"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




NICOLÀS AIMETTI, 3º Premio Nivel Dos

Publicado en Cuentos el 5 de Abril, 2012, 15:53 por MScalona

Yoga

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He invertido gran parte de mi vida en aprender a tolerar cosas que no me gustan. Hoy día creo que podría tener una novia que no me guste, un trabajo que no me guste, una casa que no me guste, una vida que no me guste y, así y todo, ser feliz.

Eso lo decía como un chiste. Un chiste que casi nadie entendía. A Natalia también le dio lástima cuando lo oyó, pero igual sonrió.

–Por eso –añadió Rodolfo–, si el análisis me da para el orto, igual todo va a estar bien.

–Listo –dijo Natalia, y le dio un algodón mojado en alcohol–. Apretá fuerte.

Luego empezó a vaciar la jeringa en un tuvo de ensayo, quitó la aguja hipodérmica en un contenedor especial, y tiró el resto –la jeringa, restos de sangre que comenzarían a coagularse– al tacho de basura –otras jeringas, otra sangre que se iría mezclando con más sangre a lo largo del día.

Estaba anocheciendo cuando Natalia volvió a su departamento. Había una frazada en el piso y una almohada arriba del sillón. Ignacio se había ido. Natalia prendió un cigarrillo, dio dos secas y lo apagó.  Pensó en tirar el atado pero lo volvió a esconder en la cartera. Si al menos el hijo de puta hubiera juntado las cosas, pensó. En realidad, había estado pensando toda la mañana. Toda la puta mañana no se había podido sacar la idea de la cabeza. Siempre tan prolijo, pensó, y ahora se viene a hacer el macho, el que deja las cosas tiradas. Llevó la frazada a la pieza. Después junto la almohada. Se sentó sillón, prendió otro cigarrillo, y se quedó fumando, esperando que el humo vaya tapando los detalles, las cosas sin importancia.

Cuando lo conoció, Natalia quería irse de su casa. Vivía con sus viejos, dos hermanos más chicos y una hermana más grande, casada. El marido de la hermana también vivía con ellos. Estaban ahorrando. Era por un tiempo nomás, y como la casa era grande… No era mal tipo el marido de la hermana; laburaba, quería ponerse una verdulería. Para eso estaban ahorrando. Tenía la costumbre de mirarle las tetas –el escote en realidad– cada vez que podía. Un día le voy a armar un escándalo delante de todo el mundo, pensaba Natalia con odio.

Entonces apareció Ignacio. Cenaban juntos, iban al cine o a ver alguna banda, pero sobre todo al cine. Dormían en lo de Ignacio que vivía solo. Después ella se iba a la facultad, o a estudiar a su casa. Casi ni salía con sus amigas. Un día, un sábado a la mañana, cuando se estaba por ir, Ignacio le dijo: ¿Por qué no te quedás? ¿ Todo el fin de semana?, preguntó ella. Y también la semana, si querés, dijo Ignacio. ¿Por qué no te quedás? Esa mañana se la pasaron cogiendo y durmiendo. Por la tarde ella trajo sus cosas y se quedó.

Ignacio era cardiólogo. A los dos les gustaba cocinar. A ella más lo dulce, a él salado. Le gustaba mirar tenis, porque había jugado de chico. A ella le gustaban los tenistas. Miraban juntos los partidos que daban en la tele. Habían ido dos veces juntos al mar, aunque Ignacio, por los congresos, viajaba solo al menos tres veces al año.

–Hola, doctora.

–Bioquímica en realidad –dijo Natalia, aunque aún no estaba recibida.

–Bioquímica es muy largo. Me va a tener que decir su nombre.

–Natalia.

–Hace bien.

–¿Cómo?

–Que es un lindo nombre. Yo soy Rodolfo –dijo extendiendo la mano, pero también acercando un poco la cara, como si fuera a darle un beso.

