"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




27 de Mayo, 2012


HENRY MILLER -a- ANAÏS NIN

Publicado en De Otros. el 27 de Mayo, 2012, 13:46 por MScalona

(1933)       

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Anaïs

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Quiero decir que no puedo ser absolutamente leal, no está dentro de lo que soy capaz. Me gustan las mujeres, o la vida, demasiado… No sé cual de las dos cosas. Pero ríe, Anaïs. Me encantaría oírte reír. Eres la única mujer que tiene un sentido de la alegría, una sabia tolerancia; no, es más, parece que me instas a que te traicione. Por eso te amo. Y ¿qué es lo que te lleva a hacer eso, el amor? Es hermoso amar y ser libre al mismo tiempo.

No sé lo que espero de ti, pero es algo parecido a un milagro. Te voy a exigir todo, hasta lo imposible, porque me animas a ello. Eres realmente fuerte. Me gusta incluso tu engaño, tu traición. Me parece aristocrático (¿suena inapropiada la palabra aristocrático en mi boca?).

Sí, Anaïs, pensaba en como traicionarte, pero no puedo. Te deseo. Quiero desnudarte, vulgarizarte un poco… no sé, ay, lo que me digo. Estoy un poco bebido porque tú no te encuentras aquí. Me gustaría dar una palmada y Voilà, ¡Anaïs! Quiero que seas mía, usarte, cogerte, enseñarte cosas. No, no siento aprecio por ti, ¡no lo permita Dios! Tal vez quiera hasta humillarte un poco, ¿por qué? ¿por qué? ¿por qué no me arrodillo ante ti y te adoro? No puedo, te amo alegremente ¿Te gusta eso? Y querida Anaïs, soy tantas cosas. Ves solamente las cosas buenas ahora, o al menos eso es lo que me haces creer. Quiero tenerte al menos un día entero conmigo. Quiero ir a sitios contigo, poseerte. No sabes lo insaciable que soy, ni lo miserable, además de egoísta.

Me he portado bien contigo. Pero te advierto, no soy ningún ángel. Pienso principalmente que estoy un poco borracho. Me voy a la cama; resulta demasiado doloroso permanecer despierto. Soy insaciable. Te pediré que hagas lo imposible. No sé lo que es. Probablemente tú me lo dirás. Eres más rápida que yo. Me encanta tu concha, Anaïs, me vuelve loco. Y tu manera de pronunciar mi nombre. ¡Dios mío, parece irreal! Escucha, estoy muy ebrio. No soporto estar aquí solo. Te necesito. ¿Puedo pedírtelo todo? Puedo ¿Verdad? Ven enseguida y agárrame. Descarga conmigo. Rodéame con las piernas. Caliéntame.

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                                                            Henry

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Anaïs Nin (Diario -no expurgado-, EMECÉ, p. 206.-)

Emecé, 1932-1934….pag. 186-187

ESTANISLAO PORTA

Publicado en relatos el 27 de Mayo, 2012, 13:30 por MScalona

SALIMOS A FUMAR, YA VOLVEMOS

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-Montevideo y Rodríguez- le dije al taxista, haciendo un esfuerzo en disimular el ritmo arrastrado de las palabras.

     El auto era un Renault gris, creo, y me subí después de que frenase justo enfrente de donde yo estaba tirado. El chofer nos preguntó a Sami (una amiga) y a mí si alguno necesitaba un remís. Me acuerdo que lo preguntó muy natural, aunque debe de haber sido obvio que mi borrachera y yo necesitábamos ir a dormir urgentemente, y caminar me era imposible. No me acuerdo bien dónde fue que lo tomé; en cambio, sí me acuerdo que el chofer fumaba y que había una calcomanía en la ventanilla de mi lado, mal pegada y con un borde arrancado, dejando sólo papel blanco adherido al vidrio. Después de decirle el destino, el chofer empezó a hablar en una especie de murmullo borroso. No tengo idea acerca de qué hablaba. Yo me limitaba al trance mudo que te permite el cerebro cuando está concentrado en sobrevivir a todo el alcohol que uno se metió en el cuerpo. Estaba en ese estado cuando la voz se volvió más pausada, más precisa:

-Y el pasajero anterior me ofreció de chuparme la pija- dijo, y se quedó callado por un instante.

     No sé si hice algún gesto. Él siguió hablando en el tono original, como si fuese una radio que no termina de sintonizar bien. Después de algunas cuadras repitió lo del pasajero anterior. Ahora las palabras resonaron nítidas en mis oídos borrachos. Miré la calcomanía rota mientras juntaba fuerzas para concentrarme.

