"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




8 de Abril, 2012


SANDRA FABI, 3° Premio, Nivel Tres

Publicado en Cuentos el 8 de Abril, 2012, 23:16 por MScalona

ISLA EN LAS DOS ORILLAS

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SUSANA

La fisura es pronunciada. El agua cae unos diez metros en cascada. Marrón rojizo y debajo: las piedras. El ruido suena a turbinas de avión. La gente que se tira queda atrapada en el rulo constante. Muere ahogada en una semipenumbra estruendosa. A veces, ni siquiera rescatan el cadáver. Los más afortunados, los que esquivan aleatoriamente las piedras del fondo, se sienten vencedores, superhombres temerarios, Batman contra el Pingüino y el Guasón, Optimus Prime, The Hulk. O Julio Cesar cruzando el Rubicón, el límite entre el territorio de Roma y la Cisalpina. Júpiter los protegió y emergen airosos de las aguas turbulentas, pero no hay retorno.

El arroyo sigue un recorrido corto y se une al Paraná. Cuando las lluvias son abundantes en el campo, sube el caudal repentinamente. Muchos metros. Llega casi a tocar las vías del tren sobre el puente colgante. Ella tiene una foto de su padre tirando medias reces podridas desde un camión volcador al Arroyo Pavón en una de las crecientes históricas. Año 62´. El agua le llega a las rodillas.

Entre los cañaverales de sus márgenes, en la década del 70´ tuvo que mostrarle a su madre el color de la sangre de su ropa interior: "es rojo demasiado claro todavía. Durará unos días más"…

Ayer, mientras almorzaba en el club – flamante carpa restaurant recién instalada- sentía un gran apuro por irse de allí. Incomodidad. Molestaba el sol, la tierra, el viento. Le costó comer. Se escuchaba el ruido del salto. Subieron al auto con su amigo y los hijos de él y se fueron echando polvo a los que estaban de campamento cerca de los parrilleros. Abordaron la ruta 21 a la altura de la maderera abandonada. Sintió alivio.

Se aferró al volante, y con la mano derecha sacó el atado de cigarrillos del bolso. Abrió la ventanilla, necesitaba aire o humo, acelerar y pensar en el semáforo de la ruta en el centro de Fighiera. Pero sobre todo acelerar. Alejarse del arroyo turbio, sus cañaverales y las crecientes, alejarse de los superhéroes, de los suicidados y de los que esperan en la parte superior del salto una ayuda de Júpiter. Alejarse de todo.

Cada tanto le pasa esto de evocar. Se cuestiona si evocar es lo mismo que recordar. Decide que no. Aunque preferiría no evocar, no recordar. Piensa que evocar tiene que ver con convocar el espíritu de los muertos (suponiendo que sean capaces de acudir a los conjuros). Entonces recuerda que aquel hombre que fue su esposo, hablaba del peligro de entrar desde el Paraná con veleros, al arroyo cuando está crecido. Los mástiles rozan los cables de alta tensión que lo cruzan. Mueren electrocutados. A ella la asusta el riesgo. Le provoca vértigo. Sin aviso, de golpe. Como el de aquella paciente suya que tuvo un ataque repentino de vértigo cuando había alcanzado el punto más alto de la torre del monasterio de Monreale, y tuvo que bajarse sentada apoyando la cola en los escalones, de la mano de su hijo de 4 años jugando a reptar, como la víboras, pero de cola. La asusta también el riesgo de explorar esas zonas salvajes, medio vírgenes. Concluye que es un problema del tercer mundo. -¿A quién se le ocurre cruzar cables de alta tensión por arriba de un arroyo? ¿A los dueños de la maderera abandonada?- También la asusta recordar, evocar el espíritu de Pedro. – Pedro – le dijo a su amigo- está muerto, solo me falta borrar la memoria ¿viste? Como el tipo ese de la película Eterno resplandor… sería genial; ya le dije a Pedro: "Adiós. Fue agradable conocerte y el resto"-. Y se ríe fuerte, como para ahuyentar vértigo, evocaciones y recuerdos. –Bueno, Susana, son ustedes los que joden con los padres, el pasado y todo eso- a lo que ella responde: -No yo. Creo que en determinado momento hay que hacerse cargo de lo que se es ahora. No abusar, no abusar de la historia. Olvidar. Borrar-.

