"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




29 de Julio, 2012


CARLA CATERINA

Publicado en Cuentos el 29 de Julio, 2012, 23:36 por MScalona

Cecilia, una mujer

La vi con la cara hundida en el hueco que formaban  sus manos. Lloraba o gemía, no sé bien. Se metió en el ascensor, como escapándose de mis ojos. La puerta se cerró y me quedé parado, mirándola, sin verla exactamente como otras veces.  La caja metálica se detuvo en el primer piso. Esperé. Escuché el ruido de la puerta cerrándose. Después subí. Antes de llegar al octavo pensé en volver, en golpear esa puerta. Me quedé en casa y me distraje con una lata de cerveza  y un cigarrillo.  Felipe dormía sobre las sábanas de mi cama revuelta. Me tiré  en el futón, y me quedé dormido.

−Cecilia!!!,¿otra vez llorando?, Soledad extendió sus brazos sobre mí, abrazándome , a modo de calma. Me acercó contra su pecho cálido, su pecho de siesta maternal. Era la mayor. Era mi amiga, además de mi hermana. Después sirvió  dos vasos de coca,  nos reímos,  nos  quedamos  sentadas en el balcón, viendo ese atardecer rojizo de enero morirse detrás de una estructura en construcción.  Cerré los ojos, queriendo adormecerme, queriendo huir,  anhelando  que la realidad fuese un sueño finito, imprudente, arriesgado.  Los ojos de  mi padre, la ley; una profesión, una buena familia, un porvenir brillante; un mandato, un ahogo, una rebelión.  Mi  madre, las manos  blancas y finas, uñas prolijamente arregladas, un té a beneficio  en la Fundación (famoso purgante  de culpas de la gente "bien" ) la misa obligada del domingo; pollera larga, cuello de broderí, zapatos de taco bajo, una señora de la sociedad.  ¡ Cecilia! Dijo Paula  exaltada, que acababa de llegar, arrancándome pronto de un sueño profundo.  _ Fuimos a Villa Diego, recorrimos bares, kioscos, talleres de motos, y nada, nada de nada. Soledad escuchó atenta el relato, después dijo que todo iría bien, y se puso a preparar  una pizza.  Ramiro se había vuelto a Santiago del Estero,  hasta fines de marzo que empezaban las clases. Era un alivio en medio de la tormenta.

Me acuerdo de ese día.  Me desperté cerca de  la una. Era un sábado  agobiante, típico de enero, pero afortunadamente el cielo se estaba cubriendo de  nubes. Preparé el mate, galletitas, y reposera en mano, me fui a la terraza. Habíamos hecho de este ámbito de baldosas rojas,  un pequeño solárium, con  una manguera que usábamos  a modo de lluvia y nos ofrecía algún  respiro.  Me encontré con Soledad  y después llegó  Esteban, que vivía en el séptimo. Preparamos el mate,   las reposeras  y una lona con redondeles azules  simulando mantel.  Hubo charla; la sociedad, los boliches, la "previa", los encuentros y desencuentros, la música, la risa, los hombres, las mujeres,  la vida.  Yo que  había cumplido treinta y tres, y andaba por la vida con el destino a la deriva, entre las noches de alcohol, una cama cualquiera, una mujer cualquiera, después de mi última separación. Supe que se llamaba Cecilia,  que  algunos días venía a la terraza, precisamente  en horarios que  yo trabajaba, en los que nadie estaba.   Hubiese querido más…, pero ya Cecilia me decía un montón.  ¡ Qué ganas tenía de comerme  esta mina!

Me desperté  temprano, antes de que el reloj descolgara su campanilla musical en la habitación silenciosa. Sentía una ansiedad intensa recorriéndome la piel;  tenía turno en la Martin, era mi primera ecografía. Elegí una camisola ancha con flores de verano y  una pollera de algodón que mamá me había traído en la última visita.  Salimos con Paula; tenía dos meses para pensar, para mentir, para inventar,  "…pasó esto, no supe, no pude, dejé la carrera, se fue, me dejó,  en qué quilombo me sentía envuelta!...", si   dos meses exactos.

