"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




DAMIÀN FORNASO, 2º Premio Nivel Tres

Publicado en Cuentos el 5 de Abril, 2012, 15:57 por MScalona

Después del almuerzo

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En el cuarto hay dos personas durmiendo sobre una cama de dimensiones extraordinarias, de las que llaman King. En la cabecera de la cama, detrás de las almohadas donde las dos personas apoyan sus cabezas hay, no menos, que cuatro almohadones en compose con el acolchado, que no parece demasiado abrigado. Tanto en el acolchado como en los almohadones predominan los colores pastel: rosa, blanco tiza y celeste.  Sobre la mesa de luz de la derecha hay un portarretrato con una foto de las dos personas que duermen en la cama, se las puede ver con el mar detrás, bronceados. También reposa sobre la mesa de noche una pequeña botella de agua a medio llenar, un libro titulado “Ingrid y Verónica” y una caja de pastillas anticonceptivas. En la mesa de luz de la izquierda hay un libro titulado “Economía para todos” y un radio reloj despertador que marca, en números naranjas, las seis y cuarenta y siete. Por la ventana que mira al este se filtran pequeños rayos de luz: solo para distinguir las siluetas de los muebles. Al oeste de la pieza una puerta de madera cerrada. Sobre la ventana, un aire acondicionado Split refresca la habitación del exagerando calor que habita en el resto de la casa.

Dos minutos más tarde Uno abre sus ojos y mira el reloj, que ahora marca las seis y cuarenta y nueve. Se vuelve sobre el otro lado de la cama para observar a B que sigue tranquilamente dormida. Uno la contempla dormir durante varios minutos y, como cada vez que lo  hacerlo, siente un extraño placer. Luego aprieta uno de los botones que se encuentran junto arriba de los números que marcan la hora, en el radio reloj, para que no suene a las siete y despierte a B.

Se dispone a esperar que lleguen las siete en punto para levantarse. Mientras los minutos van acortando la distancia hacia ese momento, repasa los acontecimientos del día. Lo que más le fastidia es el almuerzo que tiene programado para la una del mediodía. Si bien él es solo un mensajero, ni siquiera así, por cuenta y orden de otro, le gusta pedirle nada a nadie, y sabe que para llegar al resultado que alguien espera, tendrá que rogar, pero sabe que nunca llegará a tanto.

Por fin el reloj marca las siete, solo se escucha como el aire acondicionado sopla, suavemente, el aire fresco. Uno se levanta lentamente, está desnudo, entonces, sin encender la luz, utilizando solo los pequeños rayos solares que entran por la ventana, busca en el suelo hasta dar con un bóxer, ponérselo e ir hacia el oste de la pieza y abrir la puerta lentamente, tomando los recaudos necesarios para que no chille. Luego sale.

Al otro lado de la puerta se derrumbaba la ilusión generada por el aire acondicionado, la temperatura promedia los veintiséis grados. Minutos más tarde, por la radio, informaban que la máxima esperada para el día iba a estar en los treinta y ocho grados, pasadas las dos de la tarde. Uno se lavó los dientes y se mojó la cabeza, no utilizó esta vez la bacha del baño, directamente tomo el duchador que colgaba sobre la bañera. Luego, otra vez sobre la bacha y mirándose al espejo se frotó las manos con un gel (efecto húmedo) que colocó en su cabellera para peinarse, tirándose todo el pelo hacia atrás.

Todavía en bóxer, ahora, en la cocina, abrió la heladera que iluminó parte del ambiente y sacó de la puerta una botella de jugo de naranja en un envase de cartón. Encendió la radio, el dial clavado en Radio Diez, donde varios hombres hablaban de la ola de calor que atosigaba a toda la Argentina.

Uno, luego de tomar del pico de la botella de cartón, un par de tragos de jugo de naranja, lo dejó sobre la mesada de la cocina y volvió sobre sus pasos. Tomo el pasillo que lo llevaba  a la pieza donde seguía descansando B, pero ahora abrió la puerta de enfrente de la habitación donde el calor no acechaba. Se dirigió hacia los placares, abrió una de las puertas corredizas, la que se encuentra más cerca del ingreso, y eligió uno, entre los ocho trajes que colgaban dentro del placar. Cerró la puerta y abrió la otra para elegir una camisa y una corbata que vayan con el traje. Volvió a la cocina, tomo otro poco de jugo y mientras se cambiaba un una de las sillas que rodeaban a la mesa rectangular, se cambió, mientras escuchaba las novedades del día.

