"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




Diciembre del 2011


Carta a Ustedes

Publicado en Nuestra Letra. el 30 de Diciembre, 2011, 22:21 por Ariel Zappa

 

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 —– Original Message —– From: Ariel Zappa To: Claudia Malkovic ; monica gonzalez ; silvina potenza ; pablo mengascini ; Natalia Massei ; Soledad Plasenzotti ; Silvia Estevez ; Marcelo Scalona ; susana_paganini@hotmail.com Sent: Thursday, December 29, 2011 4:59 PM Subject: carta a ustedes

Queridos compañeros de taller:

El 27 de diciembre (un día después de su nacimiento) falleció mi papá. Hace menos de un año que, lo que empezó como un estudio pre-quirúrgico de cadera, derivó en un tumor que le ocasionó múltiples fallas orgánicas.

Pero éste no es el tema.

Lo que quiero es hacerles saber de la compañía y el aguante que cada viernes me ofrecieron. Desde el 5 de noviembre nos internamos con mi familia, (mi hermana de mañana; yo, de tarde y mi vieja por la tardecita y muchas veces pasando la noche con mi viejo) Pero yo sabía que, como un nadador chapucero que acude a todo lo que sabe y a lo que no, llegaba el viernes, o mejor dicho, la costa o la playa o lo que carajo sea.

Casi termino de leer El mapa y el territorio de Houllebecq gracias a las horas que pasé allí. Gracias a Natalia que lo pronunció por primera vez -cosa que yo nunca podré- y las fotocopias de Moore, Mansfield, Bukowsky o Carver de Marcelo junto a un librito a $20 de Cozarinsky en el Aleph, pude encontrar otros mundos en ese mundo, para sacar la cabeza del agua cuando la asfixia era inminente. 

Al escribir esto, me siento más vulnerable aún. Pero si no lo escribo, me sentiría un cretino.

De no haber caído en el taller, nunca hubiera adquirido modos de escritura y estilos de lectura que en mi reputísima vida sabría que existirían. 

Y el horizonte es otro y la mirada es otra. No detiene nada de lo que tiene que suceder pero que aminora los efectos indeseables, lo puedo garantizar.

Y quiero agradecerles. A todos y a cada uno. Y no estoy hablando de literatura. O, sí. Que no es lo mismo pero es igual, como dice la canción.

Nos vemos en el 2012.

Abrazos.

                                 Ariel 

JUAN FORN: feliz año !!!!

Publicado en De Otros. el 30 de Diciembre, 2011, 11:00 por MScalona

Volver a casa

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 http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-184432-2011-12-30.html

 Por Juan Forn

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Mi madre no quiere que le lean, desde que perdió la vista. Le ofrecí traerle audiolibros, le ofrecí conseguirle una persona que le vaya a leer, y ocupar yo ese lugar los días que voy a Buenos Aires. Le ofrecí que encarásemos juntos los siete tomos de En busca del tiempo perdido (yo leería cada noche en Gesell hasta donde ella hubiera leído ese día en Buenos Aires, y en mis días allá podíamos seguir leyendo los dos juntos o comentar lo leído hasta entonces). Propuse Proust porque ella se ha jactado siempre de su ascendencia francesa y nada le gusta más que conversar sobre gente conocida: “¿Te acordás cuando el Francés Dubois sobrevolaba con su avioneta la casa de La Cumbre, para avisar que lo fueran a buscar al aerodromo (ella pronuncia la palabra con el acento grave, en la segunda o) y que estuvieran los coloraditos listos cuando llegara?” (el coloradito era el trago de rigor en aquella casa: gin, campari y ralladura de limón). Pero mi madre me contesta en monosílabos que Proust era un snob; por un instante asoma su vieja personalidad, taxativamente pasional; es apenas un chispazo pero tiene su gracia escalofriante ver hasta dónde llega su influencia subterránea en mí (¿por haberle oído decir eso alguna vez yo no he podido nunca leer a Proust?).

Traté entonces de tentarla con Los gozos y las sombras, perspectiva poco promisoria para mí pero sabía cuánto había disfrutado ella los tres tomazos de la novela y la miniserie (y me resultaba difícil imaginar una lectura que fuese más visual para ella, que creo que es lo que más añora). Pero tampoco conseguí interesarla. En cambio, para mi sorpresa, me pidió que le contara qué estaba leyendo yo, qué libro llevaba ese día en la mochila. Yo le he mentido descaradamente a mi madre a lo largo de la vida, me llevó su tiempo pero aprendí al fin a decirle lo que ella quiere oír. Y me pareció improbable que quisiera oír las impresionantes historias sobre trastornos de la vista que cuenta el neurólogo Oliver Sacks en El ojo de la mente. Pero ella se mostró interesada en los casos cuando empecé a contarle con cierta vacilación de un trastorno llamado alexia, que es la incapacidad de leer. Uno se levanta una mañana, abre el diario y es como si estuviera escrito en cirílico (puede leer la hora en su reloj, pero no por los números sino por la ubicación de las agujas; puede “leer” un durazno pero no por su aspecto sino por el tacto, el olor o el sabor). Un escritor canadiense llamado Engel se despertó un día así. Llegó desesperado al hospital y una enfermera le preguntó si podía escribir y Engel descubrió para su estupor que sí (pero no podía leer lo que había escrito). En una época se la llamó ceguera a la palabra, hasta que Freud la bautizó agnosia visual. Engel miraba el cielo y veía azul, veía la calle y las personas como cualquiera de nosotros, pero como escritor era ciego: debió pasar de leer a escuchar y de escribir a dictar.

“Esa historia es más para vos que para mí”, se limita a decir mi madre. Le interesa más lo de un profesor inglés de religión llamado Hull a quien le pasó algo peor cuando se quedó ciego, a los cuarenta, y su memoria e imaginación visual empezaron a escurrírsele entre los dedos: cada día perdía un rostro, un paisaje, un color. Estaba tan pendiente de esa pérdida que tardó en darse cuenta de cómo se le iban desarrollando los otros sentidos. Hull dice que de a poco empezó a “oír” los objetos silenciosos, como los faroles de la calle o los autos estacionados: cuando pasaba junto a ellos era como si se espesara la atmósfera, los objetos le devolvían el sonido de sus pisadas. A una pianista húngara que sufrió una afasia a los sesenta le pasó lo contrario, pero a la vez lo mismo. El afásico se despierta una mañana y descubre que no puede hablar. Poco a poco descubre que también ha perdido el habla interna; ya no puede hablarse a sí mismo tampoco. De pronto toda queda limitado a lo visual: sólo puede expresar sus pensamientos y sentimientos a través de gestos mímicos. Pero muchas víctimas de afasia son capaces de desarrollar una intensificación compensatoria de sus capacidades no lingüísticas, sobre todo la capacidad para “leer” las intenciones de los demás a partir de sus gestos faciales e inflexiones vocales: tienen un don para detectar cuándo la gente miente, por ejemplo.

El escritor canadiense descubrió un día que podía identificar las letras individualmente, si tenía un lápiz en la mano o dibujaba mentalmente el signo (lo entendía con la mano: sólo era capaz de “leer” al escribir). El profesor inglés de religión cuenta que cuando perdió la visión central y se quedó sólo con visión periférica descubrió cuánto la subvaloramos: lo que vemos con el rabillo del ojo es lo que vemos más distraídamente, pero es la visión periférica, “rodeando” nuestra visión central, lo que nos proporciona un contexto. Dice Hull que la identificación se basa en el conocimiento y la familiaridad se basa en el sentimiento. Y después se pregunta si la pérdida de imaginación visual no es un prerrequisito para el de-sarrollo pleno de los otros sentidos (Hull, como dije, es profesor de religión). Miro a mi madre, que ha sido siempre muy religiosa, mientras digo esto. Ella está con la cara vuelta hacia la ventana, hacia la luz dorada de la tarde. Le digo que dice Hull que la ceguera lo acercó a la naturaleza (los sonidos, los olores, el tacto). Le digo que Hull tiene la costumbre de hacer preguntas cuando viaja, y que esas preguntas obligan al interlocutor a fijarse en cosas que había pasado por alto, lo obliga a ver mejor. El lenguaje sirve para ver, le digo a mi madre que dicen Hull y Oliver Sacks y el escritor canadiense y la pianista húngara. Mi madre sonríe tristemente, gira la cabeza hacia mí y dice: “¿No se está haciendo ya la hora de irte, mi querido? No quiero que pierdas el ómnibus por mí”.

Cuando Norman Mailer contestó el Cuestionario Proust, describió así cuál era su viaje favorito: “El de vuelta a casa. La visión desde el camino de las luces de mi casa de Provincetown”. Yo vuelvo a casa cada vez que salgo de la residencia donde vive mi madre en Belgrano. Camino por esas calles arboladas hasta el subte que me lleva a Retiro, donde espera el ómnibus que me trae de vuelta a Gesell. Esas calles arboladas son en cierto modo como la entrada a Gesell, el momento en que uno sale de la ruta por la rotonda, baja la velocidad, abre la ventanilla, siente que ya está en casa. Son hermosas esas callecitas de Belgrano. Sin embargo, no hay trayecto más triste para mí que ése, desde que salgo de la residencia donde vive mi madre hasta que el fárrago y el apretujamiento del subte me distraen misericordiosamente, a codazos.

Volver a casa. Eso quiere mi madre, eso queremos todos. Les deseo feliz año, les deseo que puedan volver a casa.

DYLAN THOMAS

Publicado en De Otros. el 29 de Diciembre, 2011, 13:10 por MScalona

DYLAN THOMAS, Gales, 1914- New York 1953

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El jorobado en el parque

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El jorobado en el parque
solitario señor
apuntalado entre los árboles y el agua
desde que el candado del jardín se abre
para que entren los árboles y el agua
hasta la lóbrega campana dominguera en el crepúsculo,

come el pan que ha traído en un diario
bebe el agua del jarro encadenado
que los niños llenaron de pedruscos
en el estanque donde hice navegar mi barco,
por la noche durmió en una perrera
pero sin que nadie le pusiera cadenas.

Como los pájaros del parque ha venido temprano
se sentó como el agua
y señor lo llamaban eh señor
los chiquillos bribones del lugar
que escapaban apenas los oía
hasta alejarse de su vista

más allá del lago y los rosales
riéndose cuando el otro agitaba su diario
encorvado en la burla
pasaban por el zoológico sonoro de la arboleda de los sauces
esquivando al cuidador del parque
con su palo de juntar las hojas.

Y el viejo perro aletargado
solitario entre las niñeras y los cisnes
mientras desde los sauces los chiquillos
hacían que los tigres saltaran de sus ojos
para rugir entre las piedras rocosas
y los bosques se azulaban de marineros

trabajó el día entero hasta la hora de cerrar
en una figura de mujer sin fallas
erguida como un joven olmo
alta y erguida surgió de sus huesos torcidos
para que de noche se pusiese de pie
tras los cerrojos y las cadenas

Toda la noche en el parque deshecho
tras los arbustos y las rejas
los pájaros el pasto los árboles el lago
y los niños inocentes como fresas
habían ido en pos del jorobado
hasta su perrera en las sombras.

Versión de Elizabeth Azcona Cranwell

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Prólogo

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Este día que hoy devana ante Dios
el fin del verano apresurado
en el torrente del sol color salmón,
en mi casa que los mares sacuden
sobre un despeñadero
enredada entre fruta y gorjeos,
espuma, flauta, aleta y pluma,
ante la pezuña danzarina de un bosque
junto a las arenas espumosas con estrellas marinas
cruzadas por vendedoras de pescado
por flautistas y velas, coquillas y gaviotas,
y afuera el cuervo negro,
hombres con avíos de nubes
que se hincan ante los nidos del crepúsculo,
muchachos que tajean a los gansos
cercanos en el cielo,
y garzas, caracolas
que hablan los siete mares,
aguas eternas, lejos de las ciudades
con noches de nueve días
cuyas torres se enredaran
en el viento piadoso
como estacas de paja alta y seca,
ante la pobre paz yo canto
para vosotros, extranjeros,
(aunque la canción sea un acto
encrespado y ardiente,
con el fuego de los pájaros
en el bosque giratorio del mundo
por mis sonidos salpicados y dispersos
fuera de estas hojas con pulgares de mar
que han de echarse a volar para caer
como las hojas de los árboles, tan pronto
como se desmoronen sin morirse,
al entrar en la noche sofocante.
Guardián del mar, el salmón sorbe los deslices del sol
y los cisnes mudos amoratan
mi penumbra que roció la bahía mientras yo acuchillo
a este alboroto de las formas,
para que sepas tú como yo, un hombre giratorio
reverenció también a la estrella y al pájaro estruendoso,
al mar nacido y al hombre desgarrado y a la sangre bendita.
Oye: en este sitio soplo la trompeta
desde el pez hasta el cerro saltarín.
Mira: construyo mi barca que desciende
hasta lo más alto de mi amor
cuando el diluvio empieza
fuera del manantial
del miedo, de la candente ira del hombre que está vivo,
fluido y montañoso brota
sobre las granjas vacías blanco-oveja
que duermen heridas por el sueño
hacia Gales en mis brazos.
¡Oh, guárdate en un castillo
tu, rey de las tonadas de los búhos,
que iluminas de luna las carreras aladas
y zambulles al ciervo muerto
envuelto en pieles de cañada!
¡Hola, en armaduras plúmbeas
oh mi anillada paloma torcaz
en la ululante oscuridad cercana
con la corneja reverente de Gales,
arrulla la alabanza de los bosques
la que aluna sus notas azules desde el nido
hasta la grey de pájaros acuáticos!
¡Alto, cofradía festiva,
ágape, con el pesar en vuestros picos
sobre los cabos parloteantes!
¡Ay a caballo del cerro
la veloz liebre macho!
que oye en esta luz de zorro
el estruendo del diluvio en mi barca
mientras rompo y destruyo
(un choque de yunques
para mi alboroto y mi violín
esta tonada sobre un hongo esponjoso)
todo menos los animales gruesos como ladrones
sobre las rudas y confusas tierras del Señor
(¡Salud a la raza de sus bestias!)
¡las bestias que duermen flacas y bondadosas,
chito, en los bosques que abultan como cerdos!
¡Cloquean las huecas granjas de las parvas
y se aferran al tropel de las aguas!
Oh, el reino de vecinos aleteante
caído y desplumado, destella en mi barca remendada
y la luz de la luna se bebió a Noé en la bahía
con pellejo y escamas y vellones;
solo las ahogadas campanas profundas
de ovejas y de iglesias
resuenan por la pobre paz cuando el sol cae
y las tinieblas cubren todos los campos benditos.
¡Cabalgaremos solitarios y entonces
bajo las estrellas de Gales
han de llorar multitudes de barcas!
A través de las tierras con párpados acuáticos,
guarecidas con sus amores
ellas irán de una colina a otra
como boscosas islas.
¡Hola, mi paloma de proa con su flauta!
¡Salve, viejo zorro con tus patas de mar,
picaflor y jilguero!
Mi barca canta al sol
al final del verano por Dios apresurado
y el diluvio comienza a florecer.

Versión de Elizabeth Azcona Cranwell

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Y la muerte perderá su dominio…

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Y la muerte perderá su dominio.
Los muertos desnudos serán un solo muerto.
Con el hombre en el viento y la Luna de occidente;
cuando se descarnen los huesos y desaparezcan los huesos.
Donde hubo codos y pies aparecerán estrellas.
Y aunque se sumerjan en profundas aguas tendrán que resurgir.
Y aunque los amantes se extravíen perdurará el amor.
Y la muerte perderá su dominio.

Y la muerte perderá su dominio.
Bajo los remolinos del mar
aquellos que yazgan largamente no morirán en la tempestad
retorciéndose en el tormento, cuando cedan los tendones
atados a una rueda no podrán destrozarse;
entre sus manos la fe se romperá en dos
y el Unicornio del mal los atravesará.
Y hendidos por todas partes no se desmembrarán.
Y la muerte perderá su dominio.

Y la muerte perderá su dominio.
Nunca más las gaviotas gritarán en sus oídos
o se romperán las olas tumultuosamente en la ribera;
allí donde se abrió una flor nunca más otra flor
ofrecerá su cabeza a los golpes de la lluvia.
Y aún locas o muertas como clavos
atravesarán la margaritas con sus cabezas de señoras;
irrumpiendo sobre el Sol hasta que el Sol se desprenda.
Y la muerte perderá su dominio.

