"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




3 de Agosto, 2012


ALEJANDRA RODENAS

Publicado en Cuentos el 3 de Agosto, 2012, 19:50 por MScalona

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El último verano del después. (1974)

                                                               “…te ruego que respires todavía…”

                                                                                                       ( Sui Generis)

 

 

Hace dos días que llegamos. En forma escalonada, en diversos medios de transporte, más o menos cansados, pero cuando la noche de Navidad se huele en los pinos, ya estamos todos aquí. Lejos de la ciudad y su frenesí de compras y celebraciones, bastante más cerca del cielo y de nosotros mismos.

 

Los aprestos se van repitiendo, con pequeñas e imperceptibles variantes, año tras año. A veces, cuando veo el desplazamiento de objetos y personas, siento que nos estamos mudando para siempre.

Tal vez así lo sea un poco y nadie se anima preguntar cuando será el día. Pero tampoco nadie se preocupa en preguntarlo. O todos lo saben, menos yo.

Llegamos con libros, revistas, juegos de mesa, discos: los únicos que no se trasladan son los de pasta: esos quedan siempre aquí y suenan apenas llegamos, un ritual que nadie objeta aunque las canciones sean siempre las mismas.

Nadie se queja, ni siquiera cuando las tareas son pesadas, reiteradas o tediosas: todo se vive con la alegría que inspiran los tres meses por venir.

Este año fue distinto: el 22 de Diciembre y sin que nos avisaran nada – nunca nos contaban nada acerca de los cambios de planes, y si los había, no resentían demasiado la rutina amasada en años y años de encuentros de primos, amigos y familia- una renoleta verde, descascarada y con las ruedas lisas – eso dijo mi primo José- se estacionó en la puerta de la casa de verano y depositó a dos chicos bajo la sombras de los paraísos y sin que bajara siquiera su conductor, aceleró y se perdió en el viejo camino que desembocaba en el Faldeo del lago.

-         Chicos: saluden! Llegaron los hijos de un amigo de papá…

Mi madre tenía una particular forma de obviar lo obvio: se desentendía. Y la foto de dos adolescentes de 17 y 18 años emblanquecidos y con aspecto de haber pasado meses encerrados en un departamento, automáticamente, se convertía en nuestro problema, en nuestro camino a recorrer, en un jeroglífico que entre todos, seguramente llegaríamos a desentrañar, pero en el cual ella, distante y lejana, sólo se animaría a marcar los límites de nuestra curiosidad. Es que éramos, casi todos, francamente atrevidos, capaces de urgar en una historia y destriparla mientras freíamos buñuelos de manzana.

-         Los chicos se llaman Juan y María, los papás tuvieron un problema y se quedan a pasar el verano con nosotros.

Con esa escueta presentación, tomó sus bolsos, les regaló una sonrisa inmensa, los abrazó por la espalda -nos dió la espalda- y los llevó hacia el  interior de la casa, mientras todos nos quedamos en silencio pensando quién iba a tener que resignar su cama para que esos dos cuerpos con apariencia de reciente desamparo descansaran del viaje.

Después de cenar Juan jugo a la lotería de cartones con mis primos, contó, como si le importara poco, que sólo tenía un jean y carecía de traje de baño – mis sospechas sobre lo inesperado del viaje se confirmaban y la de mis primas que me retorcieron toda la noche la pierna debajo de la mesa, también- y preguntó si el acceso a las revistas y a los discos era libre.

-Libre?

Todos nos largamos a reír.

-Claro, cómo no va a haber libertad de leer o escuchar? Le contestó mi hermano, mientras soplaba un disco de Serrat para ver si los dedos empastados de mi prima se desvanecían en el obsesivo esmero que ponía en el cuidado de sus tesoros, de las fundas, de los sobres que acariciaba y alisaba en un gesto suave, como si supiera que ellos iban a sobrevivirlo.

-Libre, claro, pero con cuidado.

Así era él, delimitaba los territorios, pero nunca sabíamos si detrás de ello había miedo o convicciones.

María en cambio, guardó en el placard del cuarto del fondo, el de las cuchetas, una caja de cartón, se mostró avergonzada por no tener ni un camisón siquiera – yo le presté uno mío- y lloró toda la noche, con hipo, con tanta pena, que casi me arrepiento de haberme enojado porque le asignaron la cama de plaza y media, la que siempre ocupaba una de las  tías, que ese año ya no estaba entre nosotros.

