"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




GABRIEL CACIORGNA

Publicado en Cuentos el 5 de Agosto, 2012, 22:08 por MScalona

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“Maniquí desnudo entre escombros. Incendiaron la vidriera, te abandonaron en posición de ángel petrificado. No invento: esto que digo es una imitación de la naturaleza, una naturaleza muerta. Hablo de mí, naturalmente”.  Alejandra Pizarnik

 

 

 

OBRAS PARTICULARES

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Le llovieron críticas y escombros iridiscentes desde la obra lindera. Ya hacía unos días que el estallido era inminente y un error minúsculo sirvió de detonante. En unos cuantos segundos sus compañeros de oficina le escupieron lo que pensaban y él venía suponiendo. Su  falta de habilidad para los negocios y su relación sentimental con la hija del dueño de la constructora, lo volvieron carne de cañón. En realidad, Mariano era presa fácil en cualquier confrontación. No se defendía. Ese era su modo.

Llegó y se acostó a dormir. Anochecía cuando despertó y pudo advertir, al abrir las persianas, que el patiecito de su departamento estaba regado de cascotes celestes y polvo fluorescente. Maldijo otra vez aquella obra y optó por darse una ducha, confiando que el chaparrón venidero lo salvaría de la limpieza.

Estaba cómodamente sentado viendo televisión, cuando lo envolvieron dos siluetas. Recién ahí advirtió que había dejado las rejas abiertas. Ya era tarde.

 

Vivir en departamento le costaba demasiado. Habían pasado sólo cinco meses desde la mudanza. Eran apenas unos cuarenta metros cuadrados – más no pudo pretender con el modesto legado familiar-, pero al menos tenía un pequeño patio. Fue su novia quien le insistió en enrejarlo, ya que era peligroso tratándose de un primer piso. Y él accedió – siempre lo hacía– aunque solía dejar las puertas-balcón abiertas para no sentirse prisionero. Amaba la libertad. A eso lo había heredado de su madre, un alma cosmopolita que lo dejó siendo un niño al cuidado de sus abuelos, y con quien sólo compartió unos cuantos momentos, como si fuera una prima segunda de París que venía a visitarlo cada dos veranos.

 

Le vendaron los ojos y lo ataron de pies y manos con unos cables. Mientras oía cómo exploraban palmo a palmo el departamento, pensó que seguramente habían entrado por la obra de al lado, lo que lo indignó aún más. Se dio cuenta de que desconectaban la Play 2 que se acababa de comprar  y rogó que no se la llevaran.

- Callate o sos boleta - le contestó uno de los ladrones -.  Y vos decile a tu novia que se deje de joder con los mensajes, que estamos laburando - le gritó al otro, abocado más a su ringtoneante teléfono que a la pesquisa.

-  Ahora vamos a necesitar que cooperes o la vas a pasar muy mal. ¿Dónde tenés  guita? ¡Cantá o esto se pone feo!

- En la billetera… primer cajón del escritorio – vociferó, con la esperanza de que no encontraran los ahorros para el viajecito a Europa, que había escondido en una caja de zapatos.

-  ¿Dónde hay más bolsos? Con la valija y este bolsito de mierda no nos alcanza –  oyó decir al otro a unos metros.

- No tengo.

- Acá encontré bolsas de consorcio.

Luego pudo percibir cómo levantaban la notebook y el DVD. En segundos el revoltijo se  trasladó al dormitorio.

- ¡Éste es un cheto bárbaro!

El ruido de cosas desparramándose en el piso lo inquietó. Intentó zafarse, pero no pudo. Por segundos imploró a Dios – si bien no era un muchacho de fuertes convicciones religiosas - que algún vecino, notando algo extraño, irrumpiera en el departamento o diera aviso a la policía. Pero era casi imposible, en un edificio con sólo tres unidades habitadas.

- ¡Ni una cerveza en la heladera!... Sólo Coca light y Gatorade… Umm, medio maricón. ¡Mirá…! ¡“A-minoá-ci-dos! ¡Es la papota del nene!

- ¡Menos mal que te pedimos que colabores, hijo de puta¡ ¿Pensaste que no sabemos buscar, boludo? – le gritó el maleante.

Había encontrado los dólares.

- ¡Es un hijo de puta! Ponelo a dormir un rato – escuchó antes de la golpiza.