Versión de Waldo Rojas

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En mi oficio o mi arte sombrío

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En mi oficio o mi arte sombrío
ejercido en la noche silenciosa
cuando sólo la luna se enfurece
y los amantes yacen en el lecho
con todas sus tristezas en los brazos,
junto a la luz que canta yo trabajo
no por ambición ni por el pan
ni por ostentación ni por el tráfico de encantos
en escenarios de marfil,
sino por ese mínimo salario
de sus más escondidos corazones.

No para el hombre altivo
que se aparta de la luna colérica
escribo yo estas páginas de efímeras espumas,
ni para los muertos encumbrados
entre sus salmos y ruiseñores,
sino para los amantes, para sus brazos
que rodean las penas de los siglos,
que no pagan con salarios ni elogios
y no hacen caso alguno de mi oficio o mi arte.

Versión de Elizabeth Azcona Cranwell

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Antes que llamara y la carne me abriese…

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Antes que llamara y la carne me abriese,
que mis líquidas manos golpearan en el vientre,
yo, que era entonces informe como el agua
que formaba el Jordán junto a mi casa
era hermano de la hija de Mnetha
y hermana del gusano que gestaba la vida.

Yo que era sordo ante la primavera y el verano,
que no sabía los nombres de la luna y el sol,
ya sentía el latido bajo la armadura de mi carne,
aunque existía sólo en forma de infusorio,
veía las plomizas estrellas, el martillo lluvioso
que mi padre balanceaba en su cúpula.

Conocía el mensaje del invierno,
los dardos del granizo y la nieve pueril
y el viento era mi hermana pretendiente;
en mí saltaba el viento, el rocío infernal;
y mis venas fluían con los climas de oriente;
antes que me engendraran supe el día y la noche.

Antes que me engendraran ya por cierto sufría;
el potro de tortura de los sueños
enroscaba mi osamenta de lirio
en una cifra viva,
la carne era cortada para cruzar los bordes
de las horcas en cruces sobre el hígado
y las zarzas de los cerebros estrujados.

Mi garganta conocía la sed antes de la estructura
de vena y piel alrededor del pozo
donde palabras y agua se entremezclan
sin pausa alguna, hasta pudrir la sangre,
mi corazón conocía el amor, mi vientre el hambre;
al gusano yo olía entre mis propias heces.

Después el tiempo envió a mi mortal criatura
a derivar o ahogarse en los océanos
habituados a la aventura de la sal
en las mareas que jamás tocan las orillas.
Yo que era rico, me hice más rico aún
sorbiendo poco a poco el vino de los días.

Nacido del espectro y la carne, no era espectro
ni hombre, sino espectro mortal.
Y luego me abatió la pluma de la muerte.
Fui mortal hasta el último suspiro prolongado
que llevó hacia mi padre
el mensaje de su agónico cristo.

Tú que te inclinas en la cruz y el altar
acuérdate de mí y apiádate de Aquel
que mi carne y mi sangre tomó por armadura
y llegó a traicionar el vientre de mi madre.

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Trad. Elizabeth Azcona Cranwell

Ayer murió nuestro JOE GOULD

Publicado en homenaje el 28 de Diciembre, 2011, 12:05 por MScalona

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Ayer murió en Rosario, EL POETA CARLOS MAC ALLISTER (1944-2011) , el que conocí, como otras bellísimas personalidades artísticas de Rosario, por mi amiga, la poeta MARÍA PAULA ALZUGARAY. Ella me hizo acordar anoche, que cuando yo conocí a MAC, le dije "es nuestro Joe Gould", en referencia al "profesor gaviota", personaje real y mítico, poeta callejero de Nueva York de la década del 30, retratado en la novela "El Secreto de Joe Gould" de JOSEPH  MITCHELL  (The New Yorker), llevada magníficamente al cine por STANLEY TUCCI con la actuación memorable de IAN HOLM en el protagónico.  La novela está editada por Anagrama, y acaba de salir la edición de bolsillo.

MAC ALLISTER representaba la clase de poeta maldito, bohemio, profundamente auténtico, como fueron Willie Harvey o Cachilo, o es FABRICIO SIMEONI en Rosario, "un rey en harapos", otro "Rey Aragón", otro "Ubu Rey". La clase de artistas que son musas de carne y hueso, artistas de artistas. Curiosa o paradójicamente, de elite, pero a la intemperie.-

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Nota de Diario LA CAPITAL,

Señales, 2005

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"Escribir es la vida misma"

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Cultor de la bohemia, la literatura y la amistad, el autor de "El retorno del Principito" explora en su último libro situaciones límite de la sexualidad y la cultura-.

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Gabriel Suzek

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Carlos Mac Allister nació en la ciudad bonaerense de Pergamino en 1944 y vive en Rosario desde la década del sesenta, cuando llegó para estudiar la carrera de Derecho. De aquella época, añora las movilizaciones, protestas y barricadas contra la imposición de modelos y políticas, que años más tarde desembocaron en la globalización actual a la que teme y detesta. "Lo único que va a traer la globalización es más desgracia económica, más explotación y una estandarización de la gente, de los gustos, de la moda y a mí no me gusta la gente que no tiene su personalidad para pensar, hablar y vestir", afirma.

Entre sus libros se destaca "El retorno del Principito" (Ediciones De la Bandera, 1984), que alcanzó el rango de best-seller dentro de la literatura rosarina. También trabajó en la función pública, como coordinador general del Ministerio de Educación de la provincia y asesor de la Cámara de Diputados de la Nación hasta la llegada de la dictadura militar. "Libídine, concupiscencia y apetitos lúbricos", su último libro (Ediciones del Caburé), es un mapa conformado por varios géneros que van desde el cuento hasta la crónica periodística. En sus páginas los temas como la prostitución, el incesto, la homosexualidad, la explotación sexual infantil y la necrofilia son abordados desde una óptica particular. Allí prevalecen historias pavorosas, sufridas e irritantes pero escoltadas por aspectos divertidos y matizadas con una precisa dosis de ternura.

-¿Cuál es el objetivo buscado con "Libídine, concupiscencia y apetitos lúbricos"? ¿Hubo algo en especial que lo llevara a abordar este tema?

-Hacía mucho tiempo que quería escribir algo sobre esta materia, pero yo quería hacer una cosa prohibidísima y no me salió. Hasta tal punto no me salió que para mi sorpresa fui invitado a hablar sobre el contenido del libro en una escuela secundaria. Ese tipo de experiencias me descolocan. En cuanto a mi objetivo, lo que busco es que se entienda que ya no alcanza con oponerse a la discriminación sexual. Eso es muy elemental y honestamente me parece viejo. Debemos hablar y sobre todo actuar en lo que yo denomino amplitud sexual. En la actualidad, con el argumento de "la familia" se cometen muchas injusticias y postergaciones. Tengo mis serias dudas de que la célula fundamental de la sociedad sea la familia o haya sido la tribu o el clan.

-¿En qué pilares se apoyan sus expectativas a la hora de escribir?

-No, yo lo hago sin expectativas. La idea de "El retorno del Principito", surgió una noche en Entre Ríos, luego la desarrollé, pero la idea la escribí en una noche. Con este último libro ocurrió algo similar. Soy una persona que tiene muchos amigos y el último 24 de diciembre dio la casualidad que nadie me invitó a cenar, actitud que me dio mucha bronca. Primero pensé en comprarme una botella de vino para pasar la noche, pero después decidí quedarme escribiendo y ahí nació este libro que lo terminé en abril o mayo de este año. Después vinieron mil disculpas de los amigos, pero esa noche no había nadie.

-¿Cómo afronta la vida y la escritura un bohemio como usted en los inicios del siglo XXI?

-Para mí escribir es la vida misma, yo no puedo escribir sobre algo que no conozca; me gusta interiorizarme, busco mucho, husmeo y tengo suerte para encontrar los detalles. Entre toda la vida de vagancia que tuve he sido un tipo que me he cultivado, no soy un vago de colchón, soy una persona muy activa aunque no lo parezca. El que no me conoce tiene una idea muy errada de lo que soy. El motor de mi escritura está sustentada en los hechos que a mí me impactan y pienso que le pueden impactar a los demás. Porque si en principio un hecho no le impacta ni al escritor, es muy difícil que después pueda llegar a tener lectores. Tiene que ser un libro interesante y que llame la atención porque en la Argentina la cantidad de libros leídos por año es del 0,05 %, una estadística pavorosa.

-¿Por eso en su libro incluye la crónica del asesinato de Sandra Cabrera y del turismo sexual en la localidad de San Javier?

-Con lo de Sandra Cabrera pasó algo raro, prácticamente ya había terminado el libro y me encontraba en la plaza de Dorrego y Córdoba esperando a un amigo. Ahí veo pasar una pequeña manifestación pidiendo por el esclarecimiento del asesinato. Entonces me quedé en el acto y luego me metí en el tema. Hablé con las compañeras y ellas me dieron todos los elementos e inclusive me presentaron a una tía de ella, una sanjuanina que me contó que Sandra Cabrera era catequista, es curioso, pero es así. Además me dieron los datos sobre toda la repartija que hace la policía con el tema de la prostitución y cómo ella se oponía a prostituirse en las casas que se dedican a esto. Claro, en esos lugares se quedan con un 50% del trabajo de las mujeres. Por eso creo que los funcionarios deberían informarse más cuando legislan sobre estos temas. Y lo del turismo sexual en San Javier salvo la ficción, que es la acción de una nena de 10 años con un supuesto cliente, todo lo otro es absolutamente verdad. Esto no lo digo yo sino que lo ha dicho el secretario de Minoridad y no ha pasado nada.

-Usted también fue funcionario público. ¿Cómo fue esa experiencia?

-Llego a trabajar en la función pública porque yo militaba en el peronismo y el peronismo había ganado la presidencia, la gobernación y la municipalidad. Como coordinador general del Ministerio de Educación saqué un aviso en el diario para que me trajeran sugerencias e ideas, pero los padres me traían a las hijas. Me ofrecían a sus hijas por un puesto de portera, lo juro por mi madre, y yo les decía: "señor, discúlpeme pero no estoy en esa". No sé cuantos funcionarios pueden decir lo mismo. También hice el proyecto de educación intermedia, que era una manera de superar el limitacionismo en las facultades. Pienso que todos tienen el derecho pero no toda la gente está preparada para estudiar. En la escuela secundaria había dividido un ciclo básico de tres años, una vez cumplimentado ese período se otorgaba un título que servía para entrar a trabajar en cualquier oficina. Después continuaban dos años más de especialización, entonces ahí sí el alumno iba bien preparado a la universidad. Creo que el proyecto se lo robó la dictadura, a mí ni me llamaron, ni tampoco hubiese ido.

-Me imagino que a alguien que reivindica y vive en la bohemia no le debe ser muy fácil manejarse con los principios de la sociedad actual. ¿Considera que el bohemio es una especie en extinción?

-Todos mis amigos son peores que yo, me gustaría asumirme como único pero no es posible. El bohemio es un tipo que si bien enfoca en un asunto económico, porque eso es obligatorio, no vive para y por lo económico, eso lo hace medio descuidado. Nosotros creamos la peña La Herradura, que es la entidad etílica más antigua del país, donde se entrega la orden del poeta por estilo de vida bohemia y/o desprendimiento material de existencia.

-¿En qué momento realizó usted ese tipo de desprendimiento?

-No sé realmente si tengo desprendimiento material de existencia. Soy un tipo orgulloso de ser pobre, es una cuestión que ahora no se esgrime y quizá no tenga vergüenza o prurito alguno de ser pobre porque mi familia perdió diez mil hectáreas de campo en Chivilcoy. El abogado de la familia era Vicente Solano Lima, que después fue vicepresidente del país, pero igual las perdimos y si eso no hubiese ocurrido a lo mejor yo sería una persona totalmente diferente a como soy.

-¿Cuáles autores lo han influido o toma como referentes para su literatura?

-Si tengo que elegir, elijo el socialista revolucionario Ho Chi Mihn. Es uno de los mejores poetas del mundo, vale la pena leerlo y a pesar de que hace un libro desde la cárcel su poesía no es para nada política; habla de manera maravillosa de lo que ve detrás de las rejas. Otro de los que también me gusta mucho es Prévert.

-¿Cuál es su relación con los medios de comunicación?

-Escucho televisión. Sí, porque tengo un televisor en blanco y negro que no tiene la imagen. O mejor dicho, hay que arrimarle la antena y todo eso, entonces la prendo y me imagino la imagen, leo mientras escucho. Por ejemplo, hay una novela que me gusta, "Hombres de honor" con Leonor Benedetto y a las siete de la mañana, soy de despertarme temprano, escucho el informativo de Rosario, el que conduce Susana Rueda. A ella me la imaginaba de una forma pero es de otra. Cuando voy a casa de algún amigo y están mirando la televisión me quedo a veces sorprendido al ver cómo realmente son, ya que uno se los imagina de una manera pero en la realidad son muy diferentes. Así que al televisor lo utilizo como radio y a la radio no la escucho.

-¿Cómo se autodefine?

-Me considero una persona que me gusta refugiarme en la falsa modestia. Soy un proyecto de escritor, porque cuando esté completo ya seré un finado.

MERCEDES GÓMEZ de la CRUZ

Publicado en De Otros. el 28 de Diciembre, 2011, 11:13 por MScalona

Mercedes nació (1974) en Rosario (ARG) donde vive.-

-


¿Por qué no bailan?

bailen
bailen
bailen

sientan la piel moverse
la sangre activar el bum bum
del corazón

corazón corazón corazón
corazón qué danzón
una panzada de melón de mi corazón
corazón corazón

sin desazón estarán
después de danzar
y será
más liviana la luz de la mañana
cuando vuelvan al hogar
después de danzar


(del libro “Soy fiestera”, Rosario/Córdoba, edición conjunta La Creciente/junco y capulí, 2006)

**

Tamborilea
cachondeo
bombo
cadencia candencia
de amores y pieles
bailes
mediúmnicos
trancénicos
sexuales bailes
rítmicos sexos bailables
negro negro
negro
negra


otra


(del libro “Soy fiestera”, Rosario/Córdoba, edición conjunta La Creciente/junco y capulí, 2006)

**

ese hombre embriaga la escena,
inunda de luz
el agua que le falta
a este cuerpo alegre
vino oscuro
vaso de soda
demonio enturbia, salta
el monumento negro,
bailando,
latiendo,
sexualizando rodrigos
decadentes
malevajes

noches de novela


(del libro “Soy fiestera”, Rosario/Córdoba, edición conjunta La Creciente/junco y capulí, 2006)


**

Me enamoré de un........negro
condenado a muerte
y del salto diminuto
de su parpadeo,
propio de quien vive
su último día de libertad
como último deseo
concedido. Lo esperé
en el umbral de mi casa.
Le declaré años
de amarlo en silencio.
Y aunque
esto no era cierto
¿qué importancia podía tener eso?


(del libro “Hisstory”, inédito)

**

la historia de los pueblos
.........................o su vaticinio
se lee en las cloacas:
aquí una laguna de diarrea, señala
una peste o hambruna;
soretes largos y oscuros muestran
la opulencia;
deyecciones en marrón claro, de forma fina y
discontinua, serían producto de una dieta
culta y rigurosa;

espumas de la orina se agrupan bellamente,
rastros leves de lo cotidiano evaporándose

van al mar
van al mar


(del libro “Hisstory”, inédito)



Esteban Peicovich - GAIA-

Publicado en Aguafuerte el 27 de Diciembre, 2011, 19:36 por MScalona

¿Habrá alguien

que brinde por Gaia?

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Por Esteban Peicovich (*) | 27.12.2011 |

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La paradoja que mejor pinta al hombre es que trata a la Luna como amante y a la Tierra como suegra. En su aquel fantástico descenso hubo ternura y respeto: el cohete como los intrépidos bichos terreros fueron alistados para evitar contaminasen el ecosistema de talco purísimo. Ninguna simetría con lo que ocurre en casa. Aquí lo extraterrestre difuso cotiza más que lo aborigen cierto. Hasta los poetas le han cantado mas a la Luna que a la Tierra. Nos atrae y moviliza más zambullirnos en lo remoto y dar con gente improbable, que tocar el timbre del piso de al lado y sorprender con un afable "¿Cómo están? Voy al mercado. ¿Necesitan algo?".

