"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




23 de Mayo, 2012


SEBASTIÁN RIESTRA

Publicado en Aguafuerte el 23 de Mayo, 2012, 20:42 por MScalona

 http://www.lacapital.com.ar/columnistas/sriestra/noticia_0126.html

Lunes, 21 de mayo de 2012 09:11 | Opinión

Viva el mundo

Los libros guardan tesoros. Pero no me refiero solamente al contenido de sus páginas. A veces, en su discreto interior, oculto entre las hojas, reposa un secreto. Me acuerdo de una tarde de principios de la década del ochenta. Yo ya era un inveterado cazador de libros.

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 Por Sebastián Riestra / La Capital
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Los libros guardan tesoros. Pero no me refiero solamente al contenido de sus páginas. A veces, en su discreto interior, oculto entre las hojas, reposa un secreto.

Me acuerdo de una tarde de principios de la década del ochenta. Yo ya era un inveterado cazador de libros. Andaba suelto como el viento por las calles del centro, con el pelo largo como se usaba en la época, fumando un cigarrillo. De pronto apareció a mi derecha, por San Juan a metros de Maipú, un sucucho atrapante: no demasiados pero tentadores volúmenes agrupados en la parte trasera de un salón de ventas, como una reliquia perdida en medio de los objetos efímeros de la modernidad. Estaban juntos, como si resistieran en equipo el paso del tiempo, como si abrazándose intentaran guarecerse de la tormenta del futuro. Los vi y fui hacia ellos. Funcionaban como un imán en el fondo sombrío del local. Eran una primavera intacta y escondida.

Se había muerto, evidentemente, un inglés o un descendiente de ingleses. Y alguien se había deshecho, implacable, de sus posesiones literarias. La biblioteca entera, que había terminado por recalar en ese tugurio, estaba compuesta por obras escritas en la lengua de Shakespeare. En ediciones exquisitas y más que centenarias, yacían olvidados Shelley, Byron, Keats, Wordsworth, Tennyson. Mi poca plata sólo me permitió comprar (pese a que no eran caros, el dueño del negocio no sabía lo que tenía) una edición de Byron de 1867 y otra de Wordsworth publicada a fines del siglo XIX. Pero el máximo tesoro era Tennyson. Y no por los edulcorados poemas sino porque entre las páginas fileteadas en oro descubrí deslumbrado un lirio seco y un rectángulo de seda de algún vestido femenino, aún perfumado. Dejé la joya, no podía pagarla. ¿En qué manos habrá terminado?

Como dije, los libros guardan tesoros. Eso es lo que comprendió hace poco mi amigo el poeta Silvio González gracias a un ejemplar ya amarillento de “Crónicas marcianas”, del querido Ray Bradbury, que compró en una librería de usados. Y es que al abrirlo cayó inesperadamente al suelo ante él una hoja de papel doblada, ya gastada en los bordes. Cuando la recogió intrigado y la abrió con delicadeza, leyó un texto que lo emocionó. Y que me sacudió también a mí, cuando me lo mostró una noche en su casa de Arroyito, donde ya habíamos pasado del vino tinto al whisky.

El papel en cuestión, una hoja rayada de un barato cuaderno de espiral, contenía un mensaje escrito a mano por una mujer y fechado el 11 de agosto de 1970, exactamente a las 20.10. La desconocida “ella” que lo escribió le dice a un “él” también desconocido: “¿Sabés que soy la mujer más feliz del mundo? ¿Que te amo como nunca antes? ¿Que ya no sé cómo hacer para no ponerme a gritar VIVA EL MUNDO? ¿Que quisiera ser una gallina y tenerte calentito todo el día debajo de mis plumas? ¿Que si vos no existieras yo tampoco existiría? ¿Y que sos un amor grandote y chiquitito? ¿Y que PPTQMMM? ¿Y que soy toda tuya? ¿Y que sos todo mío? ¿Y que te amo? Ahora lo sabés. Bar San Martín, con un café que se enfrió″.

En la transcripción de esta maravilla he respetado el uso que su autora ha dado a las mayúsculas, eminentemente expresivo. El lector sabrá deducir por cuenta propia el nada enigmático significado de las letras “PPTQMMM”.

