"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




JUAN M. RODRÍGUEZ

Publicado en relatos el 3 de Noviembre, 2011, 12:25 por MScalona

El extraño y el poeta

 

 

 

 

            Eran las 12.30 de la noche, en la ciudad de Los Ángeles. El extraño entró al bar y pidió un whisky sin hielo. En la otra punta de la barra, un hombre lo miraba con curiosidad. Se acercó, e hizo una seña al tipo de atrás de la barra.

            Dos whiskies sin hielo, dijo, y miró al extraño, que no parecía haber notado su presencia. Es la primera vez que te veo en este bar, ¿sos de por acá? Soy argentino, llegué a la ciudad hace unos meses, por un trabajo. ¿Qué trabajo? No importa, hoy me despidieron. Mi mujer me dejó, no tengo a dónde ir, así que pensé en emborracharme.

            El tipo de la barra sirvió los whiskies.

            Tomá, yo invito. Me llamo Henry. Mucho gusto, me llamo Juan. ¿A qué te dedicabas? Contador. Yo soy poeta. No me digas… yo también era poeta, o algo parecido, cuando era joven, pero lo abandoné. Sí, me había parecido, tengo buen ojo para eso, apenas miro a un tipo y me digo “ese debe ser poeta”. Nunca me equivoco.

            Tomaron su whisky en silencio. Después de un rato, el extraño habló.

            ¿Y… a qué te dedicás además de ser poeta? A nada, ¿no te parece suficiente con ser poeta? Pero los poetas no ganan mucha plata, ¿cómo hacés para vivir? Me las arreglo, igual que todos, consigo un mango acá y allá, no es tan difícil. Sí… qué sé yo, es una facilidad que no todos tienen, yo no sé muy bien qué voy a hacer, ni siquiera tengo plata para volver a mi país, no tengo dónde quedarme. Podés quedarte conmigo.

            El extraño lo miró con sorpresa.

            Ni siquiera me conocés. No importa, dijo Henry, se nota que sos un buen tipo, también tengo ojo para eso, vivo a un par de cuadras, en un motel, no es muy lujoso pero es cómodo, podés quedarte el tiempo que quieras. No, te lo agradezco, pero no puedo aceptarlo. ¿Por qué no? Me parece que no estás en condiciones de rechazar una oferta como ésta.

            Henry pidió dos whiskys más.

            Te agradezco de verdad, pero no puedo aceptar. ¿Qué pasa, tengo pinta de criminal? La verdad que sí. Los dos rieron. Bueno, no te dejes engañar por mi apariencia, soy un buen tipo en el fondo, tengo mis debilidades como todo el mundo, me gustan demasiado la cerveza y las conchas, pero fuera de eso soy prácticamente un santo.

            El extraño se sentía cada vez más intrigado por aquel curioso personaje. Bebieron unos cuantos whiskies más. Conforme se emborrachaban, crecía la confianza entre ellos.

            Bueno, está bien, podría quedarme una noche, y te juro que tan pronto como pueda te voy a pagar. Dejate de joder, la plata no importa, son solamente papelitos, ni siquiera sirven para escribir versos. Seee, tenés razón.

            Después de un par de whiskies más, decidieron irse del bar.  Henry habló al tipo de la barra.

            Anotá todo en mi cuenta. Mirá que ya me debés 150 dólares. Te pago a fin de mes, vos sabés que te voy a pagar. No me hagas quedar mal delante de un amigo.

            Salieron del bar, tambaléandose. Caminaron sin decirse nada hasta el motel donde Henry vivía. Subieron las escaleras al segundo piso, y entraron en la habitación 22. Se trataba de un cuarto pequeño con las paredes descascaradas; el mobiliario consistía en una cama de dos plazas, una silla de madera, un escritorio con una máquina de escribir, y una pequeña heladera. Había libros, revistas y papeles desparramados por el suelo. En el fondo de la habitación, una puerta entrecerrada daba a un baño del que venía un olor bastante desagradable, mezcla de vómito y de otras cosas. Y eso era todo, además de las cucarachas que paseaban por los rincones.

            Pasá, sentate.

            El extraño se acomodó en la silla.

            Henry fue hasta la heladera y sacó dos botellas de cerveza. Convidó al extraño. Encendió un cigarrillo y se sentó en la cama.

            Bueno… ¿cómo me dijiste que te llamabas? Juan. Bueno, Juan, esta es mi humilde morada. Falta solamente que conozcas a Lily, ¿dónde se habrá metido esa puta? ¡Lily! Debe haber salido a trabajar, es prostituta, sabés, la conocí en la calle, ella trae la plata para comprar cerveza, papel, tinta, todo lo que necesito. Es una lástima que no esté, deberías conocerla, nadie chupa pijas como ella, te lo juro, es para volverse loco.

            El extraño levantó una hoja del suelo, y leyó.

            De todas las conchas del mundo

            Prefiero la tuya.

            Tu concha es como un abismo inmenso

            En el que todo nace y muere.

