"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




CARLA CATERINA

Publicado en Cuentos el 29 de Julio, 2012, 23:36 por MScalona

Cecilia, una mujer

La vi con la cara hundida en el hueco que formaban  sus manos. Lloraba o gemía, no sé bien. Se metió en el ascensor, como escapándose de mis ojos. La puerta se cerró y me quedé parado, mirándola, sin verla exactamente como otras veces.  La caja metálica se detuvo en el primer piso. Esperé. Escuché el ruido de la puerta cerrándose. Después subí. Antes de llegar al octavo pensé en volver, en golpear esa puerta. Me quedé en casa y me distraje con una lata de cerveza  y un cigarrillo.  Felipe dormía sobre las sábanas de mi cama revuelta. Me tiré  en el futón, y me quedé dormido.

−Cecilia!!!,¿otra vez llorando?, Soledad extendió sus brazos sobre mí, abrazándome , a modo de calma. Me acercó contra su pecho cálido, su pecho de siesta maternal. Era la mayor. Era mi amiga, además de mi hermana. Después sirvió  dos vasos de coca,  nos reímos,  nos  quedamos  sentadas en el balcón, viendo ese atardecer rojizo de enero morirse detrás de una estructura en construcción.  Cerré los ojos, queriendo adormecerme, queriendo huir,  anhelando  que la realidad fuese un sueño finito, imprudente, arriesgado.  Los ojos de  mi padre, la ley; una profesión, una buena familia, un porvenir brillante; un mandato, un ahogo, una rebelión.  Mi  madre, las manos  blancas y finas, uñas prolijamente arregladas, un té a beneficio  en la Fundación (famoso purgante  de culpas de la gente "bien" ) la misa obligada del domingo; pollera larga, cuello de broderí, zapatos de taco bajo, una señora de la sociedad.  ¡ Cecilia! Dijo Paula  exaltada, que acababa de llegar, arrancándome pronto de un sueño profundo.  _ Fuimos a Villa Diego, recorrimos bares, kioscos, talleres de motos, y nada, nada de nada. Soledad escuchó atenta el relato, después dijo que todo iría bien, y se puso a preparar  una pizza.  Ramiro se había vuelto a Santiago del Estero,  hasta fines de marzo que empezaban las clases. Era un alivio en medio de la tormenta.

Me acuerdo de ese día.  Me desperté cerca de  la una. Era un sábado  agobiante, típico de enero, pero afortunadamente el cielo se estaba cubriendo de  nubes. Preparé el mate, galletitas, y reposera en mano, me fui a la terraza. Habíamos hecho de este ámbito de baldosas rojas,  un pequeño solárium, con  una manguera que usábamos  a modo de lluvia y nos ofrecía algún  respiro.  Me encontré con Soledad  y después llegó  Esteban, que vivía en el séptimo. Preparamos el mate,   las reposeras  y una lona con redondeles azules  simulando mantel.  Hubo charla; la sociedad, los boliches, la "previa", los encuentros y desencuentros, la música, la risa, los hombres, las mujeres,  la vida.  Yo que  había cumplido treinta y tres, y andaba por la vida con el destino a la deriva, entre las noches de alcohol, una cama cualquiera, una mujer cualquiera, después de mi última separación. Supe que se llamaba Cecilia,  que  algunos días venía a la terraza, precisamente  en horarios que  yo trabajaba, en los que nadie estaba.   Hubiese querido más…, pero ya Cecilia me decía un montón.  ¡ Qué ganas tenía de comerme  esta mina!

Me desperté  temprano, antes de que el reloj descolgara su campanilla musical en la habitación silenciosa. Sentía una ansiedad intensa recorriéndome la piel;  tenía turno en la Martin, era mi primera ecografía. Elegí una camisola ancha con flores de verano y  una pollera de algodón que mamá me había traído en la última visita.  Salimos con Paula; tenía dos meses para pensar, para mentir, para inventar,  "…pasó esto, no supe, no pude, dejé la carrera, se fue, me dejó,  en qué quilombo me sentía envuelta!...", si   dos meses exactos.

La segunda quincena de enero me fui, o tuve que irme, me daba igual. Un viaje pagado a "la feliz" con otros  que como yo, andaban con los ladrillos de la vida en la mano, sin saber  dónde ponerlos. Fueron dos semanas; a mí me   parecieron un año. Dos semanas de Andrea o  Sonia o Manuela, días de  llovizna, otros con  nubes, noches  de borrachera, no sé,  ya no me acuerdo. Un año esperando para verla de nuevo,  repitiendo  su nombre en el silencio.

 ¡ te pico la pendeja ¡  ¿porque no te la coges ? Toca el timbre, háblale  Ale, andá ,  me dijo Juan, después de subir al colectivo. _Ya voy a ir, es que  parece tan frágil, tan sensible, que no me animo!

 ¡  no seas cagón boludo! ¿Qué pensás  , que se va a romper?  dijo Juan, burlándose a carcajadas de mi ilustre cobardía.

 Cerré los ojos, para no escucharlo más y me quedé dormido. Llegamos. Era viernes de madrugada y un  aire espeso pegajoso se impregnaba en la piel; no había duda, estábamos en Rosario.   A Felipe se lo había llevado mi tía Marta. Estaba solo, completamente solo. Prendí un cigarrillo y me entretuve mirando el humo esfumarse por las endijas de la ventana.