No tiene sentido hacer comentarios. Apenas, algunas preguntas: ¿estarán vivos la mujer que escribió la carta y el hombre a quien le estaba destinada? ¿O habrán sido barridos por la ola inmisericorde de los años setenta? Y si aún vivieran, ¿seguirán juntos? Quién sabe. Lo único que queda claro es que hace falta mucha confianza en la vida y una poderosa luz interior para escribir “viva el mundo”. Aunque el café se haya enfriado.

Junto al mensaje de amor había un boleto de la desaparecida línea 210 (que iba a Alberdi, los coches estaban pintados de celeste), el número 58539, serie I-496, que costó $0,17. ¿Viviría en Alberdi la escritora? ¿Viviría allí el objeto de su deseo? De nuevo: quién sabe. También el lugar donde la carta fue escrita, el bar San Martín, es parte del remoto pasado. Estaba en Santa Fe e Italia.

Con Silvio, esa noche, quedamos conmovidos. A mí, lo admito, se me cruzó por los ojos alguna lágrima. Pero la conclusión del encuentro fue obvia: otra copa, con el correspondiente brindis. Y entonces, él fue más rápido. Dijo: “Salud. Viva el mundo”.

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                       Sebastiàn Riestra,

poeta, subsecretario de redacción del

diario LA CAPITAL, naciò en Rosario

en 1963.-

AILÈN GAGLIANO

Publicado en relatos el 23 de Mayo, 2012, 0:46 por MScalona

Caminos en la mano

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Dicen que si uno entrecierra los ojos, respira profundo unas cuantas veces y mira la palma de la mano se dibuja en ella una línea de la vida o algo así que es un recorrido por los sucesos de la historia de una persona, o eso me explicaron.

La mano de Leandro decía que para los cuarenta y seis años teniendo ya tres hijos bastante crecidos, un trabajo estable con un sueldo cómodo pero no excesivo y pudiendo darse el lujo de las vacaciones iba conocer a Andrea y la iba a desear para él.

La palma de Andrea anunciaba que se iba a casar con Leandro a los veinte e iba a tener tres hijos, se encargaría de una casa modesta y saldría a vacacionar al menos una vez cada dos años. Y que sólo luego de veintiséis años iba a disfrutar de su matrimonio con Leandro que sólo en ese entonces, y bajo ningún concepto antes, la iba a conocer.

 

 

 

Aunque haya un océano en el medio

 

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El pulóver rosado, semi-raído, suave, calentito y en la manga agujereado con el que salí a “dar una vuelta” por primera vez con él, le pertenecía a mi mamá. Que lo uso cuando salió del hospital después de una fuerte neumonía. Ella lo heredó de mi tía abuela que lo usaba cada vez que preparaba la invertida de manzanas que tanto me gusta. Ese pulóver lo sacó de una caja de ropa usada que le mandó su prima, cuyos padres prefirieron quedarse en Italia. La prima lo usaba de entre casa, porque ya era viejo, se lo había dado su hermana mayor después de que se separó por primera vez porque a ella se lo había tejido la madre del muchacho y ya no lo usaría; porque ella lo llevaba cuando iba a dar vueltas en invierno con el que era su marido.

 

 

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Espanglish

 

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Alicia y Evangeline son muy parecidas. Alicia vive en Rosario. Evangeline en Illinois. No se conocen pero si lo hicieran no intercambiarían más que unas palabras; no porque no pudieran, porque Evangeline habla Spanish y Alicia, naturalmente, también, sino porque ninguna mostraría interés en la otra. Evangeline visitó Buenos Aires en el ’97. Se hospedó en Juan de Garay Avenue 474 y Alicia, para ese entonces vivía con su madre en Garay y Primero de Mayo. Alicia trabaja en un supermercado donde en la sección de electrónica se hallan uno al lado del otro como en un desfile, celulares, módems, y a veces monitores en los cuales se lee en letra blanca el nombre de la empresa en la que Evangeline es the production manager. Además Evangeline se llevó de su visita a Buenos Aires un peso argentino, que guarda en su purse y Alicia por pura cábala lleva un american dolar en su billetera; que hasta dos mil uno era más o menos lo mismo.

