"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




9 de Enero, 2012


MARÍA PAULA CERDÁN

Publicado en videos el 9 de Enero, 2012, 13:47 por MScalona

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MARIPAU   lee sus poemas en la fiesta del taller

octubre 2011, Laprida 563…

CLICKANDO ALLÍ…

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http://www.youtube.com/watch?v=9CcdwbFEU5Q&feature=youtu.be

CARO MUSA en "Señales"

Publicado en Cuentos el 9 de Enero, 2012, 12:19 por MScalona

Las gordas 

http://www.lacapital.com.ar/ed_senales/2012/1/edicion_161/contenidos/noticia_5101.html

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Una bailarina vista por el particular pincel del pintor colombiano Fernando Botero (Medellín, 1932).

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Después todas siguieron siendo iguales. No habían cambiado un céntimo las dolencias físicas ni mentales, no tenían más imaginación o menos, tampoco el cielo era distinto, punzaba los ojos el azul que se colaba insistente por los rincones.

Adentro, la madre sudaba y se abanicaba continuamente, el sudor de las axilas le había humedecido la remera. Ella no. No tenía calor. Miraba a las mujeres sentadas en la sala, alrededor de la mesa. Había dos más gordas que su mamá.

De todas formas Estela cebaba mate y comían los bizcochitos tímidamente, cada tanto uno, dos; lo hacían rápido y al mismo tiempo, como evitándose la vergüenza y miraban para allá.

Estela también había sido gorda. Deambulaba de médico en médico cuando dio con éste, tucumano que se decía nacido más al sur, en el límite de Santiago con Santa Fe. Maidana era homeópata. Venía los jueves en La Veloz de las diez y se volvía en la de las siete y cuarto. Tenía catorce pacientes, todas mujeres, hoy eran nueve, diez con ella, pero a ella no la contaron y tampoco Estela se contó.

Sin importar las excusas que dieran las faltantes, ya se sabía siempre porqué. La señora de Cuenca había subido dos kilos, por la pascua. Era entrerriana la señora de Cuenca, rubia, decía que las entrerrianas eran las mujeres más lindas del país y las jujeñas horribles, que todos los veranos salían de vacaciones con Cuenca y los chicos, conocían la Patagonia, Córdoba y el mar. Cuenca vendía colchones. Los chicos jugaban al tenis. Pero más se sentía la falta de las hermanas Sorrieta, Quitita y Marta, porque contaban chistes santiagueños a dúo y hacían estallar en carcajadas a las otras, y reírse adelgaza, se sabe, también lo decía en una "Ser mujer" del consultorio.

Antes su papá las llevaba en el auto, pero en vez de irse, se quedaba viendo entrar a las gordas y repitiendo lo increíble de la cantidad de gordos de aquí, como si nunca dejara de sorprenderlo, que hay más gordos que putos y putos hay a patadas, decía, y su mamá ya no quiso que las lleve, quiso ir manejando.

Pero Maidana no atendía sólo a las mujeres de Irigoyen, venían también de Orán, de Pichanal, del Ingenio Tabacal, de Embarcación y de la Colonia Santa Rosa. No todas eran gordas. Algunas tenían manchas, hongos en los brazos, dengue; aparecían una, dos veces y después ya no. Una vez vino el hombre que se había operado las tetas, Estrella, que iba siempre vestido con minifaldas y todos, sean hombres o mujeres, grandes o chicos, le miraban las tetas cuando caminaba por la plaza como si fuera suya y fue a la inauguración de las luces nuevas con un vestido rojo que se le veía todo el culo, dijo que venía por unas estrías pero más tarde se supo por Estela que quería algo del pito, que se lo corten como una banana y se lo metan para adentro, algo así, Maidana le había dado un teléfono de Tucumán. Atendía en la casa de Estela porque Estela lo trajo, de tanto preguntarle cómo había adelgazado los treinta y siete kilos, que quién era el milagroso, que lo traiga. Estela tenía miedo de volver a engordar si dejaba de ver a Maidana, se lo contó a su mamá un día cuando volvían de la verdulería y era mentira eso de que eran amantes, así decían, que era envidia tanta habladuría dijo su mamá.

