"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




GEORGE BATAILLE: el amor como enfermedad

Publicado en De Otros. el 9 de Julio, 2012, 1:04 por MScalona

PRIMER CUADERNO

 

 

 

George Bataille

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Inaudito estado de nervios, irritación sin nombre: amar a tal punto, es estar enfermo (y me gusta estar enfermo).

B. no deja de sorprenderme: La irritación de mis nervios la magnifica aún más, ¡cuán grande es todo en ella!, pero en mi temblor dudo de su grandeza, tiene tanta facilidad (pues es falsa, superficial, equívoca… ¿no es evidente?, lo enreda todo y luego lo arregla, dice tonterías sin ton ni son, se deja influir por los necios y se agita sin objeto pasando al lado del crisol, de la criba infinita que soy yo).

 

Sé que ahora la aburro.

No es que le haya permitido despreciarme (la decepciono cuando por jovialidad, por gentileza, pedía lo imposible de mí) pero en el movimiento que la impulsa desecha todo lo conocido: lo que me desconcierta en ella es esta impaciencia.

 

Imagino un clavo de gran tamaño y su desnudez. Sus movimientos arrebatados en flama me producen un vértigo físico y el clavo que hundo en ella ¡no puedo dejarlo dentro!, en el momento en que escribo y sin poderla ver, y con el clavo duro, sueño con enlazar sus caderas: No es la felicidad sino mi impotencia para alcanzarla lo que me detiene: Se me escapa de todas  formas y lo más enfermo en mí es  que lo deseo y que mi amor sea necesariamente desgraciado. Ya no busco la dicha: no deseo dársela, no la quiero para mí. Me gustaría conmoverla hasta la angustia y que ella desfallezca: Ella es como es, pero dudo que jamás dos seres se hallan comunicado más lejos en la certeza de su impotencia.

 

En el departamento de A. (no sé si A. miente al decir que pertenece a la orden de los jesuitas): Abordo a B. en la calle, y la divirtió por su gravedad en la hipocresía: el primer día, en su casa, se puso la sotana y no hizo más que beber con ella), en el departamento de A., la mezcla de un  extremo desorden de los sentidos y una fingida altura de corazón nos encanta, nos fascina como un alcohol.

A menudo reímos los tres como locos.

 

 

 

 

 

2

 

 

(¿Qué  espero de la música? Un grado más de profundidad en esta exploración del frío que es el amor negro (ligado a la obscenidad de B., sellado por un sufrimiento incesante… ¡nunca suficiente violento, turbio, cercano a la muerte!)

 

Difiero de mis amigos en que me burlo de toda convención y en que busco mi placer en lo más bajo. No me avergüenza vivir como un adolescente disimulado, como un viejo. Varado, borracho y enrojecido en un cabaret de mujeres desnudas: al verme triste y con un pliegue  angustiado en los labios, nadie pensaría que estoy gozando. Me siento vulgar a más no poder y no pudiendo alcanzar mi objetivo, me hundo al menos en una real pobreza.

 

 

 

Tengo vértigo  y me da vuelta  la cabeza. Me descubro hecho de mi “confianza en mí mismo”… precisamente por que ella me abandona. Si carezco de seguridad se abre el vacío a mis pies. La realidad del ser es la certidumbre ingenua de la suerte y la suerte que me eleva me conduce a la ruina. Me sonroja creerme inferior al más grande: hasta el punto de no pensar jamás en ello, de olvidar que los otros me ignoran.

 

El miedo de perder a B., a que me deje solo, como un desperdicio, enfermo de deseo de destruirme, excita por fin mi humor.

Lloraba a cada rato o con cada ojo vacío aceptaba el asco; ahora el día brilla y el sentimiento de una posible desgracia me embriaga: la vida se estira en mí como un canto modulado en la garganta de una soprano.

 

Feliz como una escoba cuyo ritmo ejecuta en el aire un molinete.

 

Como un ahogado que se hunde crispando las manos, como se ahoga uno por no estirar el cuerpo, apaciblemente, como en una cama, de la misma manera… pero yo sé.

 

No quieres perderte. Necesitas gozar por tu cuenta. Sacabas de la angustia voluptuosidades  tan grandes… te estremecías de la cabeza hasta los pies (lo deduzco de tus gozos sexuales, de tus sucias voluptuosidades en el Moulin Blue: ¿no quieres renunciar?

 

Mi respuesta:

-Renuncio con una condición…

-¿Cuál?

-Mejor no… tengo miedo de B.

 

Este paisaje triste de montañas bajo el viento, la nieve fundida y el frío: ¡cuándo me gustaba vivir con B. en este lugar inhabitable! Las semanas pasaron rápidamente…

En las mismas condiciones: alcohol, instantes tempestuosos (de tempestuosa desnudez), sueños penosos.

 

Caminar bajo la tormenta por un poco atractivo camino de montañas no tranquiliza (más bien parece una razón de ser).

