"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




1 de Junio, 2012


LAUTARO COSSIA

Publicado en Cuentos el 1 de Junio, 2012, 1:27 por MScalona

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Domingo de cenizas

A las siete horas doce minutos de aquel domingo trágico, Oscar Rossini salió de su casa. Caminó despacio hasta la parada de Urquiza y Paraguay, esquivando los charcos acumulados por la lluvia, y esperó. A las siete y dieciocho minutos le haría señas al colectivo de la línea 103; una costumbre que llevaba seis años y había sabido acomodar a las impuntualidades del servicio. Dos autos cruzaron por Urquiza y uno por Paraguay, con dirección al sur. Él vio a una muchacha de pelo revuelto y pies desnudos, resignada a chapotear en las veredas desparejas del centro rosarino. La imaginó húmeda y con una calabaza en sus manos. Las campanadas de la Iglesia acababan de informar que eran las siete y quince minutos de ese mismo domingo trágico. Y entre las últimas sombras de la ochava pudo percibir el movimiento brusco de un puñado de frazadas polvorientas, como denunciando una triple alteración del sueño: los primeros rumores del día, la puntualidad anglicana, las luces del alba. Cuando Rossini subió al colectivo ese pintoresquismo urbano de cenicientas en celo y mendigos se había evaporado, entonces dejó de pensar en el tiempo.

Cincuenta y tres cuadras en colectivo y seis a pie lo separaban del monoblock 14, barrio Grandoli. Luego subiría los tres pisos de la torre 24, toc toc, siempre dos golpes, y aguardaría ser atendido en el departamento 55, respetando las formalidades de un pudor añejo. La conversión del tiempo en espacio era el modo que había encontrado Rossini para medir las distancias: la métrica diseñada constaba de cinco postas, a diez cuadras cada una, y un parador final, ubicado en el extremo sur de la plazoleta Humbert II. Él se acomodaba en la octava fila de asientos, vereda par, equidistante de los pocos pasajeros que la hora y el día ponían de acompañantes. Que los cinco mojones estuvieran del lado impar lo obligaba a direccionar la mirada hacia la derecha, atravesando el pasillo, los asientos y las ventanas, permitiéndole además escrutar el perfil azaroso de los demás pasajeros. Esa mañana trágica de domingo, a la altura del restaurante La Grieta, veinte cuadras exactas del punto de partida, viajaban tres hombres y una mujer, todos solos y dispuestos en los asientos delanteros. Uno de ellos dormía y despertaba a cada rebote de cabeza contra el vidrio; el resto parecía no pensar en nada. Rossini vio, en una parada cualquiera, entre las postas tres y cuatro, subir a una pareja adolescente, y vio como pasaban a su lado, dejando ella una estela de barro con sus zapatos de vaire -óyelo óyelo bien / hay sangre en su pie / el zapato le aprieta / la novia está chueca-. 

Contra sus previsiones se montaron uno sobre el otro, a sus espaldas, del lado par, desde donde llegaba un baboseo quejoso y risitas cómplices de la falsa princesa. ¿Me miran? ¿Y por qué se ríe esa turra? Quinta posta. Rossini lee Quiosco Tenemo Aguante, y sabe que en unos segundos habrá de levantarse y al girar la cabeza no podrá evitar una mirada, y será una mirada gastada que; ah! mejor que está concentrada en él, turra de mierda; entonces Rossini llega a la puerta trasera sin fatiga, reimprimiendo los pasos de la impostora -/ hay sangre en su pie / el zapato le aprieta /- y toca el timbre y se distrae observando a la vieja Angelina, tan añosa como él, arrastrada por su perro rumbo a la plazoleta del barrio. A las cincuenta y tres cuadras exactas el colectivo se detiene y Rossini dibuja en su cabeza un trayecto simple y abstracto de rectas, curvas y escaleras en caracol. Alarga el paso tratando de evitar el cordón mojado, pero su suela resbala en el barro recién acumulado y cae.

La caída es lenta. Igual propaga un chasquido audible entre los ruidos del motor del 103, que acelerado empieza a alejarse. La vieja Angelina se da vuelta movida por el instinto y la curiosidad. El animal, en cambio, se muestra urgido o desatento y cincha hasta que la mano de su dueña se desliza y suelta amarras. Por un instante Angelina, una mueca en la cara de Angelina, cruza burla y reproche con los ojos de Oscar. ¡Mammone estúpido!, piensa ella. Todo antes que las dos palomas detenidas sobre el pavimento levanten vuelo. Crash. El perro es arrollado por un auto que continua su viaje al sur. La primera víctima de una serie inquietante.