Uno no imaginaba que ese día iba a terminar siendo trágicamente inolvidable. Una vez cambiado, tomo las llaves del auto, bajó por el ascensor hasta las cocheras y, luego de encender la radio del auto, se encaminó hacia la oficina.

En un departamento de pasillo, cuando el reloj de un equipo de música marca las diez de la mañana, de este mismo sale una fuerte música. La habitación se llenó de la inconfundible voz de Jaime Ross “…la calle Durazno, nace a la intemperie…”.  El ventilador de techo gira inútilmente y mueve el aire caliente y húmedo de la habitación. El techo es alto y de pintura descascarada. Sobre la cama y entre un manojo de sábanas desordenadas reposa una persona sudorosa. La espalda parece adherida a la sábana elastizada que recubre el colchón. Sobre la pared Este hay varios estantes, hechos con madera sostenida de la pared por una T, donde reposan cientos de libros. Junto a la puerta, sobre la pared Norte, hay un sillón de mimbre con un almohadón que, aparentemente, fue blanco y arriba un libro abierto con las hojas hacia abajo. El libro es 2666 de Bolaño.  A la izquierda de la cama, casualmente la parte de la cama que no linda con la pared, sobre el piso de pinotea hay un cenicero con tres colillas de cigarrillo y un poco de ceniza, un vaso con agua y un librito de poesías de Ricardo Parma.

El hombre que reposa en la cama se despereza al ritmo del candombe uruguayo. Se refriega los ojos, se toca su pene por dentro del calzoncillo para luego sentarse sobre la cama. Con el pie izquierdo, ya sentado en la cama, corre el cenicero hasta alejarlo una distancia caprichosa. Toma del agua que está en el vaso hasta acabarla y se seca la transpiración de su frente. Toma el libro del suelo y lo apoya sobre la cama.

Se termina de incorporar, camina hacia una ventana, abre ambas placas de madera y el sol  se apodera del lugar. Abre y cierra los ojos un par de veces hasta acostumbrarse a la claridad. La ventana da a un patio de baldosas, donde hay un par de masetas con plantas, un perro durmiendo, una escalera, un tablón y dos caballetes apoyados sobre una pared, una pileta de cemento y un balde azul debajo.

Dos es profesor de Lengua y Literatura en un colegio privado cercano a su casa, los jueves es su día libre donde puede dormir un poco más de lo habitual y dedicarse a sus escritos y sus libros.  El resto de la semana da clases desde las siete de la mañana y hasta las doce del mediodía. Los cursos que tiene a cargo van, de segundo a quinto. Los alumnos de quinto año por tercera vez consecutiva lo invitaron al viaje de graduados, Dos, por tercera vez consecutiva, se negó. 

Además de ganarse la vida como docente, Dos escribe en un par de diarios una pequeña columna semanal sobre literatura y filosofía, y en un par de revistas que, gratuitamente, reparten ciertas librerías de renombre de la ciudad. Entre el sueldo como docente y estos pequeños trabajos, Dos vive dignamente, sin lujos, sin grandes aspiraciones, pero sin falencias elementales.

Como todas las mañanas que no trabaja, mientras suena ya “La colombina”, se prepara unos mates y se sienta frente a la computadora a revisar sus mail. Como era de sospechar no tenía ningún mail de importancia, destacó uno donde lo invitaban a participar de un concurso de relatos cortos, el premio consistía en tres mil pesos y un viaje a Córdoba, para dos personas, donde se realizaría la entrega de premios. El concurso lo organiza la biblioteca de Viale Massé. Eliminó el resto de los mails y este último lo guardó en la carpeta “Borradores”.

Luego abrió la carpeta donde guardaba sus trabajos y sus apuntes, tenía una novela en la cabeza desde hacía un tiempo. También tenía algo escrito y pensó que era momento de empezar a darle forma para poder intentar editar de una vez por todas. Si bien la familia de Dos era clase media alta, a punto de dar el salto hacia la clase de elite en forma definitiva, nunca quiso su ayuda económica.

