"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




5 de Abril, 2012


MARISOL BALTARE, 3º Premio Nivel Uno

Publicado en Cuentos el 5 de Abril, 2012, 16:10 por MScalona

EL HERMANO DE JAVIER

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Cuando se me informó el deceso de mi hermano supe que de no morirse yo jamás hubiera podido matarlo. Deceso fue la palabra que usó el policía para lamentar comunicarme el hecho pero cuando tuve que trascender la noticia dije fallecimiento, para amortiguar a mi voz del eco y a su  cuerpo del impacto que lo arrojó sobre la banquina. También para no premiar ese último instante de su vida con la tragedia.

Era sabido que nunca se iba a morir después de una larga agonía y consumido por el cáncer. No; él tenía que matarse de la noche a la mañana estrellado en una ruta, brutalmente.

Exigí la mayor solemnidad posible y contraté los servicios de una de las pocas funerarias que incluía la práctica de la tanatopraxia. Ya sabía que aunque todos reprobaran mi decisión ninguno se atrevería a juzgarla y mucho menos pretender disuadirme. Mi gesto sería interpretado del modo, naturalmente, más aceptable: la impresión de la fatalidad empeñada en prolongar lo impostergable.

Durante los tres días que duró el sepelio no sólo se hicieron presentes hasta nuestros parientes más lejanos sino que fue un continuo desfile de personalidades importantes e inconexas entre sí pero que habían tenido algún trato con él o se vinculaban conmigo. La misma funeraria se encargó de hacer llegar las participaciones a la larga lista que les suministré y entre los que contaban miembros del Opus Dei, autoridades del Ministerio de Educación y de la Secretaría de Cultura y algunas otras personalidades públicas y políticas. Admito que hubo una importante cantidad de gente desconocida que ni acertó a saludarme por desconocer mi existencia, ésos eran los amigos de mi difunto hermano. En el incansable deambular mental escuché infinidad de murmuraciones pero la que más me sorprendió fue la de quien aseguraba que aquello contribuiría a la resignación y la pronta elaboración del duelo. Sinceramente, lamenté no poder permitirme la sonrisa.

Preferí permanecer confiado en el verdadero motivo de semejante exageración: alterar su recuerdo. Menguar la intensidad de su vida contrarrestando la audacia que lo definió. Engañar a quienes más lo habían querido, a quienes lo habían querido más que a mí.

Ésos que identificaban la genialidad con sus remeras descoloridas tendrían que convencerse durante los tres días de velorio y quedarse con esta última imagen: Javier de traje, bien peinado y hasta bendecido. Tan impecablemente falseado como irreconocible.

Quise burlar su memoria para que al evocarlo se les deforme su existencia y lo olviden con la misma rapidez con que lo quisieron. O para que, con el tiempo, al acordarse de él pudieran confundirlo conmigo.

Harto de ser el hermano de Javier… Despedí sus restos como si le estuviera dando sepultura a lo que había sido mi propia vida hasta ese momento.

En los días siguientes fui a la inmobiliaria con la idea de rescindir el alquiler del departamento que mi hermano habitaba pero me dejé convencer por los sugerentes modales de la oficinista y decidí esperar los tres meses que restaban para concluir el contrato. Si bien era cierto que económicamente me convenía reconozco que no fue eso lo que me llevó a aceptar la oferta sino la euforia casi infantil que sentí vibrar en el estómago al imaginarme que por un tiempo podría vivir como si fuera Javier.

No es que me mudaba a su casa porque yo seguiría teniendo el mismo domicilio de siempre, aquello no era más que la extensión de un juego que ya estaba iniciado.

Caminé por avenida Belgrano mientras la tarde se empeñaba en iluminar el rumbo de mis pasos con el afán de que no me pierda entre las sombras.

Esperando la complicidad de la noche y retrasando el enfrentamiento con mi propia incapacidad apuré un whisky una cuadra antes de llegar a su departamento pero apenas entré y respiré el aire que había dejado sentí que Javier me estaba mirando. Durante un brevísimo instante me aterró pensar que su falta atraparía mi existencia con razones más poderosas, más sutiles pero tan poco lógicas como inconfesables, por eso no permití siquiera que se plasmen como idea.

No fue el olor de su intimidad sino mi posibilidad de recorrerla lo que me causó vértigo, como si al pisarla me estuviera plantando por encima de sus secretos, en un lugar que no me correspondía y al que había llegado por lo mismo de siempre, mi cobardía y su audacia. Me sentí peor al entender que así sucedería si el que hubiese muerto fuera yo y él quién anduviera por entre mis miserias. Volví a tener tanto miedo que agradecí estar vivo, tener tiempo y conciencia para ocultar lo que ni muerto permitiría saberse de mi mismo.

Me acuerdo que lo primero que hice fue mirar el baño, fijarme si había algún slip sucio en el piso, asombrarme de que usara la misma marca de desodorante que yo y cerrar el ventiluz que daba al lavadero y el del lavadero que miraba al del vecino de enfrente. Atrapar ese resto de privacidad  que no me pertenecía pero del que me sentía responsable. Anduve por el departamento como un fantasma, tropezando con su vida y atontado por esa muerte inesperada hasta que lloré; primero con el arrebato torpe del principio y después con el único desconsuelo con que se puede llorar la muerte de quién más quisimos.

Durante la madrugada me sobresaltó el sonido de algo que identifiqué como parte del mundo onírico y volví a entre dormirme hasta despertar de nuevo con la nitidez de un grito ahogado y los posteriores quejidos que desencadena el acto amoroso.

Me quedé despierto, desvelado y con bronca pero tranquilo de que ya había terminado. Inevitablemente me cuestioné la molestia y el alivio sin pretender una revelación hasta que el sueño venció un recuerdo olvidado por los años: no poder dormir las noches que Javier hacía entrar a oscuras y en secreto a alguna de sus primeras novias.

A la mañana siguiente me costó entender donde estaba y que hacía ahí. Tomé un taxi hasta mi casa en donde improvisé un equipaje reducido y volví al departamento caminando. Cuando pasé por un bar que tenía teléfono público llamé a mi prima para consultarle una duda y ella aprovechó para avisarme que quería verme, sin mediar preámbulos le dije que estaría en lo de Javier ultimando detalles para la entrega del departamento. Ahí nomás telefoneé a Delia para pasarle la dirección del departamento así venía a limpiar cuanto antes.

Diciembre estallaba y las calles hervían con el típico clima navideño. Llegué tan acalorado y hambriento que después de ducharme me puse a preparar un licuado. Así estaba, con una mano sobre la tapa de la multiprocesadora y la otra agarrando la manija, en pleno aturdimiento emocional y auditivo, cuando percibí como ecos de golpes sobre las paredes y ¿gritos? desde una distancia indescifrablemente etérea como concisa. Apagué la licuadora y sin la interferencia del electrodoméstico los placenteros gemidos adquirían un plano de realidad descomunal, escapados por el balcón de una intimidad ajena se convertían en relámpagos cegadores que tronaban sobre las carencias del resto de los vecinos. El viento cerró la turbación con un portazo que resonó en toda el edificio y fui hasta el living para correr el ventanal antes de que la tormenta ensucie más de lo que ya estaba.

Mientras me tomaba el licuado y miraba la ciudad llenarse de agua, desbordar las alcantarillas y naufragar bolsas de papas fritas, latas de coca y botellas de agua mineral pensaba en hacer un reclamo al consorcio pero enseguida deseché la idea por carecer de un argumento válido, resultaba ilógico censurar el placer de alguien que para colmo ni sabía quién era. Eso tendría que hacer: averiguar de donde provenía tal despliegue amoroso y quién era la fogosa amante.

Sentado en el sofá y conciente de que empezaba a dormirme, me dormí y soñé que lamía la vulva de una mujer desconocida y que mi lengua encontraba, entre sus pliegues, una esfera perfectamente redondeada como un mundo de tesoros desconocidos. Deslizaba la joya debajo del paladar para saborear la fortuna del hallazgo pero al morderla el esmalte se quebraba y me quedaba encastrado entre dos muelas un pedazo de la sustancia irisada.

Cuando me despertó el timbre atendí desorientado mirando la hora, el living en penumbras y el vaso de licuado vacío. “Alberto y Nora” carraspeó el portero eléctrico. ¿Mi prima y el marido? Me acordé del llamado así que prendí rápido las luces y enjuagué el vaso mientras subían en el ascensor. Cuando abrí la puerta encontré sus dos sonrisas insípidas mediando entre la incomodidad y el compromiso. Entraron disculpándose por la hora y explicando que recién salían del estudio. Quizás porque eran contadores supuse que su visita se debía a un interés económico en vincularme con algún marchante de arte que se ocupe de la venta de los cuadros de Javier pero no, me equivoqué. Hasta tanto me mostré reacio pero ellos invariablemente comprensivos alivianaron la presión y en cuanto pudieron soltaron la invitación sin que suene como un soplido la exhalación de alivio. Apenas entendí que habían venido a pedirme que pase nochebuena y fin de año con el resto de la familia acepté sin rodeos pero se mantuvieron durante tanto rato insistiendo que no supe si no habían escuchado mi conformidad o si su pedido venía a expresar lo contrario, la necesidad de una rotunda negativa por mi parte. Empecé a sentirme avergonzado y bajé la mirada para que no se me notara la tristeza. Cuando los escuché decir reunión en lugar de fiesta mostré, sin palabras, mi incomodidad y ellos dieron por finalizada la misión.

Nora se disculpó para pasar al baño y Alberto aprovechó su ausencia para colgarse el saco en un brazo y hablarme del clima, de espaldas y con las manos en los bolsillos, mirando por el ventanal abierto. En ese momento me acordé de la vecina y rogué que se fueran antes de que empezara el fogoso balbuceo. Lo más admirable fue la concentración con que ambos mantuvieron la atención sujetada a mi presencia sin que la mirada se les diluya por mis contornos en la búsqueda de la ausencia de mi hermano.

Me quedé mirando televisión hasta tarde, haciendo tiempo y esperando pero no tuve el placer de oírla esa noche. ¿Javier también la escucharía? Por un instante me avergonzó lamentar su muerte por no poder preguntarle.

En mi casa, las mañanas que venía la señora a limpiar me levantaba más temprano que de costumbre para poder desayunar tranquilo y solo. Acá hice lo mismo. Apenas llegó empecé a cerrar las ventanas bajo su mirada sonriente que me preguntó si tanto frío tenía y cuando le contesté que era para prender el aire acondicionado se interpuso entre el aparato y yo. Era asmática y demasiado necia para poder convencerla así que me recluí en el balcón a leer el diario.

El aire fresco de la mañana daba claras muestras en el cielo de ser una efímera sensación. Abajo, la ciudad empezaba a caldearse de insultos, bocinas y frenadas. Las palomas anidadas en los huecos de otras ventanas dialogaban en su idioma.

Entre noticia y noticia me llegaban oleadas de aromas limpios. Lavanda y pino, azahares. El olor de la cera me llevó a la casa de los abuelos y brilló el recuerdo lustroso de las escaleras que yo bajaba de la mano de mamá y del otro lado Javier riendo a carcajadas deslizándose por la baranda.

