"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




7 de Junio, 2012


EDGARDO JUÁREZ

Publicado en Cuentos el 7 de Junio, 2012, 19:12 por MScalona

                                                             

 

 

Pasaporte

 

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Un día perdí la voluntad. No totalmente. Pero esa fue mi conclusión. Sentí cierto alivio ya que habían pasado semana de incierto malestar.

Ahora esta allí, en la última mesa de Pasaporte. Anárquica, era la única de mármol blanco de todo el bar. Por el mismo motivo anacrónica. Y si algo le faltaba, imperfecta por donde se la mire.

Mi voluntad y esta mesa se parecen. Son fragmentos de otras cosas del pasado y transitan el presente en forma absolutamente errática.

Al fin y al cabo, ¿qué es la voluntad sino la propia soberbia que en distintos grados nos permite encarar y sobrellevar a cada día? Y la soberbia, esto lo había afirmado hasta el cansancio, es pura autoestima potenciada como en matemáticas, <<ad infinitum>>.

Depende al fin de los poderes. Ya sean los acumulaos, los perdidos, los deseados, los por venir, los nunca tenidos. Poderes. Nadie habla de ellos. Aparecen en la vida como disputas, como pugnas. Sólo que no los percibimos hasta ganar o perder la primera batalla.

No había acumulado más poder que el que se lleva cada día al transponer la puerta de la calle. Un maletín o un bolso, teléfono móvil, ropa según el ánimo, cierta serena pulcritud, nunca extrema…

Mi poder acumulado era yo. Y al tener conciencia de mi voluntad fragmentada, parte de mí, no sólo el poder, se había diluido.

Tantas veces me angustié por mi tarea, como tantas otras renegaba de mi formación y mi profesión. Sin embargo, después de cada crisis, continuaba. Y en ese continuar, el acento cada vez más claro del entendimiento era un remanso furioso que me traicionaba con más brío. Luego, hallazgos más, hallazgos menos, algún, logro debatido con colegas… venía la distensión. Y la crisis. Y esa laxitud crítica que me invade en días como hoy.

 

Mi paciente esquizofrénico, intuyo, está al borde de una crisis, o más precisamente de <<la>> crisis. Ha construido, a lo largo de cuarenta años, una perfecta doble vida. En cada una de esas vidas, no hay registro o percepción de la otra. Yo me he erigido en la pared que tanto separa como contiene a cada una. Me he preguntado en algunas de mis crisis, ¿con qué derecho levanto esta pared? Pura arrogancia profesional. Nos los confiere el paciente. Y la sociedad. Y la ley. ¡Mentiras! ¡Sé que son mentiras! Para que todo funcione. Para que nada cambie. Pero a puro oficio tengo la certeza que matará o se hará matar, o hará que alguien mate por él. El frágil equilibrio que hemos construido en el diván se romperá en el preciso instante que alguien lea una nota escrita por él, o lo siga, o repare en un sola de las miles señales que deja para que lo descubran y castiguen.

En la otra vida, en la formal, es un docente meticuloso, un investigador con sutilezas de artista, es gourmet, padre, marido, amigo. ¿Cuál cubre a cual? ¿Cuál e sus vidas es la genuina? ¿Dónde sufre y donde no se atormenta?

No, no tengo poder alguno. Y no soy profesional por estos días. Las dudas, las preguntas sin respuestas lo son todo. No tengo voluntad para ser yo quien rompa el equilibrio. Porque soy parte de su mundo formal… ¿Normal?... Es esta rigidez intelectual, onanista, de íntima preciosidad que nos pone de punta con los hechos. Si, la palabra normal se auto-convoca a mi pensamiento. O la invocan mis propios demonios. Si no hay norma, o si la norma debe tener amorfidad en sus fronteras para no ahogar, ¡quien establece las fronteras y quien el grado de la amorfo? Y aquí otra vez el poder. Dejo que lo normal fluya y como un canto rodado se esmerile en el avatar pétreo de su existencia sin vida. Así, o he tenido, ni creo que tenga, la capacidad de ingresar normalmente al otro mundo. A su mundo infeliz y tortuoso. No tengo ese poder.

