"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




6 de Agosto, 2012


ANTONIO DAL MASETTO

Publicado en Ensayo el 6 de Agosto, 2012, 10:23 por MScalona

Antonio Dal Masetto: “Los libros ayudan a combatir la soledad”

Acaba de concluir una trilogía dedicada a Italia, su tierra de infancia, y buena parte de su obra está siendo reeditada. En diálogo con Ñ habla de su condición de inmigrante y de sus luchas por forjar un camino en la literatura.

Por Diego Manso

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revista Ñ

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Cuenta Antonio Dal Masetto que todos los días se obliga a escribir “una determinada cantidad de horas”. Su método –adelantémonos al lector perspicaz: es cierto, no lo inventó él– consiste en sentarse frente a la máquina aun cuando siente que no tiene nada para decir. “Incluso sirve escribir que no se sabe qué escribir, eso es muy probable que conduzca hacia algún lado en algún momento”, dice. Cuenta Dal Masetto que muchas veces se levanta a mitad de la noche para cambiar algo de lo que dejó escrito, de pronto en la cama se le ocurre una resolución para algún problema de estructura. Para él, escribir es estar a la espera de las ideas y no al revés. Y una forma de saldar deudas, dice. Como ha hecho con su hija, que lo acompañó durante uno de sus viajes de regreso a Italia –el país donde nació y pasó toda su infancia– y a quien le dedica su novela más reciente, Cita en el Lago Maggiore , con la que cierra una trilogía admirable que inició en Oscuramente fuerte es la vida (1990) y La tierra incomparable (1994, ganadora del premio Planeta Biblioteca del Sur), donde homenajea a su madre, a la tierra de su niñez y “a todos los que volvieron buscando lo que ya no estaba”.

Paralelamente, la editorial El Ateneo comenzó a reeditar toda su obra: “En general, los libros míos se siguen vendiendo, no sé si mucho o poco. Desde la primera novela, Siete de oro , están todos vivos”, dice. Además de la trilogía, se han reeditado El padre y otras historias , Demasiado cerca desaparece , Siempre es difícil volver a casa (que fue llevada, lamentablemente, al cine por Jorge Polaco y que ahora va a dirigir en EE.UU. el hijo de Constantin Costa-Gavras, Romain) y Hay unos tipos abajo (filmada en 1985 por Emilio Alfaro y Rafael Filippelli). Habla Dal Masetto con Ñ en su departamento de Recoleta. Es un tipo que parece medir lo que dice, como si escribiera. O quizá por el carácter autobiográfico de casi toda su obra, será que todo lo que dice ya ha sido escrito de una forma u otra.

¿Tenías 12 años cuando llegaste a la Argentina?

Así fue, durante la última oleada de emigración europea, después de la Segunda Guerra Mundial. Aquí hubo tres oleadas, una antes de la Primera Guerra, entre 1800 y 1914; otra entreguerras y la que nos tocó a nosotros, que fue la última. Viajamos mi hermana de ocho años, mi madre y yo. Mi padre había venido un par de años antes.

¿Cuál fue tu primera imagen del país?

El puerto, muy fugaz, muy rápido. El puerto y el tren en Retiro.

¿Tenías una idea previa de lo que te ibas a encontrar?
Que no coincidía con la realidad. Pese a que mi padre mandaba cartas –tampoco se ponía a describir mucho ni era un literato–, yo tenía una imagen que por ahí se parecía más a México o al Oeste de los Estados Unidos, por los libros de aventuras y por las historietas que leía. Tenía la idea de los caballos, porque leía mucho a Salgari.

¿Pero Salgari escribió sobre la pampa?
No, la pampa no… Bah, no sé si habrá escrito alguna novela sobre la pampa.

Pero los caballos te daban una idea de la Argentina…
Sí, los hombres de a caballo. Creo que nunca había visto alguno, salvo en las películas... Cuando tomamos el tren en Retiro fue para ir a la casa de unos parientes en Bella Vista, donde nos quedamos un día o dos y después nos tomamos el tren de nuevo a Salto, un pueblo de la provincia, a doscientos kilómetros de Buenos Aires, donde nos radicamos... Mientras iba en el tren veía por la ventanilla el campo, los gauchos…

¿Otra imagen?
El pueblo, claro... Sucedió lo de siempre, mi madre estaba muy desilusionada. Ella no quería venir.