Algunas sí que la pasan bien, la oí murmurar a Delia mientras vaciaba el balde sobre una rejilla cerca de mis pies. La evocación infantil me abstrajo a tal punto que no entendí a que se refería ni desde cuando me estaba hablando. Disculpándome por la distracción le pregunté y sonrió levantando el mentón y las cejas. Escuché un gemido y me paralicé aunque estaba quieto, algo dentro mío se acartonó. Eso es lo que yo llamo saber disfrutar de la vida, siguió diciendo a los gritos para que el ruido de la enceradora no obstaculice sus declaratorias y lleguen, nítidas, hasta mis oídos.

No me dejaba de asombrar el desparpajo de la gente a la hora de expresarse.

Yo, que previendo la incomodidad de la situación traté de silenciar el deseo de la vecina para que no la oyera Delia, ahora no sabía como callar a Delia por terror de que la vecina la escuchase.

Permanecí con la vista fija en los valores de la bolsa y más enojado aún cuando escuché las infaltables risitas de la satisfecha amante. Después de estallar la pasión no sobrevenía la calma sino su risa. ¿O se burlaba de mí? No, sin dudas, era feliz. Y muy joven.

Cuando me quedé solo bosquejé un plano del edificio con la cantidad de pisos y departamentos que había en cada uno, cuales daban a la calle y los que eran contrafrente como el mío. Rememoré a Delia arqueando las cejas y levantando el mentón, como sugiriendo de que el sonido llegaba desde arriba. ¿Se refirió concretamente al sexto o su gesto abarcaba en general los pisos superiores al que yo estaba? Aún así era un buen dato a tener en cuenta porque quedarían descartados los cuatro inferiores pero quizás su ademán sintetizó una referencia proveniente del exterior pero no necesariamente desde arriba. Como fuera, los gemidos no eran producto de mi elucubración y la mujer que los emitía estaba en alguno de los diecinueve departamentos restantes del mismo edificio que, ahora, yo habitaba.

Oírla diariamente nunca se convirtió en un acto cotidiano. Para mí era insomnio y desvelo, expectativa y espanto a la vez. El origen y el fin de mi actual existencia acababa en cada uno de sus orgasmos sin matarme el deseo.

Una mañana salía a comprar el diario cuando vi, en el piso, un sobre que alguien habría deslizado por debajo de la puerta, al abrirlo me di con el anuncio de una recepción organizada por el consorcio con motivo de las fiestas venideras que tendría lugar esa misma noche en el quincho comunitario del edificio. La euforia por conocer en pocas horas a la fogosa amante anuló mi concentración para todas las actividades programadas ese día. Finalmente desistí y tendiéndome sobre la alfombra construí su voz mediante el cúmulo de gemidos que incluían quejas, pedidos e insistencias. Armé a través de sus risas la entonación con que hablaría y el timbre que tendría su voz.

Empecé a bañarme en el mismo horario que figuraba en la tarjeta para que la ansiedad no me permita cometer el grave error de llegar entre los primeros. Busqué en el placard de Javier la ropa que, se notaba, nunca usaba. Elegí el vaquero menos desteñido y una remera deportiva que todavía conservaba la etiqueta de compra, el mismo desodorante de los dos y yo sintiéndome cada vez más distinto de mí y más parecido a él. Estaba feliz cerrando la puerta cuando preferí volver a buscar la tarjeta por si, arriba, alguien me la pedía pero al entrar y ver encima de la mesa el sobre me di cuenta. De golpe me di cuenta que el consorcio dudó hasta último momento en invitarme. ¡Nunca se manda una invitación el mismo día del festejo carajo! ¡Que los re mil parió! Y yo no haberme dado cuenta al ver el sobre diciendo quinto B en lugar del nombre del destinatario.

Hijos de puta me iban a tener que aguantar igual, pensaba mientras los imaginaba, a último momento, apiadados por mi reciente pérdida improvisando otro sobre. Ni mi nombre sabían, tampoco dedujeron que tengo el mismo apellido de mi hermano.

La frustración me hizo sentir como el actor que jubila la esperanza de protagonizar el papel que siempre quiso pero traté de recomponerme y subí motivado por la idea de conocerla.

Al llegar hice un saludo general que fue respondido con la misma informalidad; éso y el martini que alguien me ofreció enseguida pusieron mi buen humor de manifiesto.

En cuanto di un primer ojeo rápido a cada uno de los invitados la localicé sin detener mi mirada en su presencia. Me bastó verla para imaginar que sería ella porque era tal cuál la supuse.

En poco rato me encontré integrado a un grupo de hombres comentando sobre el gobierno democrático, criticando el cine de Puenzo, bebiendo y codeándome con el resto como uno más. Estaba tan a gusto que me sentía seductor incluso. Envalentonado por la bebida me acerqué hasta donde estaba ella para oír su voz y en cuanto soltó la primera risa confirmé mi deducción. Improvisé un problema de humedad dentro de los placares por la ubicación de mi departamento y así obtuve la información de que ella vivía en el séptimo B.

Cuando las presencias empezaron a ralear me despedí con simpatía de los que quedaban y bajé hasta mi departamento. No podría decir que su imagen se grabó en mis retinas porque estaría siendo injusto con el resto de los sentidos. Ya solo, rememoré la tensión de mis músculos en la inmediatez de sus insinuaciones y ese gesto suyo, repetido e intencional de levantar los brazos llevando ambas manos hasta la nuca para retorcerse el pelo en un rodete que al instante volvía a caerle desgajado por la espalda.

Sin esperar a oírla me froté la bragueta como si fuera la ansiedad de su mano moviéndose con torpeza la que me liberaba la verga. Me quedé mirándomela, admirando la prepotencia y la desmesura con que se erguía, con esa audacia natural con que se nutre y crece lo salvaje. Como un palo santo que se adora y venera, sus labios entreabiertos rodearían la punta muy cerca, casi sin atreverse a mamarla. El aliento enviciado haciéndome arder la ingle.

La fascinación de mi propio sexo duro como un garrote me hizo sentir poderoso y maldito. Semejante verga sólo un hijo de puta la puede tener, pensaba mientras me la sobaba como si fuera su mano hasta que la impetuosidad de su boca encapucharía hasta mi último chorro de semen.

Pasé las dos fiestas en compañía de todos los familiares tal como había quedado con Nora, Alberto se mostró mucho más distendido conmigo de lo que percibí la última vez y eso contribuyó a que yo también me sintiera cómodo.

Cuando volví al departamento, el primero de enero ya estaba completamente anochecido y yo agotado por los excesos festivos y con el cuerpo afiebrado de tanto sol.

Antes de tener tiempo para pensarla la vi sentada en las escaleras del frente del edificio. Al acercarme levantó apenas la mirada pero llegué a verle los ojos enrojecidos y no pude evitar agregar al saludo la pregunta. Puchereando me contó que hacía tres horas que tendría que haber llegado el micro en el que volvía su novio de pasar las fiestas con la familia porque él era de acá pero lo pasaba en lo de los tíos que ella los conocía y había ido miles de veces y por eso ahora se sentía peor de no haber querido acompañarlo esta vez. Apenas pude enganchar a su desconsuelo la propuesta de que telefoneara a la Terminal de ómnibus para saber si el micro había llegado bien o estaba retrasado aceptó al instante. Subió conmigo tan cegada por la desesperación de saber a salvo a quién le proporcionaba los escandalosos orgasmos que ni se detuvo a pensarse en riesgo. No es que confiara en mí, me sintió inofensivo. Por no decir incapaz. Y no es que yo fuera peligroso pero tampoco incapaz de serlo. Lo que sí, no tenía teléfono.

Cuando entramos al departamento prendí la luz mientras cerraba la puerta a mis espaldas, tosiendo di vuelta la llave tirándola dentro del bolso al mismo tiempo que me lo descolgaba del hombro. Guié tímidamente, hacia el pasillo, su mirada que abarcaba la localización del aparato y seguí de cerca sus pasos hacia la oscuridad del dormitorio. Con la sombra de su silueta delante mío mi voz fingió la vergonzosa comodidad de tener el teléfono en la pieza y antes de percibir su indecisión ahuequé mi mano sobre su boca y desplomé su cuerpo bajo el mío sobre la cama.

Sentir su resistencia, lejos de conmoverme, envalentonó mi deseo a tal punto que busqué postergar el inevitable desenlace. Le acaricie el cuerpo de tal manera que por un instante me entorpecí al sentirla entregada, casi seducida. Su sumisión aumentó mi saña. La hice rodar sobre la cama y mirarme, aflojar la presión de mis dedos sobre sus labios sólo para oírla decir que era tan bestial como mi hermano pero, estacionada en ese espacio entre el espanto y la resignación, me rogó que no la lastime. Metí los dedos entre su pelo para que los mechones se me desgajen en la mano, chirleé el nacimiento de sus muslos y me abrí entre sus piernas en más espacio del necesario, como si además de mi cuerpo tuviera que caber la soledad de toda una vida. La penetré confiando en que acabar dentro de otro vientre era lo más parecido a parirse de nuevo. Muriéndome le clavé la verga como si fuera una espada y mientras me removía dentro suyo oí los gemidos.

Pero venían de afuera. Desde la intimidad de algún otro departamento llegaban, nítidamente, los lujuriosos gritos de placer que obsesionaron mi deseo burlando mi intuición a tal punto de semejante confusión. La mujer en la que yacía dentro era como la perla falsa de ese sueño que había tenido.     

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                                                                      MARISOL BALTARE

NICOLÀS FOPPIANI, 2º Premio Nivel Uno

Publicado en Cuentos el 5 de Abril, 2012, 16:00 por MScalona

LA PIPA DE PAPÁ

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La realidad es una sucesión de causalidades infinitas,

lanzadas hacia la nada. 

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Me estiré hasta alcanzar el minúsculo pulsador ubicado sobre la puertaabierta al abismo de la calle. El timbre sonó con un canto de pajaritos.Prohibido fumar y salivar, descendí por la puerta trasera. Sin detenerse deltodo, el Expreso Alberdi me dejó justo en esa esquina. Aunque ya sabíala hora, miré mecánicamente el reloj una vez más. Las siete menos cinco. Habíallegado a la cita con puntualidad y pocas esperanzas de que mi futuroentrevistado se hiciera presente. Anticipé que tenía por delante una amansadoraespera en el bar “La Pipa de Papá”, establecimiento al que solía evitar por eldejo ceniciento que su café quemado me dejaba en la boca.

Elegí una mesa cualquiera, cerca de la ventana que daba a la calle. Elmozo me dio la bienvenida repasando la fórmica con un trapo rejilla que parecíaensuciar más de lo que limpiaba. Por suerte, para cuando me trajo el café, lapátina de humedad ya se había secado.

Mi ansiedad tornaba inútil cualquier intento de leer el diario. Melimité a fumar un Particulares atrás de otro, como hacía siempre que losnervios me ganaban de mano.

Ya no cabían más colillas en el cenicero triangular de Cinzano, cuando,interrumpiendo con su presencia el ademán de recoger mis carpetas para irme,una silueta se recortó en la puerta que daba a la ochava de Balcarce y Urquiza.

Aunque nunca nos habíamos visto antes, intuí que aquel hombretón algoentrado en kilos era la persona que estaba esperando. Calculé que, si bien nodebía tener más de cuarenta y cinco años, las ojeras que oscurecían su miradalo hacían parecer bastante mayor. Mi pálpito se confirmó cuando enfiló hacia lamesa que yo había estado a punto de abandonar. Apretaba una carterita decuerina negra en el sobaco.