Lo nuestro es estirar el cuello hasta las vecindades del Sol, llenar de botellas el cosmos, coleccionar chismes celestes, acariciar la piel achicharrada de Marte. Mientras tanto, al mundo que lo parta el ozono, le defolien el pulmón vegetal, le empetrolen el mar. Planeta golpeado, Gaia sobrevive por milagro a este fenómeno depredador llamado Historia que discurre por avenidas de sangre repetida a las que solemos destacar (bien cínicos) como civilización tal o civilización cual. Mirada sin pasión, la humanidad no es más que jaurías sucesivas de nómadas, aventureros, navegantes, espeleólogos, violadores y despanzurradores varios. Quienes pasan por conspicuos héroes, lo fueron por dedicar su afán a perturbar el equilibrio del magma, del hielo, del mar, de la lava, de las fechas de las estaciones. Algunos movidos por biensana curiosidad. Otros aplicando experimentos de terror. Uno es Linneo. Otro es Truman. Proeza es aclarar los misterios de crisantemos o pájaros, y bajeza las sucesivas "torturas" contra la Tierra (nacida "azul" como Marte "rojo", y que por nuestra obstinada cacería vira cada año más hacia el gris camino al negro).

Llevamos miles años oficializando esta crueldad. Otro tanto, a retrasar una moral que contenga a todos los seres vivos por igual. En tan largo tiempo, pinos, insectos, ballenas, pájaros, rosas y hasta la rata, han ejercido su rol con conmovedora responsabilidad. Pese a que lo primero que preguntamos al despertar es "¿Qué tiempo hace?" tratamos a la Tierra como espacio lejano. Sol y Luna han promovido religiones, dioses y mitos, mientras que nuestra doméstica Gea o Gaia, que fue adorada en los comienzos, ahora solo ejerce de Cenicienta del Universo. Un sobrante de lo sagrado. Un basural con cientos de apocalipis y tan solo un Greenpeace. 

La India fue el segundo país en superar los mil millones de habitantes. Y el más reciente censo terrícola fija en 7 mil millones el número de depredadores de su propia casa matriz (que no otra cosa somos). A más demografía mas estropicio. Salvo una minoría (campesinos, niños, artistas, científicos, gente sensible) la tropa mayor de caníbales corre tras su privada lonja o gajo "monetario" del planeta sin importarle la calidad del próximo amanecer. Vivimos en el aire, y por el aire, asesinando los árboles que alientan nuestra respiración. Provincia secuestrada (San Juan) actúa como internacional y convierte la legislación nacional (Argentina) en papel mojado. Mientras el sátrapa Gioja sigue volcando cianuro sobre los hielos virgenes la esforzada lucha de Miguel Bonasso no logró que al menos mil cacerolas se citaran ante el Congreso. Pasa que Cielo y Tierra no entran en la mirada del Primate Subinferior Humano que la estraga de polo a polo. Solo pesa el versículo "por cuatro días locos que vamos a vivir". Contaminante frase que anula todo intento de fraguar una mínima cosmogonía, sencillita, de entrecasa, para ir insinuando, al menos, un esbozo de Génesis Dos. Preguntado Arthur Clarke sobre como se nos vería desde Fuera, dijo: "De existir extraterrestres y sobrevolaran, por ejemplo, Los Angeles a las 6 de la tarde, supondrían que los humanos son los automóviles. Y que Eso que desciende de ellos, bebe gaseosa, escupe y patea, es solo un artefacto menor, secundario, periférico".

Gran vaca muda, la Tierra no merece esto que le tocó: nosotros. Torpes animales que la pasamos preguntando si hay vida en otros planetas sin todavía haber probado nuestra existencia en el propio.

FELICES FIESTAS !!!!!!!!!!!!!!!

Publicado en Fotitos. el 27 de Diciembre, 2011, 12:09 por Ali García Curutchet

la nueva escritura de Rosario

Publicado en Ensayo el 26 de Diciembre, 2011, 12:16 por MScalona

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El turno de los nuevos

por Osvaldo Aguirre

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http://www.lacapital.com.ar/ed_senales/2011/12/edicion_159/contenidos/noticia_5091.html

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Nuevas editoriales y publicaciones, un encuentro académico dedicado específicamente a la cuestión, un corpus en cuya base se destaca el trabajo de la Editorial Municipal de Rosario y sobre todo textos y autores que irrumpen en escena. Las piezas parecen dispersas y si bien el sentido del conjunto todavía no puede cerrarse cuando se asocian las partes la figura que se insinúa es la de una nueva literatura. En Rosario. Pero, ¿qué características tendría esa literatura? ¿Qué libros o autores la representarían? ¿Qué continuidades y qué rupturas podrían señalarse entre los jóvenes escritores locales y los escritores de generaciones anteriores? ¿Cuáles son sus posibilidades y sus obstáculos? Estas preguntas fueron el contenido de una encuesta a la que respondieron autores y editores locales.

Beatriz Vignoli

Repito lo que dije en la presentación de Sonderzeit, de Lisandro Murray, novela que considero representativa de esta tendencia: hay una nueva literatura de Rosario que se la juega y se sale del realismo por las líneas de fuga de lo fantástico, lo lúdicro o lo lírico, o el humor, o todo eso junto. A este tema también lo hemos conversado con Tomás Boasso y Verónica Laurino, a quienes veo trabajando estas líneas de fuga sin prejuicios, saltando las barreras entre lo infantil y lo adulto, entre la poesía y el epigrama o la música. Destaco el lirismo oscuro de la prosa de Marcelo Britos o las evocaciones más luminosas de Amanda Poliéster. Los géneros se contaminan y se mezclan en las minificciones más recientes de Nicolás Doffo para diversos medios. Hay una gran libertad creativa. Como dijo Marcelo Scalona: ya no se escribe "contra" otros textos. Yo agregaría que a esos otros textos se los canibaliza y se los incorpora paródicamente.

Una ruptura estaría en que mientras la generación de los 60 y 70 era fiel al compromiso político, y la de fines del siglo pasado tenía pautas igualmente marcadas en lo estético (en ambos casos había decálogos tácitos sobre qué hacer y qué no), los jóvenes se permiten experimentar con más libertad, sin encasillarse ni en el dogma militante de los 70 ni en el parejo distanciamiento irónico de los 90. Otra virtud de los jóvenes es que no le hacen asco al mercado: no se apartan de él sino que buscan formas novedosas de aprovecharlo o incluso crearlo. Y "género" ya no es una mala palabra, si alguna vez lo fue. La contra viene más por el lado de lo extraliterario: hay comparativamente menos calle, menos vivencias, menos experiencias, menos riesgos, se viven vidas virtuales o si hay acontecimientos sociales tienen lugar casi exclusivamente entre jóvenes y eso se refleja en su literatura, que expresa visiones del mundo signadas por un encierro generacional y por contactos muy interferidos por los medios, cuyos estereotipos (sexistas, clasistas, fobia a los viejos) se replican sin ninguna revisión ni discusión.

Carolina Rolle

Todas las épocas tienen sus intelectuales, sus artistas, sus escritores. Definitivamente podemos hablar de que en este momento hay una nueva literatura de Rosario en tanto es realmente muy notoria la proliferación de escritores jóvenes que están publicando su obra, tanto narrativa como poética, no sólo en formato libro sino también participando en diferentes medios de comunicación como la prensa o los web-blogs o bien leyendo en bares de la ciudad.

Los talleres literarios son un importante disparador para que la gente se anime a escribir y a difundir sus escritos. De ellos salieron escritores como Tomás Boasso quien ya tiene dos libros publicados o Natalia Massei por citar algunos ejemplos. La escuela de Letras de la Facultad de Humanidades y Artes tal vez no sea la mayor productora de escritores de la ciudad pero debemos reconocer que muchos de los escritores jóvenes que hoy forman parte de un movimiento generacional salen de allí. Pienso en la poesía de Irina Garbatzky, El niño C (Cristian Molina), Nicolás Manzi y en la narrativa de Agustín Alzari, Matías Piccolo, Sebastian Bier, Federico Ferroggiaro por mencionar sólo algunos.

No es fácil publicar en formato libro; y lo que muchos hacen es servirse de la tecnología como un nuevo canal de difusión. Por otra parte, también es cierto que Rosario cuenta con los concursos de la Editorial Municipal pero sobre todo, con las propuestas de Tropofonía y del Ombú Bonsai que hacen realmente accesible la posibilidad de publicar. Asimismo, hay otras búsquedas editoriales como es el caso de la reciente Editorial Baltasara que tiene como uno de sus objetivos inaugurar una serie que comprenda la nueva literatura producida en Rosario.

Son innegables los préstamos que pudieron brindar escritoras y escritores como Rosa Wernike, Emilia Bertolé, Angelica Gorodischer, Beatriz Vallejos, Aldo Oliva, Alberto Laiseca, entre tantos otros. Pero hablar de literatura de Rosario tampoco niega los cruces que puede haber con, por ejemplo, la literatura norteamericana o europea. Por otra parte, es común entre los escritores rosarinos jamás aludir a sus antecesores locales sino siempre compararse con movimientos producidos en Buenos Aires u otras partes del mundo. Recién ahora veo un cambio de posición respecto de esto y las jornadas sobre literatura de Rosario que se celebraron en la Facultad de Humanidades y Artes fueron el primer paso para que esto continúe cambiando. Sólo Eduardo D'Anna ha hecho un recorrido por la historia de la literatura rosarina, es tiempo de profundizar sobre eso.

Gabriel Cirelli y Antonio Galimany

La categoría generación literaria o nueva literatura es siempre una arbitrariedad controversial que interesa, en nuestra opinión, cuando opera como estrategia para otorgar visibilidad a un conjunto de escritores y, fundamentalmente, discutirlos como parte de un proyecto literario que los excede (o contiene). Nuestra revista, eSe, durante el primer año introdujo un criterio cronológico y, por ende, generacional y arbitrario (autores sub 35) con el que, en parte, pretendíamos activar esos resortes. Dimos con autores interesantes, pero la consolidación de un espacio generacional requiere de la asistencia de otros actores y, en este sentido, el límite en Rosario parece ser siempre el de su realidad editorial, al punto de que en muchos casos podemos citar autores pero difícilmente libros asociados a ellos; autores con una obra atomizada entre múltiples circuitos de circulación alternativos.

La pregunta perturbadora es otra: ¿qué es un autor rosarino? Porque allí, cuanto menos, hay una tensión: la literatura que se asume local producto de la autorreferencialidad que alimenta, pero también los escritores rosarinos que prescinden de la ciudad o la relegan entre sus prioridades literarias. Las dos pueden ser perfectamente universales pero son rosarinas de un modo distinto y esa distancia plantea al menos un asunto en el que reparar.

Establecer una genealogía de la literatura rosarina, con sus afinidades y sus conflictos, es de por sí problemático. El hecho de que Rosario no sea una ciudad gravitante o con proyección dentro del panorama literario actual o pasado de la Argentina, mucho menos en el resto de Latinoamérica o del mundo, está en la base de esa problemática, ya que afecta la visibilidad de su producción y la posibilidad de dialogar o batallar con otras literaturas. De querer llegar a un público más vasto, la ciudad obliga a sus autores a publicar por fuera de ella, o volverse un producto marginal con poca incidencia más allá de un pequeño grupo de seguidores. Esta sería, a la vez, la mayor continuidad y ruptura que enfrentan las letras locales: salir del ámbito familiar cerrado en el que se encuentra para combatir la endogamia y abrir el juego a una literatura emancipada, exigente y con plenos derechos.

Gervasio Monchietti

No sé muy bien qué es la "literatura de Rosario". Supongo se le llama así a la literatura escrita en Rosario y en esa circunstancia convergen muchas escrituras distintas. No me preocupo demasiado por lo que parece nuevo. Sí me interesan ciertos modos distintos de producir literatura: escritores que además gestionan y editan, algunos cruces de la escritura con lo performático, la mayor utilización del copyleft o licencia de derechos libres que el copyright, cierta fluidez y hasta desfachatez que se genera más en la escritura aún no canonizada. Lo que identifico como nuevo son esos modos de relación con la literatura. Otra característica de la literatura escrita en Rosario es la escasez: de editoriales, de crítica literaria, de espacios de venta (ferias), de lectura, de revistas literarias. Es decir, en un sentido amplio, la literatura es todo ese combo y no sólo lo que se escribe.

No veo libros o autores representativos. Aunque sí hay dos autores que valoro mucho y me parece muy sólida su producción: Ricardo Guiamet y Beatriz Vignoli. En cuanto a libros: hay dos que se publicaron este año que surgen de los modos de producción antes mencionados: Libro de Filosofía. de Fabricio Simeoni, publicado por El Ombú Bonsai, y El fiscal de sangre de Juan Ignacio Cabrera (heterónimo de Mario Castells), que publicó La Pulga Renga. Cada uno de estos libros surge de un proyecto que tiene que ver con lo colectivo, con recuperar el libro como objeto, con trabajar desde la escasez y con escribir bien. El primero, desde un cruce entre la oralidad, la filosofía y la poesía, el segundo desde un cruce —también en poesía— pero entre la historia, el idioma español y el guaraní.

La principal ruptura es que hay autores y editores poniendo más el cuerpo con lo que escriben. Insisto, el desafío es producir buena literatura. Pero lentamente aparece más gente con el compromiso de organizar lecturas en vivo, ferias independientes o ediciones autogestionadas, la Feria del Libro Independiente es un ejemplo. En poesía, hay continuidades en algunas voces que han pasado por talleres literarios de la ciudad. Los talleres, para bien o para mal, son un foco de lectura, entonces hay autores como Leandro Llul o Cecilia Ulla que tienen una impronta fuerte en la lírica y en la lectura de autores como Aldo Oliva, Concepción Bertone o Hugo Gola. La continuidad es un terreno complicado, porque muchas veces se vuelve una repetición.

También me interesa lo que hace Julia Enríquez, que tiene una colección de plaquetas de poesía de autores jóvenes, o los cruces con la fotografía de Fernando Marquínez. Y otros autores que si bien aparecen como una continuidad de lo que fue el objetivismo norteamericano y la poesía de los 90 en Buenos Aires, aportan una impronta más regional o litoral.

Marcelo Scalona

Hay una generación intermedia —menores de 50, preferentemente de 25 a 40— que ha superado los paradigmas semánticos y formales clásicos y modernos. Como decir, que "mataron" a los padres Borges-Cortázar, que han pasado esa barrera y han incorporado tópicos semánticos y formales de la posmodernidad, del minimalismo, del absurdo, del beatnik, de la web, de la literatura como juego o como hipertexto. Textos barthesianos donde conviven géneros, estilos, registros; textos fragmentarios, textos como sesiones de análisis, literatura donde tiene más preeminencia la subjetividad que lo histórico; lo cotidiano, lo mínimo, "lo sucio"; donde hay alteraciones subjetivas, lógicas, temporales; donde se mantienen soportes ideológicos y filosóficos, pero al mismo tiempo están desbaratados o aliviados o neutralizados. Pareciera una generación de autores que —al decir de Calvino— son capaces de mirar a la Gorgona de costado, no de frente, con un criterio de levedad —formal— que nada tiene que ver con superficialidad. Autores que responden a la síntesis más salvaje de los Lamborghini, Fogwill, Puig. Ejemplos son Beatriz Vignoli , Patricia Suárez, Verónica Laurino, Amanda Poliéster, Tomás Boasso, Javier Núñez, Natalia Massei, Martín Sansarricq.

Una de las principales continuidades es que se sigue notando el rastro de literatura fantástica y de entretenimiento (Borges), el realismo mágico (Cortázar), el postulado sartreano de escribir "para cambiar el mundo", sin embargo, desde allí, en los jóvenes aparece como una superación, porque esos mismos paradigmas están aliviados o desbaratados con la fragmentación, con el realismo sucio, con una compleja subjetividad de los personajes, con una literatura como juego también. El texto como hipertexto, metaficción, autoficción. La cosa ya no es tan lineal, unívoca. Sería como comparar "Chiquilín de Bachín" con "El niño proletario", y eso, porque justamente una de las cosas que se ve en los más jóvenes es la deriva de los Lamborghini o las teorías de Barthes.

