"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




MATÌAS MAGLIANO

Publicado en Cuentos el 9 de Mayo, 2012, 20:23 por MScalona

Cuestión de piel

-

-

Antes no era feliz; estaba cómodo. Así empezó a contarme su historia. En realidad empezó diciéndome ¿sabés qué pasa? y después sí intentó explicarme que felicidad y comodidad eran dos conceptos antagónicos. En ese momento lo entendí bien, parecía fácil. Puesto así cualquier cosa hubiera parecido fácil. Te llama tu amigo de toda la vida, te dice que necesita hablarte, se encuentran en un bar, esperás a que llegue apurado, pida dos cafés y te largue: ¿Sabés qué pasa? Antes no era feliz; estaba cómodo.

            Imagino a cualquiera que lea esto diciéndome pero así podría haberte dicho cualquier otra cosa. Y es cierto, no se equivoca. Podría haber intercambiado cómodo por entretenido, por contento, por acostumbrado. En ese momento cualquier adjetivo le hubiera venido bien. Podría haberme dicho que antes no era feliz, sino que estaba frío o adormecido o aletargado, también podría haberme dicho que hasta ahí había vivido en blanco y negro y que ahora por primera vez en la vida se sentía cromático (esto último creo que es lo más acertado a lo que le pasaba, pero de haberme dicho una cosa así en la mesa del bar era muy probable que me le riera en la cara, él se buscara otro confidente y nosotros nos quedáramos sin conocer la causa de esa felicidad, cosa que para ustedes puede carecer de importancia, pero es mi amigo y yo quería escucharlo). Cualquier palabra le servía para nombrar eso que le pasó antes de ser feliz. En ese momento estuve a punto de contestarle que para mí estar cómodo es también un poco ser feliz, ¿quién puede pensar que la felicidad es estar incómodo? Iba a decirle tratá de ser feliz con dos talles menos de pantalón (o durmiendo en un silla una semana, o sentado a la mesa en unos banquitos de esos sin respaldar, o un montón de otras cosas). Pero no era momento y lo dejé hablar.

            Cinco años saliendo con Aldana, cinco, y todo fue por comodidad, ¿entendés? Me hablaba él. Magalí me está enloqueciendo. Pero no tiene nada que ver una cosa con la otra, eh. Lo de Aldana es costumbre y lo de Magalí es otra cosa totalmente distinta, eso lo tengo bien claro. Ya la vas a conocer a Magalí. La semana pasada salimos con los compañeros del trabajo y al final se fueron yendo todos hasta que quedamos ella, yo y dos más. Yo estaba en el auto, así que las acerqué a sus casas. A Maga podría haberla dejado primero, me quedaba de paso, pero ella solita –se había sentado adelante– me dijo que me acompañaba a llevar primero a las demás. Yo me di cuenta cómo me lo dijo. Cuando las dejamos –a punto de amanecer– y nos quedamos solos de camino a su casa, puse la mano en su asiento, cerca de la pierna pero sin tocarla. Esperé a ver qué hacía. Qué sé yo, de mi parte no me parecía que eso fuera ninguna desubicación, hasta podía tener una costumbre de manejar poniendo la mano en la butaca del acompañante. Encima yo había visto la forma en que me miró cuando todavía estábamos en el bar.

”Ella ni notó la mano, o por lo menos no dijo nada. La música estaba fuerte pero el silencio era cada vez más alto. En lugar de estar yendo a su casa, sentía estar tirando de una soga para acercar la casa hasta nosotros. Las cuadras pasaban y mi mano seguía intacta. Me acuerdo que pensé: ella puede pensar que es mi costumbre manejar con la mano ahí y que lo hago siempre; o en el mejor de los casos piensa que sí, que puse la mano ahí a propósito, para ver qué hace ella. Y me dije ¿y qué carajo va a decirme? ¿Va a decirme ah me dí cuenta que pusiste la mano acá, eh, me dí cuenta?… Y justo en el momento en el que dejaba de sentirme un ganador y empezaba a sentirme un pelotudo se me escapó, para que no quedaran dudas: ¿Querés hacer algo? Pensé que nuestra relación de ahí en más y cuanto mucho podría llegar a ser como la de dos hermanos que se quieren muchísimo pero en donde la palabra sexo unicamente puede usarse en tercera persona.