–Hace una hora que espero que amagués a irte para entrar. Te hacía másgrande, al final sos un pibe –dijo mientras derrumbaba su humanidad sobre eltapizado cremita de la silla. Yo tenía entonces veintitrés años, un flamante ypor el momento decorativo título en comunicación social y un bigote ralo que,junto a mi provocada compulsión por el tabaco negro, desnudaban mi urgencia porparecer un periodista comprometido.

No se presentó, porque ya sabía que yo sabía que era Mario EnriqueLambertucci, “Raúl” para los compañeros.

–Perdoname por el plantón, qué va’cer, pasan los años, uno pierde elpelo pero no las mañas. ¿Tomás otro café? –ofreció con media sonrisa, mientrassu mirada recorría distraídamente el interior del bar en el que –excepto poruna mujer mayor que bebía a sorbitos un té con leche– éramos los únicosparroquianos.

Seguramente había estando vigilando el lugar desde antes de mi llegada.A distancia prudencial me habría observado apearme del colectivo y sentarme aesperarlo, para hacer su entrada en escena una vez comprobada la seguridad dela cita. Su actitud no me sorprendió. Ya había aprendido que muchos de quieneshan vivido en la clandestinidad continúan tomando medidas de contraseguimientoaún años después de vueltos a la superficie.

Como era de esperar, al sentarse evitó dar la espalda a la puerta, porlo que tuve que desplazarme para quedar frente a él. Me sentí tentado depreguntarle si la elección del bar, ubicado en una ochava y con ampliosventanales, también era producto de alguna táctica aprendida en aquellos años.

Pasamos los primeros minutos de charla hablando de cosas intrascendentes.Notaba a Raúl algo ausente, quizás arrepentido de haber accedido a laentrevista. Me estaba midiendo. Intenté ganarme su confianza mencionándole ados de las personas que me habían sugerido contactarlo. No parecía estar dandoresultado. Al cabo de un rato, mi falta de oficio y su creciente parquedad secombinaron para empantanarnos en un incómodo silencio. Comencé a desesperarme. Sabíaque Raúl podía dar por terminado nuestro encuentro en cualquier momento. En unarranque de audacia decidí cortar por lo sano y encaminar la entrevista hacialo sustancial. Me había costado demasiado llegar a él como para desperdiciar laoportunidad preguntándole pelotudeces.

Desde hacía tiempo, y con la obstinada intención de escribir unacrónica sobre el tema, yo había encarado la quimérica empresa de pretenderconocer de primera mano cómo habían sido las acciones armadas revolucionariasen Rosario y el cordón industrial. Los pocos sobrevivientes a los que pudecontactar habían tenido papeles irrelevantes, no tenían ganas de hablar, o sehabían convertido en grises funcionarios provinciales que repetían como lorosel discurso políticamente correcto sobre aquellos años de plomo.

Según me habían comentado varios de sus ex compañeros de militancia,Raúl era distinto. Todas sus descripciones coincidían en algo: siempre fue untipo con huevos. Desde su ruptura con la 4 conducción,se había alejado de la actividad política y sobrevivía a duras penas contrabajos ordinarios.

– ¿Es cierto que usted formó parte del pelotón de combate que ejecutóla operación Las Delicias? –indagué mientras escondía el peso de la preguntafingiendo interés en el sobrecito de azúcar: Cafés La Fazenda, Cafferata 2419,Rosario, Cuna de la Bandera.

La mirada de Raúl se endureció. Había caído en la cuenta de que suinterlocutor no era un simple estudiante que pretendía rellenar una monografíasobre “Los movimientos liberadores de América Latina bajo la ópticaFoucaltiana de la microfísica del poder” o alguna entelequia de onanismointelectual por el estilo.

–¿Sabés que esa pregunta te puede costar muy cara, no? – dijo con vozqueda, mientras acariciaba con las yemas de sus dedos el inmaculado blanco delImparciales que estaba a punto de encender.

Aunque no estaba seguro de qué quería decir con eso, tuve la sensaciónde que había tomado por un camino sin retorno. Tragué saliva. Al fin y al cabo,nada le impedía sacar un revólver de la cartera y descerrajarme un tiro en elabdomen por debajo de la mesa, para sobresalto de la vieja que tomaba el té conleche. Traté de serenarme contando hasta diez. Pensándolo bien, su respuestaera un voto de confianza. No había desmentido mi afirmación.

Me contó su historia. Raúl provenía de una familia de trabajadores.Para él, ser peronista era algo natural. Había activado políticamente desde latemprana adolescencia, en la básica de barrio Las Delicias.

Su compromiso se fue profundizando a medida que incorporaba términoscomo vanguardia, masas, resistencia. Con el 5 paso a la clandestinidad de la orga, tuvo que borrarse. Seguardó en una casa segura que compartía con un puñado de compañeros llegados dedistintas partes del país.

Allí conoció a Silvina, una estudiante de letras que había renegado desu familia patricia salteña para proletarizarse como operaria del Swift.Cultivaron un amor secreto y enardecido. Se encontraban en el lavadero delfondo para tener sexo a escondidas de sus compañeros. Pocos días después derevelarle que estaba embarazada, Silvina salió a cubrir una cita de control ynunca más regresó. Alguien la había entregado.

Aunque nunca demostró su dolor, fueron duros meses en los que su moralrevolucionaria fue puesta a prueba. Cuando le informaron que por fin le habíasido asignada una misión de trascendencia, pensó que le vendría biendistraerse. Jamás discutía una orden de la superioridad.

Las vueltas del destino hicieron que, por mera casualidad, Raúl tuvieraen sus manos la ejecución de una acción bautizada con el nombre de su barrio deorigen.

Con la operación Las Delicias, la orga pretendía demostrarle ala dictadura que, pese a que los Falcon verdes reinaban en la noche, aúnconservaba poder de fuego en Rosario.

Caía la tarde del domingo 12 de septiembre de 1976. El alumbradopúblico demoraba en encenderse y los plátanos de calle Junín quitaban fuerza alresplandor del sol que ya se ocultaba. En la cabina de una Ford F-100deliberadamente estacionada en el sector más oscuro de la cuadra, Raúlalternaba su vista entre el cigarrillo que sostenía con los dedos índice ymayor de su mano izquierda y el espejo retrovisor de la camioneta. Jugaba a mantenerla ceniza en su 6 lugar el mayor tiempoposible. De tan larga, parecía un bicho canasto anidado a continuación delpucho encendido.

Apagó la radio. El partido entre Rosario Central y Unión de Santa Fe,con victoria del auriazul por dos tantos contra uno, ambos goles de Potentepara el local, había transcurrido sin sobresaltos. Pocos hinchas visitantes yun resultado favorable al equipo canalla sellaron la tranquilidad en Arroyito.

El estadio gigante con doble anillo de tribunas de cemento aún era unproyecto anunciado en carteles que muchos miraban con escepticismo. Pese a losesfuerzos del gobierno por demostrar que tenía la organización encaminada coneficiencia castrense, el campeonato de fútbol todavía aparecía como unadistante y faraónica nebulosa en medio del denso clima social. Pocos díasantes, el 19 de agosto, habían reventado a tiros el Fairlane que transportabaal general Actis, quien sólo llevaba 42 días como titular del Ente Autárquico Mundial78. Pese a que en la prensa se había atribuido el hecho a la “guerrillasubversiva”, aquella ejecución tenía tufillo a interna militar. Nadie queríaquedarse afuera del botín que significaba administrar los fondos del mundial.

Apenas doblando la esquina, sobre los primeros metros de calle Rawson ycon la culata orientada hacia el paredón de Junín, un Citroën 2CV celesteescondía en su baúl nueve kilos de trotyl y cinco de metralla compuesta portrozos de acero, bulones, tuercas y clavos. Con un crucifijo de plástico azulcolgando del espejito y la calcomanía de una rana “en ablande” en la luneta,parecía el auto más inofensivo del mundo. Por su frágil carrocería de lata deconserva, los 2CV ofrecían una mínima contención a la onda expansiva del trotyly resultaban ideales para montar una vietnamita. Así estaba explicado en7 el capítulo correspondiente a “explosivos”del manual del combatiente. Además, los Citroën eran casi tan fáciles de robarcomo una bicicleta.

Secretamente, Raúl sentía lástima de destrozar un coche tan noble.Afloraron imágenes de aquel viaje a Mar del Plata en la “rana” que su padrehabía comprado con gran esfuerzo y en cuotas. La travesía hasta La Feliz por laruta 41 había sido toda una epopeya. Dos veces quedaron a ciegas con el capotlevantado por el golpe de viento de un camión en sentido contrario. Tardarondoce horas en llegar. Ningún miembro de la familia conocía el mar. Ese mismodía, sin bajarse del auto, lo vio por primera vez, inmenso, frío. Estabanublado y lloviznaba. Pensó que era imposible que alguien quisiera meterse allí.

Espantó esos recuerdos con un ademán involuntario que desintegró elbicho canasto de ceniza. Se sentía avergonzado de tener afecto por algo tanidentificable con el conformismo burgués como un automóvil. Otro de sus déficitspolíticos. Mencionaría la autocrítica en el informe a su responsable. De todasmaneras, estaba a punto de demostrar –y demostrarse– su compromisorevolucionario.

A su derecha, sobre el asiento, una caja de zapatos San Crispinoescondía el detonador.

Desde la conducción nacional del movimiento habían encomendado a lacolumna Rosario una acción clave. Necesitaban imperiosamente demostrar que,pese a la salvaje represión clandestina desatada por la dictadura, aún teníancapacidad de hostigamiento en el interior del país. Además, estarían ensayandolo que luego sería su estrategia durante el mundial de fútbol: realizaracciones armadas y de propaganda de tal trascendencia que el gobierno no laspudiera 8 ocultar, pero sin poner enpeligro la vida de los espectadores ni de periodistas. Sería una oportunidadúnica de mostrar a la prensa internacional la pantomima de la pax romana quepretendía vender la junta militar.

Como la censura se cernía sobre los medios con puño de hierro, teníaque tratarse de una acción de magnitud. Debían evitar errores tácticos como elcohete perforante RPG7 que, lanzado con un propulsor portátil desde el techocorredizo de un Peugeot 404 contra la mismísima casa de gobierno, destrozó unpar de oficinas, pero sólo dejó un pequeño agujero en la pared frente a laPlaza de Mayo, rápidamente tapado con una bandera argentina. Sin la coberturade la prensa, controlada por el gobierno, el efecto propagandístico del operativofue prácticamente nulo.

A pesar de las arengas cargadas de optimismo que los militantesrecibían en los casetes que circulaban con la voz del Pepe desde el exilio,crecía en los cuadros inferiores la sensación de que la dictadura estaba muylejos de ser derrotada y que, con el mundial de fútbol en ciernes, las masaspreferirían quedarse viendo los partidos por televisión antes que volcarse alas armas siguiendo a la vanguardia nacional y revolucionaria.

Los grupos de tareas tiraban del ovillo de la compartimentacióncelular, y el movimiento se desangraba. Las imparables sucesiones de caídascausadas por las delaciones en la tortura habían hecho estragos en las cadenasde suministros, haciendo cada vez más dura la vida en la clandestinidad. Habíamuchos compañeros desenganchados, sin casas seguras ni documentación falsacapaz de sortear exitosamente el control de un retén.

Las luces del vehículo de apoyo centellearon indicando que el blanco seacercaba. Todo ocurría de acuerdo a lo planificado. Cargado de botones queregresaban de hacer adicionales custodiando la cancha de Central, el MercedesBenz azul de la guardia de infantería regresaba a la jefatura remontando elempedrado de Junín.

