"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




SILVIA TOMBOLINI

Publicado en Cuentos el 16 de Julio, 2012, 12:40 por MScalona

Una chica de Arequito

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El sol pega de lleno en la ventana. A medio camino entre la casa y el río,  una brisa sorprende a los pocos árboles que todavía resisten el frío. Si escuchara el ruido de los motores de los autos y viera a la gente caminar despreocupada por la Costanera en ropa deportiva, pensaría que es domingo  y que en cualquier momento sonará el teléfono y escucharé a mi madre diciendo que viene con su pareja a comer.

Pero acá desde donde estoy  es lunes – los lunes siempre me deprimo – también escribo. Una opción que me evita  un terapeuta, aunque no sé, quizás debería alguna vez decidirme a consultar alguno. Cuando pienso en esa posibilidad me imagino acostada en un diván, mirando el cielorraso y diciéndole: “mi mayor momento de egoísmo es cuando escribo, con la primera tecla que aprieto desaparece todo alrededor y solo somos yo y la vida que me invento. Una vida libre de ruidos, sin el ladrido de los perros ni las frenadas en la esquina que se convierten en una molestia a  lo que estoy pensando. Los evito”. Y él ahí me dice: “no, lo suyo es una sublimación, un mecanismo de defensa que la lleva a cambiar el objeto pulsional de deseo  por otro objeto y que pierde su carga sexual al pasar por la conciencia”. Yo entonces le contesto: “ah, entiendo” y me voy pensando en que nada es lo que parece.

Desde afuera llega el sonido de una moto apagándose. Sé que en unos segundos vas a cruzar la puerta silbando, oiré tus pasos en la escalera y después vas a decirme que tomemos un café. Entonces la magia se habrá cortado, volveré a ser  tu mujer y se irá Malena, rubia, de apenas diecinueve.

- Gracias, digo cuando me alcanzás el pocillo humeante.

- ¿Qué vamos a hacer?

- No sé, salgamos a comer, no hay nada en la heladera. Romina duerme.

- Qué ¿vino muy tarde?

- Supongo, no la escuché.

Últimamente no nos permitimos más que esos comentarios cotidianos. Evitamos cualquier charla o gesto que prologue cierta intimidad. De la misma manera que evito a los perros o los autos. 

Malena recién abre los ojos. Lleva puesta la misma ropa interior que usó ayer, un conjunto negro con plumas blancas tipo conejita play boy comprado en el sex shop de la galería, barato, que desprende un fuerte olor a sexo. Mira los billetes en la mesa de noche y sonríe, pensando que tres es un buen número. Si sigue así podrá pagar la cuota del auto sin problemas. Se levanta para bajar la persiana que olvidó cerrar y vuelve a la cama. Antes de acurrucarse debajo de las sábanas pasa la mano por la mancha oscura que tiene en el brazo. Casi no le duele.

Me gustaría acurrucarme bajo las sábanas, dejarme estar un largo rato con la mente perdida. Recordar el último viaje que hicimos. No nos importaba la arena que dejábamos sobre la cama ni la piel ardida de tanto sol.

Ella es una chica de buena familia, la típica hija mujer de pueblo, recatada y prolija. Estudia medicina y alquila un departamentito en el centro, pero la plata que recibe cada mes, la que su padre se encarga de poner en un sobre de papel madera y mandar por Oca, no le alcanza.

A los dos meses de llegar a Rosario ya lo había decidido. Se buscaría un trabajo part - time para sus  gustos, ropa de marca y esas botas de cuero con plataforma que vio en internet. Sin embargo, a las pocas semanas se cansó de mandar curriculums y de las largas colas frente a las oficinas. El inglés que había estudiado con Miss Perry en la academia de Arequito no contaba. “¿Rendiste el First por lo menos?”, le decían mientras miraban sus tetas. Fue justo entonces que conoció a Ingrid, una morocha alta y de sonrisa amplia, compañera de Anatomía l  que la vio una tarde de lluvia en la parada de colectivo y se ofreció a llevarla en su auto. “Vos si que vivís bien” le había dicho, “Podes ir y venir en auto a la facu”. “Vos también si quisieras”, había contestado Ingrid. “Con esa carita y ese cuerpo hasta un departamento propio podrías tener”.