EUGENIA ARPESELLA

Publicado en relatos el 1 de Junio, 2012, 1:21 por MScalona

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Clara está tumbada sobre la cama, aparta el libro que está leyendo y mira hacia la ventana. Afuera hace una tarde gris, como la de aquel invierno húmedo en Buenos Aires, en un viaje que hizo junto al que era su novio entonces. Ese día habían decidido salir a recorrer librerías. Sobre la calle Corrientes descubrieron una de segunda. Era un rectángulo iluminado por un sucio tubo fluorescente, y estaba dividido por un tabique en el que se exhibían libros sobre los estantes puestos a cada lado. Quedaban así, dos pasillos largos en los que apenas entraba la luz pálida de la calle. En los tablones había libros de saldo y muchas revistas viejas de cocina y de música clásica. De pronto Clara, que por inercia y sin fe tanteaba algunos lomos, tuvo la primera revelación de la tarde: encontró La Sociedad Carnívora, en una edición del año 69 que salía trece pesos. ¡Toda la mística de una generación derrotada en ese librito naranja! Puso los ojos en blanco, se lo llevó contra el pecho y se dirigió a la caja. Quería que fuese suyo inmediatamente, porque estaba segura que no quedaban ejemplares de la tirada del 69 en ningún otro rincón del mundo. El hombre viejo  que atendía en el lugar advirtió que no tenía cambio. Clara tenía tal ansiedad que lo pagó a quince. Pero no se fueron. Marcos estaba al otro lado del tabique, absorto leyendo algo que a Clara no le importaba y decidió paciente seguir con su búsqueda desinteresada, ya tenía en su poder la reliquia. Fue así que la joven experimentó su segunda revelación: Ahí estaba Noche terrible de Roberto Arlt, un librito de muestra que ella ya tenía y había leído hacía tiempo. Se mordió el labio inferior y pensó “me lo robo”. Desde la penumbra que reinaba, miró a su alrededor y advirtió que en la librería no había nadie, salvo Marcos que seguía en lo suyo mientras el hombre hacía cuentas detrás del mostrador. Para no despertar sospechas, interrumpió al vendedor con el librito en la mano y le preguntó el precio. Costaba ocho pesos, pero de un momento a otro el valor de esas paginitas pasaría a ser inconmensurable. Se volvió al rincón, fingió interés en revistas de tejido pero sosteniendo en una mano el libro, como si lo fuese a comprar. Se apoyó contra una mesa y dejó deslizar en el bolsillo de su saco el folletín. Ahora si, le habían empezado a sudar las manos y las axilas. Quiso salir corriendo pero se contuvo en rodeos, revió las revistas que ya había fingido leer, e impostó la calma y el interés de lectora aburrida que había mostrado minutos atrás. Tenía que disimular el apuro inusitado por arrastrar a Marcos y huir de aquella cueva polvorienta para volver al caos porteño y por fin, entre los autos, el smog y las personas de calle Corrientes, sacar de su bolsillo la rapiña arltiana y con una sonrisa gigante decirle : tomá, lo robé para vos.

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                                              Eugenia

LAURA ROSSI

Publicado en Nuestra Letra. el 1 de Junio, 2012, 1:13 por MScalona

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Buenos Aires, 12 de septiembre de 1953

Adorada Filomena:

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            Hubiera querido escribirle un poema, pero nada de lo que rima con Filomena me resulta satisfactorio, ni expresa un ápice de este sentimiento hondo que me inunda al pensar en usted. Si tuviera la amabilidad de cambiarse el nombre por el de Leonor, por ejemplo, podría escribirle unos sonetos que ni le cuento. Cualquier cosa, me avisa.

Decía: hubiera querido escribirle un poema, pero aquí estoy, escribiéndole esta carta, por la cuestión del nombre complicado que acabo de comentarle recién. Sé que soy reiterativo. Por eso, vuelvo a escribirle para expresarle mi más profunda devoción. No puedo dejar de pensar en usted ni un instante. Bueno, quizás mientras duermo pienso en otras cosas, cómo saberlo. Me atrevería a afirmar, sin embargo, que usted aparece en el 99% de mis sueños. Pienso en cada momento en los besos que todavía no me ha regalado, en cómo mis manos le prodigarían caricias a su cuerpo poco voluptuoso y menos agraciado, pero que para mí tiene gracia, porque lo miro a través de los cristales empañados de este amor que me consume cual pabilo encendido (¿ve? Leonor rimaría perfectamente con amor. Por favor, piénselo.). Sé que usted no es afecta ¾valga la redundancia¾ a mis constantes expresiones de afecto, pero sólo intento hacerle entender que esto que siento por usted va más allá de cualquier obstáculo que la vida (léase: su madre) nos ponga en el camino que nos toca transitar. Un camino lleno de desencuentros, de rechazos y de dolor que podría transformarse en pura felicidad si tan solo me diera la oportunidad de demostrarle que todo lo que le digo es cierto.