Según lo convenido, cuando el ómnibus pasó al lado de la F- 100, Raúlverificó una vez más que se tratase de su objetivo. En ese trance, su mirada secruzó con la de un agente que iba sentado junto a la ventanilla.

Ni bien llegaron a la intersección con Rawson, accionó el detonador.

Supo en ese instante que su militancia había terminado.

Manejó en silencio durante toda la noche. En contra de lo estipulado, yviolando las más elementales normas de seguridad, no acudió a la posta adeshacerse de la camioneta y recoger la documentación que le permitiría salirinmediatamente del país. Amanecía cuando llegó a Mar del Plata.

Vendió la F-100 aunos gitanos y con eso sobrevivió durante unos meses encerrado en una pensiónde la zona del puerto. Al cabo de un tiempo, se consiguió un trabajo en unastillero. Increíblemente, nadie lo estaba buscando.

Regresó a Rosario entrada la democracia.

–Elegí otro tema para tu monografía, pibe –concluyó mientras se calzabael maletín de nuevo en el sobaco. Entendí que no era una simple sugerencia. Laentrevista había terminado.

La Pipa de Papá cierra temprano. El bolichero ya estaba subiendo lassillas sobre las mesas, con la inequívoca intención de 10 mandarnos a mudar. El televisor mostraba a José CorzoGómez, de Nuevediario, que “con las manos limpias” daba consejos a los jubilados.

Salimos juntos del bar. Él se fue por Urquiza. Yo por Balcarce.

DAMIÀN FORNASO, 2º Premio Nivel Tres

Publicado en Cuentos el 5 de Abril, 2012, 15:57 por MScalona

Después del almuerzo

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En el cuarto hay dos personas durmiendo sobre una cama de dimensiones extraordinarias, de las que llaman King. En la cabecera de la cama, detrás de las almohadas donde las dos personas apoyan sus cabezas hay, no menos, que cuatro almohadones en compose con el acolchado, que no parece demasiado abrigado. Tanto en el acolchado como en los almohadones predominan los colores pastel: rosa, blanco tiza y celeste.  Sobre la mesa de luz de la derecha hay un portarretrato con una foto de las dos personas que duermen en la cama, se las puede ver con el mar detrás, bronceados. También reposa sobre la mesa de noche una pequeña botella de agua a medio llenar, un libro titulado “Ingrid y Verónica” y una caja de pastillas anticonceptivas. En la mesa de luz de la izquierda hay un libro titulado “Economía para todos” y un radio reloj despertador que marca, en números naranjas, las seis y cuarenta y siete. Por la ventana que mira al este se filtran pequeños rayos de luz: solo para distinguir las siluetas de los muebles. Al oeste de la pieza una puerta de madera cerrada. Sobre la ventana, un aire acondicionado Split refresca la habitación del exagerando calor que habita en el resto de la casa.

Dos minutos más tarde Uno abre sus ojos y mira el reloj, que ahora marca las seis y cuarenta y nueve. Se vuelve sobre el otro lado de la cama para observar a B que sigue tranquilamente dormida. Uno la contempla dormir durante varios minutos y, como cada vez que lo  hacerlo, siente un extraño placer. Luego aprieta uno de los botones que se encuentran junto arriba de los números que marcan la hora, en el radio reloj, para que no suene a las siete y despierte a B.

Se dispone a esperar que lleguen las siete en punto para levantarse. Mientras los minutos van acortando la distancia hacia ese momento, repasa los acontecimientos del día. Lo que más le fastidia es el almuerzo que tiene programado para la una del mediodía. Si bien él es solo un mensajero, ni siquiera así, por cuenta y orden de otro, le gusta pedirle nada a nadie, y sabe que para llegar al resultado que alguien espera, tendrá que rogar, pero sabe que nunca llegará a tanto.

Por fin el reloj marca las siete, solo se escucha como el aire acondicionado sopla, suavemente, el aire fresco. Uno se levanta lentamente, está desnudo, entonces, sin encender la luz, utilizando solo los pequeños rayos solares que entran por la ventana, busca en el suelo hasta dar con un bóxer, ponérselo e ir hacia el oste de la pieza y abrir la puerta lentamente, tomando los recaudos necesarios para que no chille. Luego sale.

Al otro lado de la puerta se derrumbaba la ilusión generada por el aire acondicionado, la temperatura promedia los veintiséis grados. Minutos más tarde, por la radio, informaban que la máxima esperada para el día iba a estar en los treinta y ocho grados, pasadas las dos de la tarde. Uno se lavó los dientes y se mojó la cabeza, no utilizó esta vez la bacha del baño, directamente tomo el duchador que colgaba sobre la bañera. Luego, otra vez sobre la bacha y mirándose al espejo se frotó las manos con un gel (efecto húmedo) que colocó en su cabellera para peinarse, tirándose todo el pelo hacia atrás.

Todavía en bóxer, ahora, en la cocina, abrió la heladera que iluminó parte del ambiente y sacó de la puerta una botella de jugo de naranja en un envase de cartón. Encendió la radio, el dial clavado en Radio Diez, donde varios hombres hablaban de la ola de calor que atosigaba a toda la Argentina.

Uno, luego de tomar del pico de la botella de cartón, un par de tragos de jugo de naranja, lo dejó sobre la mesada de la cocina y volvió sobre sus pasos. Tomo el pasillo que lo llevaba  a la pieza donde seguía descansando B, pero ahora abrió la puerta de enfrente de la habitación donde el calor no acechaba. Se dirigió hacia los placares, abrió una de las puertas corredizas, la que se encuentra más cerca del ingreso, y eligió uno, entre los ocho trajes que colgaban dentro del placar. Cerró la puerta y abrió la otra para elegir una camisa y una corbata que vayan con el traje. Volvió a la cocina, tomo otro poco de jugo y mientras se cambiaba un una de las sillas que rodeaban a la mesa rectangular, se cambió, mientras escuchaba las novedades del día.

Uno no imaginaba que ese día iba a terminar siendo trágicamente inolvidable. Una vez cambiado, tomo las llaves del auto, bajó por el ascensor hasta las cocheras y, luego de encender la radio del auto, se encaminó hacia la oficina.

En un departamento de pasillo, cuando el reloj de un equipo de música marca las diez de la mañana, de este mismo sale una fuerte música. La habitación se llenó de la inconfundible voz de Jaime Ross “…la calle Durazno, nace a la intemperie…”.  El ventilador de techo gira inútilmente y mueve el aire caliente y húmedo de la habitación. El techo es alto y de pintura descascarada. Sobre la cama y entre un manojo de sábanas desordenadas reposa una persona sudorosa. La espalda parece adherida a la sábana elastizada que recubre el colchón. Sobre la pared Este hay varios estantes, hechos con madera sostenida de la pared por una T, donde reposan cientos de libros. Junto a la puerta, sobre la pared Norte, hay un sillón de mimbre con un almohadón que, aparentemente, fue blanco y arriba un libro abierto con las hojas hacia abajo. El libro es 2666 de Bolaño.  A la izquierda de la cama, casualmente la parte de la cama que no linda con la pared, sobre el piso de pinotea hay un cenicero con tres colillas de cigarrillo y un poco de ceniza, un vaso con agua y un librito de poesías de Ricardo Parma.

El hombre que reposa en la cama se despereza al ritmo del candombe uruguayo. Se refriega los ojos, se toca su pene por dentro del calzoncillo para luego sentarse sobre la cama. Con el pie izquierdo, ya sentado en la cama, corre el cenicero hasta alejarlo una distancia caprichosa. Toma del agua que está en el vaso hasta acabarla y se seca la transpiración de su frente. Toma el libro del suelo y lo apoya sobre la cama.

Se termina de incorporar, camina hacia una ventana, abre ambas placas de madera y el sol  se apodera del lugar. Abre y cierra los ojos un par de veces hasta acostumbrarse a la claridad. La ventana da a un patio de baldosas, donde hay un par de masetas con plantas, un perro durmiendo, una escalera, un tablón y dos caballetes apoyados sobre una pared, una pileta de cemento y un balde azul debajo.

Dos es profesor de Lengua y Literatura en un colegio privado cercano a su casa, los jueves es su día libre donde puede dormir un poco más de lo habitual y dedicarse a sus escritos y sus libros.  El resto de la semana da clases desde las siete de la mañana y hasta las doce del mediodía. Los cursos que tiene a cargo van, de segundo a quinto. Los alumnos de quinto año por tercera vez consecutiva lo invitaron al viaje de graduados, Dos, por tercera vez consecutiva, se negó. 

Además de ganarse la vida como docente, Dos escribe en un par de diarios una pequeña columna semanal sobre literatura y filosofía, y en un par de revistas que, gratuitamente, reparten ciertas librerías de renombre de la ciudad. Entre el sueldo como docente y estos pequeños trabajos, Dos vive dignamente, sin lujos, sin grandes aspiraciones, pero sin falencias elementales.

Como todas las mañanas que no trabaja, mientras suena ya “La colombina”, se prepara unos mates y se sienta frente a la computadora a revisar sus mail. Como era de sospechar no tenía ningún mail de importancia, destacó uno donde lo invitaban a participar de un concurso de relatos cortos, el premio consistía en tres mil pesos y un viaje a Córdoba, para dos personas, donde se realizaría la entrega de premios. El concurso lo organiza la biblioteca de Viale Massé. Eliminó el resto de los mails y este último lo guardó en la carpeta “Borradores”.

Luego abrió la carpeta donde guardaba sus trabajos y sus apuntes, tenía una novela en la cabeza desde hacía un tiempo. También tenía algo escrito y pensó que era momento de empezar a darle forma para poder intentar editar de una vez por todas. Si bien la familia de Dos era clase media alta, a punto de dar el salto hacia la clase de elite en forma definitiva, nunca quiso su ayuda económica.

Dos, había leído en algún lado la historia de un chico que queda encerrado en un Shopping, si bien Dos no recuerda cuales fueron las razones para que un bebe fuera olvidado en un Shopping y luego encerrado, tiene la idea de un conflicto gremial donde el centro comercial no vuelve abrir sus puertas y tampoco se llegan a sacar las cosas de los negocios. El niño de tan solo seis meses pasa dentro del lugar catorce años. Dos piensa que se ha escrito sobre niños olvidados en la selva y criado por los monos, en miles de ocasiones. Inclusos se han realizado un centenar de películas con esa idea, y concluye que, no estaría mal modernizar la historia.

Tiene algunas ideas en la cabeza, sabe como el niño pasa los primeros años de vida, ya que el centro comercial también cuenta con un supermercado y el niño comienza a alimentarse, no con las cosas que elige sino solo con las que llega a tomar desde  su gateo y que puede abrir con sus frágiles manos. También sabe que el pequeño, al ir creciendo empieza a utilizar diferentes lugares para descansar hasta que termina eligiendo un negocio de venta de camas, somieres, almohadas y productos afines al sueño. También tiene claro que aprende a hablar mirando los grandes televisores en las casas de electrónica. Y que gracias a la variedad de canales comienza a utilizar, sin saberlo, diferentes idiomas ya que, al no saber que existen diferentes lenguas, cree que la diversidad de vocabularios sirve para poder expresarse de diferentes maneras. Por esto cree que se escribe en castellano, que se habla en portugués, que se canta en inglés, que se grita en italiano, que se dan órdenes en alemán y que se recita en francés. Si bien Dos tiene una explicación para cada una de estas alternativas del lenguaje, algunas tan obvias como la sonoridad del inglés para ser cantado o el romanticismo del francés para ser recitado, no viene al caso el desarrollo de cada una de ellas, y le dejamos al lector que elija sus propios motivos para la utilización de los idiomas.

