"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




30 de Noviembre, 2011


Anuario 2011

Publicado en General el 30 de Noviembre, 2011, 15:24 por MScalona

edición y diseño, CAROLINA MUSA

MATÍAS N. SETTIMO

Publicado en relatos el 30 de Noviembre, 2011, 15:07 por MScalona

Una historia conocida

 -

“Su existencia es aterradora, porque se puede repetir hasta el infinito”

Tununa Mercado

[Canon de alcoba.]

-

-

El azote de los pájaros y tejidos, las terminaciones nerviosas titilantes, bullentes, incandescentes. Todo es rugir de fieras, redobles de tambores. El cuerpo sumergido, obediente, absorto en su propia sinfonía. ¿Cuál es la síntesis perfecta si no la música, conjugándolo todo: carne, diablo y mundo, en un único movimiento? Integrando, mezclando, aunando. El galope incesante de miles de caballos blancos a los que cubrió la noche, y no los dejó ir, acelerando el pulso. El ritmo de las palabras que no se pronuncian, porque antes de hacerlo ya perdieron su sentido. El pensamiento hilarante, atrayente, ilimitado, vuelto uno con ese otro pensamiento hecho carne que es el cuerpo. El mundo renuncia a sus formas, se derriban las convenciones, las reglas, y todos los reinos; oleadas furiosas anuncian la llegada de un nuevo régimen, el del deseo, que se impone, y no hay quién se le revele, él manda.

El acto nunca es el mismo, por más que se lo repita constantemente, sin que varíen los elementos que lo constituyen. El cuerpo entero es un animal apunto de pegar un salto, ­ que grita, aúlla, y se conmueve. La habitación arde, el cuerpo se prende fuego, y tiembla, y en cada espasmo multiplica el placer del anterior.

La mano que esculpe cesa en su movimiento, aún las terminales nerviosas laten, el aire todavía quema, pero la imaginación cae muerta, cuando el más triunfante de los vencidos tan solo… pende.

OSVALDO FARÍAS

Publicado en Cuentos el 30 de Noviembre, 2011, 15:02 por MScalona

Lluvia

-

-

…la señora llovía dulcemente

sobre mis huesos parados en la soledad…

GOTAN –J. Gelman (fragmento)

-

Llueve. Llueve, con cara de mujer, con la cara de ella. En el fondo se golpean algunas ventanas  con esa melancolía de dos cuerpos dormidos y totalmente desnudos sobre un balcón, rodeado de estrellas federales y malvones húmedos, sin importar que alguien  los viera. Y el ruido de la puerta del  baño que se cierra y se abre y después ella que se para en la del dormitorio, húmeda y desnuda, con una toalla en una mano, mientras agita su corta cabellera, y con la otra se sostiene las tetas. Dueña y señora de orgasmos contenidos y yo con esa sed que me despiertan sus líquidos más recónditos.  Y trato de sentir que todo fue mentira, pero no: porque está la memoria llenándome de frases, todas entendibles, pero inútiles. . .  y una vaga excitación sexual  lastima mi cuerpo. Y ahora pienso que el goce es el goce, porque el goce llama al goce.

Me estoy volviendo loco, o me parece. Necesito un analista ¿Un o una? ¿Necesitaré un (o una) analista para que me digan si necesito un analista? Creo que debería ser una. Las minas son más discretas que los hombre, me parece,  porque a nadie le pueden hacer creer eso del secreto profesional. Como los curas tampoco pueden con el secreto de confesión. Ahora que lo escribo me pongo a pensar si no sería mejor hablar con un cura. No, me quedo con una mina. Si eligiera un tipo, analista o cura, los imagino, los veo, contando que tienen un paciente, o un feligrés, que hace dos años viene haciéndose la paja por una mujer que se garchó hace diez, y un coro de risas retumbando en todo el universo. Me cargaría el estigma de que todos se volverían a mirarme, sin ningún tipo de discreción, algunos con pena, otros con malicia, las madres me verían como  un potencial violador, hasta cruzarían de vereda, y los hombres como un pelotudo, un pajero.

Sí, me quedo con una mina. Ella me comprendería. Nunca pisé el consultorio de un analista. Me imagino el sillón,  yo recostado,  y ella sentada en su silla preguntando cómo había empezado todo, y otra vez la lluvia, el agua, silbidos de tormenta.

Una noche calurosa, reunión de amigos, y todos escapando  en sus autos. Yo me tuve que quedar. Había venido en una moto prestada. Tenía que esperar a que cesara la lluvia. El balcón se transformó en nuestra pequeña isla, donde todo el mundo menos nosotros dos habían dejado de existir, una copa rota que le lastima el talón y me dice que mire si no tenía la astilla todavía clavada, y ese primer estremecimiento y después su inocente  voluptuosidad, y a mí que apenas se me ocurre una pobre versificación ¿Y si todo nació en el desnudo pié de una mujer? ¿Y si todo es tan simple? Simple como el color azul, y bello como un poema de Rimbaud. Eso le decía mientras le acariciaba y le besaba el pié, y después terminaba rompiéndole el corpiño, cuando más arreciaba la lluvia. Y el torrente de sangre que galopaba  a borbotones,  como ahora,  y ya no sé si ir al baño o pajearme ante la tele, dejando ese olor tan único y particular, como una huella digital que todos tenemos decía.  Ella olía a cáscara de melón, sobre todo cuando lograba contener el alarido, o el sollozo.