Por la mañana mi madre los llevó al pueblo y les compró todo aquello que, lentamente, los hizo parecer parte del clan.

A la tarde llegó papá.

Y todos nos dimos cuenta que no los conocía.

Cómo los iba a conocer si les preguntó la edad.

 

 

 

 

Los primeros dos días transcurrieron como siempre. Los rituales se desgranaban con esa cadencia jugosa que permite el saber que hay tiempo y que la laxitud del paso de las horas, aún vacias, está muy lejos del tedio. Gozábamos en el hacer todo aquello que el año nos tragaba: despertarnos tarde, desayunar torres de tostadas en la cocina, permanecer semi vestidos, sin horarios, leyendo, tirados al sol. Los cuerpos se desvanecían y aparecían palabras o largos silencios  sólo ocupados por la música y el ruido de la naturaleza que nos rodeaba: el arroyo, el lago, y más allá el río de fondo verde y helado al que íbamos cuando el calor se tornaba insoportable.

Eramos todos primoshermanos hasta que llegaron ellos.

María, después de la noche de llanto que tanta culpa me causó, se levantó temprano, y al regreso del pueblo con su ropa nueva y el saludo a mi padre – que a todos nos pareció como de “gente grande”- exhibió una transformación que no todos percibieron enseguida, pero que yo advertí en un solo gesto: su pelo, maravilloso, largo y rubio, se soltó en una cascada que emocionó a los varones y sacudió la modorra de las mujeres. Ahora, cuando pienso en esa escena siento unas incontenibles ganas de llorar: mi corte varonil, exigido a mi madre por tanto tiempo y celebrado por los primos por el poco tiempo que le dispensaba en cuidarlo – a diferencia del resto de las primas que pasaban horas alisándose las ondas- ya no era emblema de nada. María brillaba en él aunque siempre lo llevara atado.

Además, delimitó su territorio: no sólo guardó su caja – su única e intrigante pertenencia- en el fondo del placard, sino que se encargó de situarse en el centro de una escena que hasta ese momento mutaba como mutan los lugares cuando nadie se disputa la verdad. Los liderazgos eran móviles y nadie le prestaba demasiada atención al territorio ajeno: los acuerdos eran tácitos, antiguos, y sostenían una hermandad que pronto iba a ser resquebrajada.

 

Y María fue más allá. Inició el trazado de una geografía de verdades que nunca se nos hubiese ocurrido siquiera diseñar. Definió a los vecinos, categorizó a los pequeños comerciantes del pueblo, rotulaba todo lo que pasaba frente a su mirada como si no pudiese concebir la vida sin hacerlo. El bien y el mal se sentaron a nuestra mesa y de a poco, sin darnos cuenta, empezamos a beber una bebida espesa que se fue adhiriendo a la entraña de cada uno de nosotros.

Al tercer día, ya instalada en la mesa de los juegos, decidió que el tapete verde era demasiado inglés, que la lotería de cartones profundizaba la competencia por dinero, y que las trampas que le hacíamos en los juegos de cartas a nuestra tía soltera debían ser comunicadas a nuestro padre el siguiente domingo. Ahí exhibió su cara más extrema. Allí fue que empezaron los rumores. A partir de ese momento dejaron de ser los chicos en problemas que merecían nuestra solidaridad para convertirse, lentamente, en dos intrusos, en cuatro ojos inoportunos y acechantes.

 

Con el correr de los días Juan tomó distancia de María. Algo había en él que lo hacía más querible para el grupo: algunos pensaban que su acercamiento era impostado, que su objetivo era acercarse para luego traicionarnos, pero la mayoría consideraba que su actitud era sincera.

Yo estaba entre los segundos.

Pero además, mi problema era otro.

Juan, no sólo se había ganado mi confianza, sino también mi corazón y mi cuerpo. Al tercer o cuarto día de su estancia en la casa de verano, cuando salimos a caminar bajo los árboles que rodeaban el arroyo y nos sentamos sobre unas piedras a ver como nuestros pies se desfiguraban bajo el agua verdosa, me sopló los ojos y mientras se reía y mojaba mi nuca sudorosa emancipó mis pechos que, sin traje de baño, estaban sólo cubiertos por una delgada remera roja. Nos bañamos íntegros, y mis catorce años supieron del deseo y las humedades.

Me abandoné en él y él hizo de mí todo lo que sus diecisiete le permitieron.

A partir de ese momento, de ese instante saturado de olor a tierra mojada y orilla, tocarnos se convirtió en una obsesión.

