"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




3 de Noviembre, 2011


JOSEFINA ANTONI

Publicado en Nuestra Letra. el 3 de Noviembre, 2011, 20:41 por MScalona

 

 

INSPIRACIÓN  Y CONTRADICCIÓN

 

 

 

Hoy el tiempo esta frío. No estoy feliz aún cuando pudiera haber hecho mis actividades favoritas. ¡Estoy destemplada!

Más temprano, a la mañana, llamé a dos amigas pero tuve que colgar

Porque no respondieron; entonces, me arrastré debajo de la cama, trate

De inflar el pecho y salí rumbo al bar de la esquina. Para hacer algo.

A veces me pregunto por que mi alma se siente tan mal aunque no haya

Soportado ni siquiera críticas o me hubiera visto envuelta en algún

Desorden. En sentido figurado, el paisaje de mi vida es bastante bueno y a

Veces me ayudo pensando que no hay mal que por bien no venga. Pero

Necesito estar mal, para estar bien.

Me argumento a mí misma. La tristeza es la fuente de mi inspiración. Es muy

Difícil para mí cantar o escribir mi novela cuando estoy contenta.

Estoy fuera de foco. Estos son los viejos fenómenos que anidan mi mente.

Siendo así, mis pesadillas me sirven en bandeja mis producciones. Mis brujas, mis demonios

Despiertan. Y los tristes pensamientos desaparecen. Puedo alcanzar el cielo

Es como volar de repente. Y voy perdiendo mis miedos y mis sentimientos de soledad. Si voy o vengo, no interesa.

Vagabundeo entre las nubes en medio de una  melodía ahí

Desencadenada. Las golondrinas espantan mis fantasmas que están pero no  están. Enrollo mis ideas negativas en lo profundo de la oscuridad. Es la contrapartida de mi mirada taciturna.

 

Siempre espero estos momentos. Su riqueza es grandiosa. Ahí, me

Disfrazo de ardilla, de pájaro, de oveja, de mosca, de rana, de calabaza, de árbol, de león, de ratón, de hormiga, de sombra.

 

Y siento que merezco encontrar la sima de mi mar, siempre que pueda

Editar sentirlo como una amenaza, y si más bien como un delgado hilo de sabiduría.

 

El dolor y la gloria están juntas en mi salvaje vida interior. Ahí puedo zafarme de todo.

¿Es mi amanecer o mi crepúsculo? Todo en la suave gasa de mi tela de araña.   

 

 

 

 

JOSEFINA  ANTONI

 

 

 

 

ALFREDO CHERARA

Publicado en Nuestra Letra. el 3 de Noviembre, 2011, 17:34 por MScalona

Diálogo Indirecto

 

 

 

 

¿Cómo acometer la narración de esas pasiones fogosas, que duran varios años, cuyos efectos se dejan sentir a veces en varias generaciones? Estamos lejos de Cumbres borrascosas, es lo menos que puede decirse.

 

Ampliación del campo de batalla, Pág. 48

Michel Houellebecq

 

 

 

 

 

El zumbido hizo vibrar la mesa oval del Directorio. Todas las miradas se enfocaron sobre mí. Recién ahí me dí cuenta que no había apagado el aparato. Pedí disculpas como pude y salí a la sala contigua. Miré el mensaje:

- te extraño

 

Y al instante le respondí:

- yo tb

 

Mientras regresaba intentando cerrar la comunicación, entró la respuesta:

- vas a venir a mi ksa miamor?

 

Lo miré, cerré la puerta y desconcertado me senté en el sillón. No supe que hacer ante la propuesta. Automáticamente me dí cuenta, que mi respuesta había surgido desde el total desconocimiento.

La invitación rememoró en mí aquella vieja charla que a la distancia entraba en esa zona entre filosófica o anodina, o aún peor, ambas a la vez.

Recuerdo haberle dicho si a la noche podía ir a su casa. Ella me contestó que si yo estaba en mi sano juicio para proponerle eso, luego de lo sucedido.

