"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




MARISOL BALTARE, 3º Premio Nivel Uno

Publicado en Cuentos el 5 de Abril, 2012, 16:10 por MScalona

EL HERMANO DE JAVIER

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Cuando se me informó el deceso de mi hermano supe que de no morirse yo jamás hubiera podido matarlo. Deceso fue la palabra que usó el policía para lamentar comunicarme el hecho pero cuando tuve que trascender la noticia dije fallecimiento, para amortiguar a mi voz del eco y a su  cuerpo del impacto que lo arrojó sobre la banquina. También para no premiar ese último instante de su vida con la tragedia.

Era sabido que nunca se iba a morir después de una larga agonía y consumido por el cáncer. No; él tenía que matarse de la noche a la mañana estrellado en una ruta, brutalmente.

Exigí la mayor solemnidad posible y contraté los servicios de una de las pocas funerarias que incluía la práctica de la tanatopraxia. Ya sabía que aunque todos reprobaran mi decisión ninguno se atrevería a juzgarla y mucho menos pretender disuadirme. Mi gesto sería interpretado del modo, naturalmente, más aceptable: la impresión de la fatalidad empeñada en prolongar lo impostergable.

Durante los tres días que duró el sepelio no sólo se hicieron presentes hasta nuestros parientes más lejanos sino que fue un continuo desfile de personalidades importantes e inconexas entre sí pero que habían tenido algún trato con él o se vinculaban conmigo. La misma funeraria se encargó de hacer llegar las participaciones a la larga lista que les suministré y entre los que contaban miembros del Opus Dei, autoridades del Ministerio de Educación y de la Secretaría de Cultura y algunas otras personalidades públicas y políticas. Admito que hubo una importante cantidad de gente desconocida que ni acertó a saludarme por desconocer mi existencia, ésos eran los amigos de mi difunto hermano. En el incansable deambular mental escuché infinidad de murmuraciones pero la que más me sorprendió fue la de quien aseguraba que aquello contribuiría a la resignación y la pronta elaboración del duelo. Sinceramente, lamenté no poder permitirme la sonrisa.

Preferí permanecer confiado en el verdadero motivo de semejante exageración: alterar su recuerdo. Menguar la intensidad de su vida contrarrestando la audacia que lo definió. Engañar a quienes más lo habían querido, a quienes lo habían querido más que a mí.

Ésos que identificaban la genialidad con sus remeras descoloridas tendrían que convencerse durante los tres días de velorio y quedarse con esta última imagen: Javier de traje, bien peinado y hasta bendecido. Tan impecablemente falseado como irreconocible.

Quise burlar su memoria para que al evocarlo se les deforme su existencia y lo olviden con la misma rapidez con que lo quisieron. O para que, con el tiempo, al acordarse de él pudieran confundirlo conmigo.

Harto de ser el hermano de Javier… Despedí sus restos como si le estuviera dando sepultura a lo que había sido mi propia vida hasta ese momento.

En los días siguientes fui a la inmobiliaria con la idea de rescindir el alquiler del departamento que mi hermano habitaba pero me dejé convencer por los sugerentes modales de la oficinista y decidí esperar los tres meses que restaban para concluir el contrato. Si bien era cierto que económicamente me convenía reconozco que no fue eso lo que me llevó a aceptar la oferta sino la euforia casi infantil que sentí vibrar en el estómago al imaginarme que por un tiempo podría vivir como si fuera Javier.

No es que me mudaba a su casa porque yo seguiría teniendo el mismo domicilio de siempre, aquello no era más que la extensión de un juego que ya estaba iniciado.

Caminé por avenida Belgrano mientras la tarde se empeñaba en iluminar el rumbo de mis pasos con el afán de que no me pierda entre las sombras.

Esperando la complicidad de la noche y retrasando el enfrentamiento con mi propia incapacidad apuré un whisky una cuadra antes de llegar a su departamento pero apenas entré y respiré el aire que había dejado sentí que Javier me estaba mirando. Durante un brevísimo instante me aterró pensar que su falta atraparía mi existencia con razones más poderosas, más sutiles pero tan poco lógicas como inconfesables, por eso no permití siquiera que se plasmen como idea.