 

Se despabiló deseando que hubiera sido una pesadilla, pero seguía con los ojos vendados y las manos atadas. Sólo le habían aflojado los cables de los pies. A duras penas y luego de varios tropezones, pudo tomar el picaporte y bajar a ciegas las escaleras.

Pidió ayuda a gritos y quedó tirado en el palier del edificio, muerto de dolor. Luego de una espera interminable, lo liberó el matrimonio del séptimo B.

Lo primero que intentó al día siguiente fue hacerse oír por los encargados de la obra. El recinto seguía amurallado por chapas y medias sombra. Dio un par de puñetazos contra la lámina que hacía las veces de puerta de ingreso, sin que nadie le respondiera. Volvió a la cama.

 

- Nano, no te levantes de golpe que te vas a marear- sintió la voz de su tía Isabel y la persiana que se abría.

Medio somnoliento logró incorporarse, aunque le costaba soportar el dolor. Miró hacia el patio y los escombros habían desaparecido. Se vistió y, como un acto reflejo, quiso agarrar el celular de la mesa de luz.

 

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- ¿Cuánto lo pagaste?

- Trescientos mangos.

- Una ganga. ¿Es made in Tierra del Fuego?

- ¿No te das cuenta de que es afanado? Hasta tiene la foto del dueño como fondo de pantalla.

- ¡Qué bueno que está!

- No los llamé para que opinen sobre el aparato.

- Yo hablo del tipo, me ofrezco para devolvérselo en persona.

- ¡Quiero contarles algo serio, Amanda! Lo compré esta mañana y, desde hoy al mediodía,  me llaman para amenazarme.

-  Debe ser el dueño.

- ¡Uy, Guille! Esos celulares tienen GPS, enseguida pueden ubicar a quien los tiene.

Guillermo les explicó que las amenazas no parecían del dueño del equipo, sino dirigidas a él. Que le advertían que se habían dado cuenta de que les estaba jugando por izquierda con los terrenos de zona norte y que eso iba a llegar a oídos de su jefe. Que las cosas se le pondrían fuleras, que le daban dos semanas para solucionar todo o le iban a quebrar las piernas. Y que lo puteaban sin darle tiempo para emitir palabra.

Agregó que al mediodía le avisaron que acababan de “dejarle un regalito” en la obra de San Lorenzo 666, y que de pura curiosidad había pasado por allí con la moto. Era un edificio casi terminado al cual le habían hecho estallar todos los vidrios del ingreso hacía una hora con una bomba molotov, según decían los vecinos.

- ¿A vos quién te manda a comprar cosas robadas?

Amanda comenzó con sus digresiones sin darle tiempo al muchacho de ensayar una respuesta. Explicó que el capitalismo trastoca las elecciones personales distorsionando el mecanismo de fijación de prioridades, que de repente uno se encuentra a un montón de gente dándose una vida que no puede a expensas de los demás.

-  ¡No seas tarada Amanda! Estoy cagado en las patas, no sé si devolver el celular o pagarle al primo de Vale para que me lo resetee.

- Mirá lo que es ese bombón, cómo vamos a  dejarlo sin piernas… - bromeó la muchacha, procurando descomprimir la situación –. Yo creo que tenemos que tratar de devolverlo; ésto está lleno de datos, llamamos y vemos qué onda, si nos parece gente pesada se corta todo.

- ¡Qué ganas de cagarte el finde, Guille! ¿Y si piensan que vos lo  robaste?

- Si piensan eso, que se jodan. Les voy a aclarar que lo compré a unos pendejos y que sólo quiero recuperar la guita.

Al desplegar el directorio de contactos, buscaron subjetivemas, sin dar con un “mami”, “casa” u otro término que les facilitara la tarea. Tuvieron más suerte con las llamadas. Las únicas identificadas eran de la tarde del viernes y estaban dirigidas a una tal Irene. Todas registradas como “perdidas”.

- ¡Pobre, tipo! Se la pasó llamando a esta mujer y nunca le contestó. Es un nombre de vieja, ¿no? Seguro debe ser la madre – sentenció Facundo.

Amanda lo miró con rabia, mas no quiso abrir el debate.

Llamaron varias veces a ese número. Nadie respondió.