-Mejor dejame Rodríguez y Córdoba- dije, y expliqué -quiero caminar un poco. Para bajar el alcohol.

     No sé si arrastré las palabras cuando dije esto último.

 

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VERGÜENZA SE ESCRIBE CON LÁPIZ

 

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     Me di cuenta cuando cerré la puerta del auto. Sería la imagen de mí mismo, con la mochila colgada en un hombro mientras cerraba la puerta del acompañante lo que me atraía tanto. Me hacía sentir grande. Yo tenía 9, pero como íbamos mamá y yo solos, me dejaba ir en el asiento de adelante. Tal vez por eso me di cuenta que me había olvidado la mochila recién cuando cerré la puerta del auto. Mamá estaba subiendo la ventanilla de su lado. 'Yo no voy' dije. Ella salió del auto, lo cerró con llave y caminó, rodeándolo, hasta llegar a la vereda. Yo me aplastaba de espaldas al Peugeot. Cuando llegó al lado mío repetí: 'Yo no voy a ir a inglés. Me quedo acá'. Mientras guardaba la llave en su cartera me preguntó por la mochila. 'Me la olvidé', dije, 'pero no importa, total no voy'. La respuesta fue corta, algo así como 'Vos vas igual, te compramos un cuadernito y un lápiz y listo'.  

     No sé qué le dije a Ingrid Nagel cuando me vio entrar al salón y con su tonito de rubia olfa, me preguntó por qué no tenía mochila. Creo que se dio cuenta que tenía los ojos todos colorados y por suerte se calló la boca. Del cuaderno ese solamente usé la primer página. Lo tiré por la ventana del auto cuando volvíamos con mamá.

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EN ESTA CUADRA NO HAY EDIFICIOS ALTOS

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-¿Cómo se llega allá ariba?- pregunté, señalando unas ventanas iluminadas en el edificio de enfrente.

-Por adentro del cine- dijo Santi.

-Para mí es por la puerta de al lado- opiné yo. Nico nos escuchaba mientras trataba de prender la pipa con un encendedor casi vacío.

     Sentados en la vereda mirábamos el edificio del viejo cine. Era de noche y nosotros tomábamos una cerveza a la luz del neón del cartel luminoso que decía “Cine El Cairo”, en letras verticales, paralelas al edificio de varios pisos que se levantaba encima del cine. Había muchas ventanas, la mayoría con las persianas bajas y a oscuras, excepto las del penúltimo piso, que dejaban escapar luz un tanto borrosa. Como esos vidrios donde podría decir escrito “Detective privado”.

-Ahí seguro que hay un gordo contando billetes con un mono subido al hombro-dijo Santi. Todos reímos.

-Con anillos y cadenas de oro- acoté y seguimos festejando.

-Fumando un habano

-Pelado y con bigotes, y un saco grasoso que cuelga en el respaldo

-¿Qué revolver tiene?

-Una cuarenta y cinco plateada en el cajón del escritorio

-Seguro que la oficina está llena de humo

-Y que hay una mina con un corsé negro sentada en un sillón. Le tiene miedo pero a la vez no quiere irse.

     Estábamos así, riéndonos, y gritándole al gordo desde la vereda, cuando de repente un hombre salió del cine, abriendo la puerta de vidrio con un movimiento seco. El hombre se quedó quieto, sosteniendo la puerta abierta con la mano izquierda, mirándonos fijamente desde el otro lado de la calle. Tenía pelo canoso y largo, atado en una colita y usaba una campera de cuero. Casi coordinadamente las luces del ingreso al cine (que estaban prendidas desde la función de la tarde) se apagaron de golpe, quedando sólo iluminado por el reflejo del neón. Nosotros nos quedamos callados.

-El sicario del gordo- susurró uno.

     Lo seguimos con la mirada mientras caminaba alejándose calle abajo. Pasado el susto, lo imitamos, y nos fuimos en la misma dirección, saludando a gritos al gordo. Cuando habíamos hecho algunos metros, giré la cabeza y miré para atrás. Alcancé a ver una silueta difusa en una de las ventanas iluminadas antes perder de vista el edificio.

