"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




NICOLÀS FOPPIANI, 2º Premio Nivel Uno

Publicado en Cuentos el 5 de Abril, 2012, 16:00 por MScalona

LA PIPA DE PAPÁ

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La realidad es una sucesión de causalidades infinitas,

lanzadas hacia la nada. 

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Me estiré hasta alcanzar el minúsculo pulsador ubicado sobre la puertaabierta al abismo de la calle. El timbre sonó con un canto de pajaritos.Prohibido fumar y salivar, descendí por la puerta trasera. Sin detenerse deltodo, el Expreso Alberdi me dejó justo en esa esquina. Aunque ya sabíala hora, miré mecánicamente el reloj una vez más. Las siete menos cinco. Habíallegado a la cita con puntualidad y pocas esperanzas de que mi futuroentrevistado se hiciera presente. Anticipé que tenía por delante una amansadoraespera en el bar “La Pipa de Papá”, establecimiento al que solía evitar por eldejo ceniciento que su café quemado me dejaba en la boca.

Elegí una mesa cualquiera, cerca de la ventana que daba a la calle. Elmozo me dio la bienvenida repasando la fórmica con un trapo rejilla que parecíaensuciar más de lo que limpiaba. Por suerte, para cuando me trajo el café, lapátina de humedad ya se había secado.

Mi ansiedad tornaba inútil cualquier intento de leer el diario. Melimité a fumar un Particulares atrás de otro, como hacía siempre que losnervios me ganaban de mano.

Ya no cabían más colillas en el cenicero triangular de Cinzano, cuando,interrumpiendo con su presencia el ademán de recoger mis carpetas para irme,una silueta se recortó en la puerta que daba a la ochava de Balcarce y Urquiza.

Aunque nunca nos habíamos visto antes, intuí que aquel hombretón algoentrado en kilos era la persona que estaba esperando. Calculé que, si bien nodebía tener más de cuarenta y cinco años, las ojeras que oscurecían su miradalo hacían parecer bastante mayor. Mi pálpito se confirmó cuando enfiló hacia lamesa que yo había estado a punto de abandonar. Apretaba una carterita decuerina negra en el sobaco.

–Hace una hora que espero que amagués a irte para entrar. Te hacía másgrande, al final sos un pibe –dijo mientras derrumbaba su humanidad sobre eltapizado cremita de la silla. Yo tenía entonces veintitrés años, un flamante ypor el momento decorativo título en comunicación social y un bigote ralo que,junto a mi provocada compulsión por el tabaco negro, desnudaban mi urgencia porparecer un periodista comprometido.

No se presentó, porque ya sabía que yo sabía que era Mario EnriqueLambertucci, “Raúl” para los compañeros.

–Perdoname por el plantón, qué va’cer, pasan los años, uno pierde elpelo pero no las mañas. ¿Tomás otro café? –ofreció con media sonrisa, mientrassu mirada recorría distraídamente el interior del bar en el que –excepto poruna mujer mayor que bebía a sorbitos un té con leche– éramos los únicosparroquianos.

Seguramente había estando vigilando el lugar desde antes de mi llegada.A distancia prudencial me habría observado apearme del colectivo y sentarme aesperarlo, para hacer su entrada en escena una vez comprobada la seguridad dela cita. Su actitud no me sorprendió. Ya había aprendido que muchos de quieneshan vivido en la clandestinidad continúan tomando medidas de contraseguimientoaún años después de vueltos a la superficie.

Como era de esperar, al sentarse evitó dar la espalda a la puerta, porlo que tuve que desplazarme para quedar frente a él. Me sentí tentado depreguntarle si la elección del bar, ubicado en una ochava y con ampliosventanales, también era producto de alguna táctica aprendida en aquellos años.