Los chicos jugaban en los asientos traseros del auto. Decidió pasear por la zona del puerto del pueblo vecino. Buscando imágenes vitales, menos peligrosas, hasta pintorescas. Por ejemplo: los pescadores. Estaban sentados en sus sillas de madera y paja, en el frente de sus casas. El río lleno de camalotes impedía la pesca de este lado del Paraná. Había dos, tres, los vio tejiendo redes, clasificando anzuelos, ovillando líneas. Ellas les traían mates. Robustas, con delantales y polleras oscuras, una con ruleros, la cabeza cubierta por un pañuelo de flores amarillas, la otra tenía el pelo mojado. Al tercer pescador, nadie le cebaba mates. Mientras tejía escuchaba la radio apoyada en el suelo, al costado de su silla. Silbaba un tango. Le pareció que era aquel de cada amor que tuve tengo heridas versión magistral de un Goyeneche maduro, el pescador y Goyeneche al unísono, silbido y voz -¿Y la evocación en la música?- le preguntó a su amigo Polo, el chofer de la ambulancia del dispensario en dónde trabajaban juntos, -¿qué opinas de la evocación en la música? ¿cómo zafar de eso?-.

El puerto estaba lleno de barcos, a uno le descargaban cereal a granel desde un chimango gigante, los sábalos y bogas saltaban atrapando los granos que se resbalaban de la bodega, un cardumen desprolijo alrededor de la escollera entre la espuma del fermento. Peces incomibles. Hay remansos color beige a metros del puerto. Hay irupés con flores blancas, y otros ya con la flor madura. Entre los irupés y los remansos los peces que hay son siempre incomibles. Siempre.

Los chicos bajaron del auto a pisar los camalotes encallados en la playa chica (pequeñas explosiones por los fuelles herméticos), hablaron de la madre, que dormida parecía hombre, que tiene menos carne que una bicicleta, y de una tal Perla, que aunque es mucho más grande que ellos, los busca para "transar". Se encendió otro cigarrillo.

No supo en ese momento si por la pula del cereal, la proximidad de gendarmería con hombres de uniforme azul, por el color marrón del río, por los hijos de su amigo iguales a sus propios hijos, se le llenaron los ojos de lágrimas ¿O por el tango y la voz de Goyeneche? Piensa que fue mala idea ir al puerto. Sigue conectada al agua oscura, a los suicidas, a la memoria. Sin embargo, saca de su bolso un cuaderno de notas. Escribe:

Posiblemente/ la pula, / el río marrón/ o este pobre caserío/ faciliten el llanto,/ desamparado de glicinas este verano./ No sé/ si el ruido del cereal / escupido por los chimangos/ sobre el barco panameño/ es el colchón sonoro adecuado/ para el hipo de la angustia,/ si lo propicia. / Sin embargo/ estoy segura / no es el Curiyú hundido enfrente/ más bien los irupés con flores blancas de inminente bermellón:/ seducen. / Me sumerjo en un baño fresco/ como los cangrejos hembra./ Después caminaré precisa/ en el patio con parras y piso de tierra/ del pintor de las islas/ desde la playa sin arena./// Sacudo las gotas/ levanto vuelo al ras de las copas de los árboles./ Ahora soy biguá.

La arena –le dijo a su amigo- en aquella misma película alguien dice "la arena está sobrevalorada. Solo son rocas diminutas". Opino lo mismo.

Era la hora en la que solo quedan iluminados los bordes de las islas y los barcos atracados en los puertos cerealeros. De modo que llamó a los chicos que escudriñaban los dientes de palometas muertas con palitos secos. Subieron al auto, traían un colmillo de carpincho como trofeo. Hablaron de engarzarlo, de fabricar un colgante, de usar un cordón negro. Comparaban ese colmillo con los dientes de las palometas.

Cuando salieron del puerto, el tejedor solitario seguía escuchando tangos. Abrió la gaveta sacó un cd del Gordo Salinas, lo introdujo en el equipo. La guitarra tocaba lenta sobre la percusión de un bombo legüero, la voz cantaba algo sobre la lluvia que cae mojando los cabellos negros de alguien que está lejos, un abismo en el alma, nunca miento –decía- nunca podrás echar a mis recuerdos. Cambió el cd. Puso uno de Mary J. Blige con Sting. Decidió que ya era suficiente.

