"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




5 de Agosto, 2012


KJELL ASKILDSEN

Publicado en Ensayo el 5 de Agosto, 2012, 22:43 por Sandra Fabi

Kjell Askildsen

 "Los relatos deben ser una minúscula obra de arte"


La felicidad es un cubito de hielo en verano: anhelado, de engañosa transparencia, con un poder guardado en sus miles de agujas hipnotizadoras y que apenas puede tenerse tres segundos en la boca porque quema. Sólo queda morderlo. Craaack... Destruirlo. Disfrutarlo. Añorarlo.

Es el mundo contemporáneo que refleja el noruego Kjell Askildsen (Mandal, 1929) cuando se sienta en su escritorio a escribir a mano sus historias, custodiado por una cerveza o una copa de vino. Y no tanto para bebérselas, sino más bien como comparsas. Benditas compañías que en 55 años de escritura lo han llevado a ser considerado uno de los escritores más importantes de Noruega, mientras su nombre avanza entusiasta por Europa. Sólo ha escrito diez libros, casi todos de relatos; tres de ellos editados en España: Un vasto y desierto paisaje, Últimas notas de Thomas F. para la humanidad y Los perros de Tesalónica (todos en Lengua de Trapo) y reunidos ahora en Todo como antes (Debolsillo). Askildsen presentará en Madrid, la próxima semana, su cuarto libro en España: Desde ahora te acompañaré a casa (Lengua de Trapo). Un regalo para conocer sus orígenes. Fue el primero en 1953.

"He escrito algunos principios, pero llego a un punto desde donde ya no puedo continuar. Quiero, pero no puedo"

Hace once años que nada de lo que escribe lo convence. La creación se le resiste como hace él mismo con las entrevistas, porque, aunque es traductor de inglés, sólo las contesta en noruego al considerar esencial expresar en su lengua materna lo que realmente quiere decir. Así es que ni por teléfono ni por internet. Accede a recibir las preguntas por la red con la condición de que alguien de su editorial noruega, Oktober, se las formule como si fuera una entrevista clásica. Después la pasa al español la traductora de sus libros, Kirsti Baggethun.

Kjell Askildsen se sabe un hombre de pocas palabras. O mejor: de precisas palabras. Un buscador de sus secretos que ha descubierto que ellas no necesitan adornos para mostrar lo que se quiere expresar. Como sus libros. Que no es lo mismo que decir minimalista, como lo han etiquetado algunos. "Tal vez sea lo que más me irrita", reconoce, "puede que haya colecciones de poesía que encajen dentro de una denominación de ese tipo, en las que no pone nada de nada. Pero yo no soy para nada minimalista, si lo dicen protesto. Nunca escribo menos de lo que tengo que decir".

De ahí que hace once años no haya encontrado nada nuevo que publicar. Entró en un silencio muy a su pesar; aunque por las noches no ha dejado de coger su bolígrafo y escribir en compañía de su cerveza o la copa de vino; pero al final nada le gusta. "He escrito algunos principios, pero llego a un punto desde donde ya no puedo continuar. Dejo lo empezado aparte, lo vuelvo a sacar, pero no consigo continuar. No sé por qué, pero tengo que estar allí, tengo que tener que escribir, pero no puedo. Quiero, pero no puedo". Cree que la edad de la jubilación laboral también alcanza a los escritores, y él ya se acerca a los 80 años.

No importa. Su mundo ya está creado, y es como adentrarse en los cuadros de Edward Hopper. El lector completa la historia de silencios, soledades, esperas, desasosiegos, frustraciones, dudas, desencantos y siente el aire de la desgracia recién huida o a punto de abatirse como una tormenta que adelanta vientos olorosos a barro.

Y bajo esos cielos, seres incapaces de expresar lo que sienten, ansiosos por buscar la felicidad y que sobreviven con sentimientos naufragados. Y en mitad de ese descampado, las relaciones familiares, las parejas acechadas por la rutina, el tedio. "En el fondo, es de lo que escriben todos los autores".

Para Askildsen lo importante en el arte no es el contenido sino la forma. "Si el texto va a resultar merecedor de ser leído, es la forma la que lo hace merecedor de ser leído, lo que yo he cultivado como autor es la forma". Con una prosa sincopada, de acuerdo a una de las palabras del prólogo-diccionario con que el escritor Julián Rodríguez presenta al narrador en Todo como antes.

¿Por qué no escribo sobre el mundo, la situación mundial o las guerras?, se pregunta. "Contestaré que sí lo hago. Porque el mundo está consignado en los relatos. Tal vez sea una afirmación algo fuerte, pero es mi opinión, de la misma manera que el mundo está consignado en mí. Soy políticamente consciente, también porque escribo sobre lo que hago. Escribo sobre nuestra época, sobre el espíritu de esta época, sin decirlo con palabras, quiero decir".

Lo importante para él "es conseguir que el lector muerda el anzuelo y eso es un proyecto artístico. El cometido del autor es hacer leer al lector. No se tiene el derecho a esperar algo del lector. Si consigues que él muerda el anzuelo, también hay que subir el pez del agua. Y entonces mi intención es que el lector en cierta manera sea sinónimo del pez que llega a tierra y se queda coleando y que no necesariamente se lo pase muy bien. Yo deseo crear desasosiego. No me gusta un relato que no crea desasosiego".

En su mundo las emociones se conjugan en futuro. Las frustraciones en presente. No hay juicios. Describe. Cuenta.

Es la felicidad en un cubito de hielo en verano: buscarlo, triturarlo antes de que queme, disfrutarlo. Añorarlo. ¿Es el precio del bienestar?

Prefiere insistir en la forma literaria que adquiere lo que relata. Recuerda que él no dice demasiado sobre aquello que no tiene que ver con el argumento del lenguaje. Es un estilo impersonal, y no escribe sobre él mismo. Salvo una vez. Fue en 1983 con Últimas notas de Thomas F. para la humanidad. "Un capricho literario, resultado de las circunstancias. Me fui a Grecia para terminar el primer episodio deThomas F., el que se llama 'Ajedrez'. Y me rompí la pierna y me quedé acostado sobre un colchón en un patio trasero. Tenía varias historias que contar, en el mismo estilo del primer relato, sentí necesidad de hablar un poco de mí mismo y de cómo pienso. Por lo demás, procuro no dejar claro cuál es mi intención con el relato, más allá de que deban actuar como un conjunto en sí y cumplir con el propósito del relato, es decir, ser una minúscula obra de arte".