No fue el olor de su intimidad sino mi posibilidad de recorrerla lo que me causó vértigo, como si al pisarla me estuviera plantando por encima de sus secretos, en un lugar que no me correspondía y al que había llegado por lo mismo de siempre, mi cobardía y su audacia. Me sentí peor al entender que así sucedería si el que hubiese muerto fuera yo y él quién anduviera por entre mis miserias. Volví a tener tanto miedo que agradecí estar vivo, tener tiempo y conciencia para ocultar lo que ni muerto permitiría saberse de mi mismo.

Me acuerdo que lo primero que hice fue mirar el baño, fijarme si había algún slip sucio en el piso, asombrarme de que usara la misma marca de desodorante que yo y cerrar el ventiluz que daba al lavadero y el del lavadero que miraba al del vecino de enfrente. Atrapar ese resto de privacidad  que no me pertenecía pero del que me sentía responsable. Anduve por el departamento como un fantasma, tropezando con su vida y atontado por esa muerte inesperada hasta que lloré; primero con el arrebato torpe del principio y después con el único desconsuelo con que se puede llorar la muerte de quién más quisimos.

Durante la madrugada me sobresaltó el sonido de algo que identifiqué como parte del mundo onírico y volví a entre dormirme hasta despertar de nuevo con la nitidez de un grito ahogado y los posteriores quejidos que desencadena el acto amoroso.

Me quedé despierto, desvelado y con bronca pero tranquilo de que ya había terminado. Inevitablemente me cuestioné la molestia y el alivio sin pretender una revelación hasta que el sueño venció un recuerdo olvidado por los años: no poder dormir las noches que Javier hacía entrar a oscuras y en secreto a alguna de sus primeras novias.

A la mañana siguiente me costó entender donde estaba y que hacía ahí. Tomé un taxi hasta mi casa en donde improvisé un equipaje reducido y volví al departamento caminando. Cuando pasé por un bar que tenía teléfono público llamé a mi prima para consultarle una duda y ella aprovechó para avisarme que quería verme, sin mediar preámbulos le dije que estaría en lo de Javier ultimando detalles para la entrega del departamento. Ahí nomás telefoneé a Delia para pasarle la dirección del departamento así venía a limpiar cuanto antes.

Diciembre estallaba y las calles hervían con el típico clima navideño. Llegué tan acalorado y hambriento que después de ducharme me puse a preparar un licuado. Así estaba, con una mano sobre la tapa de la multiprocesadora y la otra agarrando la manija, en pleno aturdimiento emocional y auditivo, cuando percibí como ecos de golpes sobre las paredes y ¿gritos? desde una distancia indescifrablemente etérea como concisa. Apagué la licuadora y sin la interferencia del electrodoméstico los placenteros gemidos adquirían un plano de realidad descomunal, escapados por el balcón de una intimidad ajena se convertían en relámpagos cegadores que tronaban sobre las carencias del resto de los vecinos. El viento cerró la turbación con un portazo que resonó en toda el edificio y fui hasta el living para correr el ventanal antes de que la tormenta ensucie más de lo que ya estaba.

Mientras me tomaba el licuado y miraba la ciudad llenarse de agua, desbordar las alcantarillas y naufragar bolsas de papas fritas, latas de coca y botellas de agua mineral pensaba en hacer un reclamo al consorcio pero enseguida deseché la idea por carecer de un argumento válido, resultaba ilógico censurar el placer de alguien que para colmo ni sabía quién era. Eso tendría que hacer: averiguar de donde provenía tal despliegue amoroso y quién era la fogosa amante.

Sentado en el sofá y conciente de que empezaba a dormirme, me dormí y soñé que lamía la vulva de una mujer desconocida y que mi lengua encontraba, entre sus pliegues, una esfera perfectamente redondeada como un mundo de tesoros desconocidos. Deslizaba la joya debajo del paladar para saborear la fortuna del hallazgo pero al morderla el esmalte se quebraba y me quedaba encastrado entre dos muelas un pedazo de la sustancia irisada.