 

                                                  * * *

 

Y en ese final triste, sin límites, estaban desnudos en el piso, con el sol de la mañana entrando desde el río. Los ruidos de la calle desaparecieron. Las palomas del balcón sumaron su silencio al ritual desatado por la voluntad de nadie. ¿Qué mayor señal del fin que el silencio sumado al sexo muerto, impotente? Tragedia varonil, la flaccidez sin voluntad o con voluntad propia.

Perdida de la decisión, matado el amor, los pudores vuelven sin convocatoria, ¿hay mayor despojo en la vida que el cuerpo deseado ahora yaciente sin motivo mayor que la piedad redentora de un abrazo conmemorativo de otras luchas más deseables?

Habría muerto más de mil veces antes que tocar el timbre ese sábado de otoño, si hubiera al menos intuido el final.

-¡Cortarme los pelos del culo!-ordenó sin ninguna piedad ni afecto. Sacó del cajón una tijera mediana y tendió su belleza sobre el escritorio mostrando sin pudor los glúteos maravillosos, insinuando la reconditez del mayor secreto del cuerpo, el más oculto, el más vergonzante…

Perplejo, atinó a tomar la tijera y dando curso a la propia vergüenza  y con la mayor calidez, separó las tersuras, ahora respetadas, distantes, miradas sin atisbo del antiguo deseo.

-Sabes que no tenés pelos-murmuró atragantado.

-Si hay uno, ¡córtalo!

 

Era un juego final. De dominación. No exento de cierta lascivia. Esa que pasa por someter sabiendo que se tiene otro poder, y que nada se discutirá.

El ano se presentaba rosado y firme en medio de esa tensa paz que envuelve los finales sin señales de la más mínima piedad.

Con fascinación por la delicada mirada que lo abrazaba en un terreno absurdo, cortó uno a uno los escasísimos pelos posibles. Azorado por la mutua entrega, sintió un llanto mudo y ahogado que la transitaba la emoción.

Se preguntó metáfora de qué cosa eran estos hechos que ocurrían como sello de un imprevisto acto final.

Terminó la tarea y pasó la yema de los dedos sobre la extraña y suave piel.

Aprobada así el trabajo y prolongaba lo que se asomaba como un último contacto.

La intimidad es continua y en paz siempre que un equilibrio interno mande en todo. ¿Qué es el pudor sino la ausencia de confianza interna en uno mismo? La propia desnudez es insoportable frente a alguien sin la contención maravillosa del afecto en cualquiera de sus matices. Ausente esta red, vueltos en harapos de lo que fuimos, a pura realidad, el acto más leve se trona bochornoso.

Un siglo duró el tiempo siguiente. El cuerpo bello,  desparramado, inerte, con los ojos cerrados… los brazos en cómoda canasta, contrastaba con el otro. Tieso, tenso, la tijera blandida como último gesto. Se roen las entrañas en un sino trágico de vacío y ansiedad, ante el negro abismo del instante siguiente.

Pensó en bañarse, pero su fuga tuvo más de retención que de pulcritud. Temió pensar en despertarla. Temió despedirse. Temió besarla. Temió hablar. La cobardía afloraba por sus poros y hedía. Sólo un milagro puede frenar el desbarranque furioso del amor. Y se sabe, no hay milagros más allá de las desesperadas creencias o la imaginación, o peor aún, de la necesidad de creer con desesperación en el milagro imaginado.

Hubiera corrido, pero caminó, por la asfixiante bajada de calle Laprida. Tomó Urquiza y bajo la escalerita que remata con acento parisino el edificio de la Aduana.

Descubrió que una ventana lo podría cobijar de la llovizna y se ovillo en un borde, No había corrido y estaba agitado. Era transpiración y no lluvia lo que mojaba su cara. Pensó en morir, que era su día. Ese que sólo en secreto está asignado a la propia muerte. Pensó en cuántas muertes deberían transitarlo antes que la última, la definitiva, la sin retorno, lo tomara. Sudor de muerte. Muerte de amor. Muerte del deseo.