Dos, había leído en algún lado la historia de un chico que queda encerrado en un Shopping, si bien Dos no recuerda cuales fueron las razones para que un bebe fuera olvidado en un Shopping y luego encerrado, tiene la idea de un conflicto gremial donde el centro comercial no vuelve abrir sus puertas y tampoco se llegan a sacar las cosas de los negocios. El niño de tan solo seis meses pasa dentro del lugar catorce años. Dos piensa que se ha escrito sobre niños olvidados en la selva y criado por los monos, en miles de ocasiones. Inclusos se han realizado un centenar de películas con esa idea, y concluye que, no estaría mal modernizar la historia.

Tiene algunas ideas en la cabeza, sabe como el niño pasa los primeros años de vida, ya que el centro comercial también cuenta con un supermercado y el niño comienza a alimentarse, no con las cosas que elige sino solo con las que llega a tomar desde  su gateo y que puede abrir con sus frágiles manos. También sabe que el pequeño, al ir creciendo empieza a utilizar diferentes lugares para descansar hasta que termina eligiendo un negocio de venta de camas, somieres, almohadas y productos afines al sueño. También tiene claro que aprende a hablar mirando los grandes televisores en las casas de electrónica. Y que gracias a la variedad de canales comienza a utilizar, sin saberlo, diferentes idiomas ya que, al no saber que existen diferentes lenguas, cree que la diversidad de vocabularios sirve para poder expresarse de diferentes maneras. Por esto cree que se escribe en castellano, que se habla en portugués, que se canta en inglés, que se grita en italiano, que se dan órdenes en alemán y que se recita en francés. Si bien Dos tiene una explicación para cada una de estas alternativas del lenguaje, algunas tan obvias como la sonoridad del inglés para ser cantado o el romanticismo del francés para ser recitado, no viene al caso el desarrollo de cada una de ellas, y le dejamos al lector que elija sus propios motivos para la utilización de los idiomas.

Dos tiene la ilusión de poder realizar una crítica moral a la sociedad moderna y las economías liberales mediante esta novela que intenta armar. Si bien sabe, que la idea original es de otro escritor, pretende tomarla para modificarla y profundizarla. En literatura, siempre dice Dos, está todo inventado, ahora solo resta saber copiar y pegar. Utilizar las palabras de otros en otro orden y con otro significado aparente.

Un par de horas antes, mientras Uno maneja hacia su oficina, y luego de escuchar un comentario en la radio piensa en lo fácil que sería poder utilizar las letras como los números, piensa en lo cruel de  los lenguajes y en las horas que ha invertido en el estudio de otras lenguas. Si se pudiera evitar, salvar de alguna manera, las diferentes lenguas, todo ese tiempo “perdido” en el estudio de diferentes idiomas se hubiera podido utilizar para otras cosas, sin duda.

Si los idiomas, la literatura en general, pudiera ser tan exacta como las matemáticas, no habría margen para las interpretaciones ni para los malos entendidos. Piensa también en la maldad de Dios en mandar a construir al hombre la torre de Babel y cree tener un motivo más para no creer en su bondad.

Si bien, se dice, los números son relativos en algunos casos, como cuando hablamos de diferentes tipos de cambio, no es lo mismo dos mil pesos que dos mil dólares, pero (a Uno le encanta decir la frase Ceteris Paribus, aunque al estar solo en el auto la omite) si tomamos como una variable fija el tipo de cambio, donde todas la monedas valgan lo mismo, los números son universales. A pesar de, por culpa de las leguas, pronunciarse distinto, en todos los lugares del mundo dos mil personas, son dos mil personas, tres mil dividido dos es mil quinientos y dos más dos es cuatro.  Sigue manejando e intenta avanzar con este pensamiento de utilizar un idioma universal como las matemáticas, definitivamente el invento más importante en la historia de la humanidad, pero naufraga en el intento de desarrollar la hipótesis y desiste en la idea de llegar a la oficina plantear el tema y debatirlo con sus empleados.