La segunda quincena de enero me fui, o tuve que irme, me daba igual. Un viaje pagado a "la feliz" con otros  que como yo, andaban con los ladrillos de la vida en la mano, sin saber  dónde ponerlos. Fueron dos semanas; a mí me   parecieron un año. Dos semanas de Andrea o  Sonia o Manuela, días de  llovizna, otros con  nubes, noches  de borrachera, no sé,  ya no me acuerdo. Un año esperando para verla de nuevo,  repitiendo  su nombre en el silencio.

 ¡ te pico la pendeja ¡  ¿porque no te la coges ? Toca el timbre, háblale  Ale, andá ,  me dijo Juan, después de subir al colectivo. _Ya voy a ir, es que  parece tan frágil, tan sensible, que no me animo!

 ¡  no seas cagón boludo! ¿Qué pensás  , que se va a romper?  dijo Juan, burlándose a carcajadas de mi ilustre cobardía.

 Cerré los ojos, para no escucharlo más y me quedé dormido. Llegamos. Era viernes de madrugada y un  aire espeso pegajoso se impregnaba en la piel; no había duda, estábamos en Rosario.   A Felipe se lo había llevado mi tía Marta. Estaba solo, completamente solo. Prendí un cigarrillo y me entretuve mirando el humo esfumarse por las endijas de la ventana.

Sofía, Valentina, Julieta, jugábamos  a elegir el nombre. Sentadas alrededor de  la mesa ratona del living, los anotamos en papelitos; uno, dos, tres, diez posibilidades  y después hicimos  el sorteo. Un sorteo que se repitió varias veces, uno  tramposo, el otro fraudulento, hasta que fue el correcto, el elegido. De algo estaba segura, Valentina llegaba en seis meses y de esto no había vuelta atrás.   Era noche de sábado y una llovizna persistente rompía sobre la ciudad.

         salgamos a festejar, dijo Paula, con cara de tía.

         si el tema son los viejos, cómo lo van a tomar, el despelote  que se va a armar, agregué, aunque empezaba a sentirme un poco más animada

         todo pasa, se van a tener que acostumbrar, y tal vez, hasta les guste, dijo Sole, después salimos.

Yo llegaba, ella salía; volví a salir. Caminó, caminé unos pasos más atrás. Se detuvo, me detuve, seguimos. Miré con insistencia, con asombro;  una panza incipiente que  asomaba  debajo de una camisa estrecha. Daba la impresión de una panza con ojos y boca y pies;  una panza que latía y debía tener  nombre; una panza totalmente inesperada para mí. Llevaba unos sobres en la mano. Se metió en la Martin. Esperé  en la placita mirando a  unos pibes que  jugaban a la pelota, me quedé arbitrando la partida desde mi silencio, al resguardo de una sombra  verde. Me gustaba  y quería saber más. Esperé cerca de dos horas, o algo menos.  No estaba sola.

−Soledad! Me animé a decir

 hola  Ale, contestó ella mientras  sentí un gesto que me invitaba, que me absorbía; y de golpe me vi cerca, tan cerca, que pude sentir su perfume maternal  y su  mirada ancha, relajada, regalándome desde sus labios rojos una  sonrisa enorme. (qué bestia la pendeja!), me dije para mis adentros.   Sugerí  un taxi,  eligieron caminar. Compré  tres latas de coca cola.

 Me contaron que eran de   Santiago del Estero, aunque yo ya lo sabía. Provenían de una familia de abogados, pero ella, justamente ella,  no quería Ley, no quería orden ni religión. Estudiante de arte, _"una carrera para pasar hambre",  decía  su padre, _ "cosa de vagos", dijo su madre. Y ahora Valentina! En casa me  esperaba el tablero de dibujo,  un plano para el lunes, y un proyecto a medio terminar.  Nos despedimos en el ascensor y arreglamos mates en el solárium el sábado a la tarde.  Recliné mis antebrazos sobre el tablero y pude ver mi mano dibujando una belleza, pero no una belleza cualquiera, sino una belleza de mujer sensual.