Sucumbió el cansancio y se transformó en uno más en la calle. Cerró los ojos queriendo no abrirlo más.

Un corte de luz aumentó el dramatismo del lugar, pero no se enteró.

 

Ella, en algún momento, después del instante en que lo despojó de su alma, se había entregado a sí misma en una especie de autoinducción hipnótica que le arrancó cualquier atisbo de voluntad consciente.

Se relajaron los músculos y las articulaciones, y se enajenó de cuanta cosa ocurriera a su cuerpo.

Al despertar, no reconoció la tensión vivida. Y como si esto lo hubiera determinado tiempo atrás, se vistió sin prisa, con ropas ligeras, que disimulaban sus caderas y descubrían los hombros, ese día, sin sensualidad mayor que lo atractivo del conjunto.

Caminó por Santa Fe en la llovizna. El fresco en la cara la volvió a una realidad fuera de tiempo. En la esquina de Belgrano, ya frente al río, sintió que la invadía la conciencia como quien sale del trance de una droga, sin placer o bienestar. Así lloró amargamente la pérdida. Se sintió vacía de valores y la culpa del futuro sobrevino en sollozos. Caminó por el bajo y pensó en subir por Laprida y visitar a Marcelo. El viejo rufián que sabía de mujeres y escarnios mucho más que los escasos 40 años, que llevaba transitados.

A la altura del acceso principal de la aduana, reparó el auto rojo que, en su propia lentitud, andaba a su lado. Un hombre rústico de edad indefinida y reloj ampuloso en la mano derecha, le hacía señas.

Lo conocía. Subió. Húmeda de dolor y lluvia no pronunció palabra. Tampoco escuchó la catarata verbal con la que la envolvía.

Hacía meses que se veían en el trabajo. Y había un crescendo de fascinación que unívocamente los empujaba a otra relación. Él le decía que era su tercera vida. Y ella se fascinaba pensando en una tercera dimensión, donde mágicos influjos se movilizaban. Lo admiraba. Y cumpliendo esta necesaria premisa de la vida, el amor no tardaría en golpearla. Pero ella ya amaba a… Estaba enamorada. ¿Estaba enamorada? Se contestó afirmativamente porque su amor había sido su lucha, su logro, su construcción. Había surgido con magia y se había reafirmado con un pacto. No se mentirían y, más aún, no habría ocultamientos. Pero la pasión de sus poros jóvenes no había sufrido los diarios embates de realidad casi perversa que otros, los desconocidos de siempre, preparan para los sometidos a las reglas, las leyes, las religiones, la moral y la ética   no escrita de las buenas costumbres. Y ahora esto. Esto es fascinante por alguien sin encantos o tractivos mundanos, pero con un éter cautivante a su alrededor, ni siquiera atenuado por la calva, los gruesos lentes y el perramus de corte antiguo, brilloso, y gastado. Casi eterno, un viejo Renault 12 de uso exclusivo, contrastaba con los otros dos autos familiares apenas nuevos. Y el conjunto mecánico hablaba de por si. De una economía que chocaba con los zapatones enteros pero ajados e inclinados por el desgaste natural de años.

Y así estaba cada vez que se encontraban. Fascinada. En un café. Fascinada y enternecida. Marcelo le advirtió.

-Es un misterio. Claro que se ama uno, a dos o tres legítimamente. Pero… ¿ y el otro? ¿Quien acepta compartir a su mina?...-ponía énfasis en el <<su>>.

-Sí, reíte. Entonces nunca viviste la experiencia posesiva de tu macho- y remarcaba el <<tu>>.

-Mirá, al pelado ya lo amas. Ya te lo cogiste, en silencio, en privado. La confirmación será cuando sientas que entre la piel de tu chico y la tuya, hay una frazada de gelatina firme y viscosa. Ustedes, las minas no rinden examen a la hora del sexo. Podés hacerte ala muertita y ya.

-Pero te advierto, hay machos con piel femenina. No con sexto sentido, sino con quinto y medio. Sin la famosa intuición pero con muchos censores. Ven el aura mística o la sienten.

-Cuando al flaco no se le pare o peor se le <<despare>>, como decía la tucumana…

Rompió en carcajadas y ella no pudo, sino reír también.