 

 

            Lo que me une a B. es lo imposible ante ella y ante mí, como un vacío en lugar de una vida en común asegurada. La ausencia de salida, las dificultades que siempre renacen, esta amenaza de muerte entre nosotros, como la espada de Isolda, el deseo que nos hace ir más allá de lo que el corazón soporta, la necesidad de sufrir un desgarramiento incesante, incluso la sospecha, por parte de B., de que todo esto no conduce al azar sino a la pobreza, a la inmundicia, o a la falta de carácter: cada hora se vuelve así una mezcla de pánico, de espera, de audacia, de angustia (y muy raramente la voluptuosidad irritante, que sólo la acción puede resolver (pero la acción…).

 

 

            Es extraño que la dificultad que detiene al vicio –la parálisis, el freno del vicio- se deba a la poca fuerza, a las miserias de las posibilidades reales. No es el vicio lo que asusta, sino las pequeñeces que lo rodean, sus fantoches, hombres y mujeres abortados, imbéciles, aburridos. Por mi parte soy una montaña bastante desolada como para permitir el acceso a si cima hasta a viejas damas con peluca (por poco me faltarían: en los cabarets, los bufones, el mal olor –de cuarto de enfermo- del oro y la vulgaridad de relumbrón me agradan).

 

 

            Odio a esos seres amables que carecen de sentimientos de los límites (de una impotencia sin salida): la seriedad en la borrachera del padre A. (pertenece definitivamente a la Sociedad) no es fingida: sus blasfemias discretas y su conducta responden –con una severidad moral inalcanzable- al sentimiento que tiene de lo imposible.

 

 

            Ayer cené con B. y el padre A. ¿Debe atribuirse a la bebida las locas declaraciones de A? aún más, ¿será el enunciado de la verdad una forma de entrar en duda y de engañar con mayor perfección?

 

 

  1. no es diabólico, sino humano (¿humano, no será insignificante?): Si se olvida la sotana y el interés anecdótico, el religioso ateo sirve, dice él,  a una causa contraria a la iglesia. Un jesuita en bata de baño (el cuerpo huesudo y largo y el fervor no son en él más que un sarcasmo de más) es el hombre más desnudo que existe: su verdad conmovía a B. arrobada…

 

 

 

Vivo en el encantamiento de la cena de anoche: B; hermosa como una loba y negra, tan elegante en su bata rayada azul y blanca, entreabierta de arriba abajo. También sarcástica delante del Padre y riendo como una llama lenguada.

 

 

Momentos de ebriedad en que lo desafiamos todo, cuando, levada el ancla, nos lanzamos alegremente al abismo, sin cuidarnos de la inevitable caída ni de los límites colocados al principio, momentos únicos en que nos liberamos totalmente de la tierra (de las leyes)…

      Nada existe que no tenga ese sentido insensato –común a las flamas, a los sueños, a las risas locas- en esos momentos en que la consumación se precipita, sobrepasando el deseo de permanecer. Incluso el sin-sentido máximo es siempre en el fondo el sentido constituido por la negación de los otros sentidos. (Ese sentido ¿no es, en el fondo, el de cada ser en particular, que, como tal, es un sin-sentido de los otros, solamente cuando se burla de la permanencia?; y el pensamiento (la filosofía) está en el límite de ese abrasamiento, como la bujía que se apega a punto de extinguirse).

 

 

      Antes la lógica acerada, cínica y lúcidamente debilitada del padre A., la ebria risa de B. (A., hundido en un sillón, B, semidesnuda ante él, burlona y loca como una flama) era ese movimiento  insensato que, levando el ancla, se tira ingenuamente al vacío. (Al mismo tiempo mis manos se perdían entre sus piernas… mis manos buscaban ciegamente la rajadura, quemándose en ese fuego me abre el vacío…).

 

 

      En esos momentos, la dulzura de la desnudez (el nacimiento de las piernas o de los senos) llegaba al infinito.

      En ese momento, el deseo (la angustia que redobla la amistad) llegó tan maravillosamente a su colmo que me desesperé.

      Ese momento inmenso, -como una risa loca, infinitamente feliz, desenmascarando lo que permanece después de él (revelando el inevitable declive) sustituía el agua por el alcohol, una ausencia de muerte, una vacío sin fin ante la proximidad aparente del cielo.

A.    retorcido, entregado a las más dementes posibilidades y desengañado…

No imagino ningún otro ser tan desesperado como B, no a causa de una perdida esperanza, sino de una desesperación verdadera. La honestidad rígida, colocada sin amor en tareas imposibles de evocarse sin reír (tan paradójicas y subversivas son), la falta de grandeza en los métodos construidos deliberadamente para deslumbrar, la pureza dentro del libertinaje (descartada lógicamente la ley, caemos en la falta de prejuicios desde el principio en lo peor), la burla que se opone a lo delicioso y eclipsa el delirio de los sentidos, hace de A. algo semejante a un plano de fábrica. El buen sentido, así liberado de las convenciones, tiene la evidencia de una montaña y hasta su salvajismo.

 

 

B.    se asombra, delante de él, de las extravagancias del padre A.

Le muestro, en revancha, las necesidades tan simples que deciden su vida: diez años de profundos estudios, el lento aprendizaje del disimulo, de la desarticulación del espíritu, hacen de un hombre un indiferente. En cierta medida… perinde acadaver.