Yo no sabía que me estaba diciendo, pero hice como que si, y le respondí: si no le parecía que era una exageración estar enojada por esa pavada. A lo que me respondió -casi como sin pensar-, ¿cómo creía que ese hecho me podría parecer que fuera insignificante? Yo no supe que hacer y ese momento de duda fue rápidamente ocupado por ella que sutilmente comentó: ¡¿Vos sabes lo que me hiciste?! Trastabille, un poco por no saber qué decir y otro poco por no haber tomado cuidado de mis actos. Luego de un par de toses obligatorias le manifesté -utilizando todos los conocimientos del curso de Programación Neurolingüística al que recientemente había asistido-, un resbalón lo tiene cualquiera. Continúe -tal cual me lo habían enseñado-, sin dejar que tome la palabra y concluí, que la sentía un poco nerviosa y exaltada. La respuesta no se hizo esperar y al toque me escupió que ella no era ninguna histérica y suturó: ¿qué me creía yo?, ¿qué suponía que ella era?

No lo tomes a mal -pude acotarle-, pero sin dejarme terminar, me paró en seco y como una topadora sin control me escrachó: ¡vos estarás acostumbrado a tratar con mujeres estúpidas ¿pero sabes? -adicionó sin parar-, yo no salgo más con hombres del medioevo!

Me dí cuenta que se estaba poniendo cada vez más intratable y pasando al ataque le solté que tenía razón, que era verdad, yo ya no competía desde hacía tiempo con mujeres con escasa cultura de la responsabilidad.

Si bien seguía sin tener la menor idea lo que tan gravemente ella me imputaba, rápidamente intenté cortar el diálogo y declaré secamente y sin convicción, que eso no iba a suceder nuevamente.

Veloz como siempre, pero ahora con el agregado de ese tono entre enfurecido y calmo me ironizó, hizo una pausa y volvió al ataque final. Traté de parar el vendaval de palabras pero fue tarde. Refunfuñando, acomodó su voz y con ese aire de superioridad que la distinguía y la condenaba, me tiró ese último mensaje que me dejaba fuera de juego: ¡Vos me pareces un tipo patético y un total desubicado!

 

El zumbido del celular en mi mano, me distrajo del ensueño.

- … y?

- … estoy por Palermo, ahora voy, esperame!

- … Ei soy Franko estams en rosario veni dsp vams a lo de la Vale!

 

 

 

Alfredo Daniel Cherara

Rosario, Argentina, 01 de Noviembre 2011

MARISOL BALTARE

Publicado en relatos el 3 de Noviembre, 2011, 12:49 por MScalona

diálogo indirecto

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Mientras ella agradece extendiendo el vuelto y el ticket, él le pregunta de algún hotel por acá cerca y ella le dice que bueno…  está el Savoy a dos cuadras que es excelente, típicamente europeo o si prefiere otro cinco estrellas, más moderno, ambientación más lineal… el Rostower. No está lejos tampoco pero él le larga una carcajada al mismo tiempo que aclara que el hotel es para él, no para el auto. Entonces la timidez de ella le insinúa que no entiende y él abrevia de alguna manera que baje los ojos hacia las cuatro ruedas, porque la cuatro por cuatro es del laburo pero el viático no cubre el hospedaje y se lo tiene que garpar solo. Al disculparse, el tipo aprovecha y le pide si por favor lo ayuda para salir porque tiene miedo de tocar el BMW que está al lado, y como ella se queda callada él le vuelve a decir que solamente le vaya indicando y se fije, porque le parece que el giro no le va a dar. Y a ella, que la coherencia tampoco le dá para negarse por vergüenza, porque él preguntaría vergüenza de qué y ella le tendría que hacer saber que auxiliar con indicaciones ese tipo de maniobras automovilísticas le hace sentir o pensar que está impartiendo instrucciones sexuales a un acompañante ocasional.