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COLEGAS

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     Emiliano da clases de dibujo técnico para chicos de secundaria en el mismo instituto que yo. Es arquitecto, y labura en construcción. Va a obras, es quien tiene que articular entre los capataces y los que ponen la guita. Llega a las obras alrededor de las 9 de la mañana, cuando los obreros cortan para desayunar. Juntan 5 pesos cada uno y compran unas facturas y hacen mates. Cuando Emi desayuna con ellos tiene que poner 10. Se compró un auto, un Astra, hace poco. Se lo dieron hace un poco más de medio año, justo antes del verano. El verano es temporada alta en el instituto. Tenemos que dar muchas clases todos los días para preparar a los chicos que se llevaron la materia a marzo. Muchas clases, mucha plata, mucho agotamiento mental. Después de este verano a Emi le entraron a robar. Le robaron la notebook y gran parte de la plata que hizo (si no toda). Algunas semanas después lo chocaron de atrás. Su Astra nuevo quedó con toda la cola abollada. Luces, carrocería, baúl inutilizable. “Todo nuevo necesita” dijo el que le pasó el presupuesto. Al final del papel decía el monto estimado: 27000 pesos. “Casi medio auto” me dijo riéndose hace unos días. Emi se ríe. Yo no sé qué haría. El otro día le dije que no había lugar a un pibe, porque, por una cuestión de salones, Emi me pidió el más grande. No lo dudé cuando le cambié.

estanislao porta

DAMIÁN SÁNCHEZ

Publicado en relatos el 27 de Mayo, 2012, 13:26 por MScalona

Oruro

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Este tren parece no tener destino aunque dicen que llega pasado el mediodía. Hace quince horas que viajamos y algunos piensan que fue la peor decisión habernos subido. No paro de sorprenderme de todo lo que pasa ahí dentro. La gente es cerrada y no nos dirige la palabra. Pienso que  nos deben odiar solo por ser  turistas. Cada vez que se detiene por un desperfecto estas personas sacan sus mantas y duermen. Como les envidio la paciencia. Con el grupo bajamos a encontrarnos con un paisaje distinto cada parada. Son obligatorias y las excusas de los maquinistas se hacen poco creíbles.  Se llena de vendedores que invaden de comida y nuevos olores cada vagón. Desconfiamos pero el hambre nos dobla. Jugamos cartas y ganamos certezas. Las últimas horas nos cansamos de insultar nuestra suerte y el país que nos recibe. Usamos términos injustos. Nuestros cuerpos recibirán al llegar su merecido castigo.

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Trabajo

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Que mal humor que tengo. Camino urgente para llegar al reloj. Es el espía que más odio pero el más efectivo: siempre me delata cuando llego tarde.  Manoteo la tarjeta y marco. Ya está, ahora a mi escritorio. Las caras son siempre las mismas. Que suerte,  todos medio dormidos. Atravieso los mostradores y siempre los mismos comentarios. Como me harta que me hablen de futbol a las 7 de la mañana. Que me importa a esa hora si perdimos o si llevamos mil personas. Por suerte la revancha llega al mediodía, mas despierto me canso de gastarlos a estos nabos. Pero la rutina te mata. Las compañeras de oficina hablando de como bailo un ciego anoche y que Tinelli es cada vez mejor conductor. Dos horas así, entre mates y malas atenciones. Mi cabeza está en otro lado. Yo solo pienso en que llegue el momento  que me manden a llevar la caja con los expedientes a ¨Prestaciones Médicas¨. La orden más agridulce. La única que me hace feliz. Ahí empieza el verdadero sentido de la jornada. Ahí está ella y voy a robarle la mirada del día.

 

 

Atención al Público.

 

Le pido su carnet y documento. Demora unos minutos en sacar sus papeles. Las dudas de olvidarse algo siempre están  presentes. Comienzo a escucharlo y un sinfín de problemas aparecen en la escena: que sus hijos ya no están, que la plata no alcanza, que el médico no receta lo que necesita, que nuestra cobertura de sepelio no sirve, donde hay actividades sociales en los centros de jubilados, los dolores de cintura, las complicaciones en el estómago, el tratamiento para la vista y algunas cosas que por suerte deje de escuchar. Intento aconsejarlo pero sigue hablando con angustia, la necesidad de confesarse con alguien lo supera. Ya se olvidó para que está ahí sentado. Cada uno que pasa por el escritorio es una trágica historia de una vida mal vivida. Un sueño truncado. Una ilusión que ya no está. Es la sala de espera de la muerte. Lo que no soporto es que me cuenten el final de la historia. Hubiese preferido que la vida me sorprenda.