Invité a los chicos a comer, le dije a Sole, buscando en su rostro esa inmensa sensación de complicidad. El verano se iba en su tren lento y húmedo, y las hojas marrones crocantes de los árboles  se arremolinaban imprudentes en un ángulo del balcón. Me gustaba la mano de Ale rozándome la piel con avanzada ternura, su mirada transparente que se quebraba junto con la mía en disimulados choques,  su preocupación sobre Valentina. Empezaba a sentirme íntegra, segura, de que tal vez, alguien podía ser el padre, alguien podía cubrir esta falta y pude imaginar  la cara de mis padres frente al nuevo desafío de abuelos, y todo comenzó a ser un poco menos terrible.  Preparé  dos docenas de empanadas;  Ale llegó primero y después Esteban que afortunadamente al igual que yo,  ya no lloraba por lo perdido. Esa noche tardé en dormir. Cuánto más lo intentaba, mis ojos peleaban rebelándose, deteniéndose en la negritud del cielo de un otoño subversivo.

Desde temprano había estado dedicado a poner las cosas  un poco en orden, la cena casi lista, la música precisa, las ganas todas, aunque su condición de futura madre contenía  en mi ese torrente de pasión desenfrenada que me despertaba.   La pasé a buscar a la hora acordada. Esta vez tomamos un taxi. La tarde amenazaba con sus grises de variada intensidad en el horizonte.  Esperamos un rato, hablamos, estaba tan cerca que podía percibir ese perfume. Después entró sola, preferir esperar en el corredor.

  Volvimos, y la noche mostraba sus manos frías y su capa lluviosa. Cenamos y el sonido de una música sedosa me fue acercando hasta su cuerpo de curvas delicadas. Pude percibir la humedad de su piel desnuda, me fui deleitando con el sabor dulce de su cuerpo, caliente, caliente, me la fui comiendo, dócil,  toda y cada una de sus partes con mi boca furiosa, desbocada,  hasta penetrarla, derramándome  dentro suyo,  cuando un pensamiento, una duda, un ataque me invadió desde lo más profundo. " ¿ quién era ese, el otro,  ese que había llegado antes,  y yo no conocía? , esa incógnita creciente,  ese que me obligaba a retirarme, a contraerme, a degradarme!, mi esperma inútil ahí! , dejándome tirado en un costado de la cama, perdiendo mi intimidad y hasta mis palabras.

Me quedé con mis ojos cerrados, tranquilos; comenzaba a sentir que ya no estaba sola, y eso era, en este momento, quizá lo que más me importaba. Después me quedé dormida, reclinada sobre su hombro.

El padre cargó unos bolsos en el baúl del auto. La vi de lejos subiéndose al auto, redonda, pesada. Apuré la mano de Sonia y la invité a subir. Fue la última vez que la vi.

Carla Caterina

CICLOTIMIA, martes 31: CECI MOHNI

Publicado en Sugerencias. el 29 de Julio, 2012, 22:22 por MScalona
martes  31 de julio, 21 hs.

  • COMUNICADO DE TRES CABEZAS PRODUCCIONES PARA EL MARTES 31 DE JULIO DEL CORRIENTE.-

    Art.1 Se creará el evento Ciclotimia F19 en Jekyll & Hyde como acto simbólico de nuestro pase a la ilegalidad como resistencia al régimen del Dr. Ravenna
    Art.2 Se designará a la Comandante CECILIA MOHNI y a la camarada ANA MARIA RUSSO para las actividades literarias.
    Art.3 La tendencia RIORDAN IRISH FOLK (R.I.F.) se hará cargo de mandolinas, violines, tambores, gaitas y toda otra arma necesaria para musicalizar la jornada co...Ver más
Mitre 343 (esq Pasaje Zavala), 2000 Rosario

PABLO COLACRAI

Publicado en Sugerencias. el 29 de Julio, 2012, 22:17 por MScalona

MARÍA VIRGINIA BACHMANN

Publicado en Cuentos el 29 de Julio, 2012, 0:41 por MScalona

MENTIRAS PIADOSAS

 

 

 

Desde mi casa hasta la placita de los caminitos de tierra en donde hacemos interminables carreras, hay cuatro cuadras. De pavimento. El barrio es tranquilo y ninguna madre dice que no, si queremos andar en bici por donde nos dé la gana. Hay sol y hace frío. Estamos en la vereda y jugamos a fumar con ese humito que nos sale de la boca, a hacer willy en la rampita de la esquina, a tirar piedras contra las chapas de la construcción de en frente. Es temprano y todavía nos queda mucho rato para jugar. Agustín y yo somos vecinos y amigos inseparables. Aunque a veces él es bastante agrandado conmigo.