¿Y vos?
Yo sí… Bueno, sí y no. O sea, me costaba mucho dejar lo mío. Había pasado toda mi infancia pescando, nadando, cazando, subiendo montañas... Pero también, como supongo que le ocurre a cualquier chico a esa edad, me tentaba la idea de aventura, cruzar el mar e ir a América que siempre sonaba como un lugar fabuloso…

¿Con qué te encontraste?
Con un pueblo chato, aunque me adapté rápidamente. Al principio, tuve que soportar un poco las burlas de los pibes, eso sí.

¿Por qué?
Por la ropa que traía, hasta que mis padres se avivaron, fueron a una tienda y me compraron unos mamelucos. Yo venía con unos pantaloncitos que parecían de una película de Vittorio De Sica.

Con los tirantitos cruzados...
Sí, así. Muy cortitos se usaban los pantalones en Italia por aquel tiempo, entonces los pibes de acá se hacían una fiesta con eso… Luego me integré bien, porque empecé a jugar al fútbol en las inferiores de un club. Como más o menos piloteaba la pelota con cierta discreción, integrarme fue más fácil. No hacían falta palabras en el fútbol, yo hablaba muy mal todavía.

¿Por el idioma te burlaban?
Claro. Sin embargo, un hecho muy importante en el pueblo fue el descubrimiento de la biblioteca pública, una de esas fundadas vaya a saber por quién a principios del siglo pasado, seguramente por algún anarquista. Así que empecé a concurrir, sacaba libros, aprendía el idioma… Elegía por los títulos, porque salvo Salgari o Verne, desconocía absolutamente todo.

¿En Italia ya leías?
Leía mucho, pero libros de aventuras.

¿Allá cómo accedías a los libros?
Me los compraba mi mamá.

¿A qué se dedicaba ella?
Trabajaba en una fábrica. Mi padre también.

¿En la misma?
No, mi padre trabajaba en la fábrica de gas y mi madre en una algodonera. Obviamente la pasábamos mal, sobre todo del 43 en adelante... Era una zona que, por estar bastante preservada, sólo había tenido un par de bombardeos… Bombardeaban las fábricas. Cuando terminó la guerra yo tenía siete años, así que tengo una memoria muy vívida de esa época. Nuestra casa no estaba en el pueblo, sino un poco en las afueras. Y el pueblo estaba acordonado por puestos, cada calle tenía uno, como fortalezas en miniatura, porque en la montaña estaban los partisanos, que bajaban de noche. Todas las noches bajaban y, tras el toque de queda, venía el tiroteo. Nuestra casa estaba en el medio, en una zona aislada. Los partisanos no pasaban, pero se quedaban detrás de nuestra casa, entonces los tiros venían de un lado y del otro. Me acuerdo de mi madre tirando un colchón en el suelo, en un rincón, lejos de las puertas y las ventanas… La casa estaba llena de agujeros.

¿Y tu padre?
A él le tocaba muy a menudo el turno nocturno en la fábrica de gas, era rotativo. En general, al que le tocaba ese turno se quedaba en la fábrica hasta la mañana siguiente, pero mi padre era un montañés cabeza dura que volvía a casa tras el toque de queda. Recuerdo a mi madre parada en la puerta, en la noche oscura, porque no se podían prender las luces, esperándolo. Tres de la mañana, cuatro de la mañana... A veces se demoraba. Lo tirotearon en varias oportunidades y él se tiraba en una zanja. Venía en bicicleta. Mi madre le decía que por qué no se quedaba en la fábrica, lo quería matar mi madre. El único argumento de mi padre era “yo quiero dormir en mi cama”. Una especie de empecinamiento contra Hitler y Mussolini, ¿viste? “Habrá guerra, pero yo quiero dormir en mi cama y en mi casa”, decía. Le habían quitado todos los derechos, durante la guerra todos los derechos quedan abolidos, pero él reivindicaba el de dormir en su propia casa.

Más allá de estar en contra del fascismo, ¿tenía una filiación política concreta?
El decía que era comunista. Tenía un grupo de amigos, pero nunca vi que militara. Era común que la gente obrera, de trabajo, fuera socialista, comunista.