            ”Como siguió el silencio largué un suspiro de alivio. Pensé que quizás, con la música, no había podido escucharme. Giró la rodilla para mi lado despegándola del asiento y apoyando la pierna sobre mi mano me respondió: ¿Cómo decís? No nada –le dije tragando saliva–, preguntaba si te habías quedado con ganas de hacer algo, qué sé yo, ir a tomar algo más. Es tarde, me respondió, tardísimo. Y otra vez: ¿qué carajo quiere decir tarde? ¿quiere decir que no? ¿O quiere decir que tendría que haber sido más vivo y haber preguntado un poco antes? A lo mejor, si hubiese preguntado cuando correspondía estaríamos en la cama en lugar de seguir acá, culpa mía, calentándome con la tela de su pantalón apoyada en la parte de arriba de mis dedos. Estábamos llegando y ya nada me importaba demasiado, saqué la mano de una vez y le agarré directamente la suya. ¿Qué hacés?, dijo. Nada, ¿por? –otro trago de saliva–. La mano –me dijo; pero ahora ella en lugar de soltarla la tomó entre las suyas–. Sí, está fría, ¿viste?, contesté. Aparato, susurró. Nunca más volvieron a decirme así, pero si alguna vez me ponen frente a un paredón de fusilamiento y me dejan pedir un último deseo, sería ese: que venga ella, me agarre la mano, me mire a los ojos y me diga aparato justo antes de morderse el labio. Después, que hagan fuego.

            Ese aparato sería lo que marcaría el antes y el después del que me hablaba. La diferencia entre estar cómodo y ser feliz. Durante varios meses seguí escuchando la historia mientras pasaba. Hacía mis propias apuestas, aunque únicamente se lo decía cuando pensaba que estarían juntos toda la vida, y eso le cambiaba la cara. Yo empecé a sospechar que nos veíamos exclusivamente para eso, pero no me molestaba en lo más mínimo. Era una novela con la que me había enganchado. Nos sentábamos en un bar, pedíamos dos cafés (no sabés el café que prepara ella, decía) y empezaba a hablar. Cuando le decía de salir a fumar, me decía que estaba tratando de dejar, ella no fuma. Si hablábamos del cine, había ido con ella. A veces tratataba de hablarle de fútbol, pero también había dejado de interesarle.

            De aquel viaje en auto me contó que se besaron al llegar a la puerta de su casa. No fue lo que se dice largo y tendido, pero sí suficiente. Un beso cortito, se mordió otra vez los labios, dijo por segunda vez aparato y se fue. Más adelante me contó que ella en unos meses se casaría, tenía un novio de toda la vida. A él mucho no le importaba, total si se casaba la boluda era ella –decía–, porque estando enamorada de mí, no debería casarse con otro, no va a ser feliz. También se ocupó de aclararme que ella no era así, me juraba y me recontrajuraba que a su futuro marido sólo lo había engañado con él, y sí lo hacía era porque lo de ellos era inevitable.

            En la época en que me contaba eso, a mi abuelo le diagnosticaron Alzheimer. Recuerdo una de las últimas tardes que pasé con él. Me preguntó si el Torino estaba bien guardado. A mí ya no me reconocía, y después, preguntando, me enteré que el abuelo, de joven, cuando vivía en Córdoba, había trabajado en Industrias Kaiser. Había tenido uno de los primeros autos, uno de 1966 (al mercado salieron casi en 1967). En esas visitas nombró varias veces a aquel Granrutier (así le decía), me aseguraba que de animarme a ir al garaje y recibir de esos faroles un golpe de ojos, me enamoraría. Una de esas tardes, entre confidencias me contó –todavía no sé con quién pensaba que hablaba– que en ese Torino había conocido a Marta, que tendría que verle los ojos a Marta para entender todo el universo, y que ahí, en el amplio asiento trasero se deslizaron los dos la primera vez que supo cómo se sentía hacer el amor. Esa fue la única vez que me habló de Marta. Me explicó todo con excesivos detalles: me habló del baile, de los vestidos, de tobillos, del terrible motor que tenía el Torino y de las terribles piernas que tenía Marta. Nunca quise preguntarle al resto de la familia quién había sido Marta, si es que la conocían. Mi abuela se llamaba Lucía, se habían casado en el ‘65, y Marta era el secreto entre mi abuelo y la persona con la que él creía hablar. Sentía que mi abuelo estaba pidiendo su último deseo y era mirarle los ojos a Marta y llevarla al campo pisando otra vez el Torino.