- A que te gano…

- Calláte, si siempre fui más rápido…

- Si, pero con esa bici pedorra que tenés, no le sacás ventaja ni a tu vieja…

            Cuando me dijo eso me quedé mudo, y me dio hasta vergüenza. Porque Agustín tiene razón: mi bici es vieja, era de mi hermana y está toda floja, en cambio la de él… Todo lo de él es más grande, más nuevo y más lindo que lo mío. A mí no me importa, pero hay veces en que tengo ganas de decirle que se meta la wi, la pile y la bici en el culo. De verdad que no me importan esas cosas, ni la ropa, ni las zapatillas, ni nada. Yo también tengo lo mío y la paso bien. Lo que me revienta es que me gaste con sus comparaciones, qué se cree. Él pesa veinte kilos más que yo y nunca le digo que es un gordito. Es así y listo. No me importan esas cosas, lo que a mí me importa es que pronto vendrá la Navidad y seguro que el Niño Dios me trae algo copado. Seguro.

 

Ayer entré en la pieza de mi hermana, cosa que tengo terminantemente prohibida, y vi la bicicleta, medio escondida detrás de la puerta y tapada con unas camperas. Es roja, como yo la quería. Primero me puse contento porque al fin voy a poder salir con Agustín y que me deje de joder con que la bici de él es nueva y cromada, pero después empecé a darme cuenta de muchas cosas. Porque yo creía que los regalos los traía el Niño Dios.

Pienso que si me mintieron en esto de los regalos, que al último es algo lindo, con las cosas feas me deben mentir todavía más. Imagínate, debe haber un montón de cosas que no sé de esta casa: qué hacen cuando yo no estoy, dónde están los dientes que me hicieron creer que se llevó el ratón, qué cosas dicen de mí cuando yo no escucho. Me siento como un nenito tonto ahora, me siento apartado de los demás, afuera de un montón de secretos. Me da rabia y ganas de llorar. O de preguntar a gritos qué es esto de la bici escondida. Pero capaz que me inventan otra mentira. No sé. Creo que voy a tener que andar con los ojos más abiertos.

Por ejemplo, tengo casi diez años y no sé muy bien de qué trabaja mi papá. Él me  dice que hace negocios, o que tuvo una reunión. Qué se yo, a lo mejor junta diarios y cosas viejas en la calle y después las vende como me contó la abuela que hace ese hombre que vimos el otro día revolviendo nuestra basura. A lo mejor vende cosas casa por casa, como esos chicos que a veces tocan el timbre ofreciendo medias, o ganchitos para colgar la ropa. Y no me dice nada porque le da vergüenza que yo vea que no tiene una oficina o un trabajo importante, como el papá de Agustín que es médico y todo el mundo lo saluda con una sonrisa exagerada y anda siempre en unos autazos increíbles.  Yo lo veo salir temprano y volver tarde, siempre cansado. Y siempre le dice a mamá que la plata no le alcanza. Y casi nunca tiene tiempo de jugar conmigo un rato a la pelota, siempre enchufado en la compu o pendiente del celular o cansado, mirando el noticiero  con una cara de muerto que me da miedo hasta hablarle. A veces pienso que no le gusta mucho estar en casa, siempre con ese humor, siempre por gritar o mandarme a dormir. Igual me gustaría saber de qué trabaja. Me parece que le voy a pedir que me lleve un día al trabajo, o le voy a caer de sorpresa. Así veo dónde es, y qué es lo que hace. ¡La alegría que le voy a dar!