Pasaban los días y  nuestros cuerpos y colores– ambos éramos extremadamente delgados, castaños, yo dorada, pecosa y él en vías de serlo- se perdían en las tardes de sol, en los recovecos de un pueblo al que yo le conocía todos los secretos, en las pequeñas cuevas que el arroyo cavaba, en los cuartos oscuros de persianas cerradas por el calor, en los tupidos follajes que rodeaban al Dique, en nosotros dos, desbordados de saliva y semen, y de una ternura que apenas podíamos disimular cuando estábamos con el resto del grupo.

Al quinto día de la tarde aquella fui su mujer y aún no logro dejar de serlo.

Juan, Juanito, mi amor, si hubiésemos sabido todo lo que nos pasaría después.

María sospechaba.

Y varias veces intentó hablar con un Juan que ya no registraba sus deseos de hermana mayor.

Discutieron una noche en la galería, cuando todos nos estábamos preparando para salir de cabalgata – la luna llena traía consigo ese rito- y ella, además de intentar disuadirnos del trayecto que íbamos a tomar  – esa  noche no pudo, allí las voluntades se unieron en su contra- le sugirió a Juan que fuese con ella, al paso, porque le temía a nuestras alocadas carreras, y él, en un gesto que resumía una semana de éxtasis y amores inicio un galope a mi lado para ganarle unos minutos a la caravana hasta encontrar un  claro en el cerro que nos permitiese tragarnos mutuamente el rocío que ya cubría nuestros cuerpos. La boca de Juan, la mía y el deseo que nos atropellaba.

Esa noche, fue mi hermano quien acompañó su paso lento.

Y fue mi hermano quien a partir de esa noche se enredó en su cadencia.

Y aunque el destino era una palabra sólo usada por las tías y nuestros padres, algo de él comenzó a cernirse sobre nosotros.

Las cabalgatas de luna llena eran inescindibles del verano, sobre todo porque participaban otros amigos, amigos de amigos, una caravana que apenas tocaba el faldeo del lago se dispersaba como se dispersan los amores y los odios. Sin plan previo. Sin camino. La única consigna que se respetaba era encontrarnos para el regreso que debía ser ordenado, de lo contrario, podría ser la última. El amanecer nos debía reunir para llegar a casa todos juntos.

En esa oportunidad, nuestro amanecer fue el mediodía. Y un sol alto se colaba entre el  bosque de pinos dónde habíamos pasado la noche abrazados, desnudos y extasiados. Recién despiertos Juan besaba mi sexo y yo el suyo. Ninguno de los dos sabía que hora era, pero ambos sentíamos el ruido del día ya avanzado sobre nuestras cabezas. No podíamos separarnos: mi espalda sobre la tierra, rodillas raspadas, la boca ardida, los cuellos marcados. Hicimos todo lo posible para tatuarnos esa larga noche de amor sin imaginar que nos costaría tanto: cuando voces cercanas repetían nuestros nombres ya  era tarde para todo. Y a la primera que ví, con el pelo suelto y toda la luz de quien corre una cortina en un gesto desesperado fue a María.

Enceguecidos y descubiertos, buscábamos con que taparnos mientras María seguía despejando ramas para hacer entrar el sol.

-Juan vestite que nos vamos. Nos vamos de acá y de este pueblo de veraneantes. Vos sabés que hay muchas cosas por hacer.

- Andate vos, María. Yo me quedo.

Y mientras le contestaba, acariciaba mi cabeza, que, hundida en el hueco de sus hombros que ya los estaba mojando de tanto llanto.

-Tranquila chiquita, estás conmigo.

Mi vagina desnuda latía sobre su vientre, mis piernas lo rodeaban,  y mi pecho se perdía en el suyo.

Permanecí un largo rato así, abrazada a él, impúdica, pero asustada.

María no sólo nos había descubierto, sino que además tenía preparado un sermón.

-Vas a tener una erección pública hermanito? Ya bastante te he tenido que soportar en el mismo cuarto masturbándote en la oscuridad, o que te crees que soy estúpida, que no sé distinguir un orgasmo de un ronquido?

Juan se levantó, me cubrió como pudo con su camisa, me dijo suavemente al oído: Alba, chiquita, cámbiate, éste es mi problema, y mientras yo buscaba a tientas mi ropa y mis zapatillas, enfurecido, tomó a María del cuello y olvidándose de su desnudez, la arrojó contra el tronco de un pino, la maldijo, y tomó una de sus manos para restregarla contra la corteza áspera hasta hacerla sangrar.