¿Y desde cuando se masturba específicamente por ella, por los recuerdos? ¿Cuanto hace de la relación? Creo que seguiría preguntando la analista

Me gusta lo de masturbarse específicamente. Suena mucho mejor que pajero, y ni hablar de la inclasificable onanista. Lo mío es una vaga melancolía, un amor inconfesable, un parto solitario.

Pajero sería el que lleva una revista de minas en bolas o culeando, o se pajea frente al televisor mirando una película porno. Yo también he llevado algunas revistas de esas a un baño, y solo me asistió un rumor vago, como un magma de voces, o de ecos de voces, murmuradas sistemáticamente en varias lenguas desconocidas. Especies de fetiches, maquillajes corridos, tetas y culos que nunca toqué ni tocaré, inmovilidad, solo papel.  Nada se puede comparar a ella, descalza entre las piedras, o quemándose en la arena de la playa, o corriendo hacia el agua y su risa y su voz apurándose a decir todo. Creo que tengo que ir al baño, casi que  no aguanto más, eso siempre lo supe hacer: esperarla, hasta que gritara ¡mamá! Ya estoy llegando a ese punto. No quisiera ensuciar el sillón.

¿Y cuanto tiempo? Me pregunto yo también. No creo poder decirlo en horas, días, años. Sí podría medirlo en la cantidad de veces que nos devoramos a pedazos. Y las veces que decidimos recrear a don Rigoberto  y a doña Lucrecia, pero sin gatos, pero con mermeladas, miel, cerveza, sidra, y chuparla toda con absoluta devoción, hasta que nos invadieran suaves estremecimientos y así llegar a los ensayos de esa dulce muerte, que un hombre nunca sabe cuándo será la última vez. Y vestirnos y desvestirnos a toda velocidad, porque la verdad de la pasión late debajo de los disfraces mundanos, o levantarnos a comer un sánguche a  las cuatro de la mañana  e irme, porque yo siempre me iba y ninguno de los dos decía nada de porqué yo siempre me iba, abandonaba la isla. Y los celos, y el amor, y la adoración, y una exagerada avidez, y el perpetuo frenesí, y una constante excitación.

Si yo fuera mi analista me preguntaría cómo cambiaría mi vida si la volviera a encontrar. Creí  verla tres o cuatro veces entre las sombras de esas calles poco iluminadas, o a  distancias que la vista suele confundir. Pero una vez la vi de verdad en un luminoso mediodía, no podía  eludir a la malvada memoria. Estaba por cruzar en una esquina, frené, la dejé cruzar, al pasar frente al coche levantó la mano y yo también. Ella como una señal de agradecimiento, estoy seguro que no me reconoció, yo ni sé porque levanté la mano, caminaba lenta y despaciosamente, estaba un poco más gordita, pero apenas me dije, llevaba lentes recetados, igual que yo. Vestía pollera, o un vestido, no supe determinarlo, algo que en aquellos tiempos solo usaba cuando yo se lo pedía, y además sin bombacha porque era más fácil cojer en cualquier lugar de la casa, sin tener que enfrentar los ajustados cintos y pantalones. Me quedé pensando sino se lo había pedido algún otro y ahí nomás la convertí en mi Desdémona. Puse primera y me fui, y estoy seguro que ya no quiero verla más ¿Donde quedó esa cara rejuvenecida por la lujuria y esos pechos intactos, como estandartes?

Qué curioso es el encaminamiento de la memoria. No habrá analista, ni hombre ni mujer, ni siquiera un cura, porque ni Dios logrará matarla en mi recuerdo. Como dice J. Gelman “voy a pasar toda la muerte tendido con su nombre”. Ella seguirá viviendo en mi mente, que ahora la piensa, y es una existencia durable, libre de la corrupción, indemne a las acechanzas de las enfermedades y de la decrepitud de los cuerpos y del alma, que ya se insinúa en ella, la de afuera .

Ya no llueve. Una luna creciente parece ocultarse entre las nubes. Busco una toalla, me desvisto, eludo los espejos donde ella también debería estar. Abro la ducha, nuestra lluvia, tibia, abundante, dejo que me corra por todo el cuerpo. Era ahí donde mejor cojíamos decía ella, y que nunca lo había hecho ahí, y tampoco debajo del agua en el silencioso río, y menos sobre las alfombras, y jamás sobre la mesa de la cocina, y tal vez en los colchones de agua, y…donde siempre era la primera vez, y todas esas mentiras que los hombres deben creer y  gozar como si verdaderamente fuera la primera vez, y sus dulces manos enjabonándome debajo de la cintura, ahogando el alarido, gimiendo despacito, hasta hacer saltar silenciosa y beligerante la esperada eyaculación.

Osvaldo  FARIAS

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-