"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




14 de Abril, 2012


PABLO MENGASCINI, Menciòn, Nivel 3

Publicado en General el 14 de Abril, 2012, 17:08 por MScalona

RESURRECCIÓN

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El pasado 10 de marzo, sábado, más o menos al mediodía, estaba en mi oficina aburrido, sin nada que hacer, esperando que se hicieran las dos para empezar el fin de semana. A través de la puerta de vidrio miraba a mi secretaria que estaba leyendo una Cosmopolitan, aburrida y desocupada como yo. El teléfono de su escritorio empezó a sonar y, más por leerle los labios que por escucharla, le adiviné la frase que dice todos los días desde hace más de veinte años: —Berardi y Del Greco; metales no ferrosos; buen día; ¿en qué puedo servirle? Empezó a escuchar sin dejar de mirar la revista pero rápidamente alzó los ojos para ver si yo la estaba mirando. Después me sonrió (cosa poco habitual en ella), como si quisiera compartir una alegría o manifestar una complicidad, y noté que decía: —Un momentito; ya le paso. Se levantó del escritorio, abrió la puerta de vidrio y metió solamente la cabeza en mi oficina. Exagerando todavía más la sonrisa, me informó: —Señor Del Greco, Victorio Urrúa en el teléfono. Con la mano izquierda le indiqué que pasara al mismo tiempo que con la derecha pulsaba el botón manos libres del teléfono de mi escritorio. El aburrimiento de ella y el mío ya no existían.

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A mediados de octubre de 1999 heredé la parte que tenía mi papá en una pequeña sociedad anónima dedicada a la venta de cobre, aluminio, latón… metales de toda clase menos hierro y acero. En mi primera reunión de accionistas pregunté por qué no vendíamos hierro y acero. Todos me miraron como si hubiera preguntado: —¿Ustedes creen que hay en cada persona un Alma Inmortal? En aquel entonces tenía veintiséis años. También había heredado una secretaria diez años mayor que yo que jamás pronunció mi nombre: siempre me dijo “señor Del Greco”. Tuve que dejar los talleres literarios y rápida, aunque casi imperceptiblemente, la vida rutinaria que tenía se me transformó: nuevas rutinas habían desplazado a las viejas. Los días de semana tenía poco tiempo para leer cuentos o novelas, y ninguno para escribir. No fue un cambio traumático, pero muchas veces, mientras me cepillaba los dientes a la mañana temprano, me miraba en el espejo y me decía: —Bienvenido a la madurez, “señor Del Greco”. Seguidamente hacía algunas morisquetas: cara de loco, cara de opa, cara de mono, cara de tortuga… y después me vestía y me iba a la oficina.

¿A quién se le ocurre cambiar de vida a mediados de octubre? A nadie. Yo lo hice porque me tocó. Tuve-que, digamos.

— ± —

—¡Victorio Urrúa! ¿Cómo le va? ¡Tanto tiempo! Ya pasaron como…

—¡Diez años! Un poco más, si saca bien la cuenta, usted que sabe de cuentas, y de cuentos. Fue después del Corralito de Cavallo, pero antes de los quilombos de fin de año, ¿se acuerda?

—¡Sí! Claro que me acuerdo… Diez años ya… Increíble…

—Bueno… lo llamo por lo mismo que aquella vez. Pero ahora le voy a pagar en efectivo. Y le voy a comprar bastante menos.

—O sea que sigue con lo mismo… Como no tuve más noticias suyas, pensé que el Corralito lo había fulminado, como a tantos…

—¿Fulminado? ¡No! Al contrario. Gracias al Corralito, y a usted, y a algunas otras cosas que pasaron, antes del invierno del 2002 me llené de plata. Pero ya se me está terminando… Si tiene unos minutitos, le cuento.

—Sus minutitos duran horas, Urrúa. ¿Sigue viviendo en Pergamino?

—Sí, señor. Soy el único gitano que vive hace cincuenta años en el mismo lugar, y que tiene el mismo auto hace cuarenta y dos años: el Chevy modelo setenta, que compré cero ka eme y que anda como un violín.

—¿Por qué no se viene el lunes a Rosario y hablamos con tiempo?

—¡Cómo no! Allí estaré.

—No le molesta que hablemos como la última vez, ¿no?

—¿Con el grabador? No. Para nada. Si yo le compro a usted porque sé que le gusta escribir cuentos. Yo nunca leo nada pero… qué sé yo… prefiero comprarle a un mercachifle-escritor que a un mercachifle-mercachifle. No se me ofenda.

—No me ofendo y lo espero el lunes.

—Entonces será hasta el lunes, mi amigo.

— ± —

En diciembre de 2001 conocí a Victorio Urrúa. Cuando entró a mi oficia, me asusté. Apenas lo ví, recordé al indio de Atrapado sin Salida. Aparentaba unos sesenta y seis, sesenta y ocho años. Tenía cincuenta y cinco. Parecía un hombre de campo. De campo adentro. De campo y caballo. No de campo y cuatro por cuatro. Pero era un fundidor que trabajaba solo, artesanalmente, en un taller de fundición que tenía en su casa.

—¿Usted vende chatarra de bronce para horno?

—Sí. Vendemos todo tipo de metales no ferrosos, chatarra y también flejes laminados y tubos trefilados y…

—Yo quiero chatarra de bronce.

—Bien. El precio es…

—¿Puedo pagar con esto? —preguntó mostrándome una tarjeta de débito del Bank Boston.

—Por supuesto.

—Entonces deme todo esto de chatarra de bronce —dijo tirando la tarjeta sobre mi escritorio, como quien tira un sapo muerto a un pozo.

Lo invité a sentarse y le convidé un café. Preguntó si no había mates. Le dije que no. A su vista, averigüé el fondo de su cuenta, calculé precios, le expliqué sobre fletes… Me miraba distraído y llegué a pensar que no me entendía. Con la recesión, el precio de los metales estaba por el suelo, quizá bajo tierra. El saldo de la cuenta de Urrúa era muy superior a nuestras operaciones corrientes. Lo transferimos a la cuenta de nuestra empresa y tuvimos que contratar dos camiones volcadores para trasladar la chatarra hasta Pergamino.

— ± —

A las dos de la tarde cerré mi oficina, saludé a mi socio y, con mi secretaria, salimos juntos del edificio. Caminamos hasta mi auto, sin hablar. Desde adentro abrí la puerta del acompañante. —Subí que te llevo. Cuando arranqué, me pareció que estaba por desmayarse o por empezar a llorar. En realidad estaba reprimiendo una risa hasta que no pudo hacerlo más. —Me río de lo que me dijo, perdóneme. —¿Qué te dije? —Subí que te llevo. Es el título de una película de Sandro. Hace poco la vi por Volver. Ni a Capusotto se le hubiera ocurrido algo así. Y lo peor de todo es que no pretendía ser una película cómica. Patético. Después de la película, pasaron una entrevista a Sandro. Hasta él decía que sus películas eran horribles. Me río de esa película, no de usted. —Hace poco yo vi Mingo y Aníbal en la Mansión Embrujada… ¡Somos unos cinéfilos! [Pausa.] —¿A qué hora le parece que se va a encontrar con Urrúa? —No dijo a qué hora, pero seguro que cae temprano. —Voy a poder… —(Interrumpiéndola) ¡Por supuesto que vas a poder estar en la charla que tengamos! No te voy a hacer perder semejante personaje. —Gracias. [Otra pausa.] —Hace diez años… ¿cómo se te ocurrió salir corriendo a comprar un grabador para registrar la charla? —No sé. Yo creo que nací secretaria. Siempre me estoy fijando en qué necesitan los demás… Además su padre era muy exigente. Siempre estaba dándome órdenes. Usted no. —Mi papá era empresario por vocación. Yo por… obligación… o de rebote… o qué sé yo… Yo ni siquiera soy empresario. —Usted es un escritor. ¿Cuándo voy a poder leer lo que escribió sobre Urrúa? —Cuando lo escriba. [Auto estacionado en doble fila; balizas encendidas.] —Buen fin de semana. —Hasta el lunes, señor Del Greco.