Pasamos los primeros minutos de charla hablando de cosas intrascendentes.Notaba a Raúl algo ausente, quizás arrepentido de haber accedido a laentrevista. Me estaba midiendo. Intenté ganarme su confianza mencionándole ados de las personas que me habían sugerido contactarlo. No parecía estar dandoresultado. Al cabo de un rato, mi falta de oficio y su creciente parquedad secombinaron para empantanarnos en un incómodo silencio. Comencé a desesperarme. Sabíaque Raúl podía dar por terminado nuestro encuentro en cualquier momento. En unarranque de audacia decidí cortar por lo sano y encaminar la entrevista hacialo sustancial. Me había costado demasiado llegar a él como para desperdiciar laoportunidad preguntándole pelotudeces.

Desde hacía tiempo, y con la obstinada intención de escribir unacrónica sobre el tema, yo había encarado la quimérica empresa de pretenderconocer de primera mano cómo habían sido las acciones armadas revolucionariasen Rosario y el cordón industrial. Los pocos sobrevivientes a los que pudecontactar habían tenido papeles irrelevantes, no tenían ganas de hablar, o sehabían convertido en grises funcionarios provinciales que repetían como lorosel discurso políticamente correcto sobre aquellos años de plomo.

Según me habían comentado varios de sus ex compañeros de militancia,Raúl era distinto. Todas sus descripciones coincidían en algo: siempre fue untipo con huevos. Desde su ruptura con la 4 conducción,se había alejado de la actividad política y sobrevivía a duras penas contrabajos ordinarios.

– ¿Es cierto que usted formó parte del pelotón de combate que ejecutóla operación Las Delicias? –indagué mientras escondía el peso de la preguntafingiendo interés en el sobrecito de azúcar: Cafés La Fazenda, Cafferata 2419,Rosario, Cuna de la Bandera.

La mirada de Raúl se endureció. Había caído en la cuenta de que suinterlocutor no era un simple estudiante que pretendía rellenar una monografíasobre “Los movimientos liberadores de América Latina bajo la ópticaFoucaltiana de la microfísica del poder” o alguna entelequia de onanismointelectual por el estilo.

–¿Sabés que esa pregunta te puede costar muy cara, no? – dijo con vozqueda, mientras acariciaba con las yemas de sus dedos el inmaculado blanco delImparciales que estaba a punto de encender.

Aunque no estaba seguro de qué quería decir con eso, tuve la sensaciónde que había tomado por un camino sin retorno. Tragué saliva. Al fin y al cabo,nada le impedía sacar un revólver de la cartera y descerrajarme un tiro en elabdomen por debajo de la mesa, para sobresalto de la vieja que tomaba el té conleche. Traté de serenarme contando hasta diez. Pensándolo bien, su respuestaera un voto de confianza. No había desmentido mi afirmación.

Me contó su historia. Raúl provenía de una familia de trabajadores.Para él, ser peronista era algo natural. Había activado políticamente desde latemprana adolescencia, en la básica de barrio Las Delicias.

Su compromiso se fue profundizando a medida que incorporaba términoscomo vanguardia, masas, resistencia. Con el 5 paso a la clandestinidad de la orga, tuvo que borrarse. Seguardó en una casa segura que compartía con un puñado de compañeros llegados dedistintas partes del país.

Allí conoció a Silvina, una estudiante de letras que había renegado desu familia patricia salteña para proletarizarse como operaria del Swift.Cultivaron un amor secreto y enardecido. Se encontraban en el lavadero delfondo para tener sexo a escondidas de sus compañeros. Pocos días después derevelarle que estaba embarazada, Silvina salió a cubrir una cita de control ynunca más regresó. Alguien la había entregado.

Aunque nunca demostró su dolor, fueron duros meses en los que su moralrevolucionaria fue puesta a prueba. Cuando le informaron que por fin le habíasido asignada una misión de trascendencia, pensó que le vendría biendistraerse. Jamás discutía una orden de la superioridad.