 

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Su vida empezaba a resultarle insípida. Su rol de nena mimada de buena familia no la entretenía como antes. Además, a su familia le quedaba poco de buena y poco de familia, era sólo una fachada. Su padre, un hombre de negocios full time; su madre, siempre de shopping o de viaje; el hermano, peregrinando de clínica en clínica para superar sus adicciones y la cuñada, siempre en el rol de viuda anticipada. Se acababa de recibir de pediatra y no lograba soportar los berrinches de sus sobrinos. Frente a este panorama, Mariano se había transformado en su refugio o, más bien, en su fetiche.

Encaprichada con él – ella era incapaz de enamorarse -,  se encargó lentamente de ejercer un velado dominio sobre el muchacho: le consiguió trabajo en la constructora familiar, intervino activamente en la elección del  departamento, le “sugirió” el color de las paredes, los muebles, el diseño de las rejas y hasta un psicólogo, que además le filtraba bastante información. Ahora estaba abocada a que el tipo le propusiera matrimonio.

La falta de reacción de Mariano frente a sus presiones, despertó en ella una violencia inusitada. Tal vez por eso el jueves lo había esperado a la salida del gimnasio para aclararan las cosas definitivamente. En realidad, no lo había esperado, lo había sacado literalmente de las orejas del área de musculación frente a la mirada impávida de los bodoques que cumplían sus rutinas de entrenamiento.

Él no se defendió, sólo dejó que le gritara a mansalva,  le recordara otra vez todo lo que su padre había hecho por él en función de ese noviazgo y  lo culpara de la terrible depresión que decía atravesar. Sólo adujo que le costaban los cambios y que en ese momento sus sentimientos no estaban lo suficientemente claros para dar un paso tan importante.

- ¡Decime si hay otra! – le exigió en tono intimidatorio -, y va a ser la última vez que te dé la oportunidad de que me lo cuentes.

El sólo le esquivó la mirada, lo que exasperó a la muchacha, quien prácticamente lo depósito en el acceso del edificio.

Mientras la vio partir se dio cuenta que su bolso de mano con la llave y el celular había quedado en el auto. Sentado en cuclillas en el umbral de la puerta de ingreso al palier, fantaseó con treparse por la obra lindera, pero la longitud de las chapas lo hizo desistir.

Oyó una bocina; era el auto de Irene.

- En cualquier rincón te dormís vos. Vení a buscar tu bolso. Ahora podríamos estar en tu departamento pasándola bárbaro… ¿Te das cuenta de que sos un estúpido?, siempre arruinándolo todo. Olvidate de mí este finde, me voy por ahí. ¡Y no se te ocurra llamarme porque no te pienso atender!

Salió como tiro. En el camino llamó a Mechi para que preparara los bolsos. Se irían al Sheraton Pilar a mimarse un poco.

 

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Lo despertaron extraños ruidos que traspasaban la pared medianera. No era la primera vez que notaba el chirriar de los muros por las vibraciones contiguas. Creyó distinguir el perfume de Judith  entre vahos de gasas embebidas en alcohol y  escuchar a  Lucas y Poli murmurando con tía Isa en el comedor. Decidió levantarse.

Pero estaba solo en el departamento. Encontró sobre la mesa cajas de analgésicos y ansiolíticos distintos de los que venía consumiendo desde hacía un par de meses. También estaban anotados en una hoja los teléfonos de Adriana y Ricardo, los vecinos del séptimo B.

Logró recordar que momentos antes ellos lo visitaron y él había tratado de desentrañar si sabían algo sobre lo que se estaba haciendo en el terreno aledaño, pregunta retribuida con un inmaculado silencio; que eso lo alteró y les gritó si estaban dispuestos a seguir soportando que les arruinen la vida impunemente y que incluso terminó echándolos.

Tomó el ascensor para encararlos nuevamente, pero nadie respondió a sus llamados. Lo mismo sucedió en el quinto A y en el tercero B.

Otra vez acostado, la verdad se le reveló mediante sombras chinescas que se adueñaron del techo del dormitorio. Todo empezaba a adquirir una lógica impecable pese a su aparente inconexidad... Las chapas y medias sombra, los ruidos ensordecedores, la falta de responsables y caras visibles, el sigilo, los movimientos telúricos, la singularidad de los escombros, los pájaros que, de tanto en tanto, aparecían muertos en el patio… el edificio fantasma, el pacto de silencio entre unos pocos vecinos, la terraza clausurada… los clientes de la química que exigían absoluta reserva y sólo trataban sus asuntos con Judith o directamente con su suegro, la conversación que interceptó accidentalmente hacía un tiempo, en la que hablaban de residuos patológicos y de las coimas que tendría que pagar… Y – por qué no - sus repentinos cambios de ánimo de las últimas semanas, sus lagunas mentales y la insistencia de Irene en casarse e irse… Un mecanismo de relojería suiza que condensaba lo que inicialmente nada tenía que ver. Les estaban enterrando mierda al lado.