— ± —

Diez años… ¡La puta que lo parió! ¡Diez años! Tenía todo para escribir un cuento: fines de semana libres, ganas, el personaje… Y nada. Diez años… y el pescado sin vender, como dice mi abuela. Bueno… en realidad… tan… tan personaje no es este Urrúa… Un tipo excéntrico. Nada más. —Pero vos podés moldearlo, modificarlo, agregarle cosas. No tiene que ser una biografía. Aunque ahora la Literatura medio que es autobiográfica, autorreferencial… ¿Por qué no lo mandás al cuerno a Urrúa y escribís sobre vos? —¿Y qué voy a decir de mí? Si yo empiezo a hablar de mi vida, seguro que hasta mi abuela se aburriría de escucharme. —Pero si en diez años no escribiste nada es porque la cosa no da… —Si la cosa no diera, hubiera tirado las grabaciones a la basura, no las voy a tener al pedo juntando mugre diez años. —A esas grabaciones las tenés en unos microcassettes. ¿Con qué las vas a escuchar? —Con el grabador de periodista que me compró mi secretaria hace diez años. —¿Hace cuánto? —Diez… ¡la puta que te re mil parió! —¿Tenés pilas? —Ahora paro en un kiosco y compro ocho. —¿Doble A ó triple A? —Compro ocho de cada tipo. —¿Y si el aparato no funca más? —Compro otro. —¿Adónde? Si no vienen más. —Primero me fijo si funciona. —Y sí… es lo más saludable, ¿no? —¡Entonces para qué carajo me decís! —¡Si te lo decís vos solo, pibito! —Bueno… concentración. Este fin de semana me encierro y escribo algo. —¿Y si el grabador no anda? —Leo las desgrabaciones que hice. —Son pocas. —Algo es algo. Y… ¿ves? ¡Algo escribí! —Desgrabar no es escribir. —Por algo se empieza. —Una última pregunta y me esfumo. —Dale, okei. —¿Seguro? —Sí… —¿Seguro, seguro? —¡Sí! —Bueno… Ahí va: ¿para cuándo la novela?

— ± —

Al llegar a mi casa fui directamente al altillo donde están las cosas en desuso y busqué la carpeta con forma de caja en cuyo lomo había escrito “Victorio Urrúa” y que contenía los microcassettes, un cuaderno Rivadavia con las desgrabaciones y el grabador de periodista. Allí mismo, en el altillo, le puse pilas al aparato para comprobar que funcionara: oprimí play, una luz verde se encendió, un eje comenzó a girar y un zumbido monótono y apenas audible me decía: —¡Vamos todavía, Grequito viejo y peludo nomás!

Mientras bajaba para instalarme en mi escritorio del living pensaba que el rescate de la carpeta era lo primero que tenía que narrar. Algún erudito de la Literatura pudo haber dicho que esa idea era un plagio de Marechal y que, encima, mi Victorio Urrúa sonaba mal al lado de su eufónico Severo Arcángelo… Más aún teniendo en cuenta que los dos personajes eran fundidores extravagantes. De todas maneras, lo tenía decidido. Así iba a empezar mi cuento. Total, seguro que ese Marechal, alguna vez, le había copiado algo a alguien…

Ya en el escritorio, puse frente a mí un block de papel liso y, entre mis dedos, tenía una birome. Pero no podía escribir nada, entonces me puse a leer el cuaderno Rivadavia. Apenas empecé, escuché que el televisor anunciaba un documental sobre la fabricación de armas de bronce: espadas y puntas de lanza y de flecha, en el Egipto de los faraones. Pensé que podía llegar a ser un aporte válido y me acerqué al televisor. En el primer corte publicitario agarré mi celular y llamé a mi secretaria. —En Discovery están pasando un documental sobre… ¡Ah! Pero, ¡qué casualidad! Así trabaja Urrúa. ¿Te das cuenta? Es un personaje anterior a la Edad de Hierro. Se quedó en la de Bronce… Nació unos seis mil años atrasado.

Cuando el documental terminó, no volví a mi escritorio. Fui a la cocina y abrí la puerta de la heladera para buscar algo para tomar o para comer. Noté que Valeria me había seguido, pero que no había entrado. Se había quedado apoyada en el marco de la puerta. —A veces no sé si estás casado conmigo o con esa. Sin quitar mi vista de la heladera, le contesté: —Fijate en la libreta de matrimonio. Para eso se mete el Estado en las parejas: para que no haya dudas.

Valeria pegó media vuelta y se encerró en su búnker. Yo saqué una gaseosa de pomelo y me quedé en la cocina pensando

que Urrúa era definitivamente un personaje si a esa palabra se la mencionaba en una charla de bar, entre gente normal, pero que, a su vez, definitivamente no lo era si se la pronunciaba en el marco de un taller literario;

que me había interesado porque era una persona totalmente diferente a mí; y que lo que yo, finalmente, quería, no era escribir un cuento sino tener otra vida, aunque fuera de a momentitos; otra vida cualquiera, siempre que fuera radicalmente distinta a la mía;

que, por teléfono, me había dicho que se había llenado de plata gracias a mí, al Corralito, “y a algunas otras cosas que pasaron”… Haber hecho mucho dinero, en Argentina, en el año 2002, era algo bastante extraordinario, y realmente asombroso si quien lo hubo hecho era alguien como él: exageradamente honesto, poco interesado en acumular moneda y de nulos conocimientos sobre transacciones y negocios financieros;

que, antes de ponerme a escribir, iba a ser mejor que leyera el cuaderno Rivadavia, escuchara las grabaciones y esperara al lunes para ver qué novedades me iba a contar.

Terminé de tomar el vaso de gaseosa que me había servido, guardé la botella en la heladera, salí de la cocina, fui hasta el escritorio, tomé todo lo que tenía sobre Urrúa y me instalé en la pecera. Allí iba a estar más tranquilo y, de paso, iba a poder saber cuándo Valeria abandonaría su búnker.

— ± —

Con Valeria fuimos compañeros en el colegio secundario y, de a poco, íbamos pasando cada vez más tiempo juntos hasta que sólo nos separábamos para dormir. Llegamos a ser novios de una manera tan inocente, tan gradual y casta, que nunca pudimos establecer una fecha exacta del comienzo de nuestro noviazgo; sí un año. Una noche de Navidad, muy tarde ya, estábamos en el patio de su casa con toda su familia, que es numerosísima. Habían preparado una mesa de nueve metros de largo. Nosotros estábamos sentados juntos, más o menos por la mitad. Yo había ido caminando desde mi casa y hacía poco que había llegado. La madre de Valeria nos había servido una jarra de jugo de naranja helado y un plato sopero colmado de garrapiñada de almendra y de pasas de uva cubiertas con chocolate: ya conocía lo que nos gustaba a los dos. El padre de Valeria estaba en uno de los extremos, bastante borracho. Tenía una botella de cerveza para él solo. Se iba sirviendo de a poquito, de a pocos centímetros, en un vaso cilíndrico y largo. Antes de tomar cada dosis, levantaba el vaso bien alto, sin pararse, y brindaba por algo. Empezó por cosas importantes, aunque abstractas y cursis. Siguió con nimiedades, y terminó con cosas absurdas o ridículas. Cuando se sirvió lo último que quedaba en la botella, levantó el vaso y se quedó así, quieto, callado, mirando la punta de la mesa y sin poder evitar un leve movimiento pendular de su brazo. Varias personas empezaron a reírse, alguien le tiró un pedazo de pan dulce que le pegó en la frente sin que él tuviera ninguna reacción y su madre le dijo: —Pará de chupar que no te vas a poder levantar. Después alzó la vista, nos miró como si fuéramos una aparición, y bramó: —¡Y también por los tortolitos! Ese grito desplazó el centro de atención hacia nosotros. Yo giré la cabeza para mirarla a Valeria, para evadir a la multitud. Ella hizo lo mismo. Nos sonreímos y nos abrazamos con mucha fuerza, sin besarnos. Cuando nos desprendimos, ella se colgó de mi cuello, me besó la mejilla y se quedó pegoteada a mí. Hubo mucho barullo, exclamaciones, aplausos, gente que golpeaba la mesa… El padre de Valeria gritó: —¡Hay que brindar! ¡Hay que brindar! —y se levantó para buscar botellas. Con el primer paso que dio, se fue redondamente al piso, tirando del mantel, desparramando botellas, platos, vasos y copas, y haciendo caer de la silla a un cuñado que estaba junto a él. —¡Te dije que no te ibas a poder levantar!

