo ya no puede volver atrás. Ella intenta hacerlo sentir bien, le dice que es una música interesante. Los dos, como pueden, se acomodan. Suspiran. Se dan un beso. Dos. Tres. Muchos. Suenan las campanadas de las 6 y ella debe irse. Él le dice que le da mucha pena que ese encuentro no vaya a repetirse nunca más. Ella le comenta que probablemente tararee la melodía que le hizo escuchar por largo tiempo. Él le contesta que no sea mala, que podría hacerla escuchar temas mucho mejores. Ante lo que le confiesa que no se da una idea lo que significa para ella tener un nuevo tema en la cabeza. Le agradece. Le da tres besos y se va.

 

 Al tercer día la compulsión al tarareo parecía haber desaparecido. Llegaba la noche y Berta no había cantado las respectivas oraciones de “Fue amor” ni una sola vez, tampoco había recordado la imagen asociada ni se había embobecido con la fantasía relacionada. Se sentía aliviada, porque sobre que le molestaba ser presa de cualquier tipo de fuerza ajena a su voluntad, sin Fito y el resto de la letra aquel tarareo le resultaba naif. Se le ocurrió que el apego involuntario justo a esa parte de tan buena canción era quizás la secuela del exceso de música romántica padecido en los ¨90. Sabía que no podía quedar ilesa de tanta versión simplista, oída en su adolescencia, acerca de lo que significaba el amor.

 Pero el consuelo le duro poco: algo siguió insistiendo. De diferentes formas: en más imágenes, en flashes, en sueños. En todos los momentos del día: a la mañana, a la tarde, a la noche. Y estaba comenzando a inquietarse, demasiado. No entendía qué le pasaba, porqué lo mismo se repetía de distintas formas. Y no sabía qué era pero se trataba siempre de un hombre terriblemente entrañable, intrigante. Tenía rasgos parecidos a alguien que conocía pero no creía que pudiese ser esa persona, jamás le había interesado en lo más mínimo. Más bien deliberaba si no sería una especie de recuerdo deformado de su primer amor. O del último flaco con el que salió. Había descartado lo de la secuela de las canciones románticas pero de momentos se ilusionaba con que pudiese ser una señal de que su príncipe azul estaba por llegar. De todos modos rápidamente también eliminaba esa presunción, Berta era más proclive a pensar que lo que insistía tenía que ver con una particular reminiscencia de situaciones en las que el padre de una amiga no para de mirarle las tetas a que algún príncipe azul exista y la salve. Pero tampoco le convencía lo del padre de su amiga, ese tipo no podría ser deseable ni en una fantasía híper deformada. Eso era otra cosa.

 

Tiene un sueño. Está en una estación de subtes, para llegar hay que bajar una escalera ancha como la de un gran palacio y larga como si estuviera a veinte metros bajo tierra. Al final de la estación hay un cumpleaños. Ella está en ese cumpleaños. No sabe quien cumple años, pero sabe que hay una fiesta y que ella está invitada. Sabe que él está en ese lugar pero no sabe dónde. Cree verlo a lo lejos. Efectivamente lo ve. Está con una chica de unos quince años, bonita, estúpida. Está besándola. Está manteniendo relaciones con ella. Quiere que él la vea. Se acerca. Golpea una puerta que está al lado de la cama donde él está con la chica de quince años, bonita y estúpida. Nadie le contesta detrás de esa puerta. Él la ve pero no la mira. Ella se queda un largo rato parada en la puerta donde siguen sin contestarle. Ella los ve pero no los mira. Se siente estúpida, pero de una estupidez distinta a la de la chica.

En la puerta de la estación de subtes la esperaba un amigo. Ella vuelve. El amigo le pregunta para qué fue a golpear esa puerta, le dice que se nota que le pasa algo con el flaco que estaba con la chica. Ella se siente más estúpida que nunca. Hay mucha gente que sube y baja escaleras, que corre a tomar el subte, con boinas y tapados de cuero, siente que está como en los años ‘60, en el medio de una gran ciudad. Ve a la chica de quince que vuelve caminando y ve que se pone a hablar con ella, ve que son amigas y que además comienza a contarle el terrible modo en el que de pronto él desapareció en la estación. Ella se siente terriblemente estúpida. No sabe quién es esa piba. No sabe qué hace ahí. Y lo peor, no sabe quién es él.