Le cobra a la señora que espera su turno mientras le hace gracias al bebé que tiene en brazos y pierde tiempo buscando el cambio que insistió en darle porque “hasta monedas me sobran con la escasez que hay”. Pero el tipo, acomodado detrás del volante la sigue esperando, así que a ella no le queda más opción que abandonar la registradora y caminar hasta pararse a unos pocos pasos frente al parabrisas. El vehículo gatea unos centímetros y ella le indica que avance, los polarizados se bajan y la sonrisa de él pregunta si puede, entonces al gesto de su mano, ella suma la afirmación verbalizada. Le pide que siga un poco más y él cuestiona la certeza por el peligro de la proximidad, ella le asegura el sí confirmándole el avance y lo incita hasta convencerlo de que le dé un poco más. Y él más miedoso que asombrado se frena, pero el índice traza círculos lentos en el aire y sus labios le recomiendan que se venga apenas un poquito a la izquierda, él sugiere que esté atenta si atrás roza algo y ella le asegura, le exige, que siga y siga y a él que sólo le queda recordarle que le avise hasta cuando, lo detiene el grito para que pare y después de nuevo, apenas, pero despacio.
Más que él mismo… su ánimo le confiesa que lo está haciendo transpirar. Ella le avisa que listo, ya está. El ánimo de él pregunta si ya sale y cuando el gesto mudo de ella asiente, él que le agradece… y que el favor… y qué que te debo… Y ella que no es nada… que de nada.
Pero dos pasos más y le cae la voz de él que con un susurro plasma su vergüenza en palabras al decirle que ni que le hubiera pedido que lo guíe para saber como cogerla.  

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                                                 MARISOL

JUAN M. RODRÍGUEZ

Publicado en relatos el 3 de Noviembre, 2011, 12:25 por MScalona

El extraño y el poeta

 

 

 

 

            Eran las 12.30 de la noche, en la ciudad de Los Ángeles. El extraño entró al bar y pidió un whisky sin hielo. En la otra punta de la barra, un hombre lo miraba con curiosidad. Se acercó, e hizo una seña al tipo de atrás de la barra.

            Dos whiskies sin hielo, dijo, y miró al extraño, que no parecía haber notado su presencia. Es la primera vez que te veo en este bar, ¿sos de por acá? Soy argentino, llegué a la ciudad hace unos meses, por un trabajo. ¿Qué trabajo? No importa, hoy me despidieron. Mi mujer me dejó, no tengo a dónde ir, así que pensé en emborracharme.

            El tipo de la barra sirvió los whiskies.

            Tomá, yo invito. Me llamo Henry. Mucho gusto, me llamo Juan. ¿A qué te dedicabas? Contador. Yo soy poeta. No me digas… yo también era poeta, o algo parecido, cuando era joven, pero lo abandoné. Sí, me había parecido, tengo buen ojo para eso, apenas miro a un tipo y me digo “ese debe ser poeta”. Nunca me equivoco.

            Tomaron su whisky en silencio. Después de un rato, el extraño habló.

            ¿Y… a qué te dedicás además de ser poeta? A nada, ¿no te parece suficiente con ser poeta? Pero los poetas no ganan mucha plata, ¿cómo hacés para vivir? Me las arreglo, igual que todos, consigo un mango acá y allá, no es tan difícil. Sí… qué sé yo, es una facilidad que no todos tienen, yo no sé muy bien qué voy a hacer, ni siquiera tengo plata para volver a mi país, no tengo dónde quedarme. Podés quedarte conmigo.

            El extraño lo miró con sorpresa.

            Ni siquiera me conocés. No importa, dijo Henry, se nota que sos un buen tipo, también tengo ojo para eso, vivo a un par de cuadras, en un motel, no es muy lujoso pero es cómodo, podés quedarte el tiempo que quieras. No, te lo agradezco, pero no puedo aceptarlo. ¿Por qué no? Me parece que no estás en condiciones de rechazar una oferta como ésta.

            Henry pidió dos whiskys más.