Llegaron a la casa de su amigo, se bajó con él y sus hijos. Cocinó largamente para ellos, un plato con hierbas aromáticas, vinagre de higos y carne. Después de tener sexo con Polo, (13 años menor que ella, separado, su esposa había salido un sábado a la noche 8 meses atrás y no había vuelto), en la cama adormilada, pensó que era bueno disfrutar de algo nuevo. Decididamente para poder hacerlo había que descartar lo viejo y olvidar. Se durmió pensando en estrategias para olvidar: nunca frecuentar los mismos sitios que solías visitar con él y tus hijos, además llenar los sitios inevitables, de nuevas experiencias (¿cómo evitar el río?), algo así como cargar el archivo con datos frescos, Polo y sus hijos, a rey muerto rey puesto, un clavo saca a otro clavo, cambiar el guardarropas, ir al gimnasio, recordar lo mal que olía él a veces, llorar sirve para borrar lo que duele, los lagrimales se secan, las películas se terminan, ir a la peluquería, hacerse masajes, etc, etc, etc…

Al día siguiente lo único que quedaba de aquel estado, era el poema en el cuaderno de notas, y un exquisito olor que perduraba en la cocina de ollas sucias. La cuchara de madera sobre la mesada. Restos de orégano en el piso. El colmillo recogido en el río decorando el centro de mesa.

Se hizo un café fuerte con tostadas y manteca, se subió al auto y partió hacia su loft a prepararse para otra jornada en el dispensario del barrio Las Ranas. Pensó si de verdad podía ayudar a los pacientes con pánico, a los pacientes con vértigo. Metió en el ataché varios blisters de clonazepán, y mientras recogía las fichas de los que tenían turno para ese día se dijo que haría énfasis en cómo olvidar, cómo dejar atrás, cómo deshacerse, cómo expulsar lo recurrente. Les iba a sugerir a ellos, lo que estaba poniendo en práctica ella: evitar todo lo que provoque nostalgias. Especialmente la música y determinados lugares. La cabeza como un programa de correo electrónico: ir al inicio y borrar desde allí lo recibido y lo enviado. Eliminar, y después eliminar de eliminados.

PEDRO

Enrique estaba en la librería y me vi envuelto en semejante situación. No era otra cosa, era dependencia. Mandato. Sí mamá. Pero no era su madre, era su hermana menor, Gina. Abogada también ella. O sea, sí hermanita.

Él había conseguido enviar la carta documento unos minutos antes de la hora de cierre del correo. También lo había acompañado Gina a insultar a mi amigo, el dueño del negocio, todo esto en el preciso momento en que enterraban a Julia, la vieja que los había criado (pasaba por delante de la librería el cortejo fúnebre y ellos discutiendo por un mango) que había vivido los últimos meses en un geriátrico de la zona rural. Se referían al sitio como "la estancia el descanso" y describían a los dueños de la casa como un matrimonio abnegado, infinitamente generoso que amaba a los viejos y los mimaban con comida casera: -crían gallinas y con los huevos hacen tallarines que amasan las viejas a las que les funcionan las manos, para entretenerlas viste, son un fenómeno-… Cuando yo escuchaba eso no podía dejar de imaginar el efecto de tanta harina semanal en la gente con dispepsia fermentativa, por ejemplo. El Negro me lo había hecho pensar.

Ella, su hermana, había sido más categórica a la hora de amenazar, más desenvuelta para responder con agresiones lo que Enrique refutaba con cierta sorna o si se quiere con un inhibido deseo de putearlos. Hasta que mi amigo se hartó y soltó la lengua -manga de atorrantes hijos de puta ¿quién mierda se creen que son? se mandan a mudar de aquí y no entran nunca más cagadores; cagadores como tu viejo y tu vieja- le dijo a él mirándolo directo a los ojos; él parpadeaba como si tuviera un tic, se concentraba en contar los clásicos encuadernados en cuero magenta con letras doradas de la estantería superior, o miraba la araña de caireles o vaya uno a saber qué, hasta que encontró la puerta que abría un cliente casual. Entonces los dos salieron apurados del local, con la presteza que impone el temor de enfrentarse a alguien temerario, casi tanto como ellos.- Dos basuras, Pedro-me dijo Enrique.