Nicolás Manzi

Creo que la ciudad, humanamente, ha cambiado. Digo de una manera humana, y me refiero a que en parte consciente y en parte inconscientemente, en ese encuentro de proyección político-económica y el azar de la vida cotidiana. Esa transformación es lo que muchos valoramos de nuestra ciudad, y por la cual la amamos. Queremos una ciudad que es un polo cultural fundamental, hemos cultivado una identidad, fundamentalmente en el último decenio.

No cabe la menor duda de que hay una nueva literatura de Rosario, porque hay una nueva ciudad. Es la literatura que se escribe a partir de esta transformación, pero que debemos leer en el contexto argentino y latinoamericano. Es un nuevo impulso, es una nueva necesidad de contar. Este es un credo de la novedad, pero la novedad se fabrica con materiales que ya estaban en el mundo, y la literatura de Rosario es nueva, porque es fresca y es de ahora, pero está hecha de Rosario, está hecha de gente que convive con la historia de la ciudad, y de nuestro país.

Mientras en ciudades más grandes muchos escritores se preocupan por el afán estético puesto en la insistencia de agitar las banderas de las vanguardias, la estética de algunos escritores con los que comparto personalmente es más sincera y más simple, y quizás por cuestiones geográficas, o de mercado, o por esa simplicidad, no tiene tanta difusión. Fogwill pone el énfasis en saber contar una historia, en contarla bien. Esta es la característica de la literatura que se está haciendo en nuestra ciudad en estos tiempos: saber contar, contar bien. Los escritores que conozco, que no son muchos quizás, son muy trabajadores en este sentido, y además de ser muy profesionales y exigentes con lo que hacen, por suerte, todavía no los desvela el hecho de no haber vendido mil libros. Solo puedo hablar de autores que conozco, con los que tengo una gran amistad, un intercambio de ideas y un proyecto en común. Estoy seguro hay otros tantos en las mismas condiciones, trabajando fuerte también, personas que no conozco aun. Por hacerle justicia a estos últimos creo que no sería necesario nombrar a los primeros.

Por esta necesidad de contar, y de saber contar, personalmente observo un gran auge de la narrativa en una ciudad que ha tenido una experiencia de tradición poética ejemplar. Seguramente los premios de la Editorial Municipal son uno de los principales motivadores de muchos escritores de la ciudad. Si hubo alguna ruptura, seguramente es en el modo de contar, pero esto tiene que ver con dos factores de la cultura fundamentales en la creación literaria: una sociedad de tradición urbana, es decir, inquieta por excelencia, y la influencia de los escritores del resto del mundo, sobre todo de la literatura norteamericana e inglesa.

Sonia Scarabelli

Creo que en Rosario se da una circulación de buena literatura producida por buenos autores, que ha ido ganando una visibilidad más allá del espacio local. También creo que muchos de esos autores se sitúan en una franja de edad entre los veinte y los cincuenta años, que se caracteriza, a mi entender, fundamentalmente, por su diversidad. Lo veo sobre todo en los poetas, quizás porque es hacia donde más naturalmente va mi oído, pero me parece que pasa también con la narrativa. Encuentro que es un proceso interesante y feliz. Creo que algo que contribuiría a darnos mejor idea de ese proceso (que muchas veces percibís a través de cauces editoriales no tan estructurados como el libro) sería que hubiera un mayor fomento de proyectos editoriales que puedan sostenerse en el tiempo. En cuanto a los autores, creo que afortunadamente la lista es amplia, sin embargo, haciéndolo muy acotado, puedo nombrar a tres autores que yo sigo de cerca y con pasión lectora, tanto en poesía como en narrativa, en esa franja de edad que ya mencioné, entre los veinte y los cincuenta, y que escriben y viven en la ciudad (de jovencitos a ya no tanto): Leandro Llull (poesía y narrativa), Ángel Oliva (poesía) y Beatriz Vignoli (poesía y narrativa).

Hablar de rupturas y continuidades de manera general no se me hace claro. Lo que sí creo es que hay un diálogo intergeneracional sostenido, con cosas en común y discrepancias, entre los más nuevos y los anteriores, dentro y fuera de las obras, dentro y fuera del marco local. Entre los más jóvenes encontrás lectores de los mayores, y viceversa. Lo interesante, creo, es eso, que uno lee, escucha, y percibe aquí y allá los hilos de una suerte de conversación en las producciones y en el tiempo, en la que se pueden dar diferencias, pero nunca indiferencia. •

LOS ENCUESTADOS

Gabriel Cirelli y Antonio Galimany son editores de la revista literaria eSe (www.revista-ese.com.ar). Nicolás Manzi es poeta, autor de limericks y uno de los editores de El Ombú bonsai. También escritor, Gervasio Monchietti dirige la colección de poesía de Tropofonía Editorial. Licenciada en Letras y poeta, Carolina Rolle compiló Rosario: Ficciones para una nueva narrativa, antología que Ediciones Baltasara presentará en marzo de 2012. Marcelo Scalona es narrador, coordina talleres literarios y dirige la colección de literatura rosarina Ciudad y orilla. Sonia Scarabelli es poeta y coordina talleres literarios. Beatriz Vignoli trabaja como escritora, traductora, periodista cultural y crítica de arte.

Cuento de Navidad de Auggie Wren

Publicado en De Otros. el 24 de Diciembre, 2011, 12:36 por MScalona
 
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El cuento de navidad de Auggie Wren


Paul Auster
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Le oí este cuento a Auggie Wren.
Dado que Auggie no queda demasiado bien en él, por lo menos no todo lo bien que a él le habría gustado, me pidió que no utilizara su verdadero nombre.
Aparte de eso, toda la historia de la cartera perdida, la anciana ciega y la comida de Navidad es exactamente como él me la contó.

Auggie y yo nos conocemos desde hace casi once años.
Él trabaja detrás del mostrador de un estanco en la calle Court, en el centro de Brooklyn, y como es el único estanco que tiene los puritos holandeses que a mí me gusta fumar, entro allí bastante a menudo.
Durante mucho tiempo apenas pensé en Auggie Wren.
Era el extraño hombrecito que llevaba una sudadera azul con capucha y me vendía puros y revistas, el personaje pícaro y chistoso que siempre tenía algo gracioso que decir acerca del tiempo, de los Mets o de los políticos de Washington, y nada más.

Pero luego, un día, hace varios años, él estaba leyendo una revista en la tienda cuando casualmente tropezó con la reseña de un libro mío.
Supo que era yo porque la reseña iba acompañada de una fotografía, y a partir de entonces las cosas cambiaron entre nosotros.
Yo ya no era simplemente un cliente más para Auggie, me había convertido en una persona distinguida.
A la mayoría de la gente le importan un comino los libros y los escritores, pero resultó que Auggie se consideraba un artista.
Ahora que había descubierto el secreto de quién era yo, me adoptó como a un aliado, un confidente, un camarada.
A decir verdad, a mí me resultaba bastante embarazoso.
Luego, casi inevitablemente, llegó el momento en que me preguntó si estaría yo dispuesto a ver sus fotografías.
Dado su entusiasmo y buena voluntad, no parecía que hubiera manera de rechazarle.

Dios sabe qué esperaba yo.
Como mínimo, no era lo que Auggie me enseñó al día siguiente.
En una pequeña trastienda sin ventanas abrió una caja de cartón y sacó doce álbumes de fotos negros e idénticos.
Dijo que aquélla era la obra de su vida, y no tardaba más de cinco minutos al día en hacerla.
Todas las mañanas durante los últimos doce años se había detenido en la esquina de la Avenida Atlantic y la calle Clinton exactamente a las siete y había hecho una sola fotografía en color de exactamente la misma vista.
El proyecto ascendía ya a más de cuatro mil fotografías.
Cada álbum representaba un año diferente y todas las fotografías estaban dispuestas en secuencia, desde el 1 de enero hasta el 31 de diciembre, con las fechas cuidadosamente anotadas debajo de cada una.

Pero luego, un día, hace varios años, él estaba leyendo una revista en la tienda cuando casualmente tropezó con la reseña de un libro mío.
Supo que era yo porque la reseña iba acompañada de una fotografía, y a partir de entonces las cosas cambiaron entre nosotros.
Yo ya no era simplemente un cliente más para Auggie, me había convertido en una persona distinguida.
A la mayoría de la gente le importan un comino los libros y los escritores, pero resultó que Auggie se consideraba un artista.
Ahora que había descubierto el secreto de quién era yo, me adoptó como a un aliado, un confidente, un camarada.
A decir verdad, a mí me resultaba bastante embarazoso.
Luego, casi inevitablemente, llegó el momento en que me preguntó si estaría yo dispuesto a ver sus fotografías.
Dado su entusiasmo y buena voluntad, no parecía que hubiera manera de rechazarle.

Dios sabe qué esperaba yo.
Como mínimo, no era lo que Auggie me enseñó al día siguiente.
En una pequeña trastienda sin ventanas abrió una caja de cartón y sacó doce álbumes de fotos negros e idénticos.
Dijo que aquélla era la obra de su vida, y no tardaba más de cinco minutos al día en hacerla.
Todas las mañanas durante los últimos doce años se había detenido en la esquina de la Avenida Atlantic y la calle Clinton exactamente a las siete y había hecho una sola fotografía en color de exactamente la misma vista.
El proyecto ascendía ya a más de cuatro mil fotografías.
Cada álbum representaba un año diferente y todas las fotografías estaban dispuestas en secuencia, desde el 1 de enero hasta el 31 de diciembre, con las fechas cuidadosamente anotadas debajo de cada una.

- Vas demasiado deprisa.
Nunca lo entenderás si no vas más despacio.

Tenía razón, por supuesto.
Si no te tomas tiempo para mirar, nunca conseguirás ver nada.
Cogí otro álbum y me obligué a ir más pausadamente.
Presté más atención a los detalles, me fijé en los cambios en las condiciones meteorológicas, observé las variaciones en el ángulo de la luz a medida que avanzaban las estaciones.
Finalmente pude detectar sutiles diferencias en el flujo del tráfico, prever el ritmo de los diferentes días (la actividad de las mañanas laborables, la relativa tranquilidad de los fines de semana, el contraste entre los sábados y los domingos).
Y luego, poco a poco, empecé a reconocer las caras de la gente en segundo plano, los transeúntes camino de su trabajo, las mismas personas en el mismo lugar todas las mañanas, viviendo un instante de sus vidas en el objetivo de la cámara de Auggie.

Una vez que llegué a conocerles, empecé a estudiar sus posturas, la diferencia en su porte de una mañana a la siguiente, tratando de descubrir sus estados de ánimo por estos indicios superficiales, como si pudiera imaginar historias para ellos, como si pudiera penetrar en los invisibles dramas encerrados dentro de sus cuerpos.
Cogí otro álbum.
Ya no estaba aburrido ni desconcertado como al principio.
Me di cuenta de que Auggie estaba fotografiando el tiempo, el tiempo natural y el tiempo humano, y lo hacía plantándose en una minúscula esquina del mundo y deseando que fuera suya, montando guardia en el espacio que había elegido para sí.
Mirándome mientras yo examinaba su trabajo, Auggie continuaba sonriendo con gusto.
Luego, casi como si hubiera estado leyendo mis pensamientos, empezó a recitar un verso de Shakespeare.

- Mañana y mañana y mañana – murmuró entre dientes -, el tiempo avanza con pasos menudos y cautelosos.

Comprendí entonces que sabía exactamente lo que estaba haciendo.

Tenía razón, por supuesto.
Si no te tomas tiempo para mirar, nunca conseguirás ver nada.
Cogí otro álbum y me obligué a ir más pausadamente.
Presté más atención a los detalles, me fijé en los cambios en las condiciones meteorológicas, observé las variaciones en el ángulo de la luz a medida que avanzaban las estaciones.
Finalmente pude detectar sutiles diferencias en el flujo del tráfico, prever el ritmo de los diferentes días (la actividad de las mañanas laborables, la relativa tranquilidad de los fines de semana, el contraste entre los sábados y los domingos).
Y luego, poco a poco, empecé a reconocer las caras de la gente en segundo plano, los transeúntes camino de su trabajo, las mismas personas en el mismo lugar todas las mañanas, viviendo un instante de sus vidas en el objetivo de la cámara de Auggie.

Una vez que llegué a conocerles, empecé a estudiar sus posturas, la diferencia en su porte de una mañana a la siguiente, tratando de descubrir sus estados de ánimo por estos indicios superficiales, como si pudiera imaginar historias para ellos, como si pudiera penetrar en los invisibles dramas encerrados dentro de sus cuerpos.
Cogí otro álbum.
Ya no estaba aburrido ni desconcertado como al principio.
Me di cuenta de que Auggie estaba fotografiando el tiempo, el tiempo natural y el tiempo humano, y lo hacía plantándose en una minúscula esquina del mundo y deseando que fuera suya, montando guardia en el espacio que había elegido para sí.
Mirándome mientras yo examinaba su trabajo, Auggie continuaba sonriendo con gusto.
Luego, casi como si hubiera estado leyendo mis pensamientos, empezó a recitar un verso de Shakespeare.

- Mañana y mañana y mañana – murmuró entre dientes -, el tiempo avanza con pasos menudos y cautelosos.

Comprendí entonces que sabía exactamente lo que estaba haciendo.

A principios de esa misma semana me había llamado un hombre del New York Times y me había preguntado si querría escribir un cuento que aparecería en el periódico el día de Navidad.
Mi primer impulso fue decir que no, pero el hombre era muy persuasivo y amable, y al final de la conversación le dije que lo intentaría.
En cuanto colgué el teléfono, sin embargo, caí en un profundo pánico.
¿Qué sabía yo sobre la Navidad?, me pregunté.
¿Qué sabía yo de escribir cuentos por encargo?

Pasé los siguientes días desesperado; guerreando con los fantasmas de Dickens, O. Henry y otros maestros del espíritu de la Natividad.
Las propias palabras “cuento de Navidad” tenían desagradables connotaciones para mí, en su evocación de espantosas efusiones de hipócrita sensiblería y melaza.
Ni siquiera los mejores cuentos de Navidad eran otra cosa que sueños de deseos, cuentos de hadas para adultos, y por nada del mundo me permitiría escribir algo así.
Sin embargo, ¿cómo podía nadie proponerse escribir un cuento de Navidad que no fuera sentimental?
Era una contradicción en los términos, una imposibilidad, una paradoja.
Sería como tratar de imaginar un caballo de carreras sin patas o un gorrión sin alas.

No conseguía nada.
El jueves salí a dar un largo paseo, confiando en que el aire me despejaría la cabeza.
Justo después del mediodía entré en el estanco para reponer mis existencias, y allí estaba Auggie, de pie detrás del mostrador, como siempre.
Me preguntó cómo estaba.
Sin proponérmelo realmente, me encontré descargando mis preocupaciones sobre él.

- ¿Un cuento de Navidad? – dijo él cuando yo hube terminado.
¿Sólo es eso?
Si me invitas a comer, amigo mío, te contaré el mejor cuento de Navidad que hayas oído nunca.
Y te garantizo que hasta la última palabra es verdad.

Fuimos a Jack’s, un restaurante angosto y ruidoso que tiene buenos sandwiches de pastrami y fotografías de antiguos equipos de los Dodgers colgadas de las paredes.
Encontramos una mesa al fondo, pedimos nuestro almuerzo y luego Auggie se lanzó a contarme su historia.

- Fue en el verano del setenta y dos – dijo.
Una mañana entró un chico y empezó a robar cosas de la tienda.
Tendría unos diecinueve o veinte años, y creo que no he visto en mi vida un ratero de tiendas más patético.
Estaba de pie al lado del expositor de periódicos de la pared del fondo, metiéndose libros en los bolsillos del impermeable.
Había mucha gente junto al mostrador en aquel momento, así que al principio no le vi.
Pero cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo, empecé a gritar.
Echó a correr como una liebre, y cuando yo conseguí salir de detrás del mostrador, él ya iba como una exhalación por la avenida Atlantic.
Le perseguí más o menos media manzana, y luego renuncié.
Se le había caído algo, y como yo no tenía ganas de seguir corriendo me agaché para ver lo que era.