Dos tiene la ilusión de poder realizar una crítica moral a la sociedad moderna y las economías liberales mediante esta novela que intenta armar. Si bien sabe, que la idea original es de otro escritor, pretende tomarla para modificarla y profundizarla. En literatura, siempre dice Dos, está todo inventado, ahora solo resta saber copiar y pegar. Utilizar las palabras de otros en otro orden y con otro significado aparente.

Un par de horas antes, mientras Uno maneja hacia su oficina, y luego de escuchar un comentario en la radio piensa en lo fácil que sería poder utilizar las letras como los números, piensa en lo cruel de  los lenguajes y en las horas que ha invertido en el estudio de otras lenguas. Si se pudiera evitar, salvar de alguna manera, las diferentes lenguas, todo ese tiempo “perdido” en el estudio de diferentes idiomas se hubiera podido utilizar para otras cosas, sin duda.

Si los idiomas, la literatura en general, pudiera ser tan exacta como las matemáticas, no habría margen para las interpretaciones ni para los malos entendidos. Piensa también en la maldad de Dios en mandar a construir al hombre la torre de Babel y cree tener un motivo más para no creer en su bondad.

Si bien, se dice, los números son relativos en algunos casos, como cuando hablamos de diferentes tipos de cambio, no es lo mismo dos mil pesos que dos mil dólares, pero (a Uno le encanta decir la frase Ceteris Paribus, aunque al estar solo en el auto la omite) si tomamos como una variable fija el tipo de cambio, donde todas la monedas valgan lo mismo, los números son universales. A pesar de, por culpa de las leguas, pronunciarse distinto, en todos los lugares del mundo dos mil personas, son dos mil personas, tres mil dividido dos es mil quinientos y dos más dos es cuatro.  Sigue manejando e intenta avanzar con este pensamiento de utilizar un idioma universal como las matemáticas, definitivamente el invento más importante en la historia de la humanidad, pero naufraga en el intento de desarrollar la hipótesis y desiste en la idea de llegar a la oficina plantear el tema y debatirlo con sus empleados.

Todavía no sabemos a que se dedica Uno, pero todo indica que es una persona con un buen pasar, que tiene empleados a su cargo y que prefiere las matemáticas a la literatura. Esto no quita que sea un lector regular. Si bien, como sabemos, en estos momentos está leyendo un libro sobre economía, que propone que la economía no es solo para los entendidos. Si volvemos al cuarto donde sacó su traje, su camisa y su corbata, podemos encontrarnos con una biblioteca que alberga unos sesenta libros, entre los que se encuentran, claro está, los libros de B. Pero observando solo los libros de Uno podemos encontrar piezas como “El Psicoanalista”, “Historia del Loco”, “Se lo que estás pensando”, varios libros de Mankel y también tres ediciones de bolsillo de Fred Vargar. Definitivamente en la literatura elige el entretenimiento de los policiales. Conviviendo con estos ejemplares tenemos una docena de libros de economía y negocios.

Uno llega a la empresa como todas las mañanas media hora antes que el resto de los empleados. Le gusta tener un rato en soledad para disfrutar del desayuno que la moza del bar de la vuelta le deja, religiosamente, a las ocho de la mañana sobre su escritorio. Mientras desayuna lee algunos diarios por Internet y revisa su taco financiero, quien le recuerda las actividades del día. Por segunda vez se fastidia del almuerzo que tiene programado, piensa en llamar a su padre en un rato para solicitarle cancelar la reunión que éste le pidió que tenga, pero sabe que sería una pérdida de tiempo, y si bien es su padre, también es el dueño de la empresa y Uno sabe separar las cosas familiares de las cosas laborales, aunque, en este caso, como vamos a darnos cuenta, todo esta mezclado.

Volví a entrar a la casa de mi hermano mucho tiempo después del día que le brindé ayuda para mudarse. Justamente, esta segunda vuelta era para sacar las cosas luego de que muriese en una de esas muertes ridículas, en una ruta nacional. Volvía de Córdoba, de recibir un premio por un cuento, o por un relato, o por un poema, lo mismo da. Ese ridículo capricho de escribir lo terminó alejando de la empresa familiar y de la familia misma.

No es una gran cosa, la empresa digo, pero como todo en este país es cíclico, el viento de cola sopla desde hace unos años, con el auge de la construcción. Nosotros vendemos y colocamos vidrio, el negocio era mediado, hasta finales del dos mil cuatro. Los gringos empezaron a cambiar soja por ladrillos (con ventanas) y ahí entramos nosotros.

Una mañana nos despertamos y habíamos ganado la licitación de las torres Dolfines. Sin duda, esto era un gran golpe, de suerte. No quedaba otra que hacerse cargo del empujón y agrandar la empresa, en capital y en personal, por eso mi padre intentaría por enésima vez convencer a Alejandro (mi hermano) para que nos diera una mano en el negocio, necesitábamos delegar, pero en alguien de confianza, y que mejor que alguien de la familia. Me pidió que sea yo la persona que hable con él para pedirle que nos ayude a conducir hacia el nuevo rumbo que, sin duda, tomábamos.

Lo llamé como habíamos quedado, le dije que eligiera él un bar, ya que si lo hacía yo, me iba hacer algún comentario sarcástico, con cierto humor, siempre ácido. Invitame a desayunar acá en Albahaca, el bar de la esquina de mi casa, me dijo. Nos vemos ahí tipo diez y media si podes. Mejor te invito a almorzar, tengo una mañana complicada. Sos un tipo complicado vos, un hombre de negocios. Lo deje pasar, le propuse que nos veamos a la una.

Cuando llegué lo vi ocupando una mesa junto a la ventana, siempre se sentaba junto a las ventanas, se perdía con la gente que pasaba y quedaba, de a ratos, como hipnotizado con algo, siempre intrascendente. Mi madre decía “Ale tiene atención dispersa, él vive en un mundo distinto al nuestro”. Se peleaba mucho con mi padre, ya que él sostenía que era un vago que no quería tomar responsabilidades en serio, y que con esa excusa de la escritura evitaba, desde trabajar con nosotros en el negocio, hasta formar una familia o  al menos una pareja estable.

Mientras me acercaba a la mesa donde él ocupaba, el mozo le destapaba una botella de vino. Ya había sobre la mesa una panera con miñones y grisines, una soda todavía tapada y una hielera de acero inoxidable; infaltable también un libro que se dejaba ver en la silla que quedaba a su derecha. No miré que estaba leyendo, aunque luego él me lo iba a contar. Cuando, a tan solo unos pasos de la mesa, me vio llegar, se paró y me dio un fuerte abrazo y un beso. Nos sentamos y me ofreció vino, con la botella en la mano. Le dije que yo al mediodía nunca tomaba. Ni siquiera cuando comes con tu hermano menor, me preguntó, mientras sostenía la botella en su mano derecha y ensayaba una sonrisa casi real. No, en serio, después tengo que seguir laburando y me da sueño. Andate a dormir la siesta si te da sueño. Sabía que si le contestaba lo que en realidad pensaba se iba a tornar un almuerzo lleno de discusiones, reproches y conversaciones bélicas que no llegarían a ningún puerto, ni bueno ni malo, solo impotente.  Le dije que no, que en serio no quería, que muchas gracias, que con la soda me arreglaba. Se sirvió media copa y se puso un hielo.

Afuera hacia un día de calor, soleado, sin nubes ni amenazas, lento, de verano que asfixia. Con las pocas palabras que habíamos cruzado, sospeché que adentro sería ventoso, con nubarrones, tal vez lento o inamovible. Me iba a equivocar.

Mi padre había puesto sobre mí el peor de los trabajos, los dos sabíamos que Alejandro era intransigente en su postura de no trabajar en el negocio familia. Lo sabía tan bien como yo, pero por una cuestión que no llegaba a comprender, ni comprendo ahora, se empecinaba en insistir. En un momento se me había antojado pensar que era para no sentir culpa, culpa de tener un hijo tan distinto a él, a mi. Un bohemio que no sabía manejar, le aterraba esa imagen de un hombre que no supiera manejar “ni manejar sabe, que podes pretender de un tipo que no sabe manejar”. Insistir hasta  el último “no” para saber que él hizo lo imposible para darle un lugar. Un lugar que no quería ocupar, que solo era un capricho de mi padre que nunca llegó a entender otras formas de felicidad. Ahora no pienso ni siquiera en eso. No me importa para qué insistía.

Cada uno con una carta en la mano y sin mirarnos pasábamos las hojas, sospechaba que él ya sabía qué iba a comer, iba seguido a ese lugar, comentaba. No quería pedir nada pesado, el día iba a ser largo. Le pregunté que tal eran las ensaladas, si era mejor la completa o la especial, no por verdadera curiosidad sino para hacerlo participar de mi decisión, tan simple e intrascendente como un menú de mediodía, con el propósito de tener un punto en común. Me dijo que él no comía nunca ensaladas, pero que las costeletas que hacían eran una cosa de locos. Me decidí por la ensalada completa que prometía traer espárragos. Él pidió una suprema con una tortilla de papas babeé.

Como sospeché los espárragos eran un efecto decorativo más que comestible, estaban duros y tan solo traía dos. Me devoré la tortilla con los ojos pero no acepté cuando me ofreció un octavo. Mientras almorzamos no quería tocar el tema que nos reunía, sentí la necesidad de disfrutar del almuerzo, no me era fácil, vivíamos en realidades tan distintas que casi no encontrábamos puntos en común más que una niñez lejana y borrosa, un lugar común un tanto cursi. Por suerte me preguntó si yo seguía yendo al Club. El otro día pasé con la bicicleta por el paseo Ribereño, iba para Granadero Baigorria y me dí cuenta que tenía a Regatas ahí nomás, me tentó pasar, pero de saber la sarta de explicaciones que iba a tener que darle al portero para que me deje ver como estaba el club, desistí.

Si, sigo yendo, la hice socia a Belén y tenemos un lindo grupo, los sábados jugamos al fútbol en la canchita de afuera, decadente le decimos, somos todos ex jugadores que nunca jugamos en ningún lado, pero nos divertimos. Todo igual entonces, dijo. Si, falta la tribuna y la cancha de bochas, hicieron como una glorieta y pusieron mesas para que la gente que se queda a comer un asado tenga un poco más de lugar. Me preguntó por algunos de los chicos que se juntaban con nosotros pero ninguno había vuelto al club. Yo sigo teniendo relación con el Melli, Leandro, vive en Europa hace muchos años, primero en Florencia y ahora está en Barcelona, tiene un laburo piola, traduce películas del ingles al castellano, nos escribimos siempre. No quise pensarlo, pero me tomo por asalto el comentario en mi cabeza: el Melli Leandro era de los raros, como él, que no les gustaba jugar a la pelota y que en verano se la pasaban encerrados jugando al TEG, en el salón del club.

Me alegré cuando sentí que la charla fluía sin darme cuenta, sin hacer esfuerzos, sin buscar temas. Salían nombres y anécdotas de la niñez y de la adolescencia. Se reía cuando le contaba que ahora jugaba también al tenis, que no jugaba tanto al fútbol por los tobillos y la rodilla. No podía creer que tomara clases de tenis. Como los viejos culo roto digamos, tiro entre risas. Pero su frase fue genuina, no había sarcasmo ni maldad, por eso no me molestó. Me reí con ganas de que me viera como un viejo culo roto.