Las vueltas del destino hicieron que, por mera casualidad, Raúl tuvieraen sus manos la ejecución de una acción bautizada con el nombre de su barrio deorigen.

Con la operación Las Delicias, la orga pretendía demostrarle ala dictadura que, pese a que los Falcon verdes reinaban en la noche, aúnconservaba poder de fuego en Rosario.

Caía la tarde del domingo 12 de septiembre de 1976. El alumbradopúblico demoraba en encenderse y los plátanos de calle Junín quitaban fuerza alresplandor del sol que ya se ocultaba. En la cabina de una Ford F-100deliberadamente estacionada en el sector más oscuro de la cuadra, Raúlalternaba su vista entre el cigarrillo que sostenía con los dedos índice ymayor de su mano izquierda y el espejo retrovisor de la camioneta. Jugaba a mantenerla ceniza en su 6 lugar el mayor tiempoposible. De tan larga, parecía un bicho canasto anidado a continuación delpucho encendido.

Apagó la radio. El partido entre Rosario Central y Unión de Santa Fe,con victoria del auriazul por dos tantos contra uno, ambos goles de Potentepara el local, había transcurrido sin sobresaltos. Pocos hinchas visitantes yun resultado favorable al equipo canalla sellaron la tranquilidad en Arroyito.

El estadio gigante con doble anillo de tribunas de cemento aún era unproyecto anunciado en carteles que muchos miraban con escepticismo. Pese a losesfuerzos del gobierno por demostrar que tenía la organización encaminada coneficiencia castrense, el campeonato de fútbol todavía aparecía como unadistante y faraónica nebulosa en medio del denso clima social. Pocos díasantes, el 19 de agosto, habían reventado a tiros el Fairlane que transportabaal general Actis, quien sólo llevaba 42 días como titular del Ente Autárquico Mundial78. Pese a que en la prensa se había atribuido el hecho a la “guerrillasubversiva”, aquella ejecución tenía tufillo a interna militar. Nadie queríaquedarse afuera del botín que significaba administrar los fondos del mundial.

Apenas doblando la esquina, sobre los primeros metros de calle Rawson ycon la culata orientada hacia el paredón de Junín, un Citroën 2CV celesteescondía en su baúl nueve kilos de trotyl y cinco de metralla compuesta portrozos de acero, bulones, tuercas y clavos. Con un crucifijo de plástico azulcolgando del espejito y la calcomanía de una rana “en ablande” en la luneta,parecía el auto más inofensivo del mundo. Por su frágil carrocería de lata deconserva, los 2CV ofrecían una mínima contención a la onda expansiva del trotyly resultaban ideales para montar una vietnamita. Así estaba explicado en7 el capítulo correspondiente a “explosivos”del manual del combatiente. Además, los Citroën eran casi tan fáciles de robarcomo una bicicleta.

Secretamente, Raúl sentía lástima de destrozar un coche tan noble.Afloraron imágenes de aquel viaje a Mar del Plata en la “rana” que su padrehabía comprado con gran esfuerzo y en cuotas. La travesía hasta La Feliz por laruta 41 había sido toda una epopeya. Dos veces quedaron a ciegas con el capotlevantado por el golpe de viento de un camión en sentido contrario. Tardarondoce horas en llegar. Ningún miembro de la familia conocía el mar. Ese mismodía, sin bajarse del auto, lo vio por primera vez, inmenso, frío. Estabanublado y lloviznaba. Pensó que era imposible que alguien quisiera meterse allí.

Espantó esos recuerdos con un ademán involuntario que desintegró elbicho canasto de ceniza. Se sentía avergonzado de tener afecto por algo tanidentificable con el conformismo burgués como un automóvil. Otro de sus déficitspolíticos. Mencionaría la autocrítica en el informe a su responsable. De todasmaneras, estaba a punto de demostrar –y demostrarse– su compromisorevolucionario.

A su derecha, sobre el asiento, una caja de zapatos San Crispinoescondía el detonador.