¿Cómo fueron esos dos años en los que él ya estaba en la Argentina y ustedes seguían en Italia?
Fueron años de expectativa, porque sabíamos que en algún momento íbamos a partir también. Entonces se veía cómo se estructuraba esa partida, se vendían las cosas de la casa, la cama, los muebles…

¿La casa era de ustedes?
Sí, la había construido el padre de mi madre, que también era un obrero. El terreno venía de mi bisabuelo, que lo había comprado o se lo había ganado en un juego de cartas, nunca se supo muy bien. Y mi abuelo fue construyendo poco a poco, ladrillo a ladrillo. Tardó años. Finalmente la heredó mi madre.

¿Cómo era la casa?
Tenía una planta baja y un primer piso y un terreno con unas hileras de vides, porque mi padre hacía vino... Tenía frutales, hortalizas. Era típico que los italianos cultivaran siempre su pedacito de tierra.

¿Qué fue de esa casa?
Quedó ahí, mi madre no la quería vender por nada del mundo, pero finalmente pasaron algunos años y mi padre la convenció. Así que la terminaron vendiendo por poder. Hay algunas historias de los regresos de mi mamá…

Que las contás en “La tierra incomparable”...
Hay una visita de mi madre a la casa, donde ocurre lo de siempre en los regresos, la gran desilusión… Incluso, cuando yo volví por primera vez a Italia, la respuesta fue una gran desilusión. Uno va a buscar lugares donde supuestamente ha sido feliz y ese es un error muy grande. Uno sabe que no va a encontrarse con nada de aquello que supone que está buscando, pero comete el pecado de buscarlo. Y después lo paga.

¿Cómo se paga?
Con el impacto que te produce, la imposibilidad de integrarte.

¿Cómo?
Te lo cuento gráficamente: las calles, los puentes sobre los ríos, un muro que recordaba, todo eso seguía siendo mío hasta cinco minutos antes de entrar en el pueblo. Yo lo había mantenido en la imaginación durante muchos años. Sin embargo, cuando me tocó enfrentarme con esas cosas, era imposible conectarme, se habían ido, ya no eran mías. Se habían convertido en otra cosa.

¿En qué?
En otra cosa. Otra cosa. Cuando volví por primera vez al pueblo, lo único que se me ocurrió fue salir a caminar. Caminaba todo el día, subía una colina, cruzaba los puentes, iba y venía… Como si tuviera la vaga ilusión de que gastando zapatos, pisando la tierra y las piedras, pudiera conectarme otra vez. Se trataba de cansar el cuerpo, agotarlo, llegar al final del día e ir al hotelito donde estaba parando, tirarme en la cama, dormir, y al día siguiente volver a caminar. Una manera de reconquistar el lugar.

¿Se reconquista?
Algunas cosas… Después cambia la perspectiva y uno aprende que es imposible.

¿Y esa felicidad pretérita que fuiste a buscar? ¿Era felicidad u otra cosa?
Cuando se piensa en la infancia, salvo que te hayan ocurrido cosas muy desgraciadas, uno rescata sólo las cosas buenas. Y para mí todo era maravilloso.

Pero estaba la guerra.
Pese a la guerra, te digo. La guerra es un recuerdo claro, pero está aparte. Uno recuerda la luz, la nieve, las estaciones, la pesca. Yo era muy fanático de la pesca, vivía pescando….

Volvamos a Salto, entonces, al momento donde descubrís la biblioteca pública.
La biblioteca fue importante para mí, sobre todo por un hecho concreto: quizá por el trasvasamiento de un continente a otro y de un idioma a otro, había una parte mía que era muy secreta, dolorosa y oscura, que me aislaba del mundo.

¿Cómo?
Estaba convencido de que era algo personal, imposible de comunicárselo a nadie, estaba seguro de que nadie lo iba a entender… Pero me pasó algo en la biblioteca:un día saqué un libro, no recuerdo ni quién era el autor, donde el personaje principal era un joven que contaba exactamente lo que me pasaba a mí. Entonces me fascinó. Mi conclusión fue: “si alguien cuenta esto es porque lo vivió y si alguien lo vivió significa que hay otro al que le pasa lo mismo que a mí; y si hay uno puede haber muchos iguales que yo. No estoy solo en el mundo”. Fue extraordinario ese descubrimiento.