Eso lo ha convertido en uno de los maestros del cuento contemporáneo. ¿Por qué le atrae esa forma? "Seguramente tiene que ver con que escribo despacio y que no soy épico, soy de vía estrecha. Jamás sería capaz de escribir un relato que fuese tan largo como un libro entero. Habría tenido que terminar antes para que no entrasen motivos laterales. Cuando escribo sólo hay una historia que se desarrolla, y ésa es el relato".

Ernest Hemingway fue clave para su vida de escritor. También Alain Robbe-Grillet y Claude Simon, quien le inspiró en 1969 la novelaEntorno, que considera uno de sus mejores libros. "Uno se hace escritor leyendo y entendiendo lo que puede hacer la lectura para las personas. Yo viví cómo la literatura se convirtió en lo más importante de mi vida estando en el instituto. También tendrá que ver con que uno no se maneja muy bien en la vida, no soy un ser social, no tengo un espíritu muy emprendedor. Uno tiene necesidad de comunicar que no se consigue aprovechar debido al tipo de persona en la que se ha convertido, alguien que busca la soledad y a quien en general la soledad le gusta, pero que también tiene aspectos de lo que a uno le falta. Entonces hay que hacer algo para salvar la imagen que uno tiene de sí mismo, para mí ese algo fue la literatura".

Sin dejarse embaucar por la vanidad de publicar. "Sólo puedo escribir cuando puedo escribir. Hay un largo tiempo de espera hasta que llegue el principio de una historia, aparece en mi cabeza una imagen que tengo que anotar. En ese momento no sé cómo se va a desarrollar el relato, pero lo hace en virtud de lo que ya he escrito. Si las últimas frases del día anterior no resultan satisfactorias, las borro y continúo desde donde me parece bien. No soy ningún crítico (literario), soy un hombre sin estudios, no poseo ninguna de las palabras necesarias para decir por qué algo es bueno. Pero la literatura es el único punto en mi vida en el cual tengo la sensación de estar seguro de mí mismo. Ésa en sí es una buena razón para escribir. Hay algo muy satisfactorio en producir algo que sabes, mientras lo haces, que va a ser bueno, y que, cuando lo has acabado, sabes que es bueno. Entonces no se puede negar que la vida se vuelve un poquito más pobre cuando uno ya no consigue esto". -

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Debolsillo. Barcelona, 2008. 253 páginas. 7,95 euros.

Desde ahora te acompañaré a casa. Kjell Askildsen. Traducción de Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo. Lengua de Trapo. Madrid, 2008. 160 páginas. 16,90 euros. Todo como antes. Kjell Askildsen. Traducción de Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo.

GABRIEL CACIORGNA

Publicado en Cuentos el 5 de Agosto, 2012, 22:08 por MScalona

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“Maniquí desnudo entre escombros. Incendiaron la vidriera, te abandonaron en posición de ángel petrificado. No invento: esto que digo es una imitación de la naturaleza, una naturaleza muerta. Hablo de mí, naturalmente”.  Alejandra Pizarnik

 

 

 

OBRAS PARTICULARES

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Le llovieron críticas y escombros iridiscentes desde la obra lindera. Ya hacía unos días que el estallido era inminente y un error minúsculo sirvió de detonante. En unos cuantos segundos sus compañeros de oficina le escupieron lo que pensaban y él venía suponiendo. Su  falta de habilidad para los negocios y su relación sentimental con la hija del dueño de la constructora, lo volvieron carne de cañón. En realidad, Mariano era presa fácil en cualquier confrontación. No se defendía. Ese era su modo.

Llegó y se acostó a dormir. Anochecía cuando despertó y pudo advertir, al abrir las persianas, que el patiecito de su departamento estaba regado de cascotes celestes y polvo fluorescente. Maldijo otra vez aquella obra y optó por darse una ducha, confiando que el chaparrón venidero lo salvaría de la limpieza.

Estaba cómodamente sentado viendo televisión, cuando lo envolvieron dos siluetas. Recién ahí advirtió que había dejado las rejas abiertas. Ya era tarde.

 

Vivir en departamento le costaba demasiado. Habían pasado sólo cinco meses desde la mudanza. Eran apenas unos cuarenta metros cuadrados – más no pudo pretender con el modesto legado familiar-, pero al menos tenía un pequeño patio. Fue su novia quien le insistió en enrejarlo, ya que era peligroso tratándose de un primer piso. Y él accedió – siempre lo hacía– aunque solía dejar las puertas-balcón abiertas para no sentirse prisionero. Amaba la libertad. A eso lo había heredado de su madre, un alma cosmopolita que lo dejó siendo un niño al cuidado de sus abuelos, y con quien sólo compartió unos cuantos momentos, como si fuera una prima segunda de París que venía a visitarlo cada dos veranos.

 

Le vendaron los ojos y lo ataron de pies y manos con unos cables. Mientras oía cómo exploraban palmo a palmo el departamento, pensó que seguramente habían entrado por la obra de al lado, lo que lo indignó aún más. Se dio cuenta de que desconectaban la Play 2 que se acababa de comprar  y rogó que no se la llevaran.

- Callate o sos boleta - le contestó uno de los ladrones -.  Y vos decile a tu novia que se deje de joder con los mensajes, que estamos laburando - le gritó al otro, abocado más a su ringtoneante teléfono que a la pesquisa.

-  Ahora vamos a necesitar que cooperes o la vas a pasar muy mal. ¿Dónde tenés  guita? ¡Cantá o esto se pone feo!

- En la billetera… primer cajón del escritorio – vociferó, con la esperanza de que no encontraran los ahorros para el viajecito a Europa, que había escondido en una caja de zapatos.

-  ¿Dónde hay más bolsos? Con la valija y este bolsito de mierda no nos alcanza –  oyó decir al otro a unos metros.

- No tengo.

- Acá encontré bolsas de consorcio.