Estela había transformado el living en sala de espera y en consultorio la habitación de Fernando. Desarmó la cama y dejó el escritorio, Fernando vino una sola vez y se quejó, ella le puso un catre en el living, si era por las veces que venía y además dos días, Fernando se fue a estudiar pero no estudió, trabaja en una fundición en Buenos Aires, lo están por dejar efectivo. El living es feo. Tiene unos patos de madera, unos floreros de vidrio sobre el aparador y una imagen de la Santísima Trinidad con velas. En la pared hay un plato de cerámica con flores rojas y Estela cambia todos los jueves las flores del centro de mesa. También tiene flores el mantel. Siempre está impecable con olor a hospital, dijo una vez Maidana y Estela siguió echando el desinfectante porque no supieron si era un halago o una reprimenda. Su papá dice que a los médicos les ha de gustar el olor a hospital, incluso a éstos que andan jodiendo con yuyos.

Maidana y su papá tenían la misma edad, pero Maidana siempre estaba contento. Apenas abría la puerta del consultorio con su hojita en la mano, sonreía. Era la lista de las pacientes. Cuando decía el nombre de la siguiente había exclamaciones de aliento y risas y el Maidana a secas se transformaba en Doctor Carlos, Doctorcito o Su Eminencia, que así decía la Quitita haciendo una reverencia. Ella esperaba siempre ese momento. Lástima que hoy no está. Más lástima que a ella le duelen los brazos desde la clase de voley y las piernas por correr todo el recreo, la señorita Inés la retó porque ya está grande para la pilladita y los de séptimo tienen que dar el ejemplo, pero su mamá dice que son los huesos, de crecer. No es que ella tenga miedo de entrar, también está grande para eso, es sólo que nunca entra. Espera afuera sentada con las demás hasta que sale su mamá y otra vez Maidana sonriendo. Y se van. Apenas entra su mamá le ofrecen bizcochitos y ella no tiene hambre pero le da vergüenza igual, dice siempre que no, y las gordas se divierten.

Pero hoy a Maidana le sobra tiempo y todas festejan la ocurrencia de su mamá. Ella no tiene más remedio y además conoce la ceremonia como la palma de su mano. La primera vez Maidana llena una ficha con tus datos (nombre, apellido y edad), te pesa, pregunta qué te duele, porqué venís, cuantos kilos querés bajar, te mira la palma de las manos, las uñas, saca una lupa enorme con marco de metal que trae en la valija junto con el diploma enmarcado de la Universidad Nacional de Tucumán, la tiene envuelta en esos plásticos con burbujas que son tan lindos para apretar, se acerca empuñando el aparato y te mira los ojos. Primero el derecho y después el izquierdo, hay que clavar la vista en un gancho de la pared. Anota. Se sienta y dicta la sentencia: la postura, la espalda, la glándula tiroidea, los glóbulos rojos; después te da un frasco anaranjado con pastillas o una bolsita con yuyos, según, su mamá prefiere las pastillas.

Ese día todo fue igual, antes y después. Cuando salió del consultorio Maidana sonreía, su mamá se levantó y dijo vamos haciéndole un guiño a Maidana que no dejaba de sonreír. Salieron. En la vereda la madre quiso saber qué le dio el homeópata, seguro yuyos porque siendo tan chica pastillas no cree.

—¿Cómo que nada?

Le miró los ojos dos veces cada uno, dos veces también estuvo como por decir algo, ella no sabe si pálido, ruborizado o sorprendido, no se fijó, le dijo que miraba el gancho pero en realidad estaba como mirándose para adentro. Dos veces dejó la lupa en el escritorio y la segunda se echó para atrás en la silla sin dejar de mirarla fijamente. Nunca hubo un veredicto. Ella está segura de que algo le habrá visto adentro de los ojos, si a todas les ve los dolores y adelgazan, capaz un agujero negro como los del universo o unos caminos de flores; o el manto de la virgen, o una enfermedad mortífera contagiosa.

—¿Qué decís que vio?

—No ha de tener nada para los huesos —resuelve la madre mirándola rápidamente por sobre el hombro y subiéndose al auto que hierve, que el sol no da tregua a esta hora de la siesta. •

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SOBRE LA AUTORA

Carolina Musa (Rosario, 1975) es licenciada en comunicación social y estudió cine y museología. En 2011 publicó el libro de poesía Acústico. Coordina un taller de literatura para niños y se dedica a la edición y corrección de textos.

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-