"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




13 de Enero, 2012


JOSÉ LUIS PARDO, el tamaño no importa

Publicado en Ensayo el 13 de Enero, 2012, 20:56 por MScalona

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 El tamaño no importa

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JOSÉ LUIS PARDO  03/12/2011

www.elpais.com

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Cuando Jean-François Lyotard lanzó en 1979 la idea de que uno de los rasgos característicos del discurso de la posmodernidad era la crisis de los grandes relatos estaba pensando, obviamente, en la filosofía de la historia que presenta el decurso de la civilización occidental como una tarea heroica del espíritu hacia la definitiva realización mundana de la razón y la libertad: una filosofía que, asociada al mito del progreso, ha dominado durante siglos la narración que los hombres modernos hacían de su propia biografía colectiva y que, según Lyotard, había estallado ya en una multiplicidad de pequeñas fábulas locales y parciales que no se dejan unificar en la gramática del gran discurso de la humanidad y cuya variedad es irreductible. Pero desde entonces hasta ahora, las nuevas tecnologías han expandido esta hipótesis al ámbito entero de la narrativa, no solamente de ficción, sino también informativa, quién sabe si incluso historiográfica. Se trata de la erosión del “gran formato” en beneficio de una proliferación de microrrelatos que amenazan tanto la soberanía de las formas novelísticas convencionales como la del discurso periodístico jerarquizado, anegado hoy por una muchedumbre de blogs alternativos a menudo incompatibles entre sí. Esto parece haber centrado la discusión en torno al tamaño de los formatos, sin duda tecnológica y económicamente relevante, pero puede que la cuestión espacial sea secundaria con respecto a la temporal.

La velocidad de transmisión de datos ha superado con mucho el plazo necesario para asimilar una noticia, comprender un argumento o elaborar una información, un plazo que depende de limitaciones neurológicas sometidas a milenios de evolución y que, por tanto, no se pueden modificar tan fácilmente como el tamaño o la rapidez de los dispositivos portátiles. Desde la Poética de Aristóteles sabemos que un personaje sólo puede conservar su carácter si las peripecias que jalonan la obra no destruyen del todo la congruencia del relato, si los diferentes episodios no suponen una disgregación absoluta de la identidad. Y esta preceptiva no gobierna únicamente la Bildungsroman, sino también el modo como los propios lectores de esas fábulas intentan construir una personalidad creíble y estable en un mundo cambiante que, a pesar de todo, sigue siendo el mismo. El hecho de que, en nuestros días, la identidad y la credibilidad se hayan convertido en mercancías más apreciadas y atesoradas, y también en las más volátiles y efímeras, sugiere que, más que enfrentarse a un mundo cambiante, los lectores actuales navegan o naufragan en un torrente constante y lábil de “peripecias” y redes que están lejos de constituir un mundo único y que les obligan a un trabajo continuo de reciclaje de sus habilidades, de redefinición de sus expectativas, de reacomodación de sus hábitos, de tal modo que la duración de la verosimilitud de un argumento -el tiempo durante el cual podemos “creer” en él- difícilmente sobrepasa lo que tarda en actualizarse una página web o una aplicación informática, y tiene a menudo la misma realidad fugaz que un sondeo.

A los creadores de narraciones se les había encomendado desde la Antigüedad la competencia sobre las leyes de lo plausible y lo verosímil, pero esta labor se vuelve titánica cuando las leyes de lo posible cambian tan rápidamente como las cotizaciones financieras y lo increíble se vuelve real cada mañana. No es sólo que siempre estemos empezando un capítulo distinto, es que nunca disponemos de la suficiente coherencia ni de la estabilidad temporal necesaria para acabar alguno. Así las cosas, ni siquiera es seguro que podamos hablar de una multiplicación de pequeñas narraciones que habría remplazado a los grandes relatos: siempre hubo cuentos breves tan magistrales como las novelas, y algunos sonetos de Shakespeare valen por las obras completas de muchos grafomaniacos. Lo que ahora tenemos es más bien una suerte de folletín difuso e interminable del que forman parte todos esos microrrelatos concurrentes, que no alcanza para componer una narración única porque su forma, su trama, sus personajes y sus paisajes se alteran como los de una serie audiovisual filtrada por las encuestas de audiencia y de cuotas de pantalla. Mucho más que el problema del tamaño del formato, este es el auténtico desafío para los poetas de nuestro tiempo.