Sofía, Valentina, Julieta, jugábamos  a elegir el nombre. Sentadas alrededor de  la mesa ratona del living, los anotamos en papelitos; uno, dos, tres, diez posibilidades  y después hicimos  el sorteo. Un sorteo que se repitió varias veces, uno  tramposo, el otro fraudulento, hasta que fue el correcto, el elegido. De algo estaba segura, Valentina llegaba en seis meses y de esto no había vuelta atrás.   Era noche de sábado y una llovizna persistente rompía sobre la ciudad.

         salgamos a festejar, dijo Paula, con cara de tía.

         si el tema son los viejos, cómo lo van a tomar, el despelote  que se va a armar, agregué, aunque empezaba a sentirme un poco más animada

         todo pasa, se van a tener que acostumbrar, y tal vez, hasta les guste, dijo Sole, después salimos.

Yo llegaba, ella salía; volví a salir. Caminó, caminé unos pasos más atrás. Se detuvo, me detuve, seguimos. Miré con insistencia, con asombro;  una panza incipiente que  asomaba  debajo de una camisa estrecha. Daba la impresión de una panza con ojos y boca y pies;  una panza que latía y debía tener  nombre; una panza totalmente inesperada para mí. Llevaba unos sobres en la mano. Se metió en la Martin. Esperé  en la placita mirando a  unos pibes que  jugaban a la pelota, me quedé arbitrando la partida desde mi silencio, al resguardo de una sombra  verde. Me gustaba  y quería saber más. Esperé cerca de dos horas, o algo menos.  No estaba sola.

−Soledad! Me animé a decir

 hola  Ale, contestó ella mientras  sentí un gesto que me invitaba, que me absorbía; y de golpe me vi cerca, tan cerca, que pude sentir su perfume maternal  y su  mirada ancha, relajada, regalándome desde sus labios rojos una  sonrisa enorme. (qué bestia la pendeja!), me dije para mis adentros.   Sugerí  un taxi,  eligieron caminar. Compré  tres latas de coca cola.

 Me contaron que eran de   Santiago del Estero, aunque yo ya lo sabía. Provenían de una familia de abogados, pero ella, justamente ella,  no quería Ley, no quería orden ni religión. Estudiante de arte, _"una carrera para pasar hambre",  decía  su padre, _ "cosa de vagos", dijo su madre. Y ahora Valentina! En casa me  esperaba el tablero de dibujo,  un plano para el lunes, y un proyecto a medio terminar.  Nos despedimos en el ascensor y arreglamos mates en el solárium el sábado a la tarde.  Recliné mis antebrazos sobre el tablero y pude ver mi mano dibujando una belleza, pero no una belleza cualquiera, sino una belleza de mujer sensual.

Invité a los chicos a comer, le dije a Sole, buscando en su rostro esa inmensa sensación de complicidad. El verano se iba en su tren lento y húmedo, y las hojas marrones crocantes de los árboles  se arremolinaban imprudentes en un ángulo del balcón. Me gustaba la mano de Ale rozándome la piel con avanzada ternura, su mirada transparente que se quebraba junto con la mía en disimulados choques,  su preocupación sobre Valentina. Empezaba a sentirme íntegra, segura, de que tal vez, alguien podía ser el padre, alguien podía cubrir esta falta y pude imaginar  la cara de mis padres frente al nuevo desafío de abuelos, y todo comenzó a ser un poco menos terrible.  Preparé  dos docenas de empanadas;  Ale llegó primero y después Esteban que afortunadamente al igual que yo,  ya no lloraba por lo perdido. Esa noche tardé en dormir. Cuánto más lo intentaba, mis ojos peleaban rebelándose, deteniéndose en la negritud del cielo de un otoño subversivo.

Desde temprano había estado dedicado a poner las cosas  un poco en orden, la cena casi lista, la música precisa, las ganas todas, aunque su condición de futura madre contenía  en mi ese torrente de pasión desenfrenada que me despertaba.   La pasé a buscar a la hora acordada. Esta vez tomamos un taxi. La tarde amenazaba con sus grises de variada intensidad en el horizonte.  Esperamos un rato, hablamos, estaba tan cerca que podía percibir ese perfume. Después entró sola, preferir esperar en el corredor.

  Volvimos, y la noche mostraba sus manos frías y su capa lluviosa. Cenamos y el sonido de una música sedosa me fue acercando hasta su cuerpo de curvas delicadas. Pude percibir la humedad de su piel desnuda, me fui deleitando con el sabor dulce de su cuerpo, caliente, caliente, me la fui comiendo, dócil,  toda y cada una de sus partes con mi boca furiosa, desbocada,  hasta penetrarla, derramándome  dentro suyo,  cuando un pensamiento, una duda, un ataque me invadió desde lo más profundo. " ¿ quién era ese, el otro,  ese que había llegado antes,  y yo no conocía? , esa incógnita creciente,  ese que me obligaba a retirarme, a contraerme, a degradarme!, mi esperma inútil ahí! , dejándome tirado en un costado de la cama, perdiendo mi intimidad y hasta mis palabras.

Me quedé con mis ojos cerrados, tranquilos; comenzaba a sentir que ya no estaba sola, y eso era, en este momento, quizá lo que más me importaba. Después me quedé dormida, reclinada sobre su hombro.

El padre cargó unos bolsos en el baúl del auto. La vi de lejos subiéndose al auto, redonda, pesada. Apuré la mano de Sonia y la invité a subir. Fue la última vez que la vi.

Carla Caterina

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-