"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




MATÌAS SETTIMO: Menciòn Nivel Uno

Publicado en Cuentos el 7 de Abril, 2012, 16:57 por MScalona

UN ADIÓS VIOLENTO

 

“Ojalá nunca sepas quién eres.”

SÓFOCLES [Edipo Rey]

 

"Él no mira nada: retiene hacia adentro su amor

y su miedo, la mirada es esto; es un efecto de

verdad y de locura."

ROLAND BARTHES

           

1.

 

Recuerdo ese día como si fuera hoy.

Estaba de visita en el departamento de Florencia en Buenos Aires. Quedaba en pleno barrio de Recoleta, enfrente de un cementerio. Es un cementerio famoso, me aclaró ella. Verlo me causó terror, no dejaba de ser un cementerio, una necrópolis, una porción de tierra llena de lápidas, nichos, ángeles de mármol, gente llorando y un montón de cuerpos enterrados. El edificio daba exactamente al frente del cementerio, con el balcón y las ventanas del dormitorio y la cocina con vistas al mismo. Qué horror, pensé.

En seguida le pregunté a Florencia si no había sentido una vibración extraña, o visto gente rara deambulando por la vereda de enfrente. ¿Rara cómo?, dijo, más con ganas de que terminara con el tema que por interés en responder. Raras como si estuvieran muertas, le contesté. Casi se ahogó de la risa. Aclaró que no, que nada que ver, que ese cementerio era famoso, que estaba lleno de turistas que venían a visitarlo. Creo que mi pregunta la ofendió, noté en ella un cambio de actitud, el departamento era muy lindo, pero la zona enfatizaba en mí el terror, y sé que le cayó mal que se lo dijera porque de un instante al otro tomó el cementerio como su causa, pero más que eso, lo tomó como una fundamentalista, lo hizo su leitmotiv, quería venderme el cementerio a toda costa como si fuera un producto a base de Baba de Caracol. Uno la escuchaba y te terminaba convenciendo, me daban ganas de ir a pasar quince días con pensión completa en pleno cementerio. Sin embargo, yo no soy ningún tonto, pero sobre todo, soy un gran cobarde (de cobarde no me gana nadie), y de haber sabido que vivía frente a un cementerio, nunca hubiera viajado. Se lo dije. Ella seguía elogiando el lugar, la zona, y ahí me di cuenta de que el dato me lo había omitido a propósito. Creo que nadie, nunca, le va a encontrar a un cementerio tantas virtudes como mi amiga. Por cómo hablás dan ganas de morirse para ir, le dije, y no le causó.

Ella insistía en venderme un nicho. A cada uno de sus slogans yo se lo bajaba a escopetazos. Está la tumba de San Martín, ¿sabías que es mentira que cruzó los Andes? La de Yrigoyen; soy peronista. La de Eva Perón; me dejó de gustar cuando me enteré que era actriz, prefiero al General. La de Alfonsín; un débil total. Hasta la de María Marta García Belsunce. A medida que enumeraba me causaba más aversión. Florencia, ¿vos me vas a decir que María Marta García Belsunce descansa en paz? Me contestó que no tenía ni idea quién era, pero que la había oído nombrar mucho y que pensó que era una actriz. Al día siguiente, y sólo para demostrar mi buena predisposición -algo de lo que carecía por completo, y de ahí surgía mi necesidad de demostrarle lo contrario-, prometí hacer el tour, quería visitar la tumba de Girondo, la de Bioy, y las de las Ocampo.

Cuando la situación se calmó le quise contar mi tragedia personal, pero ella estaba cansada y era comprensible, trabaja 26 de las 24 horas que trae el día. Creo que también yo la cansé. Ella se desvivía trabajando para pagar el alquiler y yo alegremente me ponía a criticar. Me dijo que le contara el sábado, me dio un beso y se fue a dormir. Me quedé mirando el humo de mi té, y pensando en que recién era lunes. Intuí que los días iban a ser largos.

A mí todo me daba miedo. Desde chico. La oscuridad, mi padre, la calle de noche, los lugares donde murió gente, mi vieja, los crímenes, los espiritistas, el abandono, la locura, las enfermedades. Todo. Y todos los días descubría nuevas cosas que me aterraban, la realidad era una fuente inagotable de nuevos miedos. Esa noche mientras terminaba el té mirando el cementerio, me acordé de una historia que aún hoy me asusta. Era un cuento de terror entre un tipo que escapó de un manicomio y un hombre al que ese loco se le mete en la casa. No sé dónde lo leí, o quién me lo contó, el cuento no cierra por ningún lado, pero igual me aterraba la idea de que alguien extraño se cuele en mi intimidad y la altere.

2.