–Hacés mal –dijo ella bromeando.

–Ya sé, por eso te decía –dijo después de soltar algo parecido a una risa–. Es un nombre horrible, pero yo no tengo la culpa…

Media hora atrás, Natalia estaba sentada en el sillón del living mirando la pantalla del celular. Ignacio no había llamado ni mandado ningún mensaje. Ella tampoco lo iba a llamar. El super cierra en un rato, pensó. No tenía hambre, pero tampoco comida en la heladera. Y si después quería comer –tenía que comer, pensó– no habría nada. Quizás Ignacio estuviera en el super, se le pasó por la cabeza. No, era muy meticuloso, siempre avisaba antes; necesitas algo, voy al super.

Ahora Rodolfo le hablaba de cualquier cosa, aunque había sido ella la primera en reconocerlo, cuando lo vio junto a la góndola de los lácteos. Él la miró como perdido, buscando, y luego hizo un gesto como si de repente recodara, y la saludo como si se conocieran de toda la vida.

Ni ella ni Ignacio se habían hecho nunca el test, pensaba. En casa de herrero cuchillo de palo. Hasta ayer a la noche nunca se le había pasado por la cabeza. En realidad, recién esta mañana, después de atender a Rodolfo, empezó a pensar en el tema. Por qué te fuiste a hacer el test, hubiera querido preguntarle entonces, pero esas  preguntas las hacen los médicos. Mientras tanto, él empezó a mirarle el changuito impúdicamente, deteniéndose en cada uno de los productos que llevaba. Una mayonesa ligth. Fajitas Bimbo. Un yogur entero. Un par de Danettes de chocolate. Una maquinita de afeitar rosa. Dos latas de choclo amarillo. Un pack de papel higiénico.

–¿Decime, por qué te fuiste a hacer el test? –preguntó aséptica y sonriente, mientras se agachaba a buscar un pote de crema de leche. 

–Por yoga –respondió Rodolfo casi sin inmutarse, y agregó–, es un asunto personal.

–¿Te piden eso para hacer Yoga?

–Es un poco más complicado.

Ella encaró hacía la góndola de las carnes. El empezó a mirar las bandejas, a tocar la carne por encima del plástico. De vez en cuando trataba de olerlas. Ella mientras tanto buscaba con la mirada, deteniéndose en los precios de la etiquetas. Él le dijo que nunca compraba carne en el super, que no le tenía confianza. Ella respondió que la carnicería ya había cerrado. Después agarró un pedazo de cuadril y lo metió en el changuito.

–¿Querés que te cuente?

–¿Qué?

–Por que me fui a hacer el test.

–¿Por qué?

–No, acá no da. ¿Qué vas a preparar de comer?

–Todavía no sé.

–Yo voy a preparar una carne al horno. La hago en croute de hongos. Vivo acá a una cuadra.

Ella miró la canasta que el llevaba en la mano. En efecto, había una bolsa con champiñones y otra con portobellos.

Cuando llegaron a las cajas él le sacó algunas cosas del changuito. Ella lo miró raro.

–Así dividimos, y pasamos todo por la caja rápida –aclaró.

Cuando terminaron de pagar ella le quiso devolver unos billetes. No te hagás drama, la rechazó.

Al salir ella le dijo:

–Mejor vamos a mi casa.

–Pero la carne la tengo en mi heladera –empezó a decir él.

–Mirá, si querés que comamos juntos vamos a mi casa –dijo ella tajante.

Mientras caminaban, volvió a mirar el celular.

Dejó las bolsas del super en la mesada y empezó a guardar las cosa en la heladera. Él se quedó mirándola.

–¿Qué hacés? –dijo ella.

–Nada, miraba la heladera.

–No, qué hacés de tu vida, boludo.

–Ah… Soy psicólogo. Trabajo en una empresa.

–¿Selección de personal?