Resultó que era su cartera.
No había nada de dinero, pero sí su carnet de conducir junto con tres o cuatro fotografías.
Supongo que podría haber llamado a la poli para que le arrestara.
Tenía su nombre y dirección en el carnet, pero me dio pena.
No era más que un pobre desgraciado, y cuando miré las fotos que llevaba en la cartera, no fui capaz de enfadarme con él.
Robert Goodwin. Así se llamaba.
Recuerdo que en una de las fotos estaba de pie rodeando con el brazo a su madre o abuela.
En otra estaba sentado a los nueve o diez años vestido con un uniforme de béisbol y con una gran sonrisa en la cara.
No tuve valor.
Me figuré que probablemente era drogadicto.
Un pobre chaval de Brooklyn sin mucha suerte, y, además, ¿qué importaban un par de libros de bolsillo?

Así que me quedé con la cartera.
De vez en cuando sentía el impulso de devolvérsela, pero lo posponía una y otra vez y nunca hacía nada al respecto.
Luego llega la Navidad y yo me encuentro sin nada que hacer.
Generalmente el jefe me invita a pasar el día en su casa, pero ese año él y su familia estaban en Florida visitando a unos parientes.
Así que estoy sentado en mi piso esa mañana compadeciéndome un poco de mí mismo, y entonces veo la cartera de Robert Goodwin sobre un estante de la cocina.
Pienso qué diablos, por qué no hacer algo bueno por una vez, así que me pongo el abrigo y salgo para devolver la cartera personalmente.

La dirección estaba en Boerum Hill, en las casas subvencionadas.
Aquel día helaba, y recuerdo que me perdí varias veces tratando de encontrar el edificio.
Allí todo parece igual, y recorres una y otra vez la misma calle pensando que estás en otro sitio.
Finalmente encuentro el apartamento que busco y llamo al timbre.
No pasa nada.
Deduzco que no hay nadie, pero lo intento otra vez para asegurarme.
Espero un poco más y, justo cuando estoy a punto de marcharme, oigo que alguien viene hacia la puerta arrastrando los pies.
Una voz de vieja pregunta quién es, y yo contesto que estoy buscando a Robert Goodwin.

- ¿Eres tú, Robert? – dice la vieja, y luego descorre unos quince cerrojos y abre la puerta.

Debe tener por lo menos ochenta años, quizá noventa, y lo primero que noto es que es ciega.

- Sabía que vendrías, Robert – dice -.
Sabía que no te olvidarías de tu abuela Ethel en Navidad.

Y luego abre los brazos como si estuviera a punto de abrazarme.

Yo no tenía mucho tiempo para pensar, ¿comprendes?
Tenía que decir algo deprisa y corriendo, y antes de que pudiera darme cuenta de lo que estaba ocurriendo, oí que las palabras salían de mi boca.

- Está bien, abuela Ethel – dij e-.
He vuelto para verte el día de Navidad.

No me preguntes por qué lo hice.
No tengo ni idea.
Puede que no quisiera decepcionarla o algo así, no lo sé.
Simplemente salió así y de pronto, aquella anciana me abrazaba delante de la puerta y yo la abrazaba a ella.

No llegué a decirle que era su nieto.
No exactamente, por lo menos, pero eso era lo que parecía.
Sin embargo, no estaba intentando engañarla.
Era como un juego que los dos habíamos decidido jugar, sin tener que discutir las reglas.
Quiero decir que aquella mujer sabía que yo no era su nieto Robert.
Estaba vieja y chocha, pero no tanto como para no notar la diferencia entre un extraño y su propio nieto.
Pero la hacía feliz fingir, y puesto que yo no tenía nada mejor que hacer, me alegré de seguirle la corriente.

Así que entramos en el apartamento y pasamos el día juntos.
Aquello era un verdadero basurero, podría añadir, pero ¿qué otra cosa se puede esperar de una ciega que se ocupa ella misma de la casa?
Cada vez que me preguntaba cómo estaba yo le mentía.
Le dije que había encontrado un buen trabajo en un estanco, le dije que estaba a punto de casarme, le conté cien cuentos chinos, y ella hizo como que se los creía todos.

- Eso es estupendo, Robert – decía, asintiendo con la cabeza y sonriendo.
Siempre supe que las cosas te saldrían bien.

Al cabo de un rato, empecé a tener hambre.
No parecía haber mucha comida en la casa, así que me fui a una tienda del barrio y llevé un montón de cosas.
Un pollo precocinado, sopa de verduras, un recipiente de ensalada de patatas, pastel de chocolate, toda clase de cosas.
Ethel tenía un par de botellas de vino guardadas en su dormitorio, así que entre los dos conseguimos preparar una comida de Navidad bastante decente.
Recuerdo que los dos nos pusimos un poco alegres con el vino, y cuando terminamos de comer fuimos a sentarnos en el cuarto de estar, donde las butacas eran más cómodas.
Yo tenía que hacer pis, así que me disculpé y fui al cuarto de baño que había en el pasillo.
Fue entonces cuando las cosas dieron otro giro.
Ya era bastante disparatado que hiciera el numerito de ser el nieto de Ethel, pero lo que hice luego fue una verdadera locura, y nunca me he perdonado por ello.

Entro en el cuarto de baño y, apiladas contra la pared al lado de la ducha, veo un montón de seis o siete cámaras.
De treinta y cinco milímetros, completamente nuevas, aún en sus cajas, mercancía de primera calidad.
Deduzco que eso es obra del verdadero Robert, un sitio donde almacenar botín reciente.
Yo no había hecho una foto en mi vida, y ciertamente nunca había robado nada, pero en cuanto veo esas cámaras en el cuarto de baño, decido que quiero una para mí.
Así de sencillo.
Y, sin pararme a pensarlo, me meto una de las cajas bajo el brazo y vuelvo al cuarto de estar.

No debí ausentarme más de unos minutos, pero en ese tiempo la abuela Ethel se había quedado dormida en su butaca.
Demasiado Chianti, supongo.
Entré en la cocina para fregar los platos y ella siguió durmiendo a pesar del ruido, roncando como un bebé.
No parecía lógico molestarla, así que decidí marcharme.
Ni siquiera podía escribirle una nota de despedida, puesto que era ciega y todo eso, así que simplemente me fui.
Dejé la cartera de su nieto en la mesa, cogí la cámara otra vez y salí del apartamento.
Y ése es el final de la historia.

- ¿Volviste alguna vez? – le pregunté.

- Una sola – contestó.
Unos tres o cuatro meses después.
Me sentía tan mal por haber robado la cámara que ni siquiera la había usado aún.
Finalmente tomé la decisión de devolverla, pero la abuela Ethel ya no estaba allí.
No sé qué le había pasado, pero en el apartamento vivía otra persona y no sabía decirme dónde estaba ella.

- Probablemente había muerto.

- Sí, probablemente.

- Lo cual quiere decir que pasó su última Navidad contigo.

- Supongo que sí.
Nunca se me había ocurrido pensarlo.

- Fue una buena obra, Auggie.
Hiciste algo muy bonito por ella.

- Le mentí y luego le robé.
No veo cómo puedes llamarle a eso una buena obra.

- La hiciste feliz.
Y además la cámara era robada.
No es como si la persona a quien se la quitaste fuese su verdadero propietario.

- Todo por el arte, ¿eh, Paul?

- Yo no diría eso.
Pero por lo menos le has dado un buen uso a la cámara.

- Y ahora tienes un cuento de Navidad, ¿no?

- Sí – dije -.
Supongo que sí.

Hice una pausa durante un momento, mirando a Auggie mientras una sonrisa malévola se extendía por su cara.
Yo no podía estar seguro, pero la expresión de sus ojos en aquel momento era tan misteriosa, tan llena del resplandor de algún placer interior, que repentinamente se me ocurrió que se había inventado toda la historia.
Estuve a punto de preguntarle si se había quedado conmigo, pero luego comprendí que nunca me lo diría.
Me había embaucado, y eso era lo único que importaba.
Mientras haya una persona que se la crea, no hay ninguna historia que no pueda ser verdad.

- Eres un as, Auggie – dije -.
Gracias por ayudarme.

- Siempre que quieras – contestó él, mirándome aún con aquella luz maníaca en los ojos.
Después de todo, si no puedes compartir tus secretos con los amigos, ¿qué clase de amigo eres?

- Supongo que estoy en deuda contigo.

- No, no.
Simplemente escríbela como yo te la he contado y no me deberás nada.

- Excepto el almuerzo.

- Eso es.
Excepto el almuerzo.

Devolví la sonrisa de Auggie con otra mía y luego llamé al camarero y pedí la cuenta.

Pasé los siguientes días desesperado; guerreando con los fantasmas de Dickens, O. Henry y otros maestros del espíritu de la Natividad.
Las propias palabras “cuento de Navidad” tenían desagradables connotaciones para mí, en su evocación de espantosas efusiones de hipócrita sensiblería y melaza.
Ni siquiera los mejores cuentos de Navidad eran otra cosa que sueños de deseos, cuentos de hadas para adultos, y por nada del mundo me permitiría escribir algo así.
Sin embargo, ¿cómo podía nadie proponerse escribir un cuento de Navidad que no fuera sentimental?
Era una contradicción en los términos, una imposibilidad, una paradoja.
Sería como tratar de imaginar un caballo de carreras sin patas o un gorrión sin alas.

No conseguía nada.
El jueves salí a dar un largo paseo, confiando en que el aire me despejaría la cabeza.
Justo después del mediodía entré en el estanco para reponer mis existencias, y allí estaba Auggie, de pie detrás del mostrador, como siempre.
Me preguntó cómo estaba.
Sin proponérmelo realmente, me encontré descargando mis preocupaciones sobre él.

- ¿Un cuento de Navidad? – dijo él cuando yo hube terminado.
¿Sólo es eso?
Si me invitas a comer, amigo mío, te contaré el mejor cuento de Navidad que hayas oído nunca.
Y te garantizo que hasta la última palabra es verdad.

Fuimos a Jack’s, un restaurante angosto y ruidoso que tiene buenos sandwiches de pastrami y fotografías de antiguos equipos de los Dodgers colgadas de las paredes.
Encontramos una mesa al fondo, pedimos nuestro almuerzo y luego Auggie se lanzó a contarme su historia.

- Fue en el verano del setenta y dos – dijo.
Una mañana entró un chico y empezó a robar cosas de la tienda.
Tendría unos diecinueve o veinte años, y creo que no he visto en mi vida un ratero de tiendas más patético.
Estaba de pie al lado del expositor de periódicos de la pared del fondo, metiéndose libros en los bolsillos del impermeable.
Había mucha gente junto al mostrador en aquel momento, así que al principio no le vi.
Pero cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo, empecé a gritar.
Echó a correr como una liebre, y cuando yo conseguí salir de detrás del mostrador, él ya iba como una exhalación por la avenida Atlantic.
Le perseguí más o menos media manzana, y luego renuncié.
Se le había caído algo, y como yo no tenía ganas de seguir corriendo me agaché para ver lo que era.

Resultó que era su cartera.
No había nada de dinero, pero sí su carnet de conducir junto con tres o cuatro fotografías.
Supongo que podría haber llamado a la poli para que le arrestara.
Tenía su nombre y dirección en el carnet, pero me dio pena.
No era más que un pobre desgraciado, y cuando miré las fotos que llevaba en la cartera, no fui capaz de enfadarme con él.
Robert Goodwin. Así se llamaba.
Recuerdo que en una de las fotos estaba de pie rodeando con el brazo a su madre o abuela.
En otra estaba sentado a los nueve o diez años vestido con un uniforme de béisbol y con una gran sonrisa en la cara.
No tuve valor.
Me figuré que probablemente era drogadicto.
Un pobre chaval de Brooklyn sin mucha suerte, y, además, ¿qué importaban un par de libros de bolsillo?

Así que me quedé con la cartera.
De vez en cuando sentía el impulso de devolvérsela, pero lo posponía una y otra vez y nunca hacía nada al respecto.
Luego llega la Navidad y yo me encuentro sin nada que hacer.
Generalmente el jefe me invita a pasar el día en su casa, pero ese año él y su familia estaban en Florida visitando a unos parientes.
Así que estoy sentado en mi piso esa mañana compadeciéndome un poco de mí mismo, y entonces veo la cartera de Robert Goodwin sobre un estante de la cocina.
Pienso qué diablos, por qué no hacer algo bueno por una vez, así que me pongo el abrigo y salgo para devolver la cartera personalmente.

La dirección estaba en Boerum Hill, en las casas subvencionadas.
Aquel día helaba, y recuerdo que me perdí varias veces tratando de encontrar el edificio.
Allí todo parece igual, y recorres una y otra vez la misma calle pensando que estás en otro sitio.
Finalmente encuentro el apartamento que busco y llamo al timbre.
No pasa nada.
Deduzco que no hay nadie, pero lo intento otra vez para asegurarme.
Espero un poco más y, justo cuando estoy a punto de marcharme, oigo que alguien viene hacia la puerta arrastrando los pies.
Una voz de vieja pregunta quién es, y yo contesto que estoy buscando a Robert Goodwin.

- ¿Eres tú, Robert? – dice la vieja, y luego descorre unos quince cerrojos y abre la puerta.

Debe tener por lo menos ochenta años, quizá noventa, y lo primero que noto es que es ciega.

- Sabía que vendrías, Robert – dice -.
Sabía que no te olvidarías de tu abuela Ethel en Navidad.

Y luego abre los brazos como si estuviera a punto de abrazarme.

Yo no tenía mucho tiempo para pensar, ¿comprendes?
Tenía que decir algo deprisa y corriendo, y antes de que pudiera darme cuenta de lo que estaba ocurriendo, oí que las palabras salían de mi boca.

- Está bien, abuela Ethel – dij e-.
He vuelto para verte el día de Navidad.

No me preguntes por qué lo hice.
No tengo ni idea.
Puede que no quisiera decepcionarla o algo así, no lo sé.
Simplemente salió así y de pronto, aquella anciana me abrazaba delante de la puerta y yo la abrazaba a ella.

No llegué a decirle que era su nieto.
No exactamente, por lo menos, pero eso era lo que parecía.
Sin embargo, no estaba intentando engañarla.
Era como un juego que los dos habíamos decidido jugar, sin tener que discutir las reglas.
Quiero decir que aquella mujer sabía que yo no era su nieto Robert.
Estaba vieja y chocha, pero no tanto como para no notar la diferencia entre un extraño y su propio nieto.
Pero la hacía feliz fingir, y puesto que yo no tenía nada mejor que hacer, me alegré de seguirle la corriente.

Así que entramos en el apartamento y pasamos el día juntos.
Aquello era un verdadero basurero, podría añadir, pero ¿qué otra cosa se puede esperar de una ciega que se ocupa ella misma de la casa?
Cada vez que me preguntaba cómo estaba yo le mentía.
Le dije que había encontrado un buen trabajo en un estanco, le dije que estaba a punto de casarme, le conté cien cuentos chinos, y ella hizo como que se los creía todos.

- Eso es estupendo, Robert – decía, asintiendo con la cabeza y sonriendo.
Siempre supe que las cosas te saldrían bien.

Al cabo de un rato, empecé a tener hambre.
No parecía haber mucha comida en la casa, así que me fui a una tienda del barrio y llevé un montón de cosas.
Un pollo precocinado, sopa de verduras, un recipiente de ensalada de patatas, pastel de chocolate, toda clase de cosas.
Ethel tenía un par de botellas de vino guardadas en su dormitorio, así que entre los dos conseguimos preparar una comida de Navidad bastante decente.
Recuerdo que los dos nos pusimos un poco alegres con el vino, y cuando terminamos de comer fuimos a sentarnos en el cuarto de estar, donde las butacas eran más cómodas.
Yo tenía que hacer pis, así que me disculpé y fui al cuarto de baño que había en el pasillo.
Fue entonces cuando las cosas dieron otro giro.
Ya era bastante disparatado que hiciera el numerito de ser el nieto de Ethel, pero lo que hice luego fue una verdadera locura, y nunca me he perdonado por ello.