Todavía no sabemos a que se dedica Uno, pero todo indica que es una persona con un buen pasar, que tiene empleados a su cargo y que prefiere las matemáticas a la literatura. Esto no quita que sea un lector regular. Si bien, como sabemos, en estos momentos está leyendo un libro sobre economía, que propone que la economía no es solo para los entendidos. Si volvemos al cuarto donde sacó su traje, su camisa y su corbata, podemos encontrarnos con una biblioteca que alberga unos sesenta libros, entre los que se encuentran, claro está, los libros de B. Pero observando solo los libros de Uno podemos encontrar piezas como “El Psicoanalista”, “Historia del Loco”, “Se lo que estás pensando”, varios libros de Mankel y también tres ediciones de bolsillo de Fred Vargar. Definitivamente en la literatura elige el entretenimiento de los policiales. Conviviendo con estos ejemplares tenemos una docena de libros de economía y negocios.

Uno llega a la empresa como todas las mañanas media hora antes que el resto de los empleados. Le gusta tener un rato en soledad para disfrutar del desayuno que la moza del bar de la vuelta le deja, religiosamente, a las ocho de la mañana sobre su escritorio. Mientras desayuna lee algunos diarios por Internet y revisa su taco financiero, quien le recuerda las actividades del día. Por segunda vez se fastidia del almuerzo que tiene programado, piensa en llamar a su padre en un rato para solicitarle cancelar la reunión que éste le pidió que tenga, pero sabe que sería una pérdida de tiempo, y si bien es su padre, también es el dueño de la empresa y Uno sabe separar las cosas familiares de las cosas laborales, aunque, en este caso, como vamos a darnos cuenta, todo esta mezclado.

Volví a entrar a la casa de mi hermano mucho tiempo después del día que le brindé ayuda para mudarse. Justamente, esta segunda vuelta era para sacar las cosas luego de que muriese en una de esas muertes ridículas, en una ruta nacional. Volvía de Córdoba, de recibir un premio por un cuento, o por un relato, o por un poema, lo mismo da. Ese ridículo capricho de escribir lo terminó alejando de la empresa familiar y de la familia misma.

No es una gran cosa, la empresa digo, pero como todo en este país es cíclico, el viento de cola sopla desde hace unos años, con el auge de la construcción. Nosotros vendemos y colocamos vidrio, el negocio era mediado, hasta finales del dos mil cuatro. Los gringos empezaron a cambiar soja por ladrillos (con ventanas) y ahí entramos nosotros.

Una mañana nos despertamos y habíamos ganado la licitación de las torres Dolfines. Sin duda, esto era un gran golpe, de suerte. No quedaba otra que hacerse cargo del empujón y agrandar la empresa, en capital y en personal, por eso mi padre intentaría por enésima vez convencer a Alejandro (mi hermano) para que nos diera una mano en el negocio, necesitábamos delegar, pero en alguien de confianza, y que mejor que alguien de la familia. Me pidió que sea yo la persona que hable con él para pedirle que nos ayude a conducir hacia el nuevo rumbo que, sin duda, tomábamos.

Lo llamé como habíamos quedado, le dije que eligiera él un bar, ya que si lo hacía yo, me iba hacer algún comentario sarcástico, con cierto humor, siempre ácido. Invitame a desayunar acá en Albahaca, el bar de la esquina de mi casa, me dijo. Nos vemos ahí tipo diez y media si podes. Mejor te invito a almorzar, tengo una mañana complicada. Sos un tipo complicado vos, un hombre de negocios. Lo deje pasar, le propuse que nos veamos a la una.

Cuando llegué lo vi ocupando una mesa junto a la ventana, siempre se sentaba junto a las ventanas, se perdía con la gente que pasaba y quedaba, de a ratos, como hipnotizado con algo, siempre intrascendente. Mi madre decía “Ale tiene atención dispersa, él vive en un mundo distinto al nuestro”. Se peleaba mucho con mi padre, ya que él sostenía que era un vago que no quería tomar responsabilidades en serio, y que con esa excusa de la escritura evitaba, desde trabajar con nosotros en el negocio, hasta formar una familia o  al menos una pareja estable.