–No, algo parecido. Una consultora. Hacemos planes para que los empleados trabajen más motivados, prolongar la vida útil, hacerlos rendir más. Es un gran curro.

–¿Preparo carne esta carne, querés? –dijo enseñándole la bandeja del super–. La podemos comer con los hongos.

–Dale, lo que vos quieras.

Dejaron la carne en el horno, junto con unas papas y cebollas, y fueron al living. Él se sentó en el sillón y ella en la mesa.

–Estoy en pareja –dijo ella.

–Ah –dijo él.

–En un rato va a llegar. Por eso te dije de venir a casa.

–¿Y alcanzará la comida?

–No sé. ¿Sos de comer mucho?

–¿Puedo fumar?

–Pará que abro la ventana.

Rodolfo encendió un cigarrillo y empezó a buscar un cenicero con la mirada.

–Bueno, total yo tengo mucho hambre –dijo Natalia, viendo crecer la  ceniza en la punta del cigarrillo de Rodolfo. Después agregó:

–Igual no sé si vendrá.

–¿Por  qué?

–Y… Es complicado. Un asunto personal, como vos decís.

–¿Y me vas a contar?

–No sé… Veremos…

Rodolfo se acercó a la ventana (que daba a un balcón) a tirar la ceniza del cigarrillo.

A Rodolfo le atraían los dramas ajenos. No decía “problemas”, decía “dramas”. Se puso a mirar los ventanales de los edificios de enfrente, como si fueran pequeños teatros. Cada teatro con su drama, sus actores. Hasta que uno entra en el drama y  olvida que también está actuando. Qué no existen los espectadores.

Ignacio podía llegar en cualquier momento, pensó. Miró las paredes y la repisa en busca de algún portarretratos. Había algunos cuadros, pero ninguna foto. Recordó cuando era chico, cuando sus padres se peleaban. O cuando estaba de visita en la casa de algún amigo y los padres empezaban a discutir, en lo incomodo de la situación, esas ganas de salir corriendo, de decir me voy, pero también esa necesidad de no llamar la atención, de quedarse viendo. El miedo a que toda esa violencia se vuelva de repente contra uno. Lo macabro y morboso. Disfrutarán esas parejas exponiendo así su intimidad, pensaba, como algunos disfrutan que los observen hacer hacer el amor.

–La cosa fue así –dijo Rodolfo arrojando la colilla del cigarrillo a través del balcón–, hace unos meses, casi un año ya, empecé yoga en lo de un viejo. Acá cerca, en una casa grande y vieja, sin carteles ni nada.

Estaban en pleno junio. Natalia se paró a cerrar la ventana. Rodolfo se sentó en la mesa, frente a la silla de Natalia.

–Era un grupo raro. Había unas viejas que a mi me daba la impresión de que en cualquier momento, o se quebraban, o se cagaban encima. Eso siempre me daba miedo. Una vez fui a un concierto de música clásica, en una biblioteca, y de repente paf, pintó el olor a mierda. Una señora que tenía una beba en brazos se levantó y salió rápido hacía el hall. Todos pensamos que había sido la nena. Pero cuando terminó el concierto, uno de los organizadores, amigo mío, me contó que había sido una vieja que se había dormida. Viste que esas cosas se llenan de jubilados.

–Nunca fui a un recital de música clásica, pero sí, me imagino.

–Bueno, estaban las viejas en yoga, pero también había gente joven. Eran como un clan. Todos más o menos con la misma onda. Yo cuando empecé ni onda con nadie, pero al final fui entrando en confianza. Ellos cada tanto, creo que una vez por mes, se juntaban a comer en la casa de alguno. Y un viernes me invitaron. Yo caí con una botella de vino, al reverendo pedo, porque ahí nadie tomaba. Eran todos naturistas o algo así. Fumaban porro, eso sí. ¿Vos fumas?

–Estoy embaraza.

–Ah… ¿Hace mucho?

–Tres meses. Pero seguí contando.