 

 

 

Olor a noviembre

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Noviembre tiene un día de más que sólo el que sabe ver bien lo vive; no aparece en los calendarios aunque una vez quisieron incluirlo, está al final del mes, entre el 30 de noviembre y el primero del próximo mes. Y me contó alguien, que por miedo a que lo crean loco voy a mantener su nombre en secreto, que tiene un aire especial como a flores frescas del patio de atrás de mi abuela, aunque la presión lo intensifica un poco y lo humedece otro tanto y así, se confunde con el sabor dulce y el olor perpetuante de la mandarina aunque bien conjugado con lo picante de la pimienta. A la noche es diferente, más dulce y juguetón como a caramelo o algodón de azúcar. También me contó que la mañana del primero de diciembre aún guarda una conexión con ese día y si uno está muy atento puede oler en el agua de la ducha el sabor dulce pero muy suave de la vainilla.

 

 

Evocaciones

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Alem 3170. Sala Saulo Benavente. Arriba de su escenario, detrás de la primera bambalina de la derecha mirando hacia el público, hay una puerta de la altura de una mesa. En general esta cerrada, pero de vez en cuando el fantasma que ahí habita sale a dar una vuelta y se olvida la puerta abierta. Cuando él sale se sienta en el quinto asiento de la tercer fila de la izquierda; lo eligió lejos de la puerta porque como sale poco necesita estirar las piernas. Si él presencia la obra, sale de maravillas porque el fantasma inspira profundo respeto por lo que se esconde ahí adentro, y con ese respeto se desarrolla la obra. Aunque en general en esas ocasiones todo sale tal como había sido planeado, pocas veces resulta que alguno de los actores se ve muy influenciado por el fantasma y comienza una obra en memoria de aquella época; afortunadamente el fantasma ilumina al resto del elenco y todos pueden seguirlo, aunque ninguno sabe bien qué es lo que hace. Otras veces, las mínimas, resulta que es el público el que pide el cambio de la obra y esas son las más difíciles porque los actores no saben bien que hacer; pero el fantasma apaga rápidamente las luces lo que le da tiempo a los actores de reacomodar su espectáculo.

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Ailén Gagliano

GUILLERMO RÍOS

Publicado en relatos el 23 de Mayo, 2012, 0:43 por MScalona

CONFUNDIDOS

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-Subterfugiémonos detrás de esos escaparates. Si nos videncian nos apelmazarán-

-Parapetados es peor, mejor andarivemos-

-Te advertí que con solenoide era una peripecia, mejor era salidera lunática-

-Origami amigo, de ésta zafarranchamos-

-Hojalata, la veo póstuma-

-Venidera, crucifiquemos la avenida, allá hay pasantes-

-Pasantes parcos y paranoicos, mejor vadearlos-

-No, mejor es confundidos, igualitarios. Sacate el camisaco, es botoneril-

-Tras bambalinas entonces, urgite que se aproxenetan-

-Seguimiento, y si alguien te habla, hacete el extrañero.

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CUERPOS

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Dormían la siesta, siempre los domingos dormían la siesta. La consigna era -más almohadas que cabezas- y usaban una descomunal cantidad de ropajes sobre la cama. Capas de abrigo sueltos sobre el colchón que iban cayendo sobre la alfombra con el calor del sueño, en un otoño de lana y edredones.

En la total oscuridad y silencio su existencia se volvía imperceptible.

Sus cuerpos inmediatos, sus cabellos fundidos, ahí debajo del mundo las manos convivían entre huecos y cavernas. Somnolientas, se dejaban acariciar por los pliegos y los vientres, que se pronunciaban tectónicamente, milenarios.

En el sopor de aquel domingo, uno remarcó la belleza del jardín trasero, y el fuerte color carmesí del rosal que crecía bajo el roble. Luego durmieron frágiles, cristalizados. Alienados de la vergüenza y los clamores.

La irrupción fue breve, y en su estela dejó un cajón abierto, manchas espesas casi negras y el sonar constante del despertador que precipitara la irreparable coda monotonal.

Los encontraron al tercer día, un miércoles de ceniza, entre un montón de plumas y cobijas.

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LA PAZ EN EL CAMPO

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-Están en la cartera- me gritó. Se me partía la cabeza, la combinación de vino y sol siempre me  destroza el cerebelo.

-¿Dónde está tu cartera Ana?

-Adentro, en los sillones, pusimos todas las carteras ahí-.

La casa estaba hecha mierda, parece que la soja no deja tanta plata como dicen, o el Tano es más ratón de lo que dicen. Fui derecho a los sillones, había más de veinte carteras. Me asomé por la ventana.