Filomena, sólo pensar en usted me llena de un gozo indescriptible, pero temo que el tiempo, que es cruel y, por cómo vamos, va a ser mucho, borre de mi memoria su recuerdo y lo confunda con todas esas ideas que guardo y que jamás han llegado a concretarse. No sé si mi corazón podrá seguir soportando su ausencia sin romperse en mil pedazos. Si así fuera, no dudaría ni un minuto en ofrecérselo como prueba de mi adoración incondicional hacia su persona.

Sólo usted tiene el poder de insuflarle vida a mi pobre corazón. Dele, Filomena, no se haga la difícil, que la vida es breve y puede llegar a ser un carnaval, como dicen, si nos disfrazamos un poco.

Demencialmente suyo,

Ernesto

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Buenos Aires, 18 de septiembre de 1953

Estimado Ernesto:

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            ¿Leonor? ¿Quién es Leonor? Me parece poco prudente de su parte enviarme una carta que va dirigida, en realidad, a otra mujer. Yo soy Filomena, ¿se acuerda? Y si no le rima, es su problema. Leo y releo sus cartas y me parece mentira: cuando empezaba a creerle esa profunda devoción que dice tener por mí, usted viene y así nomás, me chanta a esa Leonor en la cara. ¿La conozco? ¿Es también amiga de sus primas, como yo? Ellas jamás me hablaron de ninguna Leonor. De todos modos, a mí no me importa. Usted es un hombre libre, que tendrá sus necesidades, me imagino, como todos, y es dueño de satisfacerlas con Leonor o con cualquiera otra.

            Es un hecho lamentable de la vida que no hayamos podido entendernos, Ernesto. Yo creía ser la única para usted y usted había empezado a ser el único para mí. Nadie más que usted es capaz de enviar dos cartas al día sin recibir ni una respuesta. Pero usted sí ha sido capaz. Debo confesarle que, al principio, me asustaba. Lo imaginaba vigilándome, constantemente al acecho. No le voy a negar que algo de eso me gustaba un poco. No tiene sentido ahora ocultar mis sentimientos, puesto que Leonor ha aparecido en su vida y ha logrado tejerse en el entramado de lo que podía haber sido nuestro amor, pero que no fue, ni será.

Aprovecho para decirle que yo sería incapaz de insuflarle nada, mucho menos si usted anda en tratativas con esa tal Leonor. Les deseo de todo corazón que sean felices. Deje de escribirme, que a Leonor no le debe gustar nada, se me ocurre.

Mi madre le manda saludos.

Atentamente

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Filomena

IGNACIO BARALES

Publicado en Nuestra Letra. el 1 de Junio, 2012, 1:11 por MScalona

Lis:

Anoche soñé contigo, y supondría que fue ese el motor que ha llevado a dirigirme hacia vos a través de esta carta. Ya he olvidado los años que han pasado y cuál fue el último momento en que nos dimos ese pequeño abrazo en el crepúsculo. El sueño era insoslayablemente la expresión de mi amor tierno mantenido hacia tu vago recuerdo, mezclado un poco con ciertos restos de imágenes que vigilaban en la tarde de ayer la lectura de un par de fotografías de Man Ray. Presumo que me he identificado con él, y su compañera de trabajo indestructible me acercó a tu repaso sin dar cuenta de ello, creo. Sinceramente no sé por qué decidí escribir estas letras, ¿será por búsqueda de libertad y más placer; será por una simple y desplazada mentira?… Sospecho que sea por cierto abandono debido a otra muchacha. No sé qué otra cosa decir más que extraño con anhelo las fragancias de tu belleza diluida en partículas cómicas. Y, sin embargo, diciéndote esto es propio de un gran engaño tantas cosas. Me hago cargo de que en la posdata ya asiento la crucifixión.