 Y mamá también. Ahora que lo pienso cuando me dice que va al doctor a hacerse un control capaz que vaya porque tiene algo grave, de esas enfermedades que no se te notan nada y de un día para el otro te morís. No debe querer contarme para que yo no me ponga triste. Debe ser feo que se te muera tu mamá. Levantarte un día y no verla nunca nunca nunca más en toda tu vida. Ni escucharla, ni sentirle ese olor a mamá que tiene y que me parece que se me infla el pecho cuando me abraza y me besa, pero no le digo nada porque ya estoy grande y ella capaz que si sabe eso se le da por abrazarme y besarme en cualquier lado, hasta en la puerta de la escuela: mirá si Jazmín ve que soy un tontito nene de mamá y no me da más bola. O capaz que cuando  va a hacer los mandados  y no me trae ni los chocolates ni el autito que le pedí, no sea porque no haya de verdad, sino porque no tiene plata. No sé. Ella sale y vuelve siempre quejándose, que qué caro está todo. Que la gente está loca. Y siempre anda nerviosa, como si nada le saliera bien.  Y lo primero que le dice a mi hermana cuando ve que va a abrir la boca es ahora qué me vas a  pedir. Te creés que tengo la maquinita, yo. Y mi hermana con que tiene un cumpleaños de quince y no se quiere poner el mismo vestido y mi mamá con que entonces no vaya, que todo no se puede. Capaz que somos muy pobres, o que toda la plata que gana mi papá haciendo no sé qué vaya a aparar a la farmacia porque mi mamá está enferma. Además ella nunca se arregla, ni se pinta ni se pone perfume. Está siempre como para irse a la cama, cansada. Decí que igual es hermosa hermosísima, porque si no quién te dice que mi papá  empieza a mirar chicas en la calle.

No sé. Me podrían contar todas estas cosas que por ahí pasan en mi casa. Lo mejor va a ser que le pida a mamá que me lleve al trabajo de papá, algún día, de pasada cuando ella salga a hacer los mandados. De paso hago las dos cosas: veo cómo es eso de que la plata no le alcanza para nada, y si va a la farmacia o al súper, y conozco el trabajo de mi papá. Me parece que es una buena idea. Además si me intereso en eso, van a ver que ya no soy tan nenito y empiezan a tenerme más en cuenta y a contarme algunas de esas cosas de grandes y a entender que ya no hace falta que me digan ninguna mentira.

Por ahí a mi abuela le molestaba que la Rosi, mi gatita, no hiciera nunca caca y pichín en las piedritas y los desparramara por el patio, y entonces la regaló, o la envenenó, y a mí me dijo que la gata se escapó. No sé. Me parece que los gatos no se van. ¡Justo a mí me vino a tocar una gata que se va de la casa! Además por qué se iba a ir, si acá le dábamos de comer y todo. Y yo la acariciaba todo el tiempo que podía, y la dejaba dormir conmigo. Y ella tan feliz y modorrienta en las caricias. No sé. De todos modos eso ya no voy a poder saberlo: la gata ya no está,  muerta o desaparecida. Y nadie va a querer ayudarme a investigar eso, con todos los problemas de grandes que parece que hay en esta casa.

 Y ahora que estoy pensando en todo esto, capaz que mi hermana también me miente. Ella debe saber cosas de grandes que a mí no me dice: por lo menos seguro que sabe lo del Niño Dios, si no la bici no estaría en su pieza. Y andá a saber, por ahí es mentira que se va estudiar a lo de Marina a la tarde, y en realidad se va por ahí a hacer cosas con el novio, como vi en esa película que pasaron la otra noche y que mamá cambió justo en lo mejor, con esa costumbre que tiene de decidir qué quiero o no mirar en la tele. Por eso a mi papá no le gusta mucho Germán, debe sospechar que él y mi hermana hacen cosas. Además ella se la pasa diciendo que ya es grande y que puede hacer lo que quiera. Qué se yo. O a lo mejor ni a la escuela va, y se pasa el tiempo tirada en el cordón de la vereda fumando y hablando pavadas con las amigas. No sé. Y capaz que no dice nada porque sabe que la van a retar, o capaz que todos saben que hace eso y no me dicen a mí para no darme el mal ejemplo. Ahora me parece que no sé nada y que todos me deben ocultar alguna cosa.