Malena acomoda los billetes en montoncitos separando los de diez  que guarda en un frasco en la cocina. A los de cien los ata con una gomita y los esconde en una pequeña valija dentro del placard. Se levanta y va hasta el baño. Después de orinar, abre las canillas de la bañera para mezclar el agua  y la deja correr hasta llenarla.

No sé por qué siempre me empeño en escribir sobre cosas que me son ajenas. Porque te gustan los desafíos me dijiste y fue la mejor forma de engancharme. Vos sabías de mi debilidad por superar los imposibles. Me va a sacar de la monotonía pensé, total si no me gusta no lo hago más.  Tal vez sea una buena manera de sublimar.

Cuando Malena se viste para ir a la facultad, usa jeans y el pelo suelto. Hasta ahora solo pudo rendir una materia, le cuesta levantarse temprano para estudiar. Sus amigas se juntan cada tarde y revisan apuntes mientras toman mate, pero ella a esa hora ya comienza con su trabajo.

Hoy recibió diez llamados a su celular, de su madre para ver cómo andaba, de Javier para avisarle que tenía entradas para el recital de U2 y el resto, de unos clientes. Ingrid le había pasado algunos números para que arrancara con gente conocida, después solos se irían agregando. “Se hace una cadena ¿viste?, por eso tenés que quedar bien con los primeros”, había dicho.

 

Si su madre supiera.

Esa vez en Navidad, estaban todos en el comedor, sus tíos y primos de Elortondo y la tía Pori, rubia platinada con kilos de rouge en la boca. Ella siempre había pensado que la tía Pori no encajaba bien en la familia pero  su padre la justificaba diciendo que estaba un poco tocada por la muerte del marido, un diputado al que habían matado de un balazo en la cabeza justo en frente de ella. Por eso siempre la invitaban a todas las reuniones.

Mientras ella se encargaba de sacar las pasas y la fruta del pan dulce (nunca le gustaron) su primo Ariel militante de la Cámpora sacó el tema del decreto 936/11 recién firmado por la presidenta. Comenzó una discusión sobre la trata de personas y la libertad de decidir de cada uno. En un momento, los gritos habían invadido la mesa y  la tía Pori se levantó enojada. Sin saludar llevó su cuerpo escultural hacia la puerta. Ella se quedó callada, con la mirada fija en su falda, escuchando a su madre decir “dejála,  es una puta que solo nos hace quedar mal con los amigos”.

Si su madre supiera.

Malena hoy no tiene ganas de trabajar, al último cliente de anoche le gustaba el sexo duro, debería haberse negado pero pensaba en la cuota del Gol y aceptó.  El tipo había ajustado muy fuerte la soga, qué estúpida, si le contara a Ingrid le diría “vos no aprendés nunca nena”. Y ahora tenía esa marca en el brazo.

-¿Terminaste ese cuento?- decís.

- No, recién voy por la mitad.

- Bueno, me voy a dormir.

-Tengo para un rato, digo. Y ya no estás.

Pienso en que nada es lo que parece. Oigo tu voz hablando con Romina. Te escucho preguntarle si ya cenó mientras decido que mañana voy a pedir turno con un algún psicólogo y le voy a contar lo que hago. Desvestirme con sensualidad, fingir que disfruto, ver las caras satisfechas cuando todo termina, contar los billetes, vestirme, transformarme en señora, ir de compras al shopping, encontrarme con amigas y que nadie se entere. Aunque sea de noche, no tenga diecinueve y  vea el sol pegando de lleno en la ventana.

                                                                                                                            

 

  Silvia Tombolini

– Julio 2012

 

 

 

 

 

 

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-