Enrique, mi amigo, nos conocíamos desde la época del boliche Barbaroja, dueño de la librería más vieja del pueblo, respiraba agitado y pronunciaba en voz alta una letanía enumerando los delitos de la familia de los abogados hermanos -siempre impunes, les hacen juicio a todos, denuncian infamias y ganan, los hijos de puta ganan. De eso viven. Alumnos brillantes entrenados para joder a los demás, le ley es un arma de doble filo en manos de estos cagadores-…

- Calmáte, los conocemos todos.

- Hijos de puta.

Habíamos programado el fin de semana largo en la isla, iríamos al rancho del Negro dueño también de la embarcación, los cuatro: Enrique el librero, Marcos artesano del cuero y conductor de un taller de pintura y videoclips, y yo.

Estaba con Enrique en la librería, cuando entraron estos dos chicos y presencié el altercado ( tenían veintipico, pero parecían de 17, 18); fue una suerte que yo hubiera llegado temprano para organizar los víveres: bebidas bebidas bebidas , asado y la caja de pesca, porque mi amigo tendía a descontrolarse, se ponía colorado, se obsesionaba, lanzaba insultos al vacío, aumentaba la lista de argumentos para seguir embroncándose, no paraba hasta que le faltaba el aire y le dolía el pecho. Tenía problemas circulatorios, tomaba una chorrera de medicamentos, era impulsivo. El Negro nos había dicho: típico de los calentones, si fuera más tranquilo tendría gastritis. El Negro era el médico del pueblo. Así que traté de desviarle la atención a Enrique, le dí una copa de agua fría, le encendí un pucho, hablé de los anzuelos nuevos.

Los cuatro habíamos compartido departamento en Rosario cuando íbamos a la facultad. Uno cursaba la carrera de Medicina, Enrique Filosofía y Letras, Marcos Bellas Artes, y yo que primero cursé la carrera de Música después Sociología para pasarme a Psicología y casi al final Antropolgía. No terminé ninguna. Sin título había dicho mi viejo, tanto esfuerzo para mantenerte estudiando allá y sin título. Ahora me dedicaba a los Seguros y tenía una pequeña Inmobiliaria. Y dos hijos que vivían conmigo desde que Susana hacía tres meses había decidido que no era feliz, que tenía asignaturas pendientes, que empezaba supuestamente a vivir la segunda mitad de su vida, que se le caían los párpados y que estaba perdiendo la cintura, que era ahora o nunca que no podía postergar sus deseos que se le pasaba el tiempo. Sus deseos había dicho. Trajo a colación películas para reforzar la explicación de su punto de vista: que ella no era Francesca la de Los puentes de Madison, que ella se iba a la mierda con el fotógrafo Robert Kincaid porque era agnóstica , no creía en la vida eterna, que con las cenizas de ella llegado el momento hiciéramos lo que se nos cantaba; que vivir con un tipo que no amás toda la vida y dar la orden que después las cenizas se tiren al lado de las del tipo que sí amas era una reverenda pelotudez . ¿Cuándo se había dado cuenta que no me amaba más?. Que no tenía la vida que quería, que necesitaba buscarse un lugar más propicio que no era cobarde y asumía su deseo. Un lugar más propicio había dicho. Que estaba cansada, muy cansada. ¿Y quién era el Kincaid de acá?. Marcos había opinado que nadie se va de su casa si no hay un tercero oculto, que generalmente se blanquea unos meses después de separarse, como para no sentirse traidores. Para seguir siendo queridos por sus hijos, sus padres, inclusive su ex. Como para ser perdonados.

Me quedé pensando si yo era felíz, ahora que ella lo mencionaba. Después pensé, al fin y al cabo ¿qué es la felicidad?.