Desde la conducción nacional del movimiento habían encomendado a lacolumna Rosario una acción clave. Necesitaban imperiosamente demostrar que,pese a la salvaje represión clandestina desatada por la dictadura, aún teníancapacidad de hostigamiento en el interior del país. Además, estarían ensayandolo que luego sería su estrategia durante el mundial de fútbol: realizaracciones armadas y de propaganda de tal trascendencia que el gobierno no laspudiera 8 ocultar, pero sin poner enpeligro la vida de los espectadores ni de periodistas. Sería una oportunidadúnica de mostrar a la prensa internacional la pantomima de la pax romana quepretendía vender la junta militar.

Como la censura se cernía sobre los medios con puño de hierro, teníaque tratarse de una acción de magnitud. Debían evitar errores tácticos como elcohete perforante RPG7 que, lanzado con un propulsor portátil desde el techocorredizo de un Peugeot 404 contra la mismísima casa de gobierno, destrozó unpar de oficinas, pero sólo dejó un pequeño agujero en la pared frente a laPlaza de Mayo, rápidamente tapado con una bandera argentina. Sin la coberturade la prensa, controlada por el gobierno, el efecto propagandístico del operativofue prácticamente nulo.

A pesar de las arengas cargadas de optimismo que los militantesrecibían en los casetes que circulaban con la voz del Pepe desde el exilio,crecía en los cuadros inferiores la sensación de que la dictadura estaba muylejos de ser derrotada y que, con el mundial de fútbol en ciernes, las masaspreferirían quedarse viendo los partidos por televisión antes que volcarse alas armas siguiendo a la vanguardia nacional y revolucionaria.

Los grupos de tareas tiraban del ovillo de la compartimentacióncelular, y el movimiento se desangraba. Las imparables sucesiones de caídascausadas por las delaciones en la tortura habían hecho estragos en las cadenasde suministros, haciendo cada vez más dura la vida en la clandestinidad. Habíamuchos compañeros desenganchados, sin casas seguras ni documentación falsacapaz de sortear exitosamente el control de un retén.

Las luces del vehículo de apoyo centellearon indicando que el blanco seacercaba. Todo ocurría de acuerdo a lo planificado. Cargado de botones queregresaban de hacer adicionales custodiando la cancha de Central, el MercedesBenz azul de la guardia de infantería regresaba a la jefatura remontando elempedrado de Junín.

Según lo convenido, cuando el ómnibus pasó al lado de la F- 100, Raúlverificó una vez más que se tratase de su objetivo. En ese trance, su mirada secruzó con la de un agente que iba sentado junto a la ventanilla.

Ni bien llegaron a la intersección con Rawson, accionó el detonador.

Supo en ese instante que su militancia había terminado.

Manejó en silencio durante toda la noche. En contra de lo estipulado, yviolando las más elementales normas de seguridad, no acudió a la posta adeshacerse de la camioneta y recoger la documentación que le permitiría salirinmediatamente del país. Amanecía cuando llegó a Mar del Plata.

Vendió la F-100 aunos gitanos y con eso sobrevivió durante unos meses encerrado en una pensiónde la zona del puerto. Al cabo de un tiempo, se consiguió un trabajo en unastillero. Increíblemente, nadie lo estaba buscando.

Regresó a Rosario entrada la democracia.

–Elegí otro tema para tu monografía, pibe –concluyó mientras se calzabael maletín de nuevo en el sobaco. Entendí que no era una simple sugerencia. Laentrevista había terminado.

La Pipa de Papá cierra temprano. El bolichero ya estaba subiendo lassillas sobre las mesas, con la inequívoca intención de 10 mandarnos a mudar. El televisor mostraba a José CorzoGómez, de Nuevediario, que “con las manos limpias” daba consejos a los jubilados.

Salimos juntos del bar. Él se fue por Urquiza. Yo por Balcarce.

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-