-Perdón. Bueno, esa será la señal que sabe del pelado. Bueno, que sabe, que intuye, que te dobla otro.

-Prepárate!-concluyó cínico.

-¿Cómo me preparo para ser descubierta? Lo quiero. Lo amo. Lo necesito. Pienso en cogerlo. Y en que me coja. Pero hoy no lo deseo y se me nota. Que se vaya. Quiero que se vaya, que se ponga en el mejor lugar de la estantería de mi vida. Tienen que darse cuenta, hoy necesito aire entre él y yo.

 

 

 

 

                                                                   * * *

 

No sé o si sé. Cuanto buen y mal sexo he tenido en mi vida. Nada que se compare con vos. Por lejos. Y quiero confesártelo. Quizás en el breve interregno entre la navidad y fin de año.

Te lo debo. Me lo debo. Nunca puedo hablar de esto. Mucho menos categorizar las experiencias vividas. Nadie me contuvo como vos. Sólo vos esperaste mis tiempos. Mis cambiantes tiempos. Cada vez que sentía romperse la tensión. Viví como nunca tu infinita paciencia de algodones para ponerme en mis propios, a veces desconocidos paraísos.  No te traiciono. Te juro que si te miento lo hago fascinada, agradecida por tanto ser, por tanto estar.

Pero este vértigo debo transitarlo. Es como un pacto casi sin pasión. Me subyuga su presencia y no puedo justificar ni siquiera un segundo con él. Y sin embargo voy hacia el fuego. Hacia la luz cegadora. No lo evito.

 

 

                                                                * * *

 

Iba hacia el fuego, el auto rojo la transportaba en la lluvia. En blanco, sin pensamientos precisos, se aceleraba el pulso como si fuera su voluntad.

 

El tipo hablaba sin parar. Hablaba de los peligros de la inseguridad. Le decía que no llevara las cosas valiosas en la cartera. Había visto a un pendejo de mierda en una flor de bici, arrebatar los aros y una cadena a una señora en Rioja y Mitre a las nueve de la noche.

-Mierda. Esto está imposible.

-¿Dónde esta la cana? ¿Y esos pajeros de la guardia?,

Qué sé yo.  

-Hay que cuidarse, nena. Te lo digo yo.

Sentencia mundana. Conjunto feroz de inútil experiencia que tolera que todo se vulnere.

Pero aconseja y sintetiza.

-Te lo digo yo.

-Cuídate, eh!

 

La lluvia seguía y ella se apuró. Tocaba timbre en un pasillo de puertas metálicas despintando y percudido de calle Richieri.

El pelado la recibió en silencio. Sensible, sólo vio sus ojos de niño empeñados por otros climas.

Ella entró sin mirar al pequeño departamento reciclado con primor y buen gusto. El patiecito tenía un metro cuadrado de pasto con cuidado macizo de papiros vulgares y de plumero. Una escalera caracol reciclada a nuevo llevaba al altillo y la terraza. Miró todo esto sin registro, ausente. Cuando entró al único ambiente con desnivel y entrepiso, ni siquiera el cambio de temperatura la trajo a la realidad.

-Groovi- pensó.

Y dijo:-El baño…

Alcanzó a entrar para vomitar bilis en el vanitori y se vio fatal en el espejo. Se desnudó mecánicamente y sólo a dejarse la minúscula bombacha casi como un reflejo de educación. No vaciló. Sabía a que venía. Salió a la habitación y quedó tiesa…

Por Dios, no. ¿Qué pasa? No… No.

Volvió a vomitar bilis.

El pelado. Su vertiginosa fascinación. Su ruptura. Su encandilamiento enceguecedor, estaba allí. Ocupando el centro de la sala. Se había esposado los tobillos y las muñecas a una silla con apoyabrazos.

Vestido, la camisa de poliamida y la corbata pringosa eran ahora patéticos. Los anteojos estaban en el piso. Sonreía estúpidamente y esto aumentaba el patetismo. Paseó la vista por sala y descubrió un rosario de dibujos infantiles pegados en un listón de madera que recorría todos los ambientes.

