"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




17 de Febrero, 2012


RODRIGO REY ROSA

Publicado en De Otros. el 17 de Febrero, 2012, 11:08 por MScalona

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Guatemala, Centroamérica.

            El país más hermoso, la gente más fea.

            Guatemala. La pequeña república donde la pena de muerte no fue abolida nunca, donde el linchamiento ha sido la única manifestación perdurable de organización social.

            Ciudad de Guatemala. Doscientos kilómetros cuadrados de asfalto y hormigón (producido y monopolizado por una sola familia durante el último siglo). Prototipo de la ciudad dura, donde la gente rica va en blindados y los hombres de negocios más exitosos llevan chalecos antibalas. La metrópoli precolombina que financió la construcción de grandes ciudades como Tikal o Uaxactún –y sobre la que fue construida la actual- había alcanzado su auge económico a través del monopolio de la piedra de obsidiana, símbolo de la dureza en un mundo que desconocía el uso del metal.

            Ciudad plana, levantada en una meseta orillada por montañas y hendida por barrancos o cañadas. Hacia el Sureste, en las laderas de las montañas azules, están las fortalezas de los ricos –una de las clases adineradas más ostentosas y burdas del planeta. Hacia el Norte y el Oeste están los barrancos; y en sus vertientes oscuras, los arrabales llamados limonadas, los botaderos y rellenos de basura, que zopilotes hediondos sobrevuelan en parvadas “igual que enormes cenizas levantadas por el viento” –como escribió un viajero inglés- mientras la sangre que fluye de los mataderos se mezcla con el agua de arroyos o albañales que corren hacia el fondo de las cañadas, y las chozas de miles de pobres (cinco mil por kilómetro cuadrado) se deslizan hacia el fondo año tras año con los torrentes de lluvia o los temblores de tierra.

No digas automóvil, tampoco coche (coche, aquí, dícese del puerco), sino carro; tú teléfono no es un móvil sino un celular; en las paredes aparecen pintas, en lugar de graffiti; una copa es un trago; la resaca, la cruda o el guayabo se llaman, en Guatemala, goma. Para subir al décimo piso de una “torre” –estás en el sector privilegiado- tomas el elevador. (Pero hoy no funciona.)

            Aquí (casi) nada es como piensas. Mira a ese setentón adinerado. Su orgullo mayor es que vive solo y nunca llama por teléfono a nadie. Tiene –él mismo lo dice- corazón de piedra.

            En las paredes de algunas casas de lujo, coronadas con rollos de alambres de púas, se lee: Buda hueco (homosexual); Piedras encantadas (el nombre de una temerosa pandilla infantil); Satán vive, Gerardi –mártir local de la memoria histórica- ha muerto.

            En las dos casetas de comida directamente debajo de la torre de apartamentos Bella Vista, donde vives (una pintada de Coca, y la otra de Pepsi-Cola-9, hay música de mariachis y norteñas. Ya has protestado por el ruido, pero ahora sabes que la música no sale de las casetas sino de los carros de los clientes que se han estacionado allí cerca y…

            No olvides que estás en Guatemala. Un carro se llama Raptor; otro, Liquid. Dicen que en una de las casetas venden polvo de coca y piedras de crack. Más vale no protestar.

            Las ventanas de tu sala miran a la plaza de Berlín, al final de la Avenida las Américas. En un mural de hormigón, en bajorrelieve, están todavía los planos de la Alemania dividida. Al lado del mural hay dos estelas mayas (de fantasía) sin labrar. En una, un niño dibujó con pintura negra otro niño –nótese la forma rectangular de la cabeza, que sugiere el corte de cabello militar, y el trapezoide inferior que sugiere la sotana. En la otra estela, alguien menos imaginativo escribió hace tiempo, con caracteres enormes: FAR. Los amantes se besan y acarician aquí y allá –al borde de la pila, al pie de los guayabos y los pinos, en los carros aparcados en la curva que circunda la parte alta del parque. Una banda de jóvenes vestidos con jeans de pata ancha, camisetas holgadas, zapatones negros reforzados con acero y gorras de béisbol, pasan corriendo al lado de las parejas, que interrumpen momentáneamente sus arrullos y caricias. (La gramilla, más abajo, está atravesada de senderos que se entrecruzan como en el campo. Allí has visto huellas de caballos, excrementos secos de caballo, envoltorios de caramelos, y preservativos usados.) Los jóvenes bajan corriendo por los senderos.

            Telarañas de iluminación comienzan a brillar sobre la planicie que se extiende desde la parte baja de la ciudad hacia la fila de montañas y volcanes que impiden que se vea el mar. Podrías estar en otra ciudad –los autos son Toyotas, VWs, Datsuns, Chevrolets, BMWs, Fords- pero ¡mira las construcciones de nubes sobre aquel volcán!

