"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




4 de Agosto, 2012


GUILLERMO RÍOS

Publicado en Cuentos el 4 de Agosto, 2012, 15:19 por MScalona

LA  HABITANTE

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-Si salís, trae medialunas… saladas-. Le habían pedido las enfermeras del piso, cuando vieron que Vicente se disponía a tomarse los quince minutos de break en los que solía fumarse un cigarrillo tras otro hasta sentir que los pulmones se le volvían reversibles, y quedaban con esa parte que él imaginaba rosa y acolchonada para el lado de afuera. En la calle no había un alma, encendió un Philip Morris y caminó, zigzagueante y distraído hasta la panadería de la esquina. No le gustaba fumar quieto en un lugar, y era de los que andaban con paso titubeante, catártico. Esos que se van encima de la gente y piden disculpas antes de chocarlas.

-Buenas Mariel, déme ocho medialunas saladas y cuatro dulces, y dos de esas tortitas negras, todas en bolsitas separadas adentro de una bolsa grande, por favor, ¿tiene cambio de cincuenta pesos?- La empleada sobrevolaba las bandejas con la pinza de metal, seleccionando las facturas. Una de las medialunas se había pegado a las demás y le costó esfuerzo despegarla sin romperle los cuernos azucarados. Vicente recordó un parto que había visto en video cuando era niño, al bebé lo retiraban de una manera muy similar, con pinzas, delicadamente, para no estropearlo. En el camino de vuelta, al pasar por la estación de servicio, vio una señora de mediana edad, maquillada, elegantísima, inflando con un compresor dos docenas de globos de colores y esforzándose por meterlos en la parte trasera de su auto sin que reboten entre sí y vuelvan a caer al suelo manchado con grasa y hollín.   

Apenas unos metros más adelante, llegando a la puerta del Sanatorio, Vicente se topó con una joven que miraba absorta el cambio de las luces del semáforo de la esquina contraria, esperando, de pie sobre la vereda, con un pequeño bolso color verde en una mano y una almohada en la otra. Parecía una niña, abrigada en su capullo, temerosa. Sus pies encajaban perfectamente dentro de una de las pequeñas baldosas color ladrillo del Sanatorio, y sus hombros, bajísimos, erguían un rostro pálido y gentil, pronto a fugarse. Vicente no podía dejar de mirarla, sentía que la cuadra entera se movía en función de aquella criatura con apariencia de recién llegada. Podía imaginarse a los conductores sacando la cabeza por las ventanillas de sus autos, dilatando sus pupilas y aullando como lobos; a los niños dejando caer sus helados al suelo; a los ancianos perdiendo el equilibrio, rompiéndose los ajados huesos en mil pedazos sin siquiera desviar la mirada al tiempo en que caían; sentía que hubiera podido verlos a todos, si tan solo hubiera podido apartar por un momento su mirada de aquella visión encantadora.  

 

 

-¡Vicente!- La voz de Casalenovo cortó el aire de un cachetazo. Se había pasado varios minutos de su break, y seguía parado ahí en medio de la calle, totalmente perdido en sí mismo y en aquella estupenda escena con la que se había topado. Subió rápido los escalones de la entrada y pasó a un lado de su jefe sin atreverse a mirarlo. Corrió hacia el fondo del pasillo, a través del hall, y saltó de dos en dos los escalones hasta llegar al tercer piso. Aún no había acabado de reaccionar cuando ya se encontraba sentado en su puesto en la recepción de la Sala de Internación, aguardando que el teléfono o la chicharra de alguna de las habitaciones lo devolviera a su gris desvelo.

No pasó demasiado tiempo desde que se hubo sentado hasta que Estela se parapetara en frente del mostrador y le preguntara a Vicente por qué cuernos no había traído las facturas que le habían encargado, y por mucho que éste lo intentó no logró recordar que había hecho con la bolsa de papel. Probablemente debieran de habérsele caído cuando corría por el pasillo, o cuando subía a los saltos las escaleras. Envió a la enfermera a desandar el camino en su búsqueda, jurando solemnemente que las había comprado pero que por alguna razón mística ahora no las tenía en su poder. Estela volvió al mostrador, al rato, a replicar brevemente y no sin cierta ironía que las facturas no aparecían por ningún lado.