 

Al despertar del sueño va a la cocina, abre la heladera, agarra una botella y se toma medio litro de agua. Se sentía apabullada. Su cabeza era una verdadera calesita y ella un pasajero que no alcanzaba a dar con la sortija. En quince minutos tenía que estar trabajando. Trabajaba en una empresa de internaciones domiciliarias, atendiendo el teléfono y organizando las atenciones. Pero estaba en pijamas en la cocina de su casa, tomando agua, con la mirada fija en un punto ciego. Miraba pero no veía.

 

-         Si, dígame señora ¿su marido controla esfínteres?

-         No

-         Perfecto, usa pañales entonces. ¿Necesita a la enfermera tres veces al día?

-         Si querida, por favor, no doy mas

-         Bueno, quédese tranquila, en el trascurso de las próximas dos horas la enfermera va a estar en su casa. Dígame una ultima cosita..( se le vuelve él en un flash, se lo imagina hablando con la señora)¿Tiene sueños? Heeee, no, ¡disculpe!

-         Querida, ¿vos me estas tomando el pelo? ¡Te dije que hace una semana que no duermo por el estado de mi marido y vos me preguntas si tengo sueños!

-         No, disculpe señora, es que justo entró mi compañera a la oficina y me distraje. Lo que quería preguntarle es si tiene teléfono fijo.

-         …..

-          Bueno ya está, durante el transcurso de las próximas dos horas el médico y la enfermera van a estar en su casa. Sino vuélvase a comunicar conmigo. Que tenga buenos días y gracias por confiar en nuestro servicio.

 

Cuelga el teléfono y suspira. Se siente mal, le falta el aire, teme que aquello le invada toda su vida, teme no poder trabajar más, no volver a ser la de antes. Sale a la calle a dar una vuelta manzana, a tomar un poco de aire. Camina media cuadra y oye que la llaman. Se da vueltas y ve a alguien que desde adentro de un Sex Shop la saluda con vehemencia. Entonces, teme estar perdiendo la razón definitivamente. Sigue escuchando: “¡Berta! ¡Berta!”. Se acerca a la puerta del local y se encuentra con una vieja compañera de la escuela secundaria.

 

-¡Hey Berti! ¡Que alegría verte!

-¡Que haces Ana! ¡¿Trabajas acá?!

- Si, me separé hace un mes y… ¡perdón!, ¡si hace mil años que no nos vemos, no sabes nada! Bueno, me casé, me separé y necesitaba guita para vivir sola, justo la prima de mi tía conocía al dueño del Sex y le dijo que necesitaba una empleada, así que acá estoy. ¡Viste que loco!

- Si, loquísimo.

- Es re divertido, no sabes lo bien que la paso ¡la gente viene con cada idea ¡

- Me imagino. Ana disculpa estoy re apurada, otro día paso con más tiempo.

-¡Dale! Pásate cuando quieras y si necesitas comprar algo te hago el 20 gordi, ni lo dudes.

- No, por ahora no, gracias igual, chau.

 

De golpe el universo se le había vuelto insólito. Le era imposible naturalizar el hecho de haberse cruzado justo en ese momento con una vieja compañera de la secundaria en un Sex Shop y que esa misma persona sea capaz de decirle “te hago el 20, gordi” en vez de “tengo posibilidades de hacerte un descuento en alguna compra si lo necesitas, Berta”. Lo cual la hacia preguntarse si su vieja conocida ya tenia tendencia a deformar el léxico de ese modo o sino la estaría volviendo imbécil trabajar en ese lugar. O tal vez, la vida misma en la ciudad. También se preguntaba cuanto se estaría divirtiendo. Cada tanto pensaba que su vida era aburrida, que ella era demasiado seria, pacata. Y que además, desde hacia semanas, vivía sumamente preocupada.