Era la Navidad de 1988. Teníamos treinta años entre los dos. Como habíamos nacido el mismo día, y casi a la misma hora, siempre multiplicábamos por dos la edad de cada uno en los cumpleaños, aunque ella aclaraba que era cuarenta y cinco minutos más vieja. Diez años después de esa Navidad, nos casamos. Éramos la pareja perfecta: hasta nuestros cumpleaños eran siempre de un número par.

Después de nuestro casamiento nos mudamos a esta casa, que fue el regalo de nuestros padres. Es demasiado grande para un matrimonio sin hijos; y si tuviéramos dos o tres chicos también sería demasiado grande. Es una edificación sólida y muy bien mantenida. No hay dudas de que fue construida en varias etapas, siguiendo varios estilos: un Frankenstein arquitectónico, con partes centenarias. Entre la casa y la vereda hay un jardín que tiene una cochera para tres autos y una habitación grande, divisible, con amplias ventanas, que podría usarse como consultorio o estudio profesional. La casa tiene una cocina con comedor diario y almacén, un living de dos niveles, un vestíbulo en la entrada, tres baños y seis dormitorios. En la planta alta hay una terraza de baldosas y un altillo, a los que se accede únicamente por una escalera de hormigón que está en el patio trasero. En el living hay una puerta corrediza de madera que permite pasar a un anexo. Es otro vestíbulo rectangular con tres puertas más: una enfrentada a la corrediza, las otras enfrentadas entre sí. La primera da a un lavadero grande que también tiene el baño más pequeño. La de la izquierda, a una habitación sin luz natural, destinada a una mucama o a un mayordomo. La de la derecha daba a un lugar cuadrado, con piso de cemento, paredes altísimas, sin techo ni ventanas y con varias sogas para colgar ropa mojada. Eso fue cuando empezamos a vivir aquí. Al poco tiempo, yo saqué las sogas, puse un techo de vidrio, un piso de goma negra, tortugas con luces en las paredes, una mesa de vidrio que uso como escritorio, una vitrina vieja que uso como archivo y un sillón plástico de jardín: la pecera.

Apenas nos mudamos, utilizamos una pequeña parte de la casa: una habitación, dos baños, la cocina y parte del living. Como no teníamos, ni nunca tuvimos, personal con cama adentro, Valeria instaló en la pieza de servicio un mueble adorado que había traído de la casa de sus padres: un escritorio de niña, amplio, de madera, pintado de rosa chillón y con grandes herrajes de cerámica con forma de flor: un corazón violeta y cinco pétalos redondos y amarillos cada uno. Un tiempo después, también usábamos la cochera, todo el living, y el altillo como depósito (como destino de las ontologías en derrota, escribiría don Leopoldo). Y ya nunca ocupamos ningún otro lugar.

¿Qué nos pasó con los años? No lo sé. Cada vez que me surge esa pregunta, evado la respuesta echándole la culpa a la casa: tantos espacios vacíos no pueden tener una buena influencia en nosotros. Los astrónomos dicen que el Universo es, casi en su totalidad, vacío; y que hace falta un fuerte principio vital para comprenderlo sin sentirse insignificante. Yo no lo tengo. Creo que nunca lo tuve.

A medida que nuestra pareja se iba perfilando en dos individualidades meramente yuxtapuestas, Valeria fue haciendo cada vez más habitable la pieza del escritorio rosa. Empezó poniendo largos estantes para sus discos de música y películas, que ahora son más de mil. Compró una biblioteca chica para sus revistas francesas y alemanas de moda y variedades (es traductora de francés y aprendió alemán sola, con un diccionario bilingüe en dos tomos, una Enzyklopädie auf Deutsch que le regaló su abuela, de doce tomos, editada en Innsbruck hace cien años, y una voluminosa Gramática Alemana en castellano). Más adelante llevó una computadora, un equipo de audio pequeño, un televisor conectado únicamente a un reproductor de DVD y un sofá cama de una plaza.

Cuando ella quiere estar sola, se encierra en ese búnker. Yo siempre le respeto esos momentos de soledad. Ella respeta los míos en la pecera. Cada vez más seguido, somos dos mónadas. Pero yo nunca cierro la puerta de la pecera. No necesito un búnker: me siento solo en cualquier parte de la casa.

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Me concentré en lo que me había propuesto para ese fin de semana: leer y escuchar.

Victorio Urrúa. Clase 1946. Viudo. Vive con sus dos hijas en Pergamino, en un barrio con calles de tierra. En el fondo de su casa tiene un galpón grande: el taller de fundición. Trabaja allí durante los inviernos. En el patio tiene una parra enorme. Al lado de su casa, en un terreno baldío que nadie sabe a quién pertenece, instaló una quinta de verduras y hortalizas. Elabora vino, quesos, fiambres y conservas. Únicamente para consumo personal. Le gusta pescar, pero sus excursiones de pesca no son para relax ni diversión: va solo, siempre por una o dos noches enteras; vuelve con un montón de pescados que limpia a medida que los pesca, filetea en su casa, y guarda en un freezer que compró a tal efecto. Usa caña. “El único pescado sano es el que mordió el anzuelo.” Es un homo economicus de una era pre capitalista.

Es alto, obeso, tiene la cara ovalada, mofletuda y lampiña, salvo por cinco o seis pelos que le crecen en el mentón y no se los rasura. Tiene cara de indio, pero con ojos grises y piel blanquísima. Sus cabellos son negros, lacios y más bien largos. Sin dudas, se los corta él mismo. Se autodenomina gitano, pero debido a alguna confusión: sus costumbres son insólitas, peculiares, pero no se corresponden con las de los gitanos. No se vincula con ninguna colectividad o comunidad.

Cuando cerramos la operación de los dos volcadores de chatarra, señaló con los ojos la tarjeta de débito que había tirado en mi escritorio y preguntó: —¿Usted no tiene problema en que yo le pague con eso? Le contesté que no, sin comprender demasiado la pregunta. —Porque el banco no le va a dar la plata, y no se la va a dar porque no la tiene. Le dije que conocía bien las nuevas disposiciones financieras y que, si bien no le caían simpáticas a nadie, su pago era tan válido como un pago al contado. —Bueno, mire… yo me llevo la chatarra y a usted le dejo un número. Y un número no es plata. Pero si a usted le parece bien, yo me quedo tranquilo.

Lo noté con ganas de hablar y rápidamente me interesó como un personaje de ficción. Mi secretaria estaba escuchando la charla y cuando Urrúa empezó a contar cosas que nada tenían que ver con el giro comercial, se fue. A los diez minutos volvió, agitada, y me dio una bolsa de un negocio de la misma cuadra que la empresa. —Lo hice agregar a la cuenta; por supuesto, se puede devolver y cancelar la compra. La bolsa contenía el grabador y dos packs: uno de cuatro pilas, otro de tres microcassettes. Me puse de pie y le tendí la mano. Ella me dio la suya. Le besé los dedos y le dije: —Gracias. Urrúa me preguntó si era mi esposa. Le contesté que no, que era mi secretaria. —¿Y usted siempre besuquea a su secretaria así, adelante de todo el mundo? No hizo ningún reparo, sino que más bien aceptó complacido que yo registrara su conversación.

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Cuando terminé de leer el cuaderno Rivadavia, Valeria salió de la habitación y fue al baño del lavadero. Había dejado la luz del búnker encendida y no había cerrado del todo la puerta. Noté un brillo extraño y dejé de pensar en Urrúa. Me pareció que la puerta ya no tenía esa cerradura testimonial, simbólica, como las que tienen todas las interiores de la casa, cuyas llaves son intercambiables, sino otra. Me acerqué para confirmar esa impresión. Era cierta. Sin entrar, miré hacia adentro. Sobre el escritorio rosa, unidas por un arito de llavero, había dos llaves gemelas de doble paleta, nuevas, brillantes, sin uso. Volví a la pecera y fingí estar leyendo. Valeria salió del baño y se metió de nuevo en el búnker, cerrando suavemente la puerta. No escuché ningún ruido de cerradura.