Entre cansado y confundido, Vicente se decidió por ir a recostarse unos minutos a una de las habitaciones libres del piso. Todos los días después de las 3 de la tarde Casalenovo desaparecía durante unos veinte minutos, por lo que no corría riesgo alguno si se ausentaba durante un momento de la recepción. En cuanto al Gerente de Personal, Carlos Casalenovo, rumoreaban las enfermaras que padecía una enfermedad particularísima, íntima y extremadamente delicada, que requería de alguna especie de tratamiento a base de calor que se aplicaba él mismo diariamente. Pero además de su enfermedad eran muchas las cosas que se decían y se pensaban de él. Era una persona ajena a la familiaridad de todos los empleados del Sanatorio y combinaba su severidad con una mirada putrefacta y un dedo índice que cada vez que lo elevaba en acto de reproche a Vicente le daba la impresión de le estaban practicando una laparoscopia a la carrera. Casalenovo era, extracurricularmente, un aficionado taxidermista, y poseía en su oficina una enorme colección de pequeños animales disecados y embalsamados. Pero no sólo eso, corría el rumor en los pasillos de que, además de atesorar aves, ratones y pequeños mamíferos petrificados, al Jefe le gustaba jugar con ellos mientras escuchaba música clásica, decían que ponía discos de Wagner, al tiempo en que tomaba un aguilucho con una mano y lo hacía sobrevolar sobre su escritorio hasta descender en picada sobre una musaraña, o un ratón de campo, cazándolos. Una de las señoras de la limpieza había entrado en su oficina sin golpear y lo había sorprendido en pleno teatro. Según las enfermeras, ni siquiera luego de aquel episodio abandonó aquella extraña práctica, sino que ahora cerraba con llave la puerta de su oficina y escuchaba a Wagner con auriculares. Lo cierto es que cada vez que Casalenovo se dirigía a Vicente, éste le veía la sangre en el ojo y lo abordaba la sensación de que tenía escondidas las plumas y las garras debajo de la ropa, siendo solo cuestión de tiempo para que de un momento a otro se arrojara en picada sobre él.

 

 

De vuelta en el mostrador, ya calmo, Vicente repasaba el libro de turnos cuando al levantar la cabeza la vio otra vez. Estática, al otro lado, esperando a ser atendida, o consolada, o preguntada. -Traigo una orden de internación- Le dijo al tiempo en que le extendía en su mano un pequeño papel con el membrete del Sanatorio. Tenía la firma y sello del Doctor Toralbo e indicaba internación de al menos 2 días dado a que la paciente iba a ser operada apenas el quirófano contara con un turno disponible. Vicente leyó la orden y se la devolvió, en realidad ese papel debería haber formado parte del legajo del paciente y por lo tanto no era parte del procedimiento que volviera a manos de quien lo entregara; él sabía eso, pero desde hacía un rato, ya que había comenzado a actuar más como un visitante que como parte del staff del nosocomio.

-La habitación 24 está libre, es aquella puerta, está ubicada frente a la recepción y puede ser un poco ruidosa pero las enfermeras pasan por allí todo el tiempo, por lo que va a ser bien atendida, además, desde la ventana se puede ver una parte de la plaza América, voy a necesitar sus datos personales para llenar la ficha- Sacó el enorme fichero de internación y comenzó a realizarle el cuestionario.

-Gracias, me gusta estar en el medio del paso y no me molesta en absoluto el bullicio. Mi madre está viajando desde el norte y va a llegar en dos días, por lo que el ruido de las conversaciones en los pasillos me vendría bien de compañía. Malena Russo. Nunca en mi vida me tuve que internar, esta clínica está muy bien y la gente es de lo más amable, me había hecho la idea de que iba a resultarme difícil por no ser de la ciudad. Veintitrés años. Toralbo dijo que serían tres días como máximo y que el procedimiento era de rutina y de rápida recuperación. Paso del Roble, Salta. Me gustaría que mi madre no tenga que pasar demasiado tiempo acá, a ella le dan asco los hospitales. Es un poco fóbica y no sale mucho de casa, y nunca tan lejos. Al polen y los cambios de temperatura ¿A medicamentos? No, ninguno. Le deje una lista en mi departamento de los lugares a los que puede ir a comer y en la postdata le escribí que no puede dejar de ir a caminar un rato por la zona del río, la nueva, que esta tan linda.

