"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




SILVIA TOMBOLINI

Publicado en relatos el 7 de Junio, 2012, 19:03 por MScalona

No todo es descartable

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Ninguno de los dos había podido probar bocado porque ni bien se sentaron a la mesa, comenzaron los gritos y los reproches. Unos cuantos minutos de descarga verbal seguidos de largos, ásperos silencios,  en los que quedaba flotando el eco de la última palabra.

A Emma siempre le habían asustado esos momentos de afonía, de calma disfrazada, como la quietud en el aire que antecede a una tormenta. Prefería los gritos, creía que eran más fáciles de soportar o por lo menos le dejaban la posibilidad de una defensa. Pero su marido no, cuando veía que la situación se le escapaba de las manos, se quedaba callado y hasta evitaba el menor gesto.

Esa noche, ella sentía que se ahogaba en esa ausencia de ruidos interrumpida de a ratos por el sonido de los cubiertos al chocar los platos. Miraba las flores azules del mantel, sin verlas, solo para eludir el encuentro con sus ojos, mientras con la mano convertía una miga de pan en un rollo finito. Durante unos minutos estuvieron los dos así, sin hablarse, sin mirarse siquiera, hasta que Emma intuyó que él estaba a punto de empezar de nuevo con la discusión. Entonces se levantó, recogió los restos de comida intacta y fue hasta la cocina. Mientras los tiraba, lo escuchó hablar con alguien por teléfono. De acuerdo… sí, lo hablamos mañana… gracias, igual para vos.

Después de un rato volvió al comedor. Él ya no estaba.

Sintiendo  un peso que le bajaba desde el pecho hasta los pies, caminó hasta el living. Se dejó caer en el sillón y se quedó un par de horas con la mirada fija en la pantalla del televisor, hasta que empezaron a aparecer los puntitos grises y el zumbido del fin de la transmisión.

Al levantarse contó los cigarrillos en el cenicero. Ocho. Buscó un papel para limpiar el exceso de alquitrán que distorsionaba la frase “Recuerdo de La paloma” pintada en el fondo. Con insistencia lo frotó una y otra vez hasta darse cuenta de que no lograría sacar la mancha oscura que teñía el faro. Tengo que dejar de fumar, se dijo, mientras apagaba las luces.

El ruido de sus pasos sobre los escalones de madera era excesivo y se sacó los zapatos. En ese momento hubiera deseado volar ó deslizarse, silenciosa y anónima.

En la oscuridad fue hasta el baño y cerró la puerta muy despacio antes de prender la luz. La imagen en el espejo solo sirvió para provocarle un dolor agudo en el estómago. Los ojos hinchados y enrojecidos se veían  más abultados bajo la luz blanca de la lámpara.

Salió del baño y se acostó. La cama se le ocurrió enorme y él lejano, aunque su brazo le  rozara la pierna cada vez que se daba vuelta. Supuso que estaría despierto, porque lo sentía dar vueltas acomodando las sábanas y la almohada. Cada tanto lanzaba un soplido que llegaba a su espalda, rítmico, molesto. Hacía calor, un inusual calor para esa época del año, pero Emma no se animaba a moverse por temor a fastidiarlo. Muy pronto comenzaron a dolerle los músculos de todo el cuerpo,  tan quieta en ese largo insomnio, los ojos detenidos en las paletas del ventilador apagado.

Emma sabía que él estaba pensando en todo lo que ella había dicho, en la brutalidad de sus palabras o en la forma despiadada de decirlas. Al instante se había dado cuenta del tremendo error. Lo supo cuando él mostró la cara de incredulidad, cuando vio el temblor de sus labios antes de preguntar si era cierto, cuando la miró venciéndola con su tristeza. Y ella se había quedado ahí,  en un silencio interminable.

Quizás la causa de que esa noche Emma no midiera sus palabras fue que ella supo que en algún momento él había estado involucrado con otra persona. Para cuando ella se enteró, ya había llevado a esa otra a su casa una vez, ya la había sometido a ella a la necesidad de atenderla con la mayor cordialidad, ya se había sentado a charlar con sus hijos. Emma nunca pudo perdonarlo. Quizás recordó todo mientras cocinaba esa carne que ninguno había probado y quizás por eso apenas se sentaron le dijo que se había enamorado de otro.

Después de escucharla, él dijo que sin ella no podía vivir. Qué voy a hacer yo sin vos, había dicho. También hizo promesas, le agarró la mano y aunque no lloró ella sintió que estaba destruido. Dijo también que él estaba convencido que lo de ella era algo pasajero. Como me pasó a mí ¿te acordás?, había dicho. Sí, Emma se acordaba, cada día y cada noche de esos años ella se había acordado. Cada vez que hacían el amor, cada vez que él hablaba por teléfono, cada vez que él se demoraba. Finalmente dijo ya se te va a pasar. Ya se te va a pasar, ya se te va a pasar, repitió. Hasta que se quedó callado.

El calor que desprendían las sábanas iba disminuyendo o por lo menos eso sentía Emma. Un poco más tranquila, volvió su cabeza hacia un costado y lo miró. Toda una vida, juntos, pensó. Sólida, inquebrantable.  Recordó esa vez que lo había visto llorar frente a los Silos Davis cuando ella le había leído el informe de la biopsia con la frase “los bordes están limpios”. Esa pequeña, gigantesca frase ponía punto final a tantos meses de preocupación. O esa otra en que él le había dicho “no importa si viene un tornado, nuestra casa está construida para resistir, no es como las de los yanquis, allá todo es descartable” y Emma se había reído de su ocurrencia.

Mientras recorría el cuerpo de su marido con los ojos, comenzó a descascarar su historia capa a capa, tal como habían hecho cuando despintaron esos viejos muebles heredados. Se acordó de su impuntualidad y sus olvidos, del sonido fuerte y contagioso de su risa ante los cambios de humor de ella, de que aún lograba sorprenderla en las cosas cotidianas, de las veces que se habían ido juntos a la cama con verdaderas ganas. Cuando ya no le quedaban más capas y había llegado al fondo, pensó: no todo es descartable.

De pronto se dio cuenta de que la respiración de él había cambiado. Se había dormido, ahora sí más calmo. Tocó su brazo y él le respondió con un movimiento lento e instintivo. Subió la mano por su espalda hasta acomodarla en su hombro.  Emma se dejó estar en la confianza de ese abrazo conocido y cerró los ojos, mientras la envolvía la oleada de aire fresco que entraba por la ventana.

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Silvia Tombolini

 Junio de 2012

 

 

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-