"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




CINTIA SARTORIO

Publicado en relatos el 28 de Abril, 2012, 13:48 por MScalona

La delgadez del hilo

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El almanaque que veo tiene los números grandes. Tiene una tira transparente que se corre y sobre ella, un pequeño recuadro móvil de color rojo que encuadra el día. Con ellos siempre sabés donde estás. Que día es. Hay colgado uno similar tras la puerta de la cocina. 22 de setiembre, mi cumpleaños. Creo que ese día vinieron todos pero sólo se quedaron un rato. Nunca me estorbó la gente. Pero esa vez alguien decidió por mí que sí me molestaban y como si se hubieran organizado, venían de a uno. Máximo, de a dos.

Siempre la sobreprotegió. Le dijo que ella era la que se iba pero que ella, era la que se quedaba. No tenés comprado el destino. ¿Y si yo no te sobrevivo? ¿Te lo preguntaste? Yo sí, varias veces.

Nando no es de muchas palabras. Tiene pocas que le salen pero muchas por dentro. Siempre me apoya la mano. En la frente, en el pecho, en mi brazo. Es independiente y más que adulto. Este hombre no es de este planeta. Lo siento cuando me apoya la mano en la cara. No me acaricia. Me pasa energía y eso acá es mucho decir. Nos llevamos bien porque nos vemos a la mañana y a la tarde. El trabaja y yo también pero ahora es como que estoy de vacaciones. A veces siento que no conozco a la gente. Si bien están todos los días es como si no los registrara. Como si ellos vivieran una vida que no se cruza con la mía. Pero estamos acá compartiendo espacios y ellos me hablan como si supieran quien soy o que necesito. Asumen que necesito. Suelen acertar algunas veces. Otras no.

Le dijo que si se iba se moriría, o se volvería loca. Creo que no te animaste a decir “moriría” pero yo lo escuché igual. Siempre luchan tu posesión y mi independencia. ¿No lo ves?

-          Hola nena, ¿cómo estás? ¡qué pregunta imbécil! Sabés que estas cosas me dan temor. No estoy acostumbrado.

Ya lo sé Teo. Esa parte siempre me tocó a mí, desde chica. Me cuenta que está cocinando, aprendiendo a cocinar. Que tiene visto un nuevo trabajo. Que Laura está un poco mejor de la operación y aprovecha el reposo para estudiar. Nando le había dado algo de dinero del que yo guardaba en el baúl del auto y él sacó cuando lo llevó al mecánico.

-         Después, cuando estés más tranquila, arreglamos.

Mi hermano Teo siempre viene por la mañana. Por la tarde me dice que está en el trabajo pero los demás comentan que se va a los “burros”. Yo le creo a él pero sé que hago mal. A él no le sirve, no lo ayuda.

-          ¿Cuánto querés apostar?, sentí que le decía a Nando un día. Te apuesto que consigo el trabajo y antes estamos en ruedo de nuevo.

Me parece que en la radio dijeron que era quince de octubre. Desde que no hago más las facturas por los honorarios me pierdo con las fechas. Cuando viene Liliana me cuenta que de eso se están encargando ellos y que no me preocupe. Que yo me encargue sólo de lo mío y que cuando apenas tengamos un sábado libre nos vamos a ir a la peluquería y al spa. Los días que viene Mary y coincide con Liliana las dos se enroscan en planes de descanso y relajación. Afirman que cuando vayamos, vamos las tres. De lo contrario, no vamos. ¿Te imaginás? Las tres en el spa y con la tarjeta. Di-na-mi-ta. Intento sonreírme con ellas y Mary con su manía de coquetería siempre me quiere retocar el cabello. Y lo hace.

Hace un par de semanas fue el cumpleaños de Nando. Él nunca se muestra emotivo, pero ese día lo hizo cuando estábamos a solas. Yo lo he visto emocionado algunas veces y creo que soy la única que cuento con tal privilegio. El día de su cumpleaños lloró en silencio con la frente apoyada en mi mano. Yo tengo la mano fría y las lágrimas de él me la calentaban. Me contó que no quiere tener hijos, le da miedo por la locura de hoy en día. Yo sí, ese es el tema. Lo escuché en silencio. No me salían las palabras. Descargá amor. Soltá la espita para que salga el vapor de adentro.

-         ¿Qué es la espita?, le preguntó una vez.

-         La espita es como una válvula que tiene un autoclave. Es un aparato que se utiliza para esterilizar cosas.