Dio la sensación que para alivianar la discusión entre Susana y yo, o para disimular la angustia que se me debe haber hecho patéticamente evidente, uno de mis hijos, Pablo que estaba presente, la miró viéndose al espejo de perfil y le dijo ¿alguna vez te pusiste a pensar que tenés la misma edad que Mary J. Blige? Es increíble ¿no? y le mostraba un video de la diva del soul en jeans y saco de cuero adherente con piel negra en la capucha, desde su notebook. Mary J. –meriyei decía Pablo- ostentaba un cubis con cadenita de plata que le decoraba el ombligo expuesto y los dos senos morenos, redondos, ubicados en su lugar de origen se veían hasta infantiles. ¡Qué mina, por diossss! Fue categórico, aplastante. Ella se alejó del espejo con un ataque de llanto. Se armó las valijas y partió a instalarse en casa de Sara, su colega, hasta que mis suegros le desocuparon un loft pequeño que usaban de depósito de trastos viejos. Desde entonces vive allí.

Susana es la psicóloga del Hospital y trabaja el resto del tiempo en el dispensario del Barrio Las Ranas.

- ¿Pusiste boyas para superficie?

- Si, Enrique.

- ¿Y muñecos?

- También.

- Dicen que el pique estaba impresionante ayer, se dieron casos de chafalotes.

- ¿Aquí?

- Si. Chiquitos, pero chafalotes, y doradillos. Las palometas se tentaron también con los muñecos. Poné el suero que hay mucho camalote y andan a full las bichas.

- De eso se encarga el Negro.

- ¿Bebidas?

- Todas. De la carne se ocupaba Marcos.

- ¿Qué llevo?

- Lleváte las pastillas para bajar los decibeles, todavía estas agitado hermano. Y el carbón.

Mientras acordábamos los últimos detalles, se le había caído el sistema de venta, golpeaba con una regla transparente de 30 centímetros de largo el borde de la pantalla plana y zapateaba, debajo del escritorio mostrador, aboyando la carcasa de la CPU, juntaba los dientes y abría los labios hablando con los ojos apuntando al techo, como si en el techo estuvieran pintadas todas las deidades por Michelangelo.

Salí del negocio y la llamé a Susana: -me voy 2 o 3 días con los muchachos a la isla ¿te dejo a los chicos?- Por supuesto que no. Imposible, ella había hecho planes. -¡Hace meses que no pasas una noche con ellos Susana! - van a cuenta, dijo, de las noches de pesca anteriores, los viernes de peña con show de bailarinas de caño, el verano de navegación hasta Brasil sin comunicación, las fumatas en la isla los fines de semana cuando los chicos eran bebes… Andá descontando, sentenció, que todavía tengo mucho crédito. Y apagó el celular ¡Mierda!.

Cuando bajaron la lancha al agua desde el embarcadero del Rowing, eran las 2 de la tarde del viernes. Había sol y los seis se acomodaron encimados junto a las provisiones. A los hijos de Pedro los obligaron a usar salvavidas, iban sentados mirando hacia atrás la estela blanca, brillosa, que dejaban al navegar el río marrón. El Negro dibujaba eses en el agua, a toda velocidad, esquivando las olas de los buques cargueros y las dragas. Los chicos disfrutaban sin embargo de esos saltos que cosquilleaban el estómago, y el plaf plaf de cada aterrizaje implicaba un festejo con risas nerviosas. A medida que se acercaban a las islas, después de cruzar el canal grande, los sauces aparecían mojando las hojas en la correntada y el movimiento que producían las hélices del motor hacía subir y bajar un grupo de camalotes. Descubrieron entonces, hasta dónde había llegado el agua, que de otra forma, con la quietud del riacho por el que ahora estaban navegando, sin tránsito de pescadores, hubiera semejado un campo verde sobre tierra firme, daban ganas de saltar de la lancha y salir caminando por el pasto que ondulaba. Entre esos camalotes, la escuela pintada de blanco y celeste como para instalar patria: Escuela Flotante Nº 42 "Alejo Peyret" Victoria Entre Ríos. Dos ventanas pequeñas, con maderas cruzadas formando zetas invertidas, una estructura de caño que sostenía el tanque de agua del que salía una manguera que se introducía en una de las ventanas, y un mástil con paneles solares. Sin bandera. Para qué, pensó el hijo de Pedro, toda la escuela era una bandera que flameaba en la orilla.