Pequeñas fotos de carnet acompañaban las obras.

Ahora el permanente apelativo <<niñita…>>, tomaba otra dimensión.

-Sos mi tercera vida- le escuchó decir.

Tomó conciencia de su inútil desnudez y blandió un atizador de bronce de un hogar inexistente.

Vio la súplica en sus ojos y sintió la manipulación. Nada había sido casual. Ni el atizador.

Lo escupió en la y cara, tiró el bronce al piso. Se vistió como pudo y en eso, sin desealo, pisó los lentes. Él vio el armazón roto con abatimiento y ya no pudo mirarla.

Ni siquiera cuando, con furia, volvió por el pasillo a buscar las llaves de la puerta de calle. Cunado salía de la habitación, descubrió las llaves de las esposas y las pateó con oio hacia el fondo del desnivel bajo el entrepiso de pinotea.

El meticuloso cuidado del lugar era el marco de todas las tragedias juntas.

                                                            * * *

 

 

Leo en Pasaporte los detalles de la noticia que conocía desde hacía años.

La foto no tenía piedad alguna.

Mi paciente, con el cuello de marioneta desarticulada, atado a una silla, los pies vencidos, apoyados en un escalón de casi un metro. Como si importara en el conjunto dramático, me detuve en ver que la silla estaba en un casi perfecto ángulo de cuarenta y cinco grados con el gran escalón. Piernas y pies de uniformados completaban la escena,

 

                                                          * * *

 

Desde la mesa de mármol, mientras dejaba el diario, se distrajo mirando al muchacho que entraba aterido y desalineado. No sería un Armani, pero el traje al menos era un Kenzo. El cambio de temperatura, le produjo un temblor. Cruzaron las miradas como pidiendo y cediendo la mesa de mármol blanco. A esa hora era la única ocupada

En todo el bar.

La Capital quedó abierta en policiales.

 

En el bar de Suipacha y San Juan, el aroma del mejor café tirado en toda la ciudad se mezclaba con el vaho de bizcochos de chicharrón que escapaba del microondas.

En la única mesa ocupada, un café con leche hacia natas, enfriándose. Los bizcochos y la manteca intactos. La muchacha de rasgos aniñados miraba nada y pensaba menos. Ausente, desvalida, era la imagen misma del desamor.

La TV sin sonido retenía la placa roja de Crónica: <<Muerte en Rosario>>.

Ya no llovía. Pero todo era humedad en este otoño extraño.

 

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EDGARDO JUÁREZ

 

Del libro “Roma”

Ed Ciudad Gótica

 

 

 

 

 

 

    

 

 

SILVIA TOMBOLINI

Publicado en relatos el 7 de Junio, 2012, 19:03 por MScalona

No todo es descartable

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Ninguno de los dos había podido probar bocado porque ni bien se sentaron a la mesa, comenzaron los gritos y los reproches. Unos cuantos minutos de descarga verbal seguidos de largos, ásperos silencios,  en los que quedaba flotando el eco de la última palabra.

A Emma siempre le habían asustado esos momentos de afonía, de calma disfrazada, como la quietud en el aire que antecede a una tormenta. Prefería los gritos, creía que eran más fáciles de soportar o por lo menos le dejaban la posibilidad de una defensa. Pero su marido no, cuando veía que la situación se le escapaba de las manos, se quedaba callado y hasta evitaba el menor gesto.

Esa noche, ella sentía que se ahogaba en esa ausencia de ruidos interrumpida de a ratos por el sonido de los cubiertos al chocar los platos. Miraba las flores azules del mantel, sin verlas, solo para eludir el encuentro con sus ojos, mientras con la mano convertía una miga de pan en un rollo finito. Durante unos minutos estuvieron los dos así, sin hablarse, sin mirarse siquiera, hasta que Emma intuyó que él estaba a punto de empezar de nuevo con la discusión. Entonces se levantó, recogió los restos de comida intacta y fue hasta la cocina. Mientras los tiraba, lo escuchó hablar con alguien por teléfono. De acuerdo… sí, lo hablamos mañana… gracias, igual para vos.