 

El día siguiente me encontró acostado. El dormitorio de Florencia tenía dos camas individuales idénticas, una al lado de la otra. Desde hacía mucho tiempo vivía trepado y haciendo equilibrio sobre mis pensamientos: me restaban cinco materias para recibirme de contador y constantemente me preguntaba para qué graduarme, y la pregunta lo ocupaba todo, al punto de que si alguien me miraba con detenimiento podía verme la cara partida al medio por un signo de interrogación enorme que me la dividía en dos hemisferios y, visto de costado, el signo de pregunta parecía un gancho de carnicero que me sujetaba desde el mentón.

No pensaba en otra cosa: no salía, no buscaba trabajo, no hacía deporte, no leía, no sacaba fotos y lo que era aún peor: no cursaba, no estudiaba y no rendía. Tampoco cogía, vivía en un celibato involuntario, porque la parálisis se había apropiado de todo; mi existencia estaba subordinada a la interrogación, a una condena de quietud contemplativa, a una prisión llamada introspección -y siempre creí que no existe nada menos vanidoso que la introspección, así que la transitaba como diciendo: acá estoy, perdiendo el tiempo conmigo-. A lo que voy: no realizaba ni el esfuerzo de hacerme el profundo, o el meditativo, el Sai Baba.     

 Tirado en una de las camas, miraba la lámpara del techo reflexionando: que sacar fotos, que tirar Impuestos; que me gustaban las fotos, que si me ponía a estudiar Impuestos; que qué buenas fotos le saqué a Florencia, que qué poco me gustaban los impuestos; que podía hacer curso de iluminación para mejorarlas, que si me ponía a estudiar Impuestos o arrancaba con Finanzas; que me gustaba el encuadre de la lámpara de Florencia, que estaba para sacarle una foto, que Impuestos no me gustaba pero a Finanzas no la entendía; que si le pedía el zoom a Darío podría sacar la foto de la lámpara, que si pedía una carpeta de Finanzas a lo mejor la entendía; que había que encontrarle la vuelta (no a finanzas sino al zoom para sacar la foto), bueno a finanzas también, pero que mejor estudiaba Impuestos; que si cerraba la ventana podía aprovechar la luz tenue que pegaba en el espejo, porque Impuestos era difícil y larga, mientras que Finanzas era más corta, pero inentendible; que si corría el ángulo para sacar la foto conseguiría mejor luz -y por eso me corrí-, que Finanzas también tenía práctica pero prefería los impuestos; que sí, que mejoraba la luz desde ese costado, que tenía razón, que estudiaba Finanzas y listo; que desde la izquierda la lámpara parecía más larga que del otro lado, pero que desde la derecha no parecía una lámpara sino un sol o un plato volador, que si agarraba Impuestos mejor empezaba por Ganancias y por IVA que los tomaban seguro; que no, que mejor el ángulo derecho; que había un tipo escondido debajo de la cama de al lado que me miraba fijo.

3.

 

Padrenuestroqueestásenelcielo…Santificadoseatunombre…vengaanosotrostureino…Hágasetuvoluntadenlatierracomoenelcielo…

Que si Dios fuera misericordioso recordaría toda la oración en un momento como este. Que qué buen momento había elegido para empezar a ser creyente. Que de existir Dios a lo mejor el tipo este no era lo que parecía  -un asesino, un ladrón, un prófugo de la justicia, un enfermo psiquiátrico, un violador- y era un ángel de la guarda, excedido de peso y feo como él solo. ¡Que justo a mí me venía a tocar un ángel de la guarda feo! Que qué pretendía si recién hacía unos segundos que iniciaba mi corto camino en la fe. Que qué difícil era no tener una crisis de fe en un momento así, que debía ser más fácil si uno a su fe la fortalecía con el tiempo, que era más fácil no creer en nada como hice siempre. Que si en vez de cuestionar mis creencias y pensar tantas pavadas no veía la forma de salir con vida de la habitación. Que ni bien tuviera resuelto todo este asunto la llamaba a Florencia y le contaba que había alquilado en un barrio inseguro. Que a la cuenta de tres abría los ojos, y le hablaba, que hablando la gente se entiende, que él también buscaba que lo quisieran, que no cambiaba en nada la cantidad de personas que haya matado, que era un ser humano y un alma sensible y que él y yo éramos lo mismo. Que a lo mejor la gente no violaba porque quería, que a lo mejor él violó para protegerse del mundo, por su fragilidad. Y ya no lo hacía más, y era como me gritó mi terapeuta durante los últimos diez años: EL PASADO YA FUE, y el tipo se dedicaba a otra cosa, dirigía una ONG para prevenir el abuso sexual, por ejemplo. Que a lo mejor le caía bien y ni me violaba. Que si Dios existiera yo no estaría pasando por esto­; que la fe era una manta corta; que a la cuenta de tres abría los ojos, y Dios, que me escuchara bien, porque esa era la última oportunidad que le daba para demostrarme que existía.