— ± —

Berardi era el socio de mi papá. Tenían la misma edad y empezaron a vender metales no ferrosos a principios de los setenta, poco antes de que yo naciera. Ahora es mi socio. Entre él y yo tenemos el ochenta por ciento de las acciones, administramos la empresa y somos los que la hacemos marchar. El resto pertenece a cinco accionistas que aparecen una vez por año, para firmar actas y cobrar dividendos.

Hace cuatro años estuvo en mi casa con su nueva pareja: Mariana. Nunca supe su edad pero, a lo sumo, debe tener la edad de Valeria, y muy probablemente algunos años menos. Berardi notó que nuestra pareja ya era una mezcla de dos elementos neutros, sin reacción química. Cuando se estaba yendo, mientras caminábamos por el patio delantero, se las ingenió para que quedáramos separados: él y yo por un lado, Valeria y Mariana más lejos. Empezó a mirar todo el frente como si fuera un comprador y después me dijo: —A esta casa tan grande le hace falta un perro. Uno chiquito, faldero, de ésos que le gustan a las mujeres. Después me guiñó el ojo izquierdo, me dio dos palmaditas en el hombro, y se fue.

A los pocos días entré al living de la casa llevando upa un cachorro de perro salchicha, de dos meses de edad. Valeria me miró con mucha seriedad y me preguntó: —¿De quién es? Le dije que era nuestro y se puso contenta. Se le notaba la alegría hasta en las uñas. Me dio un beso y me lo quitó. Cuando yo me acercaba a ella, me sonreía, abrazaba más fuerte al perro, y se alejaba.

—¿Cómo se va a llamar?

—No sé. Yo pensaba ponerle Hot Dog.

—Es muy pavote. Mejor que se llame así… —caminó hasta el escritorio que yo usaba en el living y en una hoja grande de papel, con un fibrón, escribió “Wiener”— …ví-ner. Significa “vienés” o “de Viena”.

—Todo el mundo va a pensar que se llama Binner. Vamos a tener que explicar a cada rato que no somos socialistas, ni antisocialistas…

Mi reconvención era de peso.

—Entonces así… —agregó dos palabras a la ya escrita y me mostró otra vez el mismo papel; decía “Herr Wiener Würstchen”— …jer-ví-ner-viúrst-jen: “señor Salchicha de Viena”.

—Un nombre bien sencillito y fácil de recordar…

—Bueno… pero es de la familia… no hay por qué llamarlo siempre por su nombre completo. Eso sí: —dijo levantando un índice— si le mandás una carta, tenés que ponerle “Herrn”, que es “ese mayúscula, ere minúscula, punto”, en vez de “Herr”, que es “señor” con minúscula nomás.

En esa charla recordé que a Valeria le apasionaba el idioma alemán. Sus padres no hablan alemán, pero los dos abuelos y las dos abuelas de su padre habían nacido en Alemania, y la madre de su madre es austríaca. Quizá por eso… A mí no sólo no me interesaba el alemán, sino que lo rechazaba. Valeria lo sabía. Cuando éramos novios, ese era el único desacuerdo notable que teníamos.

El perro terminó teniendo dos nombres: el pavote y el de jerarca nazi del III Reich. Cuando yo lo llamaba, venía despacio, con fiaca, y si tenía ganas. Cuando lo llamaba Valeria, iba corriendo y le saltaba. Era un perro que entendía mejor el alemán que el inglés.

Cuando son viejos, los salchichas se ponen feos. Hot Dog nunca fue feo. Ni viejo. Antes de que cumpliera un año, mi suegra lo aplastó mientras sacaba su auto de nuestra cochera. Ese cuerpo deformado y roto, que vimos en el piso, es nuestra tragedia familiar y a-dicta: sin palabras. “El horror, el horror.” Lo enterramos en el patio de atrás, casi sobre la medianera del fondo. Valeria puso una maceta con un cactus para indicar el lugar. Un año más tarde, en el lugar de la maceta, apareció una lápida de mármol que ella había encargado. En letras grandes, y negras, dice: “Herrn Wiener Würstchen”. Debajo, entre paréntesis, “Mr. Hot Dog”. Después, con letras más chicas, viene un poema de Lord Byron, traducido al alemán por Valeria. Su duelo continuaba. Tal vez, también, continúe.

— ± —

El lunes, bien temprano a la mañana, me encontré con Urrúa en mi oficina. Registré parte de la charla en un microcassette virgen que me quedaba. No creo que vaya a necesitar la grabación. Me contó cómo fue que, hace diez años, se llenó de plata. Ya tengo la peripecia importante que necesitaba para poder escribir un buen cuento y sentirme, nuevamente, un escritor. Compró media tonelada de chatarra de bronce. Hace diez años que no enciende el horno de su fundición. Se está preparando para volver a ser un fundidor en el invierno. Ese mismo día, antes de irme a mi casa, le avisé a mi secretaria que al otro día llegaría tarde a la empresa. Mi cuento va a ser policial. Bien negro. Bien latinoamericano.

— ± —

Los martes, jueves y viernes, Valeria trabaja dando clases de francés para niños en un instituto privado, de nueve a doce de la mañana. No le resulta un trabajo grato. Ella quería dar clases de alemán, pero en el único lugar en que pudo llegar a trabajar le habían solicitado un título habilitante, y ella no podía acreditar ningún estudio formal de ese idioma.

Yo siempre salía de casa antes que ella, pero ese martes me demoré, a propósito. Cuando escuché que se iba con su auto, entré al búnker, tomé las llaves, y me fui al local de nuestro cerrajero de confianza. Tenemos su dirección y su teléfono en una tarjeta que está pegada en la heladera. Llegué en veinte minutos al local y no me encontré con el cerrajero sino con una adolescente. —Mi papá salió por una urgencia. Ya vuelve. Tuve que esperar casi una hora. Pensé en ir a otra cerrajería, pero no conocía ninguna. Cuando llegó, le pedí que me hiciera una copia de esas llaves. Mientras le pagaba, le pregunté si había colocado una cerradura en casa, en ésos días. Me contestó que no y dudé de su sinceridad. De todas maneras, si no era verdad su negativa, yo valoraba su reserva.

A las diez y media volví a casa y vi que el escarabajo de Valeria estaba en la cochera. Cuando entré al living, ella salía del búnker con un CD de música clásica en la mano: Wagner. —¿Qué pasó? —le pregunté. —El instituto está cerrado por duelo. Se murió uno de los fundadores. Tenía ciento tres años. Y a vos, ¿qué te pasó? —Me olvidé unos papeles en el patio cerrado. Nos cruzamos caminando en sentidos opuestos. Yo iba hacia el vestíbulo de la puerta corrediza; ella, hacia el equipo de audio grande que está en el living. Entré al búnker y dejé las llaves sobre el escritorio rosa. De allí pasé a la pecera, escondí la llave copiada en un lapicero de la vitrina y agarré un papel en blanco. Lo doblé en cuatro y volví al living. Cuando Valeria me miró, me metí el papel en el bolsillo del saco. —Tengo que volver a la empresa.

Mientras caminaba por el patio delantero escuché, a todo volumen, el comienzo de La Cabalgata de las Valquirias. Me sonó a una declaración de guerra.

— ± —

Había decidido empezar a escribir el fin de semana siguiente. Mientras tanto, sólo iba pensando en el cuento. El jueves a la noche tuve ganas de ver el final de Casablanca.

—¿Tenés Casablanca? La película…

—Sí. La tenemos en el cuarto de servicio.

Entré al búnker y la encontré rápidamente. Todos los discos están repartidos en dos sectores: uno de música, otro de películas, los dos ordenados alfabéticamente. Antes de salir, me di cuenta de que la puerta tenía un cerrojo del lado de adentro, recientemente instalado.

— ± —

El viernes a la mañana fui de nuevo a la cerrajería. Estaba su dueño, solo, sin ningún cliente. Eso me facilitó la charla.