            (Una falsa intuición del infinito.)

            Estás en la ciudad de Guatemala. No lo olvides.

            Mira a occidente (desde la ventana de tu dormitorio en lo alto de la Torre). Allí, a la orilla de un barranco habitado, termina la pista de aterrizaje del aeropuerto La Aurora. Al principio los rugidos de los reactores, que hacen temblar los cristales cada vez que se levanta un avión, el ruido de los autobuses que suben pujando por la cuesta de Hincapié, los ladridos del perro policía que cuida la milpa en el solar al otro lado de la calle (“Esta propiedad NO se vende”), todas estas cosas (y las ansias de estar en otro sitio) creíste que iban a enloquecerte. Pero te has acostumbrado.

Te llamas Joaquín Casasola, y no te disgusta el sonido de tu nombre. Has vivido varios años en España, pero te tocó volver. Aquí tienes parientes ricos y amigos de la infancia, y eso –piensas, pero te equivocas- te facilitará las cosas.

Te has enamorado de tu prima Elena, aunque la acabas de conocer. Todavía te resulta un poco extraño tratarla de vos.

1

De un sueño profundo y confuso –estuvo extraviado en una ciudad desconocida- lo sacó el sonido del teléfono inalámbrico que había dejado sobre un rimero de libros al lado de su cama. Se oía, a lo lejos, un revuelo de helicópteros y aviones. Recordó que era un día de fiesta marcial.

            -Hola, mi amor –dijo en falsete una voz masculina-. ¿Estás sola, puedo verte?

            -Payaso –dijo Joaquín-. Qué me jodés. Qué horas son.

            La voz se normalizó.

            -Son las nueve pasadas. ¿Te desperté? Tengo aquello para vos. ¿Te llamo más tarde?

            -No, no. Ya me estoy despertando. ¿Dónde estás?

            -Llegando de Cobán. ¿Ya está listo el café?

            Saltó de la cama y fue a la cocina a sacar jugo de naranja, tostar pan, rebanar una papaya y preparar el café.

            Armando Fuentes era de Cobán (dicen que los de Cobán sólo comen y se van), donde ejercía como agente en el tráfico de cardamomo para los compradores árabes o, en los años de vacas flacas como aquél, en el comercio de fríjol y maíz. Vivía con su mujer y dos hijos en las afueras de la cabecera provincial “en una calma monástica” –aparte de las aventuras que corría con sus amigos de la capital. Solía hacer el viaje de doscientos kilómetros un mes sí, un mes no. Se volvía a Cobán por la noche, después de hacer sus recados (y comer). Pero cuando estaba demasiado cansado o tenía especiales deseos de consumir alguna sustancia controlada o más alcohol de lo corriente, se quedaba en casa de Joaquín o en la de algún amigo medio calavera de él.

            Por el intercomunicador, el guardia del estacionamiento anunció la llegada de “un señor de Cobán”. (Era un guardia nuevo, que aún no conocía a Armando por su nombre.)

            -Sí, déjelo subir.

            Armando le dio la punta de los dedos de una mano muy fría a modo de saludo y pasó a su lado con una mochila negra al hombro hacia la sala. Dando pasos rápidos y nerviosos, se dirigió al aparato de música. Dejó en el suelo la mochila y encendió la radio.

            -¿Qué te pica? –le dijo Joaquín.

            -No sabés lo que acaba de pasarme.

            Sintonizó con una emisora de noticias.

            -¿Qué? –le dijo Joaquín, y corrió el pasador de la puerta.

            Armando se volvió para mirarlo, se pasó una mano por la cara pálida, con expresión angustiada.

            -No lo puedo creer –dijo.

            La voz del locutor era atiplada y nasal. Hablaba del derrumbamiento de un puente en las afueras de la ciudad. Joaquín dijo:

            -Vamos a tomar ese café, que se enfría-. Se sentó a las mesa y sirvió el café.

            Armando se quedó de pie, absorto, mirando a lo lejos por una ventana. Cuando comenzaron los anuncios publicitarios, se apartó de la ventana, bajó el volumen de la radio y fue a sentarse frente a Joaquín.

            -Creo –dijo- que acabo de matar a un niño.

            -¿A un niño?

            -En las Américas-. Levantó el vaso de jugo pero volvió a dejarlo en la mesa sin beber. –Qué mala suerte, por Dios. Patojo estúpido.

            Las noticias recomenzaron: la lista de condenados a morir en el nuevo módulo de inyección letal.

            -¿Cómo? ¿Qué pasó? –quiso saber Joaquín. Entrelazó las manos sobre la mesa, sorprendido porque de pronto comenzaba a sentir un curioso desprecio por su viejo amigo.