Se adentraron en otro de los ríos menores, había isla en las dos orillas, ni un ruido civilizado, y a la derecha de los caballos y vacas después de las mangas para cargar y descargar ganado, se divisó el rancho. El agua estaba cerca del patio circundante, la creciente había superado el límite de la playa y una culebra se deslizaba veloz cerca del tronco de aliso que señalaba el muerto en donde amarrar. -No solo el cristo al fin y al cabo, tiene el poder de andar sobre el agua, también las víboras son hábiles en ese asunto-, acotó el chico sin sacarse los auriculares y fotografiándola con el celular.

Levantaron el motor Johnson V6 y en las hélices había algunos restos de camalotes enredados. Marcos y Enrique las limpiaron con los cuchillos que llevaban en los cinturones, y bajaron el cargamento: bolsas de dormir, bebidas, provisiones varias, cajas de pesca, el botiquín de primeros auxilios con los sueros… Todo lo acomodaban en los peldaños de la escalera. El rancho construido sobre pilotes, elevado unos dos metros con puertas y ventanas amarillas, tenía mosquiteros hasta en las fisuras de la puerta. Cuando terminaron y el agua estaba quieta, se reflejaba en letras negras invertidas REY 017365 sobre el espejo marrón. Al mismo tiempo los destellos del río salpicaban el rojo profundo y blanco impecable del costado izquierdo de la lancha. Algo así como un doble espejo. Las ojotas y la remera del Negro habían quedado en la cubierta. Trabajaba en cueros y con botas de caña alta, -por las dudas, había dicho, es mejor protegerse los los pies-. Dio la orden a los chicos de buscar maderas secas para encender el fuego, quemar la parrilla, y comenzar a calentar la salamandra para la noche, que estaba en la habitación multiusos del rancho, con una pava negra de hollín, ubicada encima, del tamaño de un bidón de 20 litros de agua. El conjunto parecía un dispenser de los que se colocan en locales de venta, sanatorios, oficinas. Todo lo que había tenía una función práctica: una mesa de trabajo hecha con troncos en el frente del patio soportaba la carga de madera prolijamente cortada del tamaño de la boca de la salamandra, un antiguo arado de asiento de una reja, oxidado, hacía de límite con la maleza, un tanque azul a la altura del techo ubicado en la franja de sombras de los alisos, recogía el agua de lluvia que se usaba para beber y a modo de ducha manual; en el patio de tierra apisonada, piedras que dibujaban un círculo marcando el perímetro en el que se podía hacer fuego.

- Cuánta agua, me gusta el ruido que hace el río en la isla.

- Relaja

Pedro se instalaba la reposera improvisada entre dos palos plantados: una hamaca paraguaya que se había comprado en las Cataratas y que dejaba siempre en el rancho. El Negro y Enrique se arrimaron al agua con sus cañas, el medio mundo y un ril con la esperanza de pescar algo para tirar en el disco o a la parrilla según el tamaño.

- Pa, no tengo señal

- En la isla a veces no hay.

- Ah bueeenooo, un fin de semana incomunicado, esto es un garrón.

- Te trajiste música, dejá de joder. Unos días sin mensajes no matan a nadie, Pablo.

- Quiere controlar a la novia, jajaj

- ¿Qué novia?

- Calláte boconazo. ¡Sos insufrible Germán!.

- No pelees a tu hermano.

- ¡Muakis muakis… en la plaza todas las noches!

- ¡Te reviento!

- Che ¿la pueden cortar? A los dos les digo.

- Después vuelve y entra a las páginas pornos.

- ¡Basta Germán! Andá a ver qué están pescando el Negro y Enrique, o seguí juntando madera para la fogata.

Marcos saliendo del rancho arrimó un tronco cerca de Pedro. Se sienta. Trae un libro y el mate en la mano. - Encontré este libro en la mochila de Enrique. Está loco este tipo, ahora lee guiones de cine. Antonioni, década del 50´- y lee con voz afectada:

«CLELIA: Soy demasiado independiente para ser una mujer tranquila en una casa modesta. Trabajar es también mi forma de ser mujer, de amar, de participar en la vida ¿entiendes? Quizás un día tenga suerte y encuentre un hombre con el que pueda vivir sin que él o yo tengamos que renunciar a nosotros mismos. Pero si tú y yo vivimos juntos, Carlo, estoy segura de que uno de los dos sería infeliz.