La acompañó a la habitación, le enseñó a usar el control remoto del televisor y a manipular las manivelas de la cama para que pudiera estar cómoda, le explicó los horarios en que le traerían las comidas y le comentó que si era su deseo, las enfermeras le traerían el diario por la mañana, si les daba el dinero con anticipación y se los pedía amablemente. Vicente no había perdido de vista ninguna de las cualidades de aquella joven que lo habían anonadado hacía apenas un rato, procuraba observarla cuanto podía, sin perder la mirada, cosa que lograba no sin un gran esfuerzo. Le indicaba los diferentes aparatos y características del cuarto, señalándolas impetuosamente para que ella fijara su vista y así poder estudiarle en detalle las terminaciones que hacían de Malena una criatura celeste; la forma en que disponía de la comisura de sus labios, sus ojos caídos, las manos frágiles que se aferraban desconfiadas al barral de la cama. Ya sin saber cómo hacer para extender aquel momento juntos, Vicente finalizó el recorrido explicativo. -Con este botón se puede llamar a la enfermería y con este otro a la recepción, cualquier necesidad que tenga no dude en llamar y alguien vendrá enseguida, es importante que se sienta cómoda y tranquila y que no realice esfuerzos, por lo que, realmente, cuente con nosotros- Hubiera querido decirle que si presionaba el botón de la recepción, él vendría enseguida, que él estaría apenas a unos metros detrás de la puerta para brindarle lo que sea necesario, quería pedirle que confiara sólo en él, pero no se animó, en cambio institucionalizó la oferta explicándole que "el Sanatorio" daría todo por ella, lo hizo sabiendo que mentía, y se retiró con un saludo seco e impersonal.

Al terminar su jornada de trabajo, mientras salía del Sanatorio hacia su casa, Vicente seguía sin poder dejar de pensar en Malena, intentaba recordar cada detalle de la conversación que había mantenido, refrescaba a cada momento la imagen que había guardado de ella parada en la vereda, en esa ignota baldosa en donde la vio por primera vez y por donde ahora él caminada. Algo llamó su atención, en el suelo, casi cayéndose sobre la calzada, un perro cualunque revolvía con el hocico una gran bolsa de papel madera, dentro de ella había otras bolsas de papel más pequeñas, y dentro de ellas, las medialunas y tortas negras que había comprado en las primeras horas de la tarde.

 

Al siguiente día Vicente llegó temprano al trabajo, las primeras horas se sucedieron sin demasiados movimientos en la habitación 24. Solo la recorrida de rutina de las enfermeras y la visita de Paula, la encargada de recursos humanos y control de calidad que se presentó como a todos los nuevos internos, con la planilla de ingreso y el cuestionario de satisfacción.

A media mañana Casalenovo llamó a Vicente por el comunicador y lo citó a una reunión en su oficina del cuarto piso. Durante todo el tiempo en que Vicente estuvo frente a su escritorio no pudo dejar de mirar fijamente los numerosos animales embalsamados. Casi ni prestó atención al ensayado discurso sobre el compromiso, la puntualidad, el respeto por los procedimientos y la importancia de la buena presencia ante los médicos y pacientes. Vicente ni siquiera llevaba prendida a su camisa la pequeña chapa con su nombre, pero no le interesaba lo que aquél sádico tuviera para decirle, solo podía pensar en Malena, confinada en aquella habitación, tan cerca de su vida y tan lejos de sus promesas.

Cuando volvió a la recepción y hojeo la ficha de las habitaciones supo que hacía poco más de una hora se habían llevado a Malena al quirófano. Inerte, se quedó pensando en la música clásica que escuchaba Casalenovo, y bajo las ordenes de que ley de los hombres podría generarle en su constitución las ganas de sentarse a jugar con animales muertos y disecados. Para Vicente, la música y las expresiones artísticas en general constituían una especie de magma que coexistía debajo de la corteza de las cosas, fluyendo caprichosamente desde algún núcleo insensato e inalcanzable. Visto de esa manera, un pianista lee algunas páginas de algún escritor que lo conmueve, se inspira, compone, y da vida a una hermosa pieza, que dentro de algún tiempo escuchará alguien hábil de palabras, y aquella pieza lo impulsará eventualmente a escribir y publicar algún conmovedor relato que a su vez será leído por alguien que será capaz de expresar sus sensaciones a través de un instrumento, una pluma o un pincel. Y así el arte consume arte, se nutre y se propaga irregularmente hacia su destino extrínseco, que permanecerá siendo un misterio y un regalo para los hombres, motivando en ellos los instintos más variados, desde el llanto mudo e incontrolable hasta el deseo de sentarse a jugar con pequeños animales muertos y disecados.

