"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




2 de Abril, 2012


NATALIA MASSEI, 1º Premio Nivel Dos

Publicado en Cuentos el 2 de Abril, 2012, 11:46 por MScalona
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EL RUIDO DE LA CARCOMA
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Camino al costado de la ruta. No hay sol. La panza pesa un poco. Ya está bien formada y se sienten los movimientos desde dentro. La panza delante del cuerpo camina conmigo. No se oye nada salvo el zumbido de los autos que van y vienen. El viento me humedece la cara. Llevo en la mochila mi billetera, mis documentos, un abrigo liviano, un paraguas plegable, pastillas de menta, un anotador y un mapa. Aunque hace calor, me puse zapatillas en lugar de ojotas. Con la humedad, el olor a bosta es más pegajoso y se cuela por los poros. No basta con taparse la nariz. Me gustaría encender un cigarrillo. Camino lento, no hay apuro. A ambos lados de la ruta sólo hay cabañas y complejos turísticos. La mayoría de aspecto rústico pero bastante lujoso. Da la sensación de que no es camino a ninguna parte. Puro lugar de paso. Voy a caminar hasta dejar de ver alojamientos para turistas. Lo que deseo es ir hacia adelante. Si tuviera que sacar un pasaje de ómnibus, no sabría hacia adónde. Por ahora camino.

Todo empezó con el ruido. Un serrucho repetido y persistente. Lo advertí cuando entré por primera vez a la habitación en la que dormiríamos Rafael y yo. La pieza estaba limpia, la cama sin sábanas y los muebles vacíos. Era sencillo revisar cada rincón. El sonido se hacía más fuerte cerca de una de las mesas de noche. Pensé que podía ser un cortocircuito en los cables del velador. Lo desenchufé pero no cesó. Busqué dentro del placard, en los cajones, debajo de la cama. Hasta que noté los agujeros en la mesa de noche. Entradas bien delineadas que abrían túneles donde la luz de la linterna no accedía. Supe, navegando en Internet, que no podía tratarse de termitas porque éstas no emiten sonidos audibles y dejan en la materia devorada otra clase de marcas. Se trataba de la carcoma. El ruido de los bichos, toda la noche y todo el día carcomiendo, no me deja descansar. Cierro los ojos y escucho el crujido de la madera.

Habíamos llegado temprano. Mañana de domingo. Un día radiante de luz y frescura. Tuvimos que esperar un rato en el quincho hasta que la cabaña estuviera en condiciones. Ni bien nos instalamos, Rafael se tiró a dormir. Al mediodía, Luci y yo estábamos muertas de hambre y no podíamos levantarlo. El cansancio del viaje. Nosotras gritando y él diciendo ya voy, un minuto, ya voy.  

Bajo el sol de la siesta, caminamos hasta el parador más cercano. Rafael comió en silencio con ojos adormilados. Yo hacía comentarios sobre el menú y los precios. Luci empezó a lloriquear después de los primeros bocados que la saciaron. Se sentó en mis rodillas y se quedó dormida. Con ella encima, terminé la milanesa empapada en aceite y el puré gomoso. La idea de repetir la caminata al calor de ese sol me daba ganas de vomitar.

Por la tarde, Luci y yo nos tiramos a la pileta. El agua estaba fría. Rafael durmió hasta la noche. Apareció en la cocina, mientras yo preparaba la cena, y encendió la notebook para chequear si la conexión a Internet era buena.

Luci dice que Máximo es la primera oveja que vio y tocó en su vida. Máximo es un cabrito blanco de patas flacas, con manchas negras alrededor de los ojos y el hocico.  Lo trajeron mientras cenábamos y lo dejaron en una caja de madera. Luci me rogó que fuéramos a verlo. Cuando acercamos la linterna a las fisuras de la caja, el cabro soltó un balido. Parecía que se le hubiera ido toda la fuerza en el grito. Luci dio un salto hacia atrás. Me agarró de la mano y empezó a llorar. Pasé toda la noche dormitando entre el balido de Máximo y el ruido de la carcoma.

