"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




13 de Julio, 2012


1º libro de la PIPU...

Publicado en Sugerencias. el 13 de Julio, 2012, 14:39 por MScalona

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Cita de honor, imperdible, inevitable, ineludible, fatalllllll...

ahí vamos.     M a R c e

LUCAS ALMADA

Publicado en Aguafuerte el 13 de Julio, 2012, 12:34 por MScalona

Los bares y las lenguas

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Las lenguas, lejos de la exhibición disecada de las gramáticas, son tan dinámicas como la vida misma. Cambian todo el tiempo, de manera casi imperceptible, nadie puede dar cuenta de la totalidad, pues en todo momento, sin interrupción, recibimos el influjo colectivo y también le impregnamos cada uno de nosotros, una ocurrencia individual; es así que se convierte en una pesada masa de movimiento multiforme en la que sólo a través del paso del tiempo podemos notar algunos cambios.

-Qué querés que te diga… no me cierra… o no lo entiendo

-Qué se yo, viste como es con los cambios. Mi vieja, cuando se enojaba me decía pedazo de chitrulo, y hoy me doy cuenta que eso no existe más, y no sé cuando se dejo de escuchar, pero de pibe, yo lo escuchaba

-Bue… sin ir más lejos, antes de entrar, el del kiosko me dice: ey amigo, me da fuego… ¡¿Amigo!?...desde cuando, eso es nuevo…

-Ya le hice la seña del café a la nena… pero vino igual.

Con los bares pasa, en cierta manera, lo mismo. Quién podría decir que la “Buena Medida”, a pesar de no haber cambiado su nombre, es el histórico bodegón que acunó tantos sueños revolucionarios y que albergó a noctámbulos incurables; y que la clientela pudo pasar sin sobresaltos del sanguche de milanesa en un platito de te con un porrón al suflé de verduras en el centro de un desmesurado plato cuadrado con agua finamente gasificada.

-No digo que esté bien o mal, pero no es lo mismo, por más que se llame igual –dijo el viejo Vicente, haciendo un paneo del lugar, como quien busca algún indicio.

-Para mí que no lo querían mejorar, como se dijo al principio –contestó Raúl moderando la voz, como quien está en casa ajena.

Cuando alguien me pregunta por “La buena medida”, con gesto romántico, le diría primero, que no lo busque de madrugada porque está cerrado, que la sala que convocaba a los donantes de riñones para filtrar cerveza toda la noche sin parar ya no funciona; y, que del PC no queda nadie, más vale que se lleve la PC que hay wi-fi. Ni que hablar de la metamorfosis de otra institución de la ciudad, como es el Café de Billares, uno de antología, los “20 Billares” de calle Rioja, con una infancia que se remonta a las primeras décadas del siglo veinte. Fue, sin duda, cuna de grandes campeones de casín, con un salón por donde desfilaban compadritos y obreros, alternando el silencio del juego y el bullicio gregario; el café y la ginebra. En ese mismísimo lugar, se creó “la rosarina” esa mezcla de paso bola con tres bandas, como golpe distintivo de la ciudad. No se transformó el edificio, se cerró, y su espíritu reencarnó en el Olimpia de calle Maipú, que no podía imponer su nombre, muchos lo seguían llamando “veinte billares” como una forma de resistencia a los cambios forzados, pero sobre todo, con el deseo de dar continuidad a un mundo que fue dejando la escena central de la ciudad. El Olimpia, después de haber maquinado La historia del caballo de oros en complicidad con Jorge Riestra, perdió su batalla con el capitalismo globalizado y cerró para dedicarse a las golosinas. Una tercera generación siguió peregrinando y ancló en el Club de billares de calle Sarmiento buscando un lugarcito en la ciudad.

-Seguro que le pusieron el nombre de “club” para no pagar algún impuesto -me dijo Rubén, el mozo del viejo Olimpia, ahora un parroquiano más, cuando entré por primera vez.

En sus mesas, a fuerza de anécdotas, se mantiene la esencia de un café de billares que a primera vista ya nadie ve.

-El café se está muriendo –suele decir el Maestro con la mirada buscando un consuelo en el verde esperanza de los paños- pertenece a una ciudad que ya no está.

Tal vez, la cosa sea como pasa con las lenguas muertas, no es que verdaderamente se mueran las lenguas, sino que se mueren sus hablantes y ya no es lengua materna de nadie. En el lenguaje de la ciudad el dialecto del café de billares tiene todavía hablantes bilingües y traductores, pero que no están ocupados en la glotopolítica, sino en encontrarse, conversar, brindar y reírse.

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Lucas Almada

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-