 

 

Tiene otro sueño. Está en una casa en la selva. La buscan. Vienen por mí, se dice para sus adentros. Está sin ropa, no sabe por qué. Está en una pieza. Escucha que para un auto en la puerta de la casa, que se bajan, que caminan hacia donde está ella. Se esconde debajo de un asador que había en el medio de la pieza. Escucha pazos, escucha que revuelven todo. La encuentran. Ve que hay un hombre que la está mirando. Ve que hay alguien que se agacha, que corre la cortina que tapa la parte de abajo del asador y que le dice “Hola”. Le dice hola con la sonrisa del regodeo de quien juega a la búsqueda del tesoro y lo encuentra. Ella pide hacer una última cosa. Pide acostarse un ratito junto al Oso Carolina que estaba descansando en esa casa, en una de las camas. La dejan. Ella va, el Oso estaba serio, sabía que se la iban a llevar pero no decía nada. Miraba pero no veía. Ella levantó la frazada, después la sabana blanca, él no se movía, ella igual se acostó a su lado y lo abrazó. Por fin se sintió bien y pidió que ese instante no se termine nunca. Le pidió, al dios en el que no creía, poder llevarse ese momento al lugar al cual se la lleven.

 

 

Se despierta, vuelve a la cocina, abre la heladera, agarra una botella y se toma, esta vez, casi un litro de agua. La cosa se ponía cada vez más densa y ella seguía sin entender nada.

Después de aquel sueño anduvo una semana entera con la idea de que todo lo que le venia pasando era como un jeroglífico que tenía que descifrar. Había leído “El escarabajo de oro” de Poe y fantaseaba con la posibilidad de que había algún tesoro que tenia que encontrar. De hecho en el sueño le aparece lo del tesoro y lo de la búsqueda, pero también lo de la desnudez, lo de una especie de secuestro y un encuentro, lo de un Oso. Pero le costaba afirmarse en lo de la búsqueda del tesoro, el solo hecho de no poder contárselo a nadie la hacia sentir que algo no estaba bien, que quizás padecía una especie de regresión a la infancia o la incubación de alguna enfermedad. Pensó en ir a un medico, a un psicólogo, a un psicoanalista, después creyó que seria mejor conectarse con la tierra, comenzar yoga o Tai Chí Chuan. También pensaba si no estaría estresada y todo lo que le pasaba no seria una forma del stress. Buscó en internet. Googleó stress. Causas. Síntomas. Pero no encontró nada. Nada de eso. Nada de ella.

Una tarde de esa semana detectivesca, haciendo zapping en la televisión engancha una entrevista una psicóloga que estaba muy de moda llamada Judit Sorda. Tras preguntas de un entrevistador, Judit aseveraba que las mujeres viven muy mal porque trabajan, son madres, esposas y amigas pero no pueden disfrutar de nada. Y que podrían hacerlo con solo proponerse ser felices, diciéndose a si mismas que pueden gozar de sus vidas. Berta no era madre, ni esposa, ni súper amiga. Lo cual, obviamente, la hizo dudar de si no andaría mal porque no intentaba ser una súper mujer. Sino seria que se la pasaba enredada en idioteces en vez de buscarse un esposo, más trabajo y más amigos. En ese momento se dijo “puedo gozar de mi vida”. Se lo dijo tres veces. Ni bien terminó se sintió igual. Concluyó que si no le hacia efecto ni la psicología de Judit Sorda, que parecía serle eficaz a tanta gente, quizás estaba verdaderamente mal. No obstante, siguió la entrevista con atención. Judit, antes de terminar, comentó que había comenzado con una investigación acerca del silencio y los efectos de la falta de silencio que se da cada vez más en Occidente. Dijo, antes de despedirse, que había que empezar que mirar hacia Oriente. Berta pensó en Oriente. Recordó las últimas imágenes que vio de Oriente. Un informe de CNN sobre Afganistán, la guerra. Trato de recordar otra, se le vino Japón, millones de japoneses apretados, hacinados en la calle principal del Tokio, yendo a trabajar doce horas seguidas a cambio de pan. Se dijo que era una pesimista, que Oriente es grande. Hizo el esfuerzo por recordar alguna imagen con orientales en silencio, meditando quizás. Pero se le apareció Corea del Norte, una manifestación, gritos, insultos, golpizas. Se preguntó si había posibilidades de que ella viva en un mundo distinto al de Judit. Apagó el televisor.