            Bebo

            El fluido de tu concha

            Como los dioses bebían su néctar…

 

 

            “Evidentemente el tipo es un fanático de las conchas, de eso no queda duda”. Decime, ¿Toda tu poesía es como ésta? Dejame ver. Agarró la hoja y la leyó. No, ésta es una de mis obras más inspiradas. Es sobre una concha que probé hace unas semanas, era realmente magnífica, no todo el mundo se da cuenta, pero yo creo que una concha es una cosa muy poética, sabés, delante de una concha cualquier hombre se hace poeta.

            El extraño empezaba a incomodarse. Hasta ese momento, no había pensado en la posibilidad de que Henry, aquel hombre al que acababa de conocer y que lo trataba como si fueran amigos de toda la vida, fuera un loco. Y ahora le parecía cada vez más probable.

            Yo escribí un poema una vez, sobre los lirios. ¿Los lirios? Sí, las flores. ¡Qué estupidez! Todo el mundo escribe poemas sobre las flores, ¿qué tiene de interesante una flor?. No sé… ¡Decime, qué carajo tiene de interesante una flor! Una concha es interesante, hermano, una flor es una mierda que cuelga de los árboles. Bueno, son puntos de vista…

            Henry miró al extraño fijamente.

            ¿Alguna vez peleaste con alguien? Sí, tuve muchas discusiones. No, digo si alguna vez peleaste en serio, con puños, patadas, esa clase de cosas. No, ¿por qué? Me gustaría que pelearas conmigo.

            El extraño sonrió. Creyó que era una broma. Pero Henry no sonreía.

            ¿Querés pelear conmigo? ¿Pero por qué?, si yo no te hice nada. No es por bronca, hombre, a veces uno sale de un bar y tiene ganas de agarrarse a las trompadas con alguien, pelear a puño limpio, es una cosa de hombres, ¿nunca te pasa? No, la verdad que no. Deberías intentarlo. No, gracias, no soy un tipo violento. Yo tampoco…

            Al terminar la oración, Henry asestó un puñetazo en la mejilla izquierda del extraño. Éste cayó para atrás, con silla y todo, y se golpeó la cabeza.

            ¡Hijo de puta, estás loco! Se levantó sobresaltado. Delante de Henry, notó por primera vez su enorme estatura; medía cerca de 1.90m y debía pesar unos 100 kilos, mientras que él medía 1.70 y no pasaba de los 70 kilos.

            Ahora pegame vos. No te voy a pegar, dejame ir, me voy ahora mismo. Pero Henry se puso entre él y la puerta. ¡Pegame, vamos, pegame! ¿Qué te pasa, sos un maricón? ¡Pegame! El extraño, sin saber qué hacer, descargó un golpe en uno de los brazos de Henry. ¡No, ahí no! ¡Pegame en la cara! Y tiró un golpe para provocarlo. El extraño apretó el puño y golpeó a Henry en la cara. Henry se llevó las manos a la nariz.

            Después miró al extraño, y con furia, se abalanzó sobre él y lo golpeó en el estómago. El extraño cayó al suelo sin aire.

            ¡Dale, levantate!

            El extraño se incorporó como pudo, y devolvió el golpe a Henry, alcanzándole la sien. Henry se tambaleó. Después, empujó violentamente al extraño contra la pared.

            ¡Dale, pegame! ¡Basta, estás loco, estás enfermo, sos un animal! ¡Pegame, la reconcha de tu madre!

            Asustado, el extraño agarró la silla, y la levantó en el aire.

            ¡Basta, o te juro por Dios que te mato! Sin hacer caso de la amenaza, Henry se acercó, y el extraño partió la silla sobre su espalda.

            Henry se desplomó en el suelo, aparentemente inconsciente.

            ¿Estás bien? Dios, que desastre, ¿querés que llame a una ambulan…? Levantando apenas su cuerpo, Henry le dio un fuerte golpe en los testículos. El extraño cayó al suelo, retorciéndose de dolor. Como pudo, se apoyó sobre el cuerpo de Henry, y empezó a golpearlo.

            ¡Tomá, la concha de tu madre! ¡Morite, enfermo, hijo de remil puta! ¡Basta, basta, vos ganaste!, dijo Henry. El extraño se tranquilizó poco a poco; dejó a Henry y fue a sentarse en la cama, totalmente agotado. Henry se incorporó en el suelo, y con los dedos tanteó sus muelas.

            Creo que me rompiste un par de dientes.

            El extraño no dijo nada. Sentía un fuerte dolor en las costillas, en la cara, en la cabeza, en los genitales. Todo él era un dolor indefinido, que parecía venir de cada parte de su cuerpo. Su corazón latía con violencia, las manos le temblaban, y las sienes le vibraban como cascabeles. Creo que estamos mal, deberíamos ir a un hospital. Nah, no nos hicimos nada. Henry fue hacia la heladera y sacó un par de cervezas. Alcanzó una al extraño. Fue una buena pelea, pero la próxima vez, tratá de moverte un poco más, esquivá los golpes, y por favor no uses la silla, ahora voy a tener que comprar una nueva. Dio un largo trago a la cerveza, y encendió otro cigarrillo. ¿Cómo te sentís? La verdad… me siento como la concha, dijo el extraño, sin saber muy bien lo que quería decir. Eso es bueno, significa que estás en camino de volver a ser un poeta.

 

 

                                                                     

JUAN

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-