"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




14 de Junio, 2012


LILIANA HEKER

Publicado en De Otros. el 14 de Junio, 2012, 18:22 por MScalona

Los primeros principios o arte poética

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Liliana  Heker

 

 

 

  En el principio (pero no en el principio del principio) hay un caballo que sube por el ascensor. Sé que es de color marrón pero en cambio no sé cómo ha conseguido entrar ni qué hará cuando el ascensor de detenga. En este sentido, el caballo no es como el león. Y no sólo porque el león sube razonablemente por las escaleras; también (y sobre todo) porque la llegada del león tiene una explicación lógica. Pienso: los leones están en África. Pienso: los leones caminan. Me pregunto: si caminan, ¿por qué no se salen nunca de África? Me respondo: porque los leones no tienen un destino, a veces caminan para un lado y a veces caminan para el otro y es así que, yendo y viniendo, nunca se salen de África. Pero eso no me engaña y es natural: si no tienen un destino puede suceder que por lo menos un león, sin proponérselo, camine siempre para el mismo lado. Caminará de día, dormirá de noche, y a la mañana, sin saber lo que hace, caminará en la misma dirección, dormirá de noche y a la mañana, sin saber lo que hace. Pienso: África se termina alguna vez, un león que camine siempre en la misma dirección un buen día se saldrá de África y entrará en otro país. Pienso: la Argentina es otro país, este león puede llegar a la Argentina. Si llega de noche, nadie lo va a ver porque de noche no hay gente por la calle. Subirá las escaleras de mi casa, romperá la puerta sin hacer ruido (los leones rompen las puertas sin hacer ruido porque tienen la piel espesa y suave), cruzará el pasillito y se sentará detrás de la mesa del comedor. Yo estoy en la cama; sé que él está allí, esperando, y la cabeza me late: es muy inquietante saber que hay un león en el comedor de nuestra casa y que todavía no se ha movido. Me levanto, salgo de mi pieza y atravieso el comedor –del lado de acá de la mesa, no el del león. Antes de entrar en la cocina me detengo un momento, dándole la espalda. El león no salta sobre mí pero eso no quiere decir nada: puede saltar a la vuelta. Entro en la cocina y tomo agua. Salgo sin detenerme y esta vez el león tampoco salta pero eso no quiere decir nada. Me acuesto y espero atentamente: el león no se mueve, sé que el también espera. Me levanto y voy hasta la cocina. Está amaneciendo. A la vuelta, de rojo miro la puerta: no está rota. Pero eso es lo verdaderamente peligroso. Significa que no me he salvado; el león todavía está en camino y vendrá esta noche. Mientras no llegue, un león será como mil leones que me esperan, noche tras noche, detrás de la mesa del comedor.

  Así todo, el león no es peor que el caballo; sé todo acerca de él: sé cómo vino, sé lo que piensa cada vez que voy a tomar agua, sé que él sabe por qué no salta cada vez que no salta, sé que una noche, cuando quiera encontrarme con él, no tendré más que atravesar el comedor del lado de allá de la mesa. Del caballo, en cambio, no sé nada. También llega de noche pero no comprendo para qué ha entrado al ascensor, ni cómo se las arregla para manejar las puertas corredizas, ni con qué aprieta el botón. El caballo no tiene historia: todo lo que hace es subir por el ascensor. Cuanto los pisos: primero, segundo, tercero, cuarto. El ascensor se detiene. Mi corazón se hiela mientras espero. Sé que el final será espantoso pero no sé cómo será. Y éste es el principio. El horror de lo inexplicable, o el culto a Descartes, es el principio.

 

  Pero no es el principio del principio. Es el fin del principio. El tiempo en que ya está cercana la muerte de las personitas que viven adentro de la radio y la muerte de Dios con melena larga y poncho de gaucho, sentado a lo indio sobre el cielo. (Porque durante todo el principio en mundo está construido de tal manera que Dios y la gente muerta pueden sentarse y caminar sobre el cielo, vale decir: el Universo es una esfera hueca atravesada por un plano; moviéndonos sobre el plano estamos nosotros, las personas vivas, y eso es la tierra. Desde la tierra, mirando hacia arriba, se ve la superficie interna de la semiesfera superior, y eso es el cielo. O el piso del cielo visto desde abajo. Si se lo atraviesa, aparece el verdadero piso del cielo, o cielo propiamente dicho, por donde caminan los muertos buenos y se sienta Dios; para nosotros parece difícil porque el piso del cielo es redondo, pero los muertos pueden sostenerse sobre un cielo así, y Dios también porque es Dios. Abajo de nuestro suelo, dentro de la semiesfera interior, está el infierno en llamas, donde flotan diablitos colorados y los muertos malos.) Antes del fin del universo esférico y antes que los leones y el caballo, en el corazón mismo del principio, hay cuatro tazas de chocolate sobre un mantel de huele amarillo. Cumplo cuatro años. Pero no hay invitados, ni torta con velitas, ni regalos. Están ellos tres, eso sí; están