Cuando me despertó el timbre atendí desorientado mirando la hora, el living en penumbras y el vaso de licuado vacío. “Alberto y Nora” carraspeó el portero eléctrico. ¿Mi prima y el marido? Me acordé del llamado así que prendí rápido las luces y enjuagué el vaso mientras subían en el ascensor. Cuando abrí la puerta encontré sus dos sonrisas insípidas mediando entre la incomodidad y el compromiso. Entraron disculpándose por la hora y explicando que recién salían del estudio. Quizás porque eran contadores supuse que su visita se debía a un interés económico en vincularme con algún marchante de arte que se ocupe de la venta de los cuadros de Javier pero no, me equivoqué. Hasta tanto me mostré reacio pero ellos invariablemente comprensivos alivianaron la presión y en cuanto pudieron soltaron la invitación sin que suene como un soplido la exhalación de alivio. Apenas entendí que habían venido a pedirme que pase nochebuena y fin de año con el resto de la familia acepté sin rodeos pero se mantuvieron durante tanto rato insistiendo que no supe si no habían escuchado mi conformidad o si su pedido venía a expresar lo contrario, la necesidad de una rotunda negativa por mi parte. Empecé a sentirme avergonzado y bajé la mirada para que no se me notara la tristeza. Cuando los escuché decir reunión en lugar de fiesta mostré, sin palabras, mi incomodidad y ellos dieron por finalizada la misión.

Nora se disculpó para pasar al baño y Alberto aprovechó su ausencia para colgarse el saco en un brazo y hablarme del clima, de espaldas y con las manos en los bolsillos, mirando por el ventanal abierto. En ese momento me acordé de la vecina y rogué que se fueran antes de que empezara el fogoso balbuceo. Lo más admirable fue la concentración con que ambos mantuvieron la atención sujetada a mi presencia sin que la mirada se les diluya por mis contornos en la búsqueda de la ausencia de mi hermano.

Me quedé mirando televisión hasta tarde, haciendo tiempo y esperando pero no tuve el placer de oírla esa noche. ¿Javier también la escucharía? Por un instante me avergonzó lamentar su muerte por no poder preguntarle.

En mi casa, las mañanas que venía la señora a limpiar me levantaba más temprano que de costumbre para poder desayunar tranquilo y solo. Acá hice lo mismo. Apenas llegó empecé a cerrar las ventanas bajo su mirada sonriente que me preguntó si tanto frío tenía y cuando le contesté que era para prender el aire acondicionado se interpuso entre el aparato y yo. Era asmática y demasiado necia para poder convencerla así que me recluí en el balcón a leer el diario.

El aire fresco de la mañana daba claras muestras en el cielo de ser una efímera sensación. Abajo, la ciudad empezaba a caldearse de insultos, bocinas y frenadas. Las palomas anidadas en los huecos de otras ventanas dialogaban en su idioma.

Entre noticia y noticia me llegaban oleadas de aromas limpios. Lavanda y pino, azahares. El olor de la cera me llevó a la casa de los abuelos y brilló el recuerdo lustroso de las escaleras que yo bajaba de la mano de mamá y del otro lado Javier riendo a carcajadas deslizándose por la baranda.

Algunas sí que la pasan bien, la oí murmurar a Delia mientras vaciaba el balde sobre una rejilla cerca de mis pies. La evocación infantil me abstrajo a tal punto que no entendí a que se refería ni desde cuando me estaba hablando. Disculpándome por la distracción le pregunté y sonrió levantando el mentón y las cejas. Escuché un gemido y me paralicé aunque estaba quieto, algo dentro mío se acartonó. Eso es lo que yo llamo saber disfrutar de la vida, siguió diciendo a los gritos para que el ruido de la enceradora no obstaculice sus declaratorias y lleguen, nítidas, hasta mis oídos.

No me dejaba de asombrar el desparpajo de la gente a la hora de expresarse.

Yo, que previendo la incomodidad de la situación traté de silenciar el deseo de la vecina para que no la oyera Delia, ahora no sabía como callar a Delia por terror de que la vecina la escuchase.

Permanecí con la vista fija en los valores de la bolsa y más enojado aún cuando escuché las infaltables risitas de la satisfecha amante. Después de estallar la pasión no sobrevenía la calma sino su risa. ¿O se burlaba de mí? No, sin dudas, era feliz. Y muy joven.