Igual, de todo esto lo que más me intriga es lo del trabajo de papá. Saber por qué siempre llega tan tarde, tan cansado, con esa cara de perro.  Que mi hermana se arregle. Después de todo se la pasa diciendo que me odia  y que era mejor cuando yo no había nacido.

Todos me deben mentir.

 

Primero se lo pedí a mi mamá, pero ella me dijo que no, que no le gustaba ir a la oficina, que estaba muy ocupada, que lo último que quería en la vida era verle la cara a esa gata.

- ¿La Rosi está en la oficina?- pregunté yo, feliz de pronto.

- No tontito-  me dijo ella, mientras me tocaba la cabeza y se sonaba la nariz, aunque no estaba resfriada.-  No me hagás caso. Son pavadas que digo a veces. Lo que pasa es que a tu papá no le gusta que me meta en sus cosas. Por eso no te puedo llevar. Él dice que la casa es la casa y el trabajo es el trabajo y que no hay que mezclar.

- ¿Y qué hace papá en el trabajo?- intenté sacar alguna información, aunque sea.

- Tu papá ordena los papeles de la gente que tiene empresas y negocios, les dice cuándo tienen que pagar los impuestos, cuánto les tienen que pagar a los empleados, y esas cosas. Es un trabajo muy cansador, porque tiene que prestar mucha atención para no equivocarse y porque a la gente no le gusta tener que pagar. Por eso siempre viene cansado y un poco malhumorado. Es un trabajo muy difícil el de tu papá.

- Entonces debe ganar un montón de plata, ¿no?

- Más o menos… depende de lo que gaste. -Esto lo dijo con un gesto raro, estirando los labios como si quisiera hacer una sonrisa planita, de esas que significan más una queja que una alegría.

- ¿Depende de qué?- seguí insistiendo, aunque sé que mi mamá empieza a ponerse nerviosa con tanta pregunta.

- Depende de cosas que vos no entendés- me dijo hablando cada vez más fuerte y más rápido-hay un montón de cosas que vos no entendés y que ni te imaginás y por eso pretendés que todos bailemos a tu alrededor  como si no tuviéramos ningún problema, y querés la pelota, y el chocolate, y el autito y no te importa nada de nada de lo que les pasa a los demás. Basta. Andate a jugar.

Y la dejé con esas cosas raras que le da por decir. Con esos nervios que le brotan de la nada. Decí que nunca se le va el olor a mamá, y que después, cuando se le pasa la loca, vuelven los besos y todo está bien otra vez. Pero hay que aguantarla cuando se pone así…

 

- ¿Me llevás al trabajo de papá?

- Ni loca, nene. ¿Te creés que no tengo nada que hacer?

- Pero si no estás haciendo nada… siempre estás boludeando en la compu o con el celular… Dale. ¡Llevame!

- No, pesado, te dije que no. ¿Por qué no crecés un poco y vas solo?- esto me lo dijo moviendo rápido y cortito la cabeza de una lado a otro y apoyando los dientes de arriba sobre los labios de abajo al terminar la pregunta.

Me revienta cuando se hace la grande.

- No sé dónde es- le confesé avergonzado.

- Tomá- y me dio uno de esos papelitos amarillos autoadhesivos que pega por todas partes con el nombre del novio.

 

-¿Vos creés que ya soy grande?

- No, sos un chiquilín, por eso te estoy haciendo las tostadas, si no te las harías solo, ¿no?

-Me las puedo hacer, pero me gusta que me las hagás vos. Así charlamos un rato.

-Tenés razón. ¿Ves? Esa es una respuesta de grande. ¿Y se puede saber  para qué  querés ser grande, vos?- mi abuela nunca dejaba de hacer cosas mientras hablaba, pero nunca se distraía ni te preguntaba  otra vez qué le habías dicho.