Uno. Dos. Tres.

Que el tipo seguía ahí, y Dios brillando por su ausencia. Que la fe era la excusa predilecta de los débiles. Que claro, que así cruzado de brazos todo el mundo podía ser Dios. Que Dios estaba sobrevaluado. Que Padrenuestroqueestásenelcielo, que ¿cómo seguía la oración? Que si en vez de pensar tanto abría los ojos, que si una vez abiertos, los dejaba así: abiertos, que qué fea esa manera de comprobar lo que ya sabía: que la valentía no era mi fuerte.

4.

 

Abrí los ojos; seguía ahí.

Que qué hacía, que mejor me hacía el muerto, que tal vez el intruso no tenía nada contra los cadáveres, que ya sería el colmo si era también necrófilo. Que no, que no podía hacerme el muerto porque seguro que me había visto sacándole fotos con mi cámara imaginaria. Que mejor volvía a respirar porque me estaba poniendo azul y no quería llamar su atención.

Que tenía que abrir los ojos de una vez.

Que el tipo debía medir seis metros de largo y pesar doscientos kilos. Que si no escuchaba cómo me latía el corazón debía ser medio sordo. Que teniendo ese cuerpo si no me había golpeado y robado todo, era porque quería algo más. Que si era un violador lo iba a tener que mirar a los ojos, porque eso los inhibe y no falla, lo había visto en la tele, ¿o era para los animales lo de mirar a los ojos y lo vi en Discovery Channel? Que a lo mejor lo miraba y me violaba peor, porque pensaba que lo estaba desafiando, o que él me gustaba.    

Dio vuelta la cabeza y miró para mi lado.

Petrificado cerré los ojos, e interrumpí mi respiración otra vez. Que padrenuestroqueestásenelcielo…

Abrí los ojos cuando no pude aguantar más sin respirar. Que a cuánto estaba de él. A menos de un metro. ¿Por dónde entró? Esta Florencia, siempre igual, siempre tan confiada, que no, que el edificio es seguro, que un Cementerio es lo mejor que te puede pasar en la vida; sí, seguro, seguro que entró por la puerta… Hice memoria: ella se fue a las siete de la mañana, me saludó, me dijo estoy apurada, y le dije… ¡Ay! ¡Soy un imbécil! -pensé y lo hubiera gritado de no tener ese hombre escondido debajo de la cama de al lado-, hubiera gritado porque le dije como un infeliz: dejá Flor, cierro yo. Y me quedé dormido y ahí me entró el sátiro, esta fiera sexual, ¡la puta que me parió!

Estaba duro, muerto de miedo, miraba la lámpara y pensaba a la velocidad de la luz. Pensé en hacerme el ciego, pero después dije: 1) me vio sacando fotos imaginarias 2) ¿cómo hago para hacerme el ciego? El sordo, el mudo, el muerto, el manco, todavía, ¿pero el ciego? Hasta que se dé cuenta de que soy ciego me metió cien puñaladas en el pecho 3) ¿para qué hacerme el ciego? ¿Para conmoverlo? Pero mirá si un chacal como ese, un asesino serial que escapó de una prisión de máxima seguridad, tras matar a no sé cuantos, que está loco y desquiciado, que quiere violarme, robarme y encima sacarme los órganos, se va a conmover porque sea ciego… ¡Cómo puedo ser tan inocente!

5.

 

         Lo empecé a mirar con el rabillo del ojo. El tipo me miraba fijo y estaba más asustado que yo. Y  me acordé de lo único importante que me dijo mi papá en toda mi vida: vos pensá que el otro siempre tiene más miedo que vos. Y era verdad, él temblaba. Yo también. ¡Qué situación! Tomé coraje y despacito, muy despacito, giré la cabeza (con los ojos cerrados) hacia el costado donde estaba él. Cuando toqué con la mejilla la almohada, abrí los ojos de a poco, lentamente. Esperaba que sacara un hacha o un garfio o una moto sierra y me arrancara la cabeza, pero nada. Cuando los abrí del todo, lo vi.

Lo miré fijo. Él igual.