Al día siguiente, sobre el mediodía, llegó el encargado con sus hijas. Las nenas bajaron en la ruta, antes de que el auto entrara al complejo por el camino de tierra. Corrieron derecho hacia la caja. Las tres estaban en traje de baño. La mayor llevaba una mamadera en la mano. Al verlas pasar, Luci se calzó las sandalias y salió disparada. De lejos, vi cómo sacaban al cabrito de la caja.

– ¡Está todo cagado, Pá! ¡Dale vos!

La más grande lo cargaba sin asco y las otras la seguían. Más tarde, Luci me contó que las nenas se llamaban Carla, Julieta y Selene, que eran sus nuevas amigas y que le habían permitido darle la mamadera a Máximo.

Rafael se levanta sobre las once y enciende la computadora. Luci y yo ya estamos afuera. Si nada lo interrumpe, se queda inclinado sobre la máquina durante horas. De a ratos, deja el aparato para servirse algo de la heladera o prepararse un café. Ni el alborto de niños, ni el calor de la siesta, ni mis reproches lo distraen. La mirada fija en la pantalla, la boca semiabierta, el torso desnudo y en bermudas.

La ventana de la cocina da justo a la ruta. Del otro lado, la cadena montañosa levanta un muro verde irregular. Detrás está el sol. El cerro y la ruta se extienden más allá de la vista. Los automóviles pasan uno tras otro, hora tras hora, en un vaivén incesante. Siempre que veo pasar autos en la ruta, esté donde esté, quisiera estar arriba de uno de esos vehículos en movimiento.

Luci juega carreras en la pileta con las hijas del encargado. Antes de que lleguen al borde, la mayor atribuye un puntaje a cada una y determina quién ganó. Por ser la más chica, Luci siempre gana. Las dos mayores chapotean de un lado a otro al grito de ¡Dejala ganar! ¡Gana Luci! Cuando le pregunto cómo hace para ganar cada vez, me explica que nada muy fuerte. Selene se enoja y amenaza con no jugar más. Las otras ni se enteran. Al rato aparece el encargado con un balde y un secador de piso en las manos y les recuerda que no griten en el sector de la pileta y que no molesten a los huéspedes. Le avisa a la menor que si la escucha otra vez la saca del agua. Dicho esto se pierde entre los árboles. Es un hombre robusto. El abdomen le asoma por debajo de la chomba entallada.

Luci llora por los raspones en las rodillas, porque le arde la conchita después de hacer pis en los yuyos, porque el cloro de la pileta quema los raspones que ya no ardían, porque no gana, porque tiene sueño, porque quiere upa, porque no se puede hamacar sola.

Le propongo a Rafael que salgamos a cenar. Tarda unos segundos en apartarse de lo que está leyendo y me mira un poco desconcertado, como quien recién se despierta. Puede ser, pero prefiere quedarse. Intento seguir conversando pero ya está de nuevo inmerso en la lectura. De reojo, me lanza una mirada crispada. Salgo de la habitación y le grito pedazo de mierda, dos veces. Más tarde, preparo la comida para Luci y para mí.

– ¡¿No íbamos a salir?!

– No quedamos en nada. Cuando traté de hablar con vos…

– Mirá, para empezar…

– Estoy cocinando para nosotras, ya fue.

Vuelve a su libro. Cuando la mesa está servida, saca un pedazo de queso y un salame de la heladera y se sienta al lado de Luci. Una vez que la nena y yo terminamos, come lo que queda en la olla y me pregunta si quiero un té. Le digo que no y me voy a dormir. 

Luci invita a sus amigas a nuestra cabaña. Les pongo tres libritos para colorear sobre la mesa, un estuche lleno de biromes de colores y un paquete de ceritas. Cada una elige un libro. A Selene no le toca ninguno. Las hermanas dicen que no hace falta porque tiene uno en la mochila. Todas quieren pintar princesas. Cuando era más chica, Carla quería ser Cenicienta. Julieta quería ser la Sirenita y Selene, la Bella y la Bestia. La Bella, corrige Luci. Selene insiste en que le presten uno de los libros de Luci pero ninguna le lleva el apunte. Se va ofendida sin decir nada. Las demás siguen coloreando y conversando sobre si creen en la fantasía. Al rato vuelve y le avisa a la más grande que la llama su padre.