Al rato, ya vestido, la ayudó al levantarse del suelo, le lamió la mano y le dijo: no es nada, vámonos de aquí.

El retorno a la casa lo hicimos caminando, los caballos en su monótono discurrir serrano nos habían abandonado apenas el sol se había filtrado entre los pinos.  Ella nos dijo que nadie -excepto mi hermano que presenció toda la escena en silencio- sabía de nuestra ausencia, que nos suponían durmiendo como a todos después de una larga noche de fogones y guitarreadas en la que no estuvimos, y que lo mejor sería que entrásemos a la casa saltando la cerca de los vecinos y que al fin de cuentas teníamos suerte: mis tías y mi madre habían salido de compras y volverían recién a la hora de almorzar, que siempre era tardía.

Mi hermano no me habló en toda la caminata. Me dolía el cuerpo, la piel, la boca. Tenía a Juan adherido y el olor a su transpiración masculina ya era el mío.

Juan iba adelante hablando con María. Gesticulaban, hacían pequeños intervalos en la caminata para mirarse fijamente, se tomaban de los brazos dándose mutuos golpes en una pelea que era evidente que no había empezado ese día. Algo los enfrentaba más que el descubrimiento de ella de su amor hacia mí. Algo que   yo, que caminaba unos veinte metros detrás junto a mi hermano  no terminaba de entender, y ni siquiera vislumbrar.

Llegamos a la casa, mi hermano y María entraron por la galería – ingenua, una de mis tías puso el dedo sobre su boca como reclamándoles silencio para los extenuados miembros de la cabalgata que aún dormían- y nosotros dos, como si regresáramos de una batalla entramos al últimos de los cuartos –el más oscuro- a buscar el alivio en el sueño y en la suavidad de las sábanas.

Me dormí profundamente, no sin antes pensar que ahora que María sabía nuestro secreto, ninguno de nosotros dos sabía que podría hacer ella con eso.

Recuerdo haberme despertado mucho después del almuerzo, haberme tapado la cabeza con la sábana ante la insistencia de mi prima entrerriana –tenía la misma edad que yo- y sumergirme en la bañera enlozada para ver si el agua se llevaba algo de la angustia y la incertidumbre que me arañaban por dentro. A pesar de todo y de la imagen de María mirándome desnuda que no me abandonaba, volví a tocarme, a deleitarme en el roce áspero de Juan sepultando mi niñez una y otra vez. La menor de todos, la pequeña que hasta hace un año exhibía su pecho sin pudor al sol, besaba los cuellos, y se metía en las camas de invierno sin mirar quién estaba dentro, ahora gemía solitaria, a escondidas de los mayores.

-Alba!

La voz de mi madre enojada me despertó del goce que el agua tibia le daba a mi piel raspada.

-Alba! Tengo que ser la última en enterarme que te caíste del caballo? Por qué no saliste con la yegua, la Mansa, o la Gricelita? Qué le digo ahora a tu padre cuando el sábado me pregunte por qué estás toda marcada? A ver las marcas? Dejame ver por favor, salí del baño de una vez…

Los tres mintieron por mí.

Me envolví en una toalla, salí del agua y enfrenté la penumbra del dormitorio atardecido rogando que ninguna de las marcas fuese tan visible a los ojos de una madre distraída, pero advertida.

-Dejame ver

-Estoy bien, un par de rasguños, nada más.

-Te caíste de espaldas? La tenés toda raspada.

- No mamá, me quise bajar, me quedo el pie enganchado en el estribo y me arrastró un par de metros, nada más.

- A ver si se ponen de acuerdo con la versión, a tu padre no le gustan las contradicciones.

Siempre mi padre.

Y se fue, enojada, a buscar una pomada cicatrizante que tiró sobre mi cama sin detenerse a mirar que mis heridas eran otras, que yo era otra.

Así era ella, así era el temple que le ayudó a sobrevivirlo.

Pasé la pomada por los roces más profundos, los que llegaron a ser lastimadura. Me vestí liviana, me sequé el pelo y salí por la galería, buscando el rastro de la música que se escuchaba fuerte. Sonaba, como una ironía, “Detrás de las paredes”.

Nadie le prestó mucha atención al incidente, casi todos pensaron que se trataba de una travesura más, una más entre tantas que urdíamos los más chicos.

-Toda raspada, Alba, que desastre, sos cero femenina, ya te dije, seguí así y para los quince te armamos un asado con cuero con los peones del campo.