–Bueno, cuestión que había un montón de cosas raras, todo vegetariano, pero eso sí, rico. La casa donde nos juntamos era de una piba alta, morocha, cabeza rapada. Se podría decir que linda, aunque un poco alejada de los cánones estéticos convencionales. Bueno, cuestión que comimos, fumamos un poco, la gente se fue yendo y yo me quedé hablando con esta piba. Y en un momento, así como de la nada, como si estuviéramos juntos desde siempre, se me sentó arriba y me empezó a acariciar el pelo. Bueno, yo le empecé a acariciar a ella también la pelada. En realidad no era pelada, tenía el pelo bien cortito. Era raro. Nos fuimos calentando, aunque creo que toda la noche habíamos estado calientes. No sé, te la hago corta. Nos fuimos a la cama. Un colchón en el piso en realidad. Y que esto y que lo otro ya estábamos en bolas. ¿Me estoy yendo al carajo?

–No, todo bien, seguí. ¿Qué pasó?

–Bueno, estuvimos un rato así, y yo le digo aguantá, que voy a buscar un forro. Y ella me dice que no, que mejor natural, que no sé qué.

–Y por eso te fuiste a hacer el examen.

–No, yo tenía un forro en la billetera, que estaba en el pantalón al lado de la cama. Viste como es, mejor tenerlo y no necesitarlo, que necesitarlo y no tenerlo. Me hice el boludo un rato, seguimos franeleando y, mientras se la chupaba, me las ingenié para ponerme el forro. No es que lo hice a escondidas ni nada, pero tampoco quería ponerme a discutir. Así que empezamos a coger. La flaca era una cosa de otro planeta. No sé si es el yoga, si la comida esa era afrodisíaca o qué, pero empezamos a hacer cosas que… Yo nunca leí el kamasutra ni nada de eso, pero alguna de las cosas que esa piba hizo no debe haberlas soñado ni el que lo escribió. A veces me daba miedo y todo, creo que por eso no acababa. Habremos estado como no sé qué… Una hora por lo menos. Hasta que empezó a gritar y ponerse como loca, y calculo que yo también debo haber gritado, cuestión que cuando acabo… Viste en carnaval, cuando inflabas un globito de agua y se te reventaba, que quedaba en la canilla como un anillo latex, algo más grueso, agarrado al pico, bueno, una cosa así tenía puesta yo en la pija. En algún momento, yo jamás me di cuenta, se debe haber roto el forro, y cuando la saqué tenía esa especie de anillo agarrado a la base del pene, solo eso, el resto del forro había desaparecido, o estaría ahí enrollado, no sé.

–¿Y la mina que dijo?

–Yo le pregunte si era sana, si alguna vez se había hecho el test. La piba era una incoherente.  Me dijo que ella era natural, que esas cosas son por la vida tóxica que lleva la gente, o algo así, y que ella no se preocupaba. Yo me quería pegar un tiro.

–Sí, cuando acabaste –acotó Natalia riendo y se levantó a sacar la carne del horno.

Durante la cena Natalia miró un par de veces más el celular y después lo dejó sobre la mesa. Cuando terminaron de comer dijo:

–¿Sabés qué? Tengo ganas de emborracharme, de tomar como una chancha y emborracharme y dormir todo el día.

–¿Y?

–Nada. Eso es lo que más bronca me de todo esto con Ignacio, que para colmo me tengo que andar cuidando.

–Yo traje un vino si querés–dejó caer Rodolfo.

–Sí, ya sé. No sos tan discreto como te pensás. Te vi que lo agarraste cuando íbamos para la caja–dijo Natalia–. Abrilo si querés. Una vaso tampoco me va a hacer mal.

–¿Y qué fue lo que pasó con… cómo se llamaba?

–Ignacio. Le dicen ‘chicho’ los amigos.

–¿Y qué fue lo qué pasó?