Me sostuvo la mirada. Nos miramos por largo rato, como dos animales que no saben de qué especie es el otro. Los dos callados. Y de a poco, el miedo se me empezó a ir, a disipar y creo que a él también. No sé cómo explicarlo, sucedió todo de un momento para el otro: el miedo le dejó su primer plano a la expectativa. La mirada tiene eso, lo que es mirado se interviene, el que mira se apropia del objeto y lo hace suyo al conmoverse. El mirado se esculpe, se reduce, se lima, hasta que obtiene la forma deseada. Por eso la belleza radica en el que mira, porque en definitiva es él quien vuelve la carne del otro deseo. Yo soy fotógrafo, y eso lo sé muy bien. 

         Cuando se me fue el miedo, volvimos a ser lo que siempre habíamos sido, pero sin la distorsión del susto: dos hombres. Nada más, ni nada menos.

         Así como el terror era una Muralla China imaginaria que nos distanciaba, al disiparse se hizo evidente la separación física, hecha de un metro o menos, y era la que nos convertía a él en intruso, y a mí en víctima; a él en ladrón, y a mí en asaltado; a él en captor, a mí en rehén; a él en uno y a mí en otro; a él en él, y a mí en alguien con miedo. Y no me gustó, hay diferencias que lastiman.

Habitar de ese modo el mundo junto a él, se me hacía insoportable.

No era miedo, era incomodidad, y dolor. Entre los dos había un camino hecho de vidrios de botellas rotas, no podíamos acercarnos sin lastimarnos, pero tampoco nos podíamos ignorar. Estábamos obligados a recorrerlo, y a encontrarnos si queríamos salir de ahí.

6.

 

Lentamente empecé a acercarme. De a centímetros mi mano reptaba en un movimiento imperceptible de babosa, pasando por el edredón azul, el borde de la cama, el aire y finalmente el piso de madera. Tenía la necesidad de tocar todo en el trayecto, como si con el tacto buscara signos ancestrales que me reconfortaran confirmando que lo que sentía era correcto por más que se opusiera a lo que mi mente me gritaba. Nunca experimenté tanta tensión entre cuerpo e intelecto, como ese día.

Cuando se dio cuenta, para mi sorpresa, empezó a acercarse. Y tras varios minutos que parecieron horas, nuestras manos se acercaron tanto que terminaron tocándose.

Él dejó de ser ese otro escondido debajo de la cama, para transformase en una mano tibia, que me daba seguridad.

El apretón fue amable, aunque distante: no nos conocíamos. Pero el contacto me hizo bien y creo que a él también, porque sonrió. Verlo así me alegró, entonces apreté con más fuerza su mano y tuvo un gesto que me encantó: retribuyó la intensidad de mi fuerza con una fuerza idéntica.

Habíamos sembrado la complicidad, acababa de nacer el nosotros.

Luego, suavemente, como si se fuera a romper, se llevó mi mano hasta su boca y me besó el dorso. Me tuve que contener para no llorar ante ese gesto de cariño infinito -porque a un conocido lo quiere cualquiera, pero querer así a un extraño, eso sí que tiene su mérito.

Nos quedamos los dos esperando un largo rato sin saber qué esperábamos. Entonces hablé, le dije: dale, parate, ¿qué hacés ahí tirado?, y él salió sin soltarme.

Ya eran las cinco de la tarde y en pleno invierno el día empezaba a morirse.

7.

 

¿Qué hicimos después?

Lo mismo que todo el mundo a las cinco de la tarde: tomamos el té con escones.

Nunca vi una persona comer con tanta desesperación. Devoraba los escones llenándolos de mermelada. Le serví tres tazas de té. A pesar de su cuerpo inmenso, por la forma en la que se sentaba en la silla, pude intuir su alma de paloma, la timidez porque no miraba a los ojos, y la inseguridad por el tono casi susurrante con el que hablaba, como si evitara perturbar al silencio.    

Después se tuvo que ir porque estaba oscureciendo y -según me dijo- vivía en un barrio peligroso. Insistí en acompañarlo, me daba miedo que anduviera solo a esa hora. Él se negó, porque no quería que me pasara nada malo a mí a la vuelta, pero le insistí tanto que lo convencí.

         De regreso al departamento, pensé qué extraña forma de conocernos era esta, pero en definitiva, era tan buen comienzo como cualquier otro. ¿Qué sentirá un ratón al que descubrimos en nuestra cocina, cuando nos ve subidos a una silla gritando aterrados, mientras lo golpeamos con una escoba? Probablemente, lo mismo que nosotros.

A mí después de conocer a Juan Cruz –sí, se llamaba como yo, ¿no lo dije?-, después de conocerlo ya no me asusta nada.    

Cuando entré al departamento el frío del picaporte me devolvió la sensación de que nunca había salido. No me hizo falta cerrar la puerta con llave, Florencia la había cerrado esa mañana antes de irse.

Desde ese día, que recuerdo como si fuera hoy, me dedico a hacer fotos con toda mi pasión.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-