Mientras me acercaba a la mesa donde él ocupaba, el mozo le destapaba una botella de vino. Ya había sobre la mesa una panera con miñones y grisines, una soda todavía tapada y una hielera de acero inoxidable; infaltable también un libro que se dejaba ver en la silla que quedaba a su derecha. No miré que estaba leyendo, aunque luego él me lo iba a contar. Cuando, a tan solo unos pasos de la mesa, me vio llegar, se paró y me dio un fuerte abrazo y un beso. Nos sentamos y me ofreció vino, con la botella en la mano. Le dije que yo al mediodía nunca tomaba. Ni siquiera cuando comes con tu hermano menor, me preguntó, mientras sostenía la botella en su mano derecha y ensayaba una sonrisa casi real. No, en serio, después tengo que seguir laburando y me da sueño. Andate a dormir la siesta si te da sueño. Sabía que si le contestaba lo que en realidad pensaba se iba a tornar un almuerzo lleno de discusiones, reproches y conversaciones bélicas que no llegarían a ningún puerto, ni bueno ni malo, solo impotente.  Le dije que no, que en serio no quería, que muchas gracias, que con la soda me arreglaba. Se sirvió media copa y se puso un hielo.

Afuera hacia un día de calor, soleado, sin nubes ni amenazas, lento, de verano que asfixia. Con las pocas palabras que habíamos cruzado, sospeché que adentro sería ventoso, con nubarrones, tal vez lento o inamovible. Me iba a equivocar.

Mi padre había puesto sobre mí el peor de los trabajos, los dos sabíamos que Alejandro era intransigente en su postura de no trabajar en el negocio familia. Lo sabía tan bien como yo, pero por una cuestión que no llegaba a comprender, ni comprendo ahora, se empecinaba en insistir. En un momento se me había antojado pensar que era para no sentir culpa, culpa de tener un hijo tan distinto a él, a mi. Un bohemio que no sabía manejar, le aterraba esa imagen de un hombre que no supiera manejar “ni manejar sabe, que podes pretender de un tipo que no sabe manejar”. Insistir hasta  el último “no” para saber que él hizo lo imposible para darle un lugar. Un lugar que no quería ocupar, que solo era un capricho de mi padre que nunca llegó a entender otras formas de felicidad. Ahora no pienso ni siquiera en eso. No me importa para qué insistía.

Cada uno con una carta en la mano y sin mirarnos pasábamos las hojas, sospechaba que él ya sabía qué iba a comer, iba seguido a ese lugar, comentaba. No quería pedir nada pesado, el día iba a ser largo. Le pregunté que tal eran las ensaladas, si era mejor la completa o la especial, no por verdadera curiosidad sino para hacerlo participar de mi decisión, tan simple e intrascendente como un menú de mediodía, con el propósito de tener un punto en común. Me dijo que él no comía nunca ensaladas, pero que las costeletas que hacían eran una cosa de locos. Me decidí por la ensalada completa que prometía traer espárragos. Él pidió una suprema con una tortilla de papas babeé.

Como sospeché los espárragos eran un efecto decorativo más que comestible, estaban duros y tan solo traía dos. Me devoré la tortilla con los ojos pero no acepté cuando me ofreció un octavo. Mientras almorzamos no quería tocar el tema que nos reunía, sentí la necesidad de disfrutar del almuerzo, no me era fácil, vivíamos en realidades tan distintas que casi no encontrábamos puntos en común más que una niñez lejana y borrosa, un lugar común un tanto cursi. Por suerte me preguntó si yo seguía yendo al Club. El otro día pasé con la bicicleta por el paseo Ribereño, iba para Granadero Baigorria y me dí cuenta que tenía a Regatas ahí nomás, me tentó pasar, pero de saber la sarta de explicaciones que iba a tener que darle al portero para que me deje ver como estaba el club, desistí.

Si, sigo yendo, la hice socia a Belén y tenemos un lindo grupo, los sábados jugamos al fútbol en la canchita de afuera, decadente le decimos, somos todos ex jugadores que nunca jugamos en ningún lado, pero nos divertimos. Todo igual entonces, dijo. Si, falta la tribuna y la cancha de bochas, hicieron como una glorieta y pusieron mesas para que la gente que se queda a comer un asado tenga un poco más de lugar. Me preguntó por algunos de los chicos que se juntaban con nosotros pero ninguno había vuelto al club. Yo sigo teniendo relación con el Melli, Leandro, vive en Europa hace muchos años, primero en Florencia y ahora está en Barcelona, tiene un laburo piola, traduce películas del ingles al castellano, nos escribimos siempre. No quise pensarlo, pero me tomo por asalto el comentario en mi cabeza: el Melli Leandro era de los raros, como él, que no les gustaba jugar a la pelota y que en verano se la pasaban encerrados jugando al TEG, en el salón del club.