Como decimos en el negocio, siempre hay que tratar de tener reciprocidad comercial, si bien acá lo comercial todavía no había salido a la luz, luego de que él proponga un tema que me caía tan cómodo como la vida de club, le pregunté por el libro que reposaba en la silla vacía. Resultó ser un libro que no había leído aún pero, me contó, hacía mucho que lo buscaba. La última vez que estuve en Capital, comenzó, para la feria del libro,  caminé calle Corrientes, desde la nueve de Julio para el lado oeste como diez cuadras, de las dos veredas, están llenas de teatros y de librerías, con libros usados y demás, pero no lo pude conseguir. Por eso, lo había encargado en una de acá de Rosario, hacía como dos meses y ahí estaba. El libro se llamaba Firmin, me contó la historia de un tal Sam Savage, definitivamente un tipo muy especial que había sido, antes de escritor (como si alguna vez, alguien que es escritor, podría no haber sido escritor, me dijo, pero no llegué a entender bien a que se refería) había sido carpintero, pescador de cangrejos y tipógrafo. Definitivamente tres actividades que poco tenían que ver entre si, para después, terminar siendo escritor. Claro que también había estudiado filosofía y había sido profesor en un par de Universidades.

La verdad que, en general, este tipo de cosas no me interesan en lo más mínimo, pero me sentía a gusto y con muy pocas ganas de que se termine la historia del tipo este y, no me quede otra, que tomar al toro por las astas e intentar convencerlo de que se incorpore al negocio familiar.

Como realmente me interesó la particular historia de este tal Sam, le pregunté de qué se trataba el libro. Lo bueno de saber que nunca vas a leer tal libro o nunca vas a ver cual película, es la falta de miedo a saber el final, esto mismo me pasaba a mi sentado frente a mi hermano. Me dijo que se trataba un poco de él. Me reí con ganas pero él me estiró el libro para que leyera su sinopsis. Lo tome en mis manos, corrí el recipiente donde estaba la ensalada, lo apoye sobre la mesa, saque los lentes del bolsillo de mi camisa a cuadros y leí con atención. El libro trataba de una rata. Lo miré con extrañes y le pregunté si en serio el libro era sobre una ratita. Si, seguí leyendo. Otra vez repasé el primer renglón para, esta vez, leer hasta el final. Una rata que vivía en una biblioteca, una rata culta y marginada por eso. Ahí entendí a lo que se refería con eso de “se trata de mí”. La rata Firmin nació en el sótano de una librería, rezaba la contratapa, de un decadente barrio de Boston. Aprende a leer digiriendo su nido hecho de un libro cortado en tiras. Devora papel, que es el alimento más fácil de encontrar; de esta manera aprende a leer y esto la humaniza y la convierte en un ser marginado de su familia. Busca la amistad de su héroe, el librero Norman Shine y de un escritor de ciencia ficción fracasado: Jerry Magoo. Firmin es sobre todo una rata bibliófila, cinéfila, coqueta y con un carácter bastante depresivo, pero al mismo tiempo entrañable y admirable…

Vos nos sos un marginado por tu familia, sino que es exactamente al revés, vos marginas a tu familia, papá quiere que vos estés con nosotros en esto, sino tenemos que ir a buscar afuera una persona y nunca va  a ser de tu confianza. Trate de explicarle. Pero siguió con que nuestro padre no superó nunca su vocación hacía las letras. El viejo quiso hacer guita y la hizo, vos seguís con el negocio y también estás haciendo guita. Yo no les pido nada más que no me rompan los huevos, yo soy feliz con mis libros, mis textos y mi laburo “de mierda” como dice el viejo. Se pone como loco porque nunca aprendí a manejar.

Trate de convencerlo para que, al menos venga a trabajar con nosotros un par de años, hasta que pase el boom de la construcción, terminamos unas obras y se podía retirar con un mango en el bolsillo para seguir dedicado a lo suyo. No hubo caso, estaba emperrado en seguir con su vida tal cual estaba.

Después de discutir un rato me propuso que nos dejáramos de joder, que él no iba a trabajar con nosotros y que nosotros no lo íbamos a entender nunca, que esto era como discutir de política, (como hacerle la paja a un muerto creo que fue el término exacto que utilizó), que tomáramos un café y que siguiéramos con la charla tal cual lo estábamos haciendo antes de Firmin. Me tenté a preguntarle si lo había traído apropósito o si en realidad lo acaba de comprar, pero me contuve, era muy mañoso para las conversaciones y una pregunta así podría darle el pié para tomarme el pelo.

Ahí fue cuando me contó, mientras tomábamos el café, que se iba a Córdoba, a recibir un premio por un texto que había enviado para participar de un concurso. Incluso me comentó que le pagaban el pasaje y la estadía y que hacía poco había ganado guita por otro concurso acá en Rosario, organizado por la Municipalidad. Le pregunté como no había avisado. Es que el viejo no creo que quiera ir a un lugar que puede estar lleno de gente que no sabe manejar. Rió con ganas y me tentó también a mí. La paso bien cuando nos juntamos, le confesé, tendríamos que vernos más seguido. Vos sos un tipo bastante más ocupado que yo, me llamás y te venís a casa a tomar un porrón, eso si, vení un día que puedas dormir la siesta o a la tardecita, así me podes acompañar. No lo sentí como una ironía, en el rostro se le notaba la sinceridad, algo que tenía Alejandro era eso, no sabía mentir.

Le pedí la cuenta al mozo que compartió chistes con Alejandro mientras yo juntaba lo necesario para cubrir lo que habíamos consumido más unos pesos de propina. Le podes dejar propina por las veces que vengo yo con el mango justo si querés, dijo Ale guiñándole el ojo al mozo que, el parecer, se llamaba Patricio.

Mientras tomábamos el café, después de pagarle a Patricio (una cuenta muy sensata) Alejandro me dijo que a pesar de todos lo que recordamos de los buenos tiempo y de la vinculación sanguínea que nos única, él creía que, hoy por hoy, éramos dos desconocidos. Me llamó la atención y me sobresaltó su conclusión, estaba convencido de que habíamos tenido una conversación muy amigable y que parecíamos dos amigos que se ven semana a semana.

Yo tengo cuatro preguntas para hacerle a una persona desconocida para poder llegar a tener un pantallazo general del tipo de persona que es, siguió. Le preguntó que diario lee, que hace en su tiempo libre, cual fue la última película que vio y cual el último libreo que leyó. Me dejó como patinando en el aire, con la boca entre abierta. Afuera seguía la calma, no parecía un día laboral, la imagen del exterior que se tiene desde un bar es completamente distinta a la realidad, o al menos eso estaba experimentando sentado junto a la ventana que daba a calle San Juan, la calma solo la rompían los estallidos de la K cada vez que pasaba con ese acelerador eléctrico y su ruido tan particular.

Después el colgado soy yo, rompió el hechizo en el que estaba inmerso, ya se, no te acordás cuál fue el último libro que leíste, sentenció. Si bien su técnica para encuadrar a las personas apenas conocida me había llamado la atención, no me había quedado pensando ni en el libro, ni en la película, ni el diario, ni siquiera en mi hobby. Solo eso, me sumergí en el alma del bar, pero no tenía ninguna intención de confesar esto, se iba a burlar de mi, sin dudas. Por eso le dije que no, que no pensaba en el libro sino en el tiempo libre, que yo jugaba al tenis y que él ya me había catalogado como culo roto por eso. Reímos con ganas otra vez. Y el resto, preguntó. Me estas tratando como un desconocido en serio, veo. Fantaseemos, imaginemos que sos un tipo que viene de una empresa a ofrecerme laburo y yo, como futuro empleado te pregunto eso. No te contrato seguro por desubicado, que te importa lo que lea. Se sonrió y me volvió a pedir que le cuente. Diario, como todos, leo La Capital, salen las noticias locales, cosas que pueden interesar para la empresa y demás. Me interrumpió para aclararme que las explicaciones estaban de más, que a una pregunta simple se espera una respuesta simple. Ok, le dijo, yo te contesto en forma concreta con la condición de que vos, después, me digas que pensas de un desconocido con mis hábitos. Quedamos así, respondió con ganas. Leo el diario La Capital de Rosario, repetí sin más; la última película que vi fue “Sherlock Holmes 2”; el último libro que leí fue “Se lo que estas pensando” y como ya sabes en mi tiempo libre juego al tenis. Te toca, retruqué. Se sonrió sin maldad, pero sin humor, una sonrisa tibia y sin esfuerzo, pero sin virtudes ni profundidad, esa sonrisa que se parece a un reflejo del cuerpo, como achinar los ojos al despertar cuando abrimos la ventana.

Luego me fue sincero, sin antes anticiparme que iba a serlo. No te invitaría a tomar una cerveza a mi casa si no fueras mi hermano. Los dos reímos con ganas y mientras reía se rompió algo dentro mío que me hizo, por primera vez, mirar el reloj. Era tarde, nunca me tomaba tanto tiempo para almorzar, ni siquiera con un cliente. Ya te tenés que ir que miras el reloj o es solo un vicio de tipos ocupados, preguntó ya sin la sonrisa. Me voy a tener que ir, respondí con cierta vergüenza. Nos despedimos ya en la puerta del bar, antes de salir saludo con un beso al mozo y a la chica que trabajaba detrás de la barra, una chica joven con cierta simpatía que, esas mujeres que con su sonrisa constante, y sincera, oculta los desperfectos de un rostro que termina por ser deseable. Nos saludamos con un fuerte abrazo, un poco más intenso que el primero, nos prometimos una cerveza la semana entrante. Los dos sabíamos que mentíamos. A ninguno le importó.

Como hacía muchos años, cada uno tomó su camino, exactamente opuestos. Él caminó por calle Dorrego hacia Mendoza, vivía en un pasillo oscuro y descuidado, sin flores, con humedad y sueños, en mitad de la cuadra. Mi auto estaba estacionado hacía el norte, caminé en contramano hasta metros antes de calle San Luis, si bien podía abrir el auto con el botón de la alarma que no hacía ruido, en general optaba por el que sonaba con un doble “vip”.

El clima seguía enemigo, nos acercábamos a las tres de la tarde. Dentro del auto el calor apretaba, había quedado al sol. Puse en marcha el motor y prendí el aire acondicionado. Apague la radio y pensé que seguía sin saber mucho del hombre que acababa de almorzar conmigo, que casualmente era mi hermano. Tal vez la parte más pura y verdadera de nuestra conversación fueron las cuatro preguntas para un desconocido. Todo se pareció más a un encuentro de ex alumnos que a un almuerzo familiar. Podríamos haber brindado por los doce años de nuestro viaje a Bariloche sin que ningún testigo se extrañara.

Pasaron varias semanas hasta que supe que ese almuerzo había sido el último momento que pasaríamos juntos. Me costó juntar las fuerzas para tomar las llaves que la policía nos había entregado en su momento, junto con el cuerpo, para ir a abrir su casa, para acomodar todo, para sacar sus cosas (y pinta, había pedido la inmobiliaria). El pasillo se me hizo interminable, mucho más húmedo, mucho más despejado de plantas, de vida, de sueños.

Revisé unos cajones y saque impresiones que parecían escritas por él, o al menos él las firmaba. Me detuve en una. Casualmente en esta.