Después de un rato volvió al comedor. Él ya no estaba.

Sintiendo  un peso que le bajaba desde el pecho hasta los pies, caminó hasta el living. Se dejó caer en el sillón y se quedó un par de horas con la mirada fija en la pantalla del televisor, hasta que empezaron a aparecer los puntitos grises y el zumbido del fin de la transmisión.

Al levantarse contó los cigarrillos en el cenicero. Ocho. Buscó un papel para limpiar el exceso de alquitrán que distorsionaba la frase “Recuerdo de La paloma” pintada en el fondo. Con insistencia lo frotó una y otra vez hasta darse cuenta de que no lograría sacar la mancha oscura que teñía el faro. Tengo que dejar de fumar, se dijo, mientras apagaba las luces.

El ruido de sus pasos sobre los escalones de madera era excesivo y se sacó los zapatos. En ese momento hubiera deseado volar ó deslizarse, silenciosa y anónima.

En la oscuridad fue hasta el baño y cerró la puerta muy despacio antes de prender la luz. La imagen en el espejo solo sirvió para provocarle un dolor agudo en el estómago. Los ojos hinchados y enrojecidos se veían  más abultados bajo la luz blanca de la lámpara.

Salió del baño y se acostó. La cama se le ocurrió enorme y él lejano, aunque su brazo le  rozara la pierna cada vez que se daba vuelta. Supuso que estaría despierto, porque lo sentía dar vueltas acomodando las sábanas y la almohada. Cada tanto lanzaba un soplido que llegaba a su espalda, rítmico, molesto. Hacía calor, un inusual calor para esa época del año, pero Emma no se animaba a moverse por temor a fastidiarlo. Muy pronto comenzaron a dolerle los músculos de todo el cuerpo,  tan quieta en ese largo insomnio, los ojos detenidos en las paletas del ventilador apagado.

Emma sabía que él estaba pensando en todo lo que ella había dicho, en la brutalidad de sus palabras o en la forma despiadada de decirlas. Al instante se había dado cuenta del tremendo error. Lo supo cuando él mostró la cara de incredulidad, cuando vio el temblor de sus labios antes de preguntar si era cierto, cuando la miró venciéndola con su tristeza. Y ella se había quedado ahí,  en un silencio interminable.

Quizás la causa de que esa noche Emma no midiera sus palabras fue que ella supo que en algún momento él había estado involucrado con otra persona. Para cuando ella se enteró, ya había llevado a esa otra a su casa una vez, ya la había sometido a ella a la necesidad de atenderla con la mayor cordialidad, ya se había sentado a charlar con sus hijos. Emma nunca pudo perdonarlo. Quizás recordó todo mientras cocinaba esa carne que ninguno había probado y quizás por eso apenas se sentaron le dijo que se había enamorado de otro.

Después de escucharla, él dijo que sin ella no podía vivir. Qué voy a hacer yo sin vos, había dicho. También hizo promesas, le agarró la mano y aunque no lloró ella sintió que estaba destruido. Dijo también que él estaba convencido que lo de ella era algo pasajero. Como me pasó a mí ¿te acordás?, había dicho. Sí, Emma se acordaba, cada día y cada noche de esos años ella se había acordado. Cada vez que hacían el amor, cada vez que él hablaba por teléfono, cada vez que él se demoraba. Finalmente dijo ya se te va a pasar. Ya se te va a pasar, ya se te va a pasar, repitió. Hasta que se quedó callado.

El calor que desprendían las sábanas iba disminuyendo o por lo menos eso sentía Emma. Un poco más tranquila, volvió su cabeza hacia un costado y lo miró. Toda una vida, juntos, pensó. Sólida, inquebrantable.  Recordó esa vez que lo había visto llorar frente a los Silos Davis cuando ella le había leído el informe de la biopsia con la frase “los bordes están limpios”. Esa pequeña, gigantesca frase ponía punto final a tantos meses de preocupación. O esa otra en que él le había dicho “no importa si viene un tornado, nuestra casa está construida para resistir, no es como las de los yanquis, allá todo es descartable” y Emma se había reído de su ocurrencia.