Ya había pasado la tarde y decidió salir afuera a caminar. La noche estaba fría y el centro de la ciudad le parecía haber sido abandonado salvo cuando se cruzaba algún que otro transeúnte. Le encantaba cruzarse con poca gente en la calle, porque disminución de estímulos le daba un aumento de la sensibilidad para otra parte de la ciudad, para ese lado que la hace a la vez bonita y aborrecible. Se le ocurrió que quizás los centros de las ciudades son, tras todo lo que aparentan, el lugar de los que están de paso, de aquellos que por distintos motivos viven en el anonimato. Ella misma a veces era como la mujer invisible, muy parecida a la que jugaba convertirse cuando era niña tras decir las palabras mágicas. Ya que, salvo por la planilla de asistencia que tiene que firmar diariamente en su trabajo o porque sus amigos la llaman cada tanto, podría volatilizarse, desaparecer en medio del centro y quizás nadie se enteraría antes de que la inmobiliaria reclame el pago del alquiler. Pensó que a fin de cuentas la tan maldecida inmobiliaria cuenta con ella, o con su cuenta, no importa, para lo que sea, la piensan. Siguio caminando mientras tarareaba un viejo tema de “The Smiths”: I am human and I need to be loved, Just like everybody else does”. (“Yo soy humano y necesito ser amado, igual que todos los demás".)

Entró en un bar. Se tomó un trago, dos, tres. Después de largo rato de charlar con el barman y mareada cual tripulante de un barco navegando en alta mar, emprendió el regreso a casa. Metió sus manos en los bolsillos del saco que llevaba puesto y que había heredado de su madre, porque si no los dedos se le congelaban de frio. Sintió que uno de los bolsillos se había descocido por dentro, abriendo un agujero que la comunicaba con el interior. Toco un papel, lo sacó. Era una nota con letra de su madre que decía: “Te dejo eso entre el Palo Borracho y el Jazmín del Paraguay, a diez pasos de las Hortensias, desde dónde se ve el asador, un metro tierra adentro. Feliz cumpleaños, te amé, te extraño.” Todo su cuerpo se le congeló, pero esta vez no de frio. De repente, como en una compresión súbita, supo que eso tenía que ver con aquello. El papel estaba amarillo y la tinta de la lapicera borroneada, parecía haber sido escrito muchos años atrás por su madre a quien ya no podía preguntarle nada. ¿Pero porque estaba ahí? ¿Que quería decir? ¿A quien se dirigía? Palo Borracho, Jazmín del Paraguay y Hortensias habían sido alguna vez patio de la casa de su abuela, de la madre de su madre. Tenia que ir hasta allá y descubrir qué era “eso” porque sabia, supo al instante en que leyó el papel, que el mensaje tenia que ver con algo de lo que la venia asediando desde hacia semanas. El problema era que la casa que alguna vez había sido de su abuela quedaba en San José, un pueblito a cien kilómetros de la ciudad. Pero no soportaba mas, se había convertido en una bola de intriga y ansiedad. Así que a pesar de que eran las cuatro de la mañana y de que tenía un grado importante de ebriedad se tomó un taxi hasta la terminal de ómnibus y de ahí un colectivo hacia San José.

 Viajó dos horas y media dormida. La despertó el chofer avisándole que tenía que bajarse, que había llegado al pueblo. Comenzaba a amanecer y el mareo se le había pasado, zarpaba en tierra firme. El colectivo siguió andando por la ruta y Berta se quedó largo rato en la garita observando, hacia casi veinte años que no estaba en ese lugar. La última vez que había pasado tenía doce y recién se había enterado que Papa Noel no existía, su abuela le parecía la persona más maravillosa del mundo porque mientras manejaba el auto podía soltar el volante y todo seguía andando y la plaza del pueblo se prestaba para expediciones fantásticas. El patio de la casa de su abuela también. Hacia allí iba de nuevo, veinte años después, para una excursión que jamás imaginó hacer. El tema es que advirtió que la casa y el patio que en sus recuerdos eran “de su abuela”, en lo que se dice la realidad de la propiedad privada, ya no lo eran. Ahora que entendía de inquilinos y propietarios sabía que esa casa era de quien la hubiese comprado o de quien estuviese pagando por habitarla. Los recuerdos difícilmente se actualizan en materia de transacción de bienes. Pero eran las seis de la mañana y no podía golpear la puerta para preguntar a los habitantes si la dejaban pasar al patio a buscar algo. Entonces ¿qué iba a hacer?, ya estaba ahí, a metros de desentrañar el gran misterio, no podía volverse con las manos vacías.