-¿Cuál es la tuya Ana?-

-La plateada Esteban, la plateada-.

Encontré la plateada, la abrí, un quilombo. Diecisiete mil adminículos femeninos; cepillos, peines, cepillitos, espejos, vinchas, lentes, y ni una sola tableta de aspirinas. Revisé todo, no aparecían. Ya revolviendo sin mirar, resignado, sentí algo raro con la mano, al sacarlo vi que era un encendedor. Caro, elegante, de plata o alpaca. En la parte de abajo tiene inscriptas las iniciales O.S.

¿Qué carajo hacía un encendedor caro, elegante, de plata o alpaca, con las iniciales O.S. en la cartera de Ana? Seguro que era de Omar, seguro. <Hijo de mil putas>.

Mi mujer se estaba encamando con su jefe <¿Cómo mierda era el apellido?>. Probablemente se revolcaban todas las mañanas a los cinco minutos después de que yo saliera para la fábrica. Que conchuda. <¿Omar Salgado? No.>

Evidentemente a esta forra ya no le importaba nada. Si hasta llevaba su encendedor en la cartera, es obvio que quiere que yo me entere. <¿Omar Serrano? No.>

Lo tenía que cagar a trompadas, a él. Y a ella no sabía, algo, un cachetazo mínimo, un buen bollo y la calle, a mí “esto” no. <Omar Sambito, No.>

Mientras me debatía en la soledad de aquel rancho comenzó a sonar la canción esa de Adele que pasan hasta en los partidos de fútbol. Mi mujer la había elegido de ring tone para su celular. Pero el sonido no salía de la cartera plateada, salía de LA OTRA cartera plateada, la que estaba atrás del saquito de Bremer que Ana se había comprado el año pasado en Mar del Plata.

Dejé la cartera plateada mientras pensaba <Ornela Subiza, la mujer del colorado, una chimenea>.

Levanté la cartera de Ana y saqué el celular, seguía sonando, era Omar.

Atendí. Por las dudas le iba a preguntar como carajo era su apellido.

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MORIBUNDO

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Se sentía sucio, pegajoso, a pesar de que hacía solo diez minutos se había dado una ducha. Pero le picaba la cabeza, las manos le sudaban profusamente y sentía las axilas agolpadas y amarillas.

Entró en el baño. Las paredes seguían condensando la humedad en cientos de gotas que se echaban carrera abajo. El vidrio del espejo empañado solo reflejaba una materia inerme que lo observaba confuso desde el otro lado.

Corrió la cortina y se asomó a la bañera. El jabón estaba seco, límpido, adherido a su propia costra. Había un rulo áspero y antipático enrollado en la tapa del champú, probablemente ahí desde la última vez que se había bañado con Malena.

Comprendió a los tumbos que se había parado bajo la ducha abierta, había dejado que el agua le corriera sobre el cuerpo y recordaba haber escupido sobre el resumidero mientras se secaba. Pero nada más.

Tuvo entonces la certera sospecha de que los mecanismos más insignificantes de su anatomía habían comenzado a fallar, y por primera vez, temió brevemente por su vida.

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UN LARGO MUELLE

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Un largo y fino muelle, por momentos demasiado fino. Algunas de sus tablas flotan sobre el agua que mansa descansa debajo. Otras en cambio, casi sueltas, esperan la suela confiada y el ojo desviado. Un mar de criaturas pululan desde el lecho, alimentando su ansiedad despechada. Años desde que cayera el último. Repetidas promesas de un sabor distinto y por siempre añorable.

Ahí donde los pilares y el moho se hacen amantes, por debajo, donde la luz se escurre, se hace más que difícil llegar y salir. Ahí es donde el clavo que cercena se asoma por sobre la tabla, rebelde, ebriamente intoxicado. Revelador y guerrero congela su mirada eterna sobre el charco y la madera suelta, donde reside su esperanza, donde comienza el epitafio.

Un muelle largo y fino, y en su extremo un niño, no lo parece. Aguarda desde tiempo, aprehende con la vista mientras hace y rehace el nudo de sus cordones. Miles de soles y lunas, empujados por la brisa que desde la bóveda sopla con fuerza esbelta. Él niño y los maderos, el clavo y el charco. Debajo, el agua y las criaturas. Delante, la adicción a la desgracia.

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                                                                 Guillermo Ríos

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-