- Qué se yo. Para saber cosas…-no quería decirle que sospechaba que me había hecho desaparecer a la Rosi, pero sí que ella supiera que yo lo sospechaba.

-¿Qué cosas?- ahora sí me miró, y dejó las manos quietas cerca de la manteca.

- No… cosas. Qué se yo… qué hace mi papá, por qué siempre anda como enojado, qué cosas la harían reía más a mamá, dónde estará la Rosi- lo largué así como de última, mezclado con otras cosas.

- Mirá nene, hay cosas que mejor no saber. Hay cosas que mejor creerlas así como vienen. Si te las vas a pasar averiguando todo te vas a volver loco y seguro te vas a poner triste porque vas a encontrar algo que no te guste.

- ¿Pero entonces hay que dejarse mentir?- esto se lo dije apenas, porque se me hizo un nudo como de sapo muerto en la garganta.

-Mentir, mentir, no… pero creer alguna cosita, o dejar pasar otras, puede ser.

- ¿Vos sabés por qué mamá anda siempre triste?

-No. No sé nada. Te dije que hay cosas que mejor ni preguntar.

Después de esta merienda a mi abuela ni se me ocurrió pedirle que me lleve. Además, desde que la sospecha homicida  cayó sobre ella, prefiero que no pasemos mucho tiempo a solas; después de todo siempre me anda retando porque dejo la ropa y las zapatillas tiradas, y a la Rosi la retaba por la caca y el pichín desparramados. Se ve que tiene algo contra el desorden. No creo que sea capaz de envenenarme, pero sí de imponerme alguna forma de tortura, como ir a visitar a la tía Eugenia y su penetrante olor a Mary Stuart.

 

La cosa es que agotadas las posibilidades familiares, le pedí a Agustín que me acompañara. Fuimos en bici, yo en la vieja, porque la nueva va a estar escondida en la pieza de mi hermana hasta Navidad. El trabajo no es tan lejos, la calle es la misma que la del club y, por la numeración, le calculamos unas diez cuadras. Enseguida llegamos.

Reconocí el lugar porque afuera estaba el auto de mi papá. Era una casa de dos pisos. La puerta estaba abierta y la gente entraba y salía todo el tiempo. Así que no nos fue difícil entrar, presentarnos, preguntar a la secretaria por mi papá y caminar hacia su oficina. Todo era tan lindo. Tan moderno y limpio. Las alfombras, los sillones, los cuadros, la gente bien vestida que iba y venía. Me dio como cierto orgullo delante de Agustín que esa fuera la oficina de mi papá. Yo ya le había dicho que él era contador, y que eso era importante y difícil, tanto o más que ser médico, porque si te equivocabas en algo una empresa podía fundirse y un montón de empleados quedar en la calle y otra que epidemia iba a ver: hambre y pobreza iba a ver. Capaz que le exageré un poco, pero un poco se lo merece. Yo estaba entre contento y excitado, pensaba que mi  papá se iba a morir de la alegría con semejante sorpresa… yo, que casi no voy a ningún lado solo, me las había arreglado para ir hasta su oficina, nada más que para sorprenderlo. La puerta era la última al final del pasillo y estaba cerrada. No se escuchaban voces y supuse que mi papá estaba  concentrado en alguna carpeta, o sacando cuentas, o llenando formularios incomprensibles para la gente común. Supuse que no iba a poder creer verme ahí, solo, y que me iba a hacer pasar y a darme una chocolatada para mí y para Agustín y que nos iba a mostrar el lugar y que yo me iba a reventar de contento. Y que íbamos a pasar una mañana inolvidable, única, que después él iba a contar siempre en las reuniones familiares: la anécdota de cuando solito lo fui a saludar a la oficina, y le di una sorpresa tremenda. Empujé la puerta, y sí que lo sorprendí: mi papá,  una mujer, los dos demasiado cerca, una blusa a medio desprender, dos caras nerviosas y un qué hacés acá, nene, por qué no golpeás la puerta antes de entrar.

