"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




4 de Febrero, 2012


JULIA MARIANA SÁNCHEZ

Publicado en relatos el 4 de Febrero, 2012, 17:12 por juliamariana

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14:50 hs. En unos minutos abandonaría la oficina. Ya quedaban muy pocos y los diecinueve grados del aire acondicionado reinaban brutalmente sobre su piel, que intentaba sin éxito ampararse bajo el uniforme barato de secretaria de prepaga. Apenas abrió la puerta de calle sintió que el verano la recibía con una trompada de asfalto ardiente. Comenzó a caminar hacia la esquina, en tres segundos su cuerpo se derritió, empapándose como una cerveza minutos después de abandonar la heladera. El mal humor se instaló en sus pies. Alcanzó a ver que su colectivo estaba detenido en la esquina por el semáforo. Corrió haciendo equilibrio sobre sus tacos de once centímetros, pero el verde fue más rápido. Llegó a la esquina justo para recibir la bocanada de humo negro del escape. Mientras recuperaba el aire se apoyó en una pared que la hizo erguirse como un poste para apartarse del cemento hirviendo. Tímidas gotas de sudor que nacían en su nuca, se agremiaban a la altura del cuello para formar unos pequeños hilos que se transformaban después en verdaderos ríos, llevados por la fuerza de gravedad hacia su escote, para perderlos luego en ese valle profundo que se elevaba y descendía al ritmo de una mujer ofuscada.
Sacó un cigarrillo con la expectativa de que acelerara la llegada del próximo 101 rojo. Un tipo que pasaba se acercó y le pidió fuego. Mientras le devolvía el encendor masculló con el cigarrillo entre los dientes que qué buenas tetas piba, si te agarro te dejo el flujo a punto nieve, o algo así, y desapareció como un fantasma. Ella no tuvo tiempo de indignarse porque allí finalmente aparecía el colectivo. A modo de indemnización, iba casi vacío. Eligió un asiento individual del medio hacia atrás y dos cuadras después disfrutó en secreto al ver subir a unas doce personas. Cinco paradas más tarde el colectivo estaba atestado. Se sintió un poco mareada, deshidratada, asqueada. Recostó la cabeza en el asiento y cerró los ojos. Podía percibir el olor a menta del chicle de la de atrás, y un aroma a sopor, indefinido, rancio, que venía de a ratos hasta su nariz y que casi le agradaba.
Abrió los ojos y vio a su lado una entrepierna revestida en jean. Un jean de esos gastados en la fábrica, que parecen muy viejos y que usa la gente joven. Pudo ver que su dueño era flaco, muy flaco, uno de esos cuerpos que revelan todo, donde cada músculo habla a su turno y se puede adivinar la dirección en la que corre su sangre. Entre el pantalón y la remera blanca, apenas corta, aparecía una brecha de piel veraneada. Unos tímidos abdominales se contraían con los saltos del colectivo, formando un dibujo que probablemente se percibiría mejor con la lengua. El jean le quedaba apenas holgado, no se adhería a su cintura, formando abajo de esos abdominales un abismo negro donde se guardaba el grial. Deseó haber podido meterse entera en esa grieta, hundir primero la cabeza y aspirar fuerte la piel, los pelos, saborear los poros, estirar las manos para descubrir formaciones rocosas, masticables, sumergirse entera en esa oscuridad y morder y tragar un universo para salir nuevamente de ahí. El cierre quedaba justo a la altura de su rostro. Un incremento de pasajeros lo empujó aún más hacia ella, ahora todo era una cremallera gigante que latía cerca de su oreja, todo lo abarcaba, se había vuelto un mundo, todo era calor y la piel prohibida por el jean, todo era inflamable y todo se le hacía comestible.
Ella comenzó a sentir que tenía demasiada saliva en la boca. Sus ojos enfocaron la mano derecha del jean agarrándose del respaldo del asiento delantero. Estaba encerrada, atrapada entre un pubis anónimo y entusiasta y una ventanilla ignorada. Él despedía un leve olor a deporte, un olor a caramelo de hormonas que ella paladeaba respirando cada vez más fuerte. Algo comenzó a sumarse al ronroneo del motor, un celular comenzó a gritar Her hot potatoes, will elevate you, her bad behavior, will leave you standing proud, hard as a rock*. Claro que sí pensó.
Como si hubiera recibido una orden, ella estiró su brazo derecho y se tomó del pasamano del asiento delantero, el enorme pulgar de él rozaba apenas el meñique femenino. Ella sintió la presión caliente un poco más arriba del codo derecho mientras llevaba su mano izquierda a su entrepierna, perdida bajo el saquito verde y la gastada cartera que dormían en su falda. El colectivo comenzó a sacudirse sobre los baches del asfalto con un azar preciso, precioso. Ella hundió un dedo, después dos, y presionando con la palma su clítoris, delegó los movimientos a la brutalidad del chofer y a la pésima amortiguación del trasporte, que cada vez iba más rápido, más violento, más atestado de cuerpos que se refregaban entre sí en una orgía involuntaria de gente mal vestida. El celular seguía de fondo she wanted no applause, just another course, made a meal out of me and came back for more..*. El jean, tenso, caliente, iba y venia por su brazo con ritmo propio, un animal duro, el carisma del dolor, la criatura mítica por excelencia. La avenida parecía haber sido bombardeada obedeciendo al deseo, diseñada como el mecanismo de las cajas de música, -si- donde un tambor de bronce con pequeños puntos sobresalientes gira, -mi la- mientras sobre él se apoya una especie de peine de cuatro o cinco dientes, -si la si- que al entrar en contacto con los puntos emiten una nota musical -si si si-. Muchos pozos, la fricción incontenible, el bolsillo delantero del jean comenzó a vibrar, era cuestión de un poco más. El primer botón de su camisa se había desprendido. Desde su posición, él tendría una vista secreta e inmejorable de sus tetas mojadas dentro del corpiño de corte adolescente. Ella lo imaginó mirándolas, lo imaginó chorreando su leche con fuerza sobre esas tetas con hambre, lo imaginó limpiando todo su cuerpo con la lengua hasta convertirla en un bicho princesa envuelto en seda saliva, atada, presa para siempre de su voluntad. Vio cómo la mano de él se contraía con fuerza sobre el pasamanos del asiento delantero, al mismo tiempo que ella introducía su propia mano dentro de su vagina y se mordía los labios hasta lastimarse, la humedad viscosa y lenta se estrelló en su brazo traspasando el jean, vio todo negro mientras su cabeza se arrojaba incontenible hacia atrás, ni un solo gemido escapó de su garganta, una gota de sangre cayó de su labio inferior hacia la camisa blanca y empapada, y se murió allí entre las fibras de nylon como prueba excéntrica de una virginidad perdida.
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*Sus papas calientes, te elevarán, su mala conducta, te dejará de pie, orgulloso, duro como una roca.
*Ella no quería aplausos, tan sólo otra ronda, hizo de mi su comida, y volvió por más.

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-