–Eh…

Natalia se quedó en silencio, mirando algún punto perdido detrás de la ventana. Rodolfo le dijo que si no quería estaba todo bien, que no tenía por que contarle. Ella le dijo que no, que no sabía como contarlo. Se quedó un rato mirándolo a los ojos. Rodolfo le sostuvo la mirada. Después Natalia bajó la cabeza y dijo no sé, la verdad que no sé, vos sos psicólogo, sabrás de estas cosas. Y empezó:

–Los jueves yo llego más tarde, porque voy a pilates, pero como ayer estaba muy cansada me vine directo para acá. Cuando abro la puerta siento un ruido medio medio brusco y veo a Ignacio que pasa apurado. Cuando lo saludo y me responde desde el baño.  Y no sé por qué, pero a mí se me da por mirar la notebook, que estaba enchufada arriba de la mesa. Estaba mal cerrada, como entornada más bien. Y será el instinto o qué, pero la abrí.

–¿Y qué había? –preguntó Rodolfo sonriendo.

–’perá un poco –lo reprendió Natalia–. La vuelvo a cerrar y no le digo nada. Todo bien mi amor, llegaste antes. Sí, todo bien mi amor. Vos qué andabas haciendo. Nada, estaba en el baño y ahora me iba a poner a hacer la comida. Bueno, dale, que estoy re cansada. Y así todo el tiempo. El tipo como pancho por su casa. Cominos y como estaba cansada nos fuimos a la cama. Pero yo no me podía dormir. No dormí en toda la noche en realidad. Así que le pregunto: ¿Por qué había un tipo pajeándose en tu máquina? Y él: me mira como si no supiera de que carajo le estoy hablando. Sí, lo vi, le digo. Sabés qué –le dice a Rodolfo–, era un pendejo todo en bolas, en la cámara, y le escribía: ¿Te gusta bombón, querés que papi te de lechita? ¿Qué pasa bombón, a dónde fuiste?

–Qué feo que te digan bombón.

–Sí, horrible. Y tenía un millón de faltas de ortografía.

–¿Y él qué dijo?

–El se quedó mirándome. Se puso medio pálido, pero no decía nada. Movía la cabeza y decía: qué viste qué. Y yo lo miraba como diciéndole que se deje de hacer el boludo, y él volvía a repetir: qué viste qué, dónde. Y sabés que es lo peor: eso fue todo lo que dijo. Mirá, me hubiera dicho que estaba haciendo una investigación antropológica. O que tuvo curiosidad. O que le gusta la mar en coche. O la pija en coche si te cabe más, lo que sea. Pero lo único que me dijo fue eso. Y después me recriminó: ¡Qué tenés que andar  mirando! Como si la culpa fuera mía. Eso, como si yo fuera la que se estaba pajeando adelante de un pendejo en bolas que te dice bombón. Dijo eso y se fue al sillón. Y yo no sé que mierda pensar, porque al final no dijo nada. Y, ahora, además, no aparece. ¿Te parece que estuve mal?

–¿Y por qué no lo llamás?

–¿Qué, ahora yo tuve la culpa?

–No, no digo que vos tengas la culpa. Tampoco digo que esté bien espiar las cosas de los otros, pero eso más que nada por salud personal.

–¿Y qué hago?

–Esperá. Todavía estará buscando las palabras para explicarte. O por ahí está tratando de explicarse a él mismo –hizo una  pausa y luego agregó–. O por ahí se fue a visitar al pendejo.

Esta última broma no le  hizo ninguna gracia a Natalia, que posiblemente se estuviera  imaginado la situación con lujo de detalles.

–Pero no, vos no tenés la culpa –trató de  consolarla–. Y él es un pajero.

Esto último lo dijo sin doble intención, más bien con bronca, pero al final sonó como si estuviera haciendo otra broma. Él tampoco sabía que decirle, y Natalia parecía como perdida en un lecho de sombras. Se quedó un rato en silencio y luego le preguntó si ella lo quería. Después prendió otro cigarrillo.