—¿Usted instaló un cerrojo en una puerta de mi casa, hace poco?

—No.

Esta vez, el tono de su respuesta no me dejó lugar a dudas. Tuve ganas de decirle “no… no…” impostando la voz de un débil mental severo, para después gritarle “¡la poronga frita, no!”.

—Ando buscando un cerrojo para puerta.

De abajo del mostrador sacó una tabla delgada de madera que tenía adheridos unos doce o quince modelos. Había uno, no muy grande, de cuatro tornillos, que era exactamente igual al del búnker. Lo señalé con el dedo.

—Quiero uno como éste.

Guardó el muestrario. Fue hasta una estantería. Sacó una caja de cartón gris. Puso sobre el mostrador el cerrojo y me miró. Como no le dije nada, lo envolvió con papel madera. Le di cincuenta pesos, me devolvió dieciséis. Me guardé el paquete en el bolsillo y demoré en poner el vuelto en la billetera. Tanto, que decidió sentarse en una banqueta que tenía cerca.

—Escuchemé… Si una puerta está cerrada con este cerrojo y yo la quiero abrir desde afuera… ¿Se puede?

—Como poder, se puede… Pero no sin daño para la puerta.

—¿Cómo hay que hacer?

—Y… Si la puerta es de madera… no es tan complicado. Si es metálica, la cosa se pone más difícil.

Con un tono firme, casi castrense, y destacando las últimas tres palabras, le dije:

—La puerta es de madera.

Se levantó de la banqueta, apoyó las dos manos en el mostrador y se inclinó levemente hacia adelante, como quien se dispone a hablar con mucha franqueza.

—Mire… primero aseguresé de que la puerta no esté cerrada con llave. ¿Estamos?

Asentí moviendo la cabeza. Él se enderezó, dio un paso hacia atrás y levantó la pierna derecha como para mostrarme la punta del zapato.

—Con el pie, mantenga bajo el picaporte. Y con el matafuego ese grande que tiene antes de entrar al lavadero, le da un golpe bien fuerte y seco a la puerta, justo a la altura del cerrojo, y listo. Con eso saltan los cuatro tornillos juntos.

Le agradecí el asesoramiento y empecé a irme, pero antes de salir me detuve y giré media vuelta sobre mis talones. Él estaba otra vez sentado en la banqueta.

—¿Está seguro de que con el matafuego alcanza?

—Sí. Pero en el momento del golpe tiene que gritar “¡ábrete, Sésamo!”. Si no, la puerta no se abre nada.

— ± —

Este sábado, Del Greco se levantó, como de costumbre, temprano. Valeria siguió durmiendo. Desayunó solo en la cocina y le avisó a su secretaria que no iría a la empresa. Cuando ella se levantó, él ya estaba en la pecera, concentrado en la escritura de su cuento.

[play] …me estoy quedando sin plata, por eso vuelvo a fundir. Yo hago ceniceros, caballitos de adorno, candelabros, llaveros de pared, abrecartas, pisapapeles… Porquerías. Todas de bronce. ¿Sabe qué me gusta de ese trabajo? Que cuando la gente que me conoce ve las cosas terminadas, pulidas y barnizadas, siempre me preguntan: —Gordo, ¿a estas cosas las hacés vos solo, acá, con chatarra? Yo bajo la vista y les digo que sí, despacito. ¿Y sabe qué me siento? ¿Sabe qué? ¡Un artista! [stop]

[play] …ah… no tiene chicos… Yo tenía dos hijas. Todavía las tengo, pero no viven más conmigo. Desde marzo del 2002 que vivo solo. La mayor quedó preñada y se casorió. Hace poco se recibió de abogada. A la menor, en enero del 2002 le agarró la loca y dijo que se iba a un convento, cerca de La Plata. A la mayor no le gustó nada eso y trató de que no fuera. Pero la otra estaba muy porfiada. Terca como una mula. Siempre fue así. Yo la dejé ir. Total, me decía, esta casquivana ni una semana va a durar con las monjas. Le re pifié. Ahí está todavía. Menos mal que no tuve un varón. Si no, seguro que me salía cana o milico. [stop]

[play] ¡Sí! De pura casualidad nomás… En esa época, todo el mundo puteando, sin un peso… Y yo, lleno de guita. En junio del 2002 fue. Vendí lo que le compré a usted y me pagaron una fortuna. Bueno… No sé si era una fortuna. Pero yo jamás tuve tanta plata junta. Ni la voy a tener… Ni me interesa tenerla. Donde hay mucho vento amontonado, ahí está Mandinga. Póngale la firma a eso. No vendí el bronce por la plata. Lo vendí porque no me quedaba otra. De raje tuve que venderlo. Un comisario de Pergamino me obligó. Es medio pariente mío. Yo lo veo poco. Me parece buen tipo, aunque… Qué sé yo… Escuché cada cosa… No sé si creerlas… Pero si no fuera por él, no estaría acá. Estaría en La Quinta del Ñato. Ahora le cuento bien… [stop] Sabía perfectamente lo que seguía. No necesitaba repasarlo. Empezaría narrando eso. Después seguiría con otras partes del cuento.

A la una, oyó que Valeria le gritaba desde el living: —Cuando quieras, almorzamos. Al ratito entró en la cocina con el cuaderno Rivadavia. Ella había preparado sanguchitos de pan lactal: de jamón y queso, y de atún con oliva y tomate, una ensalada waldorf y chucrut. —¿Qué vas a tomar? —Vino blanco, con hielo. Mientras lo esperaba a él, había destapado una botella de vidrio negro con una etiqueta que sólo decía “Weizenbier”. Es un producto artesanal que fabrican unos descendientes de alemanes en Villa General Belgrano. Él conoce bien esas botellas, sobre todo porque cuestan como un vino caro. Lo que se lee en ellas no es una marca comercial, sino una indicación del contenido: cerveza de trigo. Él empezó a comer mientras leía el cuaderno. Ella, para molestarlo, encendió el televisor pequeño que tienen en una mesada y puso un canal internacional de noticias: el Deutsche Welle. Sabía, y sabe, desde siempre, que él es alérgico al alemán.

— ± —

Un domingo a la tarde, Victorio Urrúa estaba en el patio de su casa, escuchando tangos en una Spika. Sintió que golpeaban fuerte el portón de la entrada de camiones. A través de la mirilla vio a un hombre con boina y anteojos oscuros grandes. No lo reconoció. Había llegado en bicicleta. Abrió la puerta de chapa del portón. El hombre se sacó los anteojos.

—¡Comisario! Sin traje ni uniforme parece otra persona.

—¡Sh! Hablá despacio y dejame entrar. No quiero que nadie me vea. Estás solo, ¿no?

—Sí. Pase nomás.

Entró la bicicleta y la apoyó en una pared. Después empezó a caminar hacia una mesa de cemento con azulejos que estaba a la sombra de una parra de uva chinche. Urrúa cerró la puerta y lo siguió.

—¿Le traigo unos mates? ¿Cerveza? ¿O quiere probar un vinito que me salió espectacular?

—Traé agua.

Urrúa apagó la radio y entró a la casa. Volvió con una jarra y dos vasos, y se sentó frente al comisario.

—Gordo… —dijo señalando con la mirada una montaña de bronce que estaba a la vista, en un lugar descubierto— toda esa chatarra… ¿No andarás en el choreo de metales vos?

—La compré a principios de diciembre, con todo lo que tenía en el Corralito. Ahora le busco la factura…

—¡Pero no! Si te conozco como si te hubiera parido… ¿Sabés cuánto vale todo eso?

—Yo lo pagué unos…

—¡Te pregunto si sabés cuánto vale ahora! ¿En qué país vivís vos? ¿No sabés lo que pasó en éstos últimos meses?

—¿Y qué me importa a mí el precio del bronce? Si ahí tengo como para diez años por lo menos…

—Esa montaña vale un montón. Encima vos vivís acá, casi en el medio del campo, y solo… Escuchame… Conozco unos que a esa montaña la tienen fichada. Son pesados. Piensan venir, pasarte al cuarto, y llevársela. Ya tienen a quién vendérsela.

—¿Qué?