 

 

 

sentados alrededor de la mesa pero no cuentan en el principio porque ellos tres son de todos los días y un cumpleaños no. Estoy yo sola frente a cuatro tazas de chocolate sobre un mantel de huele amarillo. Me conmuevo. Esto debe ser ser pobre y yo tengo que estar terriblemente triste. Ahora el techo de la cocina es de paja y las paredes son de barro y mi cuerpo está cubierto de harapos; el viento y la nieve se cuelan por los agujeros de mi pobre choza. Me muero de hambre  y de frío mientras, en el palacio, la princesita caprichosa festeja sus cuatro años con una fiesta de cotillón: hay carrozas en la puerta y muñecas de pelo natural y un mono que baila solo para la princesita caprichosa. Yo tomo mi chocolate. Estoy llorando dentro de la taza. Y esto sí es el principio. La trampa de las historias o el poder de la imaginación, es el principio.

  Pero tampoco es el principio del principio. Es el principio de la conciencia del principio. Detrás de la conciencia, emergiendo más allá de rostros extraños, como pantallazas, de una sillita de paja sobre un patio de baldosas, de una bisabuela arrugada con una pañoleta negra, de un loco que sube al tranvía con un palo, en el principio verdadero, hay una capucha blanca. Es mía esa capucha. O era mía, no sé, no entiendo lo que ocurre, ella la tiene en su cabeza ahora. Ella ha llegado esta mañana y desde que llegó todos le hacen fiestas. Me han dicho que es mi primita pero no se parece a las primas porque no es más grande que yo, ni me dicen que yo soy su muñeca, ni me alza en brazos. A ella sí la alzan en brazos todo el tiempo porque no sabe caminar, como los bebitos de la plaza. La odio. Ya es de noche. Dicen que ella se va a ir y dicen que hace frío. Corro por las piezas, arremeto contra las piernas de las personas grandes, me revuelco sobre un colchón. No me importa que me griten, estoy contenta: ella se va a ir. La miro y ha ocurrido: tiene puesta mi capucha. Dicen que le queda grande, dicen que parece una viejita, se ríe. Voy a hundirle los ojos como a la muñeca, voy a arrancarle la nariz de un mordiscón, voy a sacarle mi capucha. Entonces pasa. Alguien me mira y dice: “¿No es cierto que le prestás la capucha a tu primita?”. No sé lo que quiere decir “prestar”; sé que a ella la quiero romper en pequeños pedazos. Miro para arriba. Todos los ojos están fijos en mí. Entonces comprendo: hace falta un gesto, un solo gesto, y el reino otra vez será mío. Esperan. Se están riendo. Les sonrío.

            -Si –digo.

            Ellos ríen más fuerte. Me pellizcan la mejilla y dicen que soy un tesoro. He ganado. Es el principio.

            Más atrás no hay nada. Busco cuidadosamente  algún sabor de mandarina, la voz de mi padre, un olor a manteca de cacao. Algo limpio que me transforme el origen. Quiero un comienzo blanco para mi historia. Es inútil. Detrás no hay nada. Esta capucha, mi primera infamia, es, para siempre, el principio del principio.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

(*)     Liliana Heker, cuentista y novelista, nació en Buenos Aires en 1943. Fue directora de dos revistas literarias de incuestionable trascendencia: El Escarahajo de Oro y El Ornitorrinco. En ellas sostuvo polémicas, publicó ensayos y críticas y participó de los encendidos debates ideológicos y culturales de los últimos veinticinco años. Empezó a escribir desde muy jóven. "El poema es pésimo, pero por la carta se nota que sos una escritora", le había dicho Abelardo Castillo al leer los escritos que Heker le había hecho llegar cuando tenía 17 años.-

 

  

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-