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                                                                                        DAMIÀN FORNASO

NICOLÀS AIMETTI, 3º Premio Nivel Dos

Publicado en Cuentos el 5 de Abril, 2012, 15:53 por MScalona

Yoga

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He invertido gran parte de mi vida en aprender a tolerar cosas que no me gustan. Hoy día creo que podría tener una novia que no me guste, un trabajo que no me guste, una casa que no me guste, una vida que no me guste y, así y todo, ser feliz.

Eso lo decía como un chiste. Un chiste que casi nadie entendía. A Natalia también le dio lástima cuando lo oyó, pero igual sonrió.

–Por eso –añadió Rodolfo–, si el análisis me da para el orto, igual todo va a estar bien.

–Listo –dijo Natalia, y le dio un algodón mojado en alcohol–. Apretá fuerte.

Luego empezó a vaciar la jeringa en un tuvo de ensayo, quitó la aguja hipodérmica en un contenedor especial, y tiró el resto –la jeringa, restos de sangre que comenzarían a coagularse– al tacho de basura –otras jeringas, otra sangre que se iría mezclando con más sangre a lo largo del día.

Estaba anocheciendo cuando Natalia volvió a su departamento. Había una frazada en el piso y una almohada arriba del sillón. Ignacio se había ido. Natalia prendió un cigarrillo, dio dos secas y lo apagó.  Pensó en tirar el atado pero lo volvió a esconder en la cartera. Si al menos el hijo de puta hubiera juntado las cosas, pensó. En realidad, había estado pensando toda la mañana. Toda la puta mañana no se había podido sacar la idea de la cabeza. Siempre tan prolijo, pensó, y ahora se viene a hacer el macho, el que deja las cosas tiradas. Llevó la frazada a la pieza. Después junto la almohada. Se sentó sillón, prendió otro cigarrillo, y se quedó fumando, esperando que el humo vaya tapando los detalles, las cosas sin importancia.

Cuando lo conoció, Natalia quería irse de su casa. Vivía con sus viejos, dos hermanos más chicos y una hermana más grande, casada. El marido de la hermana también vivía con ellos. Estaban ahorrando. Era por un tiempo nomás, y como la casa era grande… No era mal tipo el marido de la hermana; laburaba, quería ponerse una verdulería. Para eso estaban ahorrando. Tenía la costumbre de mirarle las tetas –el escote en realidad– cada vez que podía. Un día le voy a armar un escándalo delante de todo el mundo, pensaba Natalia con odio.

Entonces apareció Ignacio. Cenaban juntos, iban al cine o a ver alguna banda, pero sobre todo al cine. Dormían en lo de Ignacio que vivía solo. Después ella se iba a la facultad, o a estudiar a su casa. Casi ni salía con sus amigas. Un día, un sábado a la mañana, cuando se estaba por ir, Ignacio le dijo: ¿Por qué no te quedás? ¿ Todo el fin de semana?, preguntó ella. Y también la semana, si querés, dijo Ignacio. ¿Por qué no te quedás? Esa mañana se la pasaron cogiendo y durmiendo. Por la tarde ella trajo sus cosas y se quedó.

Ignacio era cardiólogo. A los dos les gustaba cocinar. A ella más lo dulce, a él salado. Le gustaba mirar tenis, porque había jugado de chico. A ella le gustaban los tenistas. Miraban juntos los partidos que daban en la tele. Habían ido dos veces juntos al mar, aunque Ignacio, por los congresos, viajaba solo al menos tres veces al año.

–Hola, doctora.

–Bioquímica en realidad –dijo Natalia, aunque aún no estaba recibida.

–Bioquímica es muy largo. Me va a tener que decir su nombre.

–Natalia.

–Hace bien.

–¿Cómo?

–Que es un lindo nombre. Yo soy Rodolfo –dijo extendiendo la mano, pero también acercando un poco la cara, como si fuera a darle un beso.

–Hacés mal –dijo ella bromeando.

–Ya sé, por eso te decía –dijo después de soltar algo parecido a una risa–. Es un nombre horrible, pero yo no tengo la culpa…

Media hora atrás, Natalia estaba sentada en el sillón del living mirando la pantalla del celular. Ignacio no había llamado ni mandado ningún mensaje. Ella tampoco lo iba a llamar. El super cierra en un rato, pensó. No tenía hambre, pero tampoco comida en la heladera. Y si después quería comer –tenía que comer, pensó– no habría nada. Quizás Ignacio estuviera en el super, se le pasó por la cabeza. No, era muy meticuloso, siempre avisaba antes; necesitas algo, voy al super.

Ahora Rodolfo le hablaba de cualquier cosa, aunque había sido ella la primera en reconocerlo, cuando lo vio junto a la góndola de los lácteos. Él la miró como perdido, buscando, y luego hizo un gesto como si de repente recodara, y la saludo como si se conocieran de toda la vida.

Ni ella ni Ignacio se habían hecho nunca el test, pensaba. En casa de herrero cuchillo de palo. Hasta ayer a la noche nunca se le había pasado por la cabeza. En realidad, recién esta mañana, después de atender a Rodolfo, empezó a pensar en el tema. Por qué te fuiste a hacer el test, hubiera querido preguntarle entonces, pero esas  preguntas las hacen los médicos. Mientras tanto, él empezó a mirarle el changuito impúdicamente, deteniéndose en cada uno de los productos que llevaba. Una mayonesa ligth. Fajitas Bimbo. Un yogur entero. Un par de Danettes de chocolate. Una maquinita de afeitar rosa. Dos latas de choclo amarillo. Un pack de papel higiénico.

–¿Decime, por qué te fuiste a hacer el test? –preguntó aséptica y sonriente, mientras se agachaba a buscar un pote de crema de leche. 

–Por yoga –respondió Rodolfo casi sin inmutarse, y agregó–, es un asunto personal.

–¿Te piden eso para hacer Yoga?

–Es un poco más complicado.

Ella encaró hacía la góndola de las carnes. El empezó a mirar las bandejas, a tocar la carne por encima del plástico. De vez en cuando trataba de olerlas. Ella mientras tanto buscaba con la mirada, deteniéndose en los precios de la etiquetas. Él le dijo que nunca compraba carne en el super, que no le tenía confianza. Ella respondió que la carnicería ya había cerrado. Después agarró un pedazo de cuadril y lo metió en el changuito.

–¿Querés que te cuente?

–¿Qué?

–Por que me fui a hacer el test.

–¿Por qué?

–No, acá no da. ¿Qué vas a preparar de comer?

–Todavía no sé.

–Yo voy a preparar una carne al horno. La hago en croute de hongos. Vivo acá a una cuadra.

Ella miró la canasta que el llevaba en la mano. En efecto, había una bolsa con champiñones y otra con portobellos.

Cuando llegaron a las cajas él le sacó algunas cosas del changuito. Ella lo miró raro.

–Así dividimos, y pasamos todo por la caja rápida –aclaró.

Cuando terminaron de pagar ella le quiso devolver unos billetes. No te hagás drama, la rechazó.

Al salir ella le dijo:

–Mejor vamos a mi casa.

–Pero la carne la tengo en mi heladera –empezó a decir él.

–Mirá, si querés que comamos juntos vamos a mi casa –dijo ella tajante.

Mientras caminaban, volvió a mirar el celular.

Dejó las bolsas del super en la mesada y empezó a guardar las cosa en la heladera. Él se quedó mirándola.

–¿Qué hacés? –dijo ella.

–Nada, miraba la heladera.

–No, qué hacés de tu vida, boludo.

–Ah… Soy psicólogo. Trabajo en una empresa.

–¿Selección de personal?

–No, algo parecido. Una consultora. Hacemos planes para que los empleados trabajen más motivados, prolongar la vida útil, hacerlos rendir más. Es un gran curro.

–¿Preparo carne esta carne, querés? –dijo enseñándole la bandeja del super–. La podemos comer con los hongos.

–Dale, lo que vos quieras.

Dejaron la carne en el horno, junto con unas papas y cebollas, y fueron al living. Él se sentó en el sillón y ella en la mesa.

–Estoy en pareja –dijo ella.

–Ah –dijo él.

–En un rato va a llegar. Por eso te dije de venir a casa.

–¿Y alcanzará la comida?

–No sé. ¿Sos de comer mucho?

–¿Puedo fumar?

–Pará que abro la ventana.

Rodolfo encendió un cigarrillo y empezó a buscar un cenicero con la mirada.

–Bueno, total yo tengo mucho hambre –dijo Natalia, viendo crecer la  ceniza en la punta del cigarrillo de Rodolfo. Después agregó:

–Igual no sé si vendrá.

–¿Por  qué?

–Y… Es complicado. Un asunto personal, como vos decís.

–¿Y me vas a contar?

–No sé… Veremos…

Rodolfo se acercó a la ventana (que daba a un balcón) a tirar la ceniza del cigarrillo.

A Rodolfo le atraían los dramas ajenos. No decía “problemas”, decía “dramas”. Se puso a mirar los ventanales de los edificios de enfrente, como si fueran pequeños teatros. Cada teatro con su drama, sus actores. Hasta que uno entra en el drama y  olvida que también está actuando. Qué no existen los espectadores.

Ignacio podía llegar en cualquier momento, pensó. Miró las paredes y la repisa en busca de algún portarretratos. Había algunos cuadros, pero ninguna foto. Recordó cuando era chico, cuando sus padres se peleaban. O cuando estaba de visita en la casa de algún amigo y los padres empezaban a discutir, en lo incomodo de la situación, esas ganas de salir corriendo, de decir me voy, pero también esa necesidad de no llamar la atención, de quedarse viendo. El miedo a que toda esa violencia se vuelva de repente contra uno. Lo macabro y morboso. Disfrutarán esas parejas exponiendo así su intimidad, pensaba, como algunos disfrutan que los observen hacer hacer el amor.

–La cosa fue así –dijo Rodolfo arrojando la colilla del cigarrillo a través del balcón–, hace unos meses, casi un año ya, empecé yoga en lo de un viejo. Acá cerca, en una casa grande y vieja, sin carteles ni nada.

Estaban en pleno junio. Natalia se paró a cerrar la ventana. Rodolfo se sentó en la mesa, frente a la silla de Natalia.

–Era un grupo raro. Había unas viejas que a mi me daba la impresión de que en cualquier momento, o se quebraban, o se cagaban encima. Eso siempre me daba miedo. Una vez fui a un concierto de música clásica, en una biblioteca, y de repente paf, pintó el olor a mierda. Una señora que tenía una beba en brazos se levantó y salió rápido hacía el hall. Todos pensamos que había sido la nena. Pero cuando terminó el concierto, uno de los organizadores, amigo mío, me contó que había sido una vieja que se había dormida. Viste que esas cosas se llenan de jubilados.

–Nunca fui a un recital de música clásica, pero sí, me imagino.

–Bueno, estaban las viejas en yoga, pero también había gente joven. Eran como un clan. Todos más o menos con la misma onda. Yo cuando empecé ni onda con nadie, pero al final fui entrando en confianza. Ellos cada tanto, creo que una vez por mes, se juntaban a comer en la casa de alguno. Y un viernes me invitaron. Yo caí con una botella de vino, al reverendo pedo, porque ahí nadie tomaba. Eran todos naturistas o algo así. Fumaban porro, eso sí. ¿Vos fumas?

–Estoy embaraza.