—Lo que te digo. Hasta calcularon con qué llevársela: dos camiones. ¿En qué la trajeron hasta acá?

—En dos camiones.

—Uno ya lo tienen listo. El otro está en Caleta Olivia, con el diferencial hecho mierda, parado. Pero entre mañana y pasado lo arreglan y lo traen.

—¿En dónde?

—Caleta Olivia. El sur. La loma del orto. O sea que tenés tiempo. Tres o cuatro días, seguro. Capaz que una semana también. Pero igual apurate.

—¿Apurarme a qué?

—A vender todo eso. Tomá. Una lista de compradores seguros. Son todos de Buenos Aires. Retiran en cualquier parte del país. Yo ya estuve averiguando. Los de esta lista son todos tipos que compran por derecha. Capaz que te pidan ver la factura de compra cuando vengan. La tenés, ¿no?

—Sí. La tengo guardada.

—Bueno. Mañana mismo llamá y fijate cuánto te pagan. Al que te ofrezca más, se lo vendés. Pero que se lo lleven rápido. No más de tres o cuatro días, desde hoy. Si alguno tarda mucho en venir a buscar, vendele al que se lo lleve antes, aunque te pague menos. Vos fijate… ¿Me entendés?

—Me van a venir a robar la plata…

—Te van a pagar con un depósito bancario. No vas a ver ni una moneda. Pero vas a tener un montón de plata.

—Si los bancos no dan plata…

—No dan la de antes. La de ahora la podés sacar cuando se te antoja. Por el monto que se te antoje.

—Yo compré eso para sacarme de encima el banco…

—Y bueno… ¿Viste? No se puede vivir sin bancos. Y a vos, un banco te va a salvar la vida. ¿Me entendés bien lo que te estoy diciendo?

—Sí.

—¿Vas a llamar mañana mismo?

—Sí. Bien temprano.

—Bueno, me voy.

—Gracias, comisario.

—No es nada, gordo. Somos parientes. Si no nos damos una mano… Eso le hace falta a este país: solidaridad.

—Tiene razón.

—Vos ni sabés el número que te van a decir por teléfono, ¿no? Ni idea tenés, ¿no?

—Y… qué sé yo…

—Mirá… Esa montaña vale… De lo que vos tenías en el Corralito, en dólares, unas cinco veces más. Y en pesos, unas quince veces más.

—¡Eh!

—¿Por qué pensás que te la ficharon? Che… Si te salieron buenos unos vinos, podrías mandarme unas botellas a casa, ¿no te parece? Pero después de vender el bronce.

—Se las doy ahora.

—Ando en bicicleta…

—Bueno, le doy una. Si le gusta, mañana le llevo diez más.

—Ahora me das una. Pero mañana te encerrás con el teléfono y vendés el bronce. No hagás nada hasta venderlo. ¡Te estás jugando el cuero, gordo!

—Bueno, está bien. Acá está la botella. Tómelo bien frío. Y con cuidado. Es dulzón y pega fuerte. Me salió medio licoroso… como de misa.

—Vos tenés el número de mi casa, ¿no?

—Sí. Lo tengo anotado.

—Apenas se lleven el bronce, me llamás a mi casa… ¡a mi casa!, no a la seccional, y me avisás. Si no estoy, dejá dicho que ya se fueron los camiones y listo.

—Bueno.

—Cuando yo sepa eso, hago correr la bola de que vos vendiste y tenés la plata en un banco.

—Bueno.

—Pero avisame cuando ya no tengás nada acá. Porque los muchachos van a controlar y yo no les puedo mentir. No me puedo llevar mal con ellos. A veces los necesito para trabajar.

— ± —

Estuvo toda la tarde escribiendo y reescribiendo ese diálogo hasta que le gustó cómo quedó. Se sentía, como cuando tenía veinte años, un escritor. Eso le daba alguna satisfacción. Lo pasó en limpio y apartó los borradores. Cenó solo, en la pecera, mientras leía y releía lo escrito, muy lentamente. La tercera relectura fue interrumpida por Valeria. Estaba parada en el marco de la puerta. Casi de la misma manera en que un árbitro de fútbol exhibe una tarjeta punitiva, le mostraba una tirita blanca de plástico. —Estoy embarazada —le dijo bajando el brazo. Él dejó los papeles sobre la mesa y desocupó sus manos. La miraba inmóvil, en silencio. Ella tenía sus ojos grandes más abiertos que de costumbre. En una ráfaga, y por apenas un instante, como si estuviera mirando a través de un Aleph, recordó las tonalidades de ella: su piel blanca, que se ponía rosada con el sol de los veranos; sus pelos, apenas pigmentados con un amarillo muy tenue, como de azufre y tiza, como el de las playas de arenas desvaídas; el verde pálido y brillante del césped que crece a la sombra de los árboles coposos… con ese color ella siempre había mirado: el de los duendes de Irlanda, el de los mares edénicos. Al mismo tiempo se acordó de los días en que empezaron a estar juntos, cuando eran casi niños, y él se sentía un habitante de un paraíso narcótico creado por un ser excepcional y fantástico, puro y elemental, emparentado únicamente con el aire y el agua: una síntesis de sílfide y sirena. Parecía estupefacto, pero no lo estaba de ningún modo. Si Valeria le hubiera dicho que un control remoto se había quedado sin pilas, estaría igual de conmovido. Esperaba que ella le mostrara de cerca la tirita o, por lo menos, que se la arrojara sobre la mesa. Pero ninguno de los dos hacía nada. Después de varios segundos de silencio y perplejidad, a él sólo se le ocurrió preguntarle: —¿De quién? ¿Sabés? Ella no le contestó. Pegó media vuelta y se encerró en el búnker, con un portazo. A él, esto último lo molestó. Sintió que le estaba naciendo un impulso que no iba a poder dominar, de ésos que nos hacen sentirnos desconocidos y temibles. Se quedó mirando la puerta del búnker. No se daba cuenta de su vista. Toda su conciencia estaba concentrada en un único sentido: el oído. Esperaba, deseaba, rogaba al Cielo y al Infierno que Valeria accionara la cerradura y el cerrojo. O, por lo menos, el cerrojo. Pero los ruidos no llegaban… no llegaban… ni llegaron nunca.

En seguida se tranquilizó. Estaba seguro de tres cosas: Valeria no estaba embarazada; esa noche dormiría en el búnker; lo que le había mostrado era cualquier cosa menos un test de embarazo. Y casi convencido de que la tirita era un termómetro digital que había venido de regalo con una de las revistas extranjeras que ella compraba.

Juntó todo lo que tenía sobre la mesa y lo guardó en la carpeta con forma de caja. Salió de la pecera, apagando las luces, y subió al altillo de las cosas en desuso. La dejó allí, sin ninguna ceremonia, sin ningún lamento, sin culpa. Había estado una semana obsesionado con la escritura de un cuento. Esa obsesión se le esfumó de golpe, como una pompa de jabón pinchada con la punta de un lápiz. Ya no es ni siquiera un recuerdo para él.

Ahora está bajando la escalera de cemento del patio trasero, para volver a entrar a la casa.

—¿Qué vas a hacer, Del Greco? Del Greco, ¿adónde vas?

—A la cama. Pero antes voy a pasar por la biblioteca del living para buscar unos libros de Valeria. Esta noche voy a dormir solo. Mañana me voy a levantar temprano y me voy a ir. A la panadería Alpina. Abre a las siete de la mañana. Voy a comprar un Apfelstrudel y después voy a esperar a Valeria en la cocina. Cuando entre, le voy a decir: —Guten Morgen, meine schöne Frau. Lo que ahora quiero saber es cómo se dice “tenemos que conversar más” en alemán.

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Pablo Mengascini

(Héctor Aquiles Rosas Sarmiento — pseudónimo

Rosario, marzo de 2012)

IGNACIO BARALES: Saluzzi

Publicado en relatos el 14 de Abril, 2012, 14:20 por MScalona

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“Tuve una prima solterona que cuando hacía un postre le mostraba a todos, con una sonrisa melancólica y pueril que le había quedado prendida en los labios desde la época en que hacía méritos frente al novio motociclista que después se mató en una de nuestras tantas Curvas de la Muerte. Ella vestía correctamente, en un todo de acuerdo con sus cincuenta y tres; en eso y lo demás era discreta, equilibrada, pero aquella sonrisa reclamaba, en cambio, un acompañamiento de labios frescos, de piel rozagante, de piernas torneadas, de veinte años. Era un gesto patético, sólo eso, un gesto que no llegaba nunca a parecer ridículo, porque en aquel rostro había, además, bondad. Cuántas palabras, sólo para decir que no quiero parecer patético.”  