Luego pudo percibir cómo levantaban la notebook y el DVD. En segundos el revoltijo se  trasladó al dormitorio.

- ¡Éste es un cheto bárbaro!

El ruido de cosas desparramándose en el piso lo inquietó. Intentó zafarse, pero no pudo. Por segundos imploró a Dios – si bien no era un muchacho de fuertes convicciones religiosas - que algún vecino, notando algo extraño, irrumpiera en el departamento o diera aviso a la policía. Pero era casi imposible, en un edificio con sólo tres unidades habitadas.

- ¡Ni una cerveza en la heladera!... Sólo Coca light y Gatorade… Umm, medio maricón. ¡Mirá…! ¡“A-minoá-ci-dos! ¡Es la papota del nene!

- ¡Menos mal que te pedimos que colabores, hijo de puta¡ ¿Pensaste que no sabemos buscar, boludo? – le gritó el maleante.

Había encontrado los dólares.

- ¡Es un hijo de puta! Ponelo a dormir un rato – escuchó antes de la golpiza.

 

Se despabiló deseando que hubiera sido una pesadilla, pero seguía con los ojos vendados y las manos atadas. Sólo le habían aflojado los cables de los pies. A duras penas y luego de varios tropezones, pudo tomar el picaporte y bajar a ciegas las escaleras.

Pidió ayuda a gritos y quedó tirado en el palier del edificio, muerto de dolor. Luego de una espera interminable, lo liberó el matrimonio del séptimo B.

Lo primero que intentó al día siguiente fue hacerse oír por los encargados de la obra. El recinto seguía amurallado por chapas y medias sombra. Dio un par de puñetazos contra la lámina que hacía las veces de puerta de ingreso, sin que nadie le respondiera. Volvió a la cama.

 

- Nano, no te levantes de golpe que te vas a marear- sintió la voz de su tía Isabel y la persiana que se abría.

Medio somnoliento logró incorporarse, aunque le costaba soportar el dolor. Miró hacia el patio y los escombros habían desaparecido. Se vistió y, como un acto reflejo, quiso agarrar el celular de la mesa de luz.

 

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- ¿Cuánto lo pagaste?

- Trescientos mangos.

- Una ganga. ¿Es made in Tierra del Fuego?

- ¿No te das cuenta de que es afanado? Hasta tiene la foto del dueño como fondo de pantalla.

- ¡Qué bueno que está!

- No los llamé para que opinen sobre el aparato.

- Yo hablo del tipo, me ofrezco para devolvérselo en persona.

- ¡Quiero contarles algo serio, Amanda! Lo compré esta mañana y, desde hoy al mediodía,  me llaman para amenazarme.

-  Debe ser el dueño.

- ¡Uy, Guille! Esos celulares tienen GPS, enseguida pueden ubicar a quien los tiene.

Guillermo les explicó que las amenazas no parecían del dueño del equipo, sino dirigidas a él. Que le advertían que se habían dado cuenta de que les estaba jugando por izquierda con los terrenos de zona norte y que eso iba a llegar a oídos de su jefe. Que las cosas se le pondrían fuleras, que le daban dos semanas para solucionar todo o le iban a quebrar las piernas. Y que lo puteaban sin darle tiempo para emitir palabra.

Agregó que al mediodía le avisaron que acababan de “dejarle un regalito” en la obra de San Lorenzo 666, y que de pura curiosidad había pasado por allí con la moto. Era un edificio casi terminado al cual le habían hecho estallar todos los vidrios del ingreso hacía una hora con una bomba molotov, según decían los vecinos.

- ¿A vos quién te manda a comprar cosas robadas?

Amanda comenzó con sus digresiones sin darle tiempo al muchacho de ensayar una respuesta. Explicó que el capitalismo trastoca las elecciones personales distorsionando el mecanismo de fijación de prioridades, que de repente uno se encuentra a un montón de gente dándose una vida que no puede a expensas de los demás.

-  ¡No seas tarada Amanda! Estoy cagado en las patas, no sé si devolver el celular o pagarle al primo de Vale para que me lo resetee.

- Mirá lo que es ese bombón, cómo vamos a  dejarlo sin piernas… - bromeó la muchacha, procurando descomprimir la situación –. Yo creo que tenemos que tratar de devolverlo; ésto está lleno de datos, llamamos y vemos qué onda, si nos parece gente pesada se corta todo.

- ¡Qué ganas de cagarte el finde, Guille! ¿Y si piensan que vos lo  robaste?

- Si piensan eso, que se jodan. Les voy a aclarar que lo compré a unos pendejos y que sólo quiero recuperar la guita.

Al desplegar el directorio de contactos, buscaron subjetivemas, sin dar con un “mami”, “casa” u otro término que les facilitara la tarea. Tuvieron más suerte con las llamadas. Las únicas identificadas eran de la tarde del viernes y estaban dirigidas a una tal Irene. Todas registradas como “perdidas”.

- ¡Pobre, tipo! Se la pasó llamando a esta mujer y nunca le contestó. Es un nombre de vieja, ¿no? Seguro debe ser la madre – sentenció Facundo.

Amanda lo miró con rabia, mas no quiso abrir el debate.

Llamaron varias veces a ese número. Nadie respondió.

 

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Su vida empezaba a resultarle insípida. Su rol de nena mimada de buena familia no la entretenía como antes. Además, a su familia le quedaba poco de buena y poco de familia, era sólo una fachada. Su padre, un hombre de negocios full time; su madre, siempre de shopping o de viaje; el hermano, peregrinando de clínica en clínica para superar sus adicciones y la cuñada, siempre en el rol de viuda anticipada. Se acababa de recibir de pediatra y no lograba soportar los berrinches de sus sobrinos. Frente a este panorama, Mariano se había transformado en su refugio o, más bien, en su fetiche.

Encaprichada con él – ella era incapaz de enamorarse -,  se encargó lentamente de ejercer un velado dominio sobre el muchacho: le consiguió trabajo en la constructora familiar, intervino activamente en la elección del  departamento, le “sugirió” el color de las paredes, los muebles, el diseño de las rejas y hasta un psicólogo, que además le filtraba bastante información. Ahora estaba abocada a que el tipo le propusiera matrimonio.