Tendría que estar dándole el tiempo requerido a las investigaciones que debo finalizar de una vez (esto demuestra el atraso que tengo hacia mis lecturas, ya que aún no las he comenzado) y sólo retomo las manifestaciones de tus labios presentes en mis manos pasadas hacia tu cabello. Lo único que consumo es pintarte en recuerdos. Miro uno de los tantos cuadros ya acabados y me afirmo preguntándonos: me puedes ver a través de esos ojos, causa de mi pincel ya usurpado por los intentos en figurarte, sin lograr encontrarte jamás, más allá de esa tela colorida por el lienzo de la prohibición de deseo y de esperanza desdibujada. Desesperanza dibujada queda en resonancia; pensando en vos la ilusión del señuelo ya no existe, y tan poco me concierne. Por esto mismo es que lo he vencido y cada noche logro la gloria al dibujarte; la satisfacción es inexplicablemente comparable. No es nunca una decisión, porque de ese modo cesaría todo a puro aguarrás (y, si fuera por ello, preferiría intoxicarme tomándomelo). Es necesidad y ansiedad por tratar de hallarte en la hostilidad que es mi mundo, y así representarte en palabras-colores que bailan descalzas; las cuales los terceros perciben como hermosas, ya que por negación evitan la tristeza (la propia y, más fácilmente, la ajena) colgando las palabras en el decorado de una pared empotrada de miedo estético y frío blando. Puede que sea libre pintando, pero soy  tu esclavo. Sí, me reconozco en la dialéctica del engaño. Como cuando te hablaba mientras eras esquiva de las miradas junto a esa boca. En fin, soy un hombre osado porque ya no tengo la remota ingenua esperanza que tanto ha enajenado y sojuzgado a mi ser durante todo ese tiempo inasequible.

¿Sabés qué? En la precisión de este instante que ya no es, sino que será, estoy bordeando el aguacero de una boca que quiere rozarse a la tuya. Sin embargo, ya se ha corroído a otras que las hago mías, sin dificultad de intervalos que puedan impedirlas. Trato de no nombrarte, no llamarte como en realidad te hacés nombrar, como si eso evitaría no entonarte de acuarelas. Si sólo vieras un aspecto de los intentos múltiples por tu ausencia, te reflejarías en cada curva de las efigies, como quien finge en el revestir de los espejos los zancos que debe proyectar el aura hacia tu cintura que me enciende, apegándome en la noche de los engaños.

En cada amor-color encontrarías el sinsentido por lo no hallado.

Puedo pintarte y mitigarme en la tentación hacia tu boca, como esclavo que ama su amo.

Amor, tú eres mi Amo.

P.D: Y te amo

            F.   

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Ey, Fran:

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               Basta. Creo que es la undécima carta que recibo de tu parte. Pensé que no contestándote estarías mejor pero resulta evidente, por demás, que no fue como esperaba. A partir de hoy, no deberías mandarme más nada, Fran. Ya es tiempo que sepas… hace casi un año estoy conviviendo con alguien en casa. Se llama Ema. Incluso me hizo llegar esta carta, porque recibió al cartero una mañana en la que yo no estaba. No entiendo por qué me envías correspondencia de esta forma tan rústica y romanticista. Parece que es la Olivetti portátil que nos había regalado tu tío. ¿Qué hiciste con tu correo electrónico? ¿Lo mismo que aquella tarde con tu celular? Recuerdo que ese día me preocupé bastante por vos.

Estoy harta. Ya te he dicho que la cortes; no tolero esta situación de ser observada en forma incesante por vos y tus cuadros. Me pesan los hombros y no sé por qué tengo que andar cargándolos como mochila. No soporto más tu mano que continúa con tanta melosidad. ¿Acaso nunca diste cuenta que tus colores también escabrosos me desangran la piel? Son tan infantiles; ya no los quiero. A los que tengo, están guardados en la alcoba donde duerme Alex (está tan divino). Cuando pueda, te los mando para tu colección.

No tiene sentido que te denigres de esta manera. La que soñaste no soy yo, la que pintás tampoco soy yo. No sé qué representás por La Mujer… estás tan confundido, Fran querido. ¿Quién es Man Ray? Advierto que seguís dando por sentado las cosas. Continúas siendo un niño. ¡Quiero verte bien! ¡Ojo!, esto no significa que te quiero ver, no te lo tomés en ese sentido, por favor. ¿Te acordás cómo terminaron las cosas la vez que nos vimos por tu insistencia? Las preguntas que te hago no son para que me respondas, sólo quiero dejarte en claro que yo ya estoy comenzando otra cosa, y estoy más que feliz. Tené un poco de respeto hacia mí y Ema, por favor.

Si te consuela que yo sea la musa ausente, está bien… pero quiero que sepas que es como vos dijiste: un gran engaño tantas cosas.

Espero que sigas bien.

P.D: Ema dice que escribís horrible. Te lo digo porque ella sabe del tema. Un beso.

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                                                           Te quiero. Lis

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-