Muchos iban a ser los afectados por la terrible inacción de un puñado de vecinos, tal vez justificable por intereses económicos. Si el proyecto no se detenía a tiempo, las funestas situaciones que a él le tocaban atravesar en este momento por su evidente proximidad física con el foco de asunto, pronto se esparcirían a otras personas.

Comenzó a pergeñar la presentación que – como primera medida – realizaría al día siguiente en Obras Particulares. Su experiencia en la constructora le serviría para manejarse.

Pero estaba extenuado y se durmió.

 

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- No hay caso, esta mujer no nos atiende. Habrá que fijarse en los mensajes de texto – afirmó Facundo.

- Los únicos que hay también son del ayer a la tarde y de una tal “Judit trab” – informó Amanda que por entonces ya tenía  pleno dominio sobre el aparato –. Éste o es muy prolijo o es un pirata. ¡Mirá las cosas que le dice la mina! Se ve que está re caliente con él, porque de trabajo, poco y nada. Y bue, no es para menos, con lo bien que está el tipo. Yo hubiera hecho lo mismo…

- ¡Ey, parece que te olvidaste el lío en que me metí! Cortala y dame, así la llamo del mismo teléfono y me ahorro explicaciones. Cuanto más pienso en cómo quedó ese palier, más me asusto. En definitiva, al celular lo tengo yo ahora.

- ¿Qué le vas a decir?

- Lo que me salga. Deséenme suerte.

 

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Judith atendió enseguida. No le asombró ser quien recibiera el llamado del portador del celular. Últimamente, todos los avatares de la vida de Mariano desembocaban en ella. Incluso tuvo que contenerlo en sus recientes crisis nerviosas, lo que le daba pauta de que él verdaderamente la quería y se permitía mostrarse vulnerable en su presencia. Además, era experta en problemas psiquiátricos; su madre le había exigido un notable entrenamiento en la materia.

Desde hacía algunas semanas las cosas venían empeorando, ya que Mariano sucumbía en plena actividad laboral, cometiendo errores garrafales. Por eso había resuelto asumir solapadamente una parte importante de las tareas que le asignaban a éste, en pos de evitar la proliferación de los rumores de oficina.

Sin embargo, la cuestión iba mucho más allá. Esporádicamente el muchacho perdía conciencia de sus acciones –  le había notado moretones y cortaduras en distintas partes de su cuerpo -, lo que la llevó a pasar mucho más tiempo con él, poniendo en riesgo la reserva de esa relación clandestina. Accedió incluso a pernoctar en su departamento, lo que le hubiera resultado inaceptable en otras circunstancias.

Judith era una mujer empalagosamente atractiva, pero con predilección por las relaciones complicadas. Prestidigitadora de los instintos masculinos, no dudaba del uso indiscriminado de su poder de seducción. Ello le valió, entre otras cosas, un rápido ascenso dentro de la empresa, transformándose en menos de dos años en la encargada de los más jugosos negocios inmobiliarios. Pero esta vez se había hundido en las redes del cazador más blandengue, con el agravante de que éste cayó en desgracia, poniéndola en la disyuntiva de comportarse como la joven compasiva que acompañó a una madre alcohólica y depresiva hasta el final de sus días, o ser aquella vampiresa que,  a usanza de la amante de su padre, dejaba atrás los cadáveres de sus amantes luego de la obtenida la tajada.

 

- ¿Quién sos? ¡Vos tenés el celular de mi novio!

- Mire señora, a mí me lo vendieron y si la llamo es porque quiero devolverlo, yo no tengo nada que ver. Pero están amenazando a este tipo y toda esta mierda me da mucho miedo. No tengo nada que ver. Sólo quería un Blackberry barato.

- ¿Amenazas?

- Sí, pero no voy a decir más nada. Yo quiero devolver ésto mañana mismo y al tipo que está en el fondo de pantalla.

- Pero mi novio no puede ir. ¿Vos querés plata? Por eso no hay problema.