– Dejate de hinchar, Selene, estoy pintando. 

Me despertó el ruido de una podadora a las seis de la mañana. Esperé un buen rato antes de levantarme y mirar por la ventana. Dos empleados de la comuna cortaban el césped sobre los bordes de la ruta. Ya eran casi las siete. Recogí la manta que se había caído a los pies de la cama y me acomodé cerca de Rafael, que irradiaba un calor suave, sabiendo que no volvería a dormirme. Cuando cesó el ruido del motor, volví a escuchar el serrucho de la carcoma.

Me vestí y abandoné la cabaña mientras Luci y Rafael dormían.

           

Me detengo en una estación de servicio a tomar algo fresco. La bebida azucarada estimula al bebé que se mueve de un lado a otro. Me lo imagino nadando en agua dulce con los ojos cerrados. Quizás echado con la panza hacia arriba, agitando las piernitas y chupándose el dedo. Me gustaría saber si es nena o varón para pronunciar su nombre en voz alta y acariciar la panza. Pienso que Luci ya debe estar despierta. Pregunto qué hora es, antes de seguir. Las nubes de primera mañana cedieron hace rato. Llevo tres horas de marcha lenta bajo el sol. Pido un sándwich de jamón y queso y lo como mientras camino. Decido hacer dedo.

Selene no hace pie en la pileta. Luci la empuja sin avisar. La nena se hunde y agita los brazos hacia arriba hasta que su hermana viene al rescate. La batahola dura unos segundos. Más tarde, Selene cuenta que tenía los ojos abiertos cuando se hundió y que ahora no puede ver.

Rafael viene con la computadora a la cama. Luci mira dibujos animados en el comedor. Empiezo a adormecerme con el click intermitente del mouse y el resplandor de la pantalla. A medida que me adentro en el sueño, cada vez que el dedo hace click siento un martillazo breve en la sien. ¡Click! ¡Shhh! ¡Click! ¡Shhh! Él se levanta y se va al comedor dando un portazo. Le explica a la nena que apaga todo porque a mamá le molesta.

El sábado Luci y yo fuimos a pasear al centro. La terraza del Ciervo Rojo estaba repleta de gente reunida en grupos numerosos. La mayoría tomaba cerveza de distintos colores. Gente de vacaciones que se reía y hablaba en voz alta. Los niños jugando en el sector infantil. Había un tipo que cantaba boleros sobre pistas grabadas. Hasta donde pude ver, mi mesa era la única que no estaba ocupada por varias personas. Me dio pudor estar sola allí. Demoraron en atenderme. Saqué de la mochila dos muñecas de Luci y las apoyé sobre la mesa para mostrar que había alguien más. El interprete se acomodó en una banqueta alta, subió el volumen del equipo de audio y arrancó con Se te nota. Por fin, me trajeron la carta. Antes de pedir, fui a buscar a Luci para que eligiera algo. Pidió helado. Me pareció muy caro así que le dije que no había. Se contentó con un tostado para compartir. Sin intervalo, el cantor siguió con Hasta siempre, comandante. Cada tanto, Luci venía corriendo y tomaba un traguito de gaseosa. Cuando nos trajeron la comida, acomodó su silla mirando al músico y se quedó un rato. Comía atolondrada, con apuro y con ganas. Entre tema y tema, apoyaba su sándwich en el plato para aplaudir efusivamente. El repertorio siguió con baladas clásicas de todos los tiempos. Amor de pobre, Sabor a nada… Me sorprendió conocerlas y recordar todas las letras. Me hizo pensar en esas cosas que uno lleva consigo sin proponérselo. Qué nos sucede vida que, últimamente...

Escuchando esas canciones pensé en Rafael. Me lo imaginé haciendo caras, risas burlonas, una parodia de romanticismo que me habría hecho sonreír. Dos mozos quitaron las mesas alrededor del músico que ahora anunciaba un nuevo tema y preguntaba quién se animaba al baile. Él se hubiera animado. Me acordé de nosotros bailando en la cocina, mientras la música nos llegaba a través de los altavoces de la computadora. Aplauso cerrado. Un hombre en bermudas se acomodó delante del cantante y lo fotografió varias veces con su cámara digital.