CARLO: Tal vez. Yo no consigo imaginar la infelicidad cerca de ti, pero no te pido que arriesgues la tuya.

CLELIA: ¿Crees que es fácil renunciar a ti? Me siento como una mujer en peligro»

- Ahá… Si lo estás relacionando con Susana, te recuerdo que siempre trabajó en lo que quiso. Y el "tu" de ese diálogo me saca.

- Ehhh che ¿estás paranoico? Analizaba el diálogo una alumna del taller de Enrique, están los apuntes de la mina. Dice que se confunde amar sólido con conservar privilegios de otro tipo. Por ejemplo, se confunde amor con dependencia, sobre todo en la mujer. Vos algo de esto estudiaste,

- Marcos, eso podría haber sido en la década del 50. Hoy, 2012, ni ahí. Y amar sólido, amar líquido, eso lo leí en algún libro si, conozco la idea.

- Digo, por qué asocias con Susana si yo solamente…

- Susana es independiente. Siempre fue así. Chúcara y libre, diríamos en la isla. Lo que tiene es una crisis: la cosa conmigo no le funciona, o conoció a alguien que le viene mejor, que le da más. Que le da más de lo que sea.

- ¿No supiste de nadie?

- No, aparentemente sigue sola. Andá a saber…

- ¿Nadie del dispensario?

- ¿Sabes algo?

- No, no. Solo la vi con el chofer de la ambulancia 2 o 3 veces.

- ¿Adónde?

- En el bar de la EG3

- ¿Con el peludo de rulos?

- Con ese. Bueno, siempre puede ser un encuentro laboral, Pedro.

- Si. También el cornudo siempre es el último que se entera. El chofer de la ambulancia. No lo puedo creer ¿Con ese pendejo? ¿Ese pendejo hijo de mil putas es el Kincaid?

- ¿Quién?

- Nada, nada. Iniciamos la semana pasada los trámites de divorcio. Duro, todo muy duro. ¿Vos con Martha, bien?

- A mi no me dan los números para divorciarme, Pedro. La verdad es que no me dan los números. Y a Martha no la puedo dejar en pelotas, Matías todavía es chico. Todo mal. Yo sigo saliendo con la minita que me edita los videoclips.

Era algo que no se habían planteado de jóvenes. A los 18, cuando elegían qué estudiar, nadie pensó que después, de eso había que vivir. El Negro había sido el más pragmático. El viejo tenía una clínica, era el médico rural, de las villas, los ancianos, las familias; así que El Negro había estudiado Medicina y además se había especializado en gerontología, abrió un sanatorio modesto y construyó consultorios para traer especialistas de Rosario. Atendía a todo el pueblo, como su padre. Estaba acomodado. Su casa, el rancho en la isla, la lancha.

En cambio ellos terminaron dando clases. Clases de videoclips, escritura, fotografía, abrieron talleres de todo lo que se relacionara con lo que habían estudiado. Pedro ni siquiera eso, pero con los seguros y la inmobiliaria, se defendía. Se había separado, ahora vendría el divorcio con la división de bienes, y estaba en condiciones de pagarle la mitad de la casa a Susana. Él se quedaba con los hijos, y ellos necesitaban la casa. Lo calmaba. En medio del arduo trabajo del desapego de Susana, seguir en el mismo sitio, hurgar en las mismas habitaciones con los mismos olores de siempre, lo calmaba. La rutina. El rito de levantarse zombi, caminar tres pasos llegar a la puerta de su habitación, girar a la izquierda encender la luz del baño, dos pasos y orinar, dos más y media vuelta, lavarse la cara las manos, afeitarse, a la izquierda el toallero, cuatro pasos y entrar a la habitación de los chicos, taparlos, caminar hasta la cocina poner la pava para el café y leer los diarios en la notebook sobre la mesada. Olor a café fuerte y a tostadas con manteca. No importaba si estaba solo o con Susana. Era un duelo menos que elaborar. La casa, los hijos, los ritos, se quedaban con él.