La falta de reacción de Mariano frente a sus presiones, despertó en ella una violencia inusitada. Tal vez por eso el jueves lo había esperado a la salida del gimnasio para aclararan las cosas definitivamente. En realidad, no lo había esperado, lo había sacado literalmente de las orejas del área de musculación frente a la mirada impávida de los bodoques que cumplían sus rutinas de entrenamiento.

Él no se defendió, sólo dejó que le gritara a mansalva,  le recordara otra vez todo lo que su padre había hecho por él en función de ese noviazgo y  lo culpara de la terrible depresión que decía atravesar. Sólo adujo que le costaban los cambios y que en ese momento sus sentimientos no estaban lo suficientemente claros para dar un paso tan importante.

- ¡Decime si hay otra! – le exigió en tono intimidatorio -, y va a ser la última vez que te dé la oportunidad de que me lo cuentes.

El sólo le esquivó la mirada, lo que exasperó a la muchacha, quien prácticamente lo depósito en el acceso del edificio.

Mientras la vio partir se dio cuenta que su bolso de mano con la llave y el celular había quedado en el auto. Sentado en cuclillas en el umbral de la puerta de ingreso al palier, fantaseó con treparse por la obra lindera, pero la longitud de las chapas lo hizo desistir.

Oyó una bocina; era el auto de Irene.

- En cualquier rincón te dormís vos. Vení a buscar tu bolso. Ahora podríamos estar en tu departamento pasándola bárbaro… ¿Te das cuenta de que sos un estúpido?, siempre arruinándolo todo. Olvidate de mí este finde, me voy por ahí. ¡Y no se te ocurra llamarme porque no te pienso atender!

Salió como tiro. En el camino llamó a Mechi para que preparara los bolsos. Se irían al Sheraton Pilar a mimarse un poco.

 

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Lo despertaron extraños ruidos que traspasaban la pared medianera. No era la primera vez que notaba el chirriar de los muros por las vibraciones contiguas. Creyó distinguir el perfume de Judith  entre vahos de gasas embebidas en alcohol y  escuchar a  Lucas y Poli murmurando con tía Isa en el comedor. Decidió levantarse.

Pero estaba solo en el departamento. Encontró sobre la mesa cajas de analgésicos y ansiolíticos distintos de los que venía consumiendo desde hacía un par de meses. También estaban anotados en una hoja los teléfonos de Adriana y Ricardo, los vecinos del séptimo B.

Logró recordar que momentos antes ellos lo visitaron y él había tratado de desentrañar si sabían algo sobre lo que se estaba haciendo en el terreno aledaño, pregunta retribuida con un inmaculado silencio; que eso lo alteró y les gritó si estaban dispuestos a seguir soportando que les arruinen la vida impunemente y que incluso terminó echándolos.

Tomó el ascensor para encararlos nuevamente, pero nadie respondió a sus llamados. Lo mismo sucedió en el quinto A y en el tercero B.

Otra vez acostado, la verdad se le reveló mediante sombras chinescas que se adueñaron del techo del dormitorio. Todo empezaba a adquirir una lógica impecable pese a su aparente inconexidad... Las chapas y medias sombra, los ruidos ensordecedores, la falta de responsables y caras visibles, el sigilo, los movimientos telúricos, la singularidad de los escombros, los pájaros que, de tanto en tanto, aparecían muertos en el patio… el edificio fantasma, el pacto de silencio entre unos pocos vecinos, la terraza clausurada… los clientes de la química que exigían absoluta reserva y sólo trataban sus asuntos con Judith o directamente con su suegro, la conversación que interceptó accidentalmente hacía un tiempo, en la que hablaban de residuos patológicos y de las coimas que tendría que pagar… Y – por qué no - sus repentinos cambios de ánimo de las últimas semanas, sus lagunas mentales y la insistencia de Irene en casarse e irse… Un mecanismo de relojería suiza que condensaba lo que inicialmente nada tenía que ver. Les estaban enterrando mierda al lado.

Muchos iban a ser los afectados por la terrible inacción de un puñado de vecinos, tal vez justificable por intereses económicos. Si el proyecto no se detenía a tiempo, las funestas situaciones que a él le tocaban atravesar en este momento por su evidente proximidad física con el foco de asunto, pronto se esparcirían a otras personas.

Comenzó a pergeñar la presentación que – como primera medida – realizaría al día siguiente en Obras Particulares. Su experiencia en la constructora le serviría para manejarse.

Pero estaba extenuado y se durmió.

 

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- No hay caso, esta mujer no nos atiende. Habrá que fijarse en los mensajes de texto – afirmó Facundo.

- Los únicos que hay también son del ayer a la tarde y de una tal “Judit trab” – informó Amanda que por entonces ya tenía  pleno dominio sobre el aparato –. Éste o es muy prolijo o es un pirata. ¡Mirá las cosas que le dice la mina! Se ve que está re caliente con él, porque de trabajo, poco y nada. Y bue, no es para menos, con lo bien que está el tipo. Yo hubiera hecho lo mismo…

- ¡Ey, parece que te olvidaste el lío en que me metí! Cortala y dame, así la llamo del mismo teléfono y me ahorro explicaciones. Cuanto más pienso en cómo quedó ese palier, más me asusto. En definitiva, al celular lo tengo yo ahora.

- ¿Qué le vas a decir?

- Lo que me salga. Deséenme suerte.

 

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Judith atendió enseguida. No le asombró ser quien recibiera el llamado del portador del celular. Últimamente, todos los avatares de la vida de Mariano desembocaban en ella. Incluso tuvo que contenerlo en sus recientes crisis nerviosas, lo que le daba pauta de que él verdaderamente la quería y se permitía mostrarse vulnerable en su presencia. Además, era experta en problemas psiquiátricos; su madre le había exigido un notable entrenamiento en la materia.

Desde hacía algunas semanas las cosas venían empeorando, ya que Mariano sucumbía en plena actividad laboral, cometiendo errores garrafales. Por eso había resuelto asumir solapadamente una parte importante de las tareas que le asignaban a éste, en pos de evitar la proliferación de los rumores de oficina.