            El accidente había ocurrido a la altura de un restaurante chino, el Tesoro Imperial.

            -Llegando a los Helados Pops –explicó Armando-. Un caballito de alquiler. Se me atravesó, a galope, simple y sencillamente así. No tuve ni siquiera tiempo de tocar los frenos.

            Conducía una camioneta Discovery que, Joaquín lo sabía, estaba provista de un parachoques especial –de los llamados mataburros- en uso entre los finqueros guatemaltecos, diseñados para proteger sus autos en los caminos rurales, donde el ganado circulaba más o menos libremente; tenía, además, los vidrios velados –lo que estaba de moda también entre la clase automovilista desde hacía muchos años. (Detrás del vidrio negro podría haber un hombre armado.)

            Según Armando, la posibilidad de que el niño se hubiera salvado era nula. Había golpeado de lleno al caballito, a una velocidad –dijo- de sesenta o setenta kilómetros por hora, y había visto al niño dar vueltas por el aire. Negó sombríamente con la cabeza cuando Joaquín le preguntó si no se le había ocurrido parar. Joaquín hizo una mueca –ésa era la reacción típica, el reflejo de los automovilistas guatemaltecos: no detenerse nunca, para evitar complicaciones.

            -Pero Armando, mucha gente lo habrá visto, la Discovery es notoria, deben de tener tu número de placas. Yo creo que debiste parar.

            Armando negó con la cabeza. Se puso de pie y fue a traer la mochila que había dejado junto al aparato de música. Sacó un envoltorio de papel periódico, lo dejó sobre la mesa.

            Joaquín abrió el envoltorio: media libra de marihuana cobanera.

            -Es para vos –dijo Armando.- Con eso encima, ¿habrías parado, ah? Y de nada –agregó.

            -Gracias. Sentate. Vamos a desayunar. Hay que pensar con calma. La Discovery ¿tiene alguna señal?

            -Ni un rasguño.

            Bebieron el café, y se quedaron un rato escuchando la radio, la emisión de las diez. No fue transmitida ninguna noticia del accidente.

            Joaquín se puso a fabricar un cigarrillo. Después de dar dos o tres chupadas declaró que la hierba cobanera era excelente.

            -No, no-. Armando se echó para atrás en su silla cuando Joaquín le ofreció el cigarrillo. –No sé cómo podés fumar.

            El no había matado ningún niño, pensó Joaquín. Expulsó el humo y dio una fumada más.

            -Pase lo que pase –dijo un momento más tarde-, vos no me has contado nada, ¿ok?

            -Por supuesto que no. Mano, qué voy a hacer-. Se agarró la cabeza con ambas manos y se quedó un momento con los ojos clavados en la superficie de la mesa.

            -Vamos a dar una vuelta –dijo Joaquín-. A reconocer la escena, ¿te parece? Sólo me visto.

            Se levantó y entró en el cuarto de baño. Mientras se duchaba, alcanzó a oír la voz de Armando: hablaba por su celular. Supuso que hablaría con su esposa. Luego le pareció que hablaba con uno de sus empleados. Joaquín apagó la ducha, para escuchar. Armando daba órdenes a su hombre de confianza: debía dar parte del robo (ilusorio) de la camioneta, que había desaparecido la noche anterior en Cobán.

            “Vos les decís eso no más –decía Armando-. No nos dimos cuenta del robo hasta ahora. Eso es.”

            Cuando Joaquín salió del baño, Armando escuchaba otra emisión de radio.

            -¿Nada? Pues tanto mejor –dijo Joaquín. A medio vestirse, se secaba las orejas. Recogió los platos para ponerlos en el lavadero. –Yo tal vez pensaría en entregarme –dijo. Luego metió la marihuana en una bolsa de plástico y fue a guardarla en un cajón de su escritorio.

            Mientras Joaquín terminaba de vestirse, Armando lavó los platos con rápidez.

            Tomaron el ascensor hasta el sótano, donde Armando había dejado la Discovery.

            El guardia del estacionamiento no estaba a la vista. Joaquín fue a revisar el parachoques de la camioneta. No había señales de ningún golpe en las defensas de hierro, ningún arañazo en la resplandeciente pintura de las aletas ni en la cubierta del motor. Se agachó para mirar por debajo del chasis, y tampoco allí descubrió indicio alguno del accidente.

            Limpiándose las manos, volvió a enderezarse.

            -¿No me estás pajeando, vos? No se ve nada-. Montaron en el Cavalier de Joaquín. –Son pajas, ¿verdad, pisado? Me estás baboseando.

            Armando soltó una carcajada –no le quedaba otra cosa que hacer.

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Ediciones El Andariego, cap. 1 y 2           

REY ROSA nació en Guatemala en 1958.-

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-