-         ¿Cómo una olla a presión?

-         Justo eso. Cuando el vapor se calienta dentro sube la presión y ¡zas…!

-         ¿Zas? ¿Te libera?

-         ¡Te libera! Ya lo creo que te libera.

Hoy me siento como un tul. Como que floto. Que me elevo. Prefiero sentirme así y no como el otro día. Me sentí ahogada. Muy ahogada, como de humedad. No hay tanta humedad en noviembre. Hace algo de calor pero no en exceso para que me impida respirar. Hasta llegué a sentir que el corazón se me paraba de tanto calor. El calor vuelve loca a la gente. Ese día cuando sentí tal sofoco yo andaba por ahí y unos tres o cuatro tipos se me vinieron encima y me golpearon el pecho varias veces como para robarme. Pero no me robaron. Sólo lo hicieron para molestar. Sentí tanta bronca que me dio como una corriente que perturbó todo mi cuerpo desde el pecho y también me dio un escalofrío. Gente grande. ¿Podés creer que la bronca, el susto, te hagan sentir todo esto? Pero eso no importa. Hoy me siento liviana. No floja, liviana. Liliana me trajo el otro día una crema para el cuerpo. Para la piel seca. Mary me hizo la pedicuría. No les tenés que pedir permiso para arreglarme los pies. Sabés que a mi me encanta. Tanto hacerlo a los otros como a mí misma. Nadie, excepto vos, me lo hacen a mí. Hoy por mí, mañana por ti. Poneme la crema que me trajo Liliana. Está por ahí, en la mesita con los algodones. Cuando te cortan las uñas de los pies te sentís liviana. Como si flotaras. Como si no tuvieras zapatos.

En vez de haber sido azafata deberías haber sido pedicura, le decía su mami siempre. Por dos cosas: yo temo a los aviones y … Sí, ya sé, un box de pedicura se puede instalar en el living de casa… No, le replicaba diciendo con cara de carcajada- No es por lo del box en casa. Tenés buenas manos para los pies. Cuando me cortás las uñas me quedo como dormida. Nunca siento dolor.

La última vez que vino Laura estaba bien. Fueron varios días los que estuvo ausente después que se operó. Se le estará yendo de a poco lo pálido. Me contó Teo que perdió plata y que discutieron con el nene por culpa de Teo y que Teo no quiere contratar a alguien que limpie y que para ella sigue jugando. Que la contuvo cuando estuvo en reposo y que tenemos que reunirnos para cenar y que Teo está jugando un poco menos pero que está un poco más nervioso y que… No me siento tan bien amiga. Hablás mucho (en eso Teo tiene razón) pero yo te quiero igual. Viste que acá es como que la voz retumba y por más bajito que hables nunca es suficiente. Ahí viene Teo. Cambio de tema.

-          Andá Laura que se te hace tarde. Nando te lleva en el auto. Me quedo un rato con esta piba y te apuesto que se le pasan todos los males. Nando te va a dar un sobre. LLevalo a casa por favor.

Ya sé Ma…, ya sé. Yo siempre soy la más fuerte.  Pero el hilo se corta por lo más delgado. El día que me sentí volando recuerdo que nos vimos y nos pedimos perdón. Te pregunté si me estabas esperando. Sí, me dijiste, pero no todavía.

Me despertó un picazón en el cuello. Quise rascarme y cuando me toqué con la mano sentí algo finito y duro. Debo haber dormido mil años. Me cuesta mover lo ojos. Los tengo como pegados con lagañas pero haciendo un esfuerzo los puedo abrir. Me da pereza porque aún cerrados traslucen una luz fuerte desde afuera. Nando otra vez no cerró la persiana. No importa la luz. Quiero ver que es la cosa dura que me estoy tocando. La sigo con los ojos y hago un esfuerzo para mirarla. Serpentea brillante y translúcida como el camino que dejan las babosas por la noche. Es como un hilo, también delgado que se une arriba a un sachet lleno del fluido de las babosas. Debe ser el que me sostuvo para que no me fuera.

-         ¡Nando!- grito.

 Uno de esos hombres aparecen desde la puerta vaivén donde cuelga el almanaque.

-         Tranquila- me dice. Bienvenida. No te toques. Es una vía central que te pasa medicamentos. ¿Cómo te sentís? ¿Tenés dolor…?

Dejé de escucharlo y me dediqué sólo a pensar que día sería.

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Cintia Sartorio

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-