José Luis Pardo (Madrid, 1954) es autor de El cuerpo sin órganos (presentación de Gilles Deleuze. Pre-Textos. Valencia, 2011. 308 páginas. 20 euros).

BEATRIZ VIGNOLI, Jurado (*)

Publicado en De Otros. el 13 de Enero, 2012, 14:26 por MScalona

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Los borrados

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- Por Beatriz Vignoli

                                                                              Inge (a partir de Lardi)

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Me animé a hacerme extraer las astillas. Dejé las pastillas. Empecé a salir y a ver amigos cuando supe que uno de mis verdugos se estaba muriendo de cáncer. Había algo de justicia poética en eso. Me reconforta saber que se desintegró en el esfuerzo por destrozarnos. Nosotros no estamos enteros, pero de ellos pronto no quedará nada.

¿Qué piensa el sobreviviente que pretende conquistar a una belleza joven? Piensa: que me ame, que se enamore de mí como si yo tuviera todavía aquella cara, la mía, la que me rompieron a golpes. Que guste de mí como si nada de todo eso hubiera sucedido.

La foto de otro tipo en la mesa de luz. “Este era yo”, dijiste. Hablabas como un muerto.

Técnicamente, eras un desaparecido. Concretamente, eras un sobreviviente. Vivías y andabas por ahí con una identidad falsa y no desalentabas (salvo para un círculo muy cercano) la suposición de que el poseedor de tu legítima identidad estaba muerto. De todos modos nadie hubiera relacionado tu cara con aquella foto. Habías adquirido, en el exilio, un acento chileno. No te habían perdonado la vida; habías huido. Vos, y otros dos, se habían fugado cuando estaban por fusilarlos y habían cruzado la cordillera. Podías vivir fuera de la ley porque total eras otro, desde cualquiera de las dos puntas de la alteridad eras otro. Dos puntas tiene el camino y en ninguna estabas por completo.

Se está muriendo de cáncer de pulmón porque fumaba toda la noche, me acuerdo. Salí con asma, por el cigarrillo del verdugo y los seis años de privación de sueño. Me acordé mucho de vos. Vos tosías todo el tiempo y decías que era por la tortura. Yo no sabía qué decirte. Supuse que aquello se arreglaba con psicoanálisis. Era asma, asma por stress. Yo no podía soportar oírte toser y no te lo decía, y vos no tomabas nada para aliviar la tos. Tampoco dormías, salvo con pastillas, y no dormir te agravaba la tos. En tu cama, tuviste que pedirme que te abrazara. Ahora yo te pediría que me dejaras abrazarte.

Tenías la piel muy suave y la espalda muy blanca, con pecas, y un olor dulce. Pero no pude enamorarme de vos porque se interponían tu tos, tu cara que ocultaba sus fracturas debajo de los anteojos gruesos y la barba espesa, tu furia contenida que sólo te permitías expresar a través de ingeniosos pero amargos sarcasmos (que me sacaban de quicio a mí) y, sobre todo, mi lástima y mi incapacidad de sentir genuina compasión. Tus sarcasmos se ensañaban contra tus ideales, los que te habían llevado a la tragedia.

Ahora sé que no eras un quebrado; eras un adulto. La desilusión viene con la madurez. Hubiera venido sola de todos modos; viviste para saber que los verdugos trabajaron en vano y, si su obra te enfurecía, lo absurdo de su obra tal vez te causaba algo de gracia.