Esa era mi prima Teresa, a punto de casarse con el administrador del campo de mis abuelos maternos. Fue tan insignificante en mi vida que ya no recuerdo ni su cara.

-No lo viste a mi hermano? le pregunté.

-Que se yó, creo que se fue después de almorzar al pueblo, a llevar a los chicos a tomar el micro.

-Qué chicos, que micro?

-Alba, los chicos que trajo tu viejo antes de Navidad. Era hora ya que esos dos se fueran de aquí: lo único que trajeron fue discordia.

Mi madre ordenaba la alacena cuando entré a los gritos a la cocina. Nunca se dio vuelta para mirarme, solamente me dijo en un tono firme, con una voz vaciada, casi aliviada: se fueron, hable con tu padre por teléfono y se fueron. Yo no estoy para hacerme cargo de hijos ajenos. Tu hermano los llevó a tomar el micro de las siete.

Eran las seis y media.

Aun corriendo, aun con los atajos, aunque me olvidase de las cuestas, del ripio, aun gritando sus nombres para el eco, nunca iba a llegar antes que ese micro serrano, nauseabundo, puntual, desterrado.

-Cuál de las siete? El que va a Rosario o a Córdoba? Mamá, por favor cuál de los dos?

-No lo sé, los boletos los pidió tu padre por TE y ellos los buscaban en la Terminal. Basta Alba, hasta ayer odiabas a María por rubia, te enojabas con tu hermano por seguirla, y jugabas como una chiquilina con Juan. Ahí están tus primos, los de siempre, no tenés por qué poner esa cara de desesperación.  Nadie tiene porque que ponerla, apenas estuvieron un mes aquí y sólo los oí criticar a María y apenas aceptar a Juan. Ya está, ya estarán por tomar el micro que sea para reencontrarse con su familia. La tuya es esta, basta ya.

Salí corriendo. Corrí tras un milagro, tras una escena feliz. Corrí a buscarlos y cuando llegué a la Terminal los tres se habían ido.

Mi hermano también.

“Es demasiada pesada esta historia para tus catorce años…” Así empezaba la carta que María escribió con trazo apurado y dejó escondida en mi bolso de playa. Y  terminaba: “…tengo que llevarme a Juan, no puedo abandonarlo. Hay razones que entenderás con los años, hoy están sucediendo cosas en el mundo y en Argentina que requieren de nuestra presencia en otra lucha, en otra batalla, no aquí, sumidos en esta paz burguesa a la que tu padre nos trajo, y le agradezco. Pero la historia está hoy en otro lado”

La Postdata era irreversible: “Tu hermano sabe quienes somos, lo supo siempre, como lo sabe tu madre aunque haya decidido callarlo. No los juzgues. Recién hemos comenzado. Cuando ocurra la victoria, nos reencontraremos, te lo prometo. Juan nunca quiso dejar este pueblo, ni abandonarte. Quería quedarse aquí,  pero su destino hoy, es otro, y lo sabe. Soy yo la que no lo dejé despedirse de vos.  Te dejé la caja en el fondo del placard…”

El destino.

Y María señalando dónde quedaba.

 

 

 

María vive en México. Pudo salir de Argentina con una pasaporte falso que le proveyó la organización en la que militaban sus padres. Se casó con un médico y tiene dos hijos.

Me ha escrito decenas de cartas que nunca he contestado. No soy buena para perdones, apenas si puedo con el que por años, me rogaron mis padres.

 

A Juan lo detuvieron en la frontera con Bolivia, lo pusieron a disposición del PEN y en febrero del 1976 logró salir del país. Vive en Barcelona, está en pareja con una periodista valenciana y es el editor de una revista de economía. Durante años vivimos de un amor de cartas hasta que todo se fue desvaneciendo, aunque aún me sienta su mujer.

Mi hermano está desaparecido, lo vieron por última vez en el Pozo de Banfield, muy delgado, muy frío, muy llorado. El siempre supo quiénes eran los hermanos que llegaron a cambiarnos la vida. El siempre supo que yo iba a vivirla. Cuando lo extraño tanto que no siento la piel, recuerdo la mirada aquella, entre los pinos, sonriendo apenas, ante mi espalda lastimada.

Mi hijo tiene 36 años. Es castaño, dorado, pecoso. Parecemos hermanos, pero no lo somos. Es más parecido a Juan, sobre todo al Juan niño, el de las fotos que María me dejó en la caja del placard.

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                                                        A L E

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-