            Te agradezco de verdad, pero no puedo aceptar. ¿Qué pasa, tengo pinta de criminal? La verdad que sí. Los dos rieron. Bueno, no te dejes engañar por mi apariencia, soy un buen tipo en el fondo, tengo mis debilidades como todo el mundo, me gustan demasiado la cerveza y las conchas, pero fuera de eso soy prácticamente un santo.

            El extraño se sentía cada vez más intrigado por aquel curioso personaje. Bebieron unos cuantos whiskies más. Conforme se emborrachaban, crecía la confianza entre ellos.

            Bueno, está bien, podría quedarme una noche, y te juro que tan pronto como pueda te voy a pagar. Dejate de joder, la plata no importa, son solamente papelitos, ni siquiera sirven para escribir versos. Seee, tenés razón.

            Después de un par de whiskies más, decidieron irse del bar.  Henry habló al tipo de la barra.

            Anotá todo en mi cuenta. Mirá que ya me debés 150 dólares. Te pago a fin de mes, vos sabés que te voy a pagar. No me hagas quedar mal delante de un amigo.

            Salieron del bar, tambaléandose. Caminaron sin decirse nada hasta el motel donde Henry vivía. Subieron las escaleras al segundo piso, y entraron en la habitación 22. Se trataba de un cuarto pequeño con las paredes descascaradas; el mobiliario consistía en una cama de dos plazas, una silla de madera, un escritorio con una máquina de escribir, y una pequeña heladera. Había libros, revistas y papeles desparramados por el suelo. En el fondo de la habitación, una puerta entrecerrada daba a un baño del que venía un olor bastante desagradable, mezcla de vómito y de otras cosas. Y eso era todo, además de las cucarachas que paseaban por los rincones.

            Pasá, sentate.

            El extraño se acomodó en la silla.

            Henry fue hasta la heladera y sacó dos botellas de cerveza. Convidó al extraño. Encendió un cigarrillo y se sentó en la cama.

            Bueno… ¿cómo me dijiste que te llamabas? Juan. Bueno, Juan, esta es mi humilde morada. Falta solamente que conozcas a Lily, ¿dónde se habrá metido esa puta? ¡Lily! Debe haber salido a trabajar, es prostituta, sabés, la conocí en la calle, ella trae la plata para comprar cerveza, papel, tinta, todo lo que necesito. Es una lástima que no esté, deberías conocerla, nadie chupa pijas como ella, te lo juro, es para volverse loco.

            El extraño levantó una hoja del suelo, y leyó.

            De todas las conchas del mundo

            Prefiero la tuya.

            Tu concha es como un abismo inmenso

            En el que todo nace y muere.

            Bebo

            El fluido de tu concha

            Como los dioses bebían su néctar…

 

 

            “Evidentemente el tipo es un fanático de las conchas, de eso no queda duda”. Decime, ¿Toda tu poesía es como ésta? Dejame ver. Agarró la hoja y la leyó. No, ésta es una de mis obras más inspiradas. Es sobre una concha que probé hace unas semanas, era realmente magnífica, no todo el mundo se da cuenta, pero yo creo que una concha es una cosa muy poética, sabés, delante de una concha cualquier hombre se hace poeta.

            El extraño empezaba a incomodarse. Hasta ese momento, no había pensado en la posibilidad de que Henry, aquel hombre al que acababa de conocer y que lo trataba como si fueran amigos de toda la vida, fuera un loco. Y ahora le parecía cada vez más probable.

            Yo escribí un poema una vez, sobre los lirios. ¿Los lirios? Sí, las flores. ¡Qué estupidez! Todo el mundo escribe poemas sobre las flores, ¿qué tiene de interesante una flor?. No sé… ¡Decime, qué carajo tiene de interesante una flor! Una concha es interesante, hermano, una flor es una mierda que cuelga de los árboles. Bueno, son puntos de vista…

            Henry miró al extraño fijamente.

            ¿Alguna vez peleaste con alguien? Sí, tuve muchas discusiones. No, digo si alguna vez peleaste en serio, con puños, patadas, esa clase de cosas. No, ¿por qué? Me gustaría que pelearas conmigo.