Ahora, tarde, me he enamorado de tu humor amargo y lo imito. También imito tu forma de hablar. Te recuerdo como si fueras un amigo de la infancia. Te quiero tardíamente, ahora que no estás, y si estuvieras no sé si me querrías, no sé si amarías esto en lo que me he convertido. Tarde comprendo que en tu forma de hablar se concentraba una voluntad de belleza, unas ganas de volver a tener esa belleza que te habían arrebatado.

El tiempo, dice el poeta, es un verdugo; el verdugo es un tiempo cruel que se acelera.

Me levanté de la cama con el preservativo en la mano. “Pudo ser el Mesías”, te dije, antes de tirarlo por la ventana de tu departamento. Esto fue hace quince años. Vos te reías. Sé que fuiste feliz en ese instante. Feliz, como si nada de aquello hubiera sido.

Alexis (para Ernesto)

Me gustaba el pibe. Algo en él no terminaba de gustarme, pero debo confesar que el pibe me gustaba. Aquello de él que no me gustaba del todo no parecía hallarse en él sino en otra parte: iba como rondándolo, detrás o alrededor. Me gustaba porque me hacía acordar a unos árboles que se me habían aparecido últimamente en sueños: unos pinos de corteza rugosa, altos y silenciosos como si guardaran silencio sobre algo. Me gustaba la lucidez, la aparente madurez con que el pibe me había hablado del silencio y de la angustia del que calla. Yo no lo veía como a alguien de otra generación sino como a un igual. Él se distanciaba cortésmente. Aunque nunca pude atravesar esa distancia, logré arrimarme a él con excusas y propósitos variados. Le encargué trabajos, hablé bien de lo que hacía. Me gustaba lo que el pibe hacía y lo comentaba con mis iguales desde ese lugar anfibio que he venido a ocupar entre las generaciones. Su madre tiene mi edad; él me habló de ella y de sus abuelos. De su padre únicamente me dijo que había muerto.

Alguien, hace poco, agregó un poco más de información. No mucha, apenas la suficiente como para que la figura de aquel padre muerto comenzara a importarme.

A mí el pibe me gustaba y por eso yo demoraba insensatamente el momento en que visitaría su casa. No me había dado su teléfono pero sí su dirección y aprecié ese gesto de confianza. Pero no sabía si iba a estar a la altura. Con el pibe nunca me sentía a la altura. Siempre me quedaba con la sensación de estar debiéndole algo. Ya no era más un pibe sino un hombre joven, limpio, correcto y ordenado. Pero tenía una elegancia bohemia y como sin patria, algo que me hacía identificarme con él. Supuse que éramos dos nómades, dos huérfanos. Supuse que él vivía con su hermano en un monoambiente. Me imaginé que al llegar a su casa yo le daría un gran abrazo de cariño desinteresado; el tipo de don que no me creo capaz de dar, pero me imaginaba cambiada por aquel padre.

La casa era lo más distinto de un monoambiente que pudiera imaginarse. Amplia, elegante y con patio, todos los materiales nobles que la constituían llevaban inscripto el signo de la herencia. No reconocí al pibe cuando abrió la puerta. Lo que vi fue otra cosa, otra persona: te vi a vos, como eras hace veinte años, cuando yo iba a tu casa y vos me hacías pasar a la cocina y me preparabas café. El pibe estaba en cuero pero su torso desnudo, que yo había esperado ver con ansia y curiosidad casi místicas, ya no me seducía en absoluto. El seductor que él era fuera de su casa había desaparecido por completo y en su lugar había otra persona, un chico de anteojos parecidos a los que vos usabas en tu casa, cuando ponías el pocillo del café adentro del microondas para entibiarlo en invierno, un gesto civilizado y considerado de entre los muchos gestos civilizados que tenías hace veinte años, y que supongo tendrás también ahora, gestos que me enternecían pero que al mismo tiempo me entristecían porque yo no era así, aunque tratara de imitarte, nunca iba a poder ser tan buena como vos y eso nos alejaba.