Me alegré cuando sentí que la charla fluía sin darme cuenta, sin hacer esfuerzos, sin buscar temas. Salían nombres y anécdotas de la niñez y de la adolescencia. Se reía cuando le contaba que ahora jugaba también al tenis, que no jugaba tanto al fútbol por los tobillos y la rodilla. No podía creer que tomara clases de tenis. Como los viejos culo roto digamos, tiro entre risas. Pero su frase fue genuina, no había sarcasmo ni maldad, por eso no me molestó. Me reí con ganas de que me viera como un viejo culo roto.

Como decimos en el negocio, siempre hay que tratar de tener reciprocidad comercial, si bien acá lo comercial todavía no había salido a la luz, luego de que él proponga un tema que me caía tan cómodo como la vida de club, le pregunté por el libro que reposaba en la silla vacía. Resultó ser un libro que no había leído aún pero, me contó, hacía mucho que lo buscaba. La última vez que estuve en Capital, comenzó, para la feria del libro,  caminé calle Corrientes, desde la nueve de Julio para el lado oeste como diez cuadras, de las dos veredas, están llenas de teatros y de librerías, con libros usados y demás, pero no lo pude conseguir. Por eso, lo había encargado en una de acá de Rosario, hacía como dos meses y ahí estaba. El libro se llamaba Firmin, me contó la historia de un tal Sam Savage, definitivamente un tipo muy especial que había sido, antes de escritor (como si alguna vez, alguien que es escritor, podría no haber sido escritor, me dijo, pero no llegué a entender bien a que se refería) había sido carpintero, pescador de cangrejos y tipógrafo. Definitivamente tres actividades que poco tenían que ver entre si, para después, terminar siendo escritor. Claro que también había estudiado filosofía y había sido profesor en un par de Universidades.

La verdad que, en general, este tipo de cosas no me interesan en lo más mínimo, pero me sentía a gusto y con muy pocas ganas de que se termine la historia del tipo este y, no me quede otra, que tomar al toro por las astas e intentar convencerlo de que se incorpore al negocio familiar.

Como realmente me interesó la particular historia de este tal Sam, le pregunté de qué se trataba el libro. Lo bueno de saber que nunca vas a leer tal libro o nunca vas a ver cual película, es la falta de miedo a saber el final, esto mismo me pasaba a mi sentado frente a mi hermano. Me dijo que se trataba un poco de él. Me reí con ganas pero él me estiró el libro para que leyera su sinopsis. Lo tome en mis manos, corrí el recipiente donde estaba la ensalada, lo apoye sobre la mesa, saque los lentes del bolsillo de mi camisa a cuadros y leí con atención. El libro trataba de una rata. Lo miré con extrañes y le pregunté si en serio el libro era sobre una ratita. Si, seguí leyendo. Otra vez repasé el primer renglón para, esta vez, leer hasta el final. Una rata que vivía en una biblioteca, una rata culta y marginada por eso. Ahí entendí a lo que se refería con eso de “se trata de mí”. La rata Firmin nació en el sótano de una librería, rezaba la contratapa, de un decadente barrio de Boston. Aprende a leer digiriendo su nido hecho de un libro cortado en tiras. Devora papel, que es el alimento más fácil de encontrar; de esta manera aprende a leer y esto la humaniza y la convierte en un ser marginado de su familia. Busca la amistad de su héroe, el librero Norman Shine y de un escritor de ciencia ficción fracasado: Jerry Magoo. Firmin es sobre todo una rata bibliófila, cinéfila, coqueta y con un carácter bastante depresivo, pero al mismo tiempo entrañable y admirable…

Vos nos sos un marginado por tu familia, sino que es exactamente al revés, vos marginas a tu familia, papá quiere que vos estés con nosotros en esto, sino tenemos que ir a buscar afuera una persona y nunca va  a ser de tu confianza. Trate de explicarle. Pero siguió con que nuestro padre no superó nunca su vocación hacía las letras. El viejo quiso hacer guita y la hizo, vos seguís con el negocio y también estás haciendo guita. Yo no les pido nada más que no me rompan los huevos, yo soy feliz con mis libros, mis textos y mi laburo “de mierda” como dice el viejo. Se pone como loco porque nunca aprendí a manejar.