Absorto en pensamientos semejantes Vicente pasó el resto del día, aguardando sin perder de vista la puerta de doble hoja del pasillo que daba al quirófano. Pero al finalizar la jornada aún no habían traído a Malena de vuelta a la habitación. Casi no durmió esa noche, le costaba despegarse de aquel olor a inocencia que las circunstancias le habían impregnado, había alquilado su imaginación al sueño de una vida juntos, en la habitualidad de las comidas, en la intimidad de las pequeñas charlas, en los compromisos mutuos y la planificación de los viajes de fines de semana. 

 

Al día siguiente, al llegar al Sanatorio, Vicente se topó con el peor de los escenarios, al entrar vio que un policía aguardaba en el pasillo del tercer piso y sobre el mostrador de internación alguien había dejado el fichero de la morgue sobre la madera negra de su escritorio. Era evidente que algún deceso había ocurrido durante la noche, y él sabía perfectamente que el único paciente que había pasado por el quirófano el día anterior había sido Malena. Sin embargo, Estela se arrimó al mostrador donde estaba Vicente y disipó con liviandad sus temidas presunciones. -¿Te enteraste de la tragedia de la 16? Pobre chico, nadie se lo esperaba, una complicación, parece que a causa de una sepsis, Toralbo llegó a última hora de la noche pero el joven se le murió en la mesa, no se puede entender, la familia está destrozada-

La puerta de la habitación 24 se abrió y una señora de amplia cintura se acercó al mostrador, era la madre de Malena, había llegado a primera hora de la madrugada y no se había separado de su hija. Se notaba a simple vista que aquella señora de ropas amplias y expresión adusta estaba incómoda en aquel lugar y se dirigía al personal con evidente desconfianza. Le pidió a Vicente si podría bajar un poco la temperatura del cuarto por que su hija tenía un poco baja la presión y se sentía aún abombada por la operación, además le preguntó a la enfermera si le era posible que le limpiasen la herida de la sutura ya que el doctor Toralbo pasaría a revisarla en una hora.

Vicente comprendió entonces que irremediablemente todo terminaría demasiado pronto. La operación había sido un éxito y ahora la salud de Malena mejoraba a cada momento, seguramente podría ordenarse su recuperación en algún Hospital de su pueblo, su madre querrá llevársela con ella a la jungla, y así saldría de la vida de Vicente tan abruptamente como había entrado, sin siquiera haberle dado una oportunidad de cumplir con todo aquello que se había prometido.

Toralbo llegó al piso a primera hora de la tarde e ingresó inmediatamente a la habitación 24, obligando a su madre a aguardar en el pasillo. Vicente no podía evitar pensar en aquel médico en el cuarto con Malena, desnudándola con sus manos hoscas y profesionales, lo imaginaba encima de ella, revisándola, tocándola, pidiéndole que tosa y se sacuda, que levante aquella pierna y que bostece, y saque la lengua y diga ahhhhh. Aquella habitación y todo su contenido estaban torturando a Vicente, cortándole lentamente las amarras que lo habían aferrado a sus días en la sombra.

Al poco tiempo que Toralbo se retiró, la madre de Malena salió de la habitación a hablar por teléfono. Vicente no pudo deducir quien sería su interlocutor, pero sí la oyó comentar que saldría a comer algo afuera del Sanatorio ya que no toleraba más la comida que le traían desde la cafetería. Al terminar la conversación volvió al cuarto unos minutos y luego salió a paso rápido hacia la calle. Desesperado y ante la inminente decapitación de sus esperanzas, Vicente se coló al cuarto de enfermería,  constató que ninguna de las enfermeras estaba disponible y se dirigió sin levantar la cabeza hacia la habitación 24. Comprendía la irracionalidad del acto que estaba a punto de cometer, y sabía perfectamente que si era descubierto tendría su despido servido en una bandeja de plata, pero nada le importaba ya. A pesar de la expresa prohibición de que los administrativos ingresaran a las habitaciones ocupadas, Vicente abrió la puerta silenciosamente, sin golpear siquiera, e ingresó en aquel rincón de su vida que le había sido vedado.