            El extraño sonrió. Creyó que era una broma. Pero Henry no sonreía.

            ¿Querés pelear conmigo? ¿Pero por qué?, si yo no te hice nada. No es por bronca, hombre, a veces uno sale de un bar y tiene ganas de agarrarse a las trompadas con alguien, pelear a puño limpio, es una cosa de hombres, ¿nunca te pasa? No, la verdad que no. Deberías intentarlo. No, gracias, no soy un tipo violento. Yo tampoco…

            Al terminar la oración, Henry asestó un puñetazo en la mejilla izquierda del extraño. Éste cayó para atrás, con silla y todo, y se golpeó la cabeza.

            ¡Hijo de puta, estás loco! Se levantó sobresaltado. Delante de Henry, notó por primera vez su enorme estatura; medía cerca de 1.90m y debía pesar unos 100 kilos, mientras que él medía 1.70 y no pasaba de los 70 kilos.

            Ahora pegame vos. No te voy a pegar, dejame ir, me voy ahora mismo. Pero Henry se puso entre él y la puerta. ¡Pegame, vamos, pegame! ¿Qué te pasa, sos un maricón? ¡Pegame! El extraño, sin saber qué hacer, descargó un golpe en uno de los brazos de Henry. ¡No, ahí no! ¡Pegame en la cara! Y tiró un golpe para provocarlo. El extraño apretó el puño y golpeó a Henry en la cara. Henry se llevó las manos a la nariz.

            Después miró al extraño, y con furia, se abalanzó sobre él y lo golpeó en el estómago. El extraño cayó al suelo sin aire.

            ¡Dale, levantate!

            El extraño se incorporó como pudo, y devolvió el golpe a Henry, alcanzándole la sien. Henry se tambaleó. Después, empujó violentamente al extraño contra la pared.

            ¡Dale, pegame! ¡Basta, estás loco, estás enfermo, sos un animal! ¡Pegame, la reconcha de tu madre!

            Asustado, el extraño agarró la silla, y la levantó en el aire.

            ¡Basta, o te juro por Dios que te mato! Sin hacer caso de la amenaza, Henry se acercó, y el extraño partió la silla sobre su espalda.

            Henry se desplomó en el suelo, aparentemente inconsciente.

            ¿Estás bien? Dios, que desastre, ¿querés que llame a una ambulan…? Levantando apenas su cuerpo, Henry le dio un fuerte golpe en los testículos. El extraño cayó al suelo, retorciéndose de dolor. Como pudo, se apoyó sobre el cuerpo de Henry, y empezó a golpearlo.

            ¡Tomá, la concha de tu madre! ¡Morite, enfermo, hijo de remil puta! ¡Basta, basta, vos ganaste!, dijo Henry. El extraño se tranquilizó poco a poco; dejó a Henry y fue a sentarse en la cama, totalmente agotado. Henry se incorporó en el suelo, y con los dedos tanteó sus muelas.

            Creo que me rompiste un par de dientes.

            El extraño no dijo nada. Sentía un fuerte dolor en las costillas, en la cara, en la cabeza, en los genitales. Todo él era un dolor indefinido, que parecía venir de cada parte de su cuerpo. Su corazón latía con violencia, las manos le temblaban, y las sienes le vibraban como cascabeles. Creo que estamos mal, deberíamos ir a un hospital. Nah, no nos hicimos nada. Henry fue hacia la heladera y sacó un par de cervezas. Alcanzó una al extraño. Fue una buena pelea, pero la próxima vez, tratá de moverte un poco más, esquivá los golpes, y por favor no uses la silla, ahora voy a tener que comprar una nueva. Dio un largo trago a la cerveza, y encendió otro cigarrillo. ¿Cómo te sentís? La verdad… me siento como la concha, dijo el extraño, sin saber muy bien lo que quería decir. Eso es bueno, significa que estás en camino de volver a ser un poeta.

 

 

                                                                     

JUAN

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-