Sin embargo, la cuestión iba mucho más allá. Esporádicamente el muchacho perdía conciencia de sus acciones –  le había notado moretones y cortaduras en distintas partes de su cuerpo -, lo que la llevó a pasar mucho más tiempo con él, poniendo en riesgo la reserva de esa relación clandestina. Accedió incluso a pernoctar en su departamento, lo que le hubiera resultado inaceptable en otras circunstancias.

Judith era una mujer empalagosamente atractiva, pero con predilección por las relaciones complicadas. Prestidigitadora de los instintos masculinos, no dudaba del uso indiscriminado de su poder de seducción. Ello le valió, entre otras cosas, un rápido ascenso dentro de la empresa, transformándose en menos de dos años en la encargada de los más jugosos negocios inmobiliarios. Pero esta vez se había hundido en las redes del cazador más blandengue, con el agravante de que éste cayó en desgracia, poniéndola en la disyuntiva de comportarse como la joven compasiva que acompañó a una madre alcohólica y depresiva hasta el final de sus días, o ser aquella vampiresa que,  a usanza de la amante de su padre, dejaba atrás los cadáveres de sus amantes luego de la obtenida la tajada.

 

- ¿Quién sos? ¡Vos tenés el celular de mi novio!

- Mire señora, a mí me lo vendieron y si la llamo es porque quiero devolverlo, yo no tengo nada que ver. Pero están amenazando a este tipo y toda esta mierda me da mucho miedo. No tengo nada que ver. Sólo quería un Blackberry barato.

- ¿Amenazas?

- Sí, pero no voy a decir más nada. Yo quiero devolver ésto mañana mismo y al tipo que está en el fondo de pantalla.

- Pero mi novio no puede ir. ¿Vos querés plata? Por eso no hay problema.

- En serio, no me la complique. Sólo a él se lo voy a devolver. Y en un lugar concurrido… ¿Conoce el bar El Cairo?

- Sí, seguro.

- Bueno, que me espere a las nueve y media sentado en una de las mesas del lado de la ventana por Santa Fe. Yo entro, él me da trescientos pesos y le dejo el celular como está. Sin ninguna pregunta… Mire que si veo algo rato tendrá que buscar el aparato por los containers de la zona.

-  ¿No me lo podés dar a mí? Hasta te puedo dar  más plata.

- No la complique. No quiero sentirme responsable de lo que le pase a este tipo. Es así o no es. No me pida más. Hasta mañana.

La llamada se interrumpió.

Ciertamente, a Judith no le sorprendió demasiado el tema de la amenazas porque la cuestión de los terrenos para la planta de la química se había puesto densa y, ni bien decidió desviar el negocio a otras empresas inmobiliarias para engrosar sus dividendos, supo que se estaba metiendo con gente pesada. Mas la tranquilizaba que la cuestión no estaba definida y confiaba en que sólo intentaban presionarlos.

La cosa adquirió otro matiz un rato más tarde, cuando desde la constructora  la convocaron urgente por el atentado del edificio de calle San Lorenzo. Era evidente que Mariano corría peligro. Lo había hecho ver motu propio como un socio infiltrado del grupo inversor que llevaría a cabo la operación, y los involucrados reales se enfurecieron cuando el gerente emprendió personalmente las tratativas con el dueño de los terrenos, aguándole el negocio a todos.

Ni bien terminó la reunión en la empresa, se comunicó con Poli para averiguar si podían volver al departamento de Mariano. Allí se enteró de que acababan de avisarle a Irene del atraco y que a la medianoche ella estaría de regreso.

 

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Luego de hablar con Judith no atendieron ninguna de las llamadas que continuaban ingresando desde números desconocidos, pero Guillermo decidió responder cuando el nombre Irene apareció en el visor del aparato.

- ¡Negro de mierda, mejor que devuelvas el celular! ¡Vi que me estuviste llamando, decime cuánta guita querés, pero devolveme ya el celular!

- Mire, yo no quiero más quilombos… ya hablé con la novia del dueño y mañana a las 9.30 se lo devolvemos a él en persona en el Bar el Cairo. A él y a nadie más.

Cortó sin darle tiempo a responder. Igualmente, a ella no le hubiera convenido hacerlo.

 

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-  Despertate Nano, que avisaron tus amigos que necesitan hablar con vos. No sé si te diste cuenta que al mediodía anduvieron por acá. También pasó el matrimonio del séptimo a ofrecer su ayuda. Buena gente todos. Te voy a traer una sopita liviana, así comés algo antes de la pastillas.

- ¡Tía Isabel! ¿Qué hacés en Rosario?

Enseguida le afloraron algunas escenas del robo. Intentó recordar con más detalle, pero el registro de las últimas horas – o días, no podía saberlo en ese momento – era muy confuso. Tardó bastante para sentarse en la cama, mientras se quejaba de lo que costaba moverse.

- ¿Por qué te escribiste eso en el brazo?

Desconcertado por la pregunta, dirigió la mirada hacia su antebrazo y leyó escrito en birome con trazo débil y tembloroso “obras particulares”.

No pudo darle una respuesta. Sus propias acciones se volvieron un interrogante. Se  había producido una grieta, un recoveco, una especie de otro tiempo suyo que no lograba desentrañar…

- No sé qué decirte, tía. ¿A vos a qué te suena?

- Y… a lo hace que uno construye con esfuerzo,  a lo que va a quedar de uno. Yo que sé… hay que andar luchando para que quede algo de nosotros, para probar que estamos vivos. Es como dice el refrán, “no hay peor lucha que la que no se hace”. Ya te traigo el caldo.

Mientras se iba a buscar el plato, él sonrió.

- Es una oficina municipal, tía. Lo tuyo es demasiado poético. Mirá las cosas que hago dormido.

 

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Cuando llegaron los tres al departamento, la mujer los esperaba en el palier del edificio.

- Estoy desesperada. No sé qué hacer con este muchacho. Los del séptimo me contaron que vive quejándose de una obra en construcción, que les habla de eso obsesivamente y no saben qué responderle, que les hace lo mismo a los otros vecinos y al administrador. Que varias veces ha dejado abierta de par en par la puerta del palier y la chica del tercero se lo reprocha y él lo niega, que hasta lo han sentido abrir la puerta de la azotea de madrugada. La viejita de la casa de al lado también ha venido a decirme que está muy asustada porque la ha despertado varias veces de  noche;  le golpea el portón y la insulta y ella no le abre porque está como perdido. Yo sólo puedo quedarme unas semanas. Si este chico no repunta lo voy a tener que internar en Mar del Plata.