La carcoma trabaja sin descanso. Pienso en una mujer muy vieja arañando la madera con sus uñas largas, rasqueteando con los cinco dedos estirándose y contrayéndose como lo hacen las patas de una araña cuando avanza. El ruido es continuo. Por momentos, el serrucho se desdobla y se superponen varios chirridos. Hace mal a los dientes. Al borde de la ruta, las imágenes me atraviesan como la carcoma.

            Una camioneta roja se detiene en la banquina. El conductor abre la puerta del lado del acompañante:

– ¡Buenas, doña!, ¿para dónde va?

– Buen día… ¿hasta dónde me podría acercar?

– Yo voy hasta Los Cardos, doscientos kilómetros más o menos.

– ¿Puedo?

– Adelante.

El auto huele a recién lavado. Con las ventanillas cerradas el olor se concentra. No me animo a bajar el vidrio. Me lleva un rato acostumbrarme.

– ¿De cuánto está?

– Seis meses.

– ¿Varoncito?

– No sabemos.

– ¿Y qué anda haciendo por esta zona?

– Vacaciones.

Máximo avanza dando saltos como si tuviera resortes. Las patas traseras se flexionan juntas y luego las delanteras, alternadamente, en un movimiento de sube y baja. Después de varias noches en la caja, ya no llora. Luci dice que se acostumbró. Cuando lo largan anda todo el día saltando detrás del encargado. Al atardecer, antes de irse, el hombre lo mete en la caja.

Mientras caminamos, al borde del arroyo, Luci me habla del animal:

– ¿Y lo tienen de mascota?

– Sí, pero el papá lo va a tirar al pozo verde.

– No, Luci… Pozo Verde es un lugar, no lo van a tirar, lo van a llevar.

– Bueno, lo van a poner en el pozo verde.

– Lo van a llevar.

– ¡Sí, Má! ¡Lo van a llevar y lo van a poner en el pozo verde!

Desde que vio a Luci desplazarse sola, con flotadores en los brazos, Selene dice que la abuela le va a regalar unos para aprender a nadar. Luci se los presta un rato. Primero se mueve con miedo, aferrándose a los bordes, pero de a poco se anima y se va soltando hacia el centro. Se sacude, moviendo las manos y los pies con rapidez. Anda con la boca semiabierta por la sonrisa. Se pasa horas así, de un lado a otro, volviendo al borde y largándose otra vez, ensayando nuevos movimientos y posiciones. Por momentos, traga agua y tose un poco. Nada le arrebata la sonrisa. En posición vertical, reclina un poco la cabeza hacia atrás, rozando el agua con la nuca y me muestra:

– ¡Mirá cómo hago la plancha!

– ¡Muy bien! ¡Aprendiste un montón, Sele!

Desde la otra punta, se escucha a las hermanas:

– ¡Eso no es la plancha!  

Un sacudón en el hombro me sobresalta. Debo haberme dormido profundamente.

            – Ya estamos llegando…–  el hombre estira el brazo y me ofrece una botella de agua. Agradezco y tomo.

            – Déjeme acá nomás.

            – Pero mire que ya llegamos.

            – Acá está muy bien. Gracias. ¿Le podré pedir una cosita más?

            – Digame.

            – ¿Me puedo quedar con el agua?

            Ni bien abro la puerta del auto y asomo la cabeza, el sol me lanza su aliento abrasivo. Siento en los pies el calor del asfalto. Me alejo un poco de la cinta incandescente. Me quito las zapatillas y me acuesto sobre el pasto. Quizás a esta hora Luci juega en la pileta con las chicas, mientras Rafael la supervisa desde la sombra. 

             

            Selene me pregunta si Luci tiene mi sangre o la de su papá. Ella tiene la sangre del padre, por eso es negrita como él. Después pregunta si Rafael y yo nos casamos. Le digo que no y me cuenta que su mamá y su papá tampoco, y agrega que ahora su mamá lo tiene al Andrés. No sé muy bien qué quiere decirme. Sale corriendo y vuelve enseguida con una plancha de figuritas autoadhesivas en la mano. Despega una de Barbie jardinera.

