"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




8 de Mayo, 2012


GABRIEL CACIORGNA: 3 Monedas

Publicado en Nuestra Letra. el 8 de Mayo, 2012, 1:32 por MScalona

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AUTOBIOGRÀFICO

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A mis cinco años lograba resolver con suma facilidad cálculos aritméticos, lo que era inusitado en aquellas épocas.

Esa especie de talento me valió el apodo de "ladrillito", ya que mis tíos solían  plantearme en las reuniones familiares problemas matemáticos a partir de ladrillos que se compraban, vendían, rompían, apilaban, o se distribuían en camiones o carretillas.

Supongo que mi abuelo – que nunca se despegaba del cuadernito y la calculadora -  también pensó que había que estimular esa habilidad casi innata y me puso a cobrar en su almacén.

Apenas llegaba al cajón del mostrador – banquetita mediante –  y todos los vecinos aguardaban ansiosos el momento en que yo les entregaba el vuelto. Se establecía entonces una especie de complicidad entre mi abuelo y su clientela, merced a la cual nadie se molestaba por demorar un poco más, a cambio de ser partícipe de las primeras experiencias financieras de un niño que se adentraba en el mundo de los negocios. Es que todo era diferente en los almacenes de barrio, se esperaba sin problemas y se disfrutaba de la estadía en el local, mientras se empapaba uno de las realidades circundantes. A nadie se les pegaban los fideos o se le hacía tarde para ir a buscar sus hijos al colegio. Tampoco merodeaban los celulares, interrumpiendo conversaciones o fabricando asuntos urgentes.

Yo dócilmente me prestaba a ese simulacro de suficiencia, que me ha marcado hasta el extremo de eludir ahora los cálculos mentales y evitar las monedas en los bolsillos, pues me altera su repique. También forjó, probablemente, mi resistencia a las ciencias exactas al momento de decidir sobre mi futuro.

Pero una de esas tardes, mi hartazgo encontró un punto de fuga en la rebelión menos pensada. Cansado de ser la estrella de un espectáculo cuasi-circense, y mientras mi abuelo llenaba con fideos unos tarros gigantes, tomé del cajón tres monedas doradas. No recuerdo su valor, parecían enormes sobre la palma de mi mano derecha y las guardé disimuladamente en uno de los bolsillos del pantalón.

 El primer contacto de mi abuelo con el cajón de aquel mostrador de nerolite fue aterrador para mí, aunque pude contenerme y hasta cobrarle con eficiencia, minutos después, un kilo de pan a doña Nilda. Pero instalado en mi conciencia, el botín ya latía resuelto a delatarme y, sin saber bien qué hacer, pretendí buscar refugio en casa de mis abuelos,  que quedaba en esa esquina.

La calle era de tierra, pocas veces pasaban autos y el mayor riesgo de transitarla era dar un mal paso y terminar en la zanja. Las veredas siempre estaban colmadas de vecinas tomando mates o barriendo y de chicos jugando a la popa o la rayuela, de modo que era normal que yo hiciera solo ese trayecto.

A mitad del camino, abatido, arrojé las monedas en un yuyal que se había formado al costado de una zanja, sintiendo un vacío casi instantáneo. La perturbadora idea de dejar de ser aquel niño adorable que tanto enorgullecía a su familia, me lanzó desesperadamente sobre la maleza en busca del dinero y, como es propio de aquellas experiencias llamadas a ser perversamente aleccionadoras, mis bracitos y piernitas se toparon en tal rescate con una madeja de ortigas furibundas dispuestas a defender el tesoro.

 Mi odisea trascendió en cuestión de segundos – como siempre ocurre en los barrios con los hechos trágicos – y vi, ni bien logré incorporarme, a mi abuelo y mi tía viniendo en mi auxilio.

Me encontraron allí, aturdido, lagrimeando, con las piernas y los brazos enrojecidos, sucios y llenos de raspones. Bastó la mirada piadosa de ambos para que abriera el puño dejando al descubierto las tres monedas. Rompí en llanto.

Ella me abrazó con dulzura, sin entender cabalmente la escena.

_  Vamos a casa a ponerte cremita para que no te duela.

Mi abuelo, superando su habitual parquedad, y con esa sabiduría casi instintiva propia de los hombres de campo, lanzó una sonrisa sutil y me dijo:

_ ¡Sos un genio pichón! ¿Cómo adivinaste que hoy justo te iba a pagar tres monedas?

De poco me sirvió su indulgencia. Seguí llorando desconsoladamente mientras me curaban las heridas, convencido de haber hecho algo imperdonable.