Conversaron varios minutos. Judith pidió estar un rato a solas con él. Debía preparar todo para el encuentro del día siguiente.

 

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Llevó a Mariano tal como lo habían estipulado la tarde anterior. Pese a que el bar recién abría, ya había comensales disfrutando del café y las medialunas. No era el caso de esta pareja.

La cara de Judith se desfiguró cuando vio a Irene caminar decididamente hacia ellos, aunque, acostumbrada a las rebeliones de las engañadas, la interceptó y la arrastró hasta el baño.

El joven quedó allí sentado,  casi en estado cataléptico. Ningún mozo se aventuró a acercarse a tomarle el pedido y Guillermo, al llegar y verlo en esas condiciones, maquinó que las amenazas ya habían empezado a consumarse. Pensó en dejarle el celular y salir corriendo, pero una especie de impulso, mezcla de sentido humanitario y morbo, se lo impidió.

 

- ¿Decime, que viniste a hacer acá?

- ¿Qué vengo a hacer? No me jodas, a avisarle que sé todo.

- ¿Saber qué?

- ¡No te hagas la boluda, ustedes andan! Ya me lo suponía, pero el jueves me dejó su celular servido en bandeja para que lo terminara de comprobar. ¡Cómo lo perseguís turra! Te tenías que quedar a dormir con él esa noche, hasta en fotos los tengo saliendo del departamento. Te voy a dejar sin laburo, ¡vas a tener que volver a putanear con los taxistas!

- ¡Andá a la mierda! Tu papá tiene el culo muy sucio,  tendrá que pensarlo muy bien antes de echarme. Si yo tiro del mantel también a vos también te va a llegar…  ¿Sabés qué? Me enamoré de Mariano y él de mí, no lo hago para joderte.

- ¿No entendés como son las cosas? Los tipos no se enamoran de minas como vos, se calientan nomás, se sacan las ganas. Te están encima hasta que un día ni te registran. Dedicate a robarle guita a los viejos y a acostarte con los inversores para cerrar contratos, que es lo que mejor te sale.

Estuvo a punto de pegarle una cachetada, pero se contuvo.

- ¿No te das cuenta de que Mariano está enfermo? ¿Que lo que menos le hace falta es que vos lo presiones con tus caprichos? Sos una mina vacía.

- Yo estoy al tanto de todo y voy a hacer que se recupere. ¿Sabés una cosa? Estoy embarazada. ¿Te lo contó Mariano? ¿Vos dejarías a un pibe sin su padre?

Y así le asestó el golpe de gracia a Judith. Ése era su límite.  La muchacha lloró ante la mirada impasible de la otra hasta que una moza irrumpió en el baño para avisarles que el hombre con el que estaban había tenido una crisis nerviosa, se había desmayado y una ambulancia venía en camino.

Manipuladora de mierda y puta fueron las últimas palabras que intercambiaron.

 

Lo que nos dicen nos define, nos inviste, nos construye.  Las palabras de los otros se convierten,  muchas veces y a fuerza de repeticiones, en un destino que se nos impone.

 

- Cómo gritaba ese loco, andá a saber qué le dijo el tipo que entró después.

- Pero ¿cómo te vas a alterar así por una obra? Estamos en el 2012 ¿a quién no le levantan un edificio al costado o atrás? Nadie zafa, le guste o no-  murmuraban a unos viejos en el trayecto hacia la mesa.

 

Mariano ya era atendido por una enfermera. Irene fingía preocuparse, pero internamente se vanagloriaba de haberse salido otra vez con la suya. Judith, se prendió un cigarrillo mientras repasaba cuántas veces le habían gritado puta en esos meses; le clavó la mirada a Guillermo - quien no pudo más que devolvérsela, obnubilado por la belleza de aquella mujer – y pensó que, al final de cuentas, no estaría mal retribuirle sus buenas acciones de los últimos días.

 

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GABRIEL CACIORGNA

 

 

AILÉN GAGLIANO

Publicado en Cuentos el 5 de Agosto, 2012, 22:08 por MScalona

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Antes del principio, los seres del Mapu observaban la tierra desde arriba y apenados encontraban todo desierto. Hasta que en cierto momento les fue permitido enriquecer la tierra de innumerables maneras, todas hechas del material de las nubes. Una vez terminado esto, bajaron los hombres del cielo, conociendo el lenguaje de la naturaleza, y trajeron el idioma que se hablaba allí, en lo alto de la bóveda; con el tiempo, estos hombres venidos del cielo y, atados a la tierra, querían volver a su lugar de origen, pero los atormentaba el temor. Los espíritus, entonces, les prometieron que los harían regresar al cielo en el futuro, y los aconsejaron sabiamente. No pierdan jamás de vista al sol cuando se levanta y se acuesta, les dijeron. Aunque los hombres siguieron sus instrucciones, tiempo después de su llegada, la gran serpiente de los mares Kai-Kai ordenó a las aguas que cubrieran la tierra. Pero la otra gran serpiente, la de la tierra, Ten-Ten, se apiadó de unos pocos hombres que eran buenos y les aconsejó retirarse a las cimas para protegerse. Todo quedó inundado y todo comenzó de nuevo con el gran diluvio. Un día, los sobrevivientes volverán a reunirse con los puntos luminosos que adornan el cielo nocturno. Pero cuando el lenguaje de la naturaleza se pierde, el miedo aumenta, y todo degenera, entonces, en ese momento, se hace necesario el diluvio que limpia la naturaleza y mantiene vivo a los mejores.