 

                                                             Mario Benedetti. La tregua

“si no entiendo,

si vuelvo sin entender,

habré sabido qué cosa es

no entender”                                 A modo de tregua, de Alejandra Pizarnik.

 

 

 

 

 

 

 

-Acaso, ¿será que el imperativo en cuanto tal es a su vez llave y no uno sino varios candados de la mayoría de las mutaciones que podría tener mi espíritu? Esto ya me ocurre desde pequeño, che. Y te digo que es bastante tortuoso a decir verdad; por lo menos para mí que comenzó a pesarme desde mi púber adolecer. Recuerdo que en la escuela nos obligaban a rezar y a hacer las tareas, ¿te acordás? (creo que eso era más o menos lo mismo en aquel lugar y tiempo), y mi cabeza ya estaba completamente en cualquiera. Yo solo quería besar la gloria de ella que se extendía con su boca, algo así como una especie de traslación a lo real, del salón hacia mi hoja rayada (siempre en blanco, claro), llena, llenísima de negros garabatos. Así, con su boca, creía que poseía un clon metafísico que iba y venía del más allá al acá. Tan complejo parece cómo te lo explico, hermano, pero para esa boca era un simple juego. Mientras yo me hallaba en el más allá creyéndome más acá, completamente ingenuo de su rapidez. La pintaba de tales formas que, cuando la tenía  en colores, ella desteñía mi paso con la suavidad de su plumaje cuadrille; siendo, al fin y al rato, un mero borrador que unía todas esas engañosas y estúpidas fantasías.-

 

-No sé si te enteraste, pero ya que nombraste al colegio: se me vino a la mente la muerte del cura que manejaba no sólo a nosotros, a la escuela y a la iglesia, sino a todo el barrio con sus sermones de la eternidad, con su infinito discurso fundamentalista. Falleció el otro día. La mayoría no dio cuenta del azar y ya quieren catalogarlo como Santo porque murió en Semana Santa, nada más ni nada menos. ¡Cómo nos cagábamos de risa a costa de ese viejo! ¿Cómo se llamaba? ¿Tedio, no?-

 

- Sí. Así se lo bautizaba por lo menos. Además, ¡cómo olvidar ese n[h]ombre!

 

 -Pero no sé, ahora que está muerto me da un poco de lástima, viste cómo es eso de la culpa, la muerte y la fama;  sobre todo por los alumnos actuales de la escuela.  Me contaron (sabés que en este barrio el “dicen” ya es un dictum de la verdad) que el que está ahora al mando es casi tan conservador o aún peor que el muerto. Ya anduvo diciendo que ahora, que nuestro barrio cuenta con un mega-templo con shopping ultra climatizado, spa para los “que se sienten demasiado culpables” y  para sus altos creyentes de la alta discreción, no hace falta ir en verano con pantalón corto o pollera, tanto para los hombres y las mujeres, respectivamente.-

 

- Ni se te ocurra las inversiones que encierra el término “respectivamente”.-

-¡Por eso! No quisiera imaginarme a vos disfrazándote de mina adrede y con los pelos al aire en la misa, sólo para generar escándalo. Como siempre, nada más que por tus ocurrencias siempre “justificables” según tu humor en el día. Dicen, me siento tan idiota usando el “dicen”, es una dicha tal que no me enorgullece en lo más mínimo. Por eso, te pido disculpas si me desvío de la conversación con esas banalidades que vos tan poco toleras. En serio, dicen que el tipo nuevo que comanda la Fe es igual a Domingo Cavallo. Creo que se referían en lo que concierne a su aspecto físico, ¿no?-

-Es siniestro ya lo que me estás relatando, va más allá de mis capacidades de imaginación. Domingo Cavallo, Domingos convertibles en misa. Completamente bizarro, che. Además, yo saqué el tema de la escuela como algo contextual, para ubicarte un poco a lo que me quería referir. Sabés muy bien que en nuestra época escolar lo que menos nos importaba era “lo escolar”, en sentido cerrado del término, y salís hablarme del cura Tedio que, como ahora se murió, te da lástima porque “al fin y al cabo, los muertos son todos buenos o los buenos están todos muertos”, y que el homenaje que le hicieron en vida es esa Mega-Iglesia con una virgen empotrada en un cristal, importada de Europa, con seguridad privada y armada por las noches, y un cura ortodoxo, en distintas materias, igual a Cavallo.- Reprochó muy sarcásticamente.

 -Siempre tan pedante vos. A ver, con respecto a lo otro que decías, con el cumplimiento de ciertos rasgos solamente y, más aún, si eres meticuloso en el uso de los multi-sentidos de cada “stock gramatical”, tal vez puedas darle (quizás un poco) de saber a ese sabor latente que vos me contás sobre ella. Pasaron tantos años que decís “ella”, como si yo tendría que dar por sentado a quién te referís. Verdaderamente, no entiendo un carajo lo que querés decir.-

-Pero también puede ser que a medida que pasan los años le esté perdiendo sabor a bellísimas cosas: [des]espero que las palabras no se vayan de mí porque si no, y esto sí que te lo digo muy en serio, perderé completamente (si es que existe imaginariamente la “completud”) la ilación entre mi ser y las cosas.-

-Pero ¿qué te pasa, te sentís tan cosificado ya? Veo (y escucho) que me hablás; me asustaría si no fuera así. Sin embargo, no parás de decir idioteces lúdicas. Dejá un poco eso de una buena vez-

-Las palabras no me abandonarán (sí tal vez el sentido cotidiano de estas malditas), me andarán resquebrajando, eso sí, constantemente, eso es seguro; así que no temas en preocuparte por mí, che. Sos muy amable. Como te decía, me rondarán deshilachando para sentirme una y otra vez cada vez más alejado, o si prefieres: enajenado de todo engaño y de abrupta desazón por-venir.

Aquella que en algún tiempo creí que poseía, no fue a parar más que a poesía. Sólo eso y solo yo con escrituras-cartas y noches dirigidas a nadie más que a mi propia comprensión. Mirá, por ejemplo este dibujo- Abrió un cajón llenó de fibras negras. Parecían gastadas, al igual que las hojas por su tono amarillento. Comenzó a hablar sobre círculos y triángulos indecibles a la vista, casi indefinibles. – Éste lo habré hecho a los 14 más o menos.- Y pronunció melancólicamente:

- Esa boca inevitable y tentadora

ha perdido conmigo

¿o yo he inhibido?

todo tipo de saber al encontrarla.

Prosiguió con una explicación, mientras señalaba con sus dedos los dibujos que tenía guardado en el cajón, para que su compañero aprehenda de alguna manera los garabatos hechos papel.

-¿Ves? Los colores son todos iguales, no se bifurcan entre sí: como un collage de pinturas. Pero sí: la música es solo una; la puedes sentir, yo también. Ni hablar del resto en sus semejanzas.- Puso un disco “virgen” sin título alguno que se pueda pesquisar. – Como una partitura yo dibujo en entre líneas cada nota en armonía: tu mano se extiende llegando al sol. Así las flores se abren radiantes por el liso espejo de tus pupilas que tienen dos flores más importantes y más bellas, que conforman (expandiéndose) cada parte de tu cuerpo. A su vez, yo me encuentro conformado de otras maneras: algo así como células con núcleos variables en su centro, de un color negro, y en sus bordes también con tonos oscuros y tenues. Nos encontramos en un abrazo y allí cada parte de esa cantidad; qué cuerpos hacen el amor hasta cansarse y luego vuelven a hacerlo, pero ahora con otras palabras (como esta explicación en vano) que manchan la relación de más pasión, y enfurecidos esos cuerpos se chocan una vez más, y se rozan y gritan, gritan sin parar en gemidos al unísono de las variables orgánicas. Así es que nos encontramos nuevas veces y reitaradamente en los abrazos que anuncian la llegada de pequeñas muertes que, a su mismo tiempo, rechazan cualquier atisbo de abandono, y yo me alejo (sin un yo inclusivo) estando en ti y tú de mí, mientras suena ese tono musical tipo réquiem con una voz primitiva de coro anunciando: “Concédeles el descanso eterno, Señor, y que brille para ellos la luz perpetua.” Y te miras cada vez más sola. Entretanto mi alma se encuentra tan acompañada por lo mismo que nos separa y nos distingue. Eso nos une entre los círculos triangulares. -

De pronto se escuchaban desde lo bajo el choque de sonoridad de un bandoneón contra la materia silenciosa de la música de esos dos ser/es-en-el-mundo. Quedaron un largo rato sin hablar, contemplando el tema con ojos brillosos, absolutamente espejados.