–Me siento mal –dijo Natalía.

–Es él el que se tendría que sentir mal.

–No. Me siento mal –volvió a repetir. Esta vez lo dijo con una voz finita, casi un sollozo.

Rodolfo se acercó. Ella le dijo que estaba mareada. Él le ofreció un vaso de agua, le  preguntó si quería ir al baño. No, al baño no, respondió. Y cerró los ojos y se quedó quieta por unos minutos, mientras Rodolfo, al lado, hacía como que la sostenía, o le acariciaba la espalda y le decía: tranqui, quedate tranquila que estoy acá. No te va a pasar nada.

–No te conozco –le dijo.

–Uno nunca termina de conocer al personas –dijo él.

–Me quiero acostar.

–¿Querés que te lleve al sillón?

–No, en el sillón no. Llevame a la cama.

Rodolfo pasó el brazo de Natalia por encima de sus hombros y la tomó por la cintura. Vamos despacio, le decía. Sí, vamos despacio, decía Natalia. La acostó sobre la cama. Natalia cerró los ojos y a Rodolfo le pareció como si estuviera durmiendo lo más plácidamente. Un minuto después Natalia se volvió a sentar y empezó a enredarse con el pulóver, tratando de sacárselo. Rodolfo le ayudó a sacar primero con un brazo, luego el otro, y finalmente apareció Natalia otra vez, los ojos cerrados, y los pechos despertando tras una fina remera blanca. Natalia volvió dejarse caer y levantó un pie que pedía que le saquen la zapatilla. Rodolfo desató los cordones, los aflojó, y luego, casi sin hacer fuerza, desnudó un pie tras otro. Ella tenía unas medias con a rayas, rosas y rojas. Pensó en sacárselas y acariciarle los pies. Mientras, Natalia tanteaba con dedos ciegos el botón del pantalón. Cando Rodolfo acercó sus manos, el botón ya estaba libre. Bajó el cierre lentamente y fue tirando hacia abajo, mientras Natalia desde un sueño movía caderas y piernas, ayudando a desplazar el pantalón. Un haz de luz encendía el blanco de las piernas. Rodolfo respiró hondo. Cerró los ojos y volvió a ver la bombacha de Natalia, los pelitos escapando por los costados, el aroma que asomaba a escasos centímetros de distancia. Vení que hace frió, le dijo, y trató de que se acomode en la cama para poder abrir las sábanas. Natalia empezó a reptar lentamente, primero movía un poco el torso, luego acomodaba las piernas, mientras, Rodolfo iba corriendo las sábanas y el cubrecama. Luego Natalia giró sobre su cuerpo hasta quedar boca abajo, de nuevo en el mismo lugar de la cama. El hilo de la tanga se perdía apretado entre sus nalgas. Rodolfo siempre tiró de las sabanas y la tapó. Natalia balbuceó un gracias. Rodolfo se sentó al costado de la cama y le acarició el pelo. Ella le tomó la mano y la llevó junto a su mejilla, para usarla de almohada. Luego se durmió.

Rodolfo fue hasta el living y buscó el celular de Natalia que estaba sobre la mesa.  Lo primero que hizo fue marcar su número. Cuando su celular vibró cortó. Después buscó en la lista de contactos el nombre Ignacio y le escribió el siguiente mensaje: vení rápido que me siento mal, estoy descompuesta. Dejó el celular en la mesa, recogió su plato y lo lavó, secó y guardó en la alacena. Después bajó hasta hall del edificio a esperar a que alguien que entrara o saliera le abriera la puerta de calle. En el peor de los casos, si nadie pasaba, imaginó que Ignacio llegaría, a lo sumo, en media hora y le abriría la puerta. Eso a menos que fuera un completo imbécil.

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Nicolás Aimetti

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-