Fue como en esas películas donde los personajes viajan en el tiempo a su propio pasado pero conservan su cuerpo del presente. Ahí estabas vos, con tus veinticinco años, abriendo la heladera para servir un vaso de agua fría, y yo ahí sin mis veinticinco años pero con mis cuarenta y cinco, como alguien a quien el pibe le explica sus planes: “Primero estudiar, después recibirme, después escribir. Cada cosa a su tiempo”. El pibe hablaba como un padre, hablaba como si fuera el padre de sí mismo, y cuando mencioné al que conocía a su padre se limitó a un comentario seco. “Muchos lo conocieron”, dijo.

Y entonces comprendí qué era lo que había comenzado a desagradarme de su cuerpo. Eso que me disgustaba ya no lo rondaba: encarnaba en él. Era el suyo un cuerpo en lugar de otro cuerpo. Aquel padre había migrado, en la distancia lo había engendrado (“Volvía siempre a la ciudad y siempre traía cosas”, me habían dicho; era probable que se lo hubiera visto muchas noches en un bar que quedaba cerca de aquella casa) y después había muerto y era el hijo quien había vuelto a la ciudad, a la casa de sus abuelos, a la hermosa casa que (según supe luego) era la de los suegros de su padre.

Aquel padre insepulto, tal vez muerto fuera de la ciudad, no había vuelto jamás. Era el hijo quien volvía. Y eran del hijo ahora la casa, la heladera y la botella de agua. Al hijo pertenecían la vida y el futuro. A él, el arte y los años. Del padre no quedaba ni siquiera el vacío. Para los amigos era una leyenda pero en la familia ni se lo nombraría. Era el hijo perdido, nocturno, caído de la serie. Aunque no se había suicidado, cuando oí su historia y la cotejé con la de su hijo se me ocurrió que aquel padre se había eliminado. Y yo no terminaba de comprender por qué lo había hecho. Ahora entendía. El cuerpo flexible y espléndido del hijo, ese cuerpo sano en su edad más vigorosa, con sus anteojos parecidos a los tuyos y su cabello suelto, y su diploma a apenas un verano de distancia (como vos, que te recibiste en marzo, igual que yo) seguramente calzaba como un guante en los sueños de los padres de su padre, de donde el padre se había desgajado.

Todo lo que habían soñado en vano para el padre, todo aquello era la brisa cantora y silenciosa que al fin envolvía, como a un alto pino azul, el cuerpo del hijo. Aquel hijo no había matado al padre: para matar hay que ocupar un lugar distinto al que ocupa lo que se mata. No se puede matar lo que ha sido borrado. El padre se habría caído de la serie como un premolar que deja espacio para que la ortodoncia tire del resto de la encía en una boca donde los dientes son demasiado grandes. Tal vez no hubiera ni siquiera una velita conmemorativa para aquel padre. El espacio inmenso que ocupaba el hijo (la seguridad de aquel muchacho que hablaba de igual a igual con adultos de cuarenta y cinco años) era parecido al que quizás habían, de jóvenes, ocupado mis padres. Ellos habían borrado a mis abuelos y ahora, como abuelos, borraban a sus hijos para abrazar a los nietos. Yo no podría, ya no podría, abrazar a aquel hijo. Era un zombi viviente. No era culpable pero era parte de una borradura que no le hubiera servido de nada evitar.

Vos no tenés hijos y yo tampoco. Bendito seas, bienaventurado seas. Una vez, cuando teníamos diecisiete años, me dijiste: “Yo no soy el zombi de nadie”. Era una frase que habías encontrado en un libro. Un libro para jóvenes, un libro del siglo pasado. Lo leí hace un par de años y no entendí una palabra. Ahora estarás cenando en el restaurante vegetariano chino, donde podés poner la comida en el microondas y se entibia el plato.

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(*) Nota:  aprovecho la publicación de este hermoso txt de BEATRIZ publicado hace 5 días en ROSARIO/12, para avisarles que ELLA HA ACEPTADO ser uno de los tres jurados de nuestro concurso del taller, en marcha.-

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-