Malena dormía serenamente en la penumbra. El televisor encendido y en silencio variaba los tonos lumínicos y daba una sensación de dinamismo al cuarto, casi como de baile de graduación o fiesta de cumpleaños. La habitación estaba desdeñosamente desordenada, ropas tiradas sobre las sillas y la cama auxiliar, papeles de dulces y bolsas vacías de comida sobre el aparador, hasta la manguera del suero parecía desprolijamente dispuesta alrededor del brazo de la joven. Durante varios minutos Vicente no hizo más que contemplar a la chica, escuchaba pasivamente la tenue respiración y los imperceptibles movimientos que hacía con su nariz y sus párpados. En realidad la intrusión no tenía ninguna otra finalidad más que esa, la de observarla, la de ser testigo de aquello que se sucedía más allá de los límites de su realidad, aquel mundo que veía con ojos mágicos y somnolientos, aquel refugio habitable que destrozaba su rutina y sus expectativas. Estaba por retirarse del cuarto, dando por finalizada su inusitada y breve rebelión, cuando vio que al otro extremo de la cama, lejos de aquel plácido rostro durmiente, uno de los pies desnudos de Malena se asomaba por fuera del cobertor. Aquel diminuto pie que había cabido en una de las baldosas de la vereda del Sanatorio, hacía sólo unos días, cuando la había conocido, cuando la había dejado entrar en su vida, recibiendo el primer golpe. Quería tocarlo, asimilarlo, creía que si lograba sentirlo, si pudiera al menos tener para sí aquella íntima parte de su cuerpo, entonces la tendría toda, y no habría más misterios ni refugios, y sabría exactamente hasta qué punto le sería posible cumplir con sus promesas. Lo rozó primero, luego lo acarició suavemente y después lo tomo con las dos manos. Sentía que la energía circulaba entre sus cuerpos y que de alguna manera inusitada se estaban compartiendo ambos sus más encarnados secretos. Comenzó a frotarlo lentamente, hubiera querido que aquel momento se suscriba a una condición de eternidad, que nada vulnerare la fragilidad de aquella escena obscena y primitiva. Pero las circunstancias siempre se ríen de las previsiones y en un impulso brevísimo Malena dio un pequeño golpe con sus piernas, lo que asustó sobremanera a Vicente y provocó que torpemente arrojara al suelo una de las sillas cubiertas de ropas, generando un ruido seco y austero dentro de la habitación cerrada. Malena despertó inmediatamente, sobresaltada.

Ambos se quedaron mirándose estupefactos, por diferentes motivos ninguno de los dos sabía qué hacía Vicente dentro de aquel cuarto, y a falta de arrebato ninguno atinaba a reaccionar. Los segundos pasaban y resultaba cada vez más urgente una explicación por parte del intruso, quien bajando la voz al mínimo y acompañándose con gestos serenos e inofensivos explicó a la joven como mejor le fue posible que su madre había salido a comer algo y que le había pedido encarecidamente que entrara al cuarto pasada la hora a chequear que su hija se encontrara bien y que no se hubiera asustado al despertarse y no verla en la cama contigua. La joven no dio demasiado crédito a lo que Vicente le explicaba, pero tampoco podría asegurar que ello no fuese cierto, por lo que sin abandonar su expresión compungida le replicó con tono de reproche -Mi madre se preocupa demasiado, y a veces pienso que me trata como si yo fuera una niña de diez años, no veo porque habría de asustarme en caso de despertarme y no encontrarla, y en tal caso bastaría con llamarlo a usted a la recepción y preguntarle, pero entiendo que es así como ella se comporta, de todas maneras estoy bien y no necesito nada en particular, le agradezco por cumplir con lo encargado- y volvió a apoyar su cabeza sobre la almohada, capitulando. Vicente hizo un ademán de obediencia y se retiró del cuarto sin pronunciar otra palabra. Al cerrar la puerta tras de sí y levantar la mirada, a manera de cierre de su incongruencia, vio que Casalenovo lo esperaba en la recepción.

