"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




CANTOS DE MALDOROR, Lautreamont

Publicado en De Otros. el 5 de Diciembre, 2011, 23:53 por MScalona

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Cantos de Maldoror

Conde de Lautréamont

(págs. 54 a 57)

            7.       Allí, en un bosquecillo rodeado de flores, sumido en un profundo sopor, duerme el hermafrodita sobre el césped, empapado en llanto. La luna acaba de desprender su disco de la masa de las nubes, y acaricia con sus pálidos rayos ese suave rostro de adolescente. Sus rasgos denotan la energía más viril a la par que el encanto de una virgen celestial. Nada parece natural en él, ni siquiera los músculos de su cuerpo, que se abren paso a través de los armoniosos contornos de formas femeninas. Tiene una mano sobre la frente y la otra apoyada contra el pecho como para retener los latidos de un corazón cerrado a todas las confidencias y abrumado por la pesada carga de un secreto eterno. Cansado de la vida y avergonzado de andar entre seres que no se le parecen, la desesperación domina su alma y se aleja solo como el mendigo del valle. ¿Cómo se procura los medios de subsistir? Almas compasivas velan de cerca por él, sin que sospeche esa vigilancia, y no lo abandonan: ¡es tan bueno! ¡tan resignado! Con gusto habla a veces con aquellos que tienen temperamento sensible, pero sin estrecharles la mano y manteniéndose a distancia, temeroso de un peligro imaginario. Si le preguntan por qué ha elegido la soledad por compañera, eleva los ojos al cielo, reteniendo con esfuerzo una lágrima de reproches a la Providencia; pero no responde a esa pregunta imprudente que hace extender por la nieve de sus párpados el rubor de la rosa matutina. Si la conversación se prolonga, comienza a inquietarse, vuelve los ojos hacia los cuatro puntos cardinales, como tratando de eludir la presencia de un enemigo invisible que se aproxima, hace con la mano una brusca seña de adiós, se aleja en alas de su pudor siempre vigilante, y desaparece en el bosque. Generalmente lo toman por loco. Cierta vez, cuatro hombres enmascarados que habían recibido órdenes, se arrojaron sobre él y lo sujetaron sólidamente de modo que no pudiera mover sino las piernas. El látigo dejó caer sus rudas tiras sobre su espalda, y le dijeron que tomara sin dilación el camino que lleva a Bicêtre. Al recibir los golpes comenzó a sonreír y a hablar con tanto sentimiento e inteligencia sobre las muchas ciencias humanas que había estudiado, demostrando conocimientos excepcionales en alguien que todavía no había franqueado el umbral de la juventud, y sobre los destinos de la humanidad, revelando allí por entero la nobleza poética de su alma, que los guardianes, mortalmente espantados por la acción que acababan de cometer, soltaron sus miembros heridos y se arrastraron a sus plantas rogándole un perdón que les otorgó, para finalmente alejarse con los testimonios de una veneración que no se concede habitualmente a los hombres. Después de este acontecimiento que fue muy comentado, todos adivinaron su secreto, aunque aparentaban ignorarlo para no aumentar sus sufrimientos; y el gobierno le otorgó una pensión honorable para hacerle olvidar que por un momento se lo quiso internar por la fuerza, sin previa verificación, en un hospicio de alienados. En cuanto a él, sólo emplea la mitad de su dinero, el resto lo distribuye entre los pobres. Cuando ve a un hombre y una mujer paseando por alguna avenida de plátanos, siente que su cuerpo se hiende en dos de abajo arriba, y cada una de las nueve porciones va a abrazar a uno de los paseantes; pero es sólo una alucinación, y pronto la razón recobra su dominio. Este es el motivo por el cual no se hace presente ni entre los hombres ni entre las mujeres, pues su pudor exagerado, que ha nacido con la idea de que es tan sólo un monstruo, le impide otorgar su simpatía abrasadora a quienquiera que sea. Le parecería que se profana y que profana a los otros. Su orgullo le repite ese axioma: "Que cada cual persevere en su naturaleza". Su orgullo, dije, porque teme que uniendo su vida a