-¿Quién es este zarpado?  Me hace recordar mucho a un francés que toca el acordeón. Te va a encantar a vos, estoy seguro. El franchute se llama Daniel Mille.-

-Bueno, por lo que estuve viendo éste no es ningún francés ni alemán ni nada europeo. Además, no es acordeonista sino que destroza al bandoneón. Y sobre todo: ¡es argentino, che! Nació en la provincia de Salta, y para no morirse de hambre se fue a encontrar suerte por el viejo continente. El azar dio con la discográfica ECM. Los argentinos no lo escuchamos porque toca música popular argentina, y los europeos lo consumen por lo mismo, porque es original y toca un tanto raro.-

- Se me vino a la mente Raúl Barboza. ¡Qué genio!-

-Sí. Pero también toca el acordeón ése. Es un monstruo. Y hay un disco con Juanjo Dominguez que es inevitable no escucharlo. A Saluzzi lo escuché una vez que llevé el auto a arreglar, a través del bandoneón que salía de un parlante que estaba en el taller mecánico; nos pusimos hablar con el tipo sobre la música que hace Saluzzi, su impotencia de haberse rajado del país, y me regaló este CD. Fue hacia el porta-discos y sacó uno con manchas de aceite de auto y grasa. Lo único es que el disco contiene un solo tema, y no tengo idea ni a qué nombre de disco corresponde ni cómo se llama el tema.-

-Dale, ponélo de una vez, querido. –

-Ahí va, cabrón.- Colocó el CD y comenzó a girar. El comienzo del tema trae una voz indecible y lejana. Remite a algo imposible para los sentidos acústicos. -Vas a ver que la música da con alguna escena de película. Es para una banda sonora, o me vas a decir que no.-

[Silencio musical]

-Leyendo varias entrevistas de Saluzzi, entre las tan poco numerosas que he encontrado, pensé que este tema remitía a su añorada Salta, al locro preparado por la madre, y su ida de la argentina con ganas incontenibles de volver y dar revancha para/con el público. Entonces se me ocurrió ponerle un título que se relacione con algo de eso. Además, es inevitable no escuchar un bandoneón sin cierta añoranza, sin un poco de nostalgia. Se me ocurrió entonces llamarlo “la vieja y el viaje”. Esto de ponerle títulos y palabras a la música me remite tanto a un juego que hacíamos con Alejandra. Y me acuerdo la última vez que lo jugamos, ella estaba internada y no paraba de jugar más que consigo misma, con el pizarrón, y el crepúsculo de sus ideas y días. Una vez, ya cansada me dijo:

“No, la verdad ya no es música

yo, triste espera de una palabra

que nombre lo que busco

¿y qué busco?

No el nombre de la deidad

no el nombre de los nombres

sino los nombres precisos y preciosos

de mis deseos ocultos”-

 

Cerró el recuerdo con un silencio, junto al tema que arrancaba nuevamente por segunda vez. Al escucharlo, su compañero se levantó bruscamente pero con sigilosos pasos hacia la compactera. Como con miedo de hacer algo malo frente a esa escena de necesario mutismo de su compañero de toda la vida.

 

-¿Tenés otro de él que te hayas “bajado”?. Algo más de Saluzzi para mostrarme…- Mientras buscaba como un archivador entre los discos y el otro tirado con las dos muñecas a la altura de los oídos, absolutamente retraído.-  Qué tal éste: Ci- té d- la musiké? A vergg si está lindóu – En un francéspañol  forzado y cómico. Para romper con la tensa angustia del ambiente, finalmente anunció con esperanza –Entonces Saluzzi, Dino[s] qué tienes para contemplarnos.-

 

 

Nacho b.

 

 

 

 

 

 

SILVIA MOYA

Publicado en relatos el 14 de Abril, 2012, 14:20 por MScalona

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PURO CUENTO

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Mirá, si yo tengo que hablar por mí no sabría qué decir. A mí no me pasó ¿viste?

Yo qué te puedo contar. Te acordás que a vos te gustaba mi perfume. Charlie de Revlon, me cansó un poco. Ahora hace mucho que no lo siento pero en ese entonces todas las chicas lo usábamos, era cheto. Bueno, vos no, pero te gustaba.

Nunca entendí mucho lo de tu viaje. Pero si me preguntás cómo lo viví yo, desde acá… Yo. Nada

A los catorce, me dieron el primer beso en un baile del Centro Navarro. Miguelito se llamaba, me esperaba en la esquina de la escuela, por Mendoza.

Mirá, ahora que me acuerdo de Miguel, ¡mirá la imagen que me vino a la cabeza!

Estábamos en Mendoza y Oroño y se armó un despelote bárbaro, venían los del Superior y del Normal creo, cantando por lo del medio boleto y esas cosas de la época. Nosotros pasamos de un momento a otro de un beso apasionado a estar corriendo como locos. Me acuerdo que en un momento Miguelito me llevaba a upa.

Un policiá se bajó de un auto y lo apuntó con el arma y le gritó:

-¡Rajen de acá pendejos de mierda!- y Miguel me hizo upa y salimos corriendo así. Qué ternura, qué lindo recuerdo.

No. A mí la verdad que no me pasó nada malo en esa época.

Yo tenía el pelo larguísimo y rubio. ¿Te acordás? Vos me decías que lo tenía como la rubia de Abba. Qué tarada. De qué te puedo hablar yo. De esa época yo me acuerdo de mi fiesta de 15, todas cosas lindas.

Mi madrina me mandó una moneda de plata, 25 mejicanos. La debe tener mi vieja guardada pero ni le pregunto porque me parece que hasta está arrepentida de haberme puesto Alicia como ella.

Con el tema de que se hizo comunista, mamá se ofendió un poco que no viniera a mi cumpleaños y después no tuvimos más contacto. Incluso ahora que está acá ni una carta me mandó la guacha. Solamente la moneda con el viejo. Rodolfo. ¿Te acordás? El de Santa Fe, que era juez.

Mamá decía que Alicia se había podido ir a México gracias a él. Después dejó de hablar del tema.

¿Pedimos otro café?

¡Cuántos recuerdos!

Vos porque te fuiste a España, entonces capaz que te enterabas. Pero acá, yo no me enteré de nada.

A mí, en lo que es mi entorno, no pasó nada. No digo que sea puro cuento pero…

Fijate lo que dicen del Mundial. Bueno, yo de lo que me acuerdo es que fuimos con Gabi a ver el partido con Polonia al cine! En pantalla gigante.

Patea Deyna y ataja Fillol… patea Deyna y ataja Fillol

¡Cómo festejamos! Yo me había atado dos colitas, con cinta celeste y blanca, en la peatonal me encontré con el Indio que ya me gustaba. ¿Vos te acordás de él? Cómo lloré por ese pelotudo, me cagó la vida.

¿Qué hacés? Te están mirando todos. Cómo te ponés eso acá en el bar boluda. No me hagas pasar papelones. Ah, pero son un montón, hay locas en todas la mesas. Así que seguís siendo la misma jodida de siempre, ya me parecía raro que vos me citaras acá. Ahora entiendo. Te podés ir bien a la mierda vos y tu pañuelito blanco,¿sabés? No sé de qué mierda te reís. Boluda.

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-