¿Y qué era eso tan oscuro que te pasaba?
Nunca lo supe. Era como una cosa confusa de dolor e impotencia, de desubicación…

En fin, la adolescencia...
Supongo que lo que descubrí en ese momento es que, entre las muchas virtudes de los libros, una de ellas es ayudar a combatir la soledad.

¿Seguís pensando en eso?
Absolutamente… Estoy convencido.

¿Qué libros leías en ese momento?
Leía un poco de todo, lo que sacaba… Había algunos que directamente no los entendía, leía una página y los devolvía. Otros me resultaban aburridos, pero fui descubriendo nombres: ahí descubrí a Dostoievsky, a Stendhal... A Stendhal lo elegí porque el título, Del amor , tenía mucho gancho para un adolescente. Las pibas que me gustaban eran inalcanzables, me gustaba la hija del doctor o la hija del abogado, que en la pequeña escala social del pueblo pertenecían a un lugar un poco más alto. Yo seguía siendo el gringo…

¿Ahí escribías algo?
Supongo que algún poemita, como todo el mundo.

Después la poesía me resultó algo imposible de abordar. Y lo lamento, porque para mí es la expresión más alta de la palabra, la única que se acerca al misterio de la existencia. No es que devele el misterio, pero hay como un roce en algunos poetas que te produce estremecimiento y ese estremecimiento es una forma de conocimiento que no se concluye, pero que de alguna forma te acerca a algo. Una vez, hablando con Miguel Briante, le comenté que lamentaba mucho no haber podido escribir poesía y él me dijo “Al final, la prosa es nostalgia de poesía”.

¿No escribiste un cuento con eso?
Sí, cuando él sufrió el accidente y murió. En el cuento nos encontramos y volvemos al mismo diálogo, él me dice: “La prosa es nostalgia de poesía” y yo le pregunto: “¿La poesía es nostalgia de qué?”

¿Se puede decir que algunos de tus escritores más admirados son poetas?
Sí, están dentro de los más admirados. Leo y leí siempre poesía, fundamentalmente algunos italianos, Salvatore Quasimodo, Eugenio Montale, Giuseppe Ungaretti… Ese trío siempre lo tengo como presente, de vez en cuando leo algún poema de ellos...

¿Nunca escribiste en italiano?
Al principio, pero sólo cartas a algún amigo del colegio…

¿Literatura?
Nunca, porque me empeñé mucho en afirmarme en este idioma.

¿Cuándo llegaste a Buenos Aires?
Me vine a los 17 años. Una noche me fui de mi casa, sin decirle nada a nadie.

¿Cómo que no avisaste?
No avisé porque era crear un conflicto, preferí irme en un ómnibus que salía a las 5 de la mañana o una cosa así. Me largué a ver qué pasaba con la ciudad, una nueva inmigración… Yo no había estado nunca en una ciudad grande, no llevaba plata más que para vivir quince días o poco más… Llegar, buscar una pensión donde vivir, comprar el diario al día siguiente y salir a buscar trabajo...

¿Tu madre se enteró por la mañana que vos ya no estabas?
Mirá, fue un poco más complicado... Mi madre oyó ruido y me vio haciendo la valija, entonces quiso despertar a mi padre, pero le pedí que no lo hiciera, que por favor no… Una situación un poco dolorosa para ella.

¿Para vos no?
Yo necesitaba hacerlo, quería saber qué pasaba más allá. Creo que es bastante común que un joven si tiene una montaña enfrente quiera ver que hay detrás. Así que un día sube y mira qué hay del otro lado. Y la ciudad para mí estaba al alcance de la mano.

Acá te instalaste en una pensión, me decías.
En una habitación con cinco tipos más.

Sarmiento y Talcahuano, pleno centro. Ahí empecé a trabajar, primero de cadete, después en una fábrica, luego de vendedor ambulante.

¿Escribías?
No, ahí no escribía nada, no había empezado. Ya te digo, había escrito sólo algún “doloroso poema de amor” a alguna noviecita…

¿La fantasía del escritor existía en vos?
Había una semilla. Supongo que en algún momento, al leer algunos de los tipos que realmente me interesaban, debo haber dicho, “también tengo cosas para contar y tal vez pueda hacerlo”. Pero de ahí a lanzarme, no tenía ningún referente. Además, yo vine a Buenos Aires con la idea de buscar un maestro para pintar…

Algo que está presente en tu última novela.
Lo he contado, sí. Las monjas del colegio en Italia me habían convencido de que iba a ser un gran pintor, porque dibujaba bien en los cuadernos de la escuela. Ellas me decían “el pequeño Giotto”.