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CINEMATOGRÁFICO

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Con sólo cinco años, lograba resolver con suma facilidad cálculos aritméticos.

Para aprovechar esa habilitad casi innata su abuelo lo puso a cobrar en su almacén.

Apenas llegaba al cajón del mostrador  – banquetita mediante – y todos los vecinos aguardaban ansiosos el momento en que el nene les entregaba el vuelto. Ninguno se molestaba por demorar un poco más, a cambio de ser partícipe de las primeras experiencias financieras de un niñito que se adentraba en el mundo de los negocios.

Dócilmente se prestaba a ese simulacro de suficiencia, hasta que una de esas tardes, su hartazgo encontró un punto de fuga en la rebelión menos pensada. Cansado de ser la estrella de un espectáculo cuasi-circense, y mientras su abuelo llenaba con fideos unos tarros gigantes, tomó del cajón tres monedas doradas – que le parecieron enormes sobre la palma de su mano derecha – y las guardó disimuladamente en uno de los bolsillos del pantalón.

 El primer contacto de su abuelo con el cajón de aquel mostrador le resultó aterrador, aunque pudo contenerse y hasta cobrarle con eficiencia, minutos después, un kilo de pan a una señora. Pero,  cada vez más mortificado por lo que había hecho, corrió a refugiarse en la casa de sus abuelos,  que quedaba en esa esquina.

A mitad del camino, abatido, arrojó las monedas en un yuyal que se había formado al costado de una zanja pero, enseguida, perturbado por la idea de dejar de ser aquel niño adorable que tanto enorgullecía a su familia, se lanzó desesperadamente sobre la maleza en busca del dinero. Y, como es propio de aquellas experiencias llamadas a ser perversamente aleccionadoras, sus bracitos y piernitas se toparon en tal rescate con una madeja de ortigas furibundas dispuestas a defender el tesoro.

 Su odisea trascendió en cuestión de segundos – como siempre ocurre en los barrios con los hechos trágicos – y ni bien logró incorporarse, vio al abuelo y la tía viniendo en su auxilio.

Lo encontraron allí, aturdido, lagrimeando, con las piernas y los brazos enrojecidos, sucios y llenos de raspones. Bastó una mirada piadosa de ellos para que abriera el puño dejando al descubierto las tres monedas. Rompió en llanto.

La mujer lo abrazó con dulzura, sin entender cabalmente la escena.

_  Vamos a casa a ponerte cremita para que no te duela.

El abuelo, superando su habitual parquedad, y con esa sabiduría casi instintiva propia de los hombres de campo, lanzó una sonrisa sutil y le dijo:

_ ¡Sos un genio pichón! ¿Cómo adivinaste que hoy justo te iba a pagar tres monedas?

De poco le sirvió su indulgencia. Siguió llorando desconsoladamente mientras le curaban las heridas, convencido de haber hecho algo imperdonable.

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FOTOGRÁFICO

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Con sus cinco años estaba parado frente al yuyal, consternado, sin saber bien por qué había arrojado allí las tres monedas, ni mucho menos, por qué se las había robado a su abuelo, el almacenero, minutos atrás.

Tal vez le molestaba que el señor lo haya puesto a cobrar en su granja como si fuera la estrella de un espectáculo circense, aprovechando su habilidad para realizar con inusitada facilidad cálculos matemáticos y no había encontrado la manera de exteriorizar su hartazgo.

Mientras miraba la maleza, con su cuerpecito tembloroso,  pensaba que dejaría de ser merecedor del orgullo de toda su familia y esa sensación lo indujo a arrojarse sobre los yuyos en busca de las monedas, sin advertir siquiera que debía atravesar una madeja de ortigas para alcanzarlas.

Y debió hurgar en esa nada verde durante minutos que le parecieron eternos hasta toparse con el botín. Cuando logró salir con las piernas y los brazos enrojecidos, sucios y llenos de raspaduras, vio que su abuelo y su tía venían a ayudarlo.

El niño lagrimeaba, estaba como aturdido, y al advertir la mirada piadosa de ellos, abrió su puño dejando las monedas al descubierto.

La mujer le dio un abrazo tibio, sin entender bien qué había sucedido, mientras que su abuelo le lanzó una sonrisa sutil y le dijo:

_ ¡Sos un genio pichón! ¿Cómo adivinaste que hoy justo te iba a pagar tres monedas?

Pero al niño de poco les sirvió su indulgencia. Siguió llorando desconsoladamente mientras le curaban las heridas, convencido de haber hecho algo imperdonable.

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GABRIEL CACIORGNA

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-