Caminó hasta el frente de la casa y vio que el patio tenía un tapial que lo separaba de la vereda. Decidió saltarlo y meterse sin consultar, si hay algo que tienen los pueblos es que los perros son parte del aire porque no son de nadie, difícilmente podía encontrarse con un bulldog refunfuñando detrás del tapial.

Le costó saltar, a pesar de que la pila de ladrillos no alcanzaba el metro Berta no estaba como para dar su mejor performance. Se sentía nerviosa, temía que alguien de la casa la escuche o que un vecino la vea y alarme a la gente del lugar.

Colgada del tapial recordó a Judit Sorda y pensó en comunicarse con ella para sugerirle que mencione entre las mujeres actuales a “las que saltan tapiales” o mejor a “las que se meten en expediciones no predecibles”. Pero desestimo la idea, con tanta fama Judit no iba contestarle el teléfono y además no le interesaba decirle nada, si total vivían en distintos mundos.

Se encontró con que el patio que de niña le parecía una especie de Parque Jurásico, ahora era un jardín para infantes, pequeño y sin las flores que su abuela cuidaba como a un tesoro botánico. Lo único que permanecía, que resistía el paso del tiempo y de los habitantes, era el Palo Borracho. En lugar del Jazmín del Paraguay había un Cactus insípido, sintió que la dulzura había pasado de moda. Las flores tampoco estaban más. Igual recordaba donde habían estado así que camino diez pasos desde ahí y se paro en medio del árbol y del lugar que alguna fue Jazmín. Logró ver el asador. Estaba parada sobre el pasto empapado de roció y los primeros rayos de sol comenzaban a iluminarle la cara. Lo único que le restaba era cavar un metro bajo tierra. Pequeño detalle que le era casi imposible de resolver, no tenia pala y además si emprendía una excavación la gente de la casa iba a escuchar ruidos y salir al patio, ¿Qué iba a decirles? ¿Como explicaba el hecho de estar a las seis de la mañana cavando un pozo en patio ajeno?

Pero no podía irse y dejar todo atrás, había encontrado esa nota y tenia la certeza de que aunque lo intentase nada volvería a ser igual. Comenzó a sentirse estúpida. Permaneció parada por lo menos veinte minutos, inmutable, en el mismo lugar. El sol ahora le iluminaba todo el cuerpo y su historia y la de su familia se le sucedían en miles de fotos que pasaban una tras otra sin cesar. Tenía los ojos cerrados. Comenzó a tararear la última parte de la canción de Fito: “Hay un boomerang en la city mi amor. Todo vuelve como vos decís”. Por fin imágenes en movimiento. Por fin un buen Retro track. De pronto, dijo las palabras mágicas y se convirtió en la mujer invisible, en la que también tenia el súper poder de atravesar materiales solidos y por ende llegar bajo tierra sin excavar. Se dijo “¡guau!, la llegada de mi toque de suerte justo en este lugar”. Atravesó la tierra. Encontró una valija. La abrió. Había un sobre, una boina y un cuaderno. La última hoja del cuaderno decía:

“21/7/1978. Gaspar salió de casa para ir a una cita con el Oso y no volvió más, fue hace dos días, sé que se lo llevaron, sé que ahora pueden venir por mí, quiero desaparecer con él, quisiera poder ser invisible, viajar en el tiempo y aparecer cuando este infierno no exista más. Encima hoy es su cumpleaños, le había comprado una boina que le encantaba. Tomé mucho, es lo único que me permite fantasear con un rencuentro y un abrazo en algún lugar. ”

Berta abre el sobre. Saca una foto en blanco y negro. Un joven de lentes y pelo claro sonreía. Era eso. Era él. Parecía mirarla y decirle que por fin lo veía.

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                                                                            LUCÍA  B.

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-