Entro en el cuarto de baño y, apiladas contra la pared al lado de la ducha, veo un montón de seis o siete cámaras.
De treinta y cinco milímetros, completamente nuevas, aún en sus cajas, mercancía de primera calidad.
Deduzco que eso es obra del verdadero Robert, un sitio donde almacenar botín reciente.
Yo no había hecho una foto en mi vida, y ciertamente nunca había robado nada, pero en cuanto veo esas cámaras en el cuarto de baño, decido que quiero una para mí.
Así de sencillo.
Y, sin pararme a pensarlo, me meto una de las cajas bajo el brazo y vuelvo al cuarto de estar.

No debí ausentarme más de unos minutos, pero en ese tiempo la abuela Ethel se había quedado dormida en su butaca.
Demasiado Chianti, supongo.
Entré en la cocina para fregar los platos y ella siguió durmiendo a pesar del ruido, roncando como un bebé.
No parecía lógico molestarla, así que decidí marcharme.
Ni siquiera podía escribirle una nota de despedida, puesto que era ciega y todo eso, así que simplemente me fui.
Dejé la cartera de su nieto en la mesa, cogí la cámara otra vez y salí del apartamento.
Y ése es el final de la historia.

- ¿Volviste alguna vez? – le pregunté.

- Una sola – contestó.
Unos tres o cuatro meses después.
Me sentía tan mal por haber robado la cámara que ni siquiera la había usado aún.
Finalmente tomé la decisión de devolverla, pero la abuela Ethel ya no estaba allí.
No sé qué le había pasado, pero en el apartamento vivía otra persona y no sabía decirme dónde estaba ella.

- Probablemente había muerto.

- Sí, probablemente.

- Lo cual quiere decir que pasó su última Navidad contigo.

- Supongo que sí.
Nunca se me había ocurrido pensarlo.

- Fue una buena obra, Auggie.
Hiciste algo muy bonito por ella.

- Le mentí y luego le robé.
No veo cómo puedes llamarle a eso una buena obra.

- La hiciste feliz.
Y además la cámara era robada.
No es como si la persona a quien se la quitaste fuese su verdadero propietario.

- Todo por el arte, ¿eh, Paul?

- Yo no diría eso.
Pero por lo menos le has dado un buen uso a la cámara.

- Y ahora tienes un cuento de Navidad, ¿no?

- Sí – dije -.
Supongo que sí.

Hice una pausa durante un momento, mirando a Auggie mientras una sonrisa malévola se extendía por su cara.
Yo no podía estar seguro, pero la expresión de sus ojos en aquel momento era tan misteriosa, tan llena del resplandor de algún placer interior, que repentinamente se me ocurrió que se había inventado toda la historia.
Estuve a punto de preguntarle si se había quedado conmigo, pero luego comprendí que nunca me lo diría.
Me había embaucado, y eso era lo único que importaba.
Mientras haya una persona que se la crea, no hay ninguna historia que no pueda ser verdad.

- Eres un as, Auggie – dije -.
Gracias por ayudarme.

- Siempre que quieras – contestó él, mirándome aún con aquella luz maníaca en los ojos.
Después de todo, si no puedes compartir tus secretos con los amigos, ¿qué clase de amigo eres?

- Supongo que estoy en deuda contigo.

- No, no.
Simplemente escríbela como yo te la he contado y no me deberás nada.

- Excepto el almuerzo.

- Eso es.
Excepto el almuerzo.

Devolví la sonrisa de Auggie con otra mía y luego llamé al camarero y pedí la cuenta.

 
texto: Smoke & Blue in the face,
Paul Auster

Editorial Anagrama
 

PABLO CASTRO LEGUIZAMÓN: imperdible !

Publicado en Parodias el 23 de Diciembre, 2011, 19:39 por MScalona

CLICKEANDO allí se ve  a PABLO CASTRO LEGUIZAMÓN

y ERIKA ARÍSTIDES, haciendo  “Yo no soy Bukowski”…

-

ojo con el ataque de risa !!!!!!!!!!!!!!!!!

-

https://www.facebook.com/home.php?ref=hp#!/scalona/posts/221467631262095?notif_t=share_comment

LA CRÍTICA LITERARIA ACTUAL

Publicado en Ensayo el 23 de Diciembre, 2011, 12:48 por MScalona

-

Un reportaje del diario EL PAÍS, 26 nov. 2011

www.elpais.com

donde releva la opinión de distintos

editores de suplementos literarios del mundo

MUY INTERESANTE...

VIRTUDES Y DEFECTOS de la Crítica Literaria Actual

Jorge Aulicino

Poeta y editor del suplemento Ñ, de Clarín (Argentina)

Jorge Aulicino

Poeta y editor del suplemento Ñ, de Clarín (Argentina)

Resaltan más sus defectos, por cuanto sus espacios han aumentado. Hay más espacios de crítica porque la industria aumentó. Y el principal defecto es la complacencia con ese estado. Los críticos están demasiado vinculados a la industria editorial; son, a la par que críticos, ensayistas o novelistas, o poetas o autores de libros de crítica. Por otra parte, comparten demasiados saraos y vida socioliteraria con los escritores, y no quieren pelearse con ellos. Hay muchas excepciones, pero gran parte de la crítica resulta publicidad encubierta.

Jordi Gracia

La tendencia a creer en su empeoramiento es casi invencible. La crítica es más previsible para muchos porque nosotros mismos somos los previsibles. El rasgo más llamativo es la propensión a una brevedad extrema que tiende a favorecer el impresionismo analítico y el comentario de lectura más que el análisis metódico o contextualizado o vinculado a otras obras y tradiciones.

Claire Armitstead

El mayor problema (a diferencia de otras artes) es que no hay ninguna estructura profesional en ella, de modo que la mayoría de los críticos tienen que combinar las reseñas con ganarse la vida ya sea como escritores o como profesores, lo cual pone en peligro su independencia.

El mayor problema (a diferencia de otras artes) es que no hay ninguna estructura profesional en ella, de modo que la mayoría de los críticos tienen que combinar las reseñas con ganarse la vida ya sea como escritores o como profesores, lo cual pone en peligro su independencia.

José María Pozuelo Yvancos

Hay dos principales defectos: el primero, de carácter general, es que la critica ejercida en un periódico o suplemento no siempre se separa bien de las leyes del mercado, porque el mismo suplemento, el medio, también es mercado, y debe hablar de lo que la gente habla. Esta pulsión de novedad, y de énfasis en "estar en la onda", es el principal defecto. Si la crítica termina hablando igual que el mercado y sigue sin más sus leyes se hará innecesaria por redundante. Refiriéndome al crítico, el principal defecto es que crea que su gloria o su lugar coincide con el que le concede el periódico. Muchas veces la mucha significación del crítico es directamente proporcional a su insignificancia. En cuanto a las virtudes: qué bien que una pequeña editorial o una autora de la que el mercado no habla sale a superficie porque un suplemento (o un crítico) llama la atención sobre ella, y la descubre. Contribuir a la visibilidad de quien vale, incluso al margen del mercado, seria quizá la mejor virtud de la crítica.

Hay dos principales defectos: el primero, de carácter general, es que la critica ejercida en un periódico o suplemento no siempre se separa bien de las leyes del mercado, porque el mismo suplemento, el medio, también es mercado, y debe hablar de lo que la gente habla. Esta pulsión de novedad, y de énfasis en "estar en la onda", es el principal defecto. Si la crítica termina hablando igual que el mercado y sigue sin más sus leyes se hará innecesaria por redundante. Refiriéndome al crítico, el principal defecto es que crea que su gloria o su lugar coincide con el que le concede el periódico. Muchas veces la mucha significación del crítico es directamente proporcional a su insignificancia. En cuanto a las virtudes: qué bien que una pequeña editorial o una autora de la que el mercado no habla sale a superficie porque un suplemento (o un crítico) llama la atención sobre ella, y la descubre. Contribuir a la visibilidad de quien vale, incluso al margen del mercado, seria quizá la mejor virtud de la crítica.

Mario Jursich

Periodista, escritor y subdirector de la revista El Malpensante (Colombia)

Periodista, escritor y subdirector de la revista El Malpensante (Colombia)

Las virtudes son más o menos las mismas de siempre: iluminar el sentido de un libro, ponerlo en relación con su contexto y con otros libros, explicar sus mecanismos de composición, etcétera. Los males son básicamente dos: 1. La idea firmemente arraigada de que la crítica literaria no es una instancia de reflexión sino parte del proceso de promoción del libro. 2. La convicción, no menos arraigada, de que la mala prosa es fundamental para hablar de literatura.

Marie Arana

En Estados Unidos ha perdido su vigor. Hay poca espontaneidad y emoción en el análisis de los libros. Si existe espontaneidad es en la dispersión de blogs literarios, pero son indisciplinados, están pobremente escritos y, a menudo, descuidados. Ninguno se ha revelado como una voz influyente.

En Estados Unidos ha perdido su vigor. Hay poca espontaneidad y emoción en el análisis de los libros. Si existe espontaneidad es en la dispersión de blogs literarios, pero son indisciplinados, están pobremente escritos y, a menudo, descuidados. Ninguno se ha revelado como una voz influyente.

Iván Thays

Escritor y bloguero de Moleskine literario y Basta de carátulas (Perú)

Escritor y bloguero de Moleskine literario y Basta de carátulas (Perú)

Su principal virtud está en no haber cedido, en la mayoría de los casos, al lector menos aventajado, el no haberse trivializado (como sucedió con las reseñas literarias, cada vez más parecidas a contratapas). Su principal defecto es no conseguir deshacerse del lenguaje académico codificado, el crear tendencias que no existen y el distanciarse de los nuevos fenómenos (salvo excepciones). Lo peor es que la crítica sigue buscando ser canónica y sesgada, pese a que la literatura actual es anticanónica y más bien dispersa y muy versátil.

Bernard Pivot

El principal defecto es cuando los críticos escriben para ellos mismos o sus amigos. No escriben para el público.

El principal defecto es cuando los críticos escriben para ellos mismos o sus amigos. No escriben para el público.

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la foto (DAVID VIÑAS) es un homenaje (mío) a uno de nuestros

mayores críticos literarios del siglo XX.-

"ASFIXIA", reseña de Beatriz Vignoli

Publicado en Ensayo el 22 de Diciembre, 2011, 15:33 por MScalona

CULTURA / ESPECTACULOS ›

 LITERATURA. SE PRESENTA ASFIXIA, DE ELISA BELLMANN.

Oscuros pliegues de la mente

Crimen, psicoanálisis y años de plomo, el cóctel que propone la autora resulta irresistible. Finalista del premio Clarín Alfaguara en 2009, la novela ha sido publicada por la colección "Ciudad y orilla" de la editorial Homo Sapiens.

-

 Por Beatriz Vignoli

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Hoy a las 19.30, en el auditorio de Sarmiento 763 se presenta un nuevo libro de la editorial rosarina Homo Sapiens: Asfixia, novela de la psicoanalista y escritora Elisa Bellmann que fue finalista del premio Clarín Alfaguara 2009. Es el último título de 2011 en la colección de narrativa local "Ciudad y Orilla" que dirige Marcelo Scalona desde este año, y que ya publicó obras de Ebel Barat, Daniel Briguet, Patricia Suárez, Alma Maritano y Miguel Sedoff, entre otros. Disertarán Jorgelina Núñez (revista Ñ) y el director de la colección.

Elisa Bellmann (Paraná, Entre Ríos, 1956) estudió psicología en la Universidad Nacional de Rosario, en la agitada década de 1970. Vive en Rosario, donde se dedica a la clínica psicoanalítica y ha contribuido en proyectos sociales y de participación ciudadana. Ya desde el epígrafe de Julián Marías ("lo que no fue aún puede ser") es fácil coincidir con los editores en que esta biografía ha dejado huellas en su primer libro de ficción, un thriller psicológico a dos voces cuyos protagonistas son un médico psiquiatra y una paciente muy especial.

Con todas sus diferencias, la obra tiene algunos motivos en común con un cuento fundante del género policial argentino, "La bolsa de huesos" (1896) de Eduardo Holmberg. La primera entrevista entre los dos personajes evoca, en un lenguaje llano y sin pretensiones, una escena clásica: la del primer encuentro entre el detective privado y su clienta. La misteriosa mujer que se presenta a la consulta es una histérica de libro, una rubia atractiva de cuarenta y pico que desafía la prohibición de fumar, manipula el encuadre, se diagnostica y se interpreta síntomas ("nunca grababa los nombres de la gente. Creó una teoría personal acerca de este fenómeno: una secuela de la represión de los años "70, cuando era indispensable no reunir caras con nombres"). Además, tira las cenizas por la ventana y dice vivir desde los diecinueve años con la identidad de su hermana gemela muerta.

El médico está al final de una carrera signada por su compromiso con ideales de justicia social. Acaba de perder a su amor de toda la vida y le queda una hija, "una médica del siglo XXI" que defiende la ciencia cosificante contra la que él tanto luchó. Es, según su propia mirada neurótica obsesiva sobre sí mismo, un hombre íntegro y solitario, incomprendido, más razonable que los demás: coincide con la figura quijotesca del detective ideal que describió Chandler en "El simple arte de matar". Mucho tiempo atrás este psiquiatra escribió dos trabajos académicos sobre la ética de la responsabilidad, repensada desde sus repercusiones subjetivas. Uno es sobre el filósofo marxista Louis Althusser, quien en 1980 "asesinó a su esposa ahorcándola con la cortina de la ventana" y fue internado como inimputable, pero "la imposibilidad de saldar con una condena su deuda con la sociedad lo arrojó a un estado de culpa atroz" y él murió diez años después.

El otro trabajo se trata de un crimen más cercano en el espacio, si no en el tiempo. Cuando el doctor está por derivar a su insolente paciente a otro colega para deshacerse de ella, se revela una conexión entre el pasado y el presente que atrapa tanto al psiquiatra como al lector. Crimen, psicoanálisis y años de plomo: el cóctel resulta irresistible. A todo esto se le suma el prestigioso tema del doble. El relato es el de un investigador incorruptible que casi treinta años después de un caso que parecía cerrado, y al igual que gran parte de la sociedad argentina en estos últimos años, es confrontado por lo más parecido que puede ofrecer el realismo al fantasma de una víctima.

La fecha de la muerte es significativa: junio de 1977. La sustitución de identidades, como tantas otras por entonces, pasa desapercibida, y no sin consecuencias. Sin embargo, el médico duda. Su desconfianza pone a prueba el relato de la paciente y esto dispara un despliegue del verosímil y del relato mismo. Los "detalles innecesarios" del caso ponen en foco lo que sí le interesa al lector. Y se van revelando oscuros pliegues de la mente humana. Como en "William Wilson" (el cuento de Edgar Allan Poe sobre el fantasma de la conciencia moral), la historia ingresa en pleno territorio de lo ominoso. Cabe suponer que las cosas se pondrán cada vez más difíciles para ambos y más interesantes para quienes sueñen despiertos, página a página, con su pesadilla, de la que sin embargo no se desea despertar.

LEWIS CARROLL : Alicia

Publicado en De Otros. el 21 de Diciembre, 2011, 17:19 por MScalona

Alice Liddell, la niña que inspiró a Lewis Carroll el personaje de ALICIA

EN EL PAÍS DE LAS MARAVILLAS.  La foto es del propio Carroll.

----------------------------------------------------

 

 

¡Niña de frente despejada y pura,

Y ojos ensoñadores de maravilla!

Aunque el tiempo vuele, y tú y yo

Estemos separados por media vida,

Tu amorosa sonrisa seguramente aceptará

El don de amor de un cuento de hadas.

 

No he visto tu rostro resplandeciente,

Ni he escuchado tu risa argentina:

No habrá un pensamiento para mí

En el futuro de tu joven vida…

Ya es bastante que ahora quieras

Escuchar mi fantástica historia.

 

Una historia iniciada en otros días

Cuando ardían los soles del verano…

Una canción simple, que servía para marcar

El ritmo de nuestros remos…

Cuyos ecos viven aún en la memoria,

Aunque los años envidiosos inviten al olvido.

 

¡Ven, escucha entonces, antes que la voz del miedo

Cargada de crueles nuevas,

Convoque al desagradable doncella!

Sólo somos niños más viejos, querida,

Que nos agitamos ante la cercanía de la hora de dormir.

 

Afuera el hielo, la enceguecedora nieve,

El extravagante delirio del viento tormentoso.

Adentro, el rojo resplandor del fuego

Y la alegre guarida de la infancia.