- En serio, no me la complique. Sólo a él se lo voy a devolver. Y en un lugar concurrido… ¿Conoce el bar El Cairo?

- Sí, seguro.

- Bueno, que me espere a las nueve y media sentado en una de las mesas del lado de la ventana por Santa Fe. Yo entro, él me da trescientos pesos y le dejo el celular como está. Sin ninguna pregunta… Mire que si veo algo rato tendrá que buscar el aparato por los containers de la zona.

-  ¿No me lo podés dar a mí? Hasta te puedo dar  más plata.

- No la complique. No quiero sentirme responsable de lo que le pase a este tipo. Es así o no es. No me pida más. Hasta mañana.

La llamada se interrumpió.

Ciertamente, a Judith no le sorprendió demasiado el tema de la amenazas porque la cuestión de los terrenos para la planta de la química se había puesto densa y, ni bien decidió desviar el negocio a otras empresas inmobiliarias para engrosar sus dividendos, supo que se estaba metiendo con gente pesada. Mas la tranquilizaba que la cuestión no estaba definida y confiaba en que sólo intentaban presionarlos.

La cosa adquirió otro matiz un rato más tarde, cuando desde la constructora  la convocaron urgente por el atentado del edificio de calle San Lorenzo. Era evidente que Mariano corría peligro. Lo había hecho ver motu propio como un socio infiltrado del grupo inversor que llevaría a cabo la operación, y los involucrados reales se enfurecieron cuando el gerente emprendió personalmente las tratativas con el dueño de los terrenos, aguándole el negocio a todos.

Ni bien terminó la reunión en la empresa, se comunicó con Poli para averiguar si podían volver al departamento de Mariano. Allí se enteró de que acababan de avisarle a Irene del atraco y que a la medianoche ella estaría de regreso.

 

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Luego de hablar con Judith no atendieron ninguna de las llamadas que continuaban ingresando desde números desconocidos, pero Guillermo decidió responder cuando el nombre Irene apareció en el visor del aparato.

- ¡Negro de mierda, mejor que devuelvas el celular! ¡Vi que me estuviste llamando, decime cuánta guita querés, pero devolveme ya el celular!

- Mire, yo no quiero más quilombos… ya hablé con la novia del dueño y mañana a las 9.30 se lo devolvemos a él en persona en el Bar el Cairo. A él y a nadie más.

Cortó sin darle tiempo a responder. Igualmente, a ella no le hubiera convenido hacerlo.

 

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-  Despertate Nano, que avisaron tus amigos que necesitan hablar con vos. No sé si te diste cuenta que al mediodía anduvieron por acá. También pasó el matrimonio del séptimo a ofrecer su ayuda. Buena gente todos. Te voy a traer una sopita liviana, así comés algo antes de la pastillas.

- ¡Tía Isabel! ¿Qué hacés en Rosario?

Enseguida le afloraron algunas escenas del robo. Intentó recordar con más detalle, pero el registro de las últimas horas – o días, no podía saberlo en ese momento – era muy confuso. Tardó bastante para sentarse en la cama, mientras se quejaba de lo que costaba moverse.

- ¿Por qué te escribiste eso en el brazo?

Desconcertado por la pregunta, dirigió la mirada hacia su antebrazo y leyó escrito en birome con trazo débil y tembloroso “obras particulares”.

No pudo darle una respuesta. Sus propias acciones se volvieron un interrogante. Se  había producido una grieta, un recoveco, una especie de otro tiempo suyo que no lograba desentrañar…

- No sé qué decirte, tía. ¿A vos a qué te suena?

- Y… a lo hace que uno construye con esfuerzo,  a lo que va a quedar de uno. Yo que sé… hay que andar luchando para que quede algo de nosotros, para probar que estamos vivos. Es como dice el refrán, “no hay peor lucha que la que no se hace”. Ya te traigo el caldo.

Mientras se iba a buscar el plato, él sonrió.

- Es una oficina municipal, tía. Lo tuyo es demasiado poético. Mirá las cosas que hago dormido.

 

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Cuando llegaron los tres al departamento, la mujer los esperaba en el palier del edificio.