Trate de convencerlo para que, al menos venga a trabajar con nosotros un par de años, hasta que pase el boom de la construcción, terminamos unas obras y se podía retirar con un mango en el bolsillo para seguir dedicado a lo suyo. No hubo caso, estaba emperrado en seguir con su vida tal cual estaba.

Después de discutir un rato me propuso que nos dejáramos de joder, que él no iba a trabajar con nosotros y que nosotros no lo íbamos a entender nunca, que esto era como discutir de política, (como hacerle la paja a un muerto creo que fue el término exacto que utilizó), que tomáramos un café y que siguiéramos con la charla tal cual lo estábamos haciendo antes de Firmin. Me tenté a preguntarle si lo había traído apropósito o si en realidad lo acaba de comprar, pero me contuve, era muy mañoso para las conversaciones y una pregunta así podría darle el pié para tomarme el pelo.

Ahí fue cuando me contó, mientras tomábamos el café, que se iba a Córdoba, a recibir un premio por un texto que había enviado para participar de un concurso. Incluso me comentó que le pagaban el pasaje y la estadía y que hacía poco había ganado guita por otro concurso acá en Rosario, organizado por la Municipalidad. Le pregunté como no había avisado. Es que el viejo no creo que quiera ir a un lugar que puede estar lleno de gente que no sabe manejar. Rió con ganas y me tentó también a mí. La paso bien cuando nos juntamos, le confesé, tendríamos que vernos más seguido. Vos sos un tipo bastante más ocupado que yo, me llamás y te venís a casa a tomar un porrón, eso si, vení un día que puedas dormir la siesta o a la tardecita, así me podes acompañar. No lo sentí como una ironía, en el rostro se le notaba la sinceridad, algo que tenía Alejandro era eso, no sabía mentir.

Le pedí la cuenta al mozo que compartió chistes con Alejandro mientras yo juntaba lo necesario para cubrir lo que habíamos consumido más unos pesos de propina. Le podes dejar propina por las veces que vengo yo con el mango justo si querés, dijo Ale guiñándole el ojo al mozo que, el parecer, se llamaba Patricio.

Mientras tomábamos el café, después de pagarle a Patricio (una cuenta muy sensata) Alejandro me dijo que a pesar de todos lo que recordamos de los buenos tiempo y de la vinculación sanguínea que nos única, él creía que, hoy por hoy, éramos dos desconocidos. Me llamó la atención y me sobresaltó su conclusión, estaba convencido de que habíamos tenido una conversación muy amigable y que parecíamos dos amigos que se ven semana a semana.

Yo tengo cuatro preguntas para hacerle a una persona desconocida para poder llegar a tener un pantallazo general del tipo de persona que es, siguió. Le preguntó que diario lee, que hace en su tiempo libre, cual fue la última película que vio y cual el último libreo que leyó. Me dejó como patinando en el aire, con la boca entre abierta. Afuera seguía la calma, no parecía un día laboral, la imagen del exterior que se tiene desde un bar es completamente distinta a la realidad, o al menos eso estaba experimentando sentado junto a la ventana que daba a calle San Juan, la calma solo la rompían los estallidos de la K cada vez que pasaba con ese acelerador eléctrico y su ruido tan particular.