El jefe montó un interesante espectáculo, con voz serena le imputó a Vicente serias faltas de conducta y la desfachatez que había tenido al ingresar a uno de los cuartos sin su expresa autorización, advirtiéndole que dicho acto no resultaría impune. Vicente argumentó la paciente lo había llamado, asustada, porque había despertado y su madre no se encontraba a su lado. Él había intentado explicarle por teléfono que la señora había salido a comer y estaría pronta a volver, pero los llantos de la joven impedían la comunicación, por lo que había decidido ingresar brevemente al cuarto a consolarla dado que ninguna de las enfermeras se encontraba disponible en aquel momento. Casalenovo disminuyó su reproche, y sin darle crédito a lo que el empleado decía lo amenazó una vez más - Usted está completamente fuera de foco Vicente, no es la primera falta de conducta que comete y esta historia de la niña asustada no me la creo, cuando vuelva la madre de la paciente voy a hablar con ambas y más le vale que su versión coincida hasta en los puntos y comas con la que me ha dado ahora porque de lo contrario elevaré el informe correspondiente al directorio y usted no pisará nunca más el suelo de éste Sanatorio, ni como empleado, ni como paciente.

La condena era grave e inminente, de un momento a otro la madre de Malena volvería al cuarto y Casalenovo las abordaría a las dos. A Vicente no le importaba demasiado perder su trabajo, pero entendía que quedaría totalmente expuesto frente a su querida, su actitud cobarde resultaría imperdonable y probablemente no tendría siquiera la oportunidad de explicarle los motivos que lo llevaron a realizar semejante arrebato.

El jefe monto guardia fuera de la habitación 24, y a los pocos minutos de que la madre de Malena hubo retornado de comer golpeó suavemente la puerta e ingresó. Veinte minutos después, cuando finalizó el turno de Vicente, Casalenovo seguía reunido adentro dentro del cuarto de Malena. El empleado no pudo contener más sus pulsaciones y dio lugar a la cobardía por segunda vez en el día. Tomó sus cosas y se retiró, calladamente, por la puerta principal.

 

A la mañana siguiente Vicente fue al trabajo en forma normal, pero sabiendo que solo pasaría allí sólo algunas horas cuanto mucho. Resignado y al borde del espasmo especulaba con que  al llegar tendría alguna desagradable charla con Casalenovo y cerca del mediodía le dirían que recoja sus cosas y se mande a mudar rapidito de ahí, haberes a su disposición y esas cosas, siempre funcionaba de la misma manera.

Pero cuando llegó al mostrador del tercer piso nadie lo estaba esperando, y cuando le preguntó a Estela por Casalenovo le dijo que había llegado temprano y estaba en su oficina desde hacía un par de horas. El ambiente era normal, el resto de las enfermeras lo saludaron con total cotidianeidad y Marisa le pidió que le trajera facturas si salía a fumar cerca de media mañana. Ningún comentario había llegado a las enfermeras, y eso era por demás de extraño.

Mientras ingresaba los movimientos en el fichero Casalenovo pasó por en frente del mostrador, le arrojó una mirada severa al tiempo en que le advirtió –Derechito Vicente, camine derechito- y se retiró sin más.

Sólo al rato salió Malena de su habitación, aunque difícilmente podría creerse tenía un aspecto aún más frágil que aquel con el que había ingresado. Iba acompañada de su madre, cubierta en ropas, cabizbaja y calma. Al pasar frente al mostrador la señora le entregó a Vicente los papeles de salida que las enfermeras le habían dejado para que completara, le agradeció por las atenciones del staff y preguntó también si les sería demasiado complicado a esa hora conseguir un taxi en la calle que las lleve hasta la estación. Antes de emprender su camino hacia el ascensor, Malena levantó la cabeza, apretó la comisura de los labios y le regaló a Vicente una mirada tierna, llena de complicidades y de licencias, y se alejó por el pasillo. 

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                                        Guillermo R.

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-