 

No se resistía a ese dolor que le provocaba cuando la tenía bajo su cuerpo. Entre sus piernas, esa mezcla difícil de definir que vagaba entre el dolor y el placer, eso que observaba en su rostro cada vez que ella abría los ojos le provocaba el éxtasis más profundo que jamás había alcanzado. Le gustaba el poder que conseguía revolcándose con una nativa. Desde que el General Roca los había enviado a la conquista de las tierras del sur, Lorenzo Díaz dejaba su puesto de vigilancia para amar a Llanküray Kintrüy enredados en la vegetación que el bosque les regalaba a modo de escondite.  Lo hacía a menudo. Cada vez que debía proteger a la tropa, esperaba a que sus compañeros se transportaran al mundo de los sueños, y desde ese lugar en que todo siempre fue y será posible, tiraba la lealtad al diablo y sigilosamente abandonaba su cuerpo de soldado de inigualable bizarría para dar lugar a la bestia que vagabundeaba en las sombras buscando saciar sus deseos. Cuando encontraba el manantial del que religiosamente se proveía de fuerzas, la recostaba, sin mucha delicadeza en el suelo húmedo sin siquiera evitar las duras raíces de algunos árboles que intervenían en el juego, la desnudaba, apenas, dejándole el resto del trabajo a ella, porque ella también lo disfrutaba, más que él mismo se atrevía a decir, y para que su cuerpo gozara de la ceremonia se quitaba sola el küpanm que la cubría. Él la amaba y la lastimaba, pero más que nada la seducía. Era un juego ganado, en el que él jugaba a enamorarla y ella se dejaba enamorar. Luego del ritual, Lorenzo se tornaba el mejor de los caballeros, y mirando las estrellas le contaba historias fantásticas, le hablaba de sueños y de cuanto la quería,  Llanküray no entendía lo que decía, pero el sonido de su voz la fundía en el sopor propio de las tardecitas soleadas del verano. Llanküray Kintrüy era difícil de pronunciar para Lorenzo, y jamás se preocupó por hacerlo bien. Él le hablaba y ella escuchaba durante un tiempo que parecía instante para ella, eterno para él. Y antes de que Llanküray lo esperara Lorenzo se metía en sus pantalones y se alejaba sin mirar atrás. Siempre presente antes de que los rayos del sol despertaran a sus compañeros

Llanküray volvía a la tribu, y se dedicaba a sus tejidos, muy temprano remendaba el chamal roto durante la madrugada y untaba las marcas de raíces y piedras que le quedaban en el cuerpo con la sabia de una planta que había encontrado en el camino de vuelta a su lof. Nadie sospechaba de los amoríos entre el criollo y la muchacha. En la tribu Llanküray Kintrüy era considerada una de las más bonitas y de las mejores elecciones para esposa, pero por algún motivo aún vivía en el lof de su familia, de no ser así jamás hubiera aceptado la propuesta de Lorenzo. Ahora encontrar compañero era mucho más fácil, con las campañas del general Roca las familias estaban más juntas, organizadas en rehues. Habían llegado muchos muchachos fuertes y de buena familia, pero ninguno era como Lorenzo y odiaba que él no fuera un mapuche y se apenaba por él, que debía enfrentarse a la familia de la que amaba.

Esta tribu mapuche no tiene posibilidades frente a nuestras complejas armas pero defiende su patria como nunca había visto. Diplomáticamente no nos van a entregar las tierras aunque el mismísimo don Nicolás, que ninguna intención de abandonar Buenos Aires para aparecerse por acá debe tener, se los exigiera. La terquedad de estos indígenas no nos permite hacernos con las tierras y retrasa la vuelta al hogar. Definitivamente se alzarán las armas. Escribiría más tarde Lorenzo a su queridísima mujer.

Los días que Lorenzo no pasaba al borde de la trinchera, defendiendo o atacando, se dedicaba a retocar su propia conquista. Llankurrai - o como se llamara - era la llave, era la manera más segura, más directa, y más placentera de hacerse con una considerable suma de riquezas. La amaría hasta conseguir completa confianza y luego, ella misma le facilitaría todo aquello que deseara. Estaba consiguiéndolo. A medida que el tiempo pasaba la frecuencia de los encuentros nocturnos aumentaba y así mismo aumentaba el amor y la docilidad de Llanküray.

- Llanküray, ¿vos me querés, verdad? - Le dijo una noche mientras se señalaba el corazón para que ella entendiera

- Itrolle Ka, ayülemen

Ella besó a su compañero y él se giró hacia un costado. Había encontrado algunas piedras y jugaba con ellas. Luego de unos minutos, rudimentariamente había dibujado con las mismas la estructura de una casa; entonces, llamó a Llanküray

- mirá, Yankuray, en estos lugares vivimos los criollos, con nuestras familias, son de piedras también, pero mucho más grandes. Sería hermoso una casa para nosotros dos, claro que para eso necesitamos el lugar. Esta piedra es la más importante de todas – dijo mientras tomaba una piedra algo particular acabando con la silueta del dibujo – ¿ves? Tiene forma de corazón – apoyo la figura de piedra en el pecho de la indígena para que ella comprendiera a que se refería

- piuke – dijo imitando el compás de los latidos con la mano.

- sí, eso mismo, lo más importante en una casa es la gente que vive adentro. Necesitaríamos, un pedazo de tierra para construir la nuestra.

- famew – golpeó el suelo que la rodeaba

- no, tenés que tener un permiso para construir. Tiene que ser un lugar que te pertenezca.- Lorenzo, como siempre, se calzó los pantalones y dejó a Llanküray pensando.

El día antes de que no hubiera luna, durante la cena, la madre de Llanküray le pregunto acerca de su kütre-küyen, ya que hacía al menos unas semanas que ella debía haber pasado por su período. Ella contestó que no sabía a que se debía el desorden y su madre, Sayen Kintrüy, cambió el tema de conversación. Lilen Kintrüy, prima de Llanküray, que ya sospechaba de sus amoríos secretos, comprendió lo que sucedía y unos días más tarde encaró a su prima

-         Llanküray, ¿quién fue? – dirigió la conversación hacia el tema de interés.

-         ¿chem?

-         niepeñeñeln

-         ¿Qué querés decir?

-         Te ví llegar tarde varias veces, y no soy tonta Llanküray, ¿newenman?

-         ¡No! Lilen, espero que lo que decís sea epeo, porque si no es así, es fotüm de quién intenta exterminarnos.

-         Llanküray

-         Pero él no es así, en realidad el preferiría estar en nuestro rehue.