Cuando me quedé solo bosquejé un plano del edificio con la cantidad de pisos y departamentos que había en cada uno, cuales daban a la calle y los que eran contrafrente como el mío. Rememoré a Delia arqueando las cejas y levantando el mentón, como sugiriendo de que el sonido llegaba desde arriba. ¿Se refirió concretamente al sexto o su gesto abarcaba en general los pisos superiores al que yo estaba? Aún así era un buen dato a tener en cuenta porque quedarían descartados los cuatro inferiores pero quizás su ademán sintetizó una referencia proveniente del exterior pero no necesariamente desde arriba. Como fuera, los gemidos no eran producto de mi elucubración y la mujer que los emitía estaba en alguno de los diecinueve departamentos restantes del mismo edificio que, ahora, yo habitaba.

Oírla diariamente nunca se convirtió en un acto cotidiano. Para mí era insomnio y desvelo, expectativa y espanto a la vez. El origen y el fin de mi actual existencia acababa en cada uno de sus orgasmos sin matarme el deseo.

Una mañana salía a comprar el diario cuando vi, en el piso, un sobre que alguien habría deslizado por debajo de la puerta, al abrirlo me di con el anuncio de una recepción organizada por el consorcio con motivo de las fiestas venideras que tendría lugar esa misma noche en el quincho comunitario del edificio. La euforia por conocer en pocas horas a la fogosa amante anuló mi concentración para todas las actividades programadas ese día. Finalmente desistí y tendiéndome sobre la alfombra construí su voz mediante el cúmulo de gemidos que incluían quejas, pedidos e insistencias. Armé a través de sus risas la entonación con que hablaría y el timbre que tendría su voz.

Empecé a bañarme en el mismo horario que figuraba en la tarjeta para que la ansiedad no me permita cometer el grave error de llegar entre los primeros. Busqué en el placard de Javier la ropa que, se notaba, nunca usaba. Elegí el vaquero menos desteñido y una remera deportiva que todavía conservaba la etiqueta de compra, el mismo desodorante de los dos y yo sintiéndome cada vez más distinto de mí y más parecido a él. Estaba feliz cerrando la puerta cuando preferí volver a buscar la tarjeta por si, arriba, alguien me la pedía pero al entrar y ver encima de la mesa el sobre me di cuenta. De golpe me di cuenta que el consorcio dudó hasta último momento en invitarme. ¡Nunca se manda una invitación el mismo día del festejo carajo! ¡Que los re mil parió! Y yo no haberme dado cuenta al ver el sobre diciendo quinto B en lugar del nombre del destinatario.

Hijos de puta me iban a tener que aguantar igual, pensaba mientras los imaginaba, a último momento, apiadados por mi reciente pérdida improvisando otro sobre. Ni mi nombre sabían, tampoco dedujeron que tengo el mismo apellido de mi hermano.

La frustración me hizo sentir como el actor que jubila la esperanza de protagonizar el papel que siempre quiso pero traté de recomponerme y subí motivado por la idea de conocerla.

Al llegar hice un saludo general que fue respondido con la misma informalidad; éso y el martini que alguien me ofreció enseguida pusieron mi buen humor de manifiesto.

En cuanto di un primer ojeo rápido a cada uno de los invitados la localicé sin detener mi mirada en su presencia. Me bastó verla para imaginar que sería ella porque era tal cuál la supuse.

En poco rato me encontré integrado a un grupo de hombres comentando sobre el gobierno democrático, criticando el cine de Puenzo, bebiendo y codeándome con el resto como uno más. Estaba tan a gusto que me sentía seductor incluso. Envalentonado por la bebida me acerqué hasta donde estaba ella para oír su voz y en cuanto soltó la primera risa confirmé mi deducción. Improvisé un problema de humedad dentro de los placares por la ubicación de mi departamento y así obtuve la información de que ella vivía en el séptimo B.

Cuando las presencias empezaron a ralear me despedí con simpatía de los que quedaban y bajé hasta mi departamento. No podría decir que su imagen se grabó en mis retinas porque estaría siendo injusto con el resto de los sentidos. Ya solo, rememoré la tensión de mis músculos en la inmediatez de sus insinuaciones y ese gesto suyo, repetido e intencional de levantar los brazos llevando ambas manos hasta la nuca para retorcerse el pelo en un rodete que al instante volvía a caerle desgajado por la espalda.