            A medida que mi amigo me contaba la historia de hoy, me fui convenciendo de lo que me decía, y la verdad es que lo veía feliz. Empecé a creer que la felicidad era vivir esa historia que uno se guarda para recordar cuando sólo pueda elegir una única imagen. Un lago, las estrellas, la cara del hijo, la cima de una montaña, los ojos de Marta, las palabras de Magalí. Yo no lo veía tan cómodo como antes, había dejado a su novia de toda la vida, salía con nosotros pero sin jamás acercarse a hablar con otras chicas. Muchas veces lo acompañamos a algún bar a buscarla, a Luna o a Berlín. Nos convencía pidiéndonos que le hagamos la gamba, que el lugar estaba bueno y que por ahora era la única forma que tenían de verse. Que no arreglaban por teléfono porque habían decidido cortar con todo y no hablarse más, pero aún así no podían evitar encontrarse en los lugares en los que andaban y nos decía, ¿saben cómo empieza Rayuela?, bueno, así, andaban sin buscarse pero andaban para encontrarse. Nosotros lo acompañábamos porque sabíamos que una vez adentro éramos totalmente prescindibles, casi invisibles, libres de irnos o quedarnos, aunque del lugar nos íbamos mucho después que ellos y llegábamos a nuestras casas cuando todavía era de noche. Ellos volvían al amanecer.

            Ella estaba convencida de que él no sería fiel, con su mano de la butaca y besando a una mujer casi casada, no era una persona para fiar. Por eso él mostraba tanto cuidado en no ser visto con otras, ni siquiera hablando. Por eso también me contó que llegó a proponerle casamiento, que lo había pensado bien –no era algo dicho por decir– y quería compartir su vida con ella, y si ella quería seguridad, qué mayor seguridad que esa. Esta vez ella le dijo estás loco y abandonó el auto. En un momento, con mis amigos, tuvimos que frenarlo porque decía que hasta tenían elegidos los nombres de dos hijos. Tuvimos que decirle que no vaya a ser cosa que fuera tan pelotudo como para dejarla embarazada. Y él nos había dicho que ni ahí pensaba en eso. Que si ella quería un hijo de él, tendría que dejar de coger con el otro, aunque hacía como dos meses que no se acostaba con ese otro, le había dicho.

            Es una cuestión de piel –se lamentaba ella–. Lo que tengo con vos es una cuestión de piel. No puedo estar enamorada de dos personas. Cómo no te conocí diez años antes. Cómo me gustaría que lo manden a trabajar a Brasil. Me gustaría que lo manden a Brasil y que vos vengas a mí casa a conocer a mi familia. Me gustaría irme de viaje con vos. Me gustaría tener un hijo tuyo. En las cartas me salió que tendría un hijo tuyo. Pero ya tengo todo listo. Además vos no sos de fiar. Yo no estoy segura de que vos seas tan príncipe cómo parecés. Y cada vez que él se enojaba, ella le decía aparato, le daba un beso y vuelta a la cuestión de piel.

            Dejó a su novia y estuvo con ella durante seis meses, hasta que se casó, después de casada estuvieron otros seis meses más. Un día en el bar, extrañados porque no la había nombrado en toda la noche, le preguntamos cómo había seguido la historia. Nos dijo que había terminado, que no entiende qué lo había puesto así de loco durante este tiempo, que hasta donde él sabía ella estaba bien pero hacía muchísimo que no se veían. Tenía guardada cartas, cartas de papel, nos aclaró, todas sin leer. Nos dijo: siento como si jamás hubiese estado enamorado de ella, todo fue demasiado raro, una cosa de ese momento y por fin ahora, después de un año de mierda, puedo estar tranquilo por una vez en la vida. Antes estaba muy aturdido, muy acelerado, en cambio ahora soy feliz, dijo.

 -

                                            Matìas

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-