Salí corriendo con Agustín atrás y con el corazón en la boca. No sé lo que sentí. Miedo, vergüenza, ganas de vomitar. La cara amargada de mi mamá. La cara de perro de mi papá. La blusa desabrochada. La gata. La bici escondida. Mi cabeza revuelta.

Cuando llegué a casa mi papá ya estaba ahí. Pálido. Sonriente. Nervioso. Me pidió que lo acompañara no sé dónde. La tarde terminaba  helada,  y yo tenía un frío como adentro, y fuimos caminando hasta el kiosco de la estación de servicio. Yo casi nunca salgo a esa hora y casi nunca camino con mi papá. Pero esta vez él me lo pidió y yo, aunque soy chico, enseguida me di cuenta de que era para hablar de eso. Igual no iba a empezar la conversación. Fui callado, pateando una piedrita. Sin mirarlo.

-Y qué se dio por ir esta tarde a la oficina. Nunca habías ido- Me pareció que se quería hacer el bueno conmigo.

- Nada…

- Cómo nada…

- No, nada… qué se yo… fui.

- Mirá… yo trabajo todo el día, mucho, con muchas preocupaciones. Es un trabajo aburrido el mío. Y lleno de problemas.

- Sí, ya sé, no importa…- Yo no quería hablar. Yo quería irme a mi casa a mirar tele o a hacer nada hasta que mi mamá me mandara a la cama. Quería que ella me acompañara a dormir y me diera uno de esos besos con olor a mamá que hacen que se me pase todo. Quería estar en otro lado, porque mi papá, así, me daba como un dolor en la panza, y otra vez ese sapo atravesado.

- Lo que pasa es que a veces tengo tanta presión que necesito distraerme un poco, viste…

            Y ahí él empezó a decir cosas que escuché y que entendí por la mitad. A mí me dolía la panza y quería llorar, y no quería que me hablara así, como a un grande, al final no quería. Él hablaba y hablaba y de paso, como si nada, me dijo lo del secreto entre hombres, lo de las mentiras piadosas, lo de que a veces hay que mentir un poco para que los otros estén felices… Me dijo esto: que no todas las mentiras son malas, que a veces no hay que contar todo, porque podemos hacer sufrir a los demás. También me dijo que mi mamá sufría mucho de los nervios y que había cosas que mejor no supiera, que si la queríamos teníamos que cuidarla para que ella estuviera contenta…no sé si entendí todo.

Lo que sí sé es que el Niño Dios no me trae los regalos, que nunca me trajo ningún regalo. Y capaz que mi papá y mi mamá me los compran y me dicen que me los dejó el Niño Dios para que no me entere de que él no me quiere. Quién te dice que eso de comprar los regalos y hacernos creer que son de parte del Niño Dios sea como una mentira piadosa: mentir para hacerle creer a los otros que te quieren, mentir para que todos estemos felices… Ahora estoy algo confundido.

 

 

Ahora que lo pienso no creo ni que mi papá venda cartones, ni que mi mamá esté por morirse ni que mi hermana se drogue en la calle en vez de ir a la escuela, ni que mi abuela haya matado a la Rosi. Ahora que lo pienso capaz que lo único que quieren hacer es que yo esté contento el día de Navidad con mis regalos, y que piense que  el Niño Dios es bueno, aunque la bicicleta me la hayan comprado ellos. Una mentira piadosa, como  la que me pide mi papá para mi mamá, para no amargarla. Hacerme un poco el tonto, como hace mi abuela. Mi papá me dijo que todos decimos de esas mentiras. Yo nunca lo había hecho,  pero cuando vea la bicicleta me voy a sorprender mucho y voy a decir que qué bueno es Jesús. Y aunque no tenga ganas porque va a ser tarde y voy a comer mucho de todas esas cosas ricas que hay para Navidad, y porque me voy a acordar de las tetas de la mujer que estaba con mi papá y de la cara de amargada de mi mamá, y de que lo más lindo en la vida es el olor que ella tiene, me voy a subir a la bici, se la voy a ir a mostrar a Agustín y voy a dar muchas vueltas por el patio y por la vereda.

-

                                                                                                           

 

Virginia B.

 

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-