 

Mi amigo el negro

 

El negro es mi amigo antes que nada. Trabajamos juntos y nos llevamos bárbaro. No podría imaginarme lejos de él. Pasamos demasiado tiempo juntos y eso genera la preocupación de los  que me conocen. Es un gran compañero de aventuras y de salidas nocturnas. Admiro su capacidad para escribir: jamás le encuentro un error y nunca le falta una coma. Él sabe todo de mi vida y conoce cada una de mis amistades.  Así son los amigos. Se entera de todas mis cosas. Hace lo posible para que no me olvide de los cumpleaños y trata de avisarme durante el día. Que grande el negro! Vamos a la cancha y saltamos juntos en cada canción que nos descontrola. Cuando me quedo dormido hace los ruidos necesarios para que me despierte, le hago un gesto con el dedo y se tranquiliza. A veces lo agoto con mis problemas laborales, ahí nos dejamos. Todavía tengo crédito para molestarlo un poco más. Ojo, él a veces es bastante pesado y le tengo una paciencia larga. Hoy pienso que cuando ya no este, voy a extrañarlo.

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                                                         DAMIÁN S.

ROBERTO SÁNCHEZ

Publicado en Cuentos el 27 de Mayo, 2012, 13:02 por MScalona

Esta puta fobia

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Las primeras sensaciones empezaron esta mañana, mientras tomaba el desayuno y mi vieja dormía porque todavía era temprano. Ya las conozco bien. Una leve inquietud, un ligero temblor al sostener la taza. Como vienen sin preaviso y sin que nada las justifique, yo trato de hacerme el distraído para ver si se van. Pero es inútil; son tenaces, persistentes. Para ignorarlas, me apuré un poco, me puse el saco y salí a la calle a tomar el bondi para la oficina.

Conseguí asiento al lado de un viejo que hojeaba el diario. Trataba de escuchar alguna conversación de los pasajeros o de mirar el paisaje por la ventanilla, pero las guachas seguían allí como garrapatas. A todo esto, ya habían empezado la transpiración de las manos y el nudito en la garganta. La taquicardia y la falta de aire no tardarían en llegar, son infaltables y solidarias con las demás. De a ratos, espiaba el diario del viejo: “Duros combates en Irak”, “Otro atentado en Afganistán deja 46 muertos”. Esos tipos… no tienen miedo? Cómo hacen para vivir sin miedo?

De chico me atraía la guerra, jugaba a los soldados con otros pibes, miraba películas y series de combates. No conocía el miedo, me subía a los árboles más altos, me trenzaba a puñetes de vez en cuando, incluso con algún grandote. Había una sola cosa que me daba miedo. Mi papá. La mirada de mi papá. Solamente con eso me manejaba.

 

Por sobre el murmullo de los teclados, los papeles y los pasos que van y vienen, se alzan las voces divertidas y chicaneras. “Andá, cuánto le pusieron al referí, un penal inventado loco”, “Ja, mirá quien habla, les dan un gol con un orsái grande como una casa y todavía hablan”, “no jodás, el foul que le hacen a Torres era para roja”, “bueno ché, paren un poco, desde acá lo estoy viendo venir al bicho raro”, “no, no le digás así, se da poco con todos pero es un buen tipo, labura y no se mete con nadie”, “sí, pero es medio neura, para mí tiene un trauma”…

 

Cuando entré a la oficina, saludé con la mano y me senté rápido frente a la compu. Los demás hablaban de fútbol, que me gusta, pero el corazón ya comenzaba su galope y el aire se volvía sofocante. Argumentando calor abrí una ventana y alguno protestó porque en realidad estaba fresco. Me fui al baño a tomar el viejo rivotril mientras escuchaba, a mis espaldas, el cierre enérgico de la ventana y una puteada. Enfrascado en el trabajo, las sensaciones se fueron atenuando.

Al mediodía salí a comer algo. En el barcito, mientras esperaba el pedido, me anticipé con alegría al encuentro que tendría por la tarde.

Ya hace tiempo que vengo mal con las minas. No sé lo que pasa, pero no duran. Con lo que me cuesta encararlas. Es cierto que más de una vez me han invadido las sensaciones y he tenido desesperación por volver a casa, pero en general he encontrado excusas aceptables, me parece.

Hace tres semanas conocí a una que me cae muy bien. Demasiado bien. Se llama Alicia y tiene una sonrisa que me derrite, pero yo no demuestro mucho para no parecer atolondrado. Hoy la veré por tercera vez pero todavía no tenemos nada.