– Te la regalo.

Una vez que se las saca de la lámina transparente en la que vienen adheridas hay que pegarlas en otro lado, de lo contrario, se estropea el adhesivo. Estoy toda mojada. Lo único que tengo conmigo es la toalla, un bronceador y un libro de cuentos de Carver. Me seco las manos para agarrar el sticker y lo pego en la contratapa del libro, al lado del código de barras. Parece una estampilla.

Máximo ha pasado el día entero en la caja. Cuando por fin aparecen las nenas y quitan la tapa del receptáculo, el cabro estira el pescuezo y asoma el hocico. Las tres se van pasando la mamadera y cada una le da de tomar un poco. La más grande lo levanta para sacarlo. El animal se le escurre y cae parado. Divisa al hombre, que riega el césped en la otra punta del terreno, y se da a la carrera en dirección a él. El hombre nota que el cabrito viene embalado y también advierte el automóvil que hace maniobras para salir por el camino central.

– ¡Carla! ¡El Máximo!

Las chicas corren pero no lo alcanzan. El auto hace un giro en marcha atrás y embiste a la cría. La rueda lo aplasta durante un segundo, dos quizás. Difícil calcularlo. El conductor frena de inmediato y el auto se precipita hacia delante. Las nenas se acercan a los gritos pero ninguna se anima a tocarlo. El dueño del vehículo se baja y pide disculpas. El encargado viene corriendo y alza al cabrito que se desploma en sus brazos y lo mira sin emitir sonidos. Meten al animal en el baúl y rápidamente se pierden en la ruta.   

El chivito asado es una de las especialidades de la región. En otra ocasión, tuvimos oportunidad de probarlo y nos pareció delicioso. Quién sabe cuál será el destino de Máximo. Recuerdo cuando era chica. Mi hermano y yo solíamos jugar al veterinario. Primero elegíamos a los pacientes: recolectábamos insectos y los lastimábamos un poco usando una rama o una pincita de depilar. Después los curábamos. En cajitas de fósforos, organizábamos salas de internación: moscas, hormigas, cascarudos, bichos bolita, mariposas. Todo alineado al pie de la escalera del patio. Probablemente, cuando el juego concluía, esos bichos terminaban disecados en las cajas de cartón. Tal vez alguno sobrevivía. Por entonces no pensaba en eso.

La noche cayó hace rato. Después de horas en la ruta, la oscuridad es un alivio. El ir y venir de autos es el único sonido alrededor, una esquela. Ni bien atravieso el portón siento el balido apaciguado de Máximo. Me sorprende su presencia. Él también ha regresado. Lo están curando en una cajita de fósforos. Siento detrás de mí un gran vacío. La sensación de un precipicio a mis espaldas. Las piernas flojas. La puerta de nuestra cabaña está entreabierta, las luces encendidas. Entro como un fantasma. Luci mira televisión, recostada en el sofá cama del comedor. Rafael me echa una mirada fugaz y sigue escribiendo en la computadora. No parece que hayan cenado.

– ¡¡¡Mami!!!

– ¡Hijita!

– ¡Tengo hambre!

Le rodeo la cintura con las dos manos y la sostengo un rato así, hasta que empieza a sacudirse. Me hace acordar a Máximo cuando se lo pasan de brazo en brazo, mientras él se retuerce para salir disparado.

Pára de ondular, agora, cobra coral a fim de que eu copie as cores com que te adornas…

Se balancea al ritmo de la bossa nova y sonríe.

– Tengo hambre, Má.

Abro la heladera y me quedo un momento sosteniendo la puerta. Miro de nuevo a Rafael, tumbado sobre el sillón, con la computadora apoyada en los muslos. Escucho el cosquilleo de las teclas. Hay salchichas y pan rebanado. Lleno una olla con agua de la canilla y la coloco encima de la hornalla. Sobre la mesa, mi teléfono celular sigue en donde lo había dejado. No tengo mensajes ni llamadas perdidas.   

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                                                                NATALIA  MASSEI

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Autores
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