un hombre o a una mujer, le reprochen tarde o temprano, como una falta enorme, la conformación de su organismo. Entonces se retrae en su amor propio, agraviado por esta suposición impía que nadie sino él mismo ha hecho nacer, perseverando en medio de tormentos, en una soledad sin consuelo. Allí, en un bosquecillo rodeado de flores, sumido en profundo sopor, duerme el hermafrodita sobre el césped, empapado en llanto. Los pájaros despiertos contemplan hechizados esa figura melancólica, a través de las ramas de los árboles, y el ruiseñor no quiere hacer oír sus cavatinas de cristal. El bosque se ha vuelto solemne como un sepulcro debido a la presencia nocturna del infortunado hermafrodita ¡Oh viajero extraviado!, por tu espíritu aventurero que te ha hecho dejar a tu padre y a tu madre desde la más tierna edad; por los sufrimientos que te ha provocado la sed en el desierto; por tu patria que acaso buscas después de haber errado proscripto durante mucho tiempo por comarcas extranjeras; por tu corcel y su fidelidad amiga que ha soportado contigo el exilio y la intemperie de los climas que te obligaba a recorrer tu humor vagabundo; por la dignidad que dan al hombre los viajes por tierras lejanas y mares inexplorados, en medio de los témpanos polares o bajo los efectos de un sol tórrido, no toques con tu mano, como si fuera el estremecimiento de la brisa, los bucles de esa cabellera esparcidos por el suelo y mezclados con la verde hierba. Sería mejor que te apartaras unos pasos. Esa cabellera es sagrada; el hermafrodita mismo lo ha querido así. No acepta que labios humanos besen con fervor religioso sus cabellos perfumados por los soplos de la montaña, ni tampoco su frente que en este momento resplandece como las estrellas del firmamento. Pero más vale creer que se trata de una verdadera estrella, que ha descendido de su órbita atravesando el espacio para posarse en esa frente majestuosa a la que circunda con su luminosidad de diamante como una aureola. La noche que aparta con la mano su tristeza se reviste de todos sus encantos para festejar el sueño de esa encarnación del pudor, de esa imagen perfecta de la inocencia de los ángeles: el zumbido de los insectos se va apagando, a fin de protegerlo del rocío, y la brisa, haciendo sonar las cuerdas de su arpa melodiosa, envía sus gozosos acordes a través del silencio universal hasta sus párpados cerrados que creen asistir inmóviles al armónico concierto de los mundos suspendidos. Sueña que es feliz, que su naturaleza corporal se ha modificado, o que, por lo menos, vuela sobre una nube purpúrea hacia otra esfera habitada por seres de su misma naturaleza. ¡Ay! ¡Ojalá su ilusión se prolongue hasta el despertar de la aurora! Sueña que las flores danzan en ronda a su alrededor como inmensas guirnaldas enloquecidas, impregnándolo con sus delicados perfumes, mientras él canta un himno de amor entre los brazos de un ser humano de mágica belleza. Pero sus brazos no estrechan más que el vaho del crepúsculo, y cuando despierte, sus brazos no estrecharán nada. No te despiertes, hermafrodita; te ruego que todavía no te despiertes. ¿Por qué no me haces caso? Duerme… duerme siempre. Sólo te concedo que tu pecho se dilate al perseguir la esperanza quimérica de la felicidad; pero no abras los ojos. ¡Ah, no abras los ojos! Quiero dejarte así, para no ser testigo de tu despertar. Acaso un día, con el auxilio de un libro voluminoso, en páginas conmovedoras, relate yo tu historia, espantado de lo que ella contiene y de las enseñanzas que se desprenden. Hasta ahora no he podido hacerlo, pues, cada vez que lo intenté, lágrimas abundantes se derramaban sobre el papel mientras mis dedos temblaban, y no era de vejez. Pero quiero tener ese valor al fin. Me indigna no poseer más nervios que una mujer, y desmayarme como una doncella cada vez que medito en tu gran infortunio. Duerme… duerme siempre; pero no abras los ojos. ¡Adiós, hermafrodita! Día tras día no olvidaré de rogar al cielo por ti (si fuese por mí, no le rogaría). ¡Que la paz sea en tu seno!        

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-