–Ah… ¿Hace mucho?

–Tres meses. Pero seguí contando.

–Bueno, cuestión que había un montón de cosas raras, todo vegetariano, pero eso sí, rico. La casa donde nos juntamos era de una piba alta, morocha, cabeza rapada. Se podría decir que linda, aunque un poco alejada de los cánones estéticos convencionales. Bueno, cuestión que comimos, fumamos un poco, la gente se fue yendo y yo me quedé hablando con esta piba. Y en un momento, así como de la nada, como si estuviéramos juntos desde siempre, se me sentó arriba y me empezó a acariciar el pelo. Bueno, yo le empecé a acariciar a ella también la pelada. En realidad no era pelada, tenía el pelo bien cortito. Era raro. Nos fuimos calentando, aunque creo que toda la noche habíamos estado calientes. No sé, te la hago corta. Nos fuimos a la cama. Un colchón en el piso en realidad. Y que esto y que lo otro ya estábamos en bolas. ¿Me estoy yendo al carajo?

–No, todo bien, seguí. ¿Qué pasó?

–Bueno, estuvimos un rato así, y yo le digo aguantá, que voy a buscar un forro. Y ella me dice que no, que mejor natural, que no sé qué.

–Y por eso te fuiste a hacer el examen.

–No, yo tenía un forro en la billetera, que estaba en el pantalón al lado de la cama. Viste como es, mejor tenerlo y no necesitarlo, que necesitarlo y no tenerlo. Me hice el boludo un rato, seguimos franeleando y, mientras se la chupaba, me las ingenié para ponerme el forro. No es que lo hice a escondidas ni nada, pero tampoco quería ponerme a discutir. Así que empezamos a coger. La flaca era una cosa de otro planeta. No sé si es el yoga, si la comida esa era afrodisíaca o qué, pero empezamos a hacer cosas que… Yo nunca leí el kamasutra ni nada de eso, pero alguna de las cosas que esa piba hizo no debe haberlas soñado ni el que lo escribió. A veces me daba miedo y todo, creo que por eso no acababa. Habremos estado como no sé qué… Una hora por lo menos. Hasta que empezó a gritar y ponerse como loca, y calculo que yo también debo haber gritado, cuestión que cuando acabo… Viste en carnaval, cuando inflabas un globito de agua y se te reventaba, que quedaba en la canilla como un anillo latex, algo más grueso, agarrado al pico, bueno, una cosa así tenía puesta yo en la pija. En algún momento, yo jamás me di cuenta, se debe haber roto el forro, y cuando la saqué tenía esa especie de anillo agarrado a la base del pene, solo eso, el resto del forro había desaparecido, o estaría ahí enrollado, no sé.

–¿Y la mina que dijo?

–Yo le pregunte si era sana, si alguna vez se había hecho el test. La piba era una incoherente.  Me dijo que ella era natural, que esas cosas son por la vida tóxica que lleva la gente, o algo así, y que ella no se preocupaba. Yo me quería pegar un tiro.

–Sí, cuando acabaste –acotó Natalia riendo y se levantó a sacar la carne del horno.

Durante la cena Natalia miró un par de veces más el celular y después lo dejó sobre la mesa. Cuando terminaron de comer dijo:

–¿Sabés qué? Tengo ganas de emborracharme, de tomar como una chancha y emborracharme y dormir todo el día.

–¿Y?

–Nada. Eso es lo que más bronca me de todo esto con Ignacio, que para colmo me tengo que andar cuidando.

–Yo traje un vino si querés–dejó caer Rodolfo.

–Sí, ya sé. No sos tan discreto como te pensás. Te vi que lo agarraste cuando íbamos para la caja–dijo Natalia–. Abrilo si querés. Una vaso tampoco me va a hacer mal.

–¿Y qué fue lo que pasó con… cómo se llamaba?

–Ignacio. Le dicen ‘chicho’ los amigos.

–¿Y qué fue lo qué pasó?

–Eh…

Natalia se quedó en silencio, mirando algún punto perdido detrás de la ventana. Rodolfo le dijo que si no quería estaba todo bien, que no tenía por que contarle. Ella le dijo que no, que no sabía como contarlo. Se quedó un rato mirándolo a los ojos. Rodolfo le sostuvo la mirada. Después Natalia bajó la cabeza y dijo no sé, la verdad que no sé, vos sos psicólogo, sabrás de estas cosas. Y empezó:

–Los jueves yo llego más tarde, porque voy a pilates, pero como ayer estaba muy cansada me vine directo para acá. Cuando abro la puerta siento un ruido medio medio brusco y veo a Ignacio que pasa apurado. Cuando lo saludo y me responde desde el baño.  Y no sé por qué, pero a mí se me da por mirar la notebook, que estaba enchufada arriba de la mesa. Estaba mal cerrada, como entornada más bien. Y será el instinto o qué, pero la abrí.

–¿Y qué había? –preguntó Rodolfo sonriendo.

–’perá un poco –lo reprendió Natalia–. La vuelvo a cerrar y no le digo nada. Todo bien mi amor, llegaste antes. Sí, todo bien mi amor. Vos qué andabas haciendo. Nada, estaba en el baño y ahora me iba a poner a hacer la comida. Bueno, dale, que estoy re cansada. Y así todo el tiempo. El tipo como pancho por su casa. Cominos y como estaba cansada nos fuimos a la cama. Pero yo no me podía dormir. No dormí en toda la noche en realidad. Así que le pregunto: ¿Por qué había un tipo pajeándose en tu máquina? Y él: me mira como si no supiera de que carajo le estoy hablando. Sí, lo vi, le digo. Sabés qué –le dice a Rodolfo–, era un pendejo todo en bolas, en la cámara, y le escribía: ¿Te gusta bombón, querés que papi te de lechita? ¿Qué pasa bombón, a dónde fuiste?

–Qué feo que te digan bombón.

–Sí, horrible. Y tenía un millón de faltas de ortografía.

–¿Y él qué dijo?

–El se quedó mirándome. Se puso medio pálido, pero no decía nada. Movía la cabeza y decía: qué viste qué. Y yo lo miraba como diciéndole que se deje de hacer el boludo, y él volvía a repetir: qué viste qué, dónde. Y sabés que es lo peor: eso fue todo lo que dijo. Mirá, me hubiera dicho que estaba haciendo una investigación antropológica. O que tuvo curiosidad. O que le gusta la mar en coche. O la pija en coche si te cabe más, lo que sea. Pero lo único que me dijo fue eso. Y después me recriminó: ¡Qué tenés que andar  mirando! Como si la culpa fuera mía. Eso, como si yo fuera la que se estaba pajeando adelante de un pendejo en bolas que te dice bombón. Dijo eso y se fue al sillón. Y yo no sé que mierda pensar, porque al final no dijo nada. Y, ahora, además, no aparece. ¿Te parece que estuve mal?

–¿Y por qué no lo llamás?

–¿Qué, ahora yo tuve la culpa?

–No, no digo que vos tengas la culpa. Tampoco digo que esté bien espiar las cosas de los otros, pero eso más que nada por salud personal.

–¿Y qué hago?

–Esperá. Todavía estará buscando las palabras para explicarte. O por ahí está tratando de explicarse a él mismo –hizo una  pausa y luego agregó–. O por ahí se fue a visitar al pendejo.

Esta última broma no le  hizo ninguna gracia a Natalia, que posiblemente se estuviera  imaginado la situación con lujo de detalles.

–Pero no, vos no tenés la culpa –trató de  consolarla–. Y él es un pajero.

Esto último lo dijo sin doble intención, más bien con bronca, pero al final sonó como si estuviera haciendo otra broma. Él tampoco sabía que decirle, y Natalia parecía como perdida en un lecho de sombras. Se quedó un rato en silencio y luego le preguntó si ella lo quería. Después prendió otro cigarrillo.

–Me siento mal –dijo Natalía.

–Es él el que se tendría que sentir mal.

–No. Me siento mal –volvió a repetir. Esta vez lo dijo con una voz finita, casi un sollozo.

Rodolfo se acercó. Ella le dijo que estaba mareada. Él le ofreció un vaso de agua, le  preguntó si quería ir al baño. No, al baño no, respondió. Y cerró los ojos y se quedó quieta por unos minutos, mientras Rodolfo, al lado, hacía como que la sostenía, o le acariciaba la espalda y le decía: tranqui, quedate tranquila que estoy acá. No te va a pasar nada.

–No te conozco –le dijo.

–Uno nunca termina de conocer al personas –dijo él.

–Me quiero acostar.

–¿Querés que te lleve al sillón?

–No, en el sillón no. Llevame a la cama.

Rodolfo pasó el brazo de Natalia por encima de sus hombros y la tomó por la cintura. Vamos despacio, le decía. Sí, vamos despacio, decía Natalia. La acostó sobre la cama. Natalia cerró los ojos y a Rodolfo le pareció como si estuviera durmiendo lo más plácidamente. Un minuto después Natalia se volvió a sentar y empezó a enredarse con el pulóver, tratando de sacárselo. Rodolfo le ayudó a sacar primero con un brazo, luego el otro, y finalmente apareció Natalia otra vez, los ojos cerrados, y los pechos despertando tras una fina remera blanca. Natalia volvió dejarse caer y levantó un pie que pedía que le saquen la zapatilla. Rodolfo desató los cordones, los aflojó, y luego, casi sin hacer fuerza, desnudó un pie tras otro. Ella tenía unas medias con a rayas, rosas y rojas. Pensó en sacárselas y acariciarle los pies. Mientras, Natalia tanteaba con dedos ciegos el botón del pantalón. Cando Rodolfo acercó sus manos, el botón ya estaba libre. Bajó el cierre lentamente y fue tirando hacia abajo, mientras Natalia desde un sueño movía caderas y piernas, ayudando a desplazar el pantalón. Un haz de luz encendía el blanco de las piernas. Rodolfo respiró hondo. Cerró los ojos y volvió a ver la bombacha de Natalia, los pelitos escapando por los costados, el aroma que asomaba a escasos centímetros de distancia. Vení que hace frió, le dijo, y trató de que se acomode en la cama para poder abrir las sábanas. Natalia empezó a reptar lentamente, primero movía un poco el torso, luego acomodaba las piernas, mientras, Rodolfo iba corriendo las sábanas y el cubrecama. Luego Natalia giró sobre su cuerpo hasta quedar boca abajo, de nuevo en el mismo lugar de la cama. El hilo de la tanga se perdía apretado entre sus nalgas. Rodolfo siempre tiró de las sabanas y la tapó. Natalia balbuceó un gracias. Rodolfo se sentó al costado de la cama y le acarició el pelo. Ella le tomó la mano y la llevó junto a su mejilla, para usarla de almohada. Luego se durmió.

Rodolfo fue hasta el living y buscó el celular de Natalia que estaba sobre la mesa.  Lo primero que hizo fue marcar su número. Cuando su celular vibró cortó. Después buscó en la lista de contactos el nombre Ignacio y le escribió el siguiente mensaje: vení rápido que me siento mal, estoy descompuesta. Dejó el celular en la mesa, recogió su plato y lo lavó, secó y guardó en la alacena. Después bajó hasta hall del edificio a esperar a que alguien que entrara o saliera le abriera la puerta de calle. En el peor de los casos, si nadie pasaba, imaginó que Ignacio llegaría, a lo sumo, en media hora y le abriría la puerta. Eso a menos que fuera un completo imbécil.

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Nicolás Aimetti

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-