¿Por qué?
Uno de mis trabajos, cuando volvía del colegio, era sacar a pastar tres o cuatro ovejas que teníamos. Las llevaba a orillas del río y mientras hubiera luz estaba con ellas, cuidándolas… Según la leyenda, Giotto era hijo de pastores y su trabajo era sacar a pastorear las ovejas, las dibujaba sobre las piedras lisas que encontraba, con un pedazo de carbón. Pasó un día un pintor famoso de la época, lo vio, se lo llevó a su taller y así Giotto se convirtió en un renovador de la pintura. Entonces las monjas relacionaban estas dos cosas. Creo que en la opinión de ellas influyeron más las ovejas que lo que yo dibujaba.

¿Encontraste maestro en Buenos Aires?
Me di cuenta de que el oficio de pintor es caro, que en las condiciones en que yo vivía, con cinco tipos en una misma pieza... Para pintar, necesitás un espacio amplio y para escribir, con un lápiz y un cuaderno ya está.

¿Encontraste el maestro o no?
Cerca de la pensión estaba una sede de Unione e Benevolenza; un día pasé y leí un cartel que decía “Clases de dibujo gratis”... Había unos yesos y yo dibujaba los yesos, eso fue lo máximo que hice. Después ocurrió lo de siempre: conocés a una persona en una librería que al mismo tiempo te conecta con otra...

Me hice amigo de dos o tres y me acoplé al proyecto de sacar una revistita, así empecé a escribir los primeros cuentos.

¿Entre tus lectores inmediatos aquellos cuentos tuvieron la repercusión suficiente como para hacerte pensar que podías dedicarte a eso?
Ahí ya me sentía lanzado, pero noté que ese era el camino cuando empecé a publicarlos. Después los junté, los mandé a Cuba, a la Casa de las Américas, donde tuvieron un primera mención...

Pero durante un tiempo largo alternaste la literatura con otros trabajos.
Casi siempre, hasta bien avanzada la vida. Hasta que en algún momento empecé a escribir para revistas, a hacer un poco de periodismo. Salvo en la revista Confirmado, allá en los años 60, lo que me impuse y logré fue que me otorgaran un espacio donde pudiera escribir lo que se me diera la gana. Entonces no hacía periodismo, sino literatura disfrazada de periodismo.

¿Formabas parte de algun grupo?
Yo no lo llamaría grupo, pero tenía amigos firmes. Te nombré a Briante, pero también estaban Jorge Di Paola, Osvaldo Soriano… No es que formáramos un grupo, pero éramos amigos, intercambiábamos ideas todo el tiempo.

¿Dónde se juntaban?
Los lugares eran los bares de Corrientes. Y en el Bajo, íbamos a comer a un lugar que se llamaba El Cañón, que no existe más...

¿Ahí es donde nace tu fascinación por el Bajo?
Sí, siempre me gustó el Bajo, pero dio la casualidad que me fui a vivir ahí. Cuando me instalé y empecé a vivirlo desde adentro justo estaba escribiendo una columna en Página 12: empecé a detectar estos personajes maravillosos que te ofrece Buenos Aires de noche, que son inagotables. Los lectores de Gente del Bajo , el libro que reúne esos textos, me decían, “qué imaginación”, y para nada, eran todos personajes reales. Parecen imposibles, pero andan por ahí... Desde hacía rato tenía la idea de que cada lugar al que uno se muda, ya sea irse de un continente a otro o cambiarse de barrio, es un territorio a conquistar. Aterrizás ahí y tenés que conquistarlo. Hacerse amigo de las cosas, recorrrer, entrar en sintonía... Eso me pasó con el Bajo, un lugar que me pertenecía absolutamente.

¿Cómo es tu vida ahora que todos los amigos que me nombraste están muertos?
Estoy bastante aislado ahora, de vez en cuando me encuentro con algún amigo que escribe, Guillermo Saccomanno es mi amigo más firme, pero ahora está viviendo en Villa Gesell. No veo mucha gente. Nunca participé demasiado de eso que se llama “vida literaria”, salvo en los 60… Nunca participé de reuniones ni fui a presentaciones, siempre les huí. No soy muy sociable.

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-