- Estoy desesperada. No sé qué hacer con este muchacho. Los del séptimo me contaron que vive quejándose de una obra en construcción, que les habla de eso obsesivamente y no saben qué responderle, que les hace lo mismo a los otros vecinos y al administrador. Que varias veces ha dejado abierta de par en par la puerta del palier y la chica del tercero se lo reprocha y él lo niega, que hasta lo han sentido abrir la puerta de la azotea de madrugada. La viejita de la casa de al lado también ha venido a decirme que está muy asustada porque la ha despertado varias veces de  noche;  le golpea el portón y la insulta y ella no le abre porque está como perdido. Yo sólo puedo quedarme unas semanas. Si este chico no repunta lo voy a tener que internar en Mar del Plata.

Conversaron varios minutos. Judith pidió estar un rato a solas con él. Debía preparar todo para el encuentro del día siguiente.

 

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Llevó a Mariano tal como lo habían estipulado la tarde anterior. Pese a que el bar recién abría, ya había comensales disfrutando del café y las medialunas. No era el caso de esta pareja.

La cara de Judith se desfiguró cuando vio a Irene caminar decididamente hacia ellos, aunque, acostumbrada a las rebeliones de las engañadas, la interceptó y la arrastró hasta el baño.

El joven quedó allí sentado,  casi en estado cataléptico. Ningún mozo se aventuró a acercarse a tomarle el pedido y Guillermo, al llegar y verlo en esas condiciones, maquinó que las amenazas ya habían empezado a consumarse. Pensó en dejarle el celular y salir corriendo, pero una especie de impulso, mezcla de sentido humanitario y morbo, se lo impidió.

 

- ¿Decime, que viniste a hacer acá?

- ¿Qué vengo a hacer? No me jodas, a avisarle que sé todo.

- ¿Saber qué?

- ¡No te hagas la boluda, ustedes andan! Ya me lo suponía, pero el jueves me dejó su celular servido en bandeja para que lo terminara de comprobar. ¡Cómo lo perseguís turra! Te tenías que quedar a dormir con él esa noche, hasta en fotos los tengo saliendo del departamento. Te voy a dejar sin laburo, ¡vas a tener que volver a putanear con los taxistas!

- ¡Andá a la mierda! Tu papá tiene el culo muy sucio,  tendrá que pensarlo muy bien antes de echarme. Si yo tiro del mantel también a vos también te va a llegar…  ¿Sabés qué? Me enamoré de Mariano y él de mí, no lo hago para joderte.

- ¿No entendés como son las cosas? Los tipos no se enamoran de minas como vos, se calientan nomás, se sacan las ganas. Te están encima hasta que un día ni te registran. Dedicate a robarle guita a los viejos y a acostarte con los inversores para cerrar contratos, que es lo que mejor te sale.

Estuvo a punto de pegarle una cachetada, pero se contuvo.

- ¿No te das cuenta de que Mariano está enfermo? ¿Que lo que menos le hace falta es que vos lo presiones con tus caprichos? Sos una mina vacía.

- Yo estoy al tanto de todo y voy a hacer que se recupere. ¿Sabés una cosa? Estoy embarazada. ¿Te lo contó Mariano? ¿Vos dejarías a un pibe sin su padre?

Y así le asestó el golpe de gracia a Judith. Ése era su límite.  La muchacha lloró ante la mirada impasible de la otra hasta que una moza irrumpió en el baño para avisarles que el hombre con el que estaban había tenido una crisis nerviosa, se había desmayado y una ambulancia venía en camino.

Manipuladora de mierda y puta fueron las últimas palabras que intercambiaron.

 

Lo que nos dicen nos define, nos inviste, nos construye.  Las palabras de los otros se convierten,  muchas veces y a fuerza de repeticiones, en un destino que se nos impone.

 

- Cómo gritaba ese loco, andá a saber qué le dijo el tipo que entró después.

- Pero ¿cómo te vas a alterar así por una obra? Estamos en el 2012 ¿a quién no le levantan un edificio al costado o atrás? Nadie zafa, le guste o no-  murmuraban a unos viejos en el trayecto hacia la mesa.

 

Mariano ya era atendido por una enfermera. Irene fingía preocuparse, pero internamente se vanagloriaba de haberse salido otra vez con la suya. Judith, se prendió un cigarrillo mientras repasaba cuántas veces le habían gritado puta en esos meses; le clavó la mirada a Guillermo - quien no pudo más que devolvérsela, obnubilado por la belleza de aquella mujer – y pensó que, al final de cuentas, no estaría mal retribuirle sus buenas acciones de los últimos días.

 

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GABRIEL CACIORGNA

 

 

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-