Sin esperar a oírla me froté la bragueta como si fuera la ansiedad de su mano moviéndose con torpeza la que me liberaba la verga. Me quedé mirándomela, admirando la prepotencia y la desmesura con que se erguía, con esa audacia natural con que se nutre y crece lo salvaje. Como un palo santo que se adora y venera, sus labios entreabiertos rodearían la punta muy cerca, casi sin atreverse a mamarla. El aliento enviciado haciéndome arder la ingle.

La fascinación de mi propio sexo duro como un garrote me hizo sentir poderoso y maldito. Semejante verga sólo un hijo de puta la puede tener, pensaba mientras me la sobaba como si fuera su mano hasta que la impetuosidad de su boca encapucharía hasta mi último chorro de semen.

Pasé las dos fiestas en compañía de todos los familiares tal como había quedado con Nora, Alberto se mostró mucho más distendido conmigo de lo que percibí la última vez y eso contribuyó a que yo también me sintiera cómodo.

Cuando volví al departamento, el primero de enero ya estaba completamente anochecido y yo agotado por los excesos festivos y con el cuerpo afiebrado de tanto sol.

Antes de tener tiempo para pensarla la vi sentada en las escaleras del frente del edificio. Al acercarme levantó apenas la mirada pero llegué a verle los ojos enrojecidos y no pude evitar agregar al saludo la pregunta. Puchereando me contó que hacía tres horas que tendría que haber llegado el micro en el que volvía su novio de pasar las fiestas con la familia porque él era de acá pero lo pasaba en lo de los tíos que ella los conocía y había ido miles de veces y por eso ahora se sentía peor de no haber querido acompañarlo esta vez. Apenas pude enganchar a su desconsuelo la propuesta de que telefoneara a la Terminal de ómnibus para saber si el micro había llegado bien o estaba retrasado aceptó al instante. Subió conmigo tan cegada por la desesperación de saber a salvo a quién le proporcionaba los escandalosos orgasmos que ni se detuvo a pensarse en riesgo. No es que confiara en mí, me sintió inofensivo. Por no decir incapaz. Y no es que yo fuera peligroso pero tampoco incapaz de serlo. Lo que sí, no tenía teléfono.

Cuando entramos al departamento prendí la luz mientras cerraba la puerta a mis espaldas, tosiendo di vuelta la llave tirándola dentro del bolso al mismo tiempo que me lo descolgaba del hombro. Guié tímidamente, hacia el pasillo, su mirada que abarcaba la localización del aparato y seguí de cerca sus pasos hacia la oscuridad del dormitorio. Con la sombra de su silueta delante mío mi voz fingió la vergonzosa comodidad de tener el teléfono en la pieza y antes de percibir su indecisión ahuequé mi mano sobre su boca y desplomé su cuerpo bajo el mío sobre la cama.

Sentir su resistencia, lejos de conmoverme, envalentonó mi deseo a tal punto que busqué postergar el inevitable desenlace. Le acaricie el cuerpo de tal manera que por un instante me entorpecí al sentirla entregada, casi seducida. Su sumisión aumentó mi saña. La hice rodar sobre la cama y mirarme, aflojar la presión de mis dedos sobre sus labios sólo para oírla decir que era tan bestial como mi hermano pero, estacionada en ese espacio entre el espanto y la resignación, me rogó que no la lastime. Metí los dedos entre su pelo para que los mechones se me desgajen en la mano, chirleé el nacimiento de sus muslos y me abrí entre sus piernas en más espacio del necesario, como si además de mi cuerpo tuviera que caber la soledad de toda una vida. La penetré confiando en que acabar dentro de otro vientre era lo más parecido a parirse de nuevo. Muriéndome le clavé la verga como si fuera una espada y mientras me removía dentro suyo oí los gemidos.

Pero venían de afuera. Desde la intimidad de algún otro departamento llegaban, nítidamente, los lujuriosos gritos de placer que obsesionaron mi deseo burlando mi intuición a tal punto de semejante confusión. La mujer en la que yacía dentro era como la perla falsa de ese sueño que había tenido.     

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                                                                      MARISOL BALTARE

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-