Después el colgado soy yo, rompió el hechizo en el que estaba inmerso, ya se, no te acordás cuál fue el último libro que leíste, sentenció. Si bien su técnica para encuadrar a las personas apenas conocida me había llamado la atención, no me había quedado pensando ni en el libro, ni en la película, ni el diario, ni siquiera en mi hobby. Solo eso, me sumergí en el alma del bar, pero no tenía ninguna intención de confesar esto, se iba a burlar de mi, sin dudas. Por eso le dije que no, que no pensaba en el libro sino en el tiempo libre, que yo jugaba al tenis y que él ya me había catalogado como culo roto por eso. Reímos con ganas otra vez. Y el resto, preguntó. Me estas tratando como un desconocido en serio, veo. Fantaseemos, imaginemos que sos un tipo que viene de una empresa a ofrecerme laburo y yo, como futuro empleado te pregunto eso. No te contrato seguro por desubicado, que te importa lo que lea. Se sonrió y me volvió a pedir que le cuente. Diario, como todos, leo La Capital, salen las noticias locales, cosas que pueden interesar para la empresa y demás. Me interrumpió para aclararme que las explicaciones estaban de más, que a una pregunta simple se espera una respuesta simple. Ok, le dijo, yo te contesto en forma concreta con la condición de que vos, después, me digas que pensas de un desconocido con mis hábitos. Quedamos así, respondió con ganas. Leo el diario La Capital de Rosario, repetí sin más; la última película que vi fue “Sherlock Holmes 2”; el último libro que leí fue “Se lo que estas pensando” y como ya sabes en mi tiempo libre juego al tenis. Te toca, retruqué. Se sonrió sin maldad, pero sin humor, una sonrisa tibia y sin esfuerzo, pero sin virtudes ni profundidad, esa sonrisa que se parece a un reflejo del cuerpo, como achinar los ojos al despertar cuando abrimos la ventana.

Luego me fue sincero, sin antes anticiparme que iba a serlo. No te invitaría a tomar una cerveza a mi casa si no fueras mi hermano. Los dos reímos con ganas y mientras reía se rompió algo dentro mío que me hizo, por primera vez, mirar el reloj. Era tarde, nunca me tomaba tanto tiempo para almorzar, ni siquiera con un cliente. Ya te tenés que ir que miras el reloj o es solo un vicio de tipos ocupados, preguntó ya sin la sonrisa. Me voy a tener que ir, respondí con cierta vergüenza. Nos despedimos ya en la puerta del bar, antes de salir saludo con un beso al mozo y a la chica que trabajaba detrás de la barra, una chica joven con cierta simpatía que, esas mujeres que con su sonrisa constante, y sincera, oculta los desperfectos de un rostro que termina por ser deseable. Nos saludamos con un fuerte abrazo, un poco más intenso que el primero, nos prometimos una cerveza la semana entrante. Los dos sabíamos que mentíamos. A ninguno le importó.

Como hacía muchos años, cada uno tomó su camino, exactamente opuestos. Él caminó por calle Dorrego hacia Mendoza, vivía en un pasillo oscuro y descuidado, sin flores, con humedad y sueños, en mitad de la cuadra. Mi auto estaba estacionado hacía el norte, caminé en contramano hasta metros antes de calle San Luis, si bien podía abrir el auto con el botón de la alarma que no hacía ruido, en general optaba por el que sonaba con un doble “vip”.

El clima seguía enemigo, nos acercábamos a las tres de la tarde. Dentro del auto el calor apretaba, había quedado al sol. Puse en marcha el motor y prendí el aire acondicionado. Apague la radio y pensé que seguía sin saber mucho del hombre que acababa de almorzar conmigo, que casualmente era mi hermano. Tal vez la parte más pura y verdadera de nuestra conversación fueron las cuatro preguntas para un desconocido. Todo se pareció más a un encuentro de ex alumnos que a un almuerzo familiar. Podríamos haber brindado por los doce años de nuestro viaje a Bariloche sin que ningún testigo se extrañara.

Pasaron varias semanas hasta que supe que ese almuerzo había sido el último momento que pasaríamos juntos. Me costó juntar las fuerzas para tomar las llaves que la policía nos había entregado en su momento, junto con el cuerpo, para ir a abrir su casa, para acomodar todo, para sacar sus cosas (y pinta, había pedido la inmobiliaria). El pasillo se me hizo interminable, mucho más húmedo, mucho más despejado de plantas, de vida, de sueños.

Revisé unos cajones y saque impresiones que parecían escritas por él, o al menos él las firmaba. Me detuve en una. Casualmente en esta.

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                                                                                        DAMIÀN FORNASO

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-