Mientras recorría el cuerpo de su marido con los ojos, comenzó a descascarar su historia capa a capa, tal como habían hecho cuando despintaron esos viejos muebles heredados. Se acordó de su impuntualidad y sus olvidos, del sonido fuerte y contagioso de su risa ante los cambios de humor de ella, de que aún lograba sorprenderla en las cosas cotidianas, de las veces que se habían ido juntos a la cama con verdaderas ganas. Cuando ya no le quedaban más capas y había llegado al fondo, pensó: no todo es descartable.

De pronto se dio cuenta de que la respiración de él había cambiado. Se había dormido, ahora sí más calmo. Tocó su brazo y él le respondió con un movimiento lento e instintivo. Subió la mano por su espalda hasta acomodarla en su hombro.  Emma se dejó estar en la confianza de ese abrazo conocido y cerró los ojos, mientras la envolvía la oleada de aire fresco que entraba por la ventana.

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Silvia Tombolini

 Junio de 2012

 

 

LEANDRO GABILONDO

Publicado en Poemitas. el 7 de Junio, 2012, 18:54 por MScalona

 

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Me quema la cabeza pensar que te vas a ir a vivir a Francia

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Entonces te imagino por el Boulevard Sébastopol

De la mano de uno de esos,

Los nuevos pensadores argentinos,

Un puaner ortodoxo,

Un snob, un ortiva,

Esos que en las reuniones no nombran a Cortázar

Porque es un lugar común,

Esos que siguen eternamente merodeando los pasillos de Puán,

Saco negro, morral de cuero,

Porque saben que las pibitas de primer año

Andan por el patio hablando de Estructuralismo,

Buscando que Fogwill vuelva y las enamore para siempre,

Tengo ratitos que me desesperan,

Y que quema la cabeza pensar que te vas a ir a vivir a Francia,

Porque además siempre te veo con un tipo así,

Parece apropósito,

Pienso que se van a cruzar con Zidane en un restaurant

Y este pelafustán que te abraza no lo va a reconocer,

Esos tipos son así,

Zidane es un poema,

Su ídolo es Francescoli,

Que es uruguayo como la Maga,

Pero vos no sos la Maga ni Ludlud,

Y ninguno de los amigos de tu Oliveira será Gregorovius,

Nunca,

Pero vas a conocer París sin mí,

Se me cae una lágrima cuando lo pienso,

Te imagino comparando París con el bajo Belgrano,

Diciendo sonriente que te recuerda a las calles

Que rodean la cancha de Excursio,

O Barracas,

Donde frena el 15,

Donde está pintado el mural de Toni “El Gordo”

Con un chumbo en la cintura,

Te veo hacerte la feliz,

Cualquiera,

Este poema iba a tener cuatro versos,

Me levanto en el medio de la noche porque no aguanto,

Tengo frío

Me pongo el buzo de entrenamiento de River,

El de la temporada anterior,

Y que River juegue en la B ya no es más una metáfora,

Y París tampoco,

Es un lugar de mierda que vas a conocer sin mí,

Los sábados vas a tirar piedras en el Sena,

Vas a hacer patito,

Y acá,

Si entran los visitantes,

A mí me van a tirar piedras los pibes de Merlo,

Pero no creo que eso pase,

Aunque acá se sabe,

No es como en París,

Que andan sin buscarte pero sabiendo que te van a encontrar,

No,

Acá no,

La línea D va llena y olvídate,

Ya sabemos que perdemos,

Y me quema la cabeza pensar que te vas a vivir a Francia,

Me saco el buzo,

El pantalón,

Las medias,

Dejo una en cada zapatilla,

Apago la luz,

Toda dormida,

El pelo sobre la cara,

Te abrazo,

Murmurás,

Y en la oscuridad de la habitación

Veo la fosforescencia de un matapolillas,

Redonda,

Con el perímetro desprolijo,

Como lo que veo cuando cierro bien fuerte los ojos,

Como la luz de la bengala que ilumina mar adentro tu noche.

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-

Del libro DELIVERY CON LLUVIA

Ed. Espiral Calipso.

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-