-         Pero no está

La tía de Llanküray interrumpió la conversación porque necesitaba a su hija para alistar a la más pequeña de sus hermanas.

Los criollos ganarían el terreno en poco tiempo y mientras el aillarehue imaginaba la crisis que esto desataría, Llanküray vió acercarse una crisis más personal cuando el Mapu-toqui le habló

-         Llanküray, ¿es cierto lo que dijo tu prima? ¿es verdad que niechenben?

-         No lo se, Nehuen Aukan, no estoy segura.

-         Si asi es, lludkün.

-         No, Nehuen, por favor no lo haga.

El Mapu- toqui miró fijamente a la muchacha en busca de alguna señal de subordinación. Llanküray giró en sí misma y se internó en el bosque en busca de la contención que encontraba en la voz de Lorenzo.

-         ¿lo conseguiste? ¿nos van a ceder una porción de tierra?

-         No, pero…

-         ¿por qué no? ¿no tenés tantas ganas de que vivamos juntos?

-         Es que…

-         No entiendo, Llankuray, como puede ser tan… difícil…  conseguir… una pequeña… parte… de tierra – dijo mientras Llanküray se cubría de sus golpes.

-         Niechenben.

-         ¿qué? – dijo dando algunos pasos hacia atrás

Llanküray debió recurrir a las señas para que él comprendiera su estado. Con el tiempo había conseguido entender bastante su lengua pero palabras menos comunes como niechenben, le eran extrañas al oído. Ella se toco el vientre y luego lo señaló. Lorenzo dijo que no la entendía y se fue, pero ella había sido muy clara.

Llanküray pasó en el bosque algunos días durante los cuales tuvo la sensación de que los árboles que habían sido cómplices de sus amores, ahora se reían de su soledad. El primer día o tal vez el segundo, Llanküray encontró la piedra que Lorenzo le había dicho, tenía forma de corazón, la alzó y cada vez que volvía a sus pensamientos lo miserable de su situación golpeaba la piedra hasta conseguir auyentar la sensación.

Apenas terminó de tallar la piedra, se dirigió al lugar en donde siempre se encontraban. Esperó ahí algunos días, segura de que no lo habían puesto a hacer guardia. Cuando apareció, gran parte de la noche había transcurrido, lo que haría más corta la espera. Enseguida le habló.

-         Lorenzo, conseguí las tierras. El Mapu-toqui accedió cuando le expliqué estoy embarazada.- Lorenzo ya podía reconocer con facilidad la palabra, había quedado resonando en su cabeza la semana completa - Debemos esperar hasta mañana; entonces el Mapu-toqui, te entregará el terreno.

-         Muy bien, Llanküray, esperaremos.

El resto de la noche fue muy silenciosa, no tenían mucho que decirse. Esperaron sentados a que el sol apareciera y cuando esto sucedió se dirigieron al aillarehue.

-         Es hora de que vayamos

Caminaron unos cuantos minutos. Lorenzo pensó en las dimensiones de la tierra, en la posición social que alcanzaría como terrateniente, en que el rehue sea los suficientemente estúpido para no notar sus intenciones, por favor de Dios, en cuán peligrosos serían si lo descubrían, en qué castigo extraño recibiría, en el cuerpo de Llanküray tendido en el bosque, en que pensaría su mujer. Mientas tanto, Llanküray Kintrüy se había arremangado el küpanm y con la piel desnuda del antebrazo sostenía la piedra afilada contra su cintura.

Llanküray se perdió en la densidad del bosque; Lorenzo caminaba detrás sin saber muy bien si seguía el camino correcto, hasta que luego de algunos instantes escuchó su nombre torpemente pronunciado por la indígena. Dio unos pasos, ahora más seguro de la dirección que tomar y frente a él se encontró con el centro del rehue; caminó un poco más para encontrar a su guía, pero Llanküray ya había dado el último paso. Rodeo su cintura con un brazo y besó su mejilla. Cuando Lorenzo pensó que una vez más lo buscaba para jugar al amor, como un zarpazo le rodeó el cuello, empuñando firme esa piedra que tanta miseria habia cargado al ser tallada.

-         ¡Mapuches! ¡Acérquense! Este es el que engendró lo que llevo en kalül.

Familias mapuches se arrimaron al centro del aillarehue interrumpiendo sus actividades. Lorenzo intentó varias veces desenredarse de sus brazos pero la presión fría del puñal no le permitió deshacerse de ella. Al sentir su desesperación Llankuray  sonrió y alzó la vista del cuello de su rehén, sólo lo suficiente para asegurarse de que hubiera testigos. Y entonces, incrementó la presión que ejercía su brazo derecho sobre la piedra y dirigió el izquierdo hacia el centro del pecho, quería estar segura de que no respiraba.

Un angosto río escarlata tiñó de caducidad una pequeña porción del cuello del criollo. Llevó más tiempo del que Llanküray había calculado pero de un instante para el otro, Lorenzo dio la última, desesperada y entrecortada bocanada de aire e inmediatamente exhaló. Y eso fue todo. Llanküray dejó caer el cuerpo inerte de su amante ante un desorientado público y, sintiendo un profundo vacío y sin saber que hacer, dio media vuelta y echó a correr.

Pensó que debía haber hecho algo mal porque hubiera preferido invertir roles, ser ella la asesinada y que Lorenzo fuera el culpable. Ahora ella debía criar a quien llevaba su misma sangre, sangre que ella había derramado para el perdón de sus ofensas; sangre que no había surtido efecto. Se internó en el bosque sin mirar atrás; tampoco hacía adelante, no quería vislumbrar la sombra de las desventuras futuras.

Llanküray había asesinado al primero de los mil quinientos soldados criollos que morirían durante la campaña en la que reducirían a mas de catorce mil indígenas a la servidumbre y ocuparían quince mil leguas cuadradas. Llanküray fue además una de las primeras en abandonar el mundo a causa de una enfermedad propia de los blancos.

"Sellaremos con sangre y fundiremos con el sable, de una vez y para siempre, esta nacionalidad argentina, que tiene que formarse, como las pirámides de Egipto, y el poder de los imperios, a costa de sangre y el sudor de muchas generaciones".

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-                                                                  AILÉN G.

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-