Las palabras mágicas te protegerán:

No notarás la enloquecida ráfaga.

 

Y, aunque la sombra de un suspiro

Pueda temblar a través de la historia,

Por “los felices días del verano” idos

Y la desaparecida gloria del estío…

Ese fúnebre soplo no mancillará

El deleite de nuestro cuento de hadas.

 

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poema que da inicio a ALICIA EN EL PAÍS DE LOS ESPEJOS

la última del año

Publicado en Sugerencias. el 20 de Diciembre, 2011, 20:38 por MScalona

novela finalista del Premio Clarín 2009, con recomendación de ROSA MONTERO

y MATILDE SÁNCHEZ. La presentación es el próximo jueves 22 de diciembre

a las 19,30 hs en auditorio Museo Diario LA CAPITAL, Sarmiento 763.

Acompañarán a la autora, JORGELINA NUÑEZ (Revista Ñ) y MARCELO

SCALONA, editor de Ciudad y Orilla.- Libre y gratuito.-

más PARRA...

Publicado en De Otros. el 20 de Diciembre, 2011, 11:19 por MScalona

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-

    LA VÍBORA

-

Durante largos años estuve condenado a adorar a una mujer despreciable
Sacrificarme por ella, sufrir humillaciones y burlas sin cuento,
Trabajar día y noche para alimentarla y vestirla,
Llevar a cabo algunos delitos, cometer algunas faltas,
A la luz de la luna realizar pequeños robos,
Falsificaciones de documentos comprometedores,
So pena de caer en descrédito ante sus ojos fascinantes.
En horas de comprensión solíamos concurrir a los parques
Y retratarnos juntos manejando una lancha a motor,
O nos íbamos a un café danzante
Donde nos entregábamos a un baile desenfrenado
Que se prolongaba hasta altas horas de la madrugada.
Largos años viví prisionero del encanto de aquella mujer
Que solía presentarse a mi oficina completamente desnuda
Ejecutando las contorsiones más difíciles de imaginar
Con el propósito de incorporar mi pobre alma a su órbita
Y, sobre todo, para extorsionarme hasta el último centavo.
Me prohibía estrictamente que me relacionase con mi familia.
Mis amigos eran separados de mí mediante libelos infamantes
Que la víbora hacía publicar en un diario de su propiedad.
Apasionada hasta el delirio no me daba un instante de tregua,
Exigiéndome perentoriamente que besara su boca
Y que contestase sin dilación sus necias preguntas,
Varias de ellas referentes a la eternidad y a la vida futura
Temas que producían en mí un lamentable estado de ánimo,
Zumbidos de oídos, entrecortadas náuseas, desvanecimientos prematuros
Que ella sabía aprovechar con ese espíritu práctico que la caracterizaba
Para vestirse rápidamente sin pérdida de tiempo
Y abandonar mi departamento dejándome con un palmo de narices.
Esta situación se prolongó por más de cinco años.
Por temporadas vivíamos juntos en una pieza redonda
Que pagábamos a medias en un barrio de lujo cerca del cementerio.
(Algunas noches hubimos de interrumpir nuestra luna de miel
Para hacer frente a las ratas que se colaban por la ventana).

Llevaba la víbora un minucioso libro de cuentas
En el que anotaba hasta el más mínimo centavo que yo le pedía en préstamo;
No me permitía usar el cepillo de dientes que yo mismo le había regalado
Y me acusaba de haber arruinado su juventud:
Lanzando llamas por los ojos me emplazaba a comparecer ante el juez
Y pagarle dentro de un plazo prudente parte de la deuda,
Pues ella necesitaba ese dinero para continuar sus estudios
Entonces hube de salir a la calle a vivir de la caridad pública,
Dormir en los bancos de las plazas,
Donde fui encontrado muchas veces moribundo por la policía
Entre las primeras hojas del otoño.
Felizmente aquel estado de cosas no pasó más adelante,
Porque cierta vez en que yo me encontraba en una plaza también
Posando frente a una cámara fotográfica
Unas deliciosas manos femeninas me vendaron de pronto la vista
Mientras una voz amada para mí me preguntaba quién soy yo.
Tú eres mi amor, respondí con serenidad.
¡Ángel mío, dijo ella nerviosamente,
Permite que me siente en tus rodillas una vez más!
Entonces pude percatarme de que ella se presentaba ahora provista de un pequeño taparrabos.
Fue un encuentro memorable, aunque lleno de notas discordantes:
Me he comprado una parcela, no lejos del matadero, exclamó,
Allí pienso construir una especie de pirámide.
En la que podamos pasar los últimos días de nuestra vida.
Ya he terminado mis estudios, me he recibido de abogado,
Dispongo de buen capital;
Dediquémonos a un negocio productivo, los dos, amor mío, agregó
Lejos del mundo construyamos nuestro nido.
Basta de sandeces, repliqué, tus planes me inspiran desconfianza,
Piensa que de un momento a otro mi verdadera mujer
Puede dejarnos a todos en la miseria más espantosa.
Mis hijos han crecido ya, el tiempo ha transcurrido,
Me siento profundamente agotado, déjame reposar un instante,
Tráeme un poco de agua, mujer,
Consígueme algo de comer en alguna parte,
Estoy muerto de hambre,
No puedo trabajar más para ti,
Todo ha terminado entre nosotros.

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CAMBIOS DE NOMBRE

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A los amantes de las bellas letras
Hago llegar mis mejores deseos
Voy a cambiar de nombre a algunas cosas.

Mi posición es ésta:
El poeta no cumple su palabra
Si no cambia los nombres de las cosas.

¿Con qué razón el sol
Ha de seguir llamándose sol?
¡Pido que se llame Micifuz
El de las botas de cuarenta leguas!

¿Mis zapatos parecen ataúdes?
Sepan que desde hoy en adelante
Los zapatos se llaman ataúdes.
Comuníquese, anótese y publíquese
Que los zapatos han cambiado de nombre:
Desde ahora se llaman ataúdes.

Bueno, la noche es larga
Todo poeta que se estime a sí mismo
Debe tener su propio diccionario
Y antes que se me olvide
Al propio dios hay que cambiarle nombre
Que cada cual lo llame como quiera:
Ese es un problema personal.

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        IX

Ahora que ya revelé mi secreto
quisiera despedirme de todos ustedes
en total armonía conmigo mismo
con un abrazo bien apretado
por haber llevado a feliz término
la misión que el Señor me encomendó
cuando se me apareció en sueños
hace la miseria de 22 años
juro que no le guardo rencor a nadie
ni siquiera a los que pusieron en duda mi virilidad
sepan esos reverendos señores
que soy un hombre totalmente normal
y perdonen si me he expresado en lengua vulgar
es que esa es la lengua de la gente.

RAYMOND CARVER recomienda...

Publicado en Ensayo el 17 de Diciembre, 2011, 13:07 por Massei Natalia

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Escribir un cuento

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 Raymond Carver

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Allá por la mitad de los sesenta empecé a notar los muchos problemas de concentración que me asaltaban ante las obras narrativas voluminosas. Durante un tiempo experimenté idéntica dificultad para leer tales obras como para escribirlas. Mi atención se despistaba; y decidí que no me hallaba en disposición de acometer la redacción de una novela. De todas formas, se trata de una historia angustiosa y hablar de ello puede resultar muy tedioso. Aunque no sea menos cierto que tuvo mucho que ver, todo esto, con mi dedicación a la poesía y a la narración corta. Verlo y soltarlo, sin pena alguna. Avanzar. Por ello perdí toda ambición, toda gran ambición, cuando andaba por los veintitantos años. Y creo que fue buena cosa que así me ocurriera. La ambición y la buena suerte son algo magnífico para un escritor que desea hacerse como tal. Porque una ambición desmedida, acompañada del infortunio, puede matarlo. Hay que tener talento.

Son muchos los escritores que poseen un buen montón de talento; no conozco a escritor alguno que no lo tenga. Pero la única manera posible de contemplar las cosas, la única contemplación exacta, la única forma de expresar aquello que se ha visto, requiere algo más. El mundo según Garp es, por supuesto, el resultado de una visión maravillosa en consonancia con John Irving. También hay un mundo en consonancia con Flannery O’Connor, y otro con William Faulkner, y otro con Ernest Hemingway. Hay mundos en consonancia con Cheever, Updike, Singer, Stanley Elkin, Ann Beattie, Cynthia Ozick, Donald Barthelme, Mary Robinson, William Kitredge, Barry Hannah, Ursula K. LeGuin… Cualquier gran escritor, o simplemente buen escritor, elabora un mundo en consonancia con su propia especificidad.

Tal cosa es consustancial al estilo propio, aunque no se trate, únicamente, del estilo. Se trata, en suma, de la firma inimitable que pone en todas sus cosas el escritor. Este es su mundo y no otro. Esto es lo que diferencia a un escritor de otro. No se trata de talento. Hay mucho talento a nuestro alrededor. Pero un escritor que posea esa forma especial de contemplar las cosas, y que sepa dar una expresión artística a sus contemplaciones, tarda en encontrarse.

Decía Isak Dinesen que ella escribía un poco todos los días, sin esperanza y sin desesperación. Algún día escribiré ese lema en una ficha de tres por cinco, que pegaré en la pared, detrás de mi escritorio… Entonces tendré al menos es ficha escrita. “El esmero es la ÚNICA convicción moral del escritor”. Lo dijo Ezra Pound. No lo es todo aunque signifique cualquier cosa; pero si para el escritor tiene importancia esa “única convicción moral”, deberá rastrearla sin desmayo.

Tengo clavada en mi pared una ficha de tres por cinco, en la que escribí un lema tomado de un relato de Chejov:… Y súbitamente todo empezó a aclarársele. Sentí que esas palabras contenían la maravilla de lo posible. Amo su claridad, su sencillez; amo la muy alta revelación que hay en ellas. Palabras que también tienen su misterio. Porque, ¿qué era lo que antes permanecía en la oscuridad? ¿Qué es lo que comienza a aclararse? ¿Qué está pasando? Bien podría ser la consecuencia de un súbito despertar. Siento una gran sensación de alivio por haberme anticipado a ello.

Una vez escuché al escritor Geoffrey Wolff decir a un grupo de estudiantes: No a los juegos triviales. También eso pasó a una ficha de tres por cinco. Sólo que con una leve corrección: No jugar. Odio los juegos. Al primer signo de juego o de truco en una narración, sea trivial o elaborado, cierro el libro. Los juegos literarios se han convertido últimamente en una pesada carga, que yo, sin embargo, puedo estibar fácilmente sólo con no prestarles la atención que reclaman. Pero también una escritura minuciosa, puntillosa, o plúmbea, pueden echarme a dormir. El escritor no necesita de juegos ni de trucos para hacer sentir cosas a sus lectores. Aún a riesgo de parecer trivial, el escritor debe evitar el bostezo, el espanto de sus lectores.

Hace unos meses, en el New York Times Books Review, John Barth decía que, hace diez años, la gran mayoría de los estudiantes que participaban en sus seminarios de literatura estaban altamente interesados en la “innovación formal”, y eso, hasta no hace mucho, era objeto de atención. Se lamentaba Barth, en su artículo, porque en los ochenta han sido muchos los escritores entregados a la creación de novelas ligeras y hasta “pop”. Argüía que el experimentalismo debe hacerse siempre en los márgenes, en paralelo con las concepciones más libres. Por mi parte, debo confesar que me ataca un poco los nervios oír hablar de “innovaciones formales” en la narración. Muy a menudo, la “experimentación” no es más que un pretexto para la falta de imaginación, para la vacuidad absoluta. Muy a menudo no es más que una licencia que se toma el autor para alienar -y maltratar, incluso- a sus lectores. Esa escritura, con harta frecuencia, nos despoja de cualquier noticia acerca del mundo; se limita a describir una desierta tierra de nadie, en la que pululan lagartos sobre algunas dunas, pero en la que no hay gente; una tierra sin habitar por algún ser humano reconocible; un lugar que quizá sólo resulte interesante para un puñado de especializadísimos científicos.

Sí puede haber, no obstante, una experimentación literaria original que llene de regocijo a los lectores. Pero esa manera de ver las cosas -Barthelme, por ejemplo- no puede ser imitada luego por otro escritor. Eso no sería trabajar. Sólo hay un Barthelme, y un escritor cualquiera que tratase de apropiarse de su peculiar sensibilidad, de su mise en scene, bajo el pretexto de la innovación, no llegará sino al caos, a la dispersión y, lo que es peor, a la decepción de sí mismo. La experimentación de veras será algo nuevo, como pedía Pound, y deberá dar con sus propios hallazgos. Aunque si el escritor se desprende de su sensibilidad no hará otra cosa que transmitirnos noticias de su mundo.

Tanto en la poesía como en la narración breve, es posible hablar de lugares comunes y de cosas usadas comúnmente con un lenguaje claro, y dotar a esos objetos -una silla, la cortina de una ventana, un tenedor, una piedra, un pendiente de mujer- con los atributos de lo inmenso, con un poder renovado. Es posible escribir un diálogo aparentemente inocuo que, sin embargo, provoque un escalofrío en la espina dorsal del lector, como bien lo demuestran las delicias debidas a Navokov. Esa es de entre los escritores, la clase que más me interesa. Odio, por el contrario, la escritura sucia o coyuntural que se disfraza con los hábitos de la experimentación o con la supuesta zafiedad que se atribuye a un supuesto realismo. En el maravilloso cuento de Isaak Babel, Guy de Maupassant, el narrador dice acerca de la escritura: Ningún hierro puede despedazar tan fuertemente el corazón como un punto puesto en el lugar que le corresponde. Eso también merece figurar en una ficha de tres por cinco.

En una ocasión decía Evan Connell que supo de la conclusión de uno de sus cuentos cuando se descubrió quitando las comas mientras leía lo escrito, y volviéndolas a poner después, en una nueva lectura, allá donde antes estuvieran. Me gusta ese procedimiento de trabajo, me merece un gran respeto tanto cuidado. Porque eso es lo que hacemos, a fin de cuentas. Hacemos palabra y deben ser palabras escogidas, puntuadas en donde corresponda, para que puedan significar lo que en verdad pretenden. Si las palabras están en fuerte maridaje con las emociones del escritor, o si son imprecisas e inútiles para la expresión de cualquier razonamiento -si las palabras resultan oscuras, enrevesadas- los ojos del lector deberán volver sobre ellas y nada habremos ganado. El propio sentido de lo artístico que tenga el autor no debe ser comprometido por nosotros. Henry James llamó “especificación endeble” a este tipo de desafortunada escritura.

Tengo amigos que me cuentan que deben acelerar la conclusión de uno de sus libros porque necesitan el dinero o porque sus editores, o sus esposas, les apremian a ello. “Lo haría mejor si tuviera más tiempo”, dicen. No sé qué decir cuando un amigo novelista me suelta algo parecido. Ese no es mi problema. Pero si el escritor no elabora su obra de acuerdo con sus posibilidades y deseos, ¿por qué ocurre tal cosa? Pues en definitiva sólo podemos llevarnos a la tumba la satisfacción de haber hecho lo mejor, de haber elaborado una obra que nos deje contentos. Me gustaría decir a mis amigos escritores cuál es la mejor manera de llegar a la cumbre. No debería ser tan difícil, y debe ser tanto o más honesto que encontrar un lugar querido para vivir. Un punto desde el que desarrollar tus habilidades, tus talentos, sin justificaciones ni excusas. Sin lamentaciones, sin necesidad de explicarse.

En un ensayo titulado “Escribir cuentos”, Flannery O’Connor habla de la escritura como de un acto de descubrimiento. Dice O’Connor que ella, muy a menudo, no sabe a dónde va cuando se sienta a escribir una historia, un cuento… Dice que se ve asaltada por la duda de que los escritores sepan realmente a dónde van cuando inician la redacción de un texto. Habla ella de la “piadosa gente del pueblo”, para poner un ejemplo de cómo jamás sabe cuál será la conclusión de un cuento hasta que está próxima al final:

    “Cuando comencé a escribir el cuento no sabía que Ph.D. acabaría con una pierna de madera. Una buena mañana me descubrí a mí misma haciendo la descripción de dos mujeres de las que sabía algo, y cuando acabé vi que le había dado a una de ellas una hija con una pierna de madera. Recordé al marino bíblico, pero no sabía qué hacer con él. No sabía que robaba una pierna de madera diez o doce líneas antes de que lo hiciera, pero en cuanto me topé con eso supe que era lo que tenía que pasar, que era inevitable.”