 

 

¿Tú crees?, preguntó B. (radiante de ironía, de placer). Hincada a los pies del Padre, animalmente feliz de mi locura.

Conmovido, el rostro de nuestro amigo se iluminó con una sonrisa burlona.

Se relajó, no sin violencia.

El labio amargo y los ojos perdidos en la profundidad del techo, ahogado de felicidad inefable.

 

 

C.    me dijo, cada vez más zorra:

-Mira cómo el Reverendo les sonríe a los ángeles.

-Los ángeles del Señor, dijo A., embriagan el sueño del justo.

Hablaba como quien bosteza.

 

 

Lamento no estar muerto contemplando a B. con los labios húmedos y mirando el fondo de su corazón. Llegar al placer exasperado, a la extrema audacia, agotar al mismo tiempo el cuerpo, la inteligencia y el corazón casi anula la sobrevivencia. Por lo menos aleja el reposo.

 

 

 

 

            Mi soledad me desmoraliza.

  1. me previene con una llamada telefónica: dudo que pueda volverla a ver antes de mucho tiempo.

Y “el hombre solo” está maldito.

 

 

  1. y A. viven solos muy a gusto. A. en una orden religiosa, B. con su familia; por insidiosas que sean sus relaciones con esa orden y esa familia.

Tirito de frío. De repente, la partida de B. me produce náuseas.

 

 

Me asombro: tengo miedo de la muerte, un miedo cobarde y pueril. Sólo me gusta vivir a condición de quemarme (de lo contrario sería necesario querer permanecer). Por extraño que parezca, escasa obstinación por dudar me priva de la fuerza para reaccionar: vivo ahogado por la angustia y tengo miedo de la muerte justamente porque no amo la vida.

 

 

      Adivino en mí la duración posible, la indiferencia a lo peor, la locura que se necesita en las torturas y sin embargo tiemblo, me siento mal.

      Sé que mi llaga es incurable.

      Sin ese desafío de zorra de B. –iluminando como un  fuego el espesor de las brumas- todo se vuelve aburrido y el espacio está vacío. En esos momentos la vida se retira de mí como el mar cuando baja la marea.

 

 

      Si yo quisiera…

      Pero no.

      Me niego.

      En mi lecho estoy a merced del miedo.

 

 

 

      Ese desafío –su frescura de lis y las manos frescas de desnudez- como una cima del corazón, inaccesible…

      Pero la memoria es vacilante.

 

 

      Me acuerdo mal, cada vez más mal.

      A menudo estoy tan débil que no tengo fuerzas para escribir. ¿Fuerzas para mentir?, debo decirlo también: estas palabras que he alineado mienten. No escribiría sobre los muros de la prisión. Debería arrancarme las uñas buscando salida.

      ¿Escribir? ¿sacarme las uñas? ¿esperar, en vano, el momento de la salvación?

      Mi razón de escribir es alcanzar a B.

 

 

 

      Lo más desesperante: que al final, B. pierda el hilo de Ariadna que, en el dédalo de su vida, es mi amor por ella.

      Ella sabe pero olvida (¿no es necesario, con este objeto, olvidar?) que ella y yo hemos entrado en la noche de una prisión de la que no saldremos sino muertos, reducidos a colocar el corazón desnudo contra el muro,  en el frío, con la esperanza de que haya una oreja pegada al otro lado.

 

 

      ¡Maldición!, ¡qué sea necesario para alcanzar este momento, la prisión y la noche y el frío que la siguen!

 

 

      Ayer pasé una hora con A.

      Quiero escribir primero esto. No disponemos de medios para llegar, pero en verdad llegamos; de pronto alcanzamos el punto necesario y pasamos el resto de nuestros días buscando un momento perdido, pero cuántas veces lo erramos precisamente porque buscar nos desvía; unirnos es sin lugar a dudas un medio… el de no encontrar jamás el momento de regreso. –A menudo, en mi noche, en mi soledad, la angustia cede a la convicción: es irónico, ni siquiera arrancando (a fuerza de arrancar ya no se arranca más), de repente el corazón de B. está en mi corazón.

 

 

      Durante la conversación, el movimiento de bestia acorralada por la pena me quita el deseo de respirar. Tenía ganas de hablar: a mi deseo respondía un semblante burlón (A. no ríe, no sonríe sino raras veces, no existe en él ningún momento perdido a cuyas búsquedas pudiera condenarse: está desesperado (como la mayoría); de ordinario subsiste una intención oculta de felicidad inaccesible).

 

 

      Extraños reflejos, en una oscuridad de cuevas, vislumbres de la desnudez: L. N. y su mujer, E., elegantes los dos. E. me daba la espalda, descotada, rubia, con elegante vestido romántico. Me sonreía en el espejo. Su alegría insidiosa… Con la punta del paraguas, su marido le levanta el vestido hasta las caderas.

      Muy siglo XVIII, dijo N., en mal francés. La risa de E., en el espejo, tenía la malicia, deslumbrada, del alcohol.

 

  

 

 

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-