-¿Listo el fuego? La parrilla ¿limpia?- Enrique y El Negro traían un dorado de unos 15 kilos. En las manos a modo de trofeo, como acunando a un bebé. Antes de abrirlo pidieron fotos al hijo de Pedro, y posaron como campeones de pesca de Esquina o Bella Vista, con las gorras con viseras a modo de corona y El Negro con las cañas como bastón de mando. Dos embaucadores, porque se veía en el bote a remo alejándose de la playa, Juanci, el casero de la isla de los Parrilli, que hacía changas vendiendo dorados y surubíes a los fugaces pescadores del pueblo que por más que lo intentaran, solo sacaban mojarritas, viejas del agua y palometas. O a veces, alguna raya.

La culebra que nadaba cerca de la lancha cuando llegaron, ahora se trepaba a la cubierta desde una hélice del motor, y comenzaron a dudar de si era o no culebra. Juanci había dicho " ojo, está lleno de yararás". El Negro buscó con los ojos el botiquín con los sueros antiofídicos polivalentes y el decadrón: estaba en la escalera. Se tranquilizó. Germán y Pablo alrededor de las piedras, quemando la parrilla y limpiándola con diarios viejos, no se percataron de la víbora. Enrique se aprestaba a limpiar el dorado sobre la mesa improvisada de troncos, luego adobarlo y más tarde seguir leyendo el guión de Antonioni: un modo de olvidarse de la carta documento, los abogados jóvenes, el posible juicio…

- Pedro ¿le ves desde allí la forma de la cabeza?- señalando a la víbora que ahora estaba sobre las ojotas del Negro en la cubierta

- Esperá que me arrimo un poco.

- No me parece triangular, puede ser falsa yarará- dice Enrique poniéndose los anteojos que llevaba en el bolsillo del chaleco

- Tiene razón Enrique, Negro. Tranquilo.

- Che, se ponen todos las botas de goma que traje. Dejen de embromar con las alpargatas. Vos Pedro, obligá a tus pibes a que se las pongan ya.

El Negro dio un sermón-clase sobre la época de apareamiento, rituales y los efectos de las crecidas en el comportamiento de las víboras: -andan nerviosas, no hay ratones, les falta comida, salen durante el día y no solo de noche en ésta época. Cuidado-. Los chicos confirmaron con una rama que era culebra, la voltearon y vieron los ojos con pupilas redondas, el cuello unido a la cabeza oval… Y preguntaron sobre el apareamiento.

- Bueno, la hembra es más larga y más pesada que el macho. Se elevan en un ritual que parece una especie de danza, en fin.

- O sea Negro, ¡qué laburo para el macho! Jaja

- Tomáte la pastillita que te hace ver todo azul y listo, Enrique.

- Pablo, Germán, lleven leña a la salamandra, después si pueden, la encienden.

- No debe ser tan difícil, nosotros sí tenemos encendedores, kerosene, no como el náufrago,

- O sea que, digamos, la previa es el baile,

- Digamos, si. No chupan Coca con Fernet como ustedes,

- ¿Y después?

- Se separan. Las víboras son solitarias. Cazadoras solitarias.

- ¿Y las crías?

- No las cuidan . A los 20 minutos de nacidas son independientes. No hay lazos familiares ni grupales.

- No te rompen las bolas tus viejos Germán, un paraíso la isla si sos víbora.

- Bueno, no podrías escuchar a Mariyei, jejej, son sordas

- ¿Cómo? ¿y los encantadores con las flautas?

- Puro mito.

Los hijos de Pedro llevaron la leña al rancho. Pedro pensaba en la carencia de oído externo, de oído medio.

- Uno sería inmune a Lucía, por ejemplo, el tema de Serrat que bailábamos en Barbaroja ¿se acuerdan?… Seríamos inmunes a Freddy Mercury , Amor de mi vida, love of my life, don´t leave me.

Risas – ¡sos un nostálgico viejo!- Marcos y El Negro bailaban lento abrazados, se acariciaban el pelo, la espalda. El Negro aún con las cañas en la mano, las dirigía al trasero de su pareja y pretendía introducirlas por debajo del cinturón. Enrique le pasaba la lengua al dorado cerca de los bigotes y sonorizaba besos.

¿Te acordás Negro?, vos Marcos ¿te acordás? Esa noche conocimos a Martha, a la flaca. Yo, a Susana. ¿Adónde mierda fué a parar aquel baile?

  
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María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-