De estas y otras cosas hablo con mi psicoanalista, con el que empecé hace un año por la fobia. El calcula que me empezó hace tres años; después de la muerte de mi viejo. Yo no veo la relación, pero él, cada tanto, me la recuerda. Qué relación va a haber si desde que murió mi viejo nunca pisé el cementerio. Yo vivo con mi madre y le prohíbo que hable del asunto. Ella tiene fotos de él, pero en su cuarto. Yo no. Mi vieja sí va al cementerio una o dos veces por mes. Al pedo, para mí no tiene sentido; es más, si ando por la zona doy un rodeo para no pasar cerca aunque me desvíe unas cuantas cuadras. Ah, mi analista también vincula la relación que tengo con mamá con el asunto de las minas, pero yo no veo que tiene que ver una cosa con la otra. Una madre es una madre y una mujer es una mujer. Yo voy porque todo el mundo insiste en que vaya y el tipo me cae bien pero la verdad es que son medio raros. A mí me hace mejor el rivotril.

 

Vuelvo al trabajo mas contento, pensando en Alicia. Falta poco porque termino a las cinco y a las seis nos encontraremos. Cuando salgo de la oficina me siento bastante bien.

Tomo un café y hojeo el diario en el barcito: “Científicos de E.E.U.U. hacen importante hallazgo sobre los trastornos fóbicos”..”mmmm, ….de los neurotrasmisores, mmmmm, …al aumentar la serotonina, mmmm, …el hipotálamo y la amígdala cerebral, el núcleo caudado, mmm”, ¿cómo, tenemos una amígdala en el cerebro?, “mmm, …lo cual abre las esperanzas de una medicación específica que..”. No, si al final es como yo digo, es mejor el rivotril que el analista.

 

 Al rato entra Alicia y su sonrisa. Me roza con sus labios la mejilla, se sienta y llama al mozo. Pide un café y comienza a hablar. Sigue sonriente, pero parece algo excitada. Dice que estuvo pensando mucho en nuestros dos encuentros, que sería un error apresurarse, que yo soy muy bueno pero que ella viene saliendo de una muy difícil que, en fin, lo mejor sería tomarse un tiempo, seguir como amigos…La oigo como si nos separaran diez metros, cada vez mas lejana. Ahora la veo gesticular y sonreír, pero casi no la escucho. Estoy muy concentrado en otra cosa.

El cuerpo me hormiguea, la taza de café tiembla en mi mano que ya empieza a humedecerse, el corazón avisa su galope. Alicia no sabe -no puede saber- que yo solo estoy pensando si esta puta fobia, alguna vez, se irá para siempre de mi vida.

 

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Roberto Sánchez  11/ 11 / 2011

                                                          

SILVIA MOYA

Publicado en relatos el 27 de Mayo, 2012, 13:02 por MScalona

Dos mujeres

Entró despacio, las luces estaban apagadas. La oyó llorar en su dormitorio y abrió la puerta:

- ¿Qué pasó?¿No vino?

- Claro que vino. Si es un cobarde. Igual que yo.

El dolor y la ternura las acercó en un abrazo con miradas húmedas y caricias tiernas. Pero el encuentro les apretó el abrazo y les encendió el deseo, las miradas se acercaron y se humedecieron las caricias. Las dos compartieron su primera noche de amor.

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Dos mujeres  (versión anterior)

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Los jueves Alcira debía salir a las tres no importaba dónde, y no podía regresar hasta después de las ocho. Era el horario en que Rodolfo visitaba a María Esther, cada jueves, sólo los jueves.

Marité había sido su profesora de biología en quinto año y cuando se enteró que los padres de Alcira  se mudaban al sur, se ofreció a alquilarle un cuarto para que pudiera quedarse en Córdoba a estudiar medicina.

El departamento estaba cerca de la facultad y, a excepción de los jueves, Alcira podía manejarse como si fuera su casa, así que aceptaba el acuerdo aunque le indignaba.

Una tarde se había animado a preguntarle algo sobre el tema y Marité le había hablado de la diferencia de edad, de que encontrar un hombre libre que te quiera a los cuarenta no es lo mismo que a los dieciocho y una serie de clichés que no sólo no lograron convencer a Alcira sino que pusieron a Marité en un lugar bastante  incómodo.

Esa noche volvió más tarde y encontró todas  las luces apagadas, María Esther lloraba en su dormitorio. Golpeó suave y entró sin esperar respuesta. Se sentó al borde de la cama.

El dolor y la ternura las acercó en un abrazo con miradas húmedas y caricias tiernas. Pero el encuentro les apretó el abrazo y les encendió el deseo, las miradas se secaron y se humedecieron las caricias. Las dos compartieron su primera noche de amor.

Ignoro si fue desesperación, ingenuidad o machismo brutal pero Rodolfo intentó regresar varias veces y hasta llegó a proponerles un ménage à trois.

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Encuentro Cronopio

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Nos cruzamos en una esquina. El encuentro fue tan fugaz que no recuerdo dónde. Nos reconocimos de inmediato.

-¿Cómo estás?- preguntaste.

- Bien, muy bien. Los tuve. A los tres hincha pelotas que pronosticabas. Tres varones.

Nos reímos los dos a carcajadas.

- ¿Vos bien?- pregunté.

- Si. Escribo para ZERO HORA, de Porto Alegre, vivo allá hace 16 años.

No hubo travelling ascendente ni fade out musical, nos saludamos con alguna frase hecha: lindo verte, chau, que sigas bien u otra por el estilo. Nos despedimos, yo de vos, vos de mí y de esos otros dos que conocimos más que a estos.

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El Chino

Benjamín estaba decidido. Quería comprobar que en las antípodas de Argentina vivían los chinos.  El aliado natural para secundarlo en la aventura fue su hermano menor.  Convencerlo fue lo más sencillo, bastó con decirle me lo contó el tío Horacio, para que Amílcar confiara ciegamente. La fuente de información le merecía la mayor confianza así  que no fueron necesarios  sobornos ni amenazas.

Les llevó sin embargo un par de días encontrar el  lugar apropiado para la excavación y apoderarse de la pala de punta sin que su padre lo notara.

Una vez que todo estuvo listo comenzaron la tarea: Benjamín clavaba la pala en la tierra,  Amílcar se paraba sobre los bordes para que se enterrara más y entre los dos extraían el sustrato telúrico. Poco a poco el pozo se fue haciendo más profundo, prácticamente tenían que meterse dentro de él  para seguir la perforación . Ninguno de los dos se atrevía a confesar el temor que ésto les causaba, así que continuaban aunque el cansancio y el miedo les adelgazaba las fuerzas y el entusiasmo.

Repentinamente, sin poder distinguir en qué garganta se detonó la primera nota, los dos se ahogaban en un solo alarido:

- ¡El chino!¡El chino!

Embadurnados en llanto y barro lograron convencer a su padre para que los acompañe a rescatar la pala al lugar de los hechos. Pero pese a  exhibir el pozo donde realizaron su comprobación científica y aunque no existió contradicción entre sendas declaraciones, nadie, excepto  el tío Horacio,  dio crédito a la historia del chino amenazante que desde la antípodas los había insultado con su puño en alto usando palabras ininteligibles.

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Salamanquero

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No sé por qué la gente prefiere creer todas esas idioteces.

- ¿Otra vez para Jujuy Don Rubén?- me preguntó esta mañana el diariero- ¿Por qué no la corta ya con eso, y busca otra cosa que le haga bien?- insistió el testarudo.

- ¡Ni loco!¡Con lo que las extraño!

Me emborraché una noche  en unas vacaciones y la Salamanca me pagó una fortuna a cambio de mi mujer y mis dos hijas. Me permite sin embargo visitarlas una vez por año allá en su cueva.

No sé por qué la gente prefiere creer esas estupideces del seguro y el accidente.

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Sin experiencia

Las cosas con mi mujer no estaban nada bien y me recluté como voluntario para viajar a la isla Decepción en la Antártida. De aquella aventura lo más difícil no fue el momento en que se cerraron los hielos, ni el frío extremo.

La cirugía, creo que ése fue el único momento en el que sentí miedo de verdad. Recuerdo que el doctor, me daba ánimo mostrándome que el instrumental con que contábamos era de primera línea y que en el comedor de oficiales la asepcia era perfecta. A mí me temblaban las piernas.

Yo quería colaborar y le obedecía con resignación. Una tras otra iba siguiendo todas sus indicaciones pero mi cuerpo se rebelaba y un sudor frío me corría por la espalda. El olor a los desinfectantes me mareaba, hasta que me armé de coraje y le dije:

- Mire doctor, yo me muero de cagaso ¿sabe? y lo voy a ayudar, pero creo que usted tiene que saber que cuando yo me anoté para viajar solamente me preguntaron mi experiencia como cocinero y en la puta vida pensé que viajábamos con un solo médico y me iba a tocar a mí ayudarlo a operar a un tipo de úlcera.

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SILVIA   M.

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-