"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




GABRIEL CACIORGNA

Publicado en relatos el 22 de Mayo, 2012, 20:52 por MScalona

MISERICORDURA

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            Subía con un toallón y una botella de agua fría cuando me topé con la puerta de la azotea trabada. Supuse que nuevamente alguno de mis vecinos le estaba dando a la terraza un uso no convencional, pero esta vez decidí resistir el abuso, arremetiendo de lleno para franquear el acceso.  Apenas lo hice,  noté cómo algo cedía del otro lado. Bastó con manotear el picaporte para dar cuenta de mi error.

            Una mujer, subida sobre el penúltimo barrote de la baranda, se bamboleaba peligrosamente al compás del viento. Por segundos parecía doblegarse por un mix entre inercia y agobio, pero enseguida se erguía tensa frente al horizonte manchado de urbanidad.

            Cuando ya no pudo ignorar mi presencia, giró, me clavó la mirada y me exigió que me fuera. Era la señora que, desde hacía algunas semanas, limpiaba el palier del edificio. La crudeza de ese grito contrastaba con la dulzura impregnada en su voz en aquellos saludos que intercambiamos un par de veces.

            Sólo atiné a implorarle que no cometiera una locura, a decirle que pensara en su familia y en que todos los problemas, por más graves que fueran, tenían solución.

            – Estoy harta de vivir entre la mugre… esa mugre que no se limpia ni con toda el agua del mundo.

            Asumí que mi argumento había sido endeble. Ni a mí me convencía, frente a tanta angustia escenificada. Y pensé que veinte siglos de deidad elevada e investida de plena misericordia no habían servido de mucho a la fisurada especie humana. 

            Frente a mi deliberada parálisis, suspiró con alivio – o al menos así intento recordarlo – y se ofrendó al vacío, desplomándose como pétalo de rosa tardía para sumergirse en el pavimento. Como si se pudiera.

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EN TERAPIA

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Doctor, no vengo a pedirle que me haga feliz, sino simplemente que me ayude a ser ese ente genuflexo y obsecuente que todos anhelan de mí. Doctor, sé que pretende que crea que la terapia me hará lograr “descubrir”, “darme cuenta”, “hacerme cargo”, “comprometerme”… y le molesta que suponga que lo suyo no es más que control social, domesticación.  Pero… ¿sabe lo que pasa? Ya he asumido que la libertad nos cuesta demasiado y me cansé de sufrir. Prefiero ser un autómata.

            Doctor, no se quede callado, no le voy a exigir que me comprenda. Estamos los dos acorralados. Sé que a usted también le cuesta ser usted.

Hagamos una cosa doctor, no me mande al diván. Póngame directamente sobre su escritorio, sea un hacker por un rato,  desármeme y resetéeme.

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CIENTO VEINTISÉIS Y CIENTO TREINTA

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            Fue un amor a primera vista y a prueba de confusiones. Bastó con que los colectivos estuvieran a la par para quedar mutuamente expuestos. La vi inusitadamente bella en medio del tumulto. Ventanillas mediante, me devolvió una sonrisa.

             En la próxima ocasión la saludé y agitó su mano tímidamente. El ritual se cumplió durante semanas, mientras el 126 y el 130 marchaban y dejaban de marchar al unísono. Incluso atiné a bajar un par de veces, fantaseando con que ella haría lo mismo.  Pero no lo hice.

            Fue una frenada brusca la que, paradójicamente, aceleró el devenir de las cosas. Ella se llevó la peor parte, yo sólo sufrí algunos raspones. Fingí ser su novio, cuando la subían a la ambulancia y le calzaban el cuello ortopédico, para que me permitieran acompañarla. Camino al hospital me tomó de la mano y desde entonces no nos hemos soltado.

            Fui a visitarla al día siguiente. Sólo atinó a balbucear “Tomás” antes de retomar su siesta narcotizada. En el posterior encuentro llegó la hora de las aclaraciones: desde aquella mañana había pensado en mí como el novio entrañable de sus siete años, quien era mi clon en retrospectiva, según dijo. Yo reí y le confesé mi nombre.

No nos importó, porque el azar ya había hecho su parte. Y porque, en definitiva, siempre nos enamora la misma persona.

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CADA NOCHE, CADA DÍA

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Duele más el silencio que la noche misma. No hay peor muerte que la de uno mientras todos duermen. Cada noche es una masacre… a la misma hora la Luna te ajusticia. Y sirve de poco abrir las ventanas para escapar al destino. A los autos se les exige avanzar siempre en línea recta, mientras todo oscila, explota, subyace, prolifera, se destruye de golpe… Tenés que ver hacia atrás para comprender la vida, pero sólo mirando hacia delante llegás a vivirla, decía Kierkegaard. Somos seres de contradicciones irreductibles. Eso duele, no el silencio. Pero cada mañana se resucita como si nada hubiera ocurrido. El insomnio. El sueño. Empezamos de nuevo. O eludimos lo inexorable. Es lo sublime. O el peor costado de lo trágico.

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MONÓXIDO DE CARBONO

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            Abrió los ojos desconcertada y atinó a alcanzar su celular para averiguar día y  hora. Ni sabía si tenía que despertarse para ir a trabajar, si se había quedado dormida o podía hacer fiaca de fin de semana. Pero sus brazos no le respondieron y acabaron colgados al costado de la cama. También le fue imposible hallar un indicio en las hendijas de las persianas porque, en su afán de friolenta, siempre las cerraba herméticamente.  Intentó llamar a su madre pero mientras balbuceaba su nombre tuvo la impresión de que, desde hacía ya un tiempo, vivía sola.

Cuando empezó a faltarle el aire, supo que era momento de levantarse, pero otra vez su cuerpo inerte se le impuso. Un sopor extraño la iba dominando poco a poco, embarcándola en un viaje de imágenes y emociones inconexas. Su mirada vidriosa se pobló de lágrimas mientras fluidos pestilentes se apropiaban de su torrente sanguíneo. Cerró los ojos para protegerse de la oscuridad inexorable. Recordó a su familia en su último cumpleaños, la torta hecha por su hermana con confites multicolores, el perro de toda la vida, su muñeca con trenzas, la mejor noche con su amante, una cachetada que vaya a saber quién le propinó y al hijo de puta del gasista, mandando mil mensajes de texto mientras le arreglaba el calefactor. Y se entregó.

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GABRIEL CACIORGNA

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-