Cuando leí esto hace unos cuantos años, me chocó el que alguien pudiera escribir de esa manera. Me pereció descorazonador, acaso un secreto, y creí que jamás sería capaz de hacer algo semejante. Aunque algo me decía que aquel era el camino ineludible para llegar al cuento. Me recuerdo leyendo una y otra vez el ejemplo de O’Connor.

Al fin tomé asiento y me puse a escribir una historia muy bonita, de la que su primera frase me dio la pauta a seguir. Durante días y más días, sin embargo, pensé mucho en esa frase: Él pasaba la aspiradora cuando sonó el teléfono. Sabía que la historia se encontraba allí, que de esas palabras brotaba su esencia. Sentí hasta los huesos que a partir de ese comienzo podría crecer, hacerse el cuento, si le dedicaba el tiempo necesario. Y encontré ese tiempo un buen día, a razón de doce o quince horas de trabajo. Después de la primera frase, de esa primera frase escrita una buena mañana, brotaron otras frases complementarias para complementarla.

Puedo decir que escribí el relato como si escribiera un poema: una línea; y otra debajo; y otra más. Maravillosamente pronto vi la historia y supe que era mía, la única por la que había esperado ponerme a escribir.

Me gusta hacerlo así cuando siento que una nueva historia me amenaza. Y siento que de esa propia amenaza puede surgir el texto. En ella se contiene la tensión, el sentimiento de que algo va a ocurrir, la certeza de que las cosas están como dormidas y prestas a despertar; e incluso la sensación de que no puede surgir de ello una historia. Pues esa tensión es parte fundamental de la historia, en tanto que las palabras convenientemente unidas pueden irla desvelando, cobrando forma en el cuento. Y también son importantes las cosas que dejamos fuera, pues aún desechándolas siguen implícitas en la narración, en ese espacio bruñido (y a veces fragmentario e inestable) que es sustrato de todas las cosas.

La definición que da V.S. Pritcher del cuento como “algo vislumbrado con el rabillo del ojo”, otorga a la mirada furtiva categoría de integrante del cuento. Primero es la mirada. Luego esa mirada ilumina un instante susceptible de ser narrado. Y de ahí se derivan las consecuencias y significados. Por ello deberá el cuentista sopesar detenidamente cada una de sus miradas y valores en su propio poder descriptivo. Así podrá aplicar su inteligencia, y su lenguaje literario (su talento), al propio sentido de la proporción, de la medida de las cosas: cómo son y cómo las ve el escritor; de qué manera diferente a las de los más las contempla. Ello precisa de un lenguaje claro y concreto; de un lenguaje para la descripción viva y en detalle que arroje la luz más necesaria al cuento que ofrecemos al lector. Esos detalles requieren, para concretarse y alcanzar un significado, un lenguaje preciso, el más preciso que pueda hallarse. Las palabras serán todo lo precisas que necesite un tono más llano, pues así podrán contener algo. Lo cual significa que, usadas correctamente, pueden hacer sonar todas las notas, manifestar todos los registros.

VÍCTOR ZENOBI

Publicado en Sugerencias. el 17 de Diciembre, 2011, 13:01 por MScalona
CULTURA / ESPECTACULOS › 

CONTRA TAPAS ROSARINAS,

DE   VICTOR  ZENOBI

Palabras que invitan

a otros mundos

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Obviamente no soy un escritor profesional, lo cual permite mantenerme al margen y disponer de lo consagrado, con las versiones propias de quien cree que, muchas veces, es mejor deslizarse en el error, que nos enseña tanto, y no en conceptos o enunciados verdaderos por demás triviales”, dice Víctor Zenobi en la contratapa de, precisamente, Contra Tapas rosarinas, el libro donde reunió textos publicados, mayoritariamente, en Rosario/12, y que hoy a las 11 (junto a Horacio Ríos, Edgardo Pérez Castillo y el músico José Luis Nocera) presentará en el Centro Cultural Bernardino Rivadavia, San Martín 1080.
Con prólogo de Víctor Hugo Morales, esta obra reunida permite reencontrarse con la sorprendente sapiencia de Zenobi, que aborda con notable talento literatura, filosofía, lógica y cine (“los temas que me interesan”, admite), pero también la lingüística, la crítica, la historia, la vida misma.

Con mirada certera, Zenobi invita al descubrimiento de otros mundos. Sumando fragmentos de exposiciones realizadas en diversos ámbitos culturales y académicos, Contra Tapas logra un repaso por grandes nombres del arte y el pensamiento. Revalorizados, recordados y (en ocasiones) criticados por el autor, aquí conviven Derrida, Baruch Spinoza, Kierkegaard, Sartre, Shakespeare, Don Quijote y Martín Fierro, Kafka y Dante Allighieri, Aldo Oliva, Silvio Rodríguez, Buñuel, Chabrol, Antonioni. Y aún más.

“Este también es un libro de autoayuda. Es bueno para amar la literatura como se ama la vida. Para descubrir magia en cada línea y relacionarse con él como con una sinfonía de varios movimientos”, apunta en su prólogo Víctor Hugo Morales, y concluye: “Zenobi, un Lampedusa rosarino que nos debe su Gatopardo, ha leído con el oído absoluto de los que captan las notas de la naturaleza y luego interpreta su propia sinfonía”.

MATÍAS MAGLIANO: "ahí vamos"

Publicado en Ensayo el 16 de Diciembre, 2011, 11:34 por Mati

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Marce, durante el año traté de enviarte no más que aquellos mails�
necesarios y algún que otro que consideré oportuno… siempre me�
imaginé lo que debe ser la casilla de  un tipo que debe recibir parvas�
de correos… Pero ahora quería felicitarte y agradecerte así que va�
éste… la verdad que es una maravilla el taller (sobra decir que�
superó ampliamente las expectativas que tenía hace un año cuando llené�
la ficha de ingreso).

Desde lo literario es incalculable lo que pude aprender (una porción�
grandísima en lo que a mi respecta de un todo aprehendible mucho mayor�
y que inevitablemente se me fue de las manos y que incluso con el�
correr del tiempo sigo sacándole frutos o continúo aprendiendo y�
espero siga siendo así, montones de libros aún sin leer y cantidad de�
conceptos sin internalizar). Y ese aprendizaje fue y es tanto desde la�
escritura como desde la lectura. Enumerarlo y tratar de escribirlo me�
llevarían páginas enteras y dejaría afuera una enorme cantidad de�
cosas… una verdadera bitácora en un mar de literatura (autores,�
recursos, estilos… de lo heróico al antihéroe, de Melville a�
Palañuck, Calvino, Lispector, Borges, Conti, la estructura clásica, el�
humor clásico, Fontanarrosa, de lo externo a lo instropectivo, el�
monólogo interior, el diario, los diálogos, lo erótico… etcétera y�
etcétera y más etcétera).

Y en todo eso es como si uno se metiera dentro de un mundo al menos�
para mí nuevo (desde el Blog hasta amistades de Facebook) en el que�
sobretodo y en materia cultural se da cuenta de que Rosario también�
existe, y ¡cómo! Descubrir escritores nuevos y también viejos, poder�
encontrar en el blog escritos de personas que uno va conociendo con el�
tiempo y que tiene la oportunidad de leer y de releer y de ir�
encontrando cosas geniales que hacen que uno no se las olvide jamás�
(hablo de los chicos del taller, de los de nuestro grupo y de los�
otros, pienso en Tatuada y en lo demás que publicó en Rosario12�
Natalia Massei, en Clarita de Zappa en Cetribae y Nico Aimetti, etc.�
etc.)… Y todavía no pude leer el anuario…

Y ese "gran taller" creo que conjuga un montón de cuestiones que lo�
hacen ser así como es; como sabés, carezco de otras experiencias de�
talleres (y te dije que quizás de haber caído en algún otro, podría�
haber desertado al segundo día y despotricado contra los talleres…�
ese era el riesgo), pero no creo que sea fácil encontrar uno que sea�
llevado adelante con tanto esmero y dedicación. Se nota mucho que te�
gusta lo que hacés y también que tenés claro qué es lo que buscás…�
se cumplen con creces aquellas premisas que están en la página de que�
no se trata de un grupo de autoayuda ni de un taller de redacción ni�
tantas otras cosas, sino, y creo yo, de formar un grupo humano como el�
que formamos y que junta todo de quienes disfrutamos y queremos�
mejorar nuestra lectura y escritura, pero no de cualquier forma, sino�
de una que nos modifica la forma de vivir por entero.

Obviamente mi suerte no estaba sólo en caer en este taller, sino�
también en el grupo que formamos los que caímos…

Si bien y siempre uno durante el año le iban surgiendo dudas o�
cuestiones del tipo de querer más intervención de tu parte, o por ahí�
una forma más directa (si es que eso es posible en esta materia), con�
el tiempo se va dando cuenta de que un atosigamiento de inicio�
espantaría a cualquiera… Y además que tarde o temprano las cosas�
estaban ahí, en los comentarios, en las fichas, en el aire… y era�
tarea de uno tratar de entender y aprender lo que más pudiera, siempre�
también con las limitaciones de uno. Otra también es que somos muchos�
y que hay personas más susceptibles que otras y debe ser más que�
difícil decidir cuándo y qué decir. De resultas de todo lo cual, como�
estaba, estaba más que bien, ideal diría.

Y a todo esto me faltó agregarle las películas (de Somewere a El árbol�
de la vida, a Guantes Mágicos, etc. etc. y un poco de música con�
Saluzzi) y Jekill & Hyde y las presentaciones de libros (los de Ciudad�
y Orilla y Kuba y etc.)

Bue, y ni hablar de las fiestas y la predisposición, energía y alegría�
para las reuniones… (en este punto creo que en lugar de dos en el�
año tendrían que ser al menos cada quince días…).

También creo que la importancia del taller y en cuanto a producción�
está en eso de que hay que fomentar la dedicación y la práctica y la�
perseverancia, y para eso algo infranqueable (me parece) es poder�
solucionar ese ¿para qué escribo? que se resuelve con un sencillo para�
leerlo el martes, y con ese envión el resto viene solo.

En suma, un taller en el que importa mucho generar sin impartir o�
dirigir un determinado estilo pero estimulando la creatividad de�
todos, teniendo en claro que lo mejor sale de multiplicar lo de todos,�
siempre que vaya acompañado del debido conocimiento y dedicación.

En fin, de un año a esta parte soy otro, ma" mejor pa" mi gusto, así�
que sinceramente gracias por todo y felicitaciones por el taller, y�
como dijiste en aquel primer mail y como te gusta decir: ahí vamos.

Abrazo y hasta el 2012,

                                                             Mati

CINTIA SARTORIO

Publicado en relatos el 16 de Diciembre, 2011, 10:01 por MScalona

El llamado

 

 

 

Rome había ido a buscar los resultados. Eso sería a las siete de la tarde.  Conducía sólo pensando en ello: en Rome entrando al consultorio de la mano de su hermana, la única que aparte de mí y conmigo había sostenido a Rome en esos días. 

El semáforo que me detuvo en Rioja y Corrientes por fin me liberó y doblé por Corrientes sin pensar en el agitado tráfico de un viernes a la tarde. El reloj del tablero marcaba las 6:58 pm. Detenida en el tráfico congestivo y ruidoso sólo pensaba:

-Rome, llamá. ¡Por favor, llamame!

Un grupo de jugadores de rugby se interpuso en mi camino invadiendo el escaso espacio entre los autos. Sus caras de festejos me dolieron al mirarlas tan irónicas y lejanas a mi espera fatigante.

6.59. De un balcón añejo salió un flash que seguramente no me fotografiaba. Una mamá con el coche pidió permiso de cruce y nadie se lo dio mientras alguien, recogía algunos paquetes de regalo coloridos caídos en un intento de sortear la calle.

6.59. El celular entre mis piernas se inmutaba cruel y silencioso.

Busqué en la guantera la virgencita de bronce que siempre me escucha. Necesitaba mirarla un rato para que hiciera que el teléfono sonara. Recé un Padre Nuestro algo improvisado avanzando unos metros con el auto.

Miré de reojo el tablero con temor de ver el reloj marcando las siete y veinte. Un 7.00 destellaba verde e irracional. Un auto azul me pidió paso desde el estacionamiento a mi izquierda y tras de él me lancé para ganar la esquina. El semáforo de Córdoba y Corrientes me detuvo. Estaba toda transpirada y temblaba. No aguantaba más. Los ojos ahora líquidos me confundían el malón de peatonal en una masa deforme y acelerada.

Al fin ese ingrato sonó.

-   ¡Negativo flaca, es negativo!- me dijo Rome entre llantos.

Sentí las lágrimas ácidas carcomer mis pómulos casi incendiados.  Eran las 7:02 cuando la multitud que me sonreía, terminó de pasar.

 

 

                                               Cintia Sartorio

* este es el txt que leyó Cintia en la fiesta de cierre.-

HERNÁN RIVERA LETELIER

Publicado en De Otros. el 16 de Diciembre, 2011, 9:52 por MScalona

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El escritor de epitafios

 

 

Hernán Rivera Letelier,

Chile, 1950

p. 11-13, Ed Alfaguara

 

 

 

Le dicen el Escritor de Epitafios, pero en verdad es un ángel. Un ángel de café. Y como tal lleva una apacible vida bajo el toldo de su café preferido, apacible hasta la tarde en que ve pasar a la niña gótica que le ha de trastocar la existencia para siempre: una niña bella y delicada como sus guantes negros, de encaje, sin dedos.

Con su libreta de apuntes dispuesta sobre la mesa, sus lentes bifocales a media nariz y su tacita de té enfriándose- infusión que Alejandra, la mesera que lo atiende, le prepara en cuanto lo ve llegar (el tinte color violín y medio terrón de azúcar)-, el escritor de Epitafios se pasa la mayor parte del día en la terraza del café del Centro, en el centro de la ciudad. A veces solo, a veces en compañía de sus amigo, los artistas.

Sentado invariablemente en el mismo sitio y siempre en la misma postura- un brazo acodado en la mesa y al mano sosteniendo la barbilla-, se le puede ver sumergido en la composición de sus textos angélicos, o concentrado en sus arcanas reflexiones. O simplemente observando el ir y venir de la gente con una unción sacramental, mientras toma nota y bebe de su té con la parsimonia de un condenado a la eternidad. Uno de sus axiomas recurrentes es que las personas, como los cometas, van dejando una estela a su paso: estelas luminosas, estelas oscuras, estelas leves como velos, recargadas como colas de pavo real. Estelas que nacen desde la expresión del rostro de cada uno.

<<El rostro de uno es el rastro de uno>>, termina musitando con su voz pedregosa. Luego, agrega que el verso pertenece a Jaime Cevallos, un poeta iquiqueño y traslúcido,  y que el  muy ángel tuvo que haberlo escrito en una mesa de café.

Cuando, sorprendido en alguno de sus momentos de reflexión- el codo apoyado en la mesa: la mano sosteniendo la barbilla-, se le pregunta en que está pensado, El escritor de Epitafios- con sarcasmo de creyente o piedad de incrédulo- responde que en el misterio insondable de la existencia o no existencia de Dios. Para luego añadir, en un ligero dejo contemplativo, que ambas alternativas le parecen igual de sorprendentes y maravillosas.

Ante el reclamo irónico de sus amigos, los artistas, de que un ángel no tiene derecho a dudar de la existencia divina, él responde parsimonioso que los ángeles también dudan, queridos feligreses. Ellos, igual que los humanos tampoco han visto nunca a su creador cara a cara. Desde el último escalafón de la jerarquía celestial al que pertenecen- después de serafines, querubines, potestades, principados, virtudes, dominaciones, tronos y arcángeles-, lo único que les queda es la fe, el menoscabado recurso de la fe. Tan igual como a los pobrecitos mortales.

                <<De ahí que solo se sabe de ángeles caídos>>, dice con un leve rictus de        abatimiento en el rostro, <<nunca de algún espécimen de las jerarquías superiores>>.

Artículos anteriores en Diciembre del 2011

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-