"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




GUILLERMO RÍOS

Publicado en relatos el 23 de Mayo, 2012, 0:43 por MScalona

CONFUNDIDOS

 -

-Subterfugiémonos detrás de esos escaparates. Si nos videncian nos apelmazarán-

-Parapetados es peor, mejor andarivemos-

-Te advertí que con solenoide era una peripecia, mejor era salidera lunática-

-Origami amigo, de ésta zafarranchamos-

-Hojalata, la veo póstuma-

-Venidera, crucifiquemos la avenida, allá hay pasantes-

-Pasantes parcos y paranoicos, mejor vadearlos-

-No, mejor es confundidos, igualitarios. Sacate el camisaco, es botoneril-

-Tras bambalinas entonces, urgite que se aproxenetan-

-Seguimiento, y si alguien te habla, hacete el extrañero.

-

CUERPOS

-

Dormían la siesta, siempre los domingos dormían la siesta. La consigna era -más almohadas que cabezas- y usaban una descomunal cantidad de ropajes sobre la cama. Capas de abrigo sueltos sobre el colchón que iban cayendo sobre la alfombra con el calor del sueño, en un otoño de lana y edredones.

En la total oscuridad y silencio su existencia se volvía imperceptible.

Sus cuerpos inmediatos, sus cabellos fundidos, ahí debajo del mundo las manos convivían entre huecos y cavernas. Somnolientas, se dejaban acariciar por los pliegos y los vientres, que se pronunciaban tectónicamente, milenarios.

En el sopor de aquel domingo, uno remarcó la belleza del jardín trasero, y el fuerte color carmesí del rosal que crecía bajo el roble. Luego durmieron frágiles, cristalizados. Alienados de la vergüenza y los clamores.

La irrupción fue breve, y en su estela dejó un cajón abierto, manchas espesas casi negras y el sonar constante del despertador que precipitara la irreparable coda monotonal.

Los encontraron al tercer día, un miércoles de ceniza, entre un montón de plumas y cobijas.

-

LA PAZ EN EL CAMPO

-

-Están en la cartera- me gritó. Se me partía la cabeza, la combinación de vino y sol siempre me  destroza el cerebelo.

-¿Dónde está tu cartera Ana?

-Adentro, en los sillones, pusimos todas las carteras ahí-.

La casa estaba hecha mierda, parece que la soja no deja tanta plata como dicen, o el Tano es más ratón de lo que dicen. Fui derecho a los sillones, había más de veinte carteras. Me asomé por la ventana.

-¿Cuál es la tuya Ana?-

-La plateada Esteban, la plateada-.

Encontré la plateada, la abrí, un quilombo. Diecisiete mil adminículos femeninos; cepillos, peines, cepillitos, espejos, vinchas, lentes, y ni una sola tableta de aspirinas. Revisé todo, no aparecían. Ya revolviendo sin mirar, resignado, sentí algo raro con la mano, al sacarlo vi que era un encendedor. Caro, elegante, de plata o alpaca. En la parte de abajo tiene inscriptas las iniciales O.S.

¿Qué carajo hacía un encendedor caro, elegante, de plata o alpaca, con las iniciales O.S. en la cartera de Ana? Seguro que era de Omar, seguro. <Hijo de mil putas>.

Mi mujer se estaba encamando con su jefe <¿Cómo mierda era el apellido?>. Probablemente se revolcaban todas las mañanas a los cinco minutos después de que yo saliera para la fábrica. Que conchuda. <¿Omar Salgado? No.>

Evidentemente a esta forra ya no le importaba nada. Si hasta llevaba su encendedor en la cartera, es obvio que quiere que yo me entere. <¿Omar Serrano? No.>

Lo tenía que cagar a trompadas, a él. Y a ella no sabía, algo, un cachetazo mínimo, un buen bollo y la calle, a mí “esto” no. <Omar Sambito, No.>

Mientras me debatía en la soledad de aquel rancho comenzó a sonar la canción esa de Adele que pasan hasta en los partidos de fútbol. Mi mujer la había elegido de ring tone para su celular. Pero el sonido no salía de la cartera plateada, salía de LA OTRA cartera plateada, la que estaba atrás del saquito de Bremer que Ana se había comprado el año pasado en Mar del Plata.

Dejé la cartera plateada mientras pensaba <Ornela Subiza, la mujer del colorado, una chimenea>.

Levanté la cartera de Ana y saqué el celular, seguía sonando, era Omar.

Atendí. Por las dudas le iba a preguntar como carajo era su apellido.

-

MORIBUNDO

-

Se sentía sucio, pegajoso, a pesar de que hacía solo diez minutos se había dado una ducha. Pero le picaba la cabeza, las manos le sudaban profusamente y sentía las axilas agolpadas y amarillas.

Entró en el baño. Las paredes seguían condensando la humedad en cientos de gotas que se echaban carrera abajo. El vidrio del espejo empañado solo reflejaba una materia inerme que lo observaba confuso desde el otro lado.

Corrió la cortina y se asomó a la bañera. El jabón estaba seco, límpido, adherido a su propia costra. Había un rulo áspero y antipático enrollado en la tapa del champú, probablemente ahí desde la última vez que se había bañado con Malena.

Comprendió a los tumbos que se había parado bajo la ducha abierta, había dejado que el agua le corriera sobre el cuerpo y recordaba haber escupido sobre el resumidero mientras se secaba. Pero nada más.

Tuvo entonces la certera sospecha de que los mecanismos más insignificantes de su anatomía habían comenzado a fallar, y por primera vez, temió brevemente por su vida.

-

UN LARGO MUELLE

-

Un largo y fino muelle, por momentos demasiado fino. Algunas de sus tablas flotan sobre el agua que mansa descansa debajo. Otras en cambio, casi sueltas, esperan la suela confiada y el ojo desviado. Un mar de criaturas pululan desde el lecho, alimentando su ansiedad despechada. Años desde que cayera el último. Repetidas promesas de un sabor distinto y por siempre añorable.

Ahí donde los pilares y el moho se hacen amantes, por debajo, donde la luz se escurre, se hace más que difícil llegar y salir. Ahí es donde el clavo que cercena se asoma por sobre la tabla, rebelde, ebriamente intoxicado. Revelador y guerrero congela su mirada eterna sobre el charco y la madera suelta, donde reside su esperanza, donde comienza el epitafio.

Un muelle largo y fino, y en su extremo un niño, no lo parece. Aguarda desde tiempo, aprehende con la vista mientras hace y rehace el nudo de sus cordones. Miles de soles y lunas, empujados por la brisa que desde la bóveda sopla con fuerza esbelta. Él niño y los maderos, el clavo y el charco. Debajo, el agua y las criaturas. Delante, la